Madrid, la milla del arte y la monarquía

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Enero de 2016. También publicado en su versión digital aquí.

En enero hablamos de Barcelona y su reciente designación cono ciudad literaria, hoy nos fijamos en Madrid por aquello de las dualidades. Si la ciudad condal ha recibido tan prestigiosa denominación, Madrid, por comparar, podríamos considerarla como ciudad museística.

Uno de los grandes problemas de la capital española siempre ha sido la ausencia de un icono que la represente y atraiga interés turístico. No existe un monumento o edificio “incontournable” (imprescindible) capaz de atraer como lo hace Gaudí y la sagrada familia en Barcelona o el museo Guggenheim en Bilbao o incluso la ciudad de las artes y las ciencias en Valencia (no entremos en lo idóneo del proyecto o de la arquitectura) Madrid no cuenta con algo así, pero dispone de un atractivo que ha sabido implementar en las últimas décadas: su potencial museístico.

La pretensión de la ‘milla del arte’ de la capital es similar a la de Berlín, con su isla de los museos y pretende aglutinar en un mismo espacio urbano varios equipamientos dedicados, sobre todo, al arte plástico y visual. De esta milla destacan el museo del Prado, el museo Thyssen-Bornemisza, el museo Reina Sofía y el recientemente renovado museo Arqueológico Nacional. Junto a estos, otros muchos equipamientos públicos y privados, tanto expositivos como galerías de arte, han ido creciendo con ese fin difuso de ofrecer un recorrido cultural de amplio interés.

Durante los últimos años han existido varios proyectos polémicos, como la fundación que Norman Foster nunca se decidió por establecer o el extraño caso del museo de las Artes de la Arquitectura, Diseño y Urbanismo, empeño personal del arquitecto Emilio Ambasz, cuyo estado actual ignoramos.

Sin embargo, existen dos proyectos de gran importancia que sí han madurado, el primero es la ampliación del museo del Prado al Salón de los Reinos (antiguo museo del Ejército y resto del palacio del Buen Retiro) cuya fecha de inauguración se estima para 2019, si bien todavía se encuentra en fase de concurso para elegir el proyecto de rehabilitación más adecuado; eso sí, dentro de unos márgenes presupuestarios bastante reducidos (menos de 90 millones de euros, según las últimas estimaciones) El Salón de los Reinos completaría de este modo el ‘campus’ del museo del Prado, algo que no puede sino revertir en mayor interés para la gran pinacoteca española.

Velázquez nos vigila, por Jorge Fernández Ruiz

Velázquez nos vigila, por Jorge Fernández Ruiz

Pero el gran proyecto (por faraónico), que se inaugurará este mismo año, es el museo de la Monarquía, un espacio de 40.000 metros cuadrados que pretende acoger las colecciones reales. El proyecto ha resultado muy polémico debido al coste desorbitado (160 millones de euros) que ha consumido en un contexto de fuerte crisis económica. Para mayor escándalo, dentro de las colecciones reales se encuentran cuadros tan extraordinarios como ‘El jardín de las delicias’, del Bosco, o ‘El descendimiento de la cruz’ de Van der Weyden, que el nuevo museo reclamó al Prado. El grado de absurdo es enorme, pues la fuerza museística de Madrid tiene su clave en el mismo museo del Prado, arrebatarle alguna de sus obras maestras es una locura absoluta, a nadie se le ocurriría pedir al museo del Louvre que enviase ‘La Gioconda’ a otro lugar. Afortunadamente las negociaciones entre ambos equipamientos llegaron a una solución lógica y las obras citadas, junto a otras de enorme valor, seguirán donde deben estar, en los salones del museo del Prado. En contrapartida, el museo de la Monarquía recibirá otras, que podrá exponer en calidad de préstamo. Todavía cabe cuestionarse sobre la idoneidad de este museo, más allá de su carácter publicitario de cara a la institución, pues como equipamiento cultural no parece a priori muy lógico. Habrá que ver si el tiempo le dota de coherencia.

Madrid sigue promoviendo el desarrollo de su sector museístico y la estrategia es sin duda acertada, pero sigue enfrentándose a un problema bastante grave de valoración con el público patrio. Además de la inversión en nuevos espacios, Madrid necesita establecer un plan de educación y fomento de su riqueza artística, pues de otro modo los madrileños no dejarán de mirar esos suntuosos edificios con desconfianza. Como suele ser habitual, este ejemplo concreto de la capital española es fácilmente extrapolable a todo el país.

Velázquez y Goya, por Jorge Fernández Ruiz

Velázquez y Goya, por Jorge Fernández Ruiz

Anuncios

La lluvia amarilla

  • lluviamarillaAutor: Julio Llamazares
  • Editorial: Booket

¿Qué haríamos si fuéramos la última persona del planeta? No, La lluvia amarilla no es un texto post-apocalíptico, pero tiene ciertas semejanzas, la pregunta puede ser digna de hacerse y la lectura de La lluvia amarilla da una respuesta, quizá la más sincera y sencilla.

Andrés se ha quedado sólo en Ainielle, un pueblo perdido en medio de los pirineos, aislado cuando caen las nieves en invierno. Poco a poco la gente se ha ido, ahora él asiste a los últimos años de su vida tras la muerte de Sara, su esposa. No tiene más compañía que la perra y junto a ella asiste a la paulatina destrucción del pueblo, reconquistado por la naturaleza. En consonancia con el deterioro, Andrés también es testigo de su propio final, ya es un anciano y sus últimos días también serán los últimos días de Ainielle, luego el pueblo dejará de existir en los mapas, quedará sólo un recuerdo, un montón de ruinas para los excursionistas.

Julio Llamazares escribe sobre la muerte y el abandono, sobre la soledad, pero ante todo La lluvia amarilla habla de la memoria. El único ejercicio que Andrés puede hacer durante los años que van transcurriendo es recordar. Su memoria viaja a todos los acontecimientos de su vida, lo hace desde la cama donde va a morir, un aviso inicial que no resta de interés a la narración. Recuerda todo lo ocurrido en Ainielle como si le contase su historia a un espectador fantasmal. Su narración es el testimonio de un mundo rural casi desaparecido, una sociedad donde la cooperación entre sus distintos individuos regía el modo de vida.

La novela de Llamazares es un texto narrado en primera persona, coloca al lector en la misma habitación donde muere Andrés para que éste le cuente su historia, las palabras del anciano van llenando la estancia de imágenes y colores. Es, sin duda, una novela crepuscular, pero esa caída de sol tiene una tonalidad magnífica gracias al lenguaje empleado. Llamazares ha sido capaz de crear un texto sencillo en el estilo, pero muy complejo en su estructura temporal (con abundantes asociaciones de eventos) que sin embargo articula con maestría, creando un relato capaz de evitar la linealidad, un defecto donde podría haber caído fácilmente debido al tipo de historia elegida. Se trata de un libro envolvente, todo un paisaje literario desplegado para contar la historia de una vida y de un pueblo, demostrando así cómo el lugar condiciona el desarrollo de las personas. La sensibilidad que Llamazares demuestra se traslada fácilmente al lector, quien podrá emocionarse con la belleza de las palabras.

«La herrumbre del cerrojo, al rechinar bajo el empuje de una mano, bastará para romper el equilibrio de la noche y sus profundas bolsas de silencio. Como asustado de sí mismo, el que se atreva a hacerlo regresará sobre sus pasos y el grupo entero se quedará paralizado, inmóvil, en silencio, escuchando la angustiosa sucesión del eco por el pueblo. Por un instante, pensarán que aquellos golpes nunca más van a volver a detenerse. Por un instante, llegarán a temer que Ainielle entero se despierte de su sueño –después de tanto tiempo- y los fantasmas de sus antiguos habitantes aparezcan de repente a la puerta de sus casas nuevamente. Pero pasarán los segundos, lentos, interminables, y ni siquiera en esa casa, en la que tal aparición sería esperada, ocurrirá absolutamente nada extraño. El silencio y la noche volverán otra vez a adueñarse del pueblo y el resplandor de las linternas se estrellará contra la puerta nuevamente sin encontrar el brillo acorralado de mis ojos frente a ellas»

Enhorabuena a los premiados

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Noviembre de 2014.

Llevamos años moviditos con los Premios Nacionales, a este paso la gente va a advertir de su existencia, porque, en realidad ¿alguien se entera de su convocatoria? Acaso hay quien lee los ganadores de pasada por el periódico, pero uno no vuelve a recordar que existen dichos premios hasta el año siguiente en su ojeada matinal del diario de turno. Los premios Nacionales son casi desconocidos para la población ajena a los distintos gremios, cosa curiosa, pues deberían tener una importancia mucho mayor para nuestro país, al fin y al cabo reconocen la labor de los artistas patrios como ningún otro hace. Últimamente, sin embargo, ganan algún otro titular.

Quizá entre ustedes haya quienes se han enterado del escándalo montado en torno a Jordi Savall, ganador del Premio Nacional de música en la modalidad de interpretación. El señor Savall, igual que Javier Marías hace ya dos años, rechazó el galardón. La diferencia entre uno y otro es que mientras Marías lo hizo en el mismo momento de recibir la llamada, Savall tardó un día en digerirlo. Esto no ha sentado muy bien en la profesión, que ha desarrollado las más diversas teorías. Se esgrime, por ejemplo, que Savall aceptó la medalla de oro del parlamento de Cataluña dos semanas antes, y al comparar ambas distinciones algunos ven perfilarse cierta idea nacionalista. Un golpe más para ir en ese camino, vaya. Savall lo niega, y en su carta dirigida a José Ignacio Wert argumenta su decisión debido a la falta de apoyo durante muchos años de distintos gobiernos, junto a las actuales políticas culturales del equipo liderado por Santamaría… perdón, por Rajoy. Estas declaraciones también han levantado sarpullidos, a ser Savall uno de los músicos que más subvenciones han recibido. Otros, por el contrario, aplauden con fervor sus argumentos y contemplan la renuncia como una manera de crítica, quizá la única, capaz de resonar lo suficiente para que nuestra muy aburrida sociedad se percate. ¿Pero lo hace?

11_PremiosNacionales_VectorLayoutSIGNED

Ilustración de ORE (A.K.A. Jorge Fernandez Ruiz)

El interés de todo esto, a mi parecer, son los bostezos (como mucho) que despierta el asunto en la población. A la refriega se ha unido Manuel Pérez Calzada, Premio Nacional de Literatura Dramática de este mismo año, escribiendo otra carta muy políticamente correcta para pedir a Savall que se retracte y acepte el premio, pues según él no lo entrega simplemente la institución sino que representa el sentir común de los españoles y es, por tanto, concedido por todos nosotros. La carta del dramaturgo también ha levantado las más diversas conjeturas: que si lo hace por un poco de notoriedad, que si en realidad rompe una lanza por el premio debido a intereses velados, etcétera. Otros, claro, aplauden su idea. Y así seguimos. Semanas después la fotógrafa   Isabel Steva Hernández, alias Colita, rechazaba igualmente el premio.

Resulta como mínimo curioso todo el ruido que ha levantado este asunto, revela la ceguera exógena de los artistas, porque si nos ponemos un poco duros, la realidad es que a nadie le importa. El público está más allá de todo esto. Tras tanto recorte y tanta política errónea en educación, tras tanta incompetencia en cultura los últimos años, a la sociedad española no le llega la importancia del Premio Nacional, casi no le llega ni su existencia, como mencionábamos antes. Evidentemente eso no es culpa de los artistas, sino de las políticas acometidas, pero también lo es de todos nosotros, demasiado conformistas o resignados como para salir a la calle a protestar por las continuas barbaridades cometidas contra el interés de todos.

De todo este revuelto de dichos y desdichos sólo podemos sacar que el eco pretendido por unos y otros no se producirá. Lo más curioso es que si hoy preguntas a alguien en la calle por los galardonados de los premios nacionales, como mucho te podrán decir el nombre de quienes lo han rechazado.

En el día del libro

Hoy es el día de los libros. Queda poco, pero aún lo es. En realidad escribo estas líneas poco antes de las cuatro de la tarde. Voy a pasar este día entre aeropuertos, entre largas esperas y con dos libros bajo el brazo.

Los aeropuertos son una suerte de limbo eterno dónde es fácil sentirse inhumano, poco más que una maleta arrastrando maletas más pequeñas… No me gustan los aeropuertos por la falta de escondites, de intimidad. Hay una excesiva exposición a una enorme cantidad de hombres y mujeres llenos de estrés, de sudor, de prisas y de extrañas lenguas. Es la Babel de hoy y nunca fui políglota.

Quien me conozca sabrá de mi pasión obstinada por los libros y por eso mismo el día de San Jorge o Sant Jordi o 23 de Abril o día del libro, me resulta un día especial. Regalar un libro es redundantemente generoso ya que no sólo es dar algo a alguien sino que ese algo a su vez “regala” o, si ustedes prefieren ser menos sentimentales, muestra un pequeño universo de ficción o no ficción; existe una historia o una información que servirá, en el caso de ser leída, para engrandecer a esa persona que ha sido regalada. Es cierto, la visión puede sonar un poco infantil o sentimental (de nuevo) pero un libro siempre enriquece, hasta los peores, los más panfletarios, incorrectos o de un pésimo estilo, ya que avisan y nos muestran cómo otros pueden ver este mundo de penumbras. La rosa, la sangre de aquel caballero o la sangre del dragón o ambas mezcladas, es también un bonito gesto para recordar lo perdido, lo derramado, lo mítico, lo literario.

Por todo eso, por ese “querer” mío hacia este día, hoy pensaba hablar de política, de la política del gobierno español hacia la educación y para con la cultura. Basten dos ideas; la primera es un silogismo fácil: fomentar la educación es fomentar el país. Querer realizar, una vez más, un modelo americano en España no funcionará. Parece que la derecha española tiende a fijarse mucho en los EEUU para estas cosas y le gusta realizar el mismo proyecto a escala española, es decir, a un nivel pequeño, chapucero y mediocre. No se puede trasladar un modelo desde un país a otro sin observar cuidadosamente la idiosincrasia de cada estado. Y, sin embargo, este gobierno, que se perfila ya tendiendo paralelismos con tintes fascistas (y lo digo, sabiendo que caigo un poco en la demagogia, pero vistas las políticas represivas asociadas a la huelga creo que es comprensible mi indignación) es ignorante y se limita a torpes recortes sobre la hoja del país, esperando que el monigote resultante sea similar al yanki. Déjenme desmitificar esto: no va a ser así, el “tembleque” de nuestro bien muerto dictador, aún les dura en la mano a los políticos de hoy. Así no hay quien haga nada bien.

La segunda idea la formularé más brevemente: si la cultura en España se circunscribe a los toros y al deporte se creará una sociedad que sólo valore el poder físico, y sólo con poder físico nunca se ha conseguido ganar nada, ni siquiera las guerras. No era el ejercito mejor preparado el que se llevaba la victoria, era el que poseía el mejor estratega a la cabeza. ¿Dónde está la brillantez que España posee, la inteligencia, sus cerebros preparados? Imposible decirlo o tristemente fácil, quizá.

Y la culpa de todo esto la tiene el gobierno, pero la culpa de que al gobierno se le permita todo la tenemos nosotros, un pueblo adormilado que prefiere mirar a otro lado, que prefiere criticar y llorar en privado, pero que no aúna el valor para actuar porque somos un pueblo cobarde y nuestra cobardía viene de ese desconocimiento y de esa ignorancia que este gobierno (y por extensión nosotros) fomenta hacia el futuro.

Nos dirigen hombres menores puestos en la palestra por nosotros y en el día del libro, en el día de una industria que ha resurgido en los últimos años con mucho esfuerzo, la industria transmisora del conocimiento por excelencia, deberíamos pensar, yo al menos quiero dedicarme a pensar, en cómo estamos dejando que nosotros y las siguientes generaciones vivamos en un país pobre que fomenta la mediocridad, cuando el tesoro más valioso que cualquier país tiene es su propio conocimiento. Sólo así se sale de la crisis, sólo así se evoluciona.

“La dama boba”

Uno se pone a pensar y llega a la conclusión de que parece necesario cierto radicalismo en las opiniones, con el objetivo de abofetear los dogmáticos.

El señor Feliz de Azúa, uno de los brillantes, de los intelectuales podríamos decir, que quedan en esta España pobre de inteligencia, escribía hace poco en su blog sobre la ignorancia manifiesta de los políticos. Es algo bien extendido que se desprecia a los que saben desde las instituciones y se prefiere con mucho a los dogmáticos de cruz latina en ristre o de incansable recelo a lo nuevo. Parece que España vive en un renovado conservadurismo donde las doctrinas políticas han clavado su rodilla ante las económicas, donde el individuo ha sido vendido y donde se vive con la idea de “todo momento pasado fue mejor” Lo terrible es que hace unos días ese momento pasado se manifestó con una misa en el valle de los caídos. Franco, al parecer, no fue tan malo; semejante hecho que debería despertar una gran indignación y desprecio tanto hacia los políticos que permiten esto como en los católicos hacia su propia iglesia al manifestar el homenaje a tal figura ha pasado como una brisa podrida más en el cenagal de nuestro país. Eso sí, no hay que olvidar que si uno lanza una acusación o tiene la mala idea de comparar a Franco o Hitler se le tachará de ciego, obstinado y quizá radical.

Bien, comenzaba hablando de cierto radicalismo que parece necesario, por lo que me encuentro con el valor suficiente de afirmar que Franco igual que Hitler fue un dictador y que si en Alemania no se permiten adoraciones a su oscura figura no es sólo por Austwicht, (que se ha convertido en Leitmotiv a estas alturas) La idea aceptada con resignación de Franco como autoridad política de turno casi hasta legitimada por el pueblo es ciertamente vomitiva. Ni era un “abuelete” ni un “galleguillo” simpático; que fuera un dirigente patético y un dictador risible no significa que fuese menos déspota que lo fue Adolf. Recordar también que al menos Hitler consiguió el poder con las urnas en un tiempo convulso, en el caso de nuestro aflautado caudillo fue por una guerra.

Felix de Azúa terminaba en su artículo por anunciar eso que todos sabemos, que “España no es Europa, pero tiene que parecerlo” Un juego de apariencias que nos sitúa como “paletos” ante la Europa que se ríe de nosotros, que nos señala aún por tener creencias que ellos ya han superado y que nosotros denominamos “tradición” que se ríen de nosotros por enfrentarnos a la tiranía con nostalgia y una ley de indulgencia creada para que los crímenes del franquismo no salgan a la luz y para que si un Juez le da por abrir los ficheros pueda ser cesado por la osadía.

España es un país un tanto patético entonces, dónde la población crítica, pensante, la población que duda, lee, va a la universidad para aprender que no a la universidad como escuela de trabajo (modelo implantado ya hace años sobre todo en ciertas carreras) se ha mantenido estancado. O el porcentaje no ha variado o ha variado muy poco, tan poco que las cosas no han cambiado, lo cual demuestra su estatismo. Pensar en España es pensar en la derrota, en la muerte de la inteligencia y la coronación de la ignorancia, transmitida a un pueblo que no cree en aquellos que piensan y se burla de aquellos que lo hacen. Este país es feliz en su ignorancia igual “La dama boba” de Lope de vega pero de forma más oscura y orgullosa, habiendo tomado tal ignorancia como regla con la cual medir a todos, siendo ella la mejor medida. No hay esperanza en España para un mejor futuro.

Entrada Nº2: La intimidad

En Paris no hay cortinas en las casas y si las hay, los habitantes tras los cristales tienen la costumbre de no echarlas. No, no hay vergüenza a la intimidad. Aquí lo íntimo es otra cosa, algo mucho más natural. En España la intimidad es algo obsceno, que debe ser obsceno y que nos traslada las imaginaciones hasta secretos inconfesables que han de ser, eso creemos, pecados forjadores de nuestra condena. Los españoles no creemos en la justicia, sólo en el pecado íntimo, ese que parece guiarnos hasta la enfermedad con unos escrúpulos de cirujano paranoico.

Los españoles creemos en la culpa. De quién hemos heredado tal síntoma está claro, pues la cruz sigue marcada en nuestra frente. Sería mucho decir que Francia es de tal otra manera, porque al fin y al cabo es un país extenso y diferente, pero quizá no seríamos demasiado prepotentes si dijéramos que en París la culpa parece un vicio antiguo, cosa del XIV o al menos de antes de Napoleón. En una ciudad sin culpa, la gente puede hablar de sus defectos tanto como de sus virtudes sin que por ello se vaya a saltar algún tipo de normal moral o de regla de educación. En España nos cerramos tras nuestras cortinas para que nadie pueda ver lo que esconde la oquedad de nuestras vidas. En París cuando paseas de noche puedes encontrarte con las vidas no escritas de todos esos hombre, mujeres y familias que, lejos de avergonzarse de su intimidad, la exponen sin miedo.

Ellos saben que la intimidad es otra cosa, algo distinto, más íntimo aún que la propia palabra, y que se muestra en el espacio físico sólo en forma de invisibles.

España en París

Este sábado me acerqué por el museo de l’orangerie donde se exponen los famosos nenúfares de Monet de gran formato. Es un museo pequeño, no tan conocido como los grandes de París y que es muy agradable visitar.

Pero este artículo no versa sobre su colección permanente, sino sobre la exposición temporal que ahora mismo alberga en sus salas. Bajo el título de: “España entre dos siglos” el museo plantea una interesante revisión de la historia de España en torno al cambio del XIX al XX. Me gustaría dejaros una traducción de las primeras líneas del folleto, que creo que es interesante:

En el final del siglo XIX, en una Europa en plena mutación, en marcha a través de un mundo abierto a las nuevas tecnologías y a nuevos modos de pensar, España permanece fija en una sociedad cerrada, sombría, impregnada de leyendas ancestrales y marcada por las tragedias sociales que describen Théophile Gautier o Eugene Delacroix. Víctima de guerras y de inestabilidad de poder después de 1820, el país está enfangado en una crisis profunda.

La traducción es propia por lo que pido disculpas de haber alguna incorrección. Dejando a un lado las cuestiones técnicas, después de leer este fragmento podríamos hacer un guiño al momento en que estamos viviendo. Quizá esta exposición llegue en un buen momento para nuestro país, pues el arte es una demostración de nosotros mismos, una lectura, y leerse es buscar comprenderse. Sin duda a España le queda un largo camino que emprender en estos parajes, pues siempre ha manifestado una especial pereza a la hora de ejercitar eso que tiene sobre los hombros. Evidentemente hay muchos individuos que se salen de la norma general, pero ya se encargará el conjunto de hacerles callar. ¿Es el dogmatismo de la estupidez, simple ignorancia o quizá envidia hacia ese don maravilloso que es la razón? La lucidez sin duda es un término desgastado, pero en nuestro caso desgastado por el abandono y el manoseo superficial.

Que España necesita pensar es obvio, la crisis que afrontamos no es sólo una crisis económica y ahora también política, lo es de pensamiento, de concepción, casi podríamos decir que se trata de una crisis ontológica. La ontología, como sin duda se sabrá, trata la noción del ser, entre otras cosas, pero esta es su fundamental. ¿Quiénes somos? ¿Qué hacemos aquí? Estas preguntas ha de hacérselas este “crisol” o “útero” de civilización que se ha creído Europa durante los siglos pasados. El cambio es fundamental porque si no consigue juzgarse a sí misma, si no consigue comprender qué realidad puede o no desempeñar ahora, entonces caerá en la perdición. Europa está tocada y parece difícil que se vaya a hundir, pero puede. El pensamiento no es menos importante que la economía; sí, es cierto que antes parece que hay que conseguir buenos alimentos (economía) para cebar al cuerpo (el mundo político) ya que este se encuentra enfermo, pero no se nos olvide que el cerebro está congestionado y más en España.

El caso de nuestro país debe de ser único en el mundo, estamos obcecados. Arrastrábamos una maldición que en los ochenta parecía haberse terminado, que en los noventa nos dejó respirar, pero que en los dos mil nos devolvió su jugada. No, en estos veinti y pocos años de “bonanza económica” no ha cambiado nada. España sigue siendo la de siempre, atada a los mismos demonios. ¿Qué es España? ¿Qué hace aquí? El día que nuestro país se lo pregunte puede que por fin se rompa el hechizo y quedemos liberados, por lo pronto no parece que semejantes cuestiones vayan a estar entre las medidas de un gobierno que, no nos engañemos, nace y va a vivir sin romper el cordón umbilical que lo une a Alemania.

La esperanza podemos depositarla en la exposición de l’orangerie, donde se muestra a Joaquin Sorolla y Bastida, Ignacio Zuloaga y Zabaleta, Dario de Regoyos, Salvador Dali, Joaquín Mir, Ramón Casas, Santiago Rusiñol, Joaquim Sunyer, Pablo Picasso y Joan Miró. Todos grandes de nuestro país y, excepto los obvios, también bastante ignorados. Asimismo el despliegue de lienzos se completa con conferencias, lecturas, encuentros y conciertos. Es decir, surge un pequeño satélite de personas que se interesan por nuestro país, que estudian y reflexionan sobre arte y también sobre España. La recomendación a las salas del museo es obligatoria, igual que a cualquiera de los eventos que se organizan. También hay que hacer notar que el comisariado de la exposición es compartido entre Marie-Paule Vial, directora del museo nacional de l’Orangerie y Pablo Jiménez Burillo, director del instituto de cultura fundación Mapfre.

Parece que la reflexión se está llevando a cabo, pero no nos olvidemos que la mayoría de estos artistas huyó de España para crear y para pensar, y tampoco olvidemos que esta exposición no la recogen nuestras fronteras sino que son las de Francia las que la dan cobijo. ¿Si en el corazón de París se piensa en España, por qué en España no se piensa sobre sí misma?