Los restos de Roma

Roma arde. Aún puedes percibir el perfumado aroma de sus cenizas en estos patios, las obras se reúnen en un jardín pavimentado y todo está ordenado como si Diana reinase. En la colección de estatuas Maratón está muriendo, su último gesto es de victoria, pero es un engaño. El resto callan, le dejarán morir en el absurdo. Prometeo grita, llora, no es nada nuevo, lleva haciéndolo muchos siglos. El murmullo de Catón se une al coro. Los demás observan, Aníbal vigila a Cesar, pero éste le ignora. Las alegorías y las ninfas no tienen voz, miran sin interés. Cuatro reos custodian un monumento inexistente, a su alrededor ejemplos y más ejemplos de personajes y mitos, ninguno esculpido en la época de la que son ecos. Roma arde.

Las arcadas permiten ver otras salas con obras góticas y fragmentos de estatuas. Una pareja de cuarentones se besa con el mapa entre las manos, más allá un chico joven lee, y a su lado un hombre teclea en el ordenador. Ellos son los últimos héroes, los descendientes de los vencidos, los únicos capaces de ver todavía.

Aquí eres el héroe, el hombre capaz de escapar a la denominación común. Sales de los patios sin mirar ya nunca los cuadros, atendiendo sólo a los espacios vacíos entre los visitantes, porque allí puedes inscribirte tú mismo, en esa nada ignorada, en el hueco del baile de otros, entre las risas y las palabras o cortando el margen de una fotografía descuidada. Un interespacio donde tú puedes resistir, quizá el único punto, el que nadie quiere ni jamás será ocupado. Estás huyendo porque empiezas a ser vulnerable, porque tus sentimientos te traicionan y ya sientes el peso de la ciudad. Sigues las cartas de navegación invisibles y trazas la ruta entre distintas gravedades, cada persona tiene la atracción de un planeta y la dificultad está en no dejarse vencer por ninguna, pues todas las presencias niegan tu protagonismo, como si ya el héroe no fuese nada, un fantasma solitario, el molde crujiente de un cuerpo abrasado durante el incendio. Te resistes y sales huyendo a la noche sin mirar atrás.

Que el espacio se ensanche, que ceda el tiempo su dominio, que bajen de sus pedestales las estatuas y anden.

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Fotografía de Borja Rivero

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Un jardín sin estatuas

Camino en un jardín de ojos huecos que miran sin ver. No tengo prisa, paseo entre árboles, cerca de las fuentes, evitando esa materia negra que permanece insomne con cuerpos de hombre, con pies de titán, con manos de creador.

Orfeo me persigue, quizá ya ha llegado a la locura y ve en cada sombra el recuerdo de sus pecados. Me escondo cerca de los caños de agua y puedo sentarme a mirar. La felicidad es un engaño que ha vencido a costa de la trinidad elevada y del uno que gobierna tras unas puertas cerradas. Otra tríada mira el umbral de este jardín, son tres hermanos oscuros que se burlan con bocas torcidas de los dobles paseantes, de los errantes solitarios. Algunos se creen felices, otros saben no serlo, pocos se sientan a contemplar el reflejo de los mitos sobre el agua. Están ciegos por su propia mentira.

En medio de este teatro de siglos yo pienso, te pienso, pero mis pies son humanos, mi cuerpo es humano, mis manos son las de un niño. No basta con elucubraciones y temo que desaparezcas de este jardín en el que no has llegado a entrar. Ha pasado el tiempo, tu lejanía me ha llevado contigo, las nubes apagan el parque y el negro parece ya obsidiana ya carbón dispuesto al fuego. Las puertas permanecen cerradas, el uno aún está dentro, invisible al jardín, atrapado o quizá cauto y a la espera de lo que pueda pasar.

El viento me arrastra lejos de las fuentes. Orfeo ya cesó de buscar, ha vuelto y descansa triste. Me voy, dejo los árboles y camino nuevamente hasta que encuentro tu sonrisa en algún rincón, entonces mis ojos se vuelven huecos, me ataca un dolor blanco que transforma mis entrañas en bronce y caigo en otra fuente donde Ofelia canta el nombre de todos los ahogados. Escucho que ella pronuncia el mío, uniéndolo a la letra. Luego me duermo agotado, mecido por el propio deseo de no soñar.