La invención de la soledad

  • Maquetaci—n 1Autor: Paul Auster
  • Traducción: Mª Eugenia Ciocchini
  • Editorial: Anagrama

 La invención de la soledad habla de la relación entre padres e hijos, de la escritura, de la memoria, y de la soledad, claro. Auster divide el libro en dos partes, Retrato de un hombre invisible y El libro de la memoria.

La primera parte comienza con lo que origina la escritura del libro: la muerte del padre del autor. Es una reflexión novelada sobre cómo comprendió y sintió la muerte de su padre. Es una especie de biografía, o mejor dicho, un compendio de todo lo que sabía de él, un ejercicio que muchos escritores realizan tras la muerte de algún ser querido. ¿Por qué? Porque es la forma de explicarse a sí mismos la desaparición de alguien. Cada quien se refugia en lo que sabe.

La segunda parte habla de su propia soledad, el estilo cambia, se pasa a una falsa tercera persona, el protagonista queda bajo la óptica de la ficción y parece que no es Auster, pero es él más que antes. Quizá, es sólo una hipótesis, la muerte del padre, la soledad congénita que este padecía con alegría y por propia elección, el aislamiento en el que se introdujo siendo niño, hicieron pensar al escritor sobre sí mismo. Al fin y al cabo la paternidad multiplica a los hombres y arrastra sus defectos, sus miedos. Así que Auster se encuentra observando a su hijo y pensando en su vida.

Una y otra parte hacen reflexionar al autor sobre la escritura y la memoria, pues al fin y al cabo está desgranando distintos momentos de la vida de su padre y de la suya propia. Recuerda y escribe y entre ambas acciones parece establecerse una relación que no termina de comprender. Ahonda en ella para ahondar en sí mismo.

No es el mejor libro del norteamericano, pero es uno muy sincero. Para quienes han leído otras de sus novelas puede ser especialmente interesante, pues se revela aquí el origen de algunas de sus obsesiones y vivencias personales, esas que se encuentran en todas sus novelas. París, por ejemplo. El estilo es el que nos tiene acostumbrado, sencillo, aunque quizá algo ceniciento aunque tratando el tema que trata puede se inevitable. Está bien escrito, pero hay que encuadrarlo en el género difuso al que pertenece para así poder disfrutarlo. La invención de la soledad está publicada en la colección Otra vuelta de tuerca, y parece muy pertinente indicarlo, ya que se trata exactamente de eso, una vuelta más en la obra de uno de los autores más leídos de la novela norteamericana de hoy en día.

“Una palabra se convierte en otra, una cosa se transforma en otra distinta. De esta forma, se dice, funciona del mismo modo que la memoria. Imagina una inmensa torre de Babel en su interior y un texto que se traduce a sí mismo en una infinidad de lenguas distintas. Las frases surgen de él a la velocidad del pensamiento, y cada palabra proviene de una lengua distinta; mil idiomas que gritan a la vez en su interior, con un clamor que resuena en un laberinto de habitaciones, pasillos y escaleras, cientos de pisos más arriba. Repite. En el ámbito de la memoria, todo es lo que es y al mismo tiempo algo más. Y entonces descubre que lo que intenta registrar en su Libro de la memoria, todo lo que ha escrito hasta entonces, no es más que la traducción de uno o dos momentos de su vida, aquellos momentos que vivió en la Nochebuena de 1979, en su habitación del número 6 de la Valle Varick.”

 

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Desde una torre de marfil

Borges fue el arquitecto de la biblioteca. El argentino era heredero directo del gran creador de laberintos, era Dédalo mismo, reencarnado. Borges vivía en una torre de marfil, una inmensa, que tomó mayor definición a la llegada de su ceguera. La negrura trajo consigo el infinito espacio donde se sentía acogido. La lectura pasó a ser rememoración y escucha, la escritura palabra, y lo único inalterable fue su pensamiento.

Las torres de marfil siguen elevándose hoy. Si alguien pudiera verlas, mostrarían un mapa mundial lleno de finas agujas blancas, elevadas al nivel de los rascacielos. Edificios sin ventanas, llenos de posibilidades, rectos y verticales algunos, otros largos y curvos como los tallos de una planta. Y arriba, en la cúspide de la torre, a modo de una flor abierta, un mirador con un escritorio desde donde pueda verse el horizonte. Torres de marfil que nacen en pequeñas habitaciones de residencias universitarias, donde el escritor se enajena del mundo ante su papel y su ordenador. Torres de marfil cuyos pilares se asientan en la casa paterna, donde el compositor intenta ordenar las notas en el orden adecuado para fabricar una melodía, un ritmo, un sonido o también un silencio. Torres de marfil con troncos surgidos de las bibliotecas públicas, de casas ancestrales ocupadas por una soledad dolorosa, y sin embargo buscada. Escaleras de nácar ascendiendo hacia ese vacío deseado desde los parques donde uno mira la nada durante horas, desde los cafés donde la tristeza enfría la taza.

Pero también hay torres desmoronadas, con grandes pilares hundidos en la tierra, raíces de piedra retorcida y mezclada con la hiedra. Torres sin mirador, sin escritorio entre las nubes, cortadas a media altura con un tajo torpe. Son edificios más subterráneos y cerrados, como si fueran una broma de arquitecto. Borges nada supo de estas torres que no figuran en el ajedrez. Como habitantes de las ruinas hay algún poeta desconsolado, sin amor, sin amigos, perdido en su mundo lírico y lleno de ideas; también hay filósofos incapaces de dejar un libro sin tener otro en la mano; hay pintores con sus habitaciones cubiertas, capa sobre capa, de escenas mil veces soñadas; hay escultores deshechos en lágrimas, entre fragmentos de rostros pétreos, por no ser Pigmalión y no haber hallado a Galatea. Pero los escritores son los peores, criaturas sentadas ante una mesa desvencijada, abriendo sus alas descomunales en la oscuridad, igual que lo hacía Holan con su poesía; son ángeles caídos, criaturas transformadas en demonios. Clavan sus dedos en la madera mientras se acercan y se acercan al papel, hasta acariciar la superficie con la mejilla. Mantienen los ojos abiertos cuando la pluma rasga la página, pero siempre escriben aquello incomprensiblemente alejado de su mundo, de su historia. Quisieran –más de uno ya lo ha hecho, presa de la frustración– clavar la pluma, esa aguda y decepcionante punta, en sus propios ojos, en medio de la pupila o del blanco virgen que se anegaría rápidamente de tinta negra y sangre. Hundir así, a picotazos, el instrumento de la creación, hasta destruir esos órganos capaces de espiar en los espejos. Después entran en la oscuridad sin lavarse, con las córneas despellejadas y las retinas deshechas, abandonándose entre las ruinas de su torre para esperar el silencio sin capacidad de escritura. Solos en medio de nada, conscientes de su monstruosidad, de la degradación con la que llamarán en un grito a la muerte. Algunos se lanzan a las chimeneas, se dejan consumir en un dolor sin descripción, inspirador de gestos tan violentos que sus patadas y manotazos terminan por mover alguna piedra de la torre, de la ruina; esa minúscula desviación es suficiente para dejar sin equilibrio todo el edificio, derrumbándolo sobre el cadáver ennegrecido. Otros encuentran nuevamente la pluma y saben utilizarla como puñal directo al corazón o tal vez en la garganta. Los menos ven, en lo alto del edificio, una manera de jugar a ser Ícaro, hijo del arquitecto. Violencia de la desesperación, sadismo amargo.

Son lugares difíciles esas torres de marfil. Lo que para unos parece un santuario, para otros puede transformarse en su tumba. Sus salas laberínticas, llenas de libros y espejos, llenas de recuerdos y de pasarelas que a veces conectan con el mundo, son espacios donde las monstruosidades de cada uno surgen, pues son convocadas por el silencio y la reflexión. Pero hay poetas y pintores y compositores y escritores, que ganan la batalla contra los espejos y pueden asomarse a la cúspide de su torre desde habitaciones de residencia, desde casas alquiladas. Algunos son débiles y mueren o se pierden a sí mismos, otros tienen la fuerza necesaria para resistir, continuar y ver desde su mirador las constelaciones arriba y abajo el mundo del cual son parte, sobre el cual escriben o pintan o componen.

Entrada Nº1: Dudas y miedos

Inauguro esta sección “cuaderno del autor” con una entrada bastante íntima, aunque tenga que ver con el mundillo de los libros, al fin y al cabo el miedo es una de las cosas más personales que tenemos.

El otro día me encontré por internet un artículo sobre Joe Dunthorne. No creo que os suene, la verdad es que yo no lo conocía y su carrera ha despegado hace apenas un año. Este hombre de veintinueve años se presenta como una bocanada de aire fresco para el mundillo literario. Yo no he leído nada suyo, “submarino” su única novela hasta la fecha, acaba de llegar a las librerías españolas. Leyendo el artículo me vino a la mente el sobrevalorado Paolini, autor de la saga “eragon”, que al final no ha tenido la repercusión que prometía (aunque desde mi punto de vista tan poca atención es merecida y aún me parece demasiada) Sea como fuere, Paolini publicó a los veinte añitos, es cierto que su padre era editor, que su abuela le corregía los textos y que no tenía la carga de acudir a clase ya que su madre se las impartía en casa, pero aún así llama la atención esa fecha tan resplandeciente: “veinte años.”

Yo tengo veintiuno, casi veintidós y también tengo una comezón en la cabeza hacia la publicación. La verdad es que escribir no es tan “fácil”, requiere mucho tiempo, requiere tu vida entera. Me explico: uno cuando va por la calle, cuando está echado en la cama, cuando cocina o se encuentra sin su atención prendida de algo concreto, divaga. Puedes pensar en tu perro, en tu pareja, en qué harás el domingo o cualquier cosa, pero un escritor, o al menos ese es mi caso, trabaja durante ese tiempo. Un escritor piensa en sus historias, en sus personajes porque siempre lo tiene presente. Hace no mucho me comentaba un amigo que a su vez un amigo suyo tenía que salir del salón porque su mujer le echaba la bronca cuando estaba en el sofá sin hacer nada; el hombre, que es escritor, se quejaba porque hacía lo mismo en el sofá que en su despacho, es decir, pensaba. Y es que se trata de una obsesión que te persigue todo el día, que siempre se mantiene ahí murmurando, cambiando detalles insignificantes pero que son importantes; es una eterna actualización necesaria para los que escribimos. Hay que darse cuenta que esto significa que nuestra vida está estructurada en torno a la escritura, entonces no le sorprenderá a nadie que yo ahora pueda pensar en si me compensa tanto tiempo invertido. ¿Cómo encontrar la respuesta? La verdad es que es algo que a mí me trae un poco por la calle de la amargura y aquí retomo con lo que empezaba.

La publicación además de todas las alegrías que puede traer por sí misma, es también una confirmación para el que escribe de que lo está haciendo bien. Es decir, que se valore la calidad de un texto tanto como para ser digno de publicación nos confirma como escritores. ¿Cómo voy a llamarme escritor yo, que nunca he publicado nada más allá de los muros de Internet? Si no existe un filtro por el que haya que pasar bien podría yo ser un mero juntaletras sin futuro. Las pocas veces que me he aventurado a enviar textos a algún concurso o revista se me ha ignorado, quizá este texto venga a razón de eso. Escribir es “duro”, podría estar dedicando mi tiempo a otras muchas cosas, podría haberlo dedicado a otras ya en el pasado y tengo miedo a enfocar mi vida hacia algo en lo que quizá no sea bueno, porque por mucho empeño que uno le ponga a veces si no se tiene el talento no hay nada que hacer. El esfuerzo es importante, pero no lo es todo.

Es muy cierto que uno puede mantener el escribir como un hobby, al fin y al cabo hay autores que no publicaron hasta los cuarenta (Michon, Hemingway…) pero, al margen de esa verdad, uno no puede olvidarse rápidamente de “sus sueños.” Además, para mí si no escribiera o si lo relegase a un lugar más alejado de mis intereses, mi vida debería cambiar radicalmente y eso tampoco es fácil.

Así que aquí estoy y, visto lo visto, os dejo para irme a leer un poco a Marcel Proust y hago mía la frase que le dedicó Virgina Woolf: ojalá pudiera escribir así.

Pensamiento nocturno

Son las cinco de la madrugada y no puedo dormir. He descubierto que la noche es más fría cuando está a punto de amanecer; lo acabo de comprobar, me he sentado en el balcón arropado por una manta, observando como se tejía poco a poco la niebla, y he sentido un frío, que en mis otras visitas a ese asiento nocturno, no había encontrado.

Me entretengo con nada. Soy algo tan nimio que me pregunto muchas veces por qué hay personas que siguen preguntando por mi estado de salud o de ánimo cuando este nunca cambia, cuando siempre permanece tal cual es, vencedor ante todo obstáculo que se le ponga por delante.

En realidad he salido al balcón por lo mismo que estoy escribiendo estas páginas, por soledad. Me he encontrado en mi habitación, sentado, lleno de insomnio, observando el salón tras la puerta abierta donde la luz de las farolas ilumina la mesa y el sofá blanco. Me ha sobrecogido la falta de vida de este lugar, lo vacío que está todo, como una casa de muñecas que permaneciera para siempre en un museo, acumulando polvo sobre unos muebles que nunca se han de mover porque creemos que están bien así.

A veces la noche es como una enfermedad de la que no nos podemos librar, que hemos de padecer sabiendo que en el tiempo está la cura, confiando en que con el nuevo día llegue la salvación. ¿Triste, verdad? Pues esta es la realidad de muchos, o así quiero creerlo yo para no desfallecer, me niego a juzgarme como el único naufrago de este mundo, pues otros han de haber como yo en este mismo momento. Estoy seguro de que en algún lugar, quizá en la propia ciudad en que escribo estas líneas, hay un hombre o una mujer tan solitario como lo estoy yo. Me los puedo imaginar perfectamente: él sería un hombre de cuarenta y muchos, sentado frente al televisor apagado, espiando los rayos artificiales que se cuelan en su salón; la mujer estaría envuelta en una bata, posiblemente de color verde, con el pelo desecho sin importancia y con las zapatillas colgando de sus pies, ella estará bebiendo una infusión o fumando un cigarrillo en la cocina con la luz encendida, llenando la noche de artificial amarillo para combatir la negrura exterior. Los dos se levantarán a veces y caminarán hasta la ventana por donde podrán ver, si tienen suerte, una calle donde pasearán borrachos, prostitutas y jóvenes en bicicleta. Podrán envidiarlos y por ese hecho, ese pecado que nuestra religión ha descalificado, serán precisamente salvados de la demencia, del final. En esos anónimos ellos podrán sus antagonismos, se pegarán a sí mismos y sentirán lástima por sus pobres cuerpos fofos, envueltos en pijamas holgados para disimular su decadencia. Ellos son como yo, por eso me los imagino. Hace mucho que perdieron las ilusiones y el amor por sí mismos, todo se marchitó, se apagó cuando el desencanto por todo llegó hasta el último límite. ¿Hay alguien que quiera creer que esa mujer amargada una vez fue una dulce niña que cuidaba de su madre enferma? ¿o que ese hombre fue aquel joven prometedor lleno de sueños de futuro y de energía para emprender su propio negocio? ¿Alguien se creería que yo una vez quise ser pintor? No, nadie puede creerlo porque nosotros mismos pensamos que todo eso es mentira.

También sé que en algún lugar de esta ciudad hay personas besándose, haciendo el amor torpemente o con pasión. Entre los millones de habitantes de este lugar habrá también quien llore amargamente y seguro que al menos una persona ha dejado de respirar en medio de un sueño apacible. La noche esconde muchas historias, todas comunes, cotidianas, diarias, que se repiten cada jornada, pero que a la vez son individuales y distintas en sus detalles. Por eso me gusta sentarme en el balcón y mirar los edificios dormidos donde de cuando en cuando se abre un ojo amarillo y una silueta se mueve al otro lado. Me hace sentir insignificante y eso, por extraño que parezca, me agrada.

La luna hoy sólo es un gajo en el cielo, algo rojizo, afilado como si fuera una cuchilla o un símbolo sagrado. No sé por qué me he fijado en ella pero lo he hecho; una casualidad, supongo. Me siento cansado, aburrido. No sé que hacer y noto… noto que mis palabras se vuelven incoherentes. ¿Por qué escribo? ¿Para quién? Esta segunda pregunta es muy importante… ¿Para quién escribo? Quizá sólo lo haga para ahuyentar el miedo y la soledad, para ahuyentar a la muerte. Entonces quiere decir que escribo para la muerte, para la nada; escribo para nada. Es el mismo método que imagino en mis dos iguales, ellos miran por la ventana y yo a ratos necesito escribir, llenar de negro un papel blanco, como si al hacerlo pudiera limpiar mis venas del veneno.

Pero ya es tarde, muy tarde y yo he de volver a la cama porque mañana quiero hacer cosas necesarias, cosas que hay que hacer. Suprema frase esa que nos domina toda nuestra vida. Estoy agotado de luchar y ahora sólo admito la derrota y me dejo llevar por las corrientes de un lado a otro, esperando que algún día me lleven a mi lugar. Un paisaje que quiero creer, porque no he perdido del todo la esperanza, que será mejor.

El ángel negro

Vladimir Holan es el ángel negro. Y uno se imagina a ese autor circunspecto y oscuro encerrado en su casa, desplegando las enormes alas de plumas negras, plumas de cisne, lustradas, limpias, brillantes en la semioscuridad de su cuarto. Mientras, Holan se inclina sobre su escritorio de madera y escribe, serio, mojando la pluma una y otra vez, rasgando en ese papel que se acumula por todas partes. Escribe todo lo que se le ocurre, todo, en cualquier estilo. Escribe poesía y frunce el ceño, gruñe y sus alas tiemblan cuando no está de acuerdo con esos versos. Pero Vladimir se levanta, aferrando el papel con la tinta aún fresca y lo lanza a las llamas eternas de su chimenea, donde ve como esa negra mancha se diluye, corre por el papel y luego desaparece, arde y no deja nada más que cenizas. Holan sonríe de placer, sus alas tiemblan de nuevo, abre las plumas gozoso y agita un poco el aire a su alrededor, levantando el polvo que se adivina aquí y allá.

Lentamente vuelve a su trabajo, recoge las alas antes de sentarse y escribe, pero no muy convencido, titubeante, hasta que encuentra la inspiración, hasta que su infierno se revela ante sus ojos de ángel terrible y suspira, aliviado, con la tinta cargada en su pluma. Escribe, de corrido, sin detenerse, sin corregir y sus alas se abren cuan grandes son, adquiriendo una enorme envergadura que le dota de esa magnificencia terrible que el representa. Brilla, con el toque de Dios, de un Dios en el que no cree, con el toque diabólico de esa fuerza malvada que en su corazón late. Pero la maldad tiene muy mala prensa, no sólo lleva a los asesinatos, sino que acerca nuestra alma a lo sublime. Vladimir Holan estaba muy cerca de esa fuerza aterradora que es lo sublime, esa potencia que asusta a muchos con razón.

Escribía mucho, escribió grandes volúmenes donde se acumulaban sus palabras, la trama increíble sólo la podemos imaginar, ya que no queda nada de ella. Lo hacemos. Pensamos en un hombre, una quintaesencia de sí mismo, su alterego maldito o bendecido, según se mire, que vaga por un mundo que odia, que no entiende y por el que no es comprendido. Holan debió de crear esos personajes: lobos de hombres, trascendentales genios ínfimos en la sociedad, apaleados por la ignorancia de la gran masa, hombres que temen a su mundo y se esconden de él. Un mundo que también le produce un profundo desprecio, un asco que se ve obligado a adjetivar como primigenio, porque lo siente así. Quizás, por qué no, escribió precisamente sobre un ángel negro, un emplumado, un mesías de un salvador exiguo; fue ignorando, apedreado por las tropas de Lenin o aplastado bajo las botas de los nazis, quienes marcaron sus alas con esvásticas al rojo vivo. El ángel del régimen, expuesto en Berlin, disecado, con los ojos vítreos clavados en el posible espectador para siempre, regio, con sus alas bien abiertas con esos símbolos de odio con sus contornos quemados.

Pero vemos luego, creemos ver, al propio Holan irguiendose, satisfecho, con ese aura de semidiós agrupando las páginas de sus novelas, releyendolas por encima, levantándose de su silla y lanzando todo a la chimenea, dejando que ardan las resmas de papel, las llamas consumen la materia con satisfacción, paladeando el papel por la calidad de esa mancha de tinta que desaparece lentamente pero que a su autor no le terminaba de convencer. La perfección de Vladimir devoró a sus personajes, los consumió y los envió al infierno de su chimenea, les condeno al olvido, conservando tan sólo el recuerdo de su existencia hasta que él murió. Entonces esos personajes, que adivinamos grandes, fueron engullidos por la nada más absoluta, como si nunca hubieran existido, menos que cenizas, pues nadie conserva su recuerdo.

Y ahí dejamos a Holan, concentrado en su tarea, exiliado entre sus muros de libertad, ora plegando sus alas ora desplegandolas, con sus plumas palpitantes, su ingenio terrible, su mirada feroz y la mudez de su rostro mientras nos mira directamente sin decirnos nada, expresandolo todo e invitándonos a irnos, a desparecer tras la puerta para huir de él, al mismo tiempo nos da la bienvenida a su santuario, a su sala particular del infierno, donde siempre arde esa chimenea devoradora de genio. Después el ángel negro cierra la puerta y quizás sonría o quizás no.

El extranjero

Lejos, en algún horizonte ajeno a lo conocido, extremadamente lejos de su ventana y a tiro de avión, se encontraba aquel que jugaría un papel decisivo en el discurso de su vida, una piedra angular sobre la que construiría su futuro. Aquella persona, aunque él no lo sabía, aparecería tres años después, no muy lejos del punto que tan ciegamente miraba ahora, absorto en pensamiento de poca o ninguna importancia. En efecto, en aquella esquina se chocará con el extraño del que ahora no conoce su nombre. Se disculparán, recogerán los objetos caídos y sonreirán nerviosamente. El extraño tenderá la mano y se presentará, el otro la tomará musitando también su propio apellido y así ambas historias, ambas vidas se juntarán, pero lo harán de forma muy distinta. Mientras que el extranjero será decisivo para el oriundo, este pasará sin dejar rastro en el extranjero, de esa manera que las personas que no importan en nuestra vida pasan, es decir, sin hacer ruido, sin dejar grandes recuerdos. Para el oriundo será una desgracia cuando el extranjero desaparezca exactamente 853 días después del encuentro, es decir, casi dos años y medio más tarde. Será en Diciembre, lo que provocará que durante esas navidades y algunas más de las siguientes, el oriundo tenga un sentimiento muy desfavorable hacia las fiestas. Las detestará y se refugiará en su trabajo, quizá por ello sea tan decisivo el haber conocido al extranjero.

Pongamos que el oriundo es poeta, o mejor escritor, ya que los primeros son algo anacrónicos hoy en día, sea escritor pues. La repentina desaparición de una persona tan importante para él como el extranjero supondrá un aluvión de sentimientos y pensamientos que no será capaz de dejar salir de una mejor manera que con la escritura. Por ello, en esas vacaciones en que se sentirá sólo y marginado del resto de la sociedad, (e incluimos su familia) se dará a la escritura como algo purgativo y un tanto demencial, sin dormir, malcomiendo, viviendo como un autentico animal, lo que a sus veintitantos años será un algo desagradable y quizá demasiado extraño a ojos de la mayoría. Esa, esa será su opera prima, su primera gran obra, fruto amargo de un corazón roto por la perdida de una persona ajena a su mundo y tan importante como para nuestro planeta es ese satélite gris mate que gira alrededor de él.

¿Y si no fuera escritor? Pongamos que músico y entonces compondrá una pieza maestra, chirriante, diáfana o quizá extremadamente calmosa y llena de pequeños puntos de sonido como estrellas estallando, digna herencia de Varèse, Boulez o Grisey.

O quizá fuera escultor, o pintor y nazca así una obra digna de un neo-Rodin o un Rothko lleno de sentimiento y con una reflexión profunda y oscura como el final de Van Gogh.

¿Y si nada tuviera que ver con las artes este pobre oriundo de corazón desgajado? No quiero imaginarlo. Posiblemente, lo más probable es que cayese en una de esas espirales finitas, pero muy larga, oscura, nada iluminada; laberinto de soledad y tristeza del que saldrá difícilmente si el sentimiento fue verdadero o tendrá la suerte de pasar con pies ligeros si fueran mentira los 853 días en que el extranjero estuvo en su vida. Quizá esa sea la doble querencia que el oriundo le deba a su arte, una parte por saber sentir y la otra por saber salir de ese sentimiento.

¿Y al ajeno? A él sólo piedras y la vida tranquila.