Los acusadores

El silencio sabe adquirir la pesadez del plomo líquido y el mundo se desarrolla en su glú-glú de magma, crean capas y más capas y más capas. No puedes huir. Somos tus fantasmas, nos dañaste, nos traicionaste, nos abandonaste. Esperamos en ese conocido rincón, quietos, atentos. ¿No recuerdas nuestro rostro? Es poco importante, pero estos ojos siguen en su lugar, picándote con la culpa para paralizarte mientras el mundo y el silencio siguen su plácido discurrir. Tardarán un tiempo: abrazarán tus tobillos, te inmovilizarán las piernas, presionarán tu vientre, ahogarán tu pecho, agotarán tus brazos y tus ojos sólo podrán vernos a nosotros; por tu boca se colará una inundación de plasma caliente, creando un molde de tu corazón. A escasos segundos de la desesperación, tu grito cobrará la textura de las burbujas y el eco repetirá nuestros nombres. Esto es una promesa.

Ansiedad, Munch 3

Ansiedad – E. Munch, 1896

Desde una torre de marfil

Borges fue el arquitecto de la biblioteca. El argentino era heredero directo del gran creador de laberintos, era Dédalo mismo, reencarnado. Borges vivía en una torre de marfil, una inmensa, que tomó mayor definición a la llegada de su ceguera. La negrura trajo consigo el infinito espacio donde se sentía acogido. La lectura pasó a ser rememoración y escucha, la escritura palabra, y lo único inalterable fue su pensamiento.

Las torres de marfil siguen elevándose hoy. Si alguien pudiera verlas, mostrarían un mapa mundial lleno de finas agujas blancas, elevadas al nivel de los rascacielos. Edificios sin ventanas, llenos de posibilidades, rectos y verticales algunos, otros largos y curvos como los tallos de una planta. Y arriba, en la cúspide de la torre, a modo de una flor abierta, un mirador con un escritorio desde donde pueda verse el horizonte. Torres de marfil que nacen en pequeñas habitaciones de residencias universitarias, donde el escritor se enajena del mundo ante su papel y su ordenador. Torres de marfil cuyos pilares se asientan en la casa paterna, donde el compositor intenta ordenar las notas en el orden adecuado para fabricar una melodía, un ritmo, un sonido o también un silencio. Torres de marfil con troncos surgidos de las bibliotecas públicas, de casas ancestrales ocupadas por una soledad dolorosa, y sin embargo buscada. Escaleras de nácar ascendiendo hacia ese vacío deseado desde los parques donde uno mira la nada durante horas, desde los cafés donde la tristeza enfría la taza.

Pero también hay torres desmoronadas, con grandes pilares hundidos en la tierra, raíces de piedra retorcida y mezclada con la hiedra. Torres sin mirador, sin escritorio entre las nubes, cortadas a media altura con un tajo torpe. Son edificios más subterráneos y cerrados, como si fueran una broma de arquitecto. Borges nada supo de estas torres que no figuran en el ajedrez. Como habitantes de las ruinas hay algún poeta desconsolado, sin amor, sin amigos, perdido en su mundo lírico y lleno de ideas; también hay filósofos incapaces de dejar un libro sin tener otro en la mano; hay pintores con sus habitaciones cubiertas, capa sobre capa, de escenas mil veces soñadas; hay escultores deshechos en lágrimas, entre fragmentos de rostros pétreos, por no ser Pigmalión y no haber hallado a Galatea. Pero los escritores son los peores, criaturas sentadas ante una mesa desvencijada, abriendo sus alas descomunales en la oscuridad, igual que lo hacía Holan con su poesía; son ángeles caídos, criaturas transformadas en demonios. Clavan sus dedos en la madera mientras se acercan y se acercan al papel, hasta acariciar la superficie con la mejilla. Mantienen los ojos abiertos cuando la pluma rasga la página, pero siempre escriben aquello incomprensiblemente alejado de su mundo, de su historia. Quisieran –más de uno ya lo ha hecho, presa de la frustración– clavar la pluma, esa aguda y decepcionante punta, en sus propios ojos, en medio de la pupila o del blanco virgen que se anegaría rápidamente de tinta negra y sangre. Hundir así, a picotazos, el instrumento de la creación, hasta destruir esos órganos capaces de espiar en los espejos. Después entran en la oscuridad sin lavarse, con las córneas despellejadas y las retinas deshechas, abandonándose entre las ruinas de su torre para esperar el silencio sin capacidad de escritura. Solos en medio de nada, conscientes de su monstruosidad, de la degradación con la que llamarán en un grito a la muerte. Algunos se lanzan a las chimeneas, se dejan consumir en un dolor sin descripción, inspirador de gestos tan violentos que sus patadas y manotazos terminan por mover alguna piedra de la torre, de la ruina; esa minúscula desviación es suficiente para dejar sin equilibrio todo el edificio, derrumbándolo sobre el cadáver ennegrecido. Otros encuentran nuevamente la pluma y saben utilizarla como puñal directo al corazón o tal vez en la garganta. Los menos ven, en lo alto del edificio, una manera de jugar a ser Ícaro, hijo del arquitecto. Violencia de la desesperación, sadismo amargo.

Son lugares difíciles esas torres de marfil. Lo que para unos parece un santuario, para otros puede transformarse en su tumba. Sus salas laberínticas, llenas de libros y espejos, llenas de recuerdos y de pasarelas que a veces conectan con el mundo, son espacios donde las monstruosidades de cada uno surgen, pues son convocadas por el silencio y la reflexión. Pero hay poetas y pintores y compositores y escritores, que ganan la batalla contra los espejos y pueden asomarse a la cúspide de su torre desde habitaciones de residencia, desde casas alquiladas. Algunos son débiles y mueren o se pierden a sí mismos, otros tienen la fuerza necesaria para resistir, continuar y ver desde su mirador las constelaciones arriba y abajo el mundo del cual son parte, sobre el cual escriben o pintan o componen.

Naufragio de sentidos

La tumba del hombre es el lugar en el que vive. El sentimiento está plagado de escarabajos devoradores que asoman desde las heridas abiertas como graciosas sonrisas del interior.

¿Qué ha sido de los héroes? ¿Qué de las túnicas blancas de la imaginación? El sueño mediterráneo desapareció con las espadas caídas en desgracias y barro. No, hijos míos, ya sólo quedan ruinas de lo antiguo y parece que eso es lo que debe ser. El paso imperturbable del padre tiempo entre los olivos retorcidos será el que haga crecer a los hombres y les dé el aliento dorado. Ese padre, de pies encallados, ese lugar común de todos los desvelos, es él a quien rendimos culto en las iglesias y en las calladas noches en que miramos las paredes blancas sin saber qué miramos o quienes somos.

La tumba de la que se hablaba, gastada entre arenisca con palabras pintadas, guarda al hombre que será. La ineptitud está en cada brochazo que malcubre la pared blanca, o que sería blanca de ser. ¿Cómo se ha de construir el pasado o el presente? ¿Cómo conocer los huesos que sostendrán a la carne de las costumbres? Esa carne que ha de ser caliente y recibir los besos que ha de aprender a dar. Parece que no hay respuesta.

El temblor de los juncos en la laguna y la sencillez de las nubes que transcurren por el azul inminente del cielo son las aspiraciones básicas que se complicaron con el paso del tiempo y de la mente. ¿Tenemos sentido?

Onegin

Una escena, el fondo de un teatro, un cuadrado gigantesco donde debería de estar dispuesta la escenografía entre la que los actores o cantantes se moviesen, representasen ese cuento por el que todos hemos pagado. Pero no, ahora está vacía de todo, es un cuadrado inmenso, vacío, blanco. Sobre el que se proyecta una luz anaranjada, algo dorada, donde algunos ven referencias al ocaso, al otoño, a la decadencia, a la madurez y a cierta maldición antes de ser cumplida.

Podría pensarse que el teatro está vacío, que no hay nadie actuando, quizá como mucho diríamos que puede ser un ensayo y de ahí la explicación de tal circunstancia. Estaríamos equivocados, el teatro está lleno, todos nos mantenemos en nuestras butacas, observando, conteniendo la respiración, escuchando la música que mana de la oculta orquesta. Pero hay acción en escena, hemos estado engañados y a la vez no del todo. Durante la obra los actores han cantado su desgracia, pues es un drama, un drama en el que dos personas se enamoran, en el que Onegin, el gran Onegin, ha matado a su querido amigo por un malentendido que aquellas causas del honor impedían otra resolución más limpia que la sangre.

Pobre Eugene, triste de apostura, aburrido de una vida vacua de nieve sempiterna, ocioso por naturaleza, amoral dentro de esa moralidad compartida por la clase a la que él pertenece. Es orgulloso y a la vez desprecia el orgullo; viste con elegancia oscura, con seriedad que quiere contrastar, por puro gusto de burla cínica, con la sociedad que le ha tocado. Se cree un vividor, un héroe que jamás podrá salirse de su papel, algo así como el protagonista de la novela, ese Don Juan que intenta burlar una y otra vez a la muerte halada, la cual se cree condotiero supraterrenal. Pero Eugene es mucho más inteligente, más fantasma de la Ópera que nadie, más Hamlet, más inglés que francés, lo cual va contra la moda. Gusta de ensayos difíciles y prefiere la música de un solo violín resonando por las salas columnadas de alabastro y otros mármoles, que las danzas mascaradas donde los caballeros arrancan caricias a brazos semidesnudos que no saben bien a quien pertenecen. Las risas embotelladas, aletargadas, de la madrugada sí le gustan. Onegin se sienta allí y les ve danzar, triste, en un rincón iluminado por no poder elegir otro más oscuro. Los vestidos de colores de las mujeres abrazan con sus vuelos las piernas de telas negras de los hombres. Hay alguno que viste de claro y rápidamente los rumores de esas cortes decadentes de variedades empiezan a murmurar sobre sexualidades ocultas, sobre querencias antinaturales. Ríen en ese placer de la invención sin razón. Pero Onegin sabe las verdades, en su papel de mudo espectador puede escuchar las mentiras y sus contrarios. Apenas le hacen gracia.

Su semblante es taciturno, se comenta mucho en ese mundo palaciego aburrido de sí mismo, todos le miran con cierta distancia. Allí cada quién conoce al otro o puede informarse con facilidad de su identidad.

Ahora ahí está Onegin, escuchando haciéndonos pensar que no escucha, con su sombrero de copa, su traje inmaculado, el pañuelo blanco, la camisa impoluta y sin embargo desgarbado, rechazado. Ha caído al suelo, se ha arrastrado, ha llorado y no ha podido erguirse de nuevo. Sobre él cae un polvo blanco que levanta brillos de oro gracias a ese juego de luces. Nos hacen pensar que es nieve y lo es, estamos seguros. Tenemos ahí, frente a nosotros, al pobre Onegin, con su tristeza incapaz de abandonarle, con la seguridad de que no hay escapatoria ya, de que su error pasado fue decisivo.

Eugene sabe ahora que no es ningún héroe, que no tiene una moralidad superior al resto, se da cuenta del tedio que le invadía antaño se debía a no abandonarse a eso tan sencillo que todos repudian en su momento. Finalmente no fue tan inteligente, se ha condenado él mismo a vagar en soledad hasta el último de sus días. Lo sabe, por eso le vemos tan triste, aplastado contra el suelo mientras la ausencia del escenario le hiela y le va llenando de ese polvo blancuzco que es la soledad. La luz de pronto se termina, el ocaso acaba en un azul medianoche hasta terminar en negro. El último acorde suena, por encima del resto, no es grandioso pero lo parece. El telón cae y todos rompemos a aplaudir, emocionados, tristes, felices de no ser Eugene, cuyo destino casi podemos adivinar. Seguramente su mente vuelva a la pistola ejecutora de aquel gran amigo suyo y la de vueltas en su mano incapaz de cometer el acto final. Onegin preferirá seguir en la contemplación lejana de su esperanza truncada hasta que llegue un día en que despierte y no note frío en su carne ni placer en la seguridad que sus rentas le ofrecen. Ese día volverá a la casa de su tío en la estepa rusa, rodeado de esa nada blanca, y allí languidecerá, huido de todo, esperando la muerte, esperando que el diablo lleve su alma. Moribundos placeres de los medio muertos.

Derrota

Y baila una y otra vez, sobre sí misma, como una muñeca accionada por resortes, como esas figuras encerradas en las cajas de música que saltan cuando suena la melodía. Allí está ella, loca, sonriendo sin sonreír, embebida por la armonía que le aplasta desde todas partes, que entra en todo su ser y le transporta, le hace volar, bailar, cambiar a un pie y a otro para volver a girar una vez más. Se anuncia el final, salta, gritaría si pudiese pero el público le mira y ha de mantener su elegancia de animal efímero, de pájaro mítico. Da una vuelta más, se eleva de punta, se inclina con toda la flexibilidad que le otorgan los años de practica, la percusión de la orquesta redobla justo antes de que ella caiga y las luces se apaguen un solo segundo.
El rugido de los aplausos es atronador.

Y llora como una niña pequeña, porque realmente no hace mucho que dejó de ser una niña que vestía de rosa y blanco. Llora en un rincón, le gustaría tener maquillaje para que se corriese por sus mejillas, le parece una imagen bella, dramática. Las escenas nunca son como en las películas: la luz es mucho más mundana, no hay música de fondo, ni planos cambiantes que ofrezcan esa cara melancólica que el momento está ofreciendo.
El piano del vecino suena sobre ella, por suerte es músico profesional. La canción que se escucha es un acorde repetido hasta la saciedad que se desencadena y se precipita al abismo como si bajase los peldaños de una enorme escalera de música. Aquella leve muestra es lo más cinematográfico que encuentra en la escena. Sonríe por un instante, enjugándose las silenciosas gotas que manan de sus ojos de cuando en cuando. Está triste, muy triste.

Y recuerda aquella mañana en Polonia, en la fría Polonia un día de primavera en que amanecía. Allí estaban todos sus compañeros de viaje, apiñados bajo mantas en el porche de una casa perdida en medio de los campos del este. Fue un momento maravilloso, mágico; estaban muy cansados, somnolientos y tenían frío cuando se movían demasiado y la manta dejaba una brecha libre para que se introdujera ese viento húmedo de allí. Él estaba con ella, apretado contra su cuerpo. Compartían manta y se daban calor mutuamente entre bostezos y bromas cortas. Ella daría cualquier cosa para volver a ese momento en que estaba con él, en el que aquello era suficiente y aún se entendían. El amor, a ciertas edades, quema en el corazón al hierro rojo.

Y se desespera en otra ocasión en que pasea por el parque, sola, incluso ha de sentarse en un banco porque se siente débil de pronto, frágil, dispersa… No entiende, por un momento, qué pasa con su vida, por qué le pesa tanto ciertas cosas con las que el resto del mundo parece convivir perfectamente. Mañana él le dirá que todo se terminó, lo sabe, aún no ha ocurrido pero tiene esa seguridad en el corazón y le pesa como una carga imposible. “De nada sirve adelantarse a los acontecimientos”, se dice, pero aún así no puede evitar sentirse de tal manera: horrible, cansada, despreciada. ¿Por qué se siente así? Aún en el caso en que terminase la relación es peor para él, ella vale mucho ¿no? Pero todo eso no importa porque le quiere, más aún, le ama y no puede soportar la idea de perderle, luchará con todas sus fuerzas, como una leona encadenada, como una diosa antigua entregada a los castigos de sus mayores. Luchará como baila, siempre incansable, siempre poderosa y reina de su movimiento, coronada por la música. Así hará y tal certeza le marea durante un instante. Parpadea observando el parque con sus pensamientos en silencio.

Y baila de nuevo, eficiente, apasionada, magnifica hasta el punto en que levanta exclamaciones; pero ella sabe la verdad, la triste y simple verdad: y es que al final de cada baile yace agotada sobre el suelo o en cualquier superficie. El ejercicio, la entrega mina sus fuerzas y es inevitable terminar agotado, sin energía ya para empuñar las cadenas. Al final todos somos vencidos.

Condenado

¿Infeliz, necio, monstruo, demonio, leviatán? ¿Qué eres? No lo sé, juro que lo ignoro, juro que no puedo hacer nada contra ti. Eres peor que todas las plagas de Egipto, no hay nada comparado contigo, por eso tu forma se me escapa. No te veo, no distingo nada más allá del humo negro en el que te escondes. Si pudiera, si supiera levantar la mano, aferrar un arma cualquier y lanzarme contra ti con rabia, con furia… si pudiera no seguirías aquí. Pero persistes porque soy incapaz de moverme.

Has surgido de mi pecho, de mi garganta, de mi boca, te alimentas de mis entrañas y buscas el bocado más apetitoso: mi corazón. Sí, porque el corazón siempre es esa tripa hinchada que asociamos con el amor, con lo bello, con lo bueno y que se nos rompe cuando las cosas no van bien. ¿Quieres apoderarte de él? Adelante, Ifrit, genio sin lámpara, Djinn oscuro que te relames pensando en esa dentellada que estás a punto de lanzar. Mi exigua sangre regará mis entrañas y permaneceré atado a esta roca como Prometeo, pero nadie se acordará de mí como lo hacen de él, porque yo no soy nada. ¿Por qué? ¿por qué a mi? Tú eres el lado oscuro que se oculta en todas las caras, en todos los rincones, detrás de las pupilas encendidas de todos los habitantes del mundo. Pero ha sido a mí a quien has escogido como esclavo, como pez para tu acuario.

No, no lucho, contra ti no hay pelea posible, ya llevo demasiado tiempo tintineando estas cadenas, luchando contra su férrea sujeción, intentando burlar tu terrible mirada. Estoy cansado, cansado, a partir de ahora seguiré la condena que me sugieres, el castigo por mis pecados capitales. Sí, seré el hombre gris que me pides. Se acabó, no puedo más, mis éxitos son tan pocos y mis fracasos son tan numerosos que no soy capaz de seguir. Yo no soy Moisés, a mí no me tendrás toda la vida en el desierto condenándome a morir antes de llegar a la tierra prometida. No, yo no difundiré tu palabra, ni la mía, ni la de nadie, porque no soy nada ni nadie. Ni siquiera aquellos que dicen quererme me ayudan, aunque saben que estoy aquí. Supongo que también hay otro como tú en cada uno de ellos. Pero yo he perdido contra ti y se acabó.

¿Qué murmuras? ¡Ah! Ya lo entiendo. Te complace mi debilidad, mi horrible cicatriz, mi resolución a decidirme vencido. Sea, has ganado, he perdido. ¿No atacas? Lo veo bien, esperarás todavía, me martirizarás como un lobo que ataca una y otra vez que muerde, hinca sus fauces en la carne y se retrasa, complaciéndose al ver a su victima retorcerse de dolor mientras se lame los colmillos saboreando la sangre, el premio. Sí, este mundo está hecho para esas personas a las que los espíritus como tú logran dominar, que consiguen entrelazarse con ellos, diluirse con su alma y ser uno solo.

¿Sabes lo qué es la luz de mercurio? Mercurio o Hermes era el mensajero de los dioses, la deidad patrona del ingenio, de los poetas y los escritores. Imagínate ahora al Hermes veloz con una antorcha en lo alto que brilla con luz plateada, mercurial como su nombre romano, guiando a los caminantes por el camino, sirviendo de inspiración a los artistas para indicarles dónde deben de ir. ¿Te lo imaginas? Bien, esa es la luz de mercurio, esa fue la que Prometeo arrebató a los dioses, por eso le odiaron tanto, por eso. Yo lo sé porque me imaginación lo ha elaborado para mí. También puedo contemplar el umbral de lo imposible, allí donde algunos queremos llegar, nuestra meta final, iluminada por la antorcha de Mercurio. Pero ese fuego ya no arde, está extinto. Yo apenas puedo ver ya, apenas merece la pena. Mercurio me ha abandonado, el umbral es imposible de alcanzar tal y como se prometía. Decaigo, me derrumbo y ya está, se terminó.

¡Ataca ya! ¡Maldita sea tu sangre, que es la mía! ¡Termina conmigo, diablo! No puedo más, no lo soporto, quiero la bendita paz de la oscuridad, quiero alejarme de esta guerra eterna, terminar con este duelo horrible entre la luz y la sombra. ¡Oscuridad, te reclamo! Te conmino a llevarte mi alma allá donde puedas hacer con ella lo que quieras, lo que sientas conveniente. Soy un necio, un absoluto patán, un inútil, un caminante sin zapatos, un escritor sin pluma, un ave sin alas, un insignificante hombre que no entiende apenas nada. ¡Llévame ya, titán! ¡Arráncame este corazón! Será la primera vez de muchas, sé que volverás, al igual que vuelve todavía hoy el águila de Zeus para arrancarle el hígado a Prometeo. Yo te ofrezco mi corazón, la pieza más jugosa. Trágatela, redúcela a cenizas y vuelve mañana, te estaré esperando para volver a entregarte esta válvula que tanto significa. ¿Ya te aburres? ¡Hazlo! ¡Acaba con esto! ¡Acepto la condena!

Se terminó…