De la metafísica

Si nos pudiéramos librar de la razón… si pudiéramos, por un instante, abandonarnos a esa brutalidad que parecemos llevar en la sangre, ese rastro de animal que aún nos queda en partes de nuestro cerebro… pero no podemos. Es extraordinaria la diversidad entre los individuos humanos: encontramos un gran matiz que se debate entre el hombre sensible que sólo se deja llevar por sus pasiones, y ese otro intelectual que tan sólo se procura placer con el conocimiento. Aristóteles siempre habló del punto medio, del equilibrio, del balance, en conseguirlo se hallaba la virtud. Luego llegó Kant casi dos mil años después y añadió que no, que había un abismo insalvable entre una cosa y la otra, aunque encontraba un débil puente en el propio proceso de la “duda”. Hume ya lo había anunciado. Schopenhauer rebatió el positivismo que Kant quería encontrar en su duda y Hamlet, ese mismo Hamlet de Shakespeare, tenía su extrema duda en la cabeza volviéndole loco. Así en esta lista de nombres podríamos confundirnos con tanta filosofía y añadir que todos esos grandes hombres no son nada. Pero sí lo son.

Ese es el problema, que todos esos filósofos, a los que aludir en un texto puede volver pretencioso a su autor, todos ellos han sido fundantes de la nueva cosmología. Son dioses de un mundo griego, un mundo de cartón sin fondo, con ricas columnatas y frontones a la entrada, pero con zanjas embarradas tras sus puertas. Ese es nuestro mundo, un mundo decadente en su propio intelecto, que se cree, viendo las magnificas portadas que él mismo ha construido, ser un mundo cercano a la perfección. La realidad es que nos hemos alejado de la vida, es que el hombre virtuoso, el hombre hegeliano en su máximo desarrollo tiende a existir convertido en paria y son el resto, de naturales instintos cercanos a la vida, los que crean los hombre griegos.

Queremos entender el mundo, queremos iluminar nuestras ciudades para que no quede rastro de la sombra, de la duda, queremos ser profetas del futuro y lo somos en verdad, lo estamos construyendo con nuestro empeño. También deseamos amar y ser amados, deseamos entender y disfrutar y queremos encontrar esa quimera impuesta: la felicidad. ¿Quién es feliz en constante? Quizá podríamos dividir el mundo en dos grupos, aquellos que tienden a ser positivos y los pesimistas. Los primeros siempre serán felices porque siempre estarán dispuestos a tener esperanza y creer en lo mejor. Los segundos serán infelices porque su vida es diametralmente distinta a la de los primeros, son Hamlets en un mundo shakesperiano.

¿Pero qué soy? ¿Dónde conocer el árbol de la ciencia del bien y del mal? ¿Cómo vivir? No lo sé. El otro día vi a un hombre que tenía la vida que yo quería y sentí envidia y desazón, sentí a la vez que no quería ser otro él y que debía encontrar mi camino. Me di cuenta, aquel día, que yo no soy porque no sé qué soy. Lo confuso es que no sé describirme como ser y, también, me quedo callado en muchas conversaciones, cuando el tema que se trata me sobrepasa, me impone su duda pesada y no sé juzgar si aquello que yo iba a decir se trata precisamente de algo bueno o si bien es maligno. ¿Cómo vivir en esta desazón, en esta duda? ¿Cómo? No parece que haya una respuesta exacta. Aún teniéndolo todo, aún disfrutando del mundo y de sus facilidades siempre resta la filosofía.

Nadie está a salvo de la metafísica.

Meditaciones

Dios salve a la ignorancia, apatía que nos gobierna.

A mi aun hoy me pesan ciertas ideas del pasado y otros tantos hechos que fueron y que, sin arrepentirme, me atormentan de cuando en cuando. Pero todo ello es un pasado cercano, que quizá no diste de este mal punto que llamo presente más de unas horas. Aún con todo, me tumbo a menudo y miro el techo blanco surcado por las arrugas de luz y sombra y de esta manera pienso y me devano en cosas que no han sido o que ya han terminado. Soñar despierto es una de esas liberaciones que todos tenemos oportunidad de utilizar para escapar un poco a este mundo de certidumbres grises que cuartean nuestro ánimo. Ver la vida, mirarla a la cara, no es precisamente fácil, es como observar a la Gorgona y buscar en sus ojos la belleza; es temerario, es difícil y peligroso pues uno no sabrá si terminará herido en lo profundo, convertido en piedra o si se salvará temblando de arriba abajo. Soñar despierto, entonces, parece algo necesario y es bello, sin duda, pero también guarda su peligro. La creación de futuribles y de hipótesis nos puede llevar a caer en la tristeza de su difícil cumplimiento, ya que imaginar e ilusionarse suele traer consigo cierto aire utópico que quema las posibilidades de que algo llegue a cumplirse realmente. Por otra parte cavilar en el pasado es un ejercicio yermo que no nos llevará a nada y, de la misma manera, nos podría provocar cierta congoja al ser imposible cambiar algo de ello.

Tumbado, casi por eliminación, me obligo a veces a pensar en cosas más naturales, sobre todo en aquellas que excitan mi entrepierna y son simples, estas cuestiones muchas veces me provocan un cosquilleo en el cerebro que me adormila y me calma esa duda agazapada en lo profundo que siempre está preparada para saltar sobre mí. Otras veces, dispuesto horizontalmente y concentrado en desvelar los poros de la superficie sobre mi cabeza, se me liberan las tripas y una sensación de premura me recorre la columna hasta mi cabeza, pero no hago caso, la sensación no es especialmente agradable, pero sí que tiene algo de natural que me apacigua un poco y me permite respirar y sentir que, después de todo, soy humano. La mecanización, pese a que este mundo lo intente, no ha llegado todavía a los instintos bajos. Sé que después de esta sensación vendrá otra que se formará en el centro de mi torso, en su interior, en eso que yo estoy seguro de llamar estómago, será algo así como un sentimiento de vacío que espera ser llenado. Más tarde, pasadas varias horas, llegará el turno a una impresión de pesadez que penderá de mi cabeza como tal espada de Damocles. Yo cortaré el famoso hilo y me acostaré, me acurrucaré poniendo mis rodillas lo más cercano a mi cuerpo y buscaré consuelo en la oscuridad y en la bendita inconsciencia del dormir. Sin soñar, porque el sueño podría crear esa tristeza del pasado inmutable y del futuro indecible. Yo buscaré no soñar en la noche, contento de haber cedido a mis instintos naturales y de mantenerme firme en la estupidez ante la duda y el pensamiento. Porque nada hay más terrible que saber, sentir y tener la seguridad de que a nada sirve, a nada lleva y a nada nos condena.

El ajeno, la virtud y lo mejor

Si soy sincero me he quedado absorto en el título del “vuelapluma” anterior. “El extranjero” me ha llevado a pensar en la novela homónima de Camus, pero yo no elegí ese título buscando un paralelismo, sino que surgió fruto del azar, de la reflexión de los otros en el uno. Y sin embargo hoy he caido en el título y he recordado esa maravillosa novela de Camus, otro “lobo estepario” más junto con el de Hesse. Aún con todo, no tiene nada que ver una cosa con la otra y los argumentos son completamente antagónicos, y no se entienda mal, yo no pretendo compararme con ninguno de los autores citados. Simplemente pienso en voz alta, este es mi espacio, pequeño, minúsculo en el universo cibernético, humilde y carente de ninguna relevancia, pero mío y de quien lea estas palabras. Hoy pienso en ese texto que he escrito y en el de Hesse y en el de Camus y realmente no me parece que hablemos de cosas distintas en lo profundo (aunque cada uno a su nivel, y yo del mío soy muy consciente) pero sí creo que ha habido un error por mi parte.

En las novelas de ambos autores se escribe sobre el ser asocial, el ser fuera de la sociedad, de una humanidad construida por sí misma a lo largo de la historia, con valores constuidos. Es decir, de un constructo y del ser, del hombre que se deteniene y “ve” propiamente el constructo. “El extranjero” en Camus es un ser activo en ese mundo que no entiende por entenderlo, aunque sea paradójico. El lobo estepario de Hesse sufre por comprender su propia naturaleza y no aceptarla, luchar contra ella, contra el collar social que le han impuesto y que le encantaría arrancar a mordiscos. Mi extranjero es pasivo, desencadenante de lo que ocurre en el oriundo. Socialmente la interpretación es facil: el oriundo necesita del que está fuera para entender su propio mundo. Lo malo es que no hay nadie separado del mundo. El conocimiento parece la única forma de conseguir reflexionar de forma más correcta, ya que por supuesto no estamos dispuestos a aceptar que algo sea pobre o malo si nos gusta.

Escribo estas lineas escuchando el raggaeton de mis vecinos. Detesto esa “musica” me parece fea, algo que no participa de lo que yo entiendo como bueno, agradable al oido, como digno de la exaltacion de lo estético o de lo discerniente, es algo que no entiendo como arte. Y sin embargo hay muchos que aman esa música, igual que hay personas que solo ven películas como método de distracción, o leen historias con final feliz porque es eso lo que a ellos les agrada. ¿Quién es nadie para afirmar que Camus o Hesse, ambos premios nobel, son más dignos de la lectura? O que Beethoven o Pierre Boulez son “mejores” a quienquiera que ha compuesto la pieza de musica que tengo la desagradable obligacion de escuchar ahora. Parece producto de la pedanteria creer unos valores como mejores y sólo se me plantea una duda eterna e irresoluble, filosofía dura que parece una renovación del escepticismo. Conocí hace muy poco a una filósofa que trabaja precisamente en ese tema para su doctorado: “La duda como elemento conformador del conocimiento”. Entonces es el extranjero, no el mío sino el de Camus o el lobo de Hesse, quien tiene razón, esa eterna duda (que parece una maldición de los hombres) es la piedra clave de la humanidad. Pero si esto es así, la piedra clave tiene la desventaja de estar en el fondo del primer cimiento, ignorado por todo el edificio construido por encima, ciego orgulloso de la altura que ha conseguido. Lo malo es que la duda es irresoluble, que el extranjero caerá en la locura por no saber encajar en un mundo que lo juzga con reglas que no valen para él, porque es ajeno al mundo.

Yo finalizaba con una frase lapidaria: “¿Y al ajeno? A él solo piedras y la vida tranquila”. He de retractarme por respecto a Hesse y a Camus, aunque con un matiz. Yo hablaba en mi texto de un “extranjero” en el propio sentido geográfico del término, alguien que venía de otro pais y que juzgaba un papel vital para el “oriundo”. Yo tomé ambos términos con inocencia, sin pararme a considerar unos aspectos más profundos y en ese término he errado al trastocar su orden. Por consecuencia, mi última linea en lo profundo es un completo error. El escritor, el compositor, el pintor, el artista en fin, es decir, el ajeno o el extranjero es quien se salva, aunque sometido a la turbulencia de la duda. Es el oriundo quien vive con piedras y se estira perezosamente en la vida tranquila.

Por tanto, y con eso sí que terminaba yo, el artista, un buen artista que tiene en su poder un buen pedazo de conocimiento y una cierta inteligencia, es el único capaz de enajenarse, de extrañarse en un sentido Hegeliano, de conseguir hacerse mejor y comprender el mundo y evolucionar como ser humano. Eso parece lo coherente, hay personas que consiguen o buscan esto y son más virtuosas que el resto. Pero todo esto, sometido a la duda, se llena de sombras y a este que escribe le salta la questión de si no serán paparruchas aprehendidas que no valen nada. ¿Y entonces? Entonces nada.

Desolador.

Indubitable

Iracundo, terco, débil, ángel desplumado que elevas el esqueleto de tus alas en un vano intento por espantarme, en un penoso gesto para iniciar un vuelo imposible. No te maldigo, en tu estado ni siquiera me hace falta hacerlo. Tú no conseguirás nada, jamás, porque no tienes fuerza, porque tus músculos son delgados y tus huesos se astillan. Alzas el rostro y apenas ves. ¡Aparta el pelo desgreñado! Muestrame ese gesto tuyo, cruzado por la sombra del miedo, del dolor, de la ira, de la angustia y de la tristeza. Sí, haces bien en esconder tus ojos de mí porque ya conoces lo que hallaré en el poso de tu alma, y tiemblas sólo con escuchar el matiz de mi voz al pronunciar este dictamen. ¿A ti te eligieron para enfrentarte a mí? ¿a ti, un mísero tópico emplumado? Jamás podrás conmigo, ni tú ni cien como tú. ¡Que vengan todos! ¡Que bajen a este desierto el ejercito más grande y poderoso que una mente pueda concebir!
Azotadme con plagas, torturadme con infamia, con ilusiones, ofrecedme la eternidad, la omnipotencia. Haced cuanto queráis, pero jamás me detendré, jamás dejaré de caminar, jamás se librará esta tierra de mí, ni el cielo, ni las lunas, ni la noche que no llega, ni las estrellas ausentes, porque yo aquí soy el rey máximo, el emperador por encima de todos, soy Dios.
Te mueves eh, intentas llegar a tu arma. Cógela, a mí no me importa, siempre se repetirá el ciclo, siempre ganaré yo, siempre saldré vencedor y tú, como los que llegaron antes que tú, como los que vendrán después, desaparecerás, no quedará de ti nada, ni cenizas ni recuerdos, te extinguirás.
¿Qué miras? ¿Qué ves? Eso casi me interesa, pero no me lo dirás, no, ya estás derrotado, ya no existes. Te diré qué es lo que veo yo. Veo un niño, con los ojos cerrados, rodeado de un desierto enorme, una extensión sin limites, árida como este lugar, pedregosa como una montaña demolida. Ese niño se encuentra allí, sin abrir los ojos, sin ver, sintiendo el aire que le acaricia unas ropas para él extrañas, demasiado elegantes, demasiado adultas. ¿Sabes qué? El niño llora. No sabe qué es lo que hay más allá del punto donde está de pie porque no se atreve a levantar los párpados, no quiere conocer, se siente vulnerable al mundo y prefiere la oscuridad con todas sus posibilidades, con todos sus monstruos, a un mundo como el que tiene delante. Eso veo.
¿Que murmuras? Apenas te entiendo, repítelo, te queda poco tiempo y sabes que soy curioso. ¡Ah! ¿Veo lo que quiero ver? ¿eso cambiará? Has derrochado tus ultimas palabras en algo absurdo y en un vaticinio que no se cumplirá. Muere, descansa, ya a nadie le importas, yo volveré a mi paseo, a mi reino, a mi trono. Nada cambia, nada cambiará porque aunque todo mute a mi alrededor, yo seguiré aquí, esperando todo intento vano de vosotros, enemigos míos que ahora me vigiláis, susurrando entre vosotros porque os da miedo alzar la voz y que mi oído capte vuestras palabras. Sí, cuidaos de mí, de que mi vista no alcance a encontrar vuestra sombra en el camino, hacedlo porque os lo jugáis todo, porque os destruiré si logro ver un cabello vuestro.
Aquí reino yo, demonio, demiurgo, dios inmortal de cetro eterno. Obedeced mi voluntad, yo soy el parásito que os obligará a vivir y a pensar bajo el yugo de mi bota.

La percepción

¿Os habéis fijado alguna vez en la percepción? Parece que ésta es la llave con la que uno ha de observar la realidad, con la bondad de la percepción. Digo bondad pues sin duda se trata de un sistema basado en el precepto de la comprensión; lo cual tomado de la forma que sea nos llevará indiscutiblemente a un camino que por fuerza calificaremos de provechoso para el entendimiento del mundo. En “Realidad” de Tom Stoppard, se nos habla de esto. Una de las frases, si ahora no reacuerdo mal, era la siguiente: Todo depende de tu percepción. Ésta la clave realmente y con eso quedaría dicho todo, pero sigamos adelante.

Pensemos en esto: el ser humano a lo largo de su historia, y se aprecia bien en los testimonios artísticos, ha querido ver como grandes, cosas que si buscamos un punto de vista externo, nos daríamos cuenta de que no lo son. Si nos parece de tanto tamaño (sea con el adjetivo que fuere) es únicamente debido a que nosotros lo percibimos así.

En una primera instancia la percepción es una cosa propia de la sociedad, que la enseñanza y la cultura han impuesto, sin que lo sepamos, sobre nosotros mismos; en un segundo grado se trata de algo personal, propio del individuo, de sus vivencias, de sus experiencias, de su forma de razonar y de lo cultivado que esté cada uno. Ambas son igualmente interesantes y de ambas se podría hablar mucho y de muchas maneras.

Analizando un poco esta capacidad humana vemos ese hecho del que hablábamos antes: la tendencia del fenómeno hacia lo grandioso, hacia los precedentes y las grandes figuras. Si nos retrotraemos a la historia nos queda claro esto sólo con pensar en la propia historia, ese halo que tiene de fuerza, como si ella misma, por el hecho de haber pasado ya y de estar escrita y en nuestra memoria, tuviera una dignidad superior a las demás cosas.

El problema de la percepción, (o quizá sería mejor hablar de su vicio) es la inmovilidad del juicio que X persona o X sociedad o conjunto de individuos han tomado acerca de lo que sea que haya caído bajo el escrutinio de ésta capacidad. El vicio es algo personal, puramente particular (aunque estemos hablando de una creencia extendida sobre un amplio espectro de población) pero no se ve así. El problema de la percepción es que, si bien la utilizamos, no somos conscientes de ello o no queremos serlo y por tanto, al no meditar sobre esta capacidad, perdemos la perspectiva necesaria para entender bien la propia realidad.

El juicio se vuelve una piedra monolítica e inamovible sobre nuestra vida sin saberlo nosotros, y así encontramos y así podemos explicar las aberraciones que a uno le toca escuchar u observar en el día a día por parte de muchos individuos. ¿Qué se debe hacer ante esto? Desgraciadamente no se puede hacer nada. Podemos pensar, quizá deberíamos de pensar en que esas aberraciones son propias de gente poco instruida en el arte de la percepción (ojo, no hablo de iletrados o de personas con un conocimiento limitado, las aberraciones más terribles muchas veces se escuchan de boca de insignes individuos perfectamente formados) La solución que podríamos concebir sería la educación sobre la percepción y sobre una capacidad aún superior a esta: la duda, pues el someter todo ante la duda es la forma de poner a trabajar a nuestra percepción y evitar caer en el vicio de los juicios inamovibles.

De esta manera en un mundo como este, y en concreto ya en una sociedad como es la española, donde parece que la búsqueda de la igualdad y el respeto entre los ciudadanos es primordial y debería ser un pilar fundamental, sería la educación sobre la verdad de la percepción, sometiendo esta a la duda, la manera en que mejor podría encontrarse esos intereses tan necesarios para poder convivir. Dejando meditar a la sociedad sobre si misma, sobre sus preceptos como grupo y como individuos, se conseguiría elevar el modo de vida de cada uno al nivel de lo virtuoso.

La lástima es que en teoría todo esto podría ser llevado a cabo, pero en la practica se trata de un imposible, pues además de las limitaciones tanto intelectuales como las que la cultura ha impuesto sobre cada uno, encontramos esos otros adjetivos que nos caracterizan bastante como raza (aunque las generalizaciones siempre son erróneas) y que son: el egoísmo, el orgullo y la ignorancia. Todo esto crea un cóctel primigenio del que pocos pueden escapar, o sería mejor decir: creen escapar.