Miércoles fragmentado: Mrs Dalloway, Virginia Woolf

“In people’s eyes, in the swing, tramp and trudge; in the bellow and the uproar; the carriages, motor cars, omnibuses, vans, sandwich men shuffling and swinging; brass bands; barrel organs; in the triumph and the jingle and the strange high singing of some aeroplane overhead was what she loved; life; London; this moment of June.”

“En los ojos de la gente, en el ir y venir y el ajetreo; en el griterío y el zumbido; los carruajes, los automóviles, los autobuses, los camiones, los hombres-anuncio que arrastran los pies y se balancean; las bandas de viento; los organillos; en el triunfo, en el campanilleo y en el alto y extraño canto de un avión en lo alto, estaba lo que ella amaba: la vida, Londres, este instante de junio.”

Esta mañana condujo hasta Madrid. Hay allí una de esas cafeterías que le gusta frecuentar y donde llevaría a alguien querido de tenerlo. Siempre toma asiento frente al gran ventanal y allí observa a la gente, la lentitud de sus movimientos, como si fueran insectos bajo su microscopio, como retazos de película que se mantienen ahí mientras uno continúa mirando. Espera encontrar algo de paz durante esos momentos, también algo de verdad en esas cosas tan comunes que componen el lento discurrir de la vida. En ocasiones ha conseguido esa deseada tranquilidad, pero lo verdadero, si es que existe, aún se le escapa.

Ha vuelto hace unas horas, condujo los trescientos kilómetros hasta su casa del tirón. Al cerrar la puerta de esa jaula, en donde se siente a salvo, se queda mirando las llaves del coche. Nadie conoce su pequeña huida y se para a pensar en lo fácil que sería desaparecer para siempre. Deshecha pronto la idea, no hay nadie a quien decir adiós.

Anuncios

Una mujer sin pintalabios

Desde junio soñaba cada noche con una chica de pelo largo, esperaba en la carretera con la mano tendida hacia el mar. No tenía rasgos, el viento los velaba con su pelo. Era una imagen tan hermosa como triste. Finalmente olvidó el sueño, y nunca adivinó quién era la mujer. Pero un día dio plantón a una chica en el último minuto, porque llevaban un mes saliendo, besándose y follando. Tuvo miedo de continuar, o simplemente fue un cabrón egoísta. No importa. No vio por el retrovisor que ella ya le había distinguido desde la plaza, llevaba un vestido nuevo y tenía la mano delicadamente levantada hacia él. Entonces una ráfaga de aire le revolvió el peinado, y ella se detuvo mientras la moto se dirigía hacia donde indicaban sus dedos extendidos, hacia el mar. El chico se perdió ese instante, nunca la reconoció.

Cuando la mujer se recogió el pelo se dio cuenta de la huida. La kawasaki bajó La Rambla petardeando. Adiós, chico con pecas. Ni siquiera intentó llamarle por teléfono, lo sacó del bolso, pero se quedó mirando la pantalla. ¿Para qué? Todo estaba claro. En lugar de buscar su nombre apagó el aparato. Miró a su alrededor, dudando qué hacer. Se sentía demasiado estúpida allí quieta, comenzó a caminar hacia el paseo marítimo simulando tener un plan. Se le escapó una hora hasta llegar a la playa, los guiris se cocían al sol, mezclados con familias venidas del interior del país. Todas las vidas parecen más felices desde fuera –pensó–, pero sólo es maquillaje ocultando la putrefacción interna.

Quiso quitarse los zapatos y entrar en la arena, pero aquellas personas le asqueaban. No tenía motivos, no había ni un solo gesto que le invitara a pensar lo peor de ellas, y, sin embargo, su imaginación se volvió hacia el lado más oscuro de la naturaleza humana. En una pareja vio un marido engañando a su mujer para sentirse así más hombre; una gorda rodeada de niños se transformó en una infeliz, harta de peticiones y lloros, consolándose gracias a la botella y la bollería industrial; en otra familia numerosa adivinó la huida del primogénito debida a las palizas del padre, el suicidio de la segunda hija, y el ensordecedor silencio de la madre y de los dos hijos pequeños. Se paró a considerar que en la playa, por fuerza de estadística, habría ladrones, violadores, e incluso algún asesino. Cierto porcentaje moriría en menos de un año, y alguna de las allí tumbadas daría a luz en nueve meses. Miles de historias entretejidas como el dorso de un tapiz, caótico y feo.

La chica se sentó para mirar el mar, los turistas se iban marchando mientras el sol se ponía. A ella le llegó la inseguridad del abandono. ¿Acaso fue por sus tetas? Quizá con la dejadez del verano no le parecía tan guapa, o se aburría en la cama o el resto del tiempo. Imposible saberlo, la respuesta no le llegaría de forma esclarecedora, pero tampoco hubiera sido mejor si lo hiciera.

Recuerda los buenos momentos, las cenas difíciles por la lucha constante contra el deseo animal. Recuerda las tardes en la playa, solos o con amigos comunes, los bares después, y el primer sorbo de cerveza con un deje salado. Por último recuerda el plantón de horas atrás.

Siendo niña quería ser médico, no por curar a los demás como se podría esperar, sino por curiosidad sobre el funcionamiento de los cuerpos. En aquel tiempo más inocente, su abuela se escandalizaba al encontrarla desnuda frente al espejo, reconociendo su anatomía infantil. La gran pregunta que quería contestar era sobre la materia que separa los órganos, no sabía decir si entre los pulmones y el estómago, o entre el corazón y todos los demás había algo, si simplemente colgaban en el vacío, y por tanto el cuerpo estaba relleno de aire, o si era agua o carne o espuma. Fue un misterio, por más que preguntó a sus padres ninguno supo contestar. Pasaron los años y obtuvo su respuesta, pero tampoco le agradó. Llevó la pregunta de lo corporal a lo metafísico, y ese día, sentada en un banco, imaginando las sórdidas vidas de quienes pasaban a su alrededor, recién despechada, se dijo que los seres humanos estaban rellenos de miseria. La afirmación, íntima y jamás enunciada en voz alta, la mantuvo hasta el final de su vida.

Escena con hombre, mujer, tazas sobre la mesa, y globo azul al fondo

Se conocieron en 1985. Él había leído la novela de Orwell en su adolescencia, y todavía era suspicaz a los cambios políticos. Ella estaba obsesionada con la lluvia de bombas sobre Teherán. Tenían veinte años, quizá algunos más. Un amigo les presentó en un concierto, aquella noche sólo se contemplaron manteniendo la distancia, ella no estaba interesada, él era tímido. Su conocido común murió tras una mezcla indeterminada de drogas; se habían separado con la música y las mareas humanas, por lo que el shock no fue tan grande como podía haber sido. Tres días después volvieron a coincidir vestidos con traje, esta vez en el cementerio. Luego tomaron un café, recordaron a su amigo, fueron al cine, cenaron, él la acompañó a casa, ella le invitó a subir, y los dos encontraron perfecto el sexo. No pudieron desayunar juntos, él cogía un vuelo temprano.

Retomaron su historia de amor tres semanas después, pero el café ya estaba frío. Lo intentaron, sin éxito en la cama o en sus caracteres.

Doce años más tarde ella había abandonado los jeans y los tops ajustados, ahora vestía trajes, pañuelos al cuello, y gafas de cristal redondo. La estudiante de periodismo se había reconvertido en abogada, papá tenía un bufete, las oportunidades de una vida razonable y estable no se pueden desaprovechar. Él era profesor de literatura en la universidad, milagrosamente conservaba un buen físico, aunque lo ocultaba con éxito bajo su horrible ropa. Hubo una conferencia sobre utopías, eutopías y distopías en la literatura anglosajona. Ella vio su nombre en el cartel del evento. Acudió por curiosidad. De nuevo entablaron conversación en una cafetería. A ambos les gustó comprender que, pese a haberse vuelto más aburridos, no habían cambiado demasiado; esa era la impresión que daban. Se separaron pronto, ella tenía una cena de negocios. Esta vez dejaron pasar poco tiempo, comieron juntos un miércoles y recordaron viejos tiempos en la cama el sábado. Un año después ya vivían juntos, y terminaron comprándose una casa a las afueras, cerca de un lago.

En el porche, algo más de un lustro después, hablaron sobre tener un hijo, le pondrían el nombre de su amigo muerto si fuese un niño. La idea duró un día, a la mañana siguiente el hombre se levantó antes, como siempre, hizo footing, compró dos periódicos, -el de corte conservador para ella, el de izquierdas [pero no escandalosamente] para sí mismo- se tomó una ducha, y preparó el desayuno. Ella hizo su aparición con el olor del café, ya estaba vestida y peinada. En la cara no estaba su habitual sonrisa, tampoco le besó, era su costumbre pero por alguna razón hoy la evitaba. Tras beber media taza encontró el valor, le miró, y se negó a tener un hijo. ¿Por qué? Al principio pensó en los problemas de su carrera, pero después de nadar en el lago, cuando se vestía en casa y tenía aún la piel tirante por el agua fría, cayó en la cuenta de la pose de mujer hecha a sí misma, profesional y valiente. ¿Dónde se habían quedado sus antiguos miedos? No habían sido ingenuos, se negaba a considerarlos así. Mucho tiempo atrás ella tenía el deseo de viajar, de convertirse en corresponsal de guerra, quería evitar que esa peor cara del ser humano fuese maquillada. Tenía miedo a la manipulación desde los grandes a los pequeños. Creía en la igualdad como en una religión. Su marido también fue distinto, cuando se conocieron temía la vigilancia descontrolada, al gran hermano ordenador del mundo. Su sueño habría sido ser escritor, no por denunciar ningún peligro, simplemente por contribuir al entretenimiento de las personas, por crear algo bello. Pese a esos miedos antiguos, ahora comían en vajillas de diseño, conducían dos coches de gama alta, se gastaban enormes cantidades en compras innecesarias o en vacaciones de lujo. Mientras, en oriente próximo seguían cayendo bombas, Internet se expandía, ya entonces amenazaba con apoderarse de todos los procesos bajo la razonable idea de hacerlos más sencillos. EEUU estaba en su apogeo. Ella se preguntó si les afectaba un mínimo todo eso, al menos más allá de la exclamación indignada. ¿Cómo habían cambiado tanto? Aquella bofetada le mostró el tipo de vida elegido, su sentido. No le gustó, quería cambiarlo, por eso no podía tener un hijo, aún necesitaba dedicarse más tiempo a sí misma, todavía no había llegado a sentirse plena. No era quien quería ser.

Él escuchó todo sin interrumpir ni una sola vez. Ella, al final, le preguntó si seguiría a su lado, si estaba de acuerdo, si se atrevía a reinventarse, a renunciar a la comodidad de una vida bien resuelta.

Antes de dar una respuesta, él bebió un desagradable sorbo de su café, se había enfriado de nuevo.

Entrada Nº7: La ciudad inabarcable II

Enlace a la primera parte de La ciudad inabarcable

El Sena no se ha desbordado, tal vez el próximo año. Septiembre es el fin de la tregua en París. El verano no ha vaciado las calles: la luz dorada prometía demasiado, y los cuerpos, quizá sin cabeza, se exhibieron a las orillas del río porque el instinto les llevaba a buscar el agua. No se blandieron espadas ni orgullos. Posiblemente alguien gritó de placer, pero no me llegó el eco. Tampoco hubo revolución, nadie la esperaba, ni siquiera yo.

Los colegios ya están atestados, no se recuerda la playa ni los bosques ni el mar. La universidad espera digna, ansiosa de excelencia y mediocridad, se alimenta de ambas. En este teatro de marionetas todos los hilos se tensan y comienzan asumieron el rol cotidiano. Prudentemente aceptamos el fin de la paz, pues ya intuíamos que fue un espejismo (el calor ayudó a darnos esa impresión.) Vuelta a la guerra. La ciudad aún no ha sido tomada, recogemos las armas y avanzamos hacia la batalla porque es nuestro destino. A veces este día a día me decepciona. El asedio a Troya duró diez años y así parece desarrollarse el mundo: en periodos de tiempo largos, densos, pero empaquetados en espacios estaciónales iguales a los cantos de un libro. Un verano o un otoño se arrastra perezosamente, sin límites. Septiembre es la verdadera puerta a un nuevo año, marca el ciclo de trabajo en occidente. Por eso ahora no podemos dejar de idear nuestro futuro, también lo hicimos en Junio, son momentos de inicio. Pero al final, cuando la etapa se cierra, la conclusión es la misma siempre; aunque vivimos mil pequeños momentos, nuestros deseos se quedan sin cumplir.

No obstante sí hubo reunión de solitarios en el Louvre, pero éramos muy pocos mezclados entre la fauna habitual, se nos podía distinguir por los ojos vidriosos, por las miradas cautelosas o llenas de envidia, y por tener las manos ocupadas. Siempre se ha de blandir una excusa cuando se exhibe en público la soledad, por eso todos llevamos un libro, un cuaderno, un ordenador… ¿Es miedo o pudor? Miedo y pudor, padre e hijo, sentimientos de la misma familia. Vi a un pintor buscar un rato tranquilo, a alguien tecleando en el ordenador, los asiáticos sacaban fotografías, los caucásicos se miraban los pies sentados en distintos bancos. También pude ver un beso, pero yo no lo saboreé.

¿Qué fue de aquellos abrazos donde se buscaba comprender la ciudad inabarcable? Posiblemente han sido sustituidos por otros, o no, la duda siempre estará ahí. ¿Somos capaces de enamorarnos una vez más, o sólo existe ese primer amor, esa obsesión concentrada, esa inaugural explosión química? Vamos a intentar ser positivos, creamos en el dios Tiempo, en su infinita sabiduría. Dejemos a esos conjuntos estacionales, densos y a la vez breves, encargarse de la atracción, del deseo roto, del dolor y el luto y el recuerdo. Sí, después llegará otro cuerpo que podremos amar o anhelar, y entonces la pregunta será, si tras tantos dolores y lutos, aún tendremos el interés suficiente para repetir este juego. Al final rechazamos los abrazos porque siempre son decepcionantes, porque Paris no se deja abarcar, y conjura contra quienes creen poder resistir al ser protegidos por otro.

Ha pasado un año, es hora de leer más poemas, de recitar distintos versos a quien quiera escucharlos. También las palabras ayudan en esta guerra, no importa si las susurramos a un oído, o si gritamos en soledad entre los árboles. Todos queremos sobrevivir a la batalla, este ajetreo mundano se resume en una cuestión de supervivencia. Cyrano, apiádate de nosotros.

Del cielo blanco lechoso de verano cae una lluvia.
Siento como si mis cinco sentidos estuviesen acoplados
a otro ser
que se mueve tan empecinadamente
como los corredores vestidos de colores claros en un estadio
sobre el que chorrea la oscuridad.
T. Tranströmer

Amanece otro día

N.d.A: “Amanece otro día” se publicó el día 16/08/2011 en Literatura Nova. Existe la posibilidad de descargar el archivo en formato pdf en dicha página.

Amanece otro día y se suma a la correlación que conforman mis semanas, meses, años y décadas. Hace tiempo que dejé de llevar la cuenta, cada vez me resulta más extraño quitarle hojas al calendario o suspirar sobre una fecha futura habiendo dejado tantas y tantas atrás.

Amanece, sí, pero es un hecho vulgar que ocurre sin ningún tipo de problema. El sol destierra lentamente esa oscuridad falseada de las ciudades, el azul pálido se anuncia pronto y apaga las farolas como un mandato. Es el mejor momento de la noche, su declive, cuando ya podríamos decir que no es tal sino que es de día. La diferencia se muestra sutil; el mundo negro se ha diluido pero todavía no estalla el astro sobre nuestras cabezas. Ahora, en la azulada atmósfera, fresca, recién nacida, nuestros músculos se relajan de los sudores de la cálida noche y podemos respirar. El verano, por un momento, nos deja soñar con un día apacible, pero ya sabemos que no será así.

¿Luego qué? Ha amanecido y estoy despierto, he sido consciente de mí mismo tras un tiempo, me he dado cuenta de que aguzaba mi oído como un acto reflejo, buscando esos sonidos de la monotonía que dan forma a la realidad y dan coherencia a un mundo que, quizá, podamos detestar.

Se me hace imposible levantarme, la sola idea me harta, me aplasta contra las sábanas y me siento pesado, denso. El sueño ha sido apacible pero acuoso, opresivo. El calor del verano me produce un embotamiento del que no soy capaz de salir, es una prisión donde los sueños no están permitidos, donde las pesadillas nadan como esos monstruosos peces abisales. No me han dañado las bestias pero estoy turbado, la imagen de ese pez ha aparecido en mi cabeza y me obliga a darme la vuelta, a retirar a patadas la sábana que me cubre, a encogerme como un niño que juega, pero yo no juego. Estoy agotado pese a que he dormido varias horas.

Me levanto finalmente cual mártir en su último día. Quizá este sea el mío después de todo; no me importaría mucho. ¿Cómo preocuparse por la muerte cuando no apreciamos la vida? Ese problema, esa crisis de nuestro ser, me parece la más importante en esta sociedad, algo de lo que no podemos escapar. Desde hace años me siento atado al mundo y me pesa, me pesa como el plomo líquido donde nadan los abisales.

El “baile” es el mismo de todas las mañanas, no le pongo ni un ápice de atención, arrastro los pies por el pasillo, me quito la ropa interior y alivio mi vejiga. Si me he levantado ha sido más que nada por esa imperante necesidad. El espejo me mira con poco agrado, mi reflejo se palpa la barba sin afeitar, pero con un ligero esfuerzo mental recuerdo que hoy es domingo y que no es necesaria la tortura de la cuchilla y la espuma. La ducha es fría. Me visto con pulcritud, herencia de los años de ejemplo que me mostró la estatua de mi padre. La imagen de esa artificialidad, de esa magnificencia impuesta, de la inalterabilidad de su rostro, me recuerda que él era la gran efigie, el indiscutible señor de nuestro pequeño mundo. Mi madre hacía las veces de sumiso pedestal donde él se elevaba; casi se puede hacer uno a la idea de ella agachada, con su pelo rubio y el traje ceñido que usaba una de cada dos veces en la ópera, con la espalda dispuesta y mi padre encima, pisándola con los brillantes zapatos, vestido con el traje tres piezas de rayas, el reloj en el bolsillo del chaleco, el blanco pelo corto culminando su rostro pálido con las gafas de pasta negra y el gesto serio. No recuerdo haber visto sonreír a mi padre, los días que lo traigo a mi memoria delante del espejo me asusto de mí mismo y de mi propia boca, inclinada en esa contra-sonrisa que la genética repitió en mi padre y en mí. Quizá él fue consciente de lo que yo soy ahora, es posible que él viese el mundo tal y como lo veo yo. Se me ocurre pensar que existe la posibilidad de que no fuéramos tan distintos en el interior, de que todas las discusiones con él se debieran a que nuestros puntos eran similares y no divergentes.

Cuando termino de abrochar la camisa me doy cuenta de que estoy equivocado, de que en nada me parezco a él. Detesto su tiranía, no comparto los ideales conservadores ni me creo un personaje con derecho a estar por encima de los demás. No tengo familia, pero si la tuviera sé que no sería el líder indiscutible, el dios a los que los otros tuvieran que adorar, jamás sería capaz de pisar a mi mujer considerándola menor a mí, asignándole un papel y un lugar que a mí siempre me repugnó.

Mi padre está muerto, al igual que mi madre. Fue hace pocos años, él cayó primero victima de un corazón que no quiso mantener vivo por más tiempo a alguien así. Ella se dejó caer desde entonces, perdida sin el peso a sus espaldas, libre de pronto tras treinta años de matrimonio. No pudo soportar ese nuevo estado y se consumió. A mis hermanas y a mí nos ha ido bien, su muerte no nos causó una gran impresión como cabría esperar. Llevo un año sin verlas y no me siento mal por ello, sé que ellas tampoco. Nunca estuvimos unidos entre nosotros, somos planetas con nuestras propias órbitas que por casualidad fueron engendrados en el mismo sistema solar.

El desayuno es rápido: café, tostadas y una manzana.

Soy hijo de mis padres, es algo obvio, todos somos hijos de nuestros padres; afirmarlo es hilar un poco más, es estar diciendo que ellos realmente calaron en mí, que su tutela produjo, en parte, mi carácter. Mis padres lo consiguieron. El beatísimo del que intento despegarme, las “virtudes” católicas que me pesan como cadenas, pues lo son, siempre han estado ahí, están y estarán. Si creyera en Dios sería el perfecto cristiano. No creo, pero soy un ateo poco convencido, que mira los crucifijo con desdén, casi con asco, pero que al entrar en una iglesia suele estar tentado de rezar aunque sólo sea por conveniencia. Es cierto, en nada me parezco a mi padre, pero sus cuidados me forjaron en parte como él quería, en otra parte como no.

Termino el desayuno, recojo, me levanto y bajo a la calle para dar un paseo, buscando ímpetu en un domingo que ahora que nace ya amenaza con ser estéril, con morir sin dejar rastro.

En la calle ya hay varias personas, el vecino del quinto me saluda con una mano entre los sudores de su carrera matutina. Abren la floristería, su fragancia me hace detenerme ante el escaparate y observar las plantas. La dueña me sonríe mientras coloca un ramo de violetas, le devuelvo el gesto y camino, lentamente, con las manos en los bolsillos. Huyo de mis pensamientos, me concentro en la contemplación de la gente.

La prensa casi choca conmigo en un punto, el quiosquero me saluda con un gruñido y observo la prensa generalista, que no me atrevo ni a tocar, luego me fijo en las revistas. Mi inglés es lo suficientemente bueno como para observar la internacional, pero no me convence; mis ojos vagan por publicaciones de política, economía, historia, arte y curiosidades varias. “Es todo lo mismo”-me digo. Finalmente sonrío y me despido sin comprar nada, azorado ligeramente por mi contemplación gratuita.

Llego ante la panadería, aprovecho para comprar el pan y doy la vuelta, regreso a casa con prisa, casi asustado del mundo. Nada hay fuera para mí.

El apartamento me recibe con su quietud conocida, dejo el pan y suspiro en el sillón, observando el silencio que envuelve la casa. No sé qué hacer. El espacio se me antoja grande porque yo, vida minúscula, apenas ocupo un trocito de mi piso. Sentado miro las estanterías con algún libro y adornos varios. La mini-cadena permanece muda, la televisión está muerta, negra. ¿Podría encender algo? ¿Y de qué serviría? Ese es el problema, esto es lo que me inquieta, me enerva, me ahoga y me hace escupir. No sé qué hacer con el tiempo que conforma mi vida, casi parece que lo agoto por cansancio, porque no puedo hacer otra cosa. ¿Morir?

Miro la tentadora ventana. ¿Morir? No. Quizá en la muerte encontrase el alivio que espero, que ansío, la paz de ese dormir eternamente. Quizá llegue con la muerte un sueño acogedor, pero me preocupan las pesadillas. No, yo no soy Hamlet, yo no miro los espejos con inquietud, buscando en mi reflejo la imperfección que revele mi alma. No, nunca me han gustado las tragedias sádicas con lo obsceno a plena luz, palpitante y evidente.

Y de pronto, con una extrañeza tremenda, igual que si una jirafa u otra suerte de animal exótico hubiese entrado en la habitación, el teléfono suena. Es una rara ave cantora que me confunde y lo observo como si no lo conociera antes de alargar el brazo, tomarlo con la mano, descolgar y preguntar lo inevitable, lo aprehendido:
-¿Sí?

Es Teresa, amiga de toda la vida, hermana de batallas, audaz confesor de todos los pecados de mi vida y compañera de más de uno que hemos cometido juntos. Pregunta qué tal y respondo sinceramente; no se hace el silencio esperado, simplemente me invita a comer, concretamos el lugar, la hora y cuelgo el teléfono con una sonrisa que antes no estaba en mi cara. Ella me alegra lo justo para seguir un poco más, para sentir el impulso necesario que evita mi hundimiento. Si Soy es gracias a ella.

Me fascina la perfección sencilla de esa llamada de teléfono que ha evitado lo que muchas mujeres, amantes más intimas de mi sudor, se afanaron por conseguir o, en su dejadez, aquello que me levantaron, como enfermedad o salpullido. Recuerdo en un instante la sensación de ansiedad que tantas de esas conversaciones me dejaron, el disgusto palpitante, el insulto al borde de los labios tras colgar el teléfono. ¿Cómo puede cualquiera amar y dejar esa sensación en la otra persona? Es obvio, no había amor.

Me levanto pensando en lo que no hay que pensar, pienso en mi destino, en el punto y seguido de la narración. Pienso en el trabajo que mañana me esperará, fiel guardián que no se cansa; luego recorro el intrincado valle de lágrimas (por ser dramático en tal tema) que ha sido para mí el mundo de las mujeres, del amor hacia ellas. Confieso que las adoro, que son para mí seres extraordinarios, entes inigualables que no soy capaz de comprender del todo con mi mala disposición de hombre que no sabe oír ni ver. Las amé con fuerza y también me amaron, aunque ninguna por mucho tiempo. La única mujer que se ha quedado en mi vida ha sido ella, Teresa, siempre Teresa. Curiosamente nunca hemos sido nada más que amigos muy íntimos, que hermanos por elección. Sé, y me agrada tener esa seguridad, que ella estará conmigo en cualquier momento, transcurriendo cualquier trance. Hoy en día sería la única persona que de verdad sentiría mi desaparición de la escena, mi huida de este mundo. Lo sé porque no quiero ni imaginarme el mundo sin ella.

Y así llega el mediodía, pensando en nada, en mi vida, haciendo lo que todos hacemos tantas veces. El espejo me recibe con consideración esta vez, amablemente, mostrándome a mí mismo o una parte que yo reconozco de mí. ¿A qué se debe este cambio? ¿A Teresa? Quizás, quizás ahí esté la clave, el fondo; puede que finalmente haya que vivir por otros, en realidad es lo que hacemos cada día: vivir por otros, porque otros nos dan sentido. Los demás, ese Otro gigantesco, nos dota de coherencia. Las personas que he ido dejando atrás, las que conforman mi presente cercano o mi presente lejano, todas ellas han dejado poso; también la muerte. Sí, la muerte también ha dejado su huella. Ha sido, junto con el resto de circunstancias, una tutora como lo fueron mis padres, exactamente en el mismo modo y sentido.

Me han forjado con golpes extraños; millares de martillos que han chocado contra mi materia y me han otorgado este yo que el espejo me devuelve. Soy obra de muchos igual que soy artífice de los demás: de Teresa, del diablo de mi padre, de mis hermanas sin hermano, de las mujeres que he amado y me amaron… Es un pensamiento alegre, es una gota del licor que da sentido a nuestra existencia. La soledad no es una opción alegre, la soledad es la que hace contar mis días como placas de plomo que he de descolgar del muro blanco de mi habitación, la que me aplasta con su calor contra las sábanas.

Sin saber por qué, recuerdo a María, nuevo nombre en esta mañana, viejo recuerdo de unas semanas. En un relámpago se me aparece la luz de su cara ante ese espejo borroso. Me rendí con ella por miedo a arriesgarme, a ser feliz, a repetir errores mil veces cometidos, Ella, entristecida pero comprensiva, aceptó, sonrió como pudo y me regaló un último beso en los labios. Quizá pueda volver a intentarlo, quizá me atreva, aunque sea tímidamente, a amarla y dejar que me ame.

No lo sé, ha sido un pensamiento fugaz que me ha animado sin quererlo. Ahora, sin embargo, salgo a la calle, cojo el metro, estoy cerca del lugar marcado y Teresa me saluda a varios metros con su gran sonrisa, con su amor gratuito. María saldrá en la conversación, estoy seguro, Teresa me animará a coger el teléfono y marcar su número. ¿Lo haré? Me tienta mucho, cada vez más. La mañana gris de pronto se diluye, los abisales desaparecen con terror por la luz de verano y no hay acuosidad en mi mente ahora. Faltan muchas horas pero ya empiezo a entender que la cama hoy me recibirá de forma muy distinta; quiero creer que el sueño será más amable y me permitirá enfrentarme al guardián de los lunes terribles, al espejo que, dormido y ajado por el abotargamiento, me muestre el examen fatal de mi fondo, la monstruosidad de mi herencia.

Deposito mi fe en que mañana todo mejorará porque hoy está comenzando a cambiar para bien. Es imposible saberlo pero confío en mañana, siempre en mañana…

El buen doctor

Las calles empapadas reflejaban la luz de las farolas. El reflejo de la noche hacía más oscura la ciudad al mirarse sobre los charcos de agua. Sólo esa luminosidad amarillenta y enfermiza guiaba los ojos extraviados de aquellos valientes que vagaban envueltos en frío, en humedad, en oscuridad.

Él estaba sobre las escalinata. Algunos ya le habían visto y no podían quitarle sus ojos de encima. Era un hombre maduro de pelo oscuro, corto, peinado con la raya a la izquierda. Ya había canas resplandeciendo como firma de sus años. Llevaba perilla, bien cortada, al milímetro; en sociedad se murmuraba que dedicaba a ella más horas que a su mujer. Su cara parecía cincelada en piedra, las arrugas eran pocas pero profundas; tenía la nariz grande, una boca de labios finos y dientes blancos que en rara ocasión podían ser vistos ya que su gesto solía ser serio. Los ojos no destacaban demasiado, eran azules bajo unas cejas gruesas pero no destilaban una belleza tranquila, sino turbación, seriedad; la mayoría rehuía aquella mirada que parecía ver mucho más que la simple apariencia.

Francis se acercó a Elena con dos copas y una sonrisa pícara que bien le conocían todos.
-Parece que el buen doctor se ha animado al fin… –susurró a su acompañante ofreciéndole el vaso.

-No seas mala, Francis… –dijo la mujer alisándose el vestido- Su mujer está aquí.
-Y la mayoría de los invitados ha pasado por su bisturí.

Elena hizo una caída de ojos mientras se tomaba la aceituna de su martini.
-Sigue siendo el mejor, un maestro, el mejor de todos. No hay nadie como él.

Francis asintió, mirando la figura del doctor, que no parecía decidirse todavía para bajar los escalones y abandonar los charcos de la calle por el césped salvado bajo la enorme carpa blanca.

El murmullo de los truenos resonó. En la fiesta nadie pudo escucharlo debido al ruido o la música, pero el doctor sí pudo. El rumor le llamó y elevó la vista al cielo oscuro buscando quién sabe qué.

-Posiblemente llueva, cariño –dijo una voz conocida tras él.

El hombre se volvió sin sonreír, aunque ella sí lo hacía.
-Te hacía en la fiesta, Samanta.

La mujer borró el gesto y asintió enseñándole una pitillera que él bien conocía.
-Lo olvidé en el coche. ¿Quieres uno?

La mujer no esperó confirmación, le ofreció el instrumento abierto y el doctor tomó uno de aquellos cigarros. Ella tomó otro para así y los encendió.

Permanecieron varios minutos, observando la fiesta desde su posición privilegiada. Se mantuvieron en silencio, ambos ocupados en sí mismos, fumando con tranquilidad.
-¿Crees que nos habrán visto?

-Sí. –afirmó Samanta con una mueca- Llevan apostando toda la noche; ya creía que no venías.
-Trabajo.
-Lo imaginaba. –Afirmó la mujer.

El doctor señaló hacia delante con el cigarro.
-¿Quién es ese, Sami?

-¿Quién? Maldita sea, sin gafas no veo nada. –Hizo un esfuerzo achinando los ojos- ¡Oh! Francisco, le llaman Francis. Su padre es William, ese barón inglés. ¿Sabes quien te digo?
-El del bigote.
-Sí, el del bigote.

Samanta aspiró el humo del cigarrillo y tiró el resto al suelo. Lo aplastó con la punta de su zapato y suspiró.
-¿Por qué lo preguntas?

El doctor negó con lentitud. Bajó su mirada hacia el cigarro que se había consumido sin que apenas le prestara atención; lo lanzó a un lado sin molestarse en apagarlo.
-Tiene un rostro muy simétrico.

Samanta sonrió agarrando el brazo a su marido.
-Es guapo, sí.

Comenzaron a bajar los peldaños uno a uno, con seriedad, ella no le soltó y él no parecía incómodo con el gesto.

Cuando llegaron abajo el hombre se detuvo y miró a la mujer:
-Samanta…

-¿Sí, cariño?
-¿Por qué sigues a mi lado?

La mujer sonrió cariñosamente, se acercó a él y alisó una arruga imaginaria de su camisa.

-Porque te quiero, amor mío.

El hombre asintió varias veces:
-Yo también te quiero, Sami.

Juntos entraron a la fiesta, haciendo recaer en ellos involuntariamente el protagonismo de la fiesta. Francis y Elena ya habían terminado su martini, les observaron mientras se unían a un grupo de personas que saludaban a la pareja con entusiasmo. Samanta hacía de barrera entre ellos y el doctor, quien se quedaba retraído en una muda posición. Saludaba con un apretón de manos o dos besos, decía algunas palabras, pero no solía intervenir en las conversaciones ni tomar la iniciativa con algún gesto.
-Un tipo curioso el doctor. –dijo Francis que no le quitaba el ojo de encima.

-Siempre es así. –Murmuró la mujer- algunos dicen que se cree superior a todos nosotros, que nos considera una chusma de pueblo.
-¿Tú crees?

Elena negó, su mirada, radiante por lo general, se había vuelto un poco como la noche.
-Dicen que es asperger.

Francis le observó cuidadosamente, luego observó al resto de personas de la fiesta. Un camarero les dejó dos copas, camarero al que el joven no perdió el ojo hasta que sus miradas se cruzaron y Francis apartó la suya.
-Pues mi padre me contó otra cosa… ha escuchado que hace diez años sus dos hijos murieron en un accidente. Se mudó aquí y desde entonces no ha vuelto a ser el mismo.

Elena estaba sorprendida, fijó su vista en aquel hombre del que no se desprendía ninguna emoción. El doctor permanecía distante, ausente, como si realmente estuviera solo en algún otro lugar muy lejano.

Aunque bajo la carpa la luz era abundante y cambiaba de colores, a pesar de que el grupo musical tocaba con alegría y las personas parloteaban constantemente, fuera la noche se iba cerrando cada vez más sobre sí misma. Los truenos gruñían y anunciaban la lluvia que empezaba a caer como una cortina tupida y tranquila.

La justicia del borracho

¿Qué es la justicia? –se preguntaba aquel individuo en su caminar por las avenidas de la ciudad dormida. Buscaba un portal conocido, una casa que pudiera decir que era suya, en la que la llave que mantenía firmemente aferrada dentro del bolsillo izquierdo encajara. De momento no había suerte, no conseguía distinguir una sola esquina de entre las demás, para él, borracho de ese líquido casi sagrado, todo era igual y la orientación era poco más que un asunto mítico.

Se dejó caer en una escalera, con los pies destrozados de caminar. Se quitó los zapatos y suspiró groseramente, aliviado.

¿Qué es la justicia? –se repitió en un pensamiento, con esa idea que le llevaba carcomiendo todo el día en la cabeza. Él no era filósofo, ni tenía una especial tendencia a pensar y considerar las cosas. Si había llegado a aquella pregunta se debía a la lógica consecuencia injusticia-justicia, debido a asuntos que le habían sucedido en aquel mismo día.

Él, que se creía alguien decente, amigo de sus amigos (según decía), divertido (con esa humildad de los que se lo creen), guapo y bastante inteligente, había recibido una noticia que no creía merecer. En realidad era algo sencillo: su novia le había dejado. Pero no podía creerlo, aquello le indignaba y cuando llamó a sus amigos para salir a emborracharse ocurrió una cosa inaudita que no lograba explicarse, nadie se había apuntado. Sólo uno le quiso acompañar a cenar, pero el individuo se negó tajantemente, sólo le interesaba beber, fiel a ese dogma adolescente de que “el alcohol es causa y remedio de todos los males del mundo, quizá incluso del universo”.

Se enfadó, apagó el móvil y lo dejó en su casa consciente de que posiblemente llamase a Laura, su novia, para decirle que era una puta, una zorra y que le daba igual quién le metiese la polla. A él lo único que le importaba era que le devolviese sus cosas. Sí, eso habría dicho y realmente no estaba muy falto de razón (en el asunto de la llamada, no sobre la chica) en esa agudeza de la que dota el vodka polaco. Efectivamente él, hombre de ciencias (ciencias en tanto y cuanto que había estudiado una ingeniería), aficionado (experto, según él mismo) al fútbol, Don Juan como ningún otro y etcétera y etcétera de sesgados y tópicos adjetivos que sus propios ojos le convertían en un partidazo, él tenía a aquella novia como lo que cabría de esperar de alguien como él: como algo bonito que llevar del brazo, algo que follarse para fardar con sus colegas, algo inferior sobre el que gozaba ejerciendo una fascinación que él pensaba como increíble y que resultaba de lo más común.

Un adjetivo adecuado para este individuo sería el de “baboso” o quizá el de “tópico”. Un chulo que siempre se había creído más que nadie y que ahora, a tontas, sin saber siquiera qué significaba la palabra, se preguntaba qué era la justicia.

Pero si el mundo fuera justo, si diese a cada cual lo que se merece por sus aptitudes, por su esfuerzo y, sobre todo, por sus sentimientos e intenciones, si lo hiciese el individuo que ahora se siente el protagonista más perdido y desgraciado de todas las películas del mundo estaría mucho peor, jamás habría encontrado una mujer como la que había disfrutado los meses que duró la relación, jamás habría acabado una carrera que no merecería acabarse de manera tan fácil por alguien sin gran inteligencia. Ahora ese individuo merecería no tener ni nombre para indicar su existencia ya que sería algo del todo inútil hablar sobre él de no ser para ejemplificar cómo no debe ser una persona.

Desgraciadamente para el mundo las sociedades están llenas de estos individuos planos, sin inquietudes, egoístas, que denigran a la propia raza casi por el hecho de existir, borregos y burros que se salvarían de una merecida hoguera cambiando únicamente ese “gen egoísta” que ha podrido sus vidas.

¿Qué es la justicia? –se sigue preguntando el individuo gozoso de su decadente aspecto, gozoso de su filosofar (el cual cree estupendo y digno de estar impreso en un libro), feliz por poder fardar (de nuevo) de esta pequeña “aventura” que luego dirá que le ha enseñado mucho y le ha hecho ver nuevas facetas de la vida. La terrible realidad, sin embargo, es que se limitará a seguir preguntándose sobre la justicia, pero jamás logrará dar una buena respuesta.