Jorge y el dragón

Relato publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Julio de 2015. También publicado en su versión digital aquí.

Se colocó el yelmo para proteger su cabeza y avanzó con los chirridos propios de los caballeros armados. Cruzó el pueblo de manera solemne, con el viento agitando su capa, nadie salió a despedirle con fiestas o vítores porque no era el primero ni sería el último; pasó por las plazas y las calles observado por los aldeanos con el suficiente respeto para dejar la burla en la comisura de sus labios.

También el conde y su chambelán espiaron el recorrido del caballero. Ni siquiera sabían su nombre, lo había proclamado al llegar pero ninguno de ellos podía recordarlo. Tampoco parecía grave, el conde juzgaba absurdo ese pequeño detalle, nadie vendría a visitar su tumba, el nombre cincelado era lo de menos. Fue el tercer guerrero del año, el decimoctavo desde que el conde tenía memoria.

Aquel soldado se subió a su caballo y dejó pronto el pueblo muy atrás. Conocía los pensamientos del noble y su sirviente, sabía cómo pensaban los aldeanos; le producía cierto regusto amargo en el paladar saberse solo cuando luchaba por ellos. Quizá alguna vieja rezaría por él en la iglesia, pero no podía esperar mucho más. No importaba, sus actos le llevarían a la gloria. Luchaba por la gloria, no por ellos.

Cruzó la vaguada, salvó el río y dejó a un lado el camino internándose en los pastos que cruzaban el monte y se dirigían a la montaña. Avanzada la tarde divisó las ruinas del antiguo castillo condal, ruinoso recuerdo del encanto pasado. El musgo había invadido las piedras, desmoronadas creando fantásticas arquitecturas mordidas por el tiempo.

El caballo se puso nervioso al divisar aquel esqueleto de piedra, el guerrero palmeó su cuello para infundir ánimo en el animal, luego observó en derredor, sin encontrar rastro del dragón. Avanzó hacia el castillo, algunos en el pueblo decían que se guarecía allí, pero el caballero no lo creía; al fin y al cabo, los dragones solían atacar a cielo abierto, donde maniobraban con mayor facilidad.

Pasó muy cerca de la puerta del castillo, cuyo rastrillo destrozado parecía la boca abierta y desdentada de un pobre moribundo. Incluso el hedor que surgía del interior se asemejaba al de los cadáveres descomponiéndose. Dejó el castillo y avanzó al trote por los montes bajos, donde los arbustos eran mucho más numerosos y apenas sí nacían árboles.

Escuchó un siseo de advertencia. El caballero, preparado, colocó la lanza en ristre e hizo que su montura corriera en derredor. Estaba cerca, le estaba observando, agazapado para atacar, lo sabía pero podía verle.

El golpe vino de improviso, algo le sacó con violencia de la montura, arrojándole contra las rocas aparatosamente. La lanza salió disparada, el caballo relinchó fuera de sí mismo y corrió al galope unos metros, pero una forma enorme apareció frente al animal de la nada. El hombre vio por primera vez en su vida un dragón, medía más de veinte pies de la cabeza a la cola y sus alas tenían una envergadura sin igual, su cuerpo, recubierto de escamas esmeralda, refulgía con la luz del atardecer. La criatura lanzó varias dentelladas al aire y el caballo se encabritó antes de ser aplastado fácilmente bajo la enorme zarpa del reptil. El espectáculo de vísceras y sangre a punto estuvo de hacer vomitar al caballero.

El dragón levantó la pata y buscó con sus ojos rojos al hombre, cada vez más aterrado. La idea de aquella boca repleta de dientes sonriendo le pareció espantosa, pero era sí, el dragón sonreía: abrió la boca, chascó otra vez los dientes, se irguió para demostrar toda su estatura y por último, para aún mayor asombro del guerrero, habló.

–¿No sois capaces de aceptar la derrota?

El hombre parpadeó asombrado, había escuchado historias acerca de los prodigios de aquellos seres, además se había enfrentado a dos pequeñas sierpes, unos enemigos feroces que se defendieron bien y le dejaron cicatrices considerables, pero nunca habían articulado nada más coherente que un silbido o rugido.

–Vaya, un caballero lento –añadió la bestia, que parecía divertirse– En vez de tanta espada y violencia deberían poneros algo de inteligencia ¿No?

El hombre no tuvo ya ninguna duda, el dragón hablaba.

–¡Por la sangre de Cristo! –juró, levantándose y sacando el enorme mandoble con empuñadura en forma de cruz– ¡Ríndete, monstruo! ¡Abandona estas tierras!

Un sonido gutural surgió de la garganta del dragón, eran carcajadas:

–Pequeño humano… Decidme ¿Qué mal hago con mi modo de vida? Devoro alguna oveja o vaca cuando aprieta el hambre, pero poco más…

–¡Aterras a los honorables ciudadanos!

–He de reconocer que eso me divierte, sí –dijo recogiendo sus alas sobre el cuerpo, no parecía dispuesto a atacar.

–¡Abandona estas tierras! –repitió algo confuso el hombre.

–Sois plomizo, verdaderamente. Iros u os mataré como a vuestro caballo.

–¡Me acompaña la gracia de Dios! No os temo, bestia.

En ese momento la zarpa del dragón señaló pesadamente una pila de yelmos abollados con costras de sangre seca.

–A ellos también les acompañaba.

Un escalofrío recorrió la columna vertebral del soldado. Se planteó huir por un momento, pero su honor se lo impedía, sus principios, su juramento, la esperanza de encontrar la gloria obrando un imposible. Aferró la empuñadura del arma con fuerza, calibrando su peso, y dispuso los pies para el ataque. Nada de eso pasó desapercibido para los ojos del dragón, que enseñó los dientes, grandes como puñales y chascó la lengua con desprecio.

–Has elegido la muerte –gruñó el reptil, abriendo las alas de tal manera que levantó una ráfaga de viento e hizo trastabillar a su enemigo. El monstruo se lanzó sobre él y, sorprendido por su velocidad, el caballero apenas tuvo tiempo de echarse a tierra y rodar. Lanzó un corte a ciegas segando el aire, pero no acertó. Una pata del dragón le arrancó el yelmo y lo lanzó contra las rocas, donde quedó incrustado. La bestia trotó, se alejó en la campiña y el guerrero, ya recuperado, le siguió con la espada preparada; entonces el dragón se volvió y deshizo el camino andado con las garras por delante. El hombre adelantó el arma y en el último momento fintó y cortó al dragón en un muslo, superando la protección de escamas. El reptil aulló y lanzó la enorme boca hacia quien le había herido, el golpe empujó al humano entre las rocas y aquella caída le salvó de ser partido en dos por la poderosa mandíbula. El dragón corrió de nuevo, se alejó, se alzó en el aire y aulló hacia el sol del ocaso. Luego, con toda su furia se precipitó contra el enemigo, sus zarpas fueron rechazadas por el mandoble, y el caballero pudo responder con sorprendente habilidad, pero la fuerza del dragón le agotaba rápidamente. El guerrero sabía aprovechar su velocidad y aprovechó un descuido para colarse hasta quedar bajo la bestia. Quiso clavar el arma en el abdomen, pero falló. De pronto perdió el equilibrio, la cola del dragón le tiró al suelo y no pudo sujetar su espada. Una pata enorme le aprisionó contra el suelo con fuerza y esta vez tuvo la enorme cabeza de la bestia a un par de palmos de la suya, los rasgos del reptil estaban fruncidos en una expresión de asco.

–Sois una raza presuntuosa y débil –dijo con su voz abismal. Entonces agarró al caballero y le alzó hacia el cielo como un juguete. El hombre sintió su estómago encogerse, alcanzó la altura de una torre de homenaje y cayó por efecto de la gravedad, estrellándose contra los pastos, rodó y quedó boca arriba consciente, vivo, pero dolorido. Se mantuvo un momento así y al erguirse pudo notar un dolor agudo y penetrante en el torso, tenía al menos un par de costillas rotas. La armadura se había aboyado en el abdomen y le impedía respirar. Se la quitó sin otro remedio posible, deshaciendo las cintas de cuero con torpes gestos. También había perdido las protecciones de las piernas y tan solo le quedaba metal en el brazo del arma y en el hombro izquierdo. Sangraba por una pequeña herida en la cabeza.

El dragón se elevó como un ave inmensa y majestuosa. El caballero sabía que aquellos eran sus últimos momentos con vida, corrió al ver el brillo rojizo del sol sobre el arma cercana mientras el dragón le perseguía desde el aire, lanzándose como un cometa sobre él, un halcón cazando una liebre. Abrió las fauces, dispuso las garras, ya tenía al caballero a punto, pero este se echó al suelo sin protegerse de la caída, recogió aparatosamente su arma en el último momento y se deslizó de nuevo bajo el dragón, cortándole en el pecho. El reptil se revolvió, golpeó al hombre con las alas, le desgarró la pierna de un zarpazo y le lanzó hacia arriba con otro golpe. Esta vez el soldado cayó sobre el lomo del dragón. Había sujetado el arma por una casualidad del destino y se mantuvo como pudo sobre la bestia mientras ésta se movía nerviosa para quitarse aquella molestia. Inspirado por el afán de supervivencia el caballero se aferró al nacimiento del ala, intentó incorporarse lo justo y falló varias veces. Cuando vio la oportunidad agarró el arma con ambas manos en un último gesto posible, y en la ondulante superficie del dragón clavó con todas sus fuerzas la espada hasta la cruz.

El alarido del monstruo fue brutal y reverberó en la montaña, quebrando la superficie del lago, llegando incluso a los oídos del conde, del chambelán y de todos los aldeanos, erizando el vello de sus nucas, despertando el llanto de los niños.

La bestia rodó, herida de muerte, se arrastró por el campo intentando escapar, pero las fuerzas le abandonaban con prisa mientras la sangre brotaba de la espada como si fuese una fuente. Su asesino había caído junto a él, exhausto, destrozado por la batalla, sin conocimiento. El dragón le miró con tristeza, con debilidad, finalmente se tumbó, mareado, y observó el cielo azul oscuro.

–Seremos olvidados –musitó jadeando, abriendo y cerrando los ojos una y otra vez– todos nos olvidarán, todo se perderá… como si las estrellas se apagaran una a una hasta dejar el cielo vacío y negro…

Chascó los dientes, tragó saliva y exhaló todo el aire de sus pulmones. No volvió a respirar.

Al día siguiente las gentes del pueblo, dirigidas por el conde, encontraron al dragón muerto junto al cadáver del caballero. En su último intento por encontrar un apoyo para levantarse, la mano del hombre había quedado atrapada entre las espinas de un rosal, cuajado de flores tan rojas como la sangre de los dos combatientes, derramada en gran cantidad, mezclada en la tierra en una sola sustancia rubí.

sanjorgefin

Ilustración de Adrián A. Astorgano

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Balada de un día de octubre

El caballo lleva una barda con tres abedules blancos. El jinete hace trotar a la montura sin forzarla en exceso. Está perdido en sus pensamientos, silba alguna tonadilla de cuando en cuando y se distrae girando la cabeza de un lado al otro. No conoce ese bosque, pero pretende dominarlo pronto. Por otra parte la luz le recuerda a su hogar, el bosque le recuerda a su infancia. Está relajado, no espera encontrar allí batalla, cuando reconozca el terreno se adentrará en la ciudad, buscará dónde hospedarse, encontrará aquellos con quienes tiene intención de entablar largas conversaciones y luchará sin saña cuando sea necesario.

Sin previo aviso el caballero enmudece y obliga al animal a detenerse. Un niño yace cerca de un estanque, no muy lejos de donde él se encuentra. Se fija bien en la pequeña figura: es una aparición. ¿Duerme? Tiene los cabellos dorados desparramados sobre el verde del campo. La camisa blanca está abierta y expone su pecho pálido. El rostro está limpio de toda maldad, de toda experiencia. No puede distinguir sus rasgos por la distancia pero le parece la encarnación de una flor, algo bello sobre el que hubieran exhalado una respiración fresca.

El caballero baja de su caballo. Deja a los pies la espada y el escudo, luego se quita el yelmo y los guanteletes de acero. Avanza. Sus pies aplastan las margaritas sin darse cuenta del hecho. El niño despierta con el chillido del metal y el crujido de las correas. El caballero tiene ya ensayada una sonrisa para apaciguarle, pero no hay miedo en quien le observa, no hay siquiera sorpresa. Eso le perturba, duda y termina por detenerse.
-¿Quién eres? –pregunta con curiosidad el niño.

El caballero parece maravillado, lleva las manos a su pecho, al peto con el emblema grabado y mellado, luego responde. El niño asiente muy serio:
-Aquí no crecen abedules blancos, caballero.
-¿Y tú quién eres, niño de nieve?
-Soy el príncipe de las espinas, hijo de un rey de mirada ausente. Vivo en la ciudad, sobre las arcadas y bajo las formas puras de la mañana.

El caballero está confundido. No entiende una respuesta tan críptica. Observa el bosque a su alrededor, se siente algo incómodo, pero la curiosidad le vence. El rostro iluminado del príncipe le atrae. Pregunta por el lugar, el niño no se mueve, se toma un instante antes de parpadear y responder:
-Este es reino de olivos y baladas amarillas. Al regresar del campo los bueyes hacen sonar sus esquilones de plata y las doncellitas los escuchan desde barandas de color verde esmeralda, ellas esperan a soldados que no regresarán nunca. Los gitanos, por la noche, destrozan esqueletos en busca de dientes de oro que llevarse a la boca. El rey ha abandonado toneles llenos de sal en las aceras más pobres y algunos hombres han probado el mineral quemándose para siempre sus lenguas. Aquí la gente celebra las bodas a la luz de la luna llena y los entierros son siempre anónimos. En este mismo bosque una viudita busca a su marido sin saber que está muerto cerca de las fuentes. Es reino de luna, de sombra y aire.

El jinete se ha ido acercando con el relato, pero la última frase le resulta extraña; más extraña aún que todo lo demás. Tiene el gesto fruncido, se pregunta si el príncipito no estará burlándose de él. Comprende, de pronto, que la cara que creyó ver infantil no lo es tanto, ahora puede vislumbrar el vello que aparece en el pecho descubierto. Sus labios también son demasiado serios. Le asusta algo en él que no es capaz de entender, pero la belleza es más fuerte y se acerca con otro paso y otro más.
-¿Qué haces aquí? –pregunta.
-Espero –responde al punto- ¿Y tú, caballero?
-Avanzo –explica en el que cree que es el mismo juego.

El niño asiente, por primera vez se mueve él, camina hacia el otro. Se aproxima cuidando cada pisada, sus pies están descalzos. Hace otra pregunta que no encuentra respuesta.

El hombre está a dos pasos del joven, ahora ve que es de su misma altura, sólo le gana por las grandes botas. Con la armadura también parece mucho mayor que el príncipe que creyó niño, pero hay algo de barba en su cara y unos ojos que le obligan a atragantarse con palabras que no dice. En un primer impulso acaricia sus hombros con torpeza.
-¿Qué ojos son esos, pequeño príncipe? Parecen de piedra…

El niño que no es tal baja los párpados para pensar, coge la mano del caballero y la lleva hasta su cara. El tacto del pelo no es sedoso y la piel es dura. Los labios están resecos. En un arrebato de ternura el jinete le abraza, por alguna razón le cree sufrir, lo sabe. El príncipe se deja y responde de la misma manera. Ambos se aprietan en un mutuo comprenderse, con necesidad, con hambre. Sin saber por qué se besan tiernamente durante un instante que trae el anochecer. Su sabor es de naranja amarga y huelen a rosas y azucenas.

Cuando el caballero separa su cara de él, los ojos extraños son más profundos y siente vértigo al mirarse en ellos, el rostro bello se le antoja ahora algo monstruoso. Siente una punzada de miedo, no comprende la transmutación. El príncipe tiene la frente manchada de sombra. Esta vez sonríe, y la sonrisa, aunque llena de dulzura, le espanta por hallarla antinatural. Se acongoja. Esta vez sí da un paso atrás, luego otro. El joven no dice nada, le tiende la mano en espera de que él la coja. El caballero contempla la pequeña mano desnuda, luego consulta aquellos ojos y duda dejando que el dudar tenga la máxima duración posible. No puede evitar ojear lo que ha dejado atrás: el caballo ajeno a toda la escena. No vuelve a mirar al príncipe, ordena a su cuerpo que se aleje. Paso a paso, con cierta prisa, se coloca los guanteletes y el casco, la espada y el escudo. Clava los talones en el caballo y la montura obedece, se aleja. Cuando se siente seguro el caballero mira atrás: el príncipe vuelve a parecer un niño, en ese momento lanza un clavel a los sapos del estanque y desaparece tras los árboles sin hacer ruido.

La venganza del hechicero

El fogonazo restalló en la sala. Sargal cayó al suelo herido, su espada desapareció de la escena.
-¡No, hermano! –suplicó.
-Veinte años encarcelado… por un delito que no cometí. Veinte años de insultos, de las más bajas vejaciones, confinado en un espacio ínfimo y en la más absoluta soledad…
-¡Piedad!
-¿Piedad? ¿Qué piedad tuviste de mí, aun cuando compartimos la misma sangre de nuestros padres?

Sargal se levantó pero la mano de su hermano fue más rápida y a otro fogonazo le siguió un golpe en el pecho que lo lanzó con la pared. Gritó de dolor sentándose en el suelo. La sombra de su gemelo avanzó hacia él como un enorme murciélago y Sargal sintió terror ante aquella mirada llena de fuego. “Está loco” –pensó-“estoy condenado”.
El gemelo agarró a Sargal por el cuello y lo levantó pegándolo contra la pared.
-¡Di mi nombre!

El guerrero intentaba zafarse con las manos, golpeaba el brazo del hechicero e intentaba arañar su cara, pero no lograba alcanzarle. Se estaba ahogando
-¡Di mi nombre! –gritó con más fuerza el gemelo.
Sargal gorgojeó:
-No…

La cara del hechicero se contrajo de asco y utilizó el cuerpo de su contrincante como si fuera una piedra, parecía que su peso no le era ninguna molestia. El guerrero cayó al suelo y rodó debido al impulso hasta que se topó con una columna que le frenó dolorosamente.
-No debiste venir aquí, hermano. ¿Por qué?

El guerrero se levantó, apoyándose en el escritorio cercano, una mesa inmensa de madera maciza. Vio sobre su superficie un abrecartas y como si su gemelo hubiera leído sus pensamientos, el potencial arma salió disparada en otra dirección y se clavó hasta la empuñadura en la puerta.
-Contesta.
-Supe que habías escapado… –gimió Sargal, dolorido. Necesitaba ganar tiempo para vivir, porque sabía que no aguantaría mucho más- ¿Cómo escapaste? Han… han pasado veinte años.

El hechicero sonrió, pasó sus manos por la cabeza calva y tocó allí donde su cráneo se había partido en el pasado, una cicatriz extraña recorría gran parte de la cabeza, como una imprecisa brecha cuya sombra hubiera permanecido.

-Mi prisión era un pozo en el fondo de la montaña de los mil días, rodeado de hechizos, bestias de kornul y guardianes de piedra que nunca duermen. Vigilaba mi dieta un carcelero ciego y sin lengua que era a su vez prisionero del mismo lugar, aunque de una manera distinta. ¿Cómo logré salir? Es una buena pregunta, hermano –el gemelo caminó varios pasos hasta una mesilla de mármol donde descansaba una arqueta deslucida por los años, la abrió sin importarte el polvo y sacó tres anillos que se colocó en el mismo momento. Entonces sintió un escalofrío que hacía mucho tiempo había olvidado; con esa nueva sensación recorriendo su cuerpo, se volvió hacia Sargal, que lo observaba lleno de miedo-. He susurrado veinte años en la oscuridad, hermano mío, veinte años invocando lo desconocido, hasta que lo desconocido me escuchó. Vivir o morir, al final todo se reduce a eso ¿verdad?

Un remolino de polvo y aire se levantó a un lado de la sala y Sargal encontró la espada en el rincón opuesto, no se lo pensó: lanzó contra su hermano un libro que encontró en la mesa y corrió. El hechicero, con un grito, fulminó el libro en un estallido verde. Sargal hizo una voltereta en el suelo para librarse de un segundo rayo y logró recuperar su arma.

El gemelo rió de buena gana, pero el guerrero se lanzó contra él desesperado. En su carrera trazó un arco destinado a cercenar la cabeza calva del hechicero y lo habría hecho, pero cuando la hoja iba a impactar simplemente se deshizo en el aire. Sargal gritó de impotencia, tiró la empuñadura al suelo con rabia y golpeó el pecho de su hermano hasta que resbaló a sus pies, impotente, sabía que no podía hacer nada más.

El hechicero le miró con indulgencia, casi con pena. Acarició el pelo de su hermano un momento y le obligó con delicadeza a observarle desde abajo.
-Di mi nombre –le pidió.
Sargal derramó una lágrima torpe
-Nael –dijo en un susurro-, tu nombre es Nael.

El mago asintió, sonrió. Un murmullo había comenzado a escucharse a lo lejos, pero era tan sutil que el guerrero pensó que era su propia imaginación, cuando quiso darse cuenta, su hermano le había vuelto a levantar del suelo sólo con la fuerza de su brazo, le sostenía por encima del suelo, asfixiándole. Sintió que se mareaba pero Nael permanecía sin inmutarse, muy tranquilo. Luego, sin que nada le diera comienzo, un coro empezó a cantar desde la nada. Sargal abrió mucho los ojos, sabía qué significaba aquello. El ruido de unos tambores surgió de algún lugar y de pronto los muros y toda la estancia se diluyeron, cayeron como si fueran un vulgar telón y revelaron un mar de cuerpos líquidos que estiraban los brazos hacia ellos, únicas figuras sólidas en el mar de fuego. Los rostros de aquellos fantasmas aullaban y Sargal supo que era el coro que estaba escuchando, una melodía alta, que entronizaba a su hermano como príncipe de aquel lugar macabro.
-Es… el fin.
-No, hermano mío. Sólo lo es para ti. Para mí… para mí es el principio.

Sargal pudo concentrase por última vez en la cara de aquel con quien había compartido juegos siendo niño. Recordó un antiguo abrazo contra la oscuridad, contra una pesadilla que uno de ellos había tenido y que el otro le había ayudado a vencer con ese sencillo gesto, pero aquella imagen agradable se vio superada por las pupilas encendidas del hechicero.
-Adiós –susurró Nael y acto seguido le apartó a un lado y lo dejó caer en aquella insustancial locura llena de voces y de música tenebrosa.

La sala recuperó su ordinaria apariencia, silenciosa y húmeda. Nael permanecía en el centro y no había rastro de su gemelo. El hechicero abrió la palma de la mano y en ella encontró el colgante de su hermano, un recuerdo que una vez le había pertenecido a sí mismo. Aquel objeto era la clave para recuperar todo el poder perdido.

Atendiendo a una llamada que no había pronunciado con los labios, unos ojos llameantes aparecieron en un rincón de la habitación y Nael le invitó a pasar con un gesto. El demonio se recubrió de fuego y su cuerpo negro crujió como la ceniza.
-Busca al siguiente. No le toques un solo pelo de su cabeza, es mío –dijo el mago.

La criatura asintió pero no desapareció, Nael supo qué era lo que estaba preguntando.
-Se llama Gardor, empieza a buscar en Zavoquía. Tiene la misma marca que mi hermano.

El demonio volvió a asentir y el fuego que lo recubría se apagó hasta que él mismo desapareció como ni nunca hubiera estado allí.

Nael caminó por la sala, recorrió toda su extensión y acarició la librería llena de polvo y telarañas, llevándose varias entre sus dedos. Aspiró el aire viciado del lugar y sonrió.
-Todo va a cambiar.

Los textos de Drein

Texto extraído del ciclo de conferencias “Ter-Ekniman IV: Age of glory” Impartido el 4 de Diciembre de 2010 en la Mercury light University por el catedrático en historia fantástica, el doctor B. R.

Sobre la exégesis que los estudiosos han ido creando acerca de la literatura del reinado de Ter Ekniman IV solo podemos decir una única cosa: es magnífica. Este juicio de valor se sustenta en la exagerada variedad y cantidad de documentación de la que disponemos. Jamás una cultura de la antigüedad, ni siquiera la que tratamos, ha tenido una producción tan ingente de textos salvo en este periodo concreto y en esta sociedad.

El periodo de reinado de Ter Ekniman IV fue esplendoroso para las artes, y en todos los sentidos. La economía, basada en un comercio prospero con los reinos sureños, junto con la indiscutible generosidad minera de sus entrañas, favorecieron el florecimiento de una nobleza que, colmada de excedentes, pudo terminar por gastar grandes sumas en bellos tratados genealógicos en papiro, en exquisitas copias del Liber mortis, en grandes palacios etcétera.

La exégesis que se ha llevado a cabo sobre un periodo tan fértil en las artes es, por tanto, digna de admiración. De admiración sí, pero por lo mal que ha sido realizada, casi podríamos decir que su apreciación se debe a lo odiosa que es. Por poner un ejemplo, ¿Qué diría el sumo sacerdote de Ân’un-Ei si escuchase lo que el catedrático experto en la dinastía Ter, Alfred Dougman, dice de él? En las páginas de su manual “Religions of Drein” tacha a todo el clero de rituales pederásticos llenos de brutalidad. Sin embargo, dichos actos sexuales eran únicamente con vistas a la aceptación dentro del sacerdocio en una religión que, en términos vagos, podríamos fundamentar en el culto a la fertilidad. Era un requisito indispensable que después de la formación cultural del novicio, este tuviera contacto carnal con un clérigo consagrado (de distinto sexo) para así contribuir a honrar la deidad de la mejor manera posible. Es cierto que semejantes encuentros solían ocurrir siendo el novicio menor, pero no obstante tenían la edad suficiente para ser fértiles. Aquellas mujeres que se quedaban embarazadas de esta forma, eran elevadas al rango de sacerdotisas mayores y, si sobrevivían al parto, gozaban de un estatus social predominante sobre el resto del estamento eclesiástico. Estas prácticas, que a nosotros nos pueden parecer extrañas, eran muy normales en la época. Por eso toda la idea que se ha creado alrededor y todos los gruesos opúsculos que se han escrito bajo el imaginario de que Ter Ekniman IV fue un rey perverso que animaba a sus clérigos a cometer actos sexuales brutales con niños es radicalmente falso. Es evidente que a la monarquía le interesaba que la religión prosiguiera con tales prácticas, ya que eran esos hijos los mismos que se educaban, bajo supervisión del estado, para luego conformar el ejército que utilizaría el rey en sus conocidas campañas bélicas en la expansión por oriente, campañas que tuvieron el desastroso final bien conocido.

El fin de este reinado también está lleno de errores por parte de la lectura e interpretación que muchos estudiosos han hecho hasta la fecha. Se tiende a asociar la decadencia de la sociedad a las prácticas aberrantes de los clérigos, a la actitud perversa de su rey y al desarrollo, casi como método de salvación, de la religión egipcia dentro de la sociedad. La realidad es bien distinta. A mediados del segundo milenio A.C. se produjo una fuerte crisis económica producida por una sequía que asoló con la agricultura y con más de la mitad de la producción ganadera. Ello, junto con el coste de las guerras en oriente, tanto de vidas como a nivel crematístico, fue demasiado para el estado. Ter-Ekniman, que es apodado “El terco”, se negó a abandonar los frentes, de tal modo que el reino se arruinó y el pueblo hambriento se sublevó. Primero lo hizo contra el clero, que acumulaban muchas de las tierras de cultivo y almacenaban alimento para sustentar a su exageradamente numerosa casta sacerdotal; después el pueblo se sublevó contra la monarquía y la guerra civil que se produjo fue muy cruenta. Con ochenta años, el rey se vio en la tesitura de tener a su pueblo contras las puertas de palacio. En aquel momento, viéndose rendido, arruinado, demasiado viejo como para aguantar el golpe y con una herencia compuesta por un puñado de tierra seca y cenizas, cometió su dramático suicidio arrojándose sobre la muchedumbre que destrozó su cuerpo de tanta ira como habían acumulado contra él. Aunque aquel gesto estuvo motivado, como sabemos por una carta que dictó a su escriba para la primera esposa, por la esperanza de que al cebarse con él perdonasen a su familia, esto no fue así. Sus seis hijos y sus diez hijas fueron pasados a cuchillo y sus cinco mujeres terminaron en el harén público.

Concluimos esta breve exposición sobre el reinado de Ter-Ekniman IV invitando al lector a realizar una relectura de los textos propios de este periodo tan rico en documentación original, abandonando a un lado los prejuicios que la exégesis histórica de esta fascinante cultura ha arrastrado inmerecidamente durante tantos años.

Lo único que es digno de lamento en esta cuestión es que todo lo escrito pertenezca a una quimera y el reino de Drein y la existencia de Ter-Ekniman IV sólo pueda considerarse real dentro de los reinos imaginados. Aún así invito, como experto en esta cultura, a que el lector investigue por su cuenta. Entiendan la broma, pues todo el mundo puede reproducir y comentar los textos perdidos de Drein.

Ik-Elgamar (II)

La oración que elevó se cortó en sus labios. Jamás la logró terminar, el golpe sordo de las puertas al cerrarse tras él le sorprendió, ya que al mismo tiempo la luz que antes le cegaba se apagó. Se puso alerta, su cuerpo se tensó, las aletas de su nariz se inflaron, entrecerró los ojos escudriñando en la oscuridad y sacó su espada.
No ocurrió nada, pasados unos pocos minutos percibió una tenue luz al fondo de la sala. Avanzó a tientas, despacio, con cautela y esperando una trampa o una emboscada, pero sus pasos se limitaron a resonar en el piso de piedra. Cruzó una abertura en el muro y, sin pretenderlo, quedó embobado observando, con la boca semiabierta, más allá de la grieta donde se revelaba una gran sala hipóstila con incontables columnas de alabastro impoluto, de las que grandes braseros sacaban destellos y reflejos sinuosos. El suelo estaba construido con grandes losas de alguna piedra negra, y tan pulidas que Ik podía verse reflejado a la perfección sobre ellas. El efecto óptico era fabuloso y uno tenía la sensación de navegar por un mundo de aguas negras y tranquilas, envuelto en la oscuridad casi total que sólo las cavernas del infierno debían de igualar. Sin embargo, Ik-Elgamar no tuvo miedo, aquella tranquila negrura no parecía amenazante, simplemente era misteriosa, mágica, sobrenatural o quizá divina.
Jamás había visto nada parecido en su periplo por el mundo, y era mucho decir ese “jamás”. Recorrió un verano las estepas de Kalguin, galopando sin silla, aferrado a las crines de caballos indomables que le guiaban por escarpados senderos, permitiendole ver paisajes imposibles: grandes valles profundísimos, como abismos verdes llenos de luz y agua, cataratas de fuerza terrible que desbordaban de los grandes lagos donde se reflejaba la luna tan nítidamente que a un espectador le costaría distinguir cuál era la auténtica. Paseó vestido con trajes de batista, tafetán y lama, adornado con joyas cuajadas de diamantes, por los cien palacios del emperador Ferbró IV, en las lejanas tierras de Ismanen, la región de los lagos y el cristal. Vio allí estancias enteras construidas en medio del agua pura y fría de los glaciares, que se sostenían sobre la superficie tranquila, guardando mujeres de belleza indescriptible, tan hermosas que ningún hombre podía mirarlas a excepción del rey y sus elegidos. Visitó en Umán las tumbas de las cien reinas vírgenes, donde sus cuerpos reposaban incorruptos, flotando pálidos, siempre jóvenes y hermosos sobre las aguas perfumadas donde los nenúfares florecían y bebían agua los cisnes antes de emitir su postrer canto. Ik-Elgamar vio morir muchos hombres, vio nacer muchos niños y sujetó a su primer hijo con aquellas mismas manos, notando el calor de la vida que él, de alguna manera había logrado crear junto con su amada esposa, con la que muchas veces pasó las noches más calurosas y tiernas de su vida.
Pero aquel recogimiento que ahora sentía en la columnata era nuevo para él. Ni en las ermitas centenarias de Grancia, ni en los templos cronoistas de Zadún, donde los monjes rezan cantando graves tonos, ni en la ciudad santa de Hagar, ni siquiera en el lecho de muerte de su padre había percibido tal espiritualidad; era algo que le llegaba al alma, que le empapaba de una humedad sagrada e imposible de describir. Susurró una tímida oración de gratitud y se atrevió a recorrer la distancia, paso a paso, entre aquella entrada y el camino que parecía marcado por los braseros.
Unos minutos más adelante, Ik percibió un punto no muy lejano donde los braseros terminaban y más allá podía discernir un espacio oscuro colmado de puntos dorados, como estrellas en el firmamento, abrazadas por un gran y generoso negro que se esparcía por doquier.
Se encaminó en aquella dirección, internandose en la oscuridad, buscando, como en aquel cuento para niños, alcanzar con su mano las estrellas. Notaba su corazón golpeando fuertemente sus oídos con el latir, pues en el silencio total de aquel mundo extraño su corazón era lo único que podía escuchar.
A unos metros de su objetivo pudo descubrir que aquellas estrellas eran pequeños candiles de aceite que colgaban del techo en distintas alturas, creando aquel efecto de puntos de luz discordes y sin sentido del que él se había maravillado unos minutos atrás.
No terminó de observar las lámparas de plata colgantes cuando se dio cuenta del muro cercano. Dejó su escrutinio y apuró el paso, terminando su camino junto a la pared, donde, tras unos escalones se abría un pequeño hueco con una gran losa de marfil en su interior. Dos candiles iluminaban la superficie de la piedra, donde alguien había cincelado un mensaje. Ik miró en derredor, buscando algo más, pero no encontró nada en la inmediatez por lo que prestó atención a aquella losa, acercandose para leer mejor. Esto es lo que allí estaba escrito:

Bienvenido, valiente que has hollado mil caminos y enfrentado a todos tus enemigos
Bienvenido, sabio que has discernido sobre todos los acertijos y seguido las pruebas
Bienvenido, fuerte que has superado las duras dificultades y te has obstinado en llegar hasta aquí

¿Cómo tú, viajero valiente, sabio y fuerte, has sido tan obstinado que te has cegado, ignorando a la razón y a todas las demás verdades? ¿Cómo has llegado hasta este punto siguiendo lo que muy pocos te decían, lo que la historia no respaldaba, lo que la mayoría de tus amigos te pedían no emprender? ¿Cómo, es que no lo entiendes?

Bienvenido, iluso, tú has pensado que un oráculo existía, que alguien que ve el futuro estaría esperando tu pregunta.
Bienvenido, desgraciado, pues no hay Dios que te salve ahora y todo tu viaje ha sido en vano. Nada hay por encima del hombre, la búsqueda de lo superior está condenada a lo inútil y aún cuando el hombre llega más allá de lo posible. Aún cuando se traspasa la última puerta y se adentra en este templo de esperanza, no se haya nada. Este edificio fue construido con mentiras y afirmado como un engaño, pero no, vosotros que siempre habéis de creer en algo, vosotros habéis decidido ignorar lo que dijimos y que la mentira era cierta. Habéis creado de lo construido humanamente una religión divina. Pero más allá de la vida, no existe nada.


Bienvenido, viajero, a tu tumba.

Ik-Elgamar (I)

Ik-Elgamar había nacido hacía setenta y ocho años, pero aparentaba apenas veinte. Pertenecía a una raza rara, con una población muy baja en aquel mundo extraño, por ello la pérdida de cada individuo era una auténtica tragedia. Como contrapartida, la raza de Ik-Elgamar vivía una media de quinientos años.
A Ik le daba igual.
La estela que cruzó aquel bosque corría a una velocidad pasmosa, imposible de conseguir para cualquier humano, y muy difícil para una maquina por la frondosidad del lugar. Él dejaba un rastro gris, como el color de sus ropas y esquivaba continuamente los fogonazos que se estrellaban de árbol en árbol, tronchandolos, lanzando llamaradas que dejaban un camino ardiente. Uno de los proyectiles cayó cerca, los hechiceros de Kerm, la orden ígnea de los magos, le perseguían desde hacía días y habían dado con él una hora antes. Eran diez, nueve ahora, ya que Ik consiguió atravesarle la garganta a uno de ellos con su espada.
Le perseguían por ser quien era, por descender de los Elgamar, por ser de una raza distinta a la suya. Ik les odiaba y lo hacía con razón, les mataría en cuanto tuviera oportunidad, pero en aquel momento debía llegar a su objetivo, no podía esperar. Corría con todas sus fuerzas, esquivando los arboles y las bolas de fuego que le lanzaban los hechiceros, quienes se encontraban agotados de correr, aun con las pociones que alteraban su cuerpo.
Salió del bosque, atravesó una zona de lomas suaves de hierba cortada por el ganado. En una elevación especialmente pronunciada se detuvo en seco. Allí lo vio.
Ante él, no demasiado lejos, una montaña solitaria se elevaba exageradamente vertical, como si hubiera sido el producto artificial de un dios caprichoso. El pico tenía en su base un corte ancho que revelaba una puerta dorada. Ik no estaba seguro, pero las leyendas decían que había sido construida en auténticos ladrillos y planchas de oro, repujado con miles de frases en todos los idiomas conocidos y con gemas incrustadas aquí y allá de tamaño de la cabeza de un buey. Guardaban aquellas enormes puertas dos estatuas, colosos cubiertos de plata, con los ojos muy abiertos y grandes espadas prestas a caer sobre el infeliz que pretendiese cruzar ante ellos con objetivos innobles.
Ik sudaba, jadeaba. Se dio la vuelta, los hechiceros salían del bosque y se reunían. Estaban agotados, pero él también se encontraba exhausto. Sólo un obstáculo se interponía entre él y aquellas puertas que conducían al oráculo de los dioses, el vidente más sabio del planeta, el único que podía darle la solución para salvar a su raza. El obstáculo era un bosque, casi se podría haber dicho que era un jardín, apenas una gran explanada de brotes jóvenes, zarzas y matorrales azules. Pero su apariencia inofensiva era solo una trampa. Ik lo sabía, desenfundó su espada, un arma estilizada y mucho más larga que las que los humanos utilizaban, pero perfecta para él.
Ik cerró los ojos. Rezó. Sí, era creyente, creía en una divinidad que protegía el mundo, un padre protector que cuidaba de todos ellos.
Los hechiceros se acercaron a él, aprovechando aquel momento, en sus manos aparecieron grandes bolas incandescente y las lanzaron en el mismo momento en que Ik emprendió su carrera con un gran salto. Aceleró, ninguno de los fogonazos le llegó a dar. Corrió, con la mandíbula apretada por la presión, con todos sus sentidos agudizados. Así se internó en aquella extensión que apodaban “el último jardín”. El peligro no se hizo esperar y de la nada surgieron tentáculos afilados que le buscaban, que le sorprendían en su camino, que le hacían fintar, saltar, voltearse, hacer mortales y recurrir a todas sus maniobras de experto acróbata. Más de una vez su espada cortó algunos de aquellos tentáculos vegetales, pero surgían muchos más buscando venganza. Su marcha se retrasaba y se hacía lenta y pesada.
Los hechiceros, que no se habían atrevido a adentrarse en el último jardín, se quedaron boquiabiertos observando desde una altura privilegiada cómo aquel individuo recorría el laberinto vivo que intentaba engullirle. Todos los hechiceros sabían que eran muy pocos los que habían sobrevivido al jardín, que aún menos personas lograron soportar la prueba de los colosos y que nadie había atravesado aquellas puertas para luego conseguir volver. No hicieron nada, su cacería había terminado, si él conseguía salir vivo se merecía su libertad.
Ik se encontró, sin preverlo, acorralado y se derrumbó, los tentáculos le tiraron al suelo, le golpearon, una espina del tamaño de un puñal se clavó en su muslo izquierdo, gritó por el dolor pero no cejó. Empuño su espada y cortó los tentáculos más cercanos. Se arrancó la espina, rabioso, y acuchilló otra de aquellas plantas que le agredían con saña. Saltó a una altura inimaginable y cayó de golpe creando una vorágine de fuego violáceo que calcinó las plantas cercanas, prosiguió su carrera sin hacer caso del dolor de la pierna, pero tuvo que esquivar muchos otros tentáculos, hasta que al fin llegó al otro lado y se dejó caer en el suelo, jadeando otra vez.
Ik-Elgamar se levantó tras varios minutos, no podía perder mucho más tiempo, se vendó la pierna y observó a los magos, lejos, sobre la misma loma en la que él había divisado su objetivo. No se sintió intranquilo por su presencia, pero sí cuando se dio la vuelta y se encontró con la visión de aquellas estatuas de guerreros que le miraban fijamente, parpadeando con sus ojos de piedra. Debían de alcanzar veinte metros fácilmente. Suspiró, cogió aire y se acercó. A cada paso que daba, la cabeza de las estatuas giraba, produciendo un sonido de roca rozando contra roca casi ininterrumpido. La prueba de las estatuas consistía aparentemente en algo fácil: sólo dejarían pasar a aquellos cuyas preguntas fueran dignas de la virtud de las respuestas del oráculo. Tenía miedo, no lo iba a negar, había recorrido desiertos, superado ejercito, sufrido la persecución constante de hechiceros, de brujos, de inquisidores y soldados, pero aquel instante inevitable, en el que nada podía hacer o decir para librarse de las repercusiones, aquel momento le aterraba. Si sus intenciones y sus preguntas no eran legítimas, entonces moriría bajo el peso de enormes espadas. No había lugar para regresar, pues volver al último jardín sería asegurar su muerte y aún cuando lo consiguiera atravesar, tendría a los hechiceros esperándole. No, debía mantenerse firme, su misión era justa, su gente había depositado en él todas sus esperanzas, no podía fallarles y no pensaba hacerlo. Debía de creer en sí mismo.
Ik-Elgamar pasó ante las estatuas serio, tenso, cojeando, sucio del largo viaje, con la pierna ensangrentada, con el hombro chamuscado por un hechizo que no había logrado esquivar, con multitud se cicatrices y con sólo una idea en su cabeza. Ik-Elgamar pasó sin que las estatuas hicieran nada, únicamente se limitaron a observarle.
Eufórico aceleró el paso hacia las enormes puertas, vería al oráculo, se sentía dichoso y lanzó un agradecimiento hacia aquel Dios en el que él creía. Las puertas se abrieron ante él, revelando una luminosidad casi diurna que manaba del interior de la montaña. Dudó un solo instante, volvió su vista hacia afuera y, sonriendo, se adentró en lo desconocido, cerrandose las puertas tras él.

Demonios de poeta

Hay veces, no muchas, cosa que el corazón agradece, que uno se encuentre con esas pequeñas bestias, adorables y llenas de dientes que nos sonríen en la noche a aquellos que sabemos mirar con los ojos entornados. De sus encuentros guardo una memoria confusa, por lo truculento del escenario y lo brillante de sus ojos.
Hace poco me sorprendió una de estas alimañas. Creo que caminaba con la chaqueta ya desabrochada, la camiseta revuelta y el humo deslizándose desde mis labios entreabiertos, con ansia, hacia la inexistente oscuridad de la madrugada. No sé dónde apareció, pero lo hizo. Algún pensamiento me rondaba mientras despeinaba mi pelo con los dedos entumecidos de alcohol. Ahí estaba, la vi sin verla, como únicamente se dejan advertir estas criaturas, me paré para escuchar su gemido ronco y el latir de su corazón, que era el mío.
Poeta. Nadie más podía serlo, yo tuve que cargar con esa penosa servidumbre a una realidad demasiado clara, que hiere los ojos. ¿Dónde encontrar unas gafas decentes? Algún cristal que sea capaz de mitigar esa luz tan terrible, hecha de hojas de afeitar que penetran la pupila como si pretendiesen dibujarme una estrella…
Y tú, alimaña revoltosa, juguetona, que sonríes entre las sombras y me muestras, como en un juego, la excesiva miseria que me revela tu presencia; a ti te debo ese cristal ahumado, el cual más mal que bien ha conseguido sanar un poco las cicatrices de mi pupila. Y yo, poeta, prendado de ti me he olvidado un momento de la tristeza de mi melancolía.
Poeta, casi sinónimo de mísero, de infeliz, de triste, de solitario, de inculto de la vida, de filósofo trasnochado, que te insultan llamándote bohemio en un sentido que no comprenden, dotando a tal palabra del significado más triste que en este mundo se puede concebir. Y a mí me ha tocado tal regalo envenenado, el más sufrido, el menos valorado. ¿Qué hace el poeta además de encontrarse con esas pequeñas bestias que sólo él ve? Nada quizás, intentar darle un cuerpo a esas fantasías, un cuerpo disoluto, que nadie parece apreciar.
Con los años nosotros, gremio que nunca se reúne, comprendemos que la verdad es muy posible que sencillamente nadie la pueda entender, ni siquiera otros ojos como los nuestros y a veces tampoco los propios.
Buscamos, en esas noches, en esa literatura que hemos decidido vivir, no por una elección exacta, sino porque así es como vemos, está en nuestro ser; buscamos la alegría que nos vetan tantas palabras. Pero no encontramos a nadie, no encontramos nada. ¿Cómo, y pregunto cómo, quiere nadie que yo viva viendo como veo todo, sufriendo como sufro todo, si nadie se para a mirar más allá de como yo miro? Sencillez aparente la de todos, que no padecen de las visitas de estas bestias que, tal y como nos sonríen, están mordiéndonos porque prometen y niegan casi al tiempo. El sadismo que yo padezco sólo terminará cuando alguien me arranque las tripas esperando encontrar un corazón petrificado, quizá dorado, pero hallando uno carnalmente herido.

Terrible deuda que a algunos nos toca,
disfrazada faz que nadie entiende,
incompleta vida de servidumbre.
Y soledad.