Miércoles fragmentado: Kyrie, Tomas Tranströmer

“A veces, mi vida abría los ojos en la oscuridad.
Una sensación como de multitudes ciegas e inquietas,
que pasan por las calles camino de un milagro,
mientras yo, invisible, permanecía inmóvil.”*

Estos son los días del cordero, los que bajo su mirada se desatan con las misas en nuestros oídos. ¡Oh, padre, perdóname! Que la desesperación no nos ahogue, que los espíritus tengan piedad de nosotros. ¡Oh, padre! ¡Cuanta sangre he limpiado de mis manos! Ahora sólo quedan dedos huesudos incapaces de sostener una espada o de entrelazarse para el rezo. No me queda ninguna exaltación, no convocaré hoy a la reina de todo o el nombre de nadie. ¡Oh, padre! Cuán altas suenan las campanas. ¡Ten piedad de mí! Ahora me reuniré contigo, intercede por quien tan bajo arrastró tu recuerdo. ¡Gloria! ¡Gloria a la oscuridad! ¡Soy herido! ¡Soy…! Sangre… Mía fue la última palabra… Ahora todo es sangre.

*Lamentablemente no hemos podido encontrar la versión del poema en su idioma original.

Hugo de Cluny

¿Quién es él? La pregunta parece estúpida, pero es muy difícil. Él Es; tal afirmación ya es anfibológica per se. ¿Qué es el ser? Pero no, no filosofemos. Él Es y dejémoslo así para evitar males mayores.

Él es Hugo, sí, ese Hugo que todos tenemos en mente. Ese Hugo que también tiene algo de artificio y que se queda mirando muchas tardes el mar irlandés que rompe en esa remota playa donde nació. En aquellos momentos, Hugo se pregunta por el ser, le pregunta a su padre, que se enfada por no saber contestarle, le pregunta a su madre y ella calla con humildad. El abuelo es el único que se atreve a responder. El ser es dios, le dice, y dios nos hace ser a nosotros. A Hugo le gusta la respuesta y piensa sobre Dios cuando su madre muere al parir a un hermano que nunca respiró. Su padre le lleva a Dublín, quizá tiene diez años por entonces, le lleva a un viejo monje y le deja allí. Nunca se despide de él, nunca le vuelve a ver. Dicen que muere en el mar años después y que sólo queda el abuelo en la casa donde nació Hugo. Podemos adivinar que el viejo pasa las tardes pensando en su nieto, atraído por esa fijación en la herencia de nuestra sangre caliente.

Hugo tampoco olvida a su abuelo, recuerda aquella respuesta que servía para ordenar el mundo y explicarlo todo. “El ser es Dios”. No cabe disputa ante aquellas palabras. El monje con el que lo dejaron le enseña a escribir y se hace sacerdote hasta que llega la guerra y marcha a Londres, de ahí cruza el canal y termina en Ámsterdam en una de sus estrechas iglesias, ungiendo cadáveres con la extremaunción propia para la peste. A Hugo ya por entonces no le gusta Dios y no recuerda a su abuelo, siente un odio secreto, lleno de indignación. Le han mentido, el ser no puede ser Dios, Dios es bueno y todo aquello que vive es indigno, sucio y no tiene nada que ver con el mar de agua fría o con la vieja barca de su padre.

Hugo se interna en la abadía de Cluny, se convierte en un monje negro. Allí encuentra cierta paz en medio de la eterna construcción del monasterio. Le agrada la convivencia silenciosa de los monjes, las horas de respiro, el aire limpio del campo, el trabajo duro en los huertos. Odilón es entonces abad, es un hombre pequeño, enteco, nervioso y con mucho genio. Sólo separa los labios para orar y ordenar. Hugo habla con él, le cuenta su problema con el ser, Odilón escucha paciente, le dice que Dios Es y que los hombres hemos de amar a Dios para poder ser, hemos de ganarnos el existir porque no somos sino bajo su gracia. Hugo duda y el abad le reprende con buenas maneras. Durante diez años mantienen la misma conversación una o dos veces cada estación.

Odilón muere es el año 1049, Hugo tiene veinticinco años y se encuentra triste, ha sido un año muy lluvioso, hay malas cosechas. Los monjes se reúnen y nombran a Hugo abad, se transforma en Hugo de Cluny, le dicen que ahora es francés, que ha nacido en la Borgoña, él lo acepta todo.

Un día mientras reza en la abadía se siente ahogado. Dios no cabe aquí, piensa, es muy estrecho. Rápidamente escribe al papa y al rey de León, contestan los dos. Cluny medra en su influencia y Fernando I funda con oro musulmán la nueva abadía.

Pasan los años y Hugo dirige con sumo cuidado la construcción, que se alarga en los años. Los monjes le quieren, es callado, es sabio, aconseja con cautela y, aunque es recio de carácter, no es un organizador tiránico como su predecesor. Un día llega una carta de Guillermo el conquistador pidiéndole monjes para Inglaterra, responde que lo hará con gusto siempre y cuando le devuelva buenos cristianos. Nunca hubo respuesta. Se lleva bien con el hijo de Fernando y el emperador Enrique le hace padrino del suyo. Hugo dice a todo que sí. Conoce a cuatro papas, uno de ellos sólo quiere pasear con él, otro le alaba con discreción, el tercero, al sentir pronta la muerte, le llama para morir en sus brazos; con cuarto lucha por los derechos de su ahijado.

Terminan la nueva abadía, Hugo se siente contento, piensa que en tal edificio Dios si puede ser, quizá entonces pueda llegar a su gracia. Piensa mucho sobre esto y termina por callar cuando le preguntan acerca de su opinión. Pons, un monje grande con unas ideas toscas pero firmes, se gana su afecto, piensa que él será un buen abad, le da su bendición y se encuentra sosegado al hacerlo.

Su vida es más larga de lo que él mismo esperaba, se aburre un poco pese a todo el ajetreo político. A los ochenta años siente cerca el final y piensa en su abuelo, piensa en las olas rompiendo en la costa. Cuando empieza a asumir que cumplirá ochenta y seis años, en una mañana lluviosa de abril, no consigue levantarse de la cama. Llama a Pons, le dice que sea cauto, le aconseja tranquilidad, pues conoce bien su enérgica personalidad. Pons dice a todo que sí, con los labios apretados, deseoso de que todo acabe para Hugo para así empezar él. Hugo le entiende, la edad le ha hecho más sabio, los libros también han ayudado, los papas no mucho. Cuando llega la tarde le falta el aliento, apenas puede respirar. En la celda de su cuarto se pregunta si habrá conseguido la gracia de Dios, no lo sabe, tampoco le importa. Lo último que piensa es que el hombre Es en el mundo, al margen de deidades. Dios sólo Es si los hombres quieren que sea.

Requiem

Supongo que esos réquiem modernos no tienen tanto que ver con los antiguos ¿o si? Se ha perdido la religiosidad de la muerte. No hablo de una fe cristiana, musulmana, judía o de lo que sea, no. Yo hablo de esa religiosidad, de esa santidad que tenían antes los entierros, las misas de réquiem con toda su fastuosidad, ese barroco estilo de escribir una misa de réquiem. No porque fuera propiamente barroco, que también, sino por elogiar a la muerte con una obra de tal categoría. Al fin y al cabo es todo un exceso de voces y de instrumentos sobre la humilde cabeza fría del cadáver. Es demasiada pompa para algo tan simple como la muerte. O eso pensaba yo, y pienso, para qué engañarnos.

Todo esto no tiene nada que ver con que no me extasíe con esas grandes misas de réquiem, bellísimas, cerca de lo sublime, que elevan la propia alma. Pero no son misa de muertos, no, son misas para vivos. Esa diferencia es importante porque quien lo escuchará está muy vivo, y aunque sabrá que lo que se quiere es homenajear al difunto no dejará de sentir esa fantástica sensación de estar ante algo verdaderamente grande.

Esa música retumba y se queja sobre nuestras cabezas, relegando al cadáver a su mero lugar de ornamento al fondo de la iglesia. El réquiem nos eleva, arranca las almas de los vivos para arrastrarlas a otro lugar más sagrado, nos mata, nos quiere matar, es una misa de asesinato. Pero el réquiem habla de una matanza simbólica, muy limpia, nada sangrienta, puramente espiritual, una ascensión no de cuerpo, pero sí de espíritu.

Si Dios existe, realmente se manifiesta a través de la música, y no de cualquier música, de la música que celebra la muerte, pues ese sería el reino último de Dios, la muerte. Es aquí donde él adquiere toda la potestad, todo el dominio sobre nosotros, pobres almas perdidas. Es dios el pastor que recoge el rebaño después de la muerte y nos guía por las sendas tenebrosas, sin temor, hacia los verdes campos donde nos pueda tener bien controlados en última instancia. Pero si lo miramos así la magia del réquiem se muere y ese sonido celestial de violines, del rasgar de arpas o de las voces angelicales de un coro de mujeres y niños nos parece que de nada sirven. Así que entendemos que ese otro mundo, esa otra orilla, el más allá, en fin, no es más que algo puramente paradisíaco, algo intangible, inimaginable, donde nos sentimos flotar, hundirnos en lo onírico, en lo que más placer nos da a cada ser humano sediento de trascendencia.

Sin embargo, parece todo una treta, una droga que nos suministran para tenernos tranquilitos sin movernos mucho. ¡Oh celestial música! tú pareces ser entonces una cómplice más de esa treta. Pero te perdonamos, al menos en nuestro éxtasis te perdonamos, porque con el corazón exaltado creemos ver a un Dios que somos incapaces de comprender, porque oyendo tales sonidos uno sí puede pensar en la divinidad. Que venga ya la muerte, estamos preparados.

Un tema imposible

Sus ojos oscuros observaban el infinito espacio, buscaba en los puntos de luz formas imaginarias que tuvieran algún significado, pero fue en vano.

-No hay nada allí arriba –sentenció.

-¿Nada? –preguntó Adam a su lado, levantando la vista del libro en el que tenia puesta su atención.

-Bueno, me refiero a nada trascendental. Por supuesto habrá astros ardientes, planetas, cometas, asteroides y muchos otros cuerpos celestes. De seguro debe de existir vida más allá, en algún lugar. Pero mi nada se refiere a una nada trascendental.

-A Dios –Sugirió Adam.

Su interlocutor se encogió de hombros.

-Llámalo como quieras.

-¿Y cómo estás seguro de que no existe nada?

Por un momento el silencio se mantuvo entre ellos, un silencio contemplativo en que los dos tenían la cabeza puesta de tal forma que miraban el cielo tranquilo, que parecía inmutable.

-¿Tú qué piensas? –preguntó su interlocutor en lugar de responder.

-Bueno, es una respuesta difícil, amigo mío.

-¿Pero…?

-Creo que algo tiene que existir.

-¿Un dios?

-No.

-Uhm… –murmuró.

-¿Qué ocurre?

-Eres evasivo.

Adam suspiró, conocía muy bien el carácter de su amigo, pero muchas veces olvidaba que no sabía mantener una conversación difusa, para él todo debía de ser analizado, descifrado, comprendido y aprendido.

-Creo que es un tema muy difícil, que a los terráqueos nos ha llevado mucho tiempo, que nosotros mismos hemos complicado buscando en esa negrura brillante que tu miras algo que explique todo –Hizo una pausa, su amigo le observaba con seria curiosidad-. Es decir, hemos creado tantos dioses, tantas mitologías, tantos imaginarios que uno ya no puede saber a ciencia cierta si hubo algún fundante real para pensar en la existencia de un ser superior.

-Pero has dicho que hay algo.

-Sí, pero muy por encima de todo eso. No creo en un ser inteligente, superior, preocupado por el destino del mundo o del universo. No creo en un ser creador ni guardián ni nada similar. Todo eso sabemos que ha sido manipulado una y otra vez por poderes y personas muy mortales. Pienso que algo existe, pero algo como una fuerza primigenia, una X ecuacional que es imposible de despejar con nuestro conocimiento e intelecto limitados.

El amigo miró a Adam asintiendo, gesto que significaba que había comprendido. Luego volvió su vista hacia las estrellas.

-Sigo pensando que no existe nada.

Adam suspiró buscando paciencia.

-¿Por qué? –preguntó dócilmente.

-Demasiado tiempo sin dar signo de actividad.

-¿No es reducirlo todo a una respuesta mi sencilla?

Su interlocutor observó largamente a Adam.

-Has sido tu el que ha indicado que los “terráqueos” os complicáis demasiado.

El aludido sonrió ampliamente:

-Es cierto… ¿pero “os”? mi buen amigo…

-Yo no me complico, no entro dentro de esa calificación –dijo cortandole.

Los dos hombres sonrieron.

-Entonces -añadió Adam- ¿cómo explicarías tú todo eso que contemplamos?

El interlocutor volvió su mirada oscura hacia el universo. En la noche, dicen, somos más creativos, nuestro cerebro es capaz de concentrarse mejor. Quizá por eso a una persona con una inteligencia tan amplia como la de aquel hombre se le ocurrió responder de la manera en que lo hizo. Adam, que casi le igualaba en capacidades cognitivas, le escuchó con paciencia, entendiendo sus palabras, preguntando en el momento en que era necesario aclarar algún termino. Cuando ambos terminaron de hablar permanecieron con la satisfacción de haber compartido una grata conversación en buena compañía, pero ninguno movió un ápice su idea sobre lo trascendental, sobre el universo. “Incomunicación” espetó el interlocutor en un momento dado, pero Adam negó con paciencia y le corrigió. “prepotencia”, dijo, “pues nos pensamos capaces de encontrar la respuesta”.

Ik-Elgamar (II)

La oración que elevó se cortó en sus labios. Jamás la logró terminar, el golpe sordo de las puertas al cerrarse tras él le sorprendió, ya que al mismo tiempo la luz que antes le cegaba se apagó. Se puso alerta, su cuerpo se tensó, las aletas de su nariz se inflaron, entrecerró los ojos escudriñando en la oscuridad y sacó su espada.
No ocurrió nada, pasados unos pocos minutos percibió una tenue luz al fondo de la sala. Avanzó a tientas, despacio, con cautela y esperando una trampa o una emboscada, pero sus pasos se limitaron a resonar en el piso de piedra. Cruzó una abertura en el muro y, sin pretenderlo, quedó embobado observando, con la boca semiabierta, más allá de la grieta donde se revelaba una gran sala hipóstila con incontables columnas de alabastro impoluto, de las que grandes braseros sacaban destellos y reflejos sinuosos. El suelo estaba construido con grandes losas de alguna piedra negra, y tan pulidas que Ik podía verse reflejado a la perfección sobre ellas. El efecto óptico era fabuloso y uno tenía la sensación de navegar por un mundo de aguas negras y tranquilas, envuelto en la oscuridad casi total que sólo las cavernas del infierno debían de igualar. Sin embargo, Ik-Elgamar no tuvo miedo, aquella tranquila negrura no parecía amenazante, simplemente era misteriosa, mágica, sobrenatural o quizá divina.
Jamás había visto nada parecido en su periplo por el mundo, y era mucho decir ese “jamás”. Recorrió un verano las estepas de Kalguin, galopando sin silla, aferrado a las crines de caballos indomables que le guiaban por escarpados senderos, permitiendole ver paisajes imposibles: grandes valles profundísimos, como abismos verdes llenos de luz y agua, cataratas de fuerza terrible que desbordaban de los grandes lagos donde se reflejaba la luna tan nítidamente que a un espectador le costaría distinguir cuál era la auténtica. Paseó vestido con trajes de batista, tafetán y lama, adornado con joyas cuajadas de diamantes, por los cien palacios del emperador Ferbró IV, en las lejanas tierras de Ismanen, la región de los lagos y el cristal. Vio allí estancias enteras construidas en medio del agua pura y fría de los glaciares, que se sostenían sobre la superficie tranquila, guardando mujeres de belleza indescriptible, tan hermosas que ningún hombre podía mirarlas a excepción del rey y sus elegidos. Visitó en Umán las tumbas de las cien reinas vírgenes, donde sus cuerpos reposaban incorruptos, flotando pálidos, siempre jóvenes y hermosos sobre las aguas perfumadas donde los nenúfares florecían y bebían agua los cisnes antes de emitir su postrer canto. Ik-Elgamar vio morir muchos hombres, vio nacer muchos niños y sujetó a su primer hijo con aquellas mismas manos, notando el calor de la vida que él, de alguna manera había logrado crear junto con su amada esposa, con la que muchas veces pasó las noches más calurosas y tiernas de su vida.
Pero aquel recogimiento que ahora sentía en la columnata era nuevo para él. Ni en las ermitas centenarias de Grancia, ni en los templos cronoistas de Zadún, donde los monjes rezan cantando graves tonos, ni en la ciudad santa de Hagar, ni siquiera en el lecho de muerte de su padre había percibido tal espiritualidad; era algo que le llegaba al alma, que le empapaba de una humedad sagrada e imposible de describir. Susurró una tímida oración de gratitud y se atrevió a recorrer la distancia, paso a paso, entre aquella entrada y el camino que parecía marcado por los braseros.
Unos minutos más adelante, Ik percibió un punto no muy lejano donde los braseros terminaban y más allá podía discernir un espacio oscuro colmado de puntos dorados, como estrellas en el firmamento, abrazadas por un gran y generoso negro que se esparcía por doquier.
Se encaminó en aquella dirección, internandose en la oscuridad, buscando, como en aquel cuento para niños, alcanzar con su mano las estrellas. Notaba su corazón golpeando fuertemente sus oídos con el latir, pues en el silencio total de aquel mundo extraño su corazón era lo único que podía escuchar.
A unos metros de su objetivo pudo descubrir que aquellas estrellas eran pequeños candiles de aceite que colgaban del techo en distintas alturas, creando aquel efecto de puntos de luz discordes y sin sentido del que él se había maravillado unos minutos atrás.
No terminó de observar las lámparas de plata colgantes cuando se dio cuenta del muro cercano. Dejó su escrutinio y apuró el paso, terminando su camino junto a la pared, donde, tras unos escalones se abría un pequeño hueco con una gran losa de marfil en su interior. Dos candiles iluminaban la superficie de la piedra, donde alguien había cincelado un mensaje. Ik miró en derredor, buscando algo más, pero no encontró nada en la inmediatez por lo que prestó atención a aquella losa, acercandose para leer mejor. Esto es lo que allí estaba escrito:

Bienvenido, valiente que has hollado mil caminos y enfrentado a todos tus enemigos
Bienvenido, sabio que has discernido sobre todos los acertijos y seguido las pruebas
Bienvenido, fuerte que has superado las duras dificultades y te has obstinado en llegar hasta aquí

¿Cómo tú, viajero valiente, sabio y fuerte, has sido tan obstinado que te has cegado, ignorando a la razón y a todas las demás verdades? ¿Cómo has llegado hasta este punto siguiendo lo que muy pocos te decían, lo que la historia no respaldaba, lo que la mayoría de tus amigos te pedían no emprender? ¿Cómo, es que no lo entiendes?

Bienvenido, iluso, tú has pensado que un oráculo existía, que alguien que ve el futuro estaría esperando tu pregunta.
Bienvenido, desgraciado, pues no hay Dios que te salve ahora y todo tu viaje ha sido en vano. Nada hay por encima del hombre, la búsqueda de lo superior está condenada a lo inútil y aún cuando el hombre llega más allá de lo posible. Aún cuando se traspasa la última puerta y se adentra en este templo de esperanza, no se haya nada. Este edificio fue construido con mentiras y afirmado como un engaño, pero no, vosotros que siempre habéis de creer en algo, vosotros habéis decidido ignorar lo que dijimos y que la mentira era cierta. Habéis creado de lo construido humanamente una religión divina. Pero más allá de la vida, no existe nada.


Bienvenido, viajero, a tu tumba.

Indubitable

Iracundo, terco, débil, ángel desplumado que elevas el esqueleto de tus alas en un vano intento por espantarme, en un penoso gesto para iniciar un vuelo imposible. No te maldigo, en tu estado ni siquiera me hace falta hacerlo. Tú no conseguirás nada, jamás, porque no tienes fuerza, porque tus músculos son delgados y tus huesos se astillan. Alzas el rostro y apenas ves. ¡Aparta el pelo desgreñado! Muestrame ese gesto tuyo, cruzado por la sombra del miedo, del dolor, de la ira, de la angustia y de la tristeza. Sí, haces bien en esconder tus ojos de mí porque ya conoces lo que hallaré en el poso de tu alma, y tiemblas sólo con escuchar el matiz de mi voz al pronunciar este dictamen. ¿A ti te eligieron para enfrentarte a mí? ¿a ti, un mísero tópico emplumado? Jamás podrás conmigo, ni tú ni cien como tú. ¡Que vengan todos! ¡Que bajen a este desierto el ejercito más grande y poderoso que una mente pueda concebir!
Azotadme con plagas, torturadme con infamia, con ilusiones, ofrecedme la eternidad, la omnipotencia. Haced cuanto queráis, pero jamás me detendré, jamás dejaré de caminar, jamás se librará esta tierra de mí, ni el cielo, ni las lunas, ni la noche que no llega, ni las estrellas ausentes, porque yo aquí soy el rey máximo, el emperador por encima de todos, soy Dios.
Te mueves eh, intentas llegar a tu arma. Cógela, a mí no me importa, siempre se repetirá el ciclo, siempre ganaré yo, siempre saldré vencedor y tú, como los que llegaron antes que tú, como los que vendrán después, desaparecerás, no quedará de ti nada, ni cenizas ni recuerdos, te extinguirás.
¿Qué miras? ¿Qué ves? Eso casi me interesa, pero no me lo dirás, no, ya estás derrotado, ya no existes. Te diré qué es lo que veo yo. Veo un niño, con los ojos cerrados, rodeado de un desierto enorme, una extensión sin limites, árida como este lugar, pedregosa como una montaña demolida. Ese niño se encuentra allí, sin abrir los ojos, sin ver, sintiendo el aire que le acaricia unas ropas para él extrañas, demasiado elegantes, demasiado adultas. ¿Sabes qué? El niño llora. No sabe qué es lo que hay más allá del punto donde está de pie porque no se atreve a levantar los párpados, no quiere conocer, se siente vulnerable al mundo y prefiere la oscuridad con todas sus posibilidades, con todos sus monstruos, a un mundo como el que tiene delante. Eso veo.
¿Que murmuras? Apenas te entiendo, repítelo, te queda poco tiempo y sabes que soy curioso. ¡Ah! ¿Veo lo que quiero ver? ¿eso cambiará? Has derrochado tus ultimas palabras en algo absurdo y en un vaticinio que no se cumplirá. Muere, descansa, ya a nadie le importas, yo volveré a mi paseo, a mi reino, a mi trono. Nada cambia, nada cambiará porque aunque todo mute a mi alrededor, yo seguiré aquí, esperando todo intento vano de vosotros, enemigos míos que ahora me vigiláis, susurrando entre vosotros porque os da miedo alzar la voz y que mi oído capte vuestras palabras. Sí, cuidaos de mí, de que mi vista no alcance a encontrar vuestra sombra en el camino, hacedlo porque os lo jugáis todo, porque os destruiré si logro ver un cabello vuestro.
Aquí reino yo, demonio, demiurgo, dios inmortal de cetro eterno. Obedeced mi voluntad, yo soy el parásito que os obligará a vivir y a pensar bajo el yugo de mi bota.

Oración

Siempre habrá cantares y siempre habrá puestas de luna y salidas tímidas de un sol rosáceo y recién nacido. La lluvia golpeará cristales justo en el momento que tú quieras pensarlo, habrá alguna parte en este mundo que así ocurra, o quizá caigan las gotas y la tierra beba de esas lágrimas benditas.
Respirad y orad. ¿Sentís la religiosidad de este lugar? Nada tiene que ver con hombres lo que aquí encontramos, no hay cruces ni efigies de tipo alguno, no se asocia con símbolos. ¿Lo ves? Ahí mismo, donde nada se revela, eso es Dios, el tuyo y el mío y no es nada porque nada hay pero, sin embargo, lo es todo porque queremos. Siente ese murmullo de voces articuladas por el viento, y sus delicadas flautas y sus violines. En esa nube hay un querubín que toca largos acordes de algún instrumento que no reconozco y musita eternamente dos o tres notas. Ese reflejo allá abajo, junto a la nieve, devuelve a quien se pone ante él una cara con ojos y una boca que canta lánguida y dulce.
¿Maravillado verdad? Siéntate un momento ahora aquí, en este lado donde despierta la primavera y donde las flores renacen y la hierba está fresca y verde. ¿Ves aquel animalillo allí? Es un potro albino que corre a toda prisa y nunca se detiene, nació de una madre de pelo oscuro y de un padre bruto y salvaje. Es una mancha que deja su rastro, una pincelada diluida en ese cuadro todo verde y difuminado.
Detente ahora y observa el cielo que se abre y nos deja amarlo o se encapota para sonreírnos. En la tarde fresca abrimos la ventana para oler ese rastro de humedad o escuchar a las gotas más perezosas, que tardan en llegar a tocar el suelo por pura somnolencia. En la tarde cálida cerramos los ojos ante un sol que ya declina y que nos acaricia y nos besa mientras tranquilamente respiramos.
¿Qué más puedes pedir? Sí, esto es una oración, reza conmigo pero no lo hagas con palabras ni creyendo en quimeras, deja el mundo, apártate de todo lo que conoces, cierra los ojos y siente. Ahora no tienes nombre ni hijos ni padres, no hay nada. Estos rostros que ves no importan nada, son personas, nada más. Pero tú, amigo, amante, delicado y caro desconocido, tú que ahora eres nada, ahora lo eres todo y tú y yo… nosotros somos dioses y titanes y mortales y cuentos y poetas, también somos padre y madre uno del otro, e hijos.
Lástima que no nos encontramos antes pues te habría llevado a ver la luna en aquel promontorio que más allá de las montañas azules puedes imaginar, allí donde el cuadro no indica. Lástima que no existas, amor mío. Me quedaré con tu idea y mi música, con el arte y ese viento de jazmín que me llega. Las horas, sí, ese tiempo equívoco te mostrará lo que nunca hayas visto. Adiós ahora desconocido vagabundo, pájaro de plumas multicolores, adiós. Recuerda el amanecer de la risa y el ocaso del llanto.
Amen.