Verdad implementada

Nuevas leyes crean nuevos trabajos. El gobierno hizo de esa máxima su bandera para justificar los cambios en una sociedad al borde del colapso, apuntalada únicamente por eventos deportivos y distracciones políticas mal disimuladas. La tensión había aumentado en los últimos años por la escasez y los altos precios de algunos servicios básicos. La violencia juvenil empezaba a ser un problema grave y había quien temía que aquellos grupos de rebeldes sin causa se pusieran en contacto unos con otros gracias a las R.I.V. (Realidades Inmersivas Virtuales), temían precisamente que encontraran una causa.

Fue entonces cuando se creó el Sistema Nacional de Telecomunicaciones, o S.N.T. bajo la premisa de ofrecer una conexión segura a los usuarios de todo el país. La oposición del parlamento protestó y los medios denunciaron el peligro, nuestro presidente era como un mago provinciano entreteniendo a la audiencia con viejos juegos de cartas cuyo truco ponía en evidencia con su poca pericia. Nada de esto importó. Nos mantuvimos quietos, indolentes, levemente molestos pero dispuestos a tragar una vez más con lo que fuera.

El paquete de “leyes para la protección informativa” convocaba oposiciones inmediatamente para cubrir 3.640 plazas repartidas por todo el país. Nos presentamos más de 15.000 personas y yo fui uno de los afortunados, aprobé o me eligieron, ahora dudo si fueron los méritos de aquel día en aquella ficha digital o si había alguien verificando nuestros perfiles. Yo era joven, había terminado el ciclo educativo y esperaba uno de los sorteos de trabajo. No expresaba mis simpatías políticas porque no las tenía, vivía en la pasividad abotargada de las R.I.V. y los holojuegos. En otras palabras, era el candidato perfecto.

Nos instalaron en cubículos con ordenadores de sistema inmersivo, los más cómodos del mercado. Disponíamos de una clave única similar a los abonos de las compañías privadas. La interfaz también resultaba parecida y muy intuitiva. Nuestro trabajo era simple, disponíamos de todo tipo de contenido: libros, artículos de prensa, juegos, música, películas, páginas web, blogs y mensajes de redes sociales del viejo internet, documentos gubernamentales, empresariales, publicidad… Todo estaba ordenado en más de 2.000 categorías y nosotros teníamos acceso a ello con libertad total. Al principio no pude creer mi suerte, disfrutaba enormemente de aquel trabajo, pues consistía en recibir un sueldo por horas y horas de ocio. Una vez el contenido finalizaba aparecía un mensaje con tres opciones, debíamos seleccionar una de ellas y pasar al siguiente: verdad, falso, o peligroso.

Me ascendieron gracias a mi productividad y pasé a revisar las clasificaciones de mis compañeros, si estaba de acuerdo debía seleccionar la misma opción que ellos, sino el contenido volvía al banco de datos. Aquellos que seguían patrones en su deliberación eran avisados una primera vez y despedidos a la segunda. Estuve orgulloso de implementar un procedimiento para detectar esos patrones de manera más sencilla. Eso me valió otro ascenso, esta vez dos escalafones, hasta pasar a revisor del departamento de contemporáneo. El trabajo era el mismo, pero en aquella planta el contenido que clasificábamos era actual, aparecido en los últimos días en cualquier plataforma, room de las R.I.V. o rincón de internet.

Me sentí incómodo por primera vez el día en que los medios anunciaron el encarcelamiento de un conocido periodista por terrorismo informativo. Mi breve indignación hacia alguien que había cometido semejante delito desapareció cuando explicaron que las pruebas para su condena habían sido los reiterados avisos de contenido falso o peligroso en sus artículos. Hubo más detenciones, más juicios, más condenas. Periodistas, escritores, pintores, programadores, empresarios, todo aquel que acumulaba una cierta cantidad de avisos era considerado sospechoso.

Entretanto nuestro presidente fue reelegido, en su campaña se definió como el protector de la moral pública. Hubo reacciones internacionales negativas y la oposición parlamentaria condenó el trabajo del S.N.T., pero el gobierno se limitó a no responder. Toda la mercadotecnia del Estado mostraba que la sociedad estaba conforme con nuestro trabajo, se sentía más segura con alguien vigilando si el contenido disponible en el país era o no peligroso, era o no verdad.

Comencé a cuestionarme qué hacía, en cómo afectaba a personas concretas y en cómo el S.N.T. se construía con nuestras pequeñas decisiones. Me asustó nuestra eficiencia a la hora de borrar del sistema cualquier rastro considerado dañino para la sociedad, una eficiencia espantosa en manos de un personal sin apenas formación. Comprendí que la edición de las noticias se hacía pensando en nuestra lupa, en las consecuencias. Todo creador nacional, fuera del ámbito que fuera, pasó a proponer contenidos cada vez más blancos, si procuraba alguna crítica lo hacía camuflado bajo un lenguaje tan difícil que apenas llegaba a nadie. Me horroricé. El estrés que me provocaba acudir a mi despacho fue en aumento hasta hacerse insoportable. Mis superiores pensaron que se debía a los muchos años de un rendimiento tan sobresaliente, para ellos resultaba impensable que yo hubiera cambiado, era el agente perfecto, convencido de la poca utilidad de pensar dos veces.

He intentado vivir acorde a estas reglas, pero me corroe la culpabilidad de un expediente impecable. He decidido ponerle fin. Mis capacidades son limitadas, no dispongo de un virus definitivo o de la habilidad informática para hackear el sistema, pero sí de acceso, acceso a los sótanos del S.N.T. Central donde están los servidores. No es difícil conseguir explosivo líquido cuando encuentras cómo prepararlo, los controles de seguridad no han detectado ninguna anomalía en mi botella diaria de agua mineral.

Ignoro si mis acciones tendrán alguna repercusión en la sociedad, si alguien decidirá hacer algo tras despertar mañana con unos pocos días de libertad informativa. Sé que al menos ocho años de trabajo se perderán y el S.N.T. tendrá que empezar desde cero.

Este mensaje se reproducirá en todas las plataformas y R.I.V.s que conozco, si tú crees en lo que yo creo, si ves el peligro que yo veo, y si sientes la necesidad que yo siento, entonces comparte, difunde, y reúnete con quienes crean, vean y sientan como tú.

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Por si se va la luz

  • por-si-se-va-la-luz-9788426422354Autor: Lara Moreno
  • Editorial: Lumen

Entre los grandes descubrimientos de 2013 estaba Lara Moreno. Por si se va la luz es su primera novela. La premisa es sencilla y atrayente: el mundo está en decadencia, y a los recortes le han sucedido las restricciones. La muerte del mundo es lenta e imprecisa. En este clima tan hostil, una pareja se esconde en una aldea perdida donde viven otro hombre y dos ancianos. ¿Pero la huida es posible? Dejan la ciudad, las premisas de una vida normal con una esperanza, quizá (y digo quizá porque nunca se nombra en la novela) de que allí puedan salvarse. El drástico cambio es la puerta de la historia, la adaptación a la naturaleza y a los otros personajes en ese pequeño microcosmos forman el resto de la novela.

Lumen, la editorial que publica el libro, ha hecho una apuesta arriesgada, y le ha salido bien. Lara Moreno es una escritora cuyos pasos merece la pena seguir, y Por si se va la luz no es una mala novela, pero tampoco es inolvidable.

Se trata de una novela río, donde el cambio de perspectiva entre los personajes y un narrador ajeno es llevado de forma muy correcta, aunque a más de uno puede desorientar. No obstante, hay que matizar, pues se vuelve algo fatigoso de la mitad en adelante. Los elementos introducidos para realzar la atención del lector no son todo lo interesantes que deberían. La evolución de los personajes sí lo es, y su interacción es lo mejor del libro. Moreno muestra toda una gradación de perspectivas y percepciones entre ellos, abre sus historias, les dota de un carácter singular, sin embargo se va cansando conforme las páginas avanzan. Quizá sea una estrategia intencionada, una manera de llevar al lector por los mismos sentimientos de los personajes: la vida avanza, como la narración, y el fin se acerca inevitablemente, pero no hay catarsis y hundimiento, hay hartazgo, una apatía, aceptación del punto final, del necesariamente lento final de la trama. Quizá es eso, pero se trata de un sentimiento demasiado pesado para ser gestionado por los lectores, más de uno posiblemente abandone el libro.

Con todo es una buena novela sobre la perdición, sobre el desarrollo de la vida en sus líneas más simples, sobre la modernidad excesiva revelada como un constructo no tan difícilmente abandonable, sobre las paradojas y peligros del mundo que estamos construyendo, no sólo en el ámbito medioambiental, sino social. Lara Moreno tiene mucho que decir, y un servidor sin duda leerá su próximo libro.

“El día que soñé con los flamencos ya está olvidado. Después he tenido otras pesadillas y todas han acabado del mismo modo: estoy a expensas de mi propio cuerpo y a la vez mi propio cuerpo nada tiene que ver conmigo ya, me lavan, llegan unas manos rudas y me zarandean a un lado de la cama para cambiar las sábanas, otras suaves y rápidas trastean en la tela que cubre mi entrepierna y que guarda mis meados y mi mierda, hay otras manos frías y muy delgadas que apenas me tocan, trajinan con los vasos, levantan un poco mi cabeza y me acercan líquidos insípidos y unas papillas que me cuesta trabajo tragar, pero son las mismas manos que abren un libro a mi lado y pasan las páginas con un ruido que me conmociona, a mí que nunca me gustó leer ahora me gusta que me lean, las manos más importantes son unas muy pequeñas y ásperas que buscan el propio hueco de mis manos (una cuerva desierta) y allí se quedan, escondidas un rato, a veces sus dedos de uñas rotas me pellizcan (una cueva desierta con una alimaña arañando las paredes). Ninguna de ellas son tus manos y ninguna se parece a tus manos. Crees que las he olvidado pero no, tus manos eran como la arena caliente. Distraídas como la lumbre y efectivas. Nunca tuviste dedos lacios de colegiala, desde muy pronto se te formaron callos, redondas durezas que me hacía cosquillas en la nuca. No son tus manos estas que me tratan como paño húmedo. Reconozco cada dueño y tú no reconocerías a ninguno.”

Escena con hombre, mujer, tazas sobre la mesa, y globo azul al fondo

Se conocieron en 1985. Él había leído la novela de Orwell en su adolescencia, y todavía era suspicaz a los cambios políticos. Ella estaba obsesionada con la lluvia de bombas sobre Teherán. Tenían veinte años, quizá algunos más. Un amigo les presentó en un concierto, aquella noche sólo se contemplaron manteniendo la distancia, ella no estaba interesada, él era tímido. Su conocido común murió tras una mezcla indeterminada de drogas; se habían separado con la música y las mareas humanas, por lo que el shock no fue tan grande como podía haber sido. Tres días después volvieron a coincidir vestidos con traje, esta vez en el cementerio. Luego tomaron un café, recordaron a su amigo, fueron al cine, cenaron, él la acompañó a casa, ella le invitó a subir, y los dos encontraron perfecto el sexo. No pudieron desayunar juntos, él cogía un vuelo temprano.

Retomaron su historia de amor tres semanas después, pero el café ya estaba frío. Lo intentaron, sin éxito en la cama o en sus caracteres.

Doce años más tarde ella había abandonado los jeans y los tops ajustados, ahora vestía trajes, pañuelos al cuello, y gafas de cristal redondo. La estudiante de periodismo se había reconvertido en abogada, papá tenía un bufete, las oportunidades de una vida razonable y estable no se pueden desaprovechar. Él era profesor de literatura en la universidad, milagrosamente conservaba un buen físico, aunque lo ocultaba con éxito bajo su horrible ropa. Hubo una conferencia sobre utopías, eutopías y distopías en la literatura anglosajona. Ella vio su nombre en el cartel del evento. Acudió por curiosidad. De nuevo entablaron conversación en una cafetería. A ambos les gustó comprender que, pese a haberse vuelto más aburridos, no habían cambiado demasiado; esa era la impresión que daban. Se separaron pronto, ella tenía una cena de negocios. Esta vez dejaron pasar poco tiempo, comieron juntos un miércoles y recordaron viejos tiempos en la cama el sábado. Un año después ya vivían juntos, y terminaron comprándose una casa a las afueras, cerca de un lago.

En el porche, algo más de un lustro después, hablaron sobre tener un hijo, le pondrían el nombre de su amigo muerto si fuese un niño. La idea duró un día, a la mañana siguiente el hombre se levantó antes, como siempre, hizo footing, compró dos periódicos, -el de corte conservador para ella, el de izquierdas [pero no escandalosamente] para sí mismo- se tomó una ducha, y preparó el desayuno. Ella hizo su aparición con el olor del café, ya estaba vestida y peinada. En la cara no estaba su habitual sonrisa, tampoco le besó, era su costumbre pero por alguna razón hoy la evitaba. Tras beber media taza encontró el valor, le miró, y se negó a tener un hijo. ¿Por qué? Al principio pensó en los problemas de su carrera, pero después de nadar en el lago, cuando se vestía en casa y tenía aún la piel tirante por el agua fría, cayó en la cuenta de la pose de mujer hecha a sí misma, profesional y valiente. ¿Dónde se habían quedado sus antiguos miedos? No habían sido ingenuos, se negaba a considerarlos así. Mucho tiempo atrás ella tenía el deseo de viajar, de convertirse en corresponsal de guerra, quería evitar que esa peor cara del ser humano fuese maquillada. Tenía miedo a la manipulación desde los grandes a los pequeños. Creía en la igualdad como en una religión. Su marido también fue distinto, cuando se conocieron temía la vigilancia descontrolada, al gran hermano ordenador del mundo. Su sueño habría sido ser escritor, no por denunciar ningún peligro, simplemente por contribuir al entretenimiento de las personas, por crear algo bello. Pese a esos miedos antiguos, ahora comían en vajillas de diseño, conducían dos coches de gama alta, se gastaban enormes cantidades en compras innecesarias o en vacaciones de lujo. Mientras, en oriente próximo seguían cayendo bombas, Internet se expandía, ya entonces amenazaba con apoderarse de todos los procesos bajo la razonable idea de hacerlos más sencillos. EEUU estaba en su apogeo. Ella se preguntó si les afectaba un mínimo todo eso, al menos más allá de la exclamación indignada. ¿Cómo habían cambiado tanto? Aquella bofetada le mostró el tipo de vida elegido, su sentido. No le gustó, quería cambiarlo, por eso no podía tener un hijo, aún necesitaba dedicarse más tiempo a sí misma, todavía no había llegado a sentirse plena. No era quien quería ser.

Él escuchó todo sin interrumpir ni una sola vez. Ella, al final, le preguntó si seguiría a su lado, si estaba de acuerdo, si se atrevía a reinventarse, a renunciar a la comodidad de una vida bien resuelta.

Antes de dar una respuesta, él bebió un desagradable sorbo de su café, se había enfriado de nuevo.

La señora Kraus I

Agathe despertó algo confundida, escuchaba su propio corazón palpitar en las sienes. Buscó en el otro lado de la cama pero estaba vacío. Köhner no estaba. Aquello no le sorprendió, el juez llevaba días muy raro, apenas dormía o comía, parecía rodear la depresión.

Agathe se levantó, se puso la bata y se colocó un poco el pelo, luego salió. En el salón se encontró a Roger, sentado en su butacón favorito, mirando cómo las llamas devoraban poco a poco un tronco especialmente grueso. La mujer evitó una sonrisa, pero para sus adentros esa imagen era el verdadero Köhner, la que ella entendía que nunca debía salir a la luz. El hombre, que ni era muy agraciado ni tenia un gran aspecto físico, estaba semidesnudo, con una manta sobre su cuerpo, despeinado y con la cara agotada, parecía vencido y sin embargo, bien lo sabía ella, estaba lejos de la derrota.
-Roger –susurró.

El juez la miró, sacado de algún pensamiento, como si fuera lo más normal del mundo, no se sobresaltó en absoluto. Ensayó una sonrisa, pero no funcionó.
-Vuelve a la cama, Agathe, estoy bien.
-No, no estás bien, cariño –la mujer se sentó en el reposabrazos del sillón y acarició al hombre, besándole en su frente desnuda-.¿Qué pasa? ¿En qué piensas?
-¿Quién soy, Agathe? –dijo y su voz se quebró a media pregunta.
-Eres el juez Köhner –respondió ella convencida-. Todos te respetan y quien está de tu lado, también te aprecia.
-¿Tú crees en mí?

La mujer se tomó un segundo, empezaba a comprender la línea de pensamientos de su amigo.
-Todos te seguiremos, Roger… No importa dónde nos conduzca este camino.

El hombre asintió:
-No importa dónde –repitió, ido- ¿Qué ha sido de la libertad de los hombres? ¿Qué ha sido de la justicia y del buen gobierno? Los hemos olvidado como si ya no fuesen válidos, como si fuera algo a superar… Hemos perdido la humidad, Agathe. Los días se nos acaban…

Un escalofrío recorrió la columna de la mujer, Agathe siguió maquinalmente acariciando la cabeza del hombre, observando el fuego de la chimenea. Inconscientemente se apretó más contra él.
-¿Es por esa nueva ley? –preguntó la mujer.
-Sí. Esa ley irá un paso más allá. ¿Recuerdas aquel libro? ¿1984?
-De Orwell, sí, lo leímos en la universidad, poco antes del decreto de prohibición sobre ficción. La enmienda 34-C, si no recuerdo mal.
Roger rió bajito y cogió el brazo de la mujer para besarle el dorso de la mano.
-Nunca te equivocas, querida mía –suspiró-. Quieren hacer eso, instaurar un gran hermano.
-Ya lo hacen los las telecomunicaciones, querido. ¿Estás seguro? La red ya les informa de nuestra vida junto con la cinta de control.
-Sí, pero la gente no es idiota. No toda al menos, hay unos cuantos, cada vez más, que mienten en las redes, o que no hablan de sí mismos. Y la “cinta del gran hermano” es muy cara y no puede instalarse en todos los lugares. La nueva ley pretende “una mejora en la comunicación global” Un chip, Agathe, igual que el de identidad e historial médico, pero este serviría además para vigilarnos en todo momento. Una acceso directo a la red.

Agathe entendió, se levantó y fue hacia el mueble bar. Quitó el precinto de una botella nueva y sirvió dos pequeños vasos de buen whisky. Luego le llevo uno al juez y ella se tomó el suyo de un trago.
-Esto es demencial.
-Sí… –Kohner se volvió del asiento para observar a la mujer, sus rasgos se habían endurecido, volvía a ser el juez de siempre y eso a ella le asustó un poco- Significa, como te decía, que el tiempo se acaba, que necesito el acceso a esa cuenta y que el único modo de llegar a Kraus es… –vaciló- es ella.
-Karen McAdam –dijo ella. Karen era la esposa de Kraus, aunque su nombre real era Catherine, Catherine Kraus. La habían atrapado tres dos meses de pesquisas y lleva dos semanas sin soltar una sola palabra, era una mujer fuerte a la que Köhner no había logrado dominar-. ¿Qué harás con ella?

Köhner pasó de mirar las llamas a la copa y tragó su contenido para encontrar en el escozor de la garganta cierta fuerza que le animase.
-Voy a llevarla a juicio, la destrozaré, organizaré un escándalo para que salga en todos los medios. Kraus lo verá tarde o temprano y con suerte vendrá a mí. Sin suerte… algo lograré sacar a esa mujer aunque tenga que partirle yo mismo cada dedo.
-Roger…
-No, Agathe. Esto es así. Violeta y Emma Kraus han muerto. Adèle Lambert se suicidó hace unos días… Y Karen o Catherine morirá. Todo con un fin. ¿Sabes lo que soy, Agathe? Soy un monstruo, soy igual que ellos y lo acepto, he de sacrificarlo todo y cuando llegue el momento, también yo me sacrificaré porque no puedo soportar tanta muerte sobre mi conciencia.

Migraña

Algo me pasa… los colores me queman en la retina, la luz me aterra, las personas me molestan con su mera presencia y roto como un planeta perdido. Lo peor son los espejos porque los miro y tal faz me turba y es la mía. Mi cara envejecida, tosca, cincelada por algún demonio cruel con un sentido irónico y de humor raro, sádico quizás… pero es la mía y en este mundo de extrañas sombras y sinsabores hasta hay alguna que otra persona que se excita con mis facciones y me aprecia y me intenta querer. Craso error, pobres infelices…

Es muy difícil apreciarse uno mismo. Todos tenemos muchas pequeñas cosas que nadie más conoce o que sólo conoce en parte. Por mucho que uno se esfuerce en contarle a otro todos los puntos de su vida siempre habrá sensaciones, sentimientos, pensares, que serán inexplicables. Eso es algo bueno, pues nos convierte en lo que somos y nos hace individuos irrepetibles.

En mi caso, me he transformado en lo que soy por unas circunstancias y soy imperfecto en grado sumo, he creado un espíritu en consonancia con el físico: avejentado, oscuro, cerrado e insidioso. Es difícil entenderme y mantener una conversación conmigo debido precisamente a ese carácter de nigromante huraño o científico perturbado. Soy hierático en mi retorcida forma y parece difícil que alguien vaya a querer una persona así a su lado. Por culpa de este modo de ser me he perdido muchas cosas, muchos placeres sobre todo. Envidio esas relaciones entre jóvenes con celos y problemas mundanos porque yo no lo he tenido, nadie me ha querido de esa manera caprichosa, juvenil, apasionada… Creo que es difícil decir que alguien me haya querido en realidad al margen de mis pobres progenitores; hablo de un amor grande, de un “amar” más que de un “querer”. Quizá eso no ocurra nunca y yo he de seguir, he de apreciarme y de esperar –siempre lo hago- que cada nueva pareja que me sorprende acercándose a mi sombra, tomándome de la mano, pueda llegar a tal altura. Hasta ahora los desastres se han ido acumulando en un sórdido rincón donde ya ni me lamento ni lloro. ¿Cómo aceptar una criatura que ni se entiende a sí mismo?

Y ocurre, aparece una persona, alguien a quien amaríamos, y nos muestra una vida con ella… todo eso que no hemos tenido nos da igual porque es tan especial que lo colma todo. Hasta que se termina y nos dejan riendo, como aquel payaso, sobre su amor destrozado, sobre el dolor que envenenaba su corazón… así hasta que termina la comedia, hasta que el mundo deja de girar… Todo una y otra vez, como en un carrusel: llegan las bromas, los comienzos, las conversaciones, los ojos ávidos, las manos exploradoras, los besos tiernos e inocentes, la pasión desmedida de luego, el descontrol del deseo inaudito, las esperanzas, el declive irremediable, el engaño de uno mismo, el engaño al otro, las discusiones, los pérfidos retratos de la imaginación exaltada, el fin ya anunciado, el remordimiento, la pena profunda, el lloro, la ira, el odio hacia el otro o hacia uno mismo y la paz rencorosa del después que se afila a su nombre o presencia. Siempre así, siempre igual, siempre sin inmutarnos.

Tengo ganas de vomitar, nauseas. Noto la tarántula de la migraña cruzando mi cara, paseando con lentitud sobre mi cuenca izquierda, clavando ahí su veneno, posándose sobre mi cerebro como si construyese su tela del dolor de mi sangre. Lloro no por pena o por pasión alguna, lloro de dolor. Quiero oscuridad, la necesito y huyo y me refugio en la cama, colocando mis rodillas cerca del pecho. Vuelve ahí a aparecer ante mí el propio rostro, la máscara mortuoria y desfigurada. Él, que soy yo, se ríe de mí, se descojona carcajeándose de mi pobre y triste figura, de mis aspiraciones mundanas, mortales, humanas… Me llama, me llamo, miserable.

¿Soy un miserable? Quizá sea un desgraciado, una tormenta que no puede subsistir entre nubes blancas ni tampoco puede acercase a los de su calaña por la fuerza terrible de destrucción que se crearía. Miserable…

Y de repente estallan los fuegos de artificio con fabulosos colores y ruidos y brillante fuego dorado y único. Dios, he de gritar. Grito. Nadie me oye.

Noto el latir de mi corazón en la cabeza, desbocado, sangriento. Mi visión es roja, veo el mundo escarlata y es la oscuridad. Ya no puedo soportarlo.

Corro hacia el baño, tropezando en la oscuridad, golpeando mi cuerpo blando contra los muebles. Llego, está oscuro, no enciendo la luz, abro el grifo frío y jadeo mientras se llena el lavabo. Sin pensarlo metro mi cabeza y el alivio es instantáneo… Lo agradezco, salgo a respirar y repito el proceso hasta que me calmo, hasta que ya no noto mi corazón en las sienes, hasta que la tarántula parece amedrentarse en su intento letal.

Me seco la cara, dejo salir el agua y entonces allí, frente a mí, en la casi absoluta oscuridad de la casa, veo el espejo y me veo a mí frente a él. Mi cara… mis facciones… detrás de ellas mis pensamientos, mi carácter, soy yo.

No es posible… me dejo caer al suelo sin fuerzas e introduzco mi cabeza entre mis brazos…

Hay una voz que me repite con cierta satisfacción la misma palabra una y otra vez.

Miserable…

1984

Titulo original: 1984
Autor: George Orwell
Traductor: Rafael Vázquez Zamora
Editorial: Austral

1984 siempre será un clásico y George Orwell un autor aplaudido. El mundo terrible que dibuja este genio en la novela es citado hoy en día por tantas bocas que a uno ya le empieza a parecer que no todos se han leído 1984 aunque hablen de él. Cosa que es muy habitual realmente por lo que a nadie le sorprenderá. Sin embargo es muy recomendable su lectura pues, entre otras cosas, es una magnifica muestra de ese género denostado de la ciencia ficción. No es un libro optimista, desde luego, pero es una muestra magnifica creada en los años cercanos de la guerra fría que muestra una distopía en la que el estado se ha convertido en ese “socialismo extremo” que aliena al individuo y que es una especie de broma pesada para Marx, donde su propia teoría se vuelve contra él. Ya no es que algo fallase sino que el propio sistema se convierte en el opresor. Este libro también tiene mucho que ver con lo que Stalin pretendió e intentó en la URSS, pero llevado al extremo y con éxito. Incluso podríamos introducir también las pretensiones de social-nacionalismo.

En este contexto, en mundo sumido permanentemente en una guerra que se nos revela absurda y dudosa, donde todo escasea, encontramos a Winston. Al que podríamos denominar, por comodidad y por lo rimbombante del término: El último individuo. Un hombre que no entiende el mundo en el que vive, donde la realidad se golpea violentamente contra su propia lógica, que encuentra placeres como la belleza o el amor o el sexo como liberadores. En realidad esos mismos actos son auténticos golpes de estado, traiciones a un gobierno que prohíbe pensar y sentir.

Las simbologías son también muy claras, el nazismo perfeccionó la adoración al líder-rey-emperador-dios como icono del movimiento y del país. Así se hace en 1984 donde el hiperfamoso “gran hermano” bien podría ser la perfecta portada al libro, pues refleja claramente todo el contenido de este: el miedo que provoca, el respeto, el amor y la estética que al fin y al cabo enmarca todo y convierte al mundo en una ciudad donde las diferencias son evidentes y asumidas, donde se ha encontrado el perfecto equilibrio con el desequilibrio, donde el aparato del gobierno es tan poderoso que no cabe la esperanza. Es una fase de la historia, además, donde Orwell nos hace adivinar la creación de unos “superciudadanos” completamente del lado del estado, que no tienen escrúpulos en denunciar a sus padres si ven la más mínima muestra de antipatriotismo. Winston, al fin y al cabo, vivió en un mundo previo a este reino del “gran hermano”, y tiene una intuición de que todo antes fue, si no mejor, al menos de otra manera. Es inútil buscar la memoria en los libros, en la belleza, en el arte o en los ancianos, porque todo eso ha sido exterminado, todo ha terminado por ser aniquilado para que el estado pueda gobernar sin dificultades añadidas. El siguiente movimiento hacia esa perfección de gobierno equilibrado y opresor son esos niños abanderados por la educación que les han inculcado.

Este libro es puramente político, la trama, en la que se desarrolla el individuo Winston, junto con el resto de personajes -que son pocos- es casi lo de menos. Lo interesante, en lo que el autor pone el especial énfasis, es en el desarrollo de la sociedad y su forma de gobernarse y ser, puramente. Es algo así como el monstruo perfecto, que se revela al final del libro en todo su esplendor ante ese individuo solitario, como un héroe, un semidios que batalla como tantos otros antes que él. Ese es Winston, él podría considerarse como un salvador un protagonista de película, quizá un tanto gris, pero ya cuando empezamos a leer el libro y vemos lo que hay de distinto en él, cuando notamos su deseo de intimidad, de no ser observado permanentemente, entonces nos llena la esperanza de que quizá triunfe, y conforme avanza el libro esa esperanza nos llena más y más. ¿Lo conseguirá? Realmente parece que si, pero dejemos al lector que llegue a las últimas páginas ante la atenta mirada del gran hermano.

1984 lo dice todo y se convierte en un aviso que clama precaución sobre los sistemas, de un tipo o de otro, la vigilancia de los propios ciudadanos para con su gobierno es crucial. Si hoy se menta tanto a Orwell y a este mundo aberrante es por algo, los cambios que venimos sufriendo a nivel político en lo poco que llevamos de siglo, realmente han sido muchos. No sólo por la “revolución africana” que estamos viviendo en la más inmediata actualidad, sino también por las circunstancias de los últimos años, donde en la misma Europa o en los EEUU se dictan nuevas leyes o se derogan otras, dejando un rastro más bien enrarecido a su paso. Podría ser muy beneficioso que precisamente estuviéramos más atentos ahora, quizá que leyésemos 1984 también y pensemos un poco en este mundo cambiante y hacia donde se dirige.

Pesadilla

Quietud.

Nada, nada, sólo oscuridad, inconsciencia bendita que ojalá durara hasta que se abran los ojos, sin recuerdo de ingratas costumbres nocturnas.

Pero no, algo surge. Desde algún rincón de la mente se arrastra una sierpe de plata, viscosa, que asoma su lengua agitándose en el aire. El surco que deja se ilumina y desaparece para transformarse en una lluvia bermeja. La luz se vuelve ámbar, los relámpagos son mudos y alguien camina por una calle desierta, muerta, completamente yerma. La ciudad es desconocida, pero podría ser cualquiera de las que has habitado a lo largo de tu vida, fuese un día o un siglo, no importa, no importa… Aquel hombre sigue caminando tranquilamente bajo esa extraña lluvia, imbuido en la luz de ensueño.

Hay un monte altísimo, que sobrepasa las nubes y que al mismo tiempo está tan cerca del mar que escuchas las olas estallar, embravecidas, escupiendo su espuma corrosiva hacia ti. Aquel espectáculo es magnifico y te levantas, aterrorizado, para ver como la inconmensurabilidad del océano se embravece, golpea el mundo, ruge y te engulle.

Aquel hombre sigue caminando.

¿Dónde estás? Por un momento te ves desorientado, pero rápidamente recuerdas tu cama, tus sabanas y te ves, sólo, absolutamente sólo, presa de un frío glacial y de un calor que levanta ampollas sobre tu cuerpo. Pero estás dormido, te retuerces en el sueño, eres consciente de tu tortura como si ya estuvieras muerto y observaras tu cadáver desde un punto externo. Sin embargo comprendes que la muerte es el fin y si te estás viendo a ti mismo sólo puede significar que es el sueño. Tu cuerpo, ajeno a ti, golpea las sabanas, busca zafarse de su abrazo pero le inunda y pasan las horas. Los días llegan como años y sigues sólo en esa cama incómoda que te rasga la espalda, que se ríe de tu propia mendacidad.

Los pasos del hombre son mudos, es un mundo mudo.

Silencio.

Todo prosigue, el hombre camina. La luz sigue siendo del mismo tono amarillento y comienzas a sentirte como una mosca atrapada en ámbar, condenado a vivir muerto y soñar eternamente.

La serpiente reaparece, como augur o cónsul de lo que ha de venir. Te encuentras en un cuarto pequeño, de paredes sudorosas y oxidadas. Miedo, tienes miedo, la oscuridad sólo te revela monstruosas formas que no entiendes y que equiparas a todo. Arañas por doquier, gusanos, ratas, colmenas de enjambres, un cuervo solitario, muerto y que sin embargo grazna de cuando en cuando, colgado tétricamente de una tela de seda arácnida. Luchas, huyes, corres por una oscuridad que no te da tiempo a dibujar, te agotas, esputas sangre.

Luz.

Luz ambarina y respiras, y miras alrededor con ojos vidriosos, sudas, es una ciudad y estás sólo, alguien toca tu espalda.

Silencio.

Es él, hombre caminante bajo lagrimas rojas, con gabardina y sombrero de ala ancha que ahora se está quitando, y ves entre las solapas una calavera de ojos encendidos, descarnada, que te sonríe sin poder hacerlo realmente, porque eres tú, monstruo reflejo de tu alma, surgido de la profundidad de ti.

Y todo se desdibuja, la lluvia al fin lo derrite todo y el color diluido termina en una copa y tú bebes el veneno, condenando a tu cuerpo a que lo recorran cuerdas de metal con púas que laceren tu garganta. Poco a poco la podredumbre te invade desde tu corazón.

La sierpe de plata se retira sinuosamente, borrando su recorrido, buscando aquel rincón de ti donde duerme. Esperará a otra noche para surgir y saludarte, pintando con su huella tu camino. Lo último que crees ver es su aplastada cabeza, sus pequeños y brillantes ojos y su lengua danzante que se ahoga en la negrura.

Silencio.

Quietud.