Madrid, la milla del arte y la monarquía

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Enero de 2016. También publicado en su versión digital aquí.

En enero hablamos de Barcelona y su reciente designación cono ciudad literaria, hoy nos fijamos en Madrid por aquello de las dualidades. Si la ciudad condal ha recibido tan prestigiosa denominación, Madrid, por comparar, podríamos considerarla como ciudad museística.

Uno de los grandes problemas de la capital española siempre ha sido la ausencia de un icono que la represente y atraiga interés turístico. No existe un monumento o edificio “incontournable” (imprescindible) capaz de atraer como lo hace Gaudí y la sagrada familia en Barcelona o el museo Guggenheim en Bilbao o incluso la ciudad de las artes y las ciencias en Valencia (no entremos en lo idóneo del proyecto o de la arquitectura) Madrid no cuenta con algo así, pero dispone de un atractivo que ha sabido implementar en las últimas décadas: su potencial museístico.

La pretensión de la ‘milla del arte’ de la capital es similar a la de Berlín, con su isla de los museos y pretende aglutinar en un mismo espacio urbano varios equipamientos dedicados, sobre todo, al arte plástico y visual. De esta milla destacan el museo del Prado, el museo Thyssen-Bornemisza, el museo Reina Sofía y el recientemente renovado museo Arqueológico Nacional. Junto a estos, otros muchos equipamientos públicos y privados, tanto expositivos como galerías de arte, han ido creciendo con ese fin difuso de ofrecer un recorrido cultural de amplio interés.

Durante los últimos años han existido varios proyectos polémicos, como la fundación que Norman Foster nunca se decidió por establecer o el extraño caso del museo de las Artes de la Arquitectura, Diseño y Urbanismo, empeño personal del arquitecto Emilio Ambasz, cuyo estado actual ignoramos.

Sin embargo, existen dos proyectos de gran importancia que sí han madurado, el primero es la ampliación del museo del Prado al Salón de los Reinos (antiguo museo del Ejército y resto del palacio del Buen Retiro) cuya fecha de inauguración se estima para 2019, si bien todavía se encuentra en fase de concurso para elegir el proyecto de rehabilitación más adecuado; eso sí, dentro de unos márgenes presupuestarios bastante reducidos (menos de 90 millones de euros, según las últimas estimaciones) El Salón de los Reinos completaría de este modo el ‘campus’ del museo del Prado, algo que no puede sino revertir en mayor interés para la gran pinacoteca española.

Velázquez nos vigila, por Jorge Fernández Ruiz

Velázquez nos vigila, por Jorge Fernández Ruiz

Pero el gran proyecto (por faraónico), que se inaugurará este mismo año, es el museo de la Monarquía, un espacio de 40.000 metros cuadrados que pretende acoger las colecciones reales. El proyecto ha resultado muy polémico debido al coste desorbitado (160 millones de euros) que ha consumido en un contexto de fuerte crisis económica. Para mayor escándalo, dentro de las colecciones reales se encuentran cuadros tan extraordinarios como ‘El jardín de las delicias’, del Bosco, o ‘El descendimiento de la cruz’ de Van der Weyden, que el nuevo museo reclamó al Prado. El grado de absurdo es enorme, pues la fuerza museística de Madrid tiene su clave en el mismo museo del Prado, arrebatarle alguna de sus obras maestras es una locura absoluta, a nadie se le ocurriría pedir al museo del Louvre que enviase ‘La Gioconda’ a otro lugar. Afortunadamente las negociaciones entre ambos equipamientos llegaron a una solución lógica y las obras citadas, junto a otras de enorme valor, seguirán donde deben estar, en los salones del museo del Prado. En contrapartida, el museo de la Monarquía recibirá otras, que podrá exponer en calidad de préstamo. Todavía cabe cuestionarse sobre la idoneidad de este museo, más allá de su carácter publicitario de cara a la institución, pues como equipamiento cultural no parece a priori muy lógico. Habrá que ver si el tiempo le dota de coherencia.

Madrid sigue promoviendo el desarrollo de su sector museístico y la estrategia es sin duda acertada, pero sigue enfrentándose a un problema bastante grave de valoración con el público patrio. Además de la inversión en nuevos espacios, Madrid necesita establecer un plan de educación y fomento de su riqueza artística, pues de otro modo los madrileños no dejarán de mirar esos suntuosos edificios con desconfianza. Como suele ser habitual, este ejemplo concreto de la capital española es fácilmente extrapolable a todo el país.

Velázquez y Goya, por Jorge Fernández Ruiz

Velázquez y Goya, por Jorge Fernández Ruiz

La lluvia amarilla

  • lluviamarillaAutor: Julio Llamazares
  • Editorial: Booket

¿Qué haríamos si fuéramos la última persona del planeta? No, La lluvia amarilla no es un texto post-apocalíptico, pero tiene ciertas semejanzas, la pregunta puede ser digna de hacerse y la lectura de La lluvia amarilla da una respuesta, quizá la más sincera y sencilla.

Andrés se ha quedado sólo en Ainielle, un pueblo perdido en medio de los pirineos, aislado cuando caen las nieves en invierno. Poco a poco la gente se ha ido, ahora él asiste a los últimos años de su vida tras la muerte de Sara, su esposa. No tiene más compañía que la perra y junto a ella asiste a la paulatina destrucción del pueblo, reconquistado por la naturaleza. En consonancia con el deterioro, Andrés también es testigo de su propio final, ya es un anciano y sus últimos días también serán los últimos días de Ainielle, luego el pueblo dejará de existir en los mapas, quedará sólo un recuerdo, un montón de ruinas para los excursionistas.

Julio Llamazares escribe sobre la muerte y el abandono, sobre la soledad, pero ante todo La lluvia amarilla habla de la memoria. El único ejercicio que Andrés puede hacer durante los años que van transcurriendo es recordar. Su memoria viaja a todos los acontecimientos de su vida, lo hace desde la cama donde va a morir, un aviso inicial que no resta de interés a la narración. Recuerda todo lo ocurrido en Ainielle como si le contase su historia a un espectador fantasmal. Su narración es el testimonio de un mundo rural casi desaparecido, una sociedad donde la cooperación entre sus distintos individuos regía el modo de vida.

La novela de Llamazares es un texto narrado en primera persona, coloca al lector en la misma habitación donde muere Andrés para que éste le cuente su historia, las palabras del anciano van llenando la estancia de imágenes y colores. Es, sin duda, una novela crepuscular, pero esa caída de sol tiene una tonalidad magnífica gracias al lenguaje empleado. Llamazares ha sido capaz de crear un texto sencillo en el estilo, pero muy complejo en su estructura temporal (con abundantes asociaciones de eventos) que sin embargo articula con maestría, creando un relato capaz de evitar la linealidad, un defecto donde podría haber caído fácilmente debido al tipo de historia elegida. Se trata de un libro envolvente, todo un paisaje literario desplegado para contar la historia de una vida y de un pueblo, demostrando así cómo el lugar condiciona el desarrollo de las personas. La sensibilidad que Llamazares demuestra se traslada fácilmente al lector, quien podrá emocionarse con la belleza de las palabras.

«La herrumbre del cerrojo, al rechinar bajo el empuje de una mano, bastará para romper el equilibrio de la noche y sus profundas bolsas de silencio. Como asustado de sí mismo, el que se atreva a hacerlo regresará sobre sus pasos y el grupo entero se quedará paralizado, inmóvil, en silencio, escuchando la angustiosa sucesión del eco por el pueblo. Por un instante, pensarán que aquellos golpes nunca más van a volver a detenerse. Por un instante, llegarán a temer que Ainielle entero se despierte de su sueño –después de tanto tiempo- y los fantasmas de sus antiguos habitantes aparezcan de repente a la puerta de sus casas nuevamente. Pero pasarán los segundos, lentos, interminables, y ni siquiera en esa casa, en la que tal aparición sería esperada, ocurrirá absolutamente nada extraño. El silencio y la noche volverán otra vez a adueñarse del pueblo y el resplandor de las linternas se estrellará contra la puerta nuevamente sin encontrar el brillo acorralado de mis ojos frente a ellas»

Cuento de navidad

Relato publicado originalmente en el suplemento navideño del semanario Bierzo 7. Diciembre de 2014. También publicado en su versión digital aquí.

A, y para Aquilina

Cuelga el teléfono y se queda mirando la puerta principal, el cerrojo. No espera a nadie, tampoco llaman, pero Leonora aún se mantiene allí un minuto. No se mueve debido al contraste entre los veinte minutos al teléfono y el silencio de la casa. Esa ausencia lo inunda todo. Vuelve a la cocina porque sus dedos entumecidos le recuerdan el frío, con las prisas no se había puesto las zapatillas.

Cierra la puerta y se sienta en el sofá con las piernas recogidas, la televisión está apagada. No piensa en encenderla, no tiene ganas del alboroto de voces, vuelve a sentir la tristeza de todos los días golpeando con más fuerza contra su pecho, su garganta y sus ojos. Desde allí mira el calendario de la pared. Tiene una semana para prepararlo todo. Después de un rato se levanta para buscar uno de esos cuadernos que esperan en los cajones durante años. Leonora se queda mirando la página cuadriculada con un bolígrafo en la mano, reflexiona un minuto y escribe “Belén”. El resto de la lista va saliendo poco a poco, añade “cordero” automáticamente, porque es lo típico en León, siempre ha sido así, al menos siempre que hubo dinero. Luego escribe los ingredientes necesarios para la sopa de marisco del día de Navidad… los dulces los traerán sus hijos. Termina la lista y se queda mirando las palabras con más pena aún que antes. Rescata un pañuelo de su manga y se seca los lacrimales antes de dejar caer una sola lágrima.

Ilustración de Jorge Fernández Ruiz

Ilustración de Jorge Fernández Ruiz

Se repone al cabo de unos minutos, se limpia las manos en el mandil, echa un ojo a la cocina y sale al patio. Hace mucho frío y al parecer también ha llovido. Llena un cubo de carbón y vuelve a la cocina deprisa, tapándose la garganta con la mano libre. El año pasado enfermó precisamente en uno de esos viajes cortos. Entre la gripe y la tristeza creyó que no sobreviviría, pero pasó el invierno y salió de la cama casi a regañadientes.

Dentro deja el cubo en la encimera y abre la tapa con un atizador para no quemarse. Es una de esas antiguas cocinas de hierro fundido, grande como una cama, y que sirve de calefacción además de para cocinar. Leonora la llena con el carbón, agitando las brasas con cuidado de no ahogarlas. Calcula la cantidad suficiente para pasar la noche. Si tiene frío pondrá el radiador eléctrico de la habitación. Siempre se dice eso, pero nunca lo enciende. Lo compró Agustín hace dos inviernos, ella le dijo que no lo usarían, era una tontería, pero él insistió. De nuevo el recuerdo le angustia y no sabe qué hacer o cómo. Se pone a lavar el cazo, los cubiertos y lo demás, pero lo hace torpemente y al final un plato se le resbala entre los dedos y lo descascarilla justo en el borde. Por suerte tarda poco; después de secarse las manos se limpia el resto de las silenciosas lágrimas y mira la pantalla apagada preguntándose nuevamente si debería encenderla. No, no tiene cuerpo. Apaga las luces y cruza el pasillo otra vez.

Su cuarto es pequeño como un camarote, eso dice su nieto, pero a ella le gusta, se siente cómoda en él y nunca ha querido cambiar a otro. Ahora hay demasiados vacíos con olor a cerrado y su suelo de madera está levantándose por el abandono. El suyo todavía está ocupado y la casa respeta esa fidelidad protegiéndolo de los achaques que sufren las viejas casas de pueblo. No tarda en quedarse dormida.

El sueño le inquieta, al final se siente despertar en una cama que no es la suya, pero sí lo fue una vez, cuando era una niña y dormía con su hermana. En efecto, se encuentra a sí misma en el cuerpo de una niña de pelo ondulado y mirada seria, pero una niña al fin y al cabo. Se incorpora en la cama intentando no despertar a su hermanita. Padre murió ya hace unos años y ella se encarga de muchas cosas, la primera de despertar a madre y coger agua del pozo. No llega a levantarse porque ante ella hay un hombre, está de espaldas a la ventana y no puede distinguirle debido a la luz que entra por ella, cegándola.
-¿Quién eres? –pregunta la niña.

El hombre señala el exterior sin decir nada, luego, en un parpadeo, desaparece. Ella salta de la cama sin asombrarse por la huida instantánea del personaje, se asoma a la ventana. Nada interesante; lejos, por la calle de barro, pasa un chico cargando un saco grande con esfuerzo. Leonora está algo decepcionada. Luego, con la transición inexacta de los sueños, se encuentra saltando de felicidad con una fruta en las manos, con su brillante piel llena de olor, así de agradecida es la pobreza.

Años después le presentan a ese chico que una mañana de Navidad paso cerca de su casa con un saco. Ella se muestra recelosa, algo tímida, los recuerdos están mezclados con las expectativas, pero en el sueño también está con ellos la misma figura de su ventana, el hombre sin rostro seña al chico. Leonora no comprende, corre hacia él, pero cuando está a punto de ver su cara se vuelve irreal, una fantasía. En Navidad el chico le roba un primer beso torpe, casto, asustado; tras un brevísimo instante de unión se separa de ella con expectación, casi esperando un grito o una bofetada, pero Leonora sólo está sorprendida. Sonríe tímidamente, le acaricia la cara y se va al campo, lejos, a una colina imposible que jamás existió. En esa esfera onírica se sienta en medio de diciembre sobre la nieve sin pasar frío y piensa junto a la reaparecida figura del hombre sin identidad… ya le ha aceptado a su lado como el niño acepta su sombra. Leonora piensa con el corazón de mujer enternecido por primera vez en su vida, piensa en el chico, en su sonrisa, en su torpeza, en el beso minúsculo. Comprende que no besará a ningún otro hombre. Largo noviazgo, dejan pasar los años y se casan también en diciembre. Justo un año después nace su hija con las primeras nieves. El frío marca sus vidas, un frío acogedor en el sueño, aunque en el mundo real fueron muchas las penalidades. Su marido madura ante sus ojos, pierde la delgadez de la juventud, se vuelve un hombre corpulento, bien formado, fuerte, su pelo encanece y termina con un bigote bajo un par de gafas de nácar.

El mundo cambia a una velocidad de vértigo, todo se confunde para Leonora, sus hijos, los colores, el tiempo, las diferentes personas de su vida, algunas mueren, otras nacen, pero allí sigue Agustín, transformándose una y otra vez de joven a adulto, de adulto a anciano y vuelta a comenzar. Él es el eje de su vida, hasta que el remolino de color y sonido se rompe y vuelve a ser una mujer con el rostro serio frente a un ataúd cerrado, incapaz de creer en el contenido de la caja, con la mente blanca llena de ruido.

Cuando sus hijos se fueron días después del entierro, Leonora subió a la montaña con su aspecto resuelto de siempre. Se sentó en un claro, rodeada por silencio y allí lloró, se culpó, le maldijo a él, incluso insultó a Dios hasta perder los nervios agotando sus fuerzas. Echada sobre la hierba erizada de la montaña dormitó durante unos minutos para calmarse. Al abrir los ojos allí estaba la figura de su sueño, recordándole que sólo revivía aquel instante, que el tiempo había pasado y debía continuar. «¿Por qué?» Quería preguntar Leonora, «¿Por qué continuar cuando no quiero hacerlo?» Entonces la figura movió su brazo otra vez, trasladando el mundo con su gesto. Estaban en el cementerio y su dedo indicaba la tumba de su marido. No, señalaba el nicho vecino, entonces ella entendió.

Al día siguiente a Leonora le cuesta salir de la cama. El sueño le da miedo, pero lo peor es la perspectiva del día, los preparativos para Navidad. El año pasado no notó el shock, todavía tenía la muerte de Agustín demasiado reciente y pasó las fiestas dejándose llevar por sus hijos, algo anestesiada por el dolor. Pero ahora es distinto, el esfuerzo de hacerlo uno mismo, de preparar la fiesta como si nada hubiera cambiado pese a que todo lo ha hecho… es demasiado. Tras una hora consigue levantarse con los ojos hinchados. Encuentra la casa helada, los problemas de ese tipo de calefacción. Se pone la bata y coge el cubo de carbón dispuesta, como siempre, a seguir hasta el último día de su vida. ¿En realidad tiene otra opción?

Sus días son silenciosos, visita a sus hermanas de cuando en cuando y cada tarde va a la iglesia para rezar el rosario y tomar la comunión. Vida de pueblo, sin excentricidades, sin alegrías. Ahora se pregunta si era tan distinta su vida con Agustín, y comprende que su compañía, su mera existencia le daba sentido a todo. No era algo racional sino puro sentimiento. Podían discutir o no verse en todo el día, pero Leonora sabía que él estaría esperándola en cualquier momento, que respondería si le llamaba. Era una certeza, quizá la única que nunca se había parado a cuestionar. La muerte reveló el espacio que ocupaba Agustín en su vida al arrancarlo, y el hueco se le hacía insoportable. Todas las navidades él encabezaba la mesa familiar, la anterior sus hijos se preocuparon por trasladar el escenario, pero este año la mesa seguiría allí, las sillas y todos los miembros de la familia. ¿Quién se sentaría en su sitio? Algo tan normal, tan carente de importancia real tenía un peso casi bíblico para Leonora. Se imaginaba la silla desocupada y era peor, porque haría el vacío más evidente, estarían cenando con un fantasma. ¿Cómo ocupar un espacio imposible de olvidar?

Decide mantenerse empleada en varias tareas para no pensar. En uno de los armarios más altos está la caja con los adornos de Navidad, tiene que subirse a una silla para alcanzarla y luego tarda una hora en colocar los adornos, el pequeño árbol de Navidad, el Belén de figuras desiguales con decenas de años cada una… Cuando ha terminado se aparta y observa el resultado, la tristeza sigue empujando su corazón con cada latido, pero ni siquiera hay recuerdos asociados, forma parte del impulso de sí misma, es un sentimiento que lleva vivo cada mañana y duerme con ella, lo crea al respirar como si el propio fluir de la sangre lo produjese en una reacción química.

No le cuesta realizar todo lo esperable para esos preparativos, no tiene dificultad en realizar las compras, sabe dónde ir, lleva años siendo fiel a los mismos comerciantes; por otro lado, tampoco hay demasiado donde elegir, aunque el pueblo no es de los más pequeños precisamente. Al final va a la panadería, ahora la regenta el hijo del dueño original, un “chico” de treinta años con mucha energía y muy alegre. Al entrar le saluda por su nombre:
-Señora Leonora, -dice casi gritando.- ¡Ya la echaba de menos!

La mujer sonríe. El padre del panadero murió hace unos años y a ella cada día le sorprende más el parecido entre ambos, también aquel hombre destilaba esa misma alegría aparentemente inagotable, como si tuvieran un torrente manando del pecho, envidia esa capacidad para la sonrisa, ella nunca fue así.

No hay nadie más en el establecimiento, y lo cierto es que no invita a pasar tiempo allí: el suelo y las paredes hasta media altura están alicatadas con granito azul, barato y resistente; detrás de un mostrador de aluminio hay otro mueble con espacio para el pan, y una caja registradora amarillenta; la luz cae de un par de florescentes como leche cortada, y el único elemento nuevo es un calentador de aire eléctrico, enchufado junto a una de las paredes. Pero a Leonora le gusta ese sitio, la mayoría de sus vecinas compran el pan en otras panaderías más nuevas y acogedoras, o siguen siendo fieles a ésta, pero simplemente recogen el pan y salen corriendo. Ella no, Leonora se siente dentro de una de esas cajas antiguas cuyo interior estaba forrado por un papel que simulaba, precisamente, algún tipo de granito. Es casi una capilla, un lugar frío, vacío, casi ajeno al mundo, de no ser por las barras de pan.

Leonora sonríe al panadero y le hace el pedido para Navidad: hogazas y rosquillas para el desayuno, a los niños les encantan. Luego es él quien pregunta si necesita utilizar el horno para el cordero. Ella asiente, la cocina de carbón tiene uno demasiado pequeño para asar tanta carne. Concretan la hora y se despiden tras las preguntas de rigor sobre la familia.

De vuelta a casa, su cabeza sigue en la panadería, en ese local atemporal, casi eterno, Leonora recuerda el año en el cual abrieron la tienda, ella era una joven madre y el pueblo muy distinto, más alegre, pese a la vieja dictadura, también había más jóvenes, más luz. La escasez ya estaba más atenuada entonces y el miedo era menor. Franco moriría poco después, pero en esos últimos años el pueblo hervía en un ansia por vivir más, llegar más lejos, y ser mejor. Ahora todo le parece gris, todo decae. Quizá es por la crisis, los pueblos parecen moribundos abandonados a su suerte, nadie piensa en ellos. Leonora no comprende; sus hijos viven en ciudades, en León, en Ponferrada, pero tampoco ve allí un futuro prometedor, no encuentra ese color de las décadas pasadas. Quizás sea porque ya es demasiado vieja, porque su futuro es corto y Agustín no está.

El día veinticuatro se levanta más pronto de lo normal. Llena la caldera, limpia el polvo, pone sábanas limpias a todas las camas, friega los suelos, coloca la mesa y prepara la comida. Le lleva el cordero al panadero en dos grandes ollas de barro. A mediodía llega su hijo menor junto a su mujer, comen juntos y él mira a su madre con suspicacia, con miedo por saberla más triste de lo que se deja aparentar. A media tarde la mayor, junto a su familia llama a la puerta, las dos niñas corren a besarla y parlotean a su alrededor. Cuando oscurece aparece la hija mediana, su marido y su hijo, los tres más callados, como si la noche les hubiera apagado. Pero el niño rápidamente se divierte con sus primas y los padres con los adultos. El ambiente no tarda en ser el de una Navidad cualquiera: todos se muestran alegres, discutiendo entre sí por mil cosas, los niños chillando, el hijo de Leonora cortando jamón, su nuera preparando la cesta de turrón etcétera. La matriarca está muy ocupada dirigiendo todas las operaciones, atendiendo las ollas, y respondiendo las preguntas de sus hijos. Casi se olvida de su tristeza mientras gestiona el banquete, pero la hora se acerca, empiezan a terminar los preparativos y en algunos momentos, cuando está quieta, se encuentra a sí misma observando a esas personas tan queridas, y sin embargo insuficientes para calmar el dolor dentro de su corazón. Por supuesto no se deja vencer por la pena, envía a sus yernos a por el cordero y van sirviendo la mesa. Los niños están expectantes con los regalos. La muerte del abuelo arrastró la fantasía, pero aún así esperan tener lo que pidieron.

Todo marcha bien, nada ha cambiado en apariencia. Comen demasiado, disfrutan de los platos que Leonora finaliza en la cocina, levantándose de cuando en cuando junto a algún otro familiar. Finalmente es su hija mayor quien toma el asiento de Agustín, Leonora no dice nada, acepta el hecho como la mejor solución posible. Apenas tocan los postres y son sus hijos quienes insisten en fregar los platos, por lo que la abuela tiene un rato para descansar. Casi es peor, no sabe qué hacer sin algo entre las manos. Habla con sus nietos, más cariñosos esa noche que nunca, pero les mira con temor, les acaricia sin fuerza, cerca del temblor. ¿Existe la posibilidad de que ellos también desaparezcan? La idea le nubla el juicio y al final termina por fregar las tazas de café para olvidarse de todo.

Los regalos son la mejor parte, los niños se muestran encantadores, son felices, sencillamente felices, están entregados a la ilusión de lo nuevo y a Leonora le encanta ver sus expresiones. A ella le regalan unos pendientes de oro, los agradece de corazón y le gustan, pero prefiere ver a sus nietos jugar. De alguna manera ellos son el futuro de Agustín, lo que quedará de él cuando ella también muera y sus hijos sean viejos. Es una bonita idea, se los imagina mayores, recordando a sus abuelos, quizá reunidos para celebrar la Navidad en esa misma casa.

Tras una pequeña expectación, su nieta pequeña se acerca con expresión traviesa a la abuela. Le pone ante los ojos un dibujo sin ceremonia ninguna. Leonora lo mira, responde lo típico; sin embargo, la niña no se contenta con eso. Se pone a su lado y le va explicando la escena: ha dibujado a toda la familia «para que no estés triste, abuelita» y allí, junto a una señora con el pelo cano que la representa a ella, está el abuelo dándole la mano. El brazo libre lo tiene extendido hacia el cielo estrellado «por que está en el cielo», explica con sencillez la niña. Y Leonora, ahora sí temblando, abraza a la pequeña, le besa las mejillas calientes y le da las gracias. Luego esquiva a sus hijos y se encierra un momento en su cuarto para recuperar el aliento, para no llorar a lágrima viva delante de todos, pero esta vez no sabe si de pena o alegría, porque comprende el amor enorme que siente por sus nietos y se siente feliz por su existencia, simplemente por tenerlos allí, por poder hablar con ellos y saber que la recuerdan y la quieren. Agustín no volverá y Leonora seguirá recordándole y entristeciéndose por su ausencia, pero no olvida que también están ellos allí y da gracias por esas fiestas, por estar juntos aunque todo falle o haya tristeza o dolor.

En medio del frío y la oscuridad del invierno las familias se reúnen sean o no creyentes, igual que lo han hecho desde hace milenios; aunque no lo sepan todos celebran lo mismo, la superación de la parte más cruda de la estación, el tiempo nuevo, pues los días se hacen más largos poco a poco. Por eso están juntos, por eso Leonora se siente mejor, su nieta le ha recordado esa verdad. Todo cambia, es el gran drama de nuestras vidas; vivimos en lo incierto, y para soportarlo, para seguir adelante, lo mejor es tener a alguien al lado caminando con nosotros. Leonora sale del cuarto con la cara limpia y besa a sus tres nietos antes de servir el champaña, al fin y al cabo, hay que celebrar la Navidad…

Enhorabuena a los premiados

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Noviembre de 2014.

Llevamos años moviditos con los Premios Nacionales, a este paso la gente va a advertir de su existencia, porque, en realidad ¿alguien se entera de su convocatoria? Acaso hay quien lee los ganadores de pasada por el periódico, pero uno no vuelve a recordar que existen dichos premios hasta el año siguiente en su ojeada matinal del diario de turno. Los premios Nacionales son casi desconocidos para la población ajena a los distintos gremios, cosa curiosa, pues deberían tener una importancia mucho mayor para nuestro país, al fin y al cabo reconocen la labor de los artistas patrios como ningún otro hace. Últimamente, sin embargo, ganan algún otro titular.

Quizá entre ustedes haya quienes se han enterado del escándalo montado en torno a Jordi Savall, ganador del Premio Nacional de música en la modalidad de interpretación. El señor Savall, igual que Javier Marías hace ya dos años, rechazó el galardón. La diferencia entre uno y otro es que mientras Marías lo hizo en el mismo momento de recibir la llamada, Savall tardó un día en digerirlo. Esto no ha sentado muy bien en la profesión, que ha desarrollado las más diversas teorías. Se esgrime, por ejemplo, que Savall aceptó la medalla de oro del parlamento de Cataluña dos semanas antes, y al comparar ambas distinciones algunos ven perfilarse cierta idea nacionalista. Un golpe más para ir en ese camino, vaya. Savall lo niega, y en su carta dirigida a José Ignacio Wert argumenta su decisión debido a la falta de apoyo durante muchos años de distintos gobiernos, junto a las actuales políticas culturales del equipo liderado por Santamaría… perdón, por Rajoy. Estas declaraciones también han levantado sarpullidos, a ser Savall uno de los músicos que más subvenciones han recibido. Otros, por el contrario, aplauden con fervor sus argumentos y contemplan la renuncia como una manera de crítica, quizá la única, capaz de resonar lo suficiente para que nuestra muy aburrida sociedad se percate. ¿Pero lo hace?

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Ilustración de ORE (A.K.A. Jorge Fernandez Ruiz)

El interés de todo esto, a mi parecer, son los bostezos (como mucho) que despierta el asunto en la población. A la refriega se ha unido Manuel Pérez Calzada, Premio Nacional de Literatura Dramática de este mismo año, escribiendo otra carta muy políticamente correcta para pedir a Savall que se retracte y acepte el premio, pues según él no lo entrega simplemente la institución sino que representa el sentir común de los españoles y es, por tanto, concedido por todos nosotros. La carta del dramaturgo también ha levantado las más diversas conjeturas: que si lo hace por un poco de notoriedad, que si en realidad rompe una lanza por el premio debido a intereses velados, etcétera. Otros, claro, aplauden su idea. Y así seguimos. Semanas después la fotógrafa   Isabel Steva Hernández, alias Colita, rechazaba igualmente el premio.

Resulta como mínimo curioso todo el ruido que ha levantado este asunto, revela la ceguera exógena de los artistas, porque si nos ponemos un poco duros, la realidad es que a nadie le importa. El público está más allá de todo esto. Tras tanto recorte y tanta política errónea en educación, tras tanta incompetencia en cultura los últimos años, a la sociedad española no le llega la importancia del Premio Nacional, casi no le llega ni su existencia, como mencionábamos antes. Evidentemente eso no es culpa de los artistas, sino de las políticas acometidas, pero también lo es de todos nosotros, demasiado conformistas o resignados como para salir a la calle a protestar por las continuas barbaridades cometidas contra el interés de todos.

De todo este revuelto de dichos y desdichos sólo podemos sacar que el eco pretendido por unos y otros no se producirá. Lo más curioso es que si hoy preguntas a alguien en la calle por los galardonados de los premios nacionales, como mucho te podrán decir el nombre de quienes lo han rechazado.

En el día del libro

Hoy es el día de los libros. Queda poco, pero aún lo es. En realidad escribo estas líneas poco antes de las cuatro de la tarde. Voy a pasar este día entre aeropuertos, entre largas esperas y con dos libros bajo el brazo.

Los aeropuertos son una suerte de limbo eterno dónde es fácil sentirse inhumano, poco más que una maleta arrastrando maletas más pequeñas… No me gustan los aeropuertos por la falta de escondites, de intimidad. Hay una excesiva exposición a una enorme cantidad de hombres y mujeres llenos de estrés, de sudor, de prisas y de extrañas lenguas. Es la Babel de hoy y nunca fui políglota.

Quien me conozca sabrá de mi pasión obstinada por los libros y por eso mismo el día de San Jorge o Sant Jordi o 23 de Abril o día del libro, me resulta un día especial. Regalar un libro es redundantemente generoso ya que no sólo es dar algo a alguien sino que ese algo a su vez “regala” o, si ustedes prefieren ser menos sentimentales, muestra un pequeño universo de ficción o no ficción; existe una historia o una información que servirá, en el caso de ser leída, para engrandecer a esa persona que ha sido regalada. Es cierto, la visión puede sonar un poco infantil o sentimental (de nuevo) pero un libro siempre enriquece, hasta los peores, los más panfletarios, incorrectos o de un pésimo estilo, ya que avisan y nos muestran cómo otros pueden ver este mundo de penumbras. La rosa, la sangre de aquel caballero o la sangre del dragón o ambas mezcladas, es también un bonito gesto para recordar lo perdido, lo derramado, lo mítico, lo literario.

Por todo eso, por ese “querer” mío hacia este día, hoy pensaba hablar de política, de la política del gobierno español hacia la educación y para con la cultura. Basten dos ideas; la primera es un silogismo fácil: fomentar la educación es fomentar el país. Querer realizar, una vez más, un modelo americano en España no funcionará. Parece que la derecha española tiende a fijarse mucho en los EEUU para estas cosas y le gusta realizar el mismo proyecto a escala española, es decir, a un nivel pequeño, chapucero y mediocre. No se puede trasladar un modelo desde un país a otro sin observar cuidadosamente la idiosincrasia de cada estado. Y, sin embargo, este gobierno, que se perfila ya tendiendo paralelismos con tintes fascistas (y lo digo, sabiendo que caigo un poco en la demagogia, pero vistas las políticas represivas asociadas a la huelga creo que es comprensible mi indignación) es ignorante y se limita a torpes recortes sobre la hoja del país, esperando que el monigote resultante sea similar al yanki. Déjenme desmitificar esto: no va a ser así, el “tembleque” de nuestro bien muerto dictador, aún les dura en la mano a los políticos de hoy. Así no hay quien haga nada bien.

La segunda idea la formularé más brevemente: si la cultura en España se circunscribe a los toros y al deporte se creará una sociedad que sólo valore el poder físico, y sólo con poder físico nunca se ha conseguido ganar nada, ni siquiera las guerras. No era el ejercito mejor preparado el que se llevaba la victoria, era el que poseía el mejor estratega a la cabeza. ¿Dónde está la brillantez que España posee, la inteligencia, sus cerebros preparados? Imposible decirlo o tristemente fácil, quizá.

Y la culpa de todo esto la tiene el gobierno, pero la culpa de que al gobierno se le permita todo la tenemos nosotros, un pueblo adormilado que prefiere mirar a otro lado, que prefiere criticar y llorar en privado, pero que no aúna el valor para actuar porque somos un pueblo cobarde y nuestra cobardía viene de ese desconocimiento y de esa ignorancia que este gobierno (y por extensión nosotros) fomenta hacia el futuro.

Nos dirigen hombres menores puestos en la palestra por nosotros y en el día del libro, en el día de una industria que ha resurgido en los últimos años con mucho esfuerzo, la industria transmisora del conocimiento por excelencia, deberíamos pensar, yo al menos quiero dedicarme a pensar, en cómo estamos dejando que nosotros y las siguientes generaciones vivamos en un país pobre que fomenta la mediocridad, cuando el tesoro más valioso que cualquier país tiene es su propio conocimiento. Sólo así se sale de la crisis, sólo así se evoluciona.

“La dama boba”

Uno se pone a pensar y llega a la conclusión de que parece necesario cierto radicalismo en las opiniones, con el objetivo de abofetear los dogmáticos.

El señor Feliz de Azúa, uno de los brillantes, de los intelectuales podríamos decir, que quedan en esta España pobre de inteligencia, escribía hace poco en su blog sobre la ignorancia manifiesta de los políticos. Es algo bien extendido que se desprecia a los que saben desde las instituciones y se prefiere con mucho a los dogmáticos de cruz latina en ristre o de incansable recelo a lo nuevo. Parece que España vive en un renovado conservadurismo donde las doctrinas políticas han clavado su rodilla ante las económicas, donde el individuo ha sido vendido y donde se vive con la idea de “todo momento pasado fue mejor” Lo terrible es que hace unos días ese momento pasado se manifestó con una misa en el valle de los caídos. Franco, al parecer, no fue tan malo; semejante hecho que debería despertar una gran indignación y desprecio tanto hacia los políticos que permiten esto como en los católicos hacia su propia iglesia al manifestar el homenaje a tal figura ha pasado como una brisa podrida más en el cenagal de nuestro país. Eso sí, no hay que olvidar que si uno lanza una acusación o tiene la mala idea de comparar a Franco o Hitler se le tachará de ciego, obstinado y quizá radical.

Bien, comenzaba hablando de cierto radicalismo que parece necesario, por lo que me encuentro con el valor suficiente de afirmar que Franco igual que Hitler fue un dictador y que si en Alemania no se permiten adoraciones a su oscura figura no es sólo por Austwicht, (que se ha convertido en Leitmotiv a estas alturas) La idea aceptada con resignación de Franco como autoridad política de turno casi hasta legitimada por el pueblo es ciertamente vomitiva. Ni era un “abuelete” ni un “galleguillo” simpático; que fuera un dirigente patético y un dictador risible no significa que fuese menos déspota que lo fue Adolf. Recordar también que al menos Hitler consiguió el poder con las urnas en un tiempo convulso, en el caso de nuestro aflautado caudillo fue por una guerra.

Felix de Azúa terminaba en su artículo por anunciar eso que todos sabemos, que “España no es Europa, pero tiene que parecerlo” Un juego de apariencias que nos sitúa como “paletos” ante la Europa que se ríe de nosotros, que nos señala aún por tener creencias que ellos ya han superado y que nosotros denominamos “tradición” que se ríen de nosotros por enfrentarnos a la tiranía con nostalgia y una ley de indulgencia creada para que los crímenes del franquismo no salgan a la luz y para que si un Juez le da por abrir los ficheros pueda ser cesado por la osadía.

España es un país un tanto patético entonces, dónde la población crítica, pensante, la población que duda, lee, va a la universidad para aprender que no a la universidad como escuela de trabajo (modelo implantado ya hace años sobre todo en ciertas carreras) se ha mantenido estancado. O el porcentaje no ha variado o ha variado muy poco, tan poco que las cosas no han cambiado, lo cual demuestra su estatismo. Pensar en España es pensar en la derrota, en la muerte de la inteligencia y la coronación de la ignorancia, transmitida a un pueblo que no cree en aquellos que piensan y se burla de aquellos que lo hacen. Este país es feliz en su ignorancia igual “La dama boba” de Lope de vega pero de forma más oscura y orgullosa, habiendo tomado tal ignorancia como regla con la cual medir a todos, siendo ella la mejor medida. No hay esperanza en España para un mejor futuro.

Entrada Nº2: La intimidad

En Paris no hay cortinas en las casas y si las hay, los habitantes tras los cristales tienen la costumbre de no echarlas. No, no hay vergüenza a la intimidad. Aquí lo íntimo es otra cosa, algo mucho más natural. En España la intimidad es algo obsceno, que debe ser obsceno y que nos traslada las imaginaciones hasta secretos inconfesables que han de ser, eso creemos, pecados forjadores de nuestra condena. Los españoles no creemos en la justicia, sólo en el pecado íntimo, ese que parece guiarnos hasta la enfermedad con unos escrúpulos de cirujano paranoico.

Los españoles creemos en la culpa. De quién hemos heredado tal síntoma está claro, pues la cruz sigue marcada en nuestra frente. Sería mucho decir que Francia es de tal otra manera, porque al fin y al cabo es un país extenso y diferente, pero quizá no seríamos demasiado prepotentes si dijéramos que en París la culpa parece un vicio antiguo, cosa del XIV o al menos de antes de Napoleón. En una ciudad sin culpa, la gente puede hablar de sus defectos tanto como de sus virtudes sin que por ello se vaya a saltar algún tipo de normal moral o de regla de educación. En España nos cerramos tras nuestras cortinas para que nadie pueda ver lo que esconde la oquedad de nuestras vidas. En París cuando paseas de noche puedes encontrarte con las vidas no escritas de todos esos hombre, mujeres y familias que, lejos de avergonzarse de su intimidad, la exponen sin miedo.

Ellos saben que la intimidad es otra cosa, algo distinto, más íntimo aún que la propia palabra, y que se muestra en el espacio físico sólo en forma de invisibles.