Miércoles fragmentado: Las ruinas circulares, Jorge Luis Borges

 “El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder.”

De repente, en un paraje inhóspito, vacío de creyentes y certidumbres, sucede la lucha. El que yerra, el errante, se encuentra consigo mismo en esa nada que es el mundo para él, para ellos ahora. Las ciudades, los árboles y los prados se difuminan y únicamente queda él, dividido, reflejado en el aire. Ambos se arrojan al suelo como entidades distintas, gimiendo por el viento que sopla fuerte, cargados de cadenas. Los dos pueden verse a sí mismos como una patética imitación de ese héroe vagabundo de ropas raídas, de mirada triste.

Ellos son un mismo caballero errante e ignoran dónde han de ir. Su destino terminó cuando la sangre caliente del dragón bañó sus manos, esa sustancia roja fue la causa de su perdición, la ruptura que ha terminado creando dos sujetos. Cumplido su objetivo, muerta la bestia, el pobre honor ganado a cambio no les ha valido para nada. Ya no saben quiénes son o quién es, se mantiene(n) siempre a la espera de ser rescatado(s), arrastrando el arma mellada y oxidada por el tiempo. Es o son un loco (o varios) con la barba blanca por las horas perdidas, aullando en la noche como un perro enfermo.

Anuncios

Colchones vacíos

 «¿Cuántas veces puede uno tropezar en la misma piedra?» –se lo preguntaba mientras salía del número 73 de la calle Alborada. Era un portal conocido para él, demasiado conocido, cada vez que lo cruzaba se hacía la misma pregunta. Su “piedra” todavía estaba en la cama, arriba, tras la puerta del tercero izquierda. Posiblemente volvería a dormirse en unos minutos.

La calle se le antojó viva, excesivamente viva un domingo a esas horas. Había demasiado sol, demasiada gente, demasiado tráfico. Recibió el frío de enero como si fuera un beso, gracias a él despejó su cara abotargada por el sueño, el sexo y el alcohol, o hablando con exactitud, por el efecto que estos habían dejado en él. Ni siquiera había tomado una ducha, sintió la urgencia de salir corriendo. A quien abandonaba tampoco le importaba, posiblemente sintiera lo mismo, en esos momentos estaría mirando el techo con pereza, preguntándose, como él, por qué se sentían atraídos el uno por el otro cuando coincidían tras unas cuantas copas. «Colchones vacíos, todo se resume en colchones vacíos» –dijo uno de ellos, no importa quién. A veces se resistían a ceder y lo consiguieron en muchas ocasiones, por pudor, por la duda de si el otro realmente correspondía sus deseos. Intercambiaban esa ansia al lanzarse miradas inocuas, crípticas por su falsa ignorancia, y únicamente con el alcohol encontraban la excusa para repetir. ¿Colchones vacíos? Quizá era más que eso: casa vacías, cuerpos con el calor arrebatado por demasiadas ausencias, cabezas y corazones huecos, deseosos de conseguir un remedio inmediato, pero siempre insuficiente.

Él, lejos ya del número 73, se pidió un café tras llegar a la zona del puerto. Lo tomó con la mirada perdida en el mar. Incluso dentro del bar hacía frío, la calefacción aún no había tenido tiempo para caldear el ambiente y él juntaba las manos en torno al vaso, el líquido no estaba caliente, sino ardiendo, y lo sorbía poco a poco, irritándose la lengua. En la televisión debatían sobre las corrupciones de turno en un programa sin duda repetido, pues ni el presentador más entregado tendría energía para hablar de lo mundano un domingo por la mañana. Tampoco los espectadores del bar parecían muy emocionados o indignados con las noticias. Ellos conversaban sobre el frío, alguno adivinó que nevaría más tarde: «se huele en el aire» –dijo. Pero él no podía olerlo. Al salir del local hinchó sus pulmones sin sentir nada especial. Aquel cielo amenazaba con su color blanco neutro, pero aún así prefirió caminar hacia casa. Se entretenía observando a la gente, sus idas y venidas apresuradas. Nadie parecía disfrutar del frío. Tampoco él a estas alturas, siendo sinceros, hubiera preferido no marcharse de la cama, quedarse un rato más, pero no habría tenido sentido, o peor, hubiera sido un engaño. ¿Por qué era tan difícil lo que debiera ser sencillo? Ninguno de los dos amantes se paró a pensar que el problema no estaba en la respuesta sino en la pregunta.

Miércoles fragmentado: Thomas el oscuro, Maurice Blanchot

“Dans toutes les âmes qui l’environnaient comme autant de clairières et qu’elle pouvait approcher aussi intimement que sa propre âme, il y avait, seule carté qui permît de les percevoir, une conscience silenciseuse, fermée et désolée, et c’est la solitude qui créait autour d’elle le doux champ des relations humaines où, entre d’infinis rapports pleins d’hamonie et de tendresse, elle voyait venir à sa rencontre son chagrin mortel.”

“En todas las almas que la rodeaban, como si fuesen claros a los que ella podía aproximarse tan íntimamente como a su propia alma, había una única claridad que permitía percibirlas, una conciencia silenciosa, cerrada y desolada, y era esa soledad la que creaba a su alrededor el dulce campo de las relaciones humanas donde, entre infinitas relaciones llenas de armonía y ternura, ella veía venir a su encuentro una mortal melancolía.” * 

A menudo le costaba distinguir las horas del día. Despertaba y el sol era extraño, la luz gris. Después hacía pocas cosas, sólo lo obligatorio: cogía el metro, limpiaba la casa de turno y volvía rápidamente a su pequeña habitación en la pensión donde se alojaba. Allí se dormía pronto con la puerta y la ventana bien cerradas para no pensar en el exterior. Las sábanas sucias, sin cambiar desde hacía un par de meses, tenían cierto encanto para la chica, le gustaba arroparse con ellas y olvidarse de todo. Al día siguiente emprendía la misma rutina y los fines de semana no sabía qué hacer. Muchos domingos los pasó en la cama escuchando el ruido de la casa, los cuchicheos de sus vecinos de cuarto preguntando por ella. ¿Estaría enferma? No, simplemente era rara. Los sábados, sin embargo, procuraba asearse un poco y bajar al puerto a comer un helado. A su alrededor la gente parecía feliz y ella se sentía como una paloma posada en la plaza mirando la vida pasar, esperando algo, quizá migas de pan.

A veces recordaba a su madre, la había dejado en el pueblo con sus hermanos. El día dos de cada mes la chica le enviaba casi todo lo que ganaba, junto con una nota corta diciendo siempre lo mismo en apenas un par de líneas. La madre escribía de vuelta con muchas faltas de ortografía y letras grandes y redondas, le contaba lo que pasaba en el pueblo y la vida de sus hermanos. Parecían felices, siempre le agradecieron el dinero y querían saber más de su vida en la ciudad. Ella continuaba escribiendo lo mismo y cuando pasó el primer año su madre dejó de preguntar.

Tenía dos compañeras de trabajo con quienes a veces coincidía, le invitaban a café e intentaban animarla a hacer cosas distintas y salir más. Nunca tuvieron éxito, pero ella les agradecía de corazón sus preocupados consejos. Sencillamente no era capaz de aceptar sus palabras, nunca tuvo la suficiente imaginación para creerse capaz de salir de esa cama de sábanas viejas y grises, ya algo raídas. Su mundo era la superficie horizontal donde podía recordar un tiempo triste y penoso, lo único que había conocido, lo único que había deseado y ahora añoraba. Nunca se le pasó por la cabeza viajar o intentar ser feliz, se vio obligada a aceptar aquel trabajo por la necesidad de su familia. ¿Qué podía hacer ahora con su vida, sino dejarse llevar por las olas de su cama?

*Traducción propia.

Una mujer sin pintalabios

Desde junio soñaba cada noche con una chica de pelo largo, esperaba en la carretera con la mano tendida hacia el mar. No tenía rasgos, el viento los velaba con su pelo. Era una imagen tan hermosa como triste. Finalmente olvidó el sueño, y nunca adivinó quién era la mujer. Pero un día dio plantón a una chica en el último minuto, porque llevaban un mes saliendo, besándose y follando. Tuvo miedo de continuar, o simplemente fue un cabrón egoísta. No importa. No vio por el retrovisor que ella ya le había distinguido desde la plaza, llevaba un vestido nuevo y tenía la mano delicadamente levantada hacia él. Entonces una ráfaga de aire le revolvió el peinado, y ella se detuvo mientras la moto se dirigía hacia donde indicaban sus dedos extendidos, hacia el mar. El chico se perdió ese instante, nunca la reconoció.

Cuando la mujer se recogió el pelo se dio cuenta de la huida. La kawasaki bajó La Rambla petardeando. Adiós, chico con pecas. Ni siquiera intentó llamarle por teléfono, lo sacó del bolso, pero se quedó mirando la pantalla. ¿Para qué? Todo estaba claro. En lugar de buscar su nombre apagó el aparato. Miró a su alrededor, dudando qué hacer. Se sentía demasiado estúpida allí quieta, comenzó a caminar hacia el paseo marítimo simulando tener un plan. Se le escapó una hora hasta llegar a la playa, los guiris se cocían al sol, mezclados con familias venidas del interior del país. Todas las vidas parecen más felices desde fuera –pensó–, pero sólo es maquillaje ocultando la putrefacción interna.

Quiso quitarse los zapatos y entrar en la arena, pero aquellas personas le asqueaban. No tenía motivos, no había ni un solo gesto que le invitara a pensar lo peor de ellas, y, sin embargo, su imaginación se volvió hacia el lado más oscuro de la naturaleza humana. En una pareja vio un marido engañando a su mujer para sentirse así más hombre; una gorda rodeada de niños se transformó en una infeliz, harta de peticiones y lloros, consolándose gracias a la botella y la bollería industrial; en otra familia numerosa adivinó la huida del primogénito debida a las palizas del padre, el suicidio de la segunda hija, y el ensordecedor silencio de la madre y de los dos hijos pequeños. Se paró a considerar que en la playa, por fuerza de estadística, habría ladrones, violadores, e incluso algún asesino. Cierto porcentaje moriría en menos de un año, y alguna de las allí tumbadas daría a luz en nueve meses. Miles de historias entretejidas como el dorso de un tapiz, caótico y feo.

La chica se sentó para mirar el mar, los turistas se iban marchando mientras el sol se ponía. A ella le llegó la inseguridad del abandono. ¿Acaso fue por sus tetas? Quizá con la dejadez del verano no le parecía tan guapa, o se aburría en la cama o el resto del tiempo. Imposible saberlo, la respuesta no le llegaría de forma esclarecedora, pero tampoco hubiera sido mejor si lo hiciera.

Recuerda los buenos momentos, las cenas difíciles por la lucha constante contra el deseo animal. Recuerda las tardes en la playa, solos o con amigos comunes, los bares después, y el primer sorbo de cerveza con un deje salado. Por último recuerda el plantón de horas atrás.

Siendo niña quería ser médico, no por curar a los demás como se podría esperar, sino por curiosidad sobre el funcionamiento de los cuerpos. En aquel tiempo más inocente, su abuela se escandalizaba al encontrarla desnuda frente al espejo, reconociendo su anatomía infantil. La gran pregunta que quería contestar era sobre la materia que separa los órganos, no sabía decir si entre los pulmones y el estómago, o entre el corazón y todos los demás había algo, si simplemente colgaban en el vacío, y por tanto el cuerpo estaba relleno de aire, o si era agua o carne o espuma. Fue un misterio, por más que preguntó a sus padres ninguno supo contestar. Pasaron los años y obtuvo su respuesta, pero tampoco le agradó. Llevó la pregunta de lo corporal a lo metafísico, y ese día, sentada en un banco, imaginando las sórdidas vidas de quienes pasaban a su alrededor, recién despechada, se dijo que los seres humanos estaban rellenos de miseria. La afirmación, íntima y jamás enunciada en voz alta, la mantuvo hasta el final de su vida.

La voluntad insalvable

“no te salves ahora / ni nunca / no te salves” – M. Benedetti

Un hombre sueña: su hermana pequeña corre por una pradera con un conjunto blanco, la madre de ambos grita porque ya imagina las manchas verdes en su vestido, él arrastra una gran canasta de mimbre. Parece posible, pero nunca ha pasado.

Cae en una nebulosa gigantesca durante eones y no se consume. Hay formas estallando en la oscuridad, son afiladas, cambiantes, está en el fondo de un caleidoscopio Siente tristeza. ¿Por qué? Hay una herida abierta en el universo, una brecha. No cae hacia ella, pero se encuentra a un paso de precipitase si lo diera, si quisiera suicidarse. Sí, guarda conciencia de la muerte aun sumido en ese campo de ilusiones.

El abismo es inmenso, infinito, un acantilado cortado a pico en medio de ninguna parte, ambos lados son parecidos, la hierba crece sana, hay árboles frondosos, mariposas, pájaros, otros animalillos, ciudades, continentes, personas. En ambos lados de la brecha se han ido juntando millones, muchos de ellos sólo miran el otro lado con curiosidad o pereza, luego se vuelven sin más atención, pensando en sus muchos quehaceres.

Él también está ahí, observa a una persona que le devuelve la mirada. En los límites hacia la caída han clavado algunas ramas e instrumentos como si fuera el inicio de un pequeño puente. Otros les imitan, a lo largo de miles de kilómetros varias personas han conseguido terminar el puente, su número es trágicamente pequeño.

Pasa el tiempo, no importa cuánto. En su imaginación se intentan colar otras imágenes, otros sueños. Los caballos corren desbocados destrozando un lienzo rosa. Viaja hasta una ciudad gris llena de chimeneas, hollín y abandono, tiene frío en las manos y en los pies, se ha refugiado en el último piso de una fábrica en ruinas. Va a morir. Bucea en las aguas opacas de un océano lleno de peces brillantes, busca un barco hundido y maneja un arpón. Su madre en la mecedora donde pasó los últimos días de su vida viendo la telenovela. Su hermana otra vez. Un momento… nunca ha tenido una hermana. No importa, los sueños no tienen el mismo sentido de lo lógico y lo real. De hecho, su madre está viva. Le arrastra la gravedad de esa herida universal. Shakespeare grita «una vez más en la brecha, queridos amigos» y ríe a carcajadas como Papá Noel.

Retoma el sueño donde lo dejó, o casi. El puente ha crecido, ambas partes lo han hecho, es un puente fabricado con restos, parece una planta extendiendo sus ramas ávidas de alimento hacia el otro lado. No obstante, no puede evitar notar que su parte del puente ha crecido más que la de su contrario. Al principio no importa, sigue alejándose en busca de ramas, cuerdas, y pequeños objetos. Utiliza su chaqueta para dejar el “tablón” bien prieto. Da un paso más, se encarama a su maltrecha construcción para añadirlo. No se atreve a mirar abajo, pero busca el otro lado. Su contrario no le mira, tampoco trabaja, está quieto y presta su atención a varias personas cercanas, a quienes se alejan y le invitan a tomar un café en una lejana ciudad. Ese otro duda, no sabe si decir que sí, y el hombre encaramado en su parte del puente siente algo quebrándose dentro, clavándose en sus pulmones. De pronto respirar se hace difícil, así que baja del puente y se sienta en la hierba a esperar que su contrario vuelva y quiera reanudar la obra. Mira a su alrededor, también le invitan a alejarse del abismo, pero él les muestra su pecho ensangrentado, lleno de cristales, y dice que no le interesa salvarse.

Llega la noche, es curioso porque hasta ahora nunca había diferenciado la noche y el día. El otro no vuelve, tarda demasiado, ha perdido el interés en la construcción, en alcanzar a quien quería llegar hasta su orilla. Demasiadas dificultades. ¿Por qué perder más tiempo? ¿Por qué arriesgarse a la caída?

Ya no hay nadie en la brecha, nunca han existido, únicamente la parte de su puente se mantiene elevada como una patética hoja seca, a punto de perder esa casi inexistente fuerza que la conserva aún en su lugar. Él no puede más, cierra los ojos, su respiración se hace pesada, se hunde en el aire rojo de sus pulmones. Moisés abre las aguas. ¿Por qué no? Entonces pierde el equilibrio pese a estar ya tumbado, la tierra se inclina y cae al abismo rodeado por tablas, ramas, ladrillos, hilo de seda, y otros objetos.

Entonces, como en muchos sueños terribles, la sensación de ahogo traspasa la fantasía onírica y el cuerpo se estremece nervioso, en un movimiento exagerado se incorpora con el grito en la boca. Respira, mira a su alrededor, la habitación no ha cambiado, el reloj sigue con su monótono ruido. Cae rendido sobre la almohada, entonces descubre el sudor frío de su piel y se pregunta si ha gritado realmente. Piensa con dificultad, sus reflexiones avanzan raptando en una sustancia fangosa. Sí, ha gritado.

Esta vez baja de la cama ligeramente mareado, avanza tocando la pared, el marco de la puerta, el pasillo. Las baldosas de la cocina le devuelven a la realidad. Abre el grifo, deja el agua correr y llena un vaso. Bebe de un trago todo el contenido, luego se queda mirando su reflejo en el espejo. Los detalles del sueño ya se han borrado, sí recuerda el abismo, el puente inacabado, la persona al otro lado. Sabe quién es porque lleva dando vueltas a su nombre casi un año. Demasiado tiempo de incógnitas, de no saber, de un tira-y-afloja agotador. Mañana hará una llamada, un ultimátum. No pueden seguir así, sin estar juntos ni separados, es insano. Sí, comprende el sueño, y precisamente por eso no quiere dormir y verse trasladado a ese no saber cuándo volverá el otro o si querrá recomenzar la construcción del puente. Enciende la televisión y pasa los canales

Conversación con Van Gogh

¿Qué miras Vincent? ¿Qué estás mirando? Parece que a mí y a cualquiera delante del óleo, quizá ves más allá, quizá el final. Sí, esos ojos de agua tienen que sobrepasar lo púdico de un cuerpo como el mío, de unos ojos como los míos. No, no nos miras. Tú permaneces fuera de esa maldición que atan a los retratos en la contemplación fija hacia el espectador, repitiendo eternamente el gesto sin parpadeos, permaneciendo con las pupilas encendidas cuando las salas quedan vacías y la luz se apaga.

Tú te pintaste constantemente y tus retratos podrían valer como las páginas de un diario, como complemento a las cartas que enviabas a tu hermano, Theo, ese clavo que te mantuvo en vida aún cuando tú no estabas seguro de ella.

Y sin embargo pintas esto ya muy cercano al punto de no retorno. En este fondo violeta, azul oscuro, negro, tenebroso, está la voz de tu madre que te llama; la sonrisa torcida de Theo, que te observa con pena; está el sueño de tu vida y, sobre todo, está Gauguin. Sí ¿Es a él? ¿Es a Paul a quién miras? Nunca lo sabremos, pero es posible que tu mirada le espere hasta el día en que se coloque ante el retrato y llore de verdadero arrepentimiento. Los dos sabemos que es algo que no va a pasar. Tú ya lo adivinas ahora y yo lo sé desde mi futura posición.

Todos se han ido, te has quedado solo, encerrado en la oscuridad que te ha llevado a Saint Remy, allí estás lejos de ti mismo, lo adivino en los ojos que aguardan la libertad, que la sueñan todas las noches pensándose en otra habitación que se deshace de puro miedo a perderla para siempre.

Y sin embargo este es tu último paso hacia atrás. Yo sé y quizá tú también adivinaras esto al protegerte los hombros con el calor azul de la fe, que este será tu último momento feliz, el último esfuerzo en el pulso que juegas contra ti mismo, contra la tristeza, contra la locura. Ella va a ganar, Vincent, la luz que te caldea la espalda y abrillanta el fuego de tu cara se apagará y todos tus matices serán absorbidos por el púrpura del mundo, por lo ordinario. Tus ojos ya se embarrarán en el próximo retrato que envíes a tu madre. Uno puede imaginarse perfectamente a esa mujer que recibe el paquete de su hijo y lo abre con deseo justo antes de apartase, asustada ante lo que ha ocurrido con su hijo. Pero todo eso será dentro de unos meses. Ahora, en este instante, tienes esperanza, quieres creer que la paleta de tu mano será suficiente para vivir, es la ilusión que te queda: la ambición de vivir por ser pintor y por pintar.

Te añoro, Vincent. Hubiera deseado que ganaras en el pulso vibrante con la demencia. Pero no fue así. Tenías razón ya en Saint Remy, habías perdido tu habitación entonces y nunca la volviste a encontrar. Dentro de unos pocos meses te hallarás en un campo cada vez más lúgubre, un campo de pesadillas donde los cuervos te hablarán con burlones graznidos de lo que nunca tuviste y osaste desear.

Pobre Vincent… ¿Qué me puedes decir desde esa silenciosa boca? Deja ya de buscar a Paul, él nunca volverá. Olvídate de por qué no lo hiciste antes y piensa en que lo harás al final, después de haber amado tanto, de sentirte tan vacío y recorrer ciudad tras ciudad en busca de ti mismo y de tu felicidad. Ese final vendrá en un campo de trigo que aún no conoces, con el caballete a un lado y la pintura aún fresca sobre tu paleta. ¿Pero qué último impulso te otorgará el valor final? Esa pregunta jamás tendrá respuesta, ni tampoco tú la sabes hoy, aquí, rodeado del malva. Quizá será una cruel broma de los cuervos o un ondulante movimiento el que te revele que no habrá más de ese tipo. El silbido del aire te susurrará que las espigas seguirán meciéndose en el aire cuando tú ya no estés. Y eso, igual que a Virginia, te bastará para resbalar en el borde y caer y seguir cayendo. Te darás cuenta de lo solo que estás, de que lo has perdido todo y de que lo único seguro que te quedaba, la pintura que también manchará el revolver al tomarlo, era un sueño que nadie había juzgado con posibilidades de cumplirse. ¿Entonces te aplastará tú propio cielo empastado? He de decirte que ese color de aquí lo encontrarás también allí, pero para entonces ya no te quedará la determinación que hoy tienen tus mejillas. Puede que finalmente cuando cierres los ojos y aprietes el gatillo te sientas liberado por el dolor. Caerá tu espalda al suelo, Vincent, pero no habrás muerto. Volverás a la cama, dolorido pero creyendo en la vida, dispuesto a pintarte igual que ahora. Ese será tu último pensamiento sano antes de que llegue el médico y Theo y la fiebre y el sudor frío que anuncie el final. Morirás pálido contra el rojo de tu barba y con las manchas amarillas del campo aún marcando tus dedos de pintor.

Fuiste muy valiente, Vincent, otros no lo podemos ser.

Lucía

Estaba quieta. Tranquila, con una taza de café en la mano, sentada en una de esas terrazas donde las carteras abultadas de la ciudad se reúnen para relajarse de sus siempre interesantes vidas. Ella estaba sola y no aguardaba a nadie, aunque muchas de aquellas personas esperasen que llegase una amiga, un familiar o, en el mejor de los casos, un hombre que se sentase a su lado. Lucia –así se llamaba- sabía perfectamente que las miradas disimuladas que le lanzaban mujeres y hombres se debían a ese interés que suscitan las personas solitarias en lugares donde todo el mundo se junta en ruidosos grupos.

Aquel día llevaba un vestido azul claro y miraba la gente pasar. Era verano, un día de esos radiantes en que el calor nos aplasta contra el pavimento. Pero allí, a la sombra de los alisos que poblaban la plaza cercana, uno se encontraba cómodo y el bochorno era soportable ya que llegaba un vientecillo fresco desde el río más allá de los árboles.

Aunque de ordinario solía merodear por aquel lugar un viejecillo con un violín ajado, aquella tarde no había rastro del hombre ni de su instrumento. No había música y Lucía lo agradecía tanto como agradecía los días en que sí aparecía el anciano con sus canciones desafinadas. El silencio se mezclaba con el sonido de las hojas al castañear con el paso del viento y también con las voces, no exageradamente altas, de todas aquellas personas bien vestidas que conversaban sobre la familia, el dinero, la política y el deporte. Ella disfrutaba de su soledad, disfrutaba de aquella compañía murmuratoria de las gentes “de bien”, que elucubraban sobre su extraña aparición en la pequeña ciudad, sobre su soledad, sobre su amabilidad. Era, sin embargo, un pueblo en su fondo y sus cuchicheos siempre desembocaban en alguna truculenta historia o en un mal pensamiento incoherente y sin sentido. Se dijo que era la querida de varios hombres importantes, luego se la rebajó a criminal huida y unas beatas incluso dijeron que era la hija ilegítima del alcalde, pues habían coincidido juntos en un restaurante el sábado anterior. Sobra decir que Lucia no amaba a nadie en aquel entonces ni tenía cuentas pendientes con la justicia ni tampoco conocía de nada al alcalde.

Uno de los muchos panaderos de la ciudad era el único que sabía quien era Lucia, aunque la respuesta al enigma era de lo más inocente ya que se trataba de su sobrina, a la que hacía años que no veía y que había decidido tomar unas pequeñas vacaciones en aquella ciudad de donde era originaria toda la familia. Aún con todo, la joven había preferido hospedarse en un hostal –cercano precisamente a la plaza de los alisos- antes que en la casa de su tío. No era un insulto hacia su familiar, simplemente Lucía era muy independiente y prefería una habitación ajena a un ritmo de vida al que adaptarse. Se lo podía permitir, por lo que todo estaba bien.

De ella poco más podríamos decir. Tenía veinticuatro años, trabajaba de gerente en un hotel de Barcelona y vivía allí con su hermana mayor. Sus padres tenían una librería en Alicante e iba a visitarles una vez al mes. Como ya habíamos dicho no tenía pareja, pero sí se encontraba en aquel lugar por un asunto de amor. Lucia había estado saliendo con un chico durante dos años, hasta que un día este desapareció sin dar ninguna explicación. “Ya no es como antes”, había dicho, y no le volvió a ver. Ella a pesar de llorar un par de días y sentirse desconsolada, llegó a comprender que él tenía razón. La relación no era como al principio, se habían cansado, vivían su “amor” con monotonía, iban al cine, se acostaban, comían fuera de cuando en cuando y hacían todo lo que se consideraba que una pareja de su edad debía de hacer. Pero de aquel ardor del principio, de la fascinación del uno por el otro, de la intensa entrega a la que se habían sometido los dos, de todo aquello no quedaba nada, tan sólo las brasas del fuego.

Había pasado un mes y llegó el verano. En inicio se había planteado pasarlo entre Barcelona y Alicante pero se dio cuenta de que debía de salir de su monotonía, marcharse a un lugar donde poder pensar, estar sola, encontrarse a sí misma por así decirlo. Entonces se acordó de su tío, que regentaba una panadería en una ciudad del norte y decidió ir allí, en parte por conocer la casa y la ciudad donde habían nacido sus padres, sus abuelos y también sus bisabuelos, en parte porque era el lugar perfecto para descansar. Los recuerdos que guardaba del lugar de las visitas antes de los diez años eran muy agradables para ella.

De aquel viaje, de aquella estancia y descanso, Lucía había entendido varias cosas. La primera era que debía de quererse a sí misma lo suficiente como para darse cuenta, igual que lo había hecho su expareja un mes antes, de cuándo las cosas dejan de ser lo que realmente quiere. Parece algo sencillo, pero es muy fácil dejarse arrastrar por la inercia y su comodidad. La segunda era la ratificación de la ilusión de su vida, algo que había sido una mera fantasía hasta aquel momento, pero que deseaba con todo su corazón. Ella quería abrir su propio hotel, algo pequeño, modesto, en algún lugar de la costa catalana, en un caserón donde se viese el mar desde la ventana, con las paredes encaladas y las contraventanas pintadas de azul real. Ese era su sueño y estaba convencida de pujar por conseguirlo, aunque sabía que era muy joven. Su plan, entonces, era esperar hasta los treinta años, ahorrar lo posible y buscar esa casa que cumpliese todos los requisitos de su imaginación. El amor, como muchas otras cosas de la vida, sería algo complementario; de aparecer un hombre no dejaría que este impusiera su voluntad sobre la de ella. Tenía un sueño y estaba decidida a realizarlo, aquello era para ella la felicidad.

Lucia, en su silla bajo la sombra de los alisos, sonreía tontamente mientras se dejaba inundar por las imágenes de ese futuro tan prometedor. En su juventud, como todas las personas a esa edad, no sabía todavía que las corrientes de la vida suelen llevarnos por caminos que no deseamos ni hemos decidido. Si lograse conseguir su objetivo sería únicamente por un esfuerzo y una fijación tremendas que le traerían mucho dolor y muchas penas. Quizá la lucha le merezca la pena, pero eso es algo que siempre dependerá de qué día se le pregunte y de si el azar y el destino son amables con ella.