La seducción y la lluvia

Siguió a la chica cuando salió del instituto. Se miraron, hablaron. Luego él condujo mientras ella paseaba por la acera muerta de risa. Desde hace dos horas él espera frente a una puerta verde. Les separa un jardincito muy bien cuidado. Supone que es la casa de sus padres. Llueve, no tiene paraguas.

Dentro comen sopa de calabaza, espesa, llena de olor. Luego jugarán a las cartas, pero antes la sopa, quizá pollo también. La chica piensa en otra cosa.

Él aguarda en el coche con la mandíbula apretada, con la chaqueta puesta por el frío y la humedad. Es un coche viejo. Le gustaría dar una vuelta a la manzana para encender la calefacción un poco, lo suficiente para volver a sentir los pies. No se atreve, podría perderla.

Los padres no saben nada del hombre al otro lado de la calle, pero ella sí, es un secreto. Él es mayor, ella tiene dieciséis años. A veces se levanta de la mesa con una excusa, buscar el pan, otra servilleta, o se levanta al baño. No importa, lo único que quiere es pasar un segundo por delante de la ventana del recibidor, apartar la cortina rosa con sus dedos lo justo para ver el coche aparcado en el mismo lugar. Sonríe cada vez porque se siente satisfecha. Antes lo concretaron todo, apenas se conocen. Luego irán a casa de él, a su cama. Sus padres creerán que es el hermano de Clara quien le viene a buscar. Es inteligente, lo suficiente para hacer cuanto quiere. Los padres, viejos y aburridos, son un público fácil de engañar.

A veces él piensa en su mujer de ayer, en sus mujeres, todas las que ha tenido a lo largo de su vida, sus rostros giran en su cabeza y las imagina, no sabe por qué, bailando en medio de la calle, en una coreografía similar, pero separadas, jamás cercanas entre sí. El espectáculo es para él, sólo para él. Ella, la chica, aún no está dentro del ballet, pero quizá con el tiempo, cuando desaparezca y tenga que buscar otra. Sus ojos se le aparecen en medio de la lluvia, las pupilas fijas, el azul feo de sus iris, el rimel que los rodea. Es una gata exquisita, la llamará Cleopatra.

Tras la comida juegan a las cartas como tenían previsto, y ella no se da prisa, le gusta tener el control de todo; con sus amigas se jacta de conocer bien hasta donde puede forzar a un hombre. Sólo tiene dieciséis años, sólo dieciséis. A los veinte será una reina buscando un reto mayor, podrá tenerlo todo. Quizá no, quizá se aburra para entonces.

Él fuma un cigarrillo en el coche, el humo parece inundarlo todo, adquiere espesor, se convierte en neblina. Podría desaparecer, podría hundir toda la calle en bruma con olor a Camel. A ella le gusta que fume rubio porque le va con su color de pelo, sus ojos azules y su cara cincelada como si fuera de origen alemán: pómulos afilados, barbilla cuadrada, frente recta. Nunca sonríe, sólo fuma.

Han estado juntos en dos ocasiones, pero siempre con otras personas, ella no recuerda quién les presentó, quizá simplemente él estaba allí. Si recuerda el efecto que le produce cuando sus miradas se encuentran, ella le siente introduciéndose en su cabeza, es una presencia demasiado intensa, incomprensible, la presiona desde el interior. Si prolongase el contacto ocular terminaría por explotar como si la hubieran abierto con un tiro de lado a lado. Piensa en esto ante el dos de corazones, pero ya da igual, su madre ha ganado la partida, la chica sonríe y va a buscar el teléfono.

Él se acaba otro cigarrillo. Sigue lloviendo. No importa, sale del coche, se queda quieto con la espalda apoyada en el vehículo, se imagina a sus mujeres bailando en esa misma calle, moviendo los cortos vestidos ante la puerta verde. Ahora saldrá ella y se unirá al baile, se dice. Ya está empapado. Se pasa la mano por el pelo, aplastándolo hacia atrás, se dirige a la puerta cuando el teléfono vibra en su bolsillo. Saca la pistola y llama utilizando la culata del arma.

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La absolución

-Prendedla -había dicho y su voz había sonado como una sentencia, como el golpe de un martillo decisivo; sus palabras estaban ribeteadas por el poder de la toga y de su fama – prendedla -había repetido.

Y los soldados, con sus corazas llenas de insignias, con los penachos al viento de invierno, con las espadas bien desenfundadas, habían corrido por las calles de la ciudad, habían buscado a la mujer que aquel hombre sentenciaba con su intención oscura. Jamás nadie cuestionó a ese juez que vestía el púrpura, que tenía las facciones de un cadáver fanático, que le ardía en el pecho la cruz de Cristo y elevaba a María sus oraciones ante la hoguera redentora de almas pecaminosas. Aquel iba a ser el destino de la muchacha; el fuego purificador la envolvería como un sudario caliente de dolor y expiaría sus pecados de bruja y libertina. Sin embargo no llegaron a subirla a la estaca decisiva, no pudieron las llamas alimentarse con su carne, no hubo populacho agolpado en la plaza pública, cargado de tomates y de saliva para escupir. Ella huyó, y en la noche con los soldados a caballo pereció bajo los cascos herrados.

Y ahí estaba ella ahora, desnuda, muerta, cadáver simple e insignificante, niña bajo las bóvedas húmedas, con la piel tan fría como las estatuas de los santos y de la virgen. El juez estaba solo en la morgue, la miraba largamente y en un impulso acarició el cuello de la mujer y apretó uno de los pechos helados sintiendo esa sensación perversa que le caló en los huesos y que se hundió en su alma. Cerró los ojos apretando una mano con la otra, la punzada de dolor de su mano se extendió por la muñeca y en un suspiro su corazón sintió frío. Se apartó, quizá asustado, para mirar mejor a aquella pequeña muerta que él había asesinado.

¿Cuál era la causa de su fin? Era una pecadora, se lo había repetido hasta la saciedad, hasta el convencimiento fanático. El diácono le había consolado con esa media voz que ponen las personas asqueadas que no quieren mostrar su asco. Pero él, él era juez, él se sabía cada cara y cada gesto, cada matiz en las palabras y en las omisiones y silencios, todo era necesario para poder dar la más justa de las sentencias. Su voz nunca vacilaba al condenar, nunca. Sus apodos en la corte habían variado: cuando llegó por primera vez le denominaron “el cruel” luego “el verdugo”, “el fanático” vino poco después y, finalmente, desde hacía dos años se le conocía en los pasillos por “muerte”. Así es, él, todo justicia entre la púrpura que no tiembla, le había arrebatado el trabajo a la misma parca, y ahora entre los hombres él era quien arrasaba con las almas corruptas de la sociedad. La sed de sangre que palpita en todo soldado estaba colmada por su voluntad, la morbosidad penosa de la sociedad él la tenía cebada y vitoreaban su nombre cuando se prendía la hoguera. Él, que siempre acudía a las ejecuciones, se mantenía en su palco, alejado de todos, con la cabeza calva cubierta por el sombrero de su magistratura, con los hundidos ojos brillando por el fuego justiciero y la boca torcida en una mueca que revelaba cierta resignación, cierto asco, cierta pena y algo de goce sádico ante la muerte que él representaba.

Y ahora, él, “la muerte”, se daba asco a sí mismo; era algo que nunca hubiera creído poder sentir, pero era cierto. Le asqueaba el hecho de que aquel cadáver de mujer le atrajera como le atrajo en vida, que la ambicionara para sí, que levantara su lujuria tanto como su ansia de justicia. Durante meses aquella afección le había llevado a rondar la locura y su demencia terminó por pronunciar aquella palabra que no sabía de qué sentencia estaría seguida: prendedla –había dicho.

No le habían cerrado los ojos; las pupilas, verdes, empezaban a llenarse de niebla, estaban apagadas, revelaban una muerte sincera. Sólo era cuerpo ya, no quedaba rastro de su alma. El juez la miraba quizá con la esperanza de pedir perdón, de ser perdonado, pero la absolución no iba a llegar, lo sabía. El diácono había vacilado al dársela y ahora la cruz de oro que colgaba de su cuello le pesaba tornada en plomo. El estigma de un pecado inconfesable le hendía el pecho y no podía menos de tocar aquel amuleto constantemente, con vicio, jugueteando con sus dedos cortos mientras pensaba en la muerte, en el infierno, en Dios y también en la muerta que le miraba sin ver, que ya no era nada.

¿Dónde encontrar la redención? No cabía su posibilidad, sólo llegaría con la muerte final, con la comparecencia ante el juez supremo, único superior posible a su púrpura. El cordero sería clemente, la virgen hablaría en su favor, Dios, en su infinita gracia, sonreiría compasivo ante él. La resolución estaba tomada y en la morgue abundaba la farmacología.

Cuando entraron los soldados, preocupados por la larga ausencia del juez, encontraron su cadáver aún templado, mudo en un rictus de dolor que aferraba la cruz de su cuello. Uno de ellos negó, ninguno sintió pena, sólo sorpresa al comprobar que la justicia y que la muerte, que la religión echa hombre podía igualmente desesperarse y morir. Nadie pensó que hubiera ganado la absolución.

Nocturno Nº1

Pasaron las horas y él las vio todas en el reloj de pared que había colgado en su habitación. De cuando en cuando, por un impulso incomprensible, miraba su propio reloj de bolsillo, quizá con la duda sobre si el tiempo transcurría tan realmente como lo hacía sobre el reloj de pared. Nunca encontró la menor discordia entre ambos aparatos.
Esperaba, lo hacía apenas sentado en la cama, con el traje puesto, ya sin chaqueta, pero todavía con el chaleco tirante sobre su espalda y los botones de la camisa bien abrochados. Tenía los ojos rojos, como les ocurre a las personas que se pasan demasiado tiempo desvelados, sin apenas cerrarlos, dejando que el aire se los seque. La superficie vítrea de aquellos globos se volvía, minuto a minuto, cada vez más espesa, como si una niebla los cubriese, o como si se estuviera volviendo ciego a lo largo de la noche.
No durmió, llegó el alba y nadie acudió a su encuentro, él se mantuvo allí, callado, en silencio. Hubo un momento en que dejó de mirar su reloj de bolsillo, poco después tampoco se fijaba ya en el de pared. El tiempo quedó relegado a lo más subjetivo y sus ojos impenetrables dejaron de tener esperanza, aunque se mantuvieron bien alerta, espiando la luz que se dejaba deslizar por la ventana.
Con la mañana, con el día, llegaron los ruidos vecinos, pero ninguno familiar. Suspiró por primera vez en toda la noche y luego se acostó, cerrando los ojos, vestido de calle, con los zapatos todavía puestos. La expectación que había sentido, la ira en que se convirtió, la tristeza que terminó por destilar su mente; ahora todo se había conjuntado para crear un coctel que le oprimía, que le ahogaba. Se sintió solo, desalentadoramente solo, incomprendido, despreciado. Lo peor era que le dolía, no el hecho de que quien esperaba no hubiera llegado, si no que le había prometido que sí lo haría, lo había hecho con una sonrisa clara, de esas que nos hacen fijarnos en la belleza del gesto.
De repente, como accionado por algún malvado resorte, la quietud que su cuerpo había ostentado toda la noche se rompió. Se levantó, nerviosamente, quitándose al tiempo el chaleco, arrancándolo con tal violencia que algunos botones se rompieron. Luego se quitó la camisa como si esta fuera una prenda para dementes, los zapatos los tiró contra el suelo, los calcetines desaparecieron bajo la cama y los pantalones dejaron de cubrir las piernas. Se quitó, por último, la única prenda que le cubría y quedó así totalmente desnudo, expuesto y a la vez limpio de cualquier efecto exterior que el mundo pudiera tener sobre él.
Se sintió libre y corrió hacia el baño donde se lavó la cara con agua fría. Quería sentir y sintió, luego volvió a la cama tranquilamente, respirando profundamente. Se metió entre las sábanas y cerró los ojos.

Demonios de poeta

Hay veces, no muchas, cosa que el corazón agradece, que uno se encuentre con esas pequeñas bestias, adorables y llenas de dientes que nos sonríen en la noche a aquellos que sabemos mirar con los ojos entornados. De sus encuentros guardo una memoria confusa, por lo truculento del escenario y lo brillante de sus ojos.
Hace poco me sorprendió una de estas alimañas. Creo que caminaba con la chaqueta ya desabrochada, la camiseta revuelta y el humo deslizándose desde mis labios entreabiertos, con ansia, hacia la inexistente oscuridad de la madrugada. No sé dónde apareció, pero lo hizo. Algún pensamiento me rondaba mientras despeinaba mi pelo con los dedos entumecidos de alcohol. Ahí estaba, la vi sin verla, como únicamente se dejan advertir estas criaturas, me paré para escuchar su gemido ronco y el latir de su corazón, que era el mío.
Poeta. Nadie más podía serlo, yo tuve que cargar con esa penosa servidumbre a una realidad demasiado clara, que hiere los ojos. ¿Dónde encontrar unas gafas decentes? Algún cristal que sea capaz de mitigar esa luz tan terrible, hecha de hojas de afeitar que penetran la pupila como si pretendiesen dibujarme una estrella…
Y tú, alimaña revoltosa, juguetona, que sonríes entre las sombras y me muestras, como en un juego, la excesiva miseria que me revela tu presencia; a ti te debo ese cristal ahumado, el cual más mal que bien ha conseguido sanar un poco las cicatrices de mi pupila. Y yo, poeta, prendado de ti me he olvidado un momento de la tristeza de mi melancolía.
Poeta, casi sinónimo de mísero, de infeliz, de triste, de solitario, de inculto de la vida, de filósofo trasnochado, que te insultan llamándote bohemio en un sentido que no comprenden, dotando a tal palabra del significado más triste que en este mundo se puede concebir. Y a mí me ha tocado tal regalo envenenado, el más sufrido, el menos valorado. ¿Qué hace el poeta además de encontrarse con esas pequeñas bestias que sólo él ve? Nada quizás, intentar darle un cuerpo a esas fantasías, un cuerpo disoluto, que nadie parece apreciar.
Con los años nosotros, gremio que nunca se reúne, comprendemos que la verdad es muy posible que sencillamente nadie la pueda entender, ni siquiera otros ojos como los nuestros y a veces tampoco los propios.
Buscamos, en esas noches, en esa literatura que hemos decidido vivir, no por una elección exacta, sino porque así es como vemos, está en nuestro ser; buscamos la alegría que nos vetan tantas palabras. Pero no encontramos a nadie, no encontramos nada. ¿Cómo, y pregunto cómo, quiere nadie que yo viva viendo como veo todo, sufriendo como sufro todo, si nadie se para a mirar más allá de como yo miro? Sencillez aparente la de todos, que no padecen de las visitas de estas bestias que, tal y como nos sonríen, están mordiéndonos porque prometen y niegan casi al tiempo. El sadismo que yo padezco sólo terminará cuando alguien me arranque las tripas esperando encontrar un corazón petrificado, quizá dorado, pero hallando uno carnalmente herido.

Terrible deuda que a algunos nos toca,
disfrazada faz que nadie entiende,
incompleta vida de servidumbre.
Y soledad.

El azar

El azar, esa marvillosa irrealidad a la que muchas personas dejan su vida en fideicomiso. Fortuna es una diosa voluble, de temperamento cambiante y, lo más inquietante, es ciega. Así como en tanta imagenes, tantos textos, tantas representaciones e incluso en canciones se nos revela, esta mujer de caro abolengo maneja la rueda que gira continuamente, dejando que así se decidan los destinos de las personas. Quizá un ejemplo más ilustrativo sería si atasemos a la rueda a una persona, como en los juegos circenses, y Fortuna con docenas de cuchillos en la mano se pusiese a probar puntería, hay que recordar que es ciega; los magos suelen cumplir su cometido de no desgraciar al pobre infeliz que está atado esperando saber su destino, ¿pero sabrá Fortuna? La respuesta es no. Ella no puede decidir por si misma, no tendrá pericia en el manejo de cuchillos ni en el sentido o la velocidad en que la rueda gira, sólo tirará y serán otras deidades las que presencien y actuen en consecuencia según donde se claven los cuchillos o según sea el segmento en que pare la rueda que siempre gira.
El azar nos apasiona a los seres humanos, es una forma de tentar al destino, de obligar a que la histérica Fortuna lance otro cuchillo más sobre nosotros. Los juegos de este tipo siempre nos han atraido, por lo impredecible de estos o, en ciertas ocasiones y en ciertos tipos de juegos, por la pequeña parte de la que somos dueños: el comprender el funcionamiento y buscar el modo de indicar el camino que deben seguir los cuchillos o trucar esa ruleta. De algún modo cuando jugamos contra el azar mantenemos un pulso con él intentando que al final seamos nosotros realmente quien marquemos el resultado. Ahí está lo divertido, lo dificil, lo que nos hará sudar y persistir hasta conseguir nuestro objetivo, hasta ganar el premio.

Echó las cartas sobre la mesa con cierta sensación de disgusto, torció el gesto en una mueca burlona y observó a su contrincante al otro lado de la mesa:
-Esta vez, ganas tú.
-Tienes muy mal perder, ¿sabes? -Respondió el otro recogiendo las cartas.
-Ya te he dicho que no sabía jugar, tienes ventaja.
El otro sonrió:
-Juego igual que tú.
-Eres único haciendome rabiar.
-Lo sé. -Su contrincante volvió a sonreír, ese gesto peculiar, tan normal y sencillo a él le parecía asombroso sobre el rostro de su compañero de mesa. Era una sonrisa leve, no muy anunciada, que dejaba entrever unos dientes blancos sin llegar a ser de ese brillo artificial que parece resultar cada vez más normal hoy en día; por otra parte los labios, junto con los hoyuelos que se dejaban anunciar a ambos lados de aquella boca, dotaban a la sonrisa de un encanto singular, coreado por los ojos brillantes, sencillos y de una belleza rara. Hermann no pudo evitar sonreír, contagiado sin poder evitarlo.
-Debería haber ganado. -Dijo frunciendo el ceño.
-¿Ves? eres muy mal perdedor.
-No lo entiendo, es sólo eso, todo iba bien, las cartas parecían adecuadas.
-Soy bueno despistando ¿verdad?
-Cállate ya. Ademas voy ganando.
-¿Cómo? -Dijo el otro perdiendo el gesto.- No puedes hacer trampa, no en este juego.
-Pero es cierto, piensalo. Llevo dos juegos ganados, tú uno.
-Dos.
-¿Cual fue el otro?
-Tu primer as.
-Oh, cierto, no me salió bien. Fue arriesgado pero mereció luego la pena. -Hizo una pausa.-Esta bien, empate, tendremos que seguir jugando.
-Imposible. -Negó recogiendo las cartas y levantandose.- He de irme, ya te dije como iba a ser esto.
-Cierto, te dejo ir, sé que te esperan pero ya sabes que nos volveremos a ver. Siempre llevo las cartas encima, al igual que tú, no lo niegues. Volveremos a jugar, aún no hay un ganador.
-¿Tu crees?
-Que hayas ganado la última mano no te convierte en el vencedor, de hecho en puntuación estamos igual. Yo no tengo prisa, así nos podemos pegar toda la vida.
-Eres concienzudo.
-Aun no te imaginas cuanto. Al final ganaré.

El azar es también algo dificil, una vez que uno se enfrenta a otro la dinámica del juego se vuelve más compleja. Fortuna ahora tendrá que dividir su concentración, su trabajo, y así ofrecerá sus dos delicados brazos de diosa, uno a cada jugador. El pulso que se mantendrá será parecido a si los contrincantes lo tuvieran entre si, pero con una salvedad: esta vez existiria la posibilidad de que ambos jugadores perdieran o ganasen.
Con todo, el azar, no siempre pero en ocasiones, se puede enfrentar de la manera más sencilla y más decisiva que no es otra que negarlo, no dejar que Fortuna participe del juego, mantener a los dioses fuera de nuestro camino y tener la suficiente fuerza como para apartar a la deidad si esta intenta ponerse en medio, directamente enfrentarnos a nuestros rivales, coger las cartas y ganar la partida.
Es nuestra decisión dejar que la rueda gire o pararla con la mano y elegir nosotros mismos nuestro destino y aquello que sea lo que queremos para nosotros.

Calibán

Carta XVIII de la correspondencia de S. Grau León a J. R. Strauss. Invierno de algún año desconocido. (fragmento)

[…]
Eres el sol, eres tú la luz que me ilumina cada día, rey sobre el cielo, inalcanzable. Cada día, cada mañana cuando naces es la vida la que se inspira en mi pecho. Soy una tormenta, un Calibán sometido a tus cuidados, yo padezco, retorciéndome en la ignominia de tu ausencia, la única verdad que me quedará… Una vez ido, todo se apagará. Tu voz, tu música, tu color y el calor que me dabas. Y ahora sin ti apenas soy sombra o reflejo en el agua, me arrastro por las calles como un fantasma que nadie ve, y aúllo en el hueco de los recuerdos para aliviar las lágrimas que no llegan. Las noches que pasan, la eternidad y el tiempo que regula el alma, nada es sino un engranaje más que me recuerda que tú no estás. El dulzor se vuelve amargura y mi voz no sirve ya. Pero yo, por volver a ver aunque sólo fuera tu sombra, por traerte ante mí y sentir tu abrazo, por escuchar tu corazón y morir en su compañía, arrullado por esa respiración continua que me susurraba a veces cuando la noche era ya oscura y no había nada más que decir… por cualquiera de esas ambiciones desmedidas o quizá por una única pero íntima mirada, daría la noche y el día, me privaría del sol y de las estrellas.
Si todo empezara de nuevo… lucharía contra el destino como un Heracles desesperado y saldría victorioso.
Pero al fin y al cabo esto son sólo palabras…
[…]