Entrada Nº7: La ciudad inabarcable II

Enlace a la primera parte de La ciudad inabarcable

El Sena no se ha desbordado, tal vez el próximo año. Septiembre es el fin de la tregua en París. El verano no ha vaciado las calles: la luz dorada prometía demasiado, y los cuerpos, quizá sin cabeza, se exhibieron a las orillas del río porque el instinto les llevaba a buscar el agua. No se blandieron espadas ni orgullos. Posiblemente alguien gritó de placer, pero no me llegó el eco. Tampoco hubo revolución, nadie la esperaba, ni siquiera yo.

Los colegios ya están atestados, no se recuerda la playa ni los bosques ni el mar. La universidad espera digna, ansiosa de excelencia y mediocridad, se alimenta de ambas. En este teatro de marionetas todos los hilos se tensan y comienzan asumieron el rol cotidiano. Prudentemente aceptamos el fin de la paz, pues ya intuíamos que fue un espejismo (el calor ayudó a darnos esa impresión.) Vuelta a la guerra. La ciudad aún no ha sido tomada, recogemos las armas y avanzamos hacia la batalla porque es nuestro destino. A veces este día a día me decepciona. El asedio a Troya duró diez años y así parece desarrollarse el mundo: en periodos de tiempo largos, densos, pero empaquetados en espacios estaciónales iguales a los cantos de un libro. Un verano o un otoño se arrastra perezosamente, sin límites. Septiembre es la verdadera puerta a un nuevo año, marca el ciclo de trabajo en occidente. Por eso ahora no podemos dejar de idear nuestro futuro, también lo hicimos en Junio, son momentos de inicio. Pero al final, cuando la etapa se cierra, la conclusión es la misma siempre; aunque vivimos mil pequeños momentos, nuestros deseos se quedan sin cumplir.

No obstante sí hubo reunión de solitarios en el Louvre, pero éramos muy pocos mezclados entre la fauna habitual, se nos podía distinguir por los ojos vidriosos, por las miradas cautelosas o llenas de envidia, y por tener las manos ocupadas. Siempre se ha de blandir una excusa cuando se exhibe en público la soledad, por eso todos llevamos un libro, un cuaderno, un ordenador… ¿Es miedo o pudor? Miedo y pudor, padre e hijo, sentimientos de la misma familia. Vi a un pintor buscar un rato tranquilo, a alguien tecleando en el ordenador, los asiáticos sacaban fotografías, los caucásicos se miraban los pies sentados en distintos bancos. También pude ver un beso, pero yo no lo saboreé.

¿Qué fue de aquellos abrazos donde se buscaba comprender la ciudad inabarcable? Posiblemente han sido sustituidos por otros, o no, la duda siempre estará ahí. ¿Somos capaces de enamorarnos una vez más, o sólo existe ese primer amor, esa obsesión concentrada, esa inaugural explosión química? Vamos a intentar ser positivos, creamos en el dios Tiempo, en su infinita sabiduría. Dejemos a esos conjuntos estacionales, densos y a la vez breves, encargarse de la atracción, del deseo roto, del dolor y el luto y el recuerdo. Sí, después llegará otro cuerpo que podremos amar o anhelar, y entonces la pregunta será, si tras tantos dolores y lutos, aún tendremos el interés suficiente para repetir este juego. Al final rechazamos los abrazos porque siempre son decepcionantes, porque Paris no se deja abarcar, y conjura contra quienes creen poder resistir al ser protegidos por otro.

Ha pasado un año, es hora de leer más poemas, de recitar distintos versos a quien quiera escucharlos. También las palabras ayudan en esta guerra, no importa si las susurramos a un oído, o si gritamos en soledad entre los árboles. Todos queremos sobrevivir a la batalla, este ajetreo mundano se resume en una cuestión de supervivencia. Cyrano, apiádate de nosotros.

Del cielo blanco lechoso de verano cae una lluvia.
Siento como si mis cinco sentidos estuviesen acoplados
a otro ser
que se mueve tan empecinadamente
como los corredores vestidos de colores claros en un estadio
sobre el que chorrea la oscuridad.
T. Tranströmer

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Pensamiento nocturno

Son las cinco de la madrugada y no puedo dormir. He descubierto que la noche es más fría cuando está a punto de amanecer; lo acabo de comprobar, me he sentado en el balcón arropado por una manta, observando como se tejía poco a poco la niebla, y he sentido un frío, que en mis otras visitas a ese asiento nocturno, no había encontrado.

Me entretengo con nada. Soy algo tan nimio que me pregunto muchas veces por qué hay personas que siguen preguntando por mi estado de salud o de ánimo cuando este nunca cambia, cuando siempre permanece tal cual es, vencedor ante todo obstáculo que se le ponga por delante.

En realidad he salido al balcón por lo mismo que estoy escribiendo estas páginas, por soledad. Me he encontrado en mi habitación, sentado, lleno de insomnio, observando el salón tras la puerta abierta donde la luz de las farolas ilumina la mesa y el sofá blanco. Me ha sobrecogido la falta de vida de este lugar, lo vacío que está todo, como una casa de muñecas que permaneciera para siempre en un museo, acumulando polvo sobre unos muebles que nunca se han de mover porque creemos que están bien así.

A veces la noche es como una enfermedad de la que no nos podemos librar, que hemos de padecer sabiendo que en el tiempo está la cura, confiando en que con el nuevo día llegue la salvación. ¿Triste, verdad? Pues esta es la realidad de muchos, o así quiero creerlo yo para no desfallecer, me niego a juzgarme como el único naufrago de este mundo, pues otros han de haber como yo en este mismo momento. Estoy seguro de que en algún lugar, quizá en la propia ciudad en que escribo estas líneas, hay un hombre o una mujer tan solitario como lo estoy yo. Me los puedo imaginar perfectamente: él sería un hombre de cuarenta y muchos, sentado frente al televisor apagado, espiando los rayos artificiales que se cuelan en su salón; la mujer estaría envuelta en una bata, posiblemente de color verde, con el pelo desecho sin importancia y con las zapatillas colgando de sus pies, ella estará bebiendo una infusión o fumando un cigarrillo en la cocina con la luz encendida, llenando la noche de artificial amarillo para combatir la negrura exterior. Los dos se levantarán a veces y caminarán hasta la ventana por donde podrán ver, si tienen suerte, una calle donde pasearán borrachos, prostitutas y jóvenes en bicicleta. Podrán envidiarlos y por ese hecho, ese pecado que nuestra religión ha descalificado, serán precisamente salvados de la demencia, del final. En esos anónimos ellos podrán sus antagonismos, se pegarán a sí mismos y sentirán lástima por sus pobres cuerpos fofos, envueltos en pijamas holgados para disimular su decadencia. Ellos son como yo, por eso me los imagino. Hace mucho que perdieron las ilusiones y el amor por sí mismos, todo se marchitó, se apagó cuando el desencanto por todo llegó hasta el último límite. ¿Hay alguien que quiera creer que esa mujer amargada una vez fue una dulce niña que cuidaba de su madre enferma? ¿o que ese hombre fue aquel joven prometedor lleno de sueños de futuro y de energía para emprender su propio negocio? ¿Alguien se creería que yo una vez quise ser pintor? No, nadie puede creerlo porque nosotros mismos pensamos que todo eso es mentira.

También sé que en algún lugar de esta ciudad hay personas besándose, haciendo el amor torpemente o con pasión. Entre los millones de habitantes de este lugar habrá también quien llore amargamente y seguro que al menos una persona ha dejado de respirar en medio de un sueño apacible. La noche esconde muchas historias, todas comunes, cotidianas, diarias, que se repiten cada jornada, pero que a la vez son individuales y distintas en sus detalles. Por eso me gusta sentarme en el balcón y mirar los edificios dormidos donde de cuando en cuando se abre un ojo amarillo y una silueta se mueve al otro lado. Me hace sentir insignificante y eso, por extraño que parezca, me agrada.

La luna hoy sólo es un gajo en el cielo, algo rojizo, afilado como si fuera una cuchilla o un símbolo sagrado. No sé por qué me he fijado en ella pero lo he hecho; una casualidad, supongo. Me siento cansado, aburrido. No sé que hacer y noto… noto que mis palabras se vuelven incoherentes. ¿Por qué escribo? ¿Para quién? Esta segunda pregunta es muy importante… ¿Para quién escribo? Quizá sólo lo haga para ahuyentar el miedo y la soledad, para ahuyentar a la muerte. Entonces quiere decir que escribo para la muerte, para la nada; escribo para nada. Es el mismo método que imagino en mis dos iguales, ellos miran por la ventana y yo a ratos necesito escribir, llenar de negro un papel blanco, como si al hacerlo pudiera limpiar mis venas del veneno.

Pero ya es tarde, muy tarde y yo he de volver a la cama porque mañana quiero hacer cosas necesarias, cosas que hay que hacer. Suprema frase esa que nos domina toda nuestra vida. Estoy agotado de luchar y ahora sólo admito la derrota y me dejo llevar por las corrientes de un lado a otro, esperando que algún día me lleven a mi lugar. Un paisaje que quiero creer, porque no he perdido del todo la esperanza, que será mejor.

¡Indolentes, amadme!

¿De verdad ha sido cierta esta evolución fatídica y oscura? ¿No ha sido un sueño (pesadilla)? ¿No? Por favor, deberíamos de ser otra cosa muy distinta ahora, deberíamos haber conseguido llegar a un momento distinto, a un futuro en el que hubiéramos perfeccionado el bello arte de existir.

¿Cómo hemos llegado a este momento en que abandonamos la vida, el rumbo mejor de la verdad y de la propia metamorfosis? No, no tengo palabras de desprecio suficientes en mi boca, de donde mana esa saliva que se hace mar y lo llena todo con su agua de babosas, de crisálidas que jamás explotarán. Así somos todos, cómodos gusanos entregados al calor del cuerpo que emana de las alcantarillas, de las ciudades. Hemos abandonado la verdad y lo que es peor, nos hemos abandonado a nosotros mismos.
¡Esa naturaleza humana! Desvirtuada, que apaga hasta al más salvaje de los espíritus con su promesa de comodidad, de dicha simple y vaga. Nadie quiere ya hacerse yagas en las manos o en el alma. ¡Qué indolencia!

Antes los hombres como tú estaban ligados al paso del tiempo, a la terrible tristeza de la vejez, algo de lo que muy pocos, genios sin duda, lograban escapar. Somos monstruos, demonios, y escribimos epitafios de nuestra vida continuamente en bonitos volúmenes que llenan los áticos de escritores que han contemplado a las babosas, que se creen semejantes pero que han sabido conformar una historia distinta dentro del común que nos denomina a todos.

No nos queda nada por vender al príncipe de la oscuridad, príncipe de los poetas, lo hemos empeñado todo, incluso la libertad y el amor. El amor que todo lo podría redimir se ha oscurecido, podrido en egoístas intentos por dominar y adjetivar ese estado que confunden con el cariño, la estima y más y más comodidades. Ya nadie ama, no se atreven, no sabe y aquel hombre que no ama es sólo un monstruo al que se podrían llevar esos dioses de todos los demonios.

Jamás habrá otro Rimbaud, porque jamás habrá nadie que quiera padecer la pobreza, el frío, el hambre, la violencia, la soledad, la sangre… El atrevimiento de ese muerto dorado, de ese hombre de sal, no será repetido; quizá sí imitado con la actitud de un arlequín, pero jamás nadie le igualará. Lo peor, la certidumbre de esa sádica risa que suena cuando el viento nos mece, es que él perdió, él también se dejó dominar con la golosina del estado y la sociedad.

La culpa de este juicio recaerá en nuestra civilización, que ha sido la mayor desgracia que ha acaecido sobre nosotros, nuestro mundo entregado a las manos lavadas de esos ciudadanos de barro, ha sido y será nuestra peor suerte porque somos hombres que cada vez se van transformando en otra cosa, que pierden su sombra como el árbol las hojas, como el pájaro las plumas…

Y nosotros, animalitos con bonitos collares, atados de látigos que azotan nuestra carne en los trémulos placeres nocturnos, en las perversiones satisfechas de la leche del varón y de la verde absenta; en la cruz y en la estrella y en las religiones y los dogmas que han quemado las retinas y las vidas de tantos y tantos pobres pecadores que sólo pretendían ser felices, amar, saber o incluso pensar.

¿Pero qué os creéis vosotros? Duques de la sinvida, esperando sin motivo los besos que se depositen sobre vuestros labios, caricias del amante. Religiones, políticas, comodismos del sillón y la cierta riqueza. Somos todos unos cobardes, somos todos despreciables por no saber qué decir, cómo decirlo. Damos asco visceral por conformarnos, por caer en esa insidiosa tristeza de los recuerdos, de la esperanza de una vida simple cuando podríamos, deberíamos, aspirar al parnaso. ¿No me oís? Este es el canto de desprecio hacia toda la humanidad, hacia aquellos que se sonrían con mis palabras y hacia aquellos que se sonrojen, es el canto a mi mismo y a ese niño al que amé con el deseo brutal de la fisicidad más inmediata, rastrera, sudorosa y sangrienta.

Rabia, diréis, y estaréis muy cerca de la respuesta porque me podéis figurar sobre la ajada mesa, desnudo, sudando por el calor de un inclemente sol que no sale en la más oscuras de las noches urbanas.

Buscadme en las sonatas, en las tristes músicas que ponen banda sonora a la existencia de los locos pues en la locura está la salvación. Sólo en la inclemente querencia de la locura encontraremos la redención, encontraremos el verdadero dios, su palabra y su gesto. Su gesto eres tú si sabes llegar a su camino, de lamer las yemas de los dedos que te tienda, pues en esas manos llenas sombras, de excrementos, de valor, está la verdad. La cobardía se ha apoderado de nuestra piel y nuestra alma.

¿Quiénes somos? Nadie lo aclarará, nos estamos convirtiendo en máquinas cuanto más las utilizamos; ahora somos datos, líneas intrincadas sobre estadísticas. No nos queda nada, ni una esperanza, ni una chispa que se funda con el mar; como un cuchillo surcando las líneas de la vida, rasgando el futuro adivinado, la felicidad pasada, los recuerdos, las nieves, las flores y esas miradas que no se dirigen a ningún lugar, pero que ven, todas las noches, aquellos pecados que cometimos cuando fuimos felices.

¿Y tú, me amas?

Célula 101

-Hay algo dentro de mí que no funciona, que está mal. Algo oscuro, tenebroso… No sé cómo empezó, pero no me deja vivir. Apenas soy capaz de hacer nada porque me atenaza el miedo a algo, sin embargo no es nada concreto. No tiene sentido porque el miedo en general no existe, sólo existe el temor a cosas singulares. Pero tengo miedo de nada y ello me preocupa. ¿Qué será de mi doctor? No puedo vivir, no puedo trabajar, no tengo esperanzas ni deseos, lo único que quiero hacer es dormir, descansar, quedarme en posición horizontal acurrucado en la cama y mirar a ningún lado, a la nada. Dejar que pase el tiempo…

El doctor le miró muy serio. Sentía un escalofrío al escucharle hablar, lo sentía porque se veía identificado, porque él también se encontraba así. Pero eran casos muy distintos, completamente distintos. Desde que el paciente había comenzado a hablar sabía lo que tenía, pero le dejó explicárselo, como si buscase un remedio para sí mismo. Una cura para esa tristeza crónica, para esa desesperanza.

-Vivo maquinalmente, doctor, por impulso, por no suicidarme, porque no entiendo el suicidio. Pero vivir así no es vivir, vivir así es un tormento y no sirve, no sirve para nada.

El médico tosió aclarándose la garganta para que su turbación no fuera demasiado evidente.
-¿Cuándo empezó? –preguntó.

El paciente parpadeó varias veces, recordando.
-Hace meses. Creo, doctor, que se debe a mi desencanto por la vida. No le encuentro nada bueno y eso es muy triste. ¿no cree?

-Sí, tienes razón, es muy triste… –respondió en un suspiro.
Se levantó acercándose al paciente, pasó la mano por sus ojos y este los cerró. Le desabrochó los botones rápidamente, pues se habían diseñado para que fuese fácil quitarlos. Cuando el pecho del paciente estuvo al descubierto palpó la superficie de piel caliente, el contacto le turbó. Sentía latir un corazón allí. Por un momento dudó pero luego sacó de su bata el destornillador y accionó el resorte que habría el pecho. El mecanismo funcionó bien, abriéndose y revelando el interior mecánico de aquel hombre que no era tal. El doctor buscó con ojo de experto la célula 101 y, como suponía, la encontró quemada. La quitó y la cambió por otra, luego cerró el cuerpo, abrochó los botones y pasó su mano ante los ojos cerrados de aquel ser, que al punto los abrió.
-¿cómo te encuentras? –preguntó.

El robot asintió, parpadeando varias veces.
-He de regresar a mi puesto de trabajo, doctor. –dijo maquinalmente.

-Claro, ve.

El paciente se fue, perfectamente reparado, pero dejó al médico sumido en sus pensamientos. ¡Qué fácil era arreglar a una maquina! Pero a sí mismo no podía cambiarse una célula y conseguir que todo fuera bien. Le espantaba el lenguaje de los androides cuando la 101 fallaba, parecían casi reales, completamente humanos, como si presentaran una depresión terrible de la que no fueran capaces de salir. A veces se pensaba que la 101 era la célula que les dotaba de humanidad, pero sabía que no era así porque cuando esta estaba bien se volvían tan fríos como siempre. Lo peor para el doctor era que ponían voz a sus propios pensamientos. Así se sentía ese hombre real: terriblemente sólo, sumido en la oscuridad, espantado por nada en concreto, sin ninguna ilusión que le impulsase a levantarse por la mañana. Vivía maquinalmente, como un robot, pero no sabía qué hacer para salir de aquel estado, era incapaz. Por un momento el doctor se imagino algo dentro de si mismo roto, quemado, astillado y ennegrecido, algo que no se podía cambiar, que le condenaba a aquel estado perpetuo.

El médico suspiró, desolado. Apretó un botón para llamar al próximo paciente y esperó con la vista perdida en ningún lugar.

El muñeco anacrónico

Frágil, débil como un muñeco, como un títere suspendido con invisibles hilos que le mueven. Tan frágil es… tan frágil que no es capaz de accionarse por sí mismo, de doblar la articulación de madera. Si lo dejásemos tirado en un esquina permanecería allí, sin levantarse, observando lastimosamente el mundo girar. ¿Patético? Quizá sea así la forma más adecuada de nombrarle, pues no es más que un pelele sin razón del que todos se pueden burlar. Incluso los niños se plantan frente al escaparate y hacen gestos obscenos dedicados a él, sacan la lengua y gritan insultos que no son tan infantiles como alguien idealista quisiera que fueran en su sociedad.

¡Pobre muñeco! Con sus zapatos feos y su actitud tosca y desmañada. Nadie se acerca nunca a él para jugar, todos los demás se entretienen riendo una y otra vez, flirteando incansables por las esquinas, al son de una caja de música que tintinea hasta el agotamiento.

Ya es navidad, no hay mayor momento de felicidad en el año y, sin embargo, nadie podrá descoser la mueca de ese títere, cambiarla por una sonrisa como la tiene aquel osito de peluche, orgulloso de la admiración de los más pequeños, tampoco tendrá una boca como la muñeca de labios sinuosos, ni ningún gesto alegre sino siempre triste, al igual que aquel payaso contrario al canon, convertido por su tristeza en otro canon distinto.

Y nieva, nieva tras el cristal, la ciudad se empapa de copos blancos que no llegan a cuajar. Nuestro títere se sienta allí, con la cabeza apoyada contra la fría superficie, observando cómo en la esquina se reúnen los amigos, cómo en el café de enfrente se besan los amantes, cómo tras de si la juguetería entera hierve de vida, de acción, de color. Sólo él es la excepción. Él, débil por la tristeza, frágil por su propia contrahechura, patético por su corazón desesperadamente esperanzado. No hay lugar allí para el muñeco anacrónico.

Se va, es lo único que puede hacer, es lo más inteligente. Un día sale del local y escapa, huye hacia el viento helador, hacia la nada eterna, buscando a nadie que le espera. ¡Tan solo! ¡Tan abandonado! Termina en un jardín empapado, tiritando, llorando sin lágrimas, con la garganta hecha astillas por la tensión que sufren sus venas. Allí morirá, abandonado por sí mismo, perdido y ahogado por un mundo que le ignora, que no se inmutará cuando se haya ido.

Opresión

Me ahogo.

Encendido en un mar gigante, soy el único pez discorde aquí, preso de mi mismo, balanceandome envuelto en el agua cual placenta primigenia. Abro los ojos y veo la inmensidad líquida, la luna, desdibujandose allá arriba.

Todo recomienza: la cena, las risas y los trajes que no a todo el mundo sienta de igual manera. Él, riendo, mirandome con sus ojos pardos. Da igual, no es mío. A su lado ella, sonriendo, parloteando, entronizando su ego sobre nosotros, pobres espectadores de su maravillosa vida. Allí un amigo, escuchando la conversación con la actitud de un sabio. ¿Qué dibujaría un pintor en esta escena? ¿Qué sentimientos captaría? ¿Cuáles son los que hay en nosotros? Ahí estamos los cuatro, hablando. ¿Pero realmente nos conocemos? ¿sabríamos desentrañar el misterio de nuestra mente, de nuestro corazón?

Pataleo como un niño, buscando la superficie y no la encuentro. Sí, soy sólo un niño. Me hundo, me dejo llevar, donde sea, lejos de aquel punto, lejos de todo. El color es maravilloso, la luz tamizada por el agua me asombra.

Aparece otra ella, mirandome fijamente con el vacío tras las cuencas, con lo ausente, con las maquinaciones dementes de su cerebro. Me mira y no sé que ve. No pregunto, no quiero preguntar, no me atrevo. Agacho la cabeza, miro a otro lado y lloro.
Me veo a mí, inútil. Muy inútil. Destruido, roto. Infantil y tan frágil que soy una pompa de cristal. Yo tampoco miro nada. Suena un vals, todos bailan, yo voy de etiqueta, pero mi pareja ya no está conmigo, ya baila en otro lugar junto a una belleza morena. Todos bailan, todos giran cual graciosas peonzas, dando pasos aquí y allá, ritmicamente, armoniosamente, de dos en dos, pero como si fueran uno solo. Soy el único espectador, casi tengo la sensación de que bailan para mí. Observo el paisaje como ante un acantilado abierto, con las olas ondulando la superficie marina, ese mismo mar en el que me siento sumergido.

Y de repente el mundo se desmorona con un ruido atronador. Todo se convierte en arena, como en un sueño cuyo origen es la locura. Me despierto, caigo al agua, las burbujas se arremolinan a mi alrededor, desnudandome. Hace frío. Una voz suena, una voz femenina que canta en un idioma que no entiendo. La voz se eleva y baja al igual que las mismas olas del mar, muy por encima de mí. Crea una canción pausada, tranquila. El agua entra por mi boca, recorre mi garganta, inunda mi estomago, mis pulmones. Se introduce por los orificios de mi nariz.

Me ahogo.

Carta desesperada

Querida Tzasina:
Te escribo porque es lo único que puedo hacer. Debo decirte esto ya que a veces me pregunto por qué te reconocí a primera vista. Quizá todo esto sea un engaño y nos espere un camino muy distinto, pero imaginatelo, estoy aquí, sólo, al borde de la locura, febril, aspirando las bocanadas que dejas atrás, sin darte cuenta de que te sigo como un demente allá donde vas.
La primera vez que nos vimos encontré algo en tus ojos, un átomo de ternura, polvo de una estrella que ha sido fugaz, pero no me atreví entonces a buscar su estela; luego me di cuenta de un error que no podía ya enmendar y lo hice mal, muy mal, tanto que no me quedó otra opción que separarme de ti. No me atreví a poner mi fe en esa enajenación que por un momento me inspiraste y le arranqué a mi corazón todo cuanto quedaba de ese ardor…
¡Dios, qué errado estaba!… No… Puedo prever la amarga indiferencia con que leerás esta carta y, sin embargo, día a día sólo sueño estar contigo, seguirte a todas partes imitando una sombra ingrávida que te observa de cerca, como una suerte de pájaro casi inapreciable, mas estoy ahí y tú lo sabes. Me distingues, aunque sea apenas: es esa sensación de que persisto tras todos los demás.
¿Es que acaso no me ves? Ahí, al final de la habitación, como un sonámbulo de hosco semblante… Te miro y no me ves, vas paseando entre la muchedumbre y te escondes bajo las palabras de los otros; hablas, sonríes, cualquier gesto tuyo despierta mi atención, pero no son para mí. El mundo enmudece cuando te veo y dejo de sentir hasta que te miro y me miras, permaneciendo un instante con tus ojos fijos en los míos. Te acercas con pasos ligeros, como una ensoñación, mientras mi corazón late más deprisa y tú caminas al ritmo de su latir, incrementándolo cuando más te acercas a mi. Pero te giras, apartas la mirada y desapareces entre la multitud.
¿Qué hacer? Estoy enteramente a tu disposición y no lo ves, no te quieres dar cuenta. Esa indiferencia, esa pálida indolencia me asfixia, crueldad intolerable… me mata.
Breve es mi tiempo y me arrastro en soledad… Así cada día es un desierto hasta aquel en que estoy contigo, en que puedo compartir unas palabras, en que me miras y me sonríes de cuando en cuando, en que, cuidando mi sentimiento, alcanzo a tocar tu piel y sentirte cerca por un instante. Pero no puedo, no puedo contentarme con esas migajas de ti, me veo obligado a coger esta pluma en medio de la noche, ya no soporto más este secreto y me siento desfallecer de fiebre y de miedo, anhelando tu cuerpo, tu olor, tu voz… ¡¿Dios, cuándo se me llevará la locura?!

Nunca habría hecho esta confesión si no supiera que estas palabras se quedarán en nada… pero necesitaba decirlo antes de que las llamas laman esta carta y borren la tinta dejando algo vacío, apenas una flor de cenizas que no mirarás porque no te importará nada, ni siquiera lo mínimo como para verla consumiendose con mi esperanza en tu chimenea .
Y si me tienes piedad ¿qué dirás? Quizá sugieras que me olvide de ti, que con el tiempo sanará mi corazón, que éste dolor desaparecerá. No, no, eres o tú o la soledad. O tú o nada. Soy ambicioso como todos los amantes imposibles, anhelo todo, anhelo tenerte para mí. Busco mi salvación entre tus manos y espero encontrarla, pero sé que no contestarás esta carta, que arderá su papel y desaparecerán las palabras.
Pero sea así, estoy enteramente a tu voluntad. Ahora sé que está en tu poder decidir qué hacer con mi corazón, mi corazón que te pertenece, que se partirá en dos y que espera no llegar ya demasiado tarde.

R.L.