El genio

Su vida fue una exaltación de lo oscuro, una metafísica de lo incognoscible. Aquello que oculta las sombras y la nada es lo más difícil de observar, y si uno no puede ver mucho menos logrará entender.

De ese útero umbrío nació él. Hecho que siendo niño ya atrajo la atención de los adultos capacitados con ese extraño don de ver más allá de la vulgar juventud.

Sí, sus mejillas fueron sonrosadas una vez y también jugó, igual que gateó, se arrastró por los suelos porque hasta el más puro de los hombres, hasta la mejor creación del hacedor no se libra del vestigio animal de la infancia.

Ese niño fue como todos, pero cuando le llegó “la edad de la razón” ya advirtieron en él la mirada fija, fría y absorbente, una mirada llena del fanatismo de quien mira una biblioteca pensando en el momento en que haya consumido todos los volúmenes.

Rápidamente destacó en los estudios, parecía difícil que fuese a suceder lo contrario. Eso no resultó extraño, lo impresionante fue el acto a continuación: escribió. Su escritura no fue genial pero sí muy aguda, no se enredaba en literaturas sino que plasmaba sus pensamientos, sus interpretaciones. Un compañero lo apodó el “exégeta” y él se molestaba sin mucho conocimiento, orgulloso de su propia destreza.

El padre anciano murió y se convirtió en un mito más dentro de su vida, pero un mito propio, que le acosaría sólo a él en los días que pensase sobre la muerte. La madre se agostó durante muchos años pero se mantuvo entera, sólida, demasiado inoportuna en sus juicios y sin permitirse nunca la duda. Ella fue un pájaro desconsiderado, una escultura tosca que nunca comprendió la sombra que había hecho crecer en su vientre.

Él perdió la lentitud de la vida en aquel momento, se inmiscuyó en el prólogo de lo que vendría a continuación. Le elevaron sin que él lo pudiera esperar, le cedieron el sillón en el medio mismo de Europa, en una universidad boquiabierta con su joven mirada. Se sentó e impartió las clases a jóvenes de su misma edad que se preguntaban por qué ese extraño profesor no estaba sentado entre ellos. Le admiraban, alimentaron su ego y el dejó que lo hicieran mientras escalaba en logros sin demasiada dificultad.

No amó demasiado, buscó en la prostitución los alivios naturales, pero no tendió lazos con ningún hombre o mujer. Sus amistades le tenían en un lugar apartado de ellos, le miraban siempre desde la lejanía de la tercera persona y decidieron, por una de esas casualidades inspiradas en el orgullo de ser el nexo entre dos grandes personajes, presentar al joven genio un viejo maestro, igual de inteligente, igual de elevado por otros.

La chispa se prendió en seguida y durante años la enfermedad del joven alimentó la complacencia del viejo hasta que la amistad encontró un fin extraño, envilecido. Él, joven prometedor no pudo soportar más años de sillón y bocas abiertas, de monotonía bajo los pórticos de la universidad, de lluvia casi germana. Estaba harto de las cenas en casa del maestro, de las eternas charlas sobre filosofía, sobre modernidad, sobre lo antiguo y lo futuro. Se desesperó y huyó lejos de todo, abandonando la seguridad, buscando cualquier cosa que le insuflara vida, que le devolviera algún dolor, porque no recordaba haber sangrado ni haber bebido sus lágrimas. La humanidad le golpeó con su duro mazo y se dio cuenta de que quizá no era lo suficiente humano o bien lo era demasiado.

El fantasma del padre apareció en Italia cuando creía haber encontrado la paz y tuvo que seguir huyendo, una carrera hacia atrás, hacia Alemania, hacia su hogar. Regresó con la madre absurda que le hizo nacer y con la hermana sin pasión que le leía cuando estaba enfermo. Allí él permaneció, tomó posesión del escritorio de su padre, como si la herencia fuese importante y llenó todo el papel abandonado durante décadas, ya algo amarillento. Después compró más y siguió escribiendo.

Por las mañanas desayunaba en el jardín sobre una mesa de madera desconchada, se quedaba horas pasando frío mientras su mirada vagaba entre la hierba y daba sorbos al té caliente. Luego volvía a la mesa de madera negra que se había convertido en condena y libertad y permanecía allí hasta el almuerzo, tras el cual paseaba por las calles del pueblo sin saludar a nadie, hablando sólo con aquellos que parecían inquietos, que padecían algún mal o eran violentos. Se perdía por el camino del río, entre abedules y sauces, hasta que oscurecía y volvía a la luz del quinqué donde el papel le esperaba junto a la tinta negra y fría.

El viejo maestro murió y él ya no pudo más, las columnas de su genio se derrumbaron y arruinaron el templo de su inteligencia. Permanecía horas mudas en el jardín, arropado por la hermana preocupada, observado por una madre que lo sentía como a un extraño. Comenzó a balbucear, a escribir incoherencias que lanzaba al fuego y luego intentaba rescatar, espantado por sus acciones. Abandonó la lectura, los paseos y se recluyó en lo más profundo que pudo: en sí mismo.

Llegó el día en que se dejó llevar como un niño de la mano de la hermana hasta otro edificio más grande y con más personas, un lugar donde las habitaciones eran blancas y el mobiliario escaso; donde sus habitantes sólo vestían el blanco esperanzador de la cura y el gris de los trajes enfermos. Permaneció allí años, consumido, observando eternamente el día y la noche, sentado en su silla viendo pasar el tiempo. Nunca más miró un espejo.

La madre murió y él no se dio cuenta. La hermana regresó y le llevó a casa sintiendose quizá culpable de su abandono o quizá inocente y sola. Él se sentó en el sillón de la madre, desayunó, mejoró e incluso escribió alguna linea legible en la mesa oscura que nunca abandonó aquel salón. Un día que no era especial no quiso levantarse y el médico le sentenció. La inmensa casa cobijó a los dos hermanos durante una última semana en la que ella leía las obras de él a la cabecera de su cama, este parecía escuchar aunque no emitía sonido alguno. Juntos vieron cómo perdía su humanidad: fue una muerte lenta, agotadora, donde no hubo demasiado dolor, pero sí soledad, sudor, temblores y un gran y apagado silencio.

Un domingo murió el genio y, aunque hubo quien se entristeció, sólo nacieron lágrimas de la pobre hermana sin pasión.

Miedo a ser

¿Quién no ha tenido miedo alguna vez? Ya sea por las fobias más diversas o las pesadillas infantiles donde la oscuridad se presenta como una rémora ancestral, recuerdos de aquel tiempo en que sí existían bestias acechando con sus ojos brillantes en medio de la nada.

Miedo, miedo a la historia, miedo a los tópicos, miedo a pensar o a esas grandes preguntas que se desplazan a áreas donde la sociedad puede mirarlas con distancia; sin preocuparse por ellas y esperando que sean otros los que lo hagan, otros a los que la credibilidad que les otorguen será igual que a los objetos que ellos mismos han deseado obviar.

Está en nuestra naturaleza, en nuestra genética, se ha enraizado como un componente que va más allá de la cultura de nuestra vida. Tememos, y a lo que más tememos es a nosotros mismos. Por ello son tan terribles las máscaras, porque simbolizan lo que no somos, lo construido, nos simbolizan a nosotros mismos. Es la paradoja que vamos creando toda nuestra vida, pues nos fundamos con toda suerte de materias hasta que un día nos damos cuenta de que la máscara que nos cubre todo el cuerpo es falsa y que no somos nosotros sino una mutación, unos hilos que nos atan las articulaciones y nos impiden movernos con libertad. Pero nosotros hemos sido sus creadores, nosotros nos elegimos falsos por miedo a la verdad.

¿Y por otro lado, qué tienen los espejos? Nos duplican, crean monstruos que son exactamente iguales a nosotros, pero sobre los que no cabe pensamiento alguno, ya que no podemos llegar a ellos. Somos incapaces de cargar con la responsabilidad de esa imagen inmaterial que creemos fruto de un fenómeno de la física, pero que tanto nos ha quebrado la cabeza con mundos extraños donde nosotros somos los antagonistas y a la vez somos nosotros, universos paralelos, países extraños o iguales pero perversos. El reflejo escapa a nuestra voluntad y eso nos asusta.

Pero a todo estamos acostumbrados, todo lo sabemos. Es por eso que nos perturba tanto los hechos inexplicables al encontrarnos otros individuos tan similares a nosotros que nos perturban sus decisiones, sus finales, sus vidas o cualquier nimiedad que les implique. Somos gordos ególatras que temen que esas personas sean ejemplos de nosotros mismos, porque nos recuerdan que somos de la manera en que somos y que hemos perdido cosas que ellos ganaron o que son señales de un futuro que podría pasarnos en primera persona y no queremos.

El mayor miedo es a nuestro potencial. A Ser en ese sentido ontológico. La filosofía no es bien comprendida, se diluye en la hipocresía de una sociedad que la teme con fervor porque es pensamiento excedido y no puede abarcarlo. Ser implica abandonar las imposturas que elegimos, implica también ser valiente en un mundo donde se premia la cobardía, los compromisos, el maquillaje de las sonrisas. ¿Cómo ser valientes si es algo anacrónico a nuestro tiempo? La respuesta es muy dura ya que siempre ha sido algo anacrónico y sólo con la búsqueda violenta seríamos capaces de encontrar nuestro coraje. No, no es fácil vencer al miedo, por eso aquellos que lo consiguen son héroes, espadas de luz atravesando la mundana oscuridad.

La lucidez es un castigo que nos dota de la visión interior, que nos llena del silencio de la comprensión.

Discordia vital

El despertador sonó a las siete, como de costumbre. Se levantaron de la misma cama aunque ella no trabajaba desde hacía años. Se había convertido en una costumbre el que ella se despertara al mismo tiempo que él y su hijo, aunque tuviera la oportunidad de quedarse más tiempo durmiendo. Él fue a la ducha y ella se enfundó en su bata azul dispuesta a hacer el desayuno.

A las siete y media los tres miembros de la familia estaban sentados cómodamente en su salón, con una fuente de fruta, zumo, café para ellos, colacao para “el niño” y tostadas con mantequilla y mermelada. Apenas hablaron. Luego el hijo besó a su madre en la mejilla y se despidió llevando al hombro la mochila llena de libros.

Se quedaron solos marido y mujer y ella se fijó en la situación por segunda vez en aquella mañana; llevaba tiempo haciéndolo, semanas. Él vestía de traje, miraba su cuenco masticando mientras pensaba en la reunión del día o en cualquier otra cosa similar. Ella estaba despeinada, con el pijama aún puesto, espiando sus miradas y sus movimientos.

Se levantaron. Él desapareció un momento mientras ella limpiaba la mesa. Luego, en la puerta, él se acercó y beso sus labios casi automáticamente.
-Te quiero –dijo.

Durante diez años ella había afrontado aquel preciso momento repitiendo las palabras de él, deseándole un buen día y añadiendo algún apelativo cariñoso. Ahora se daba cuenta de que aquella década les había desgastado, había convertido ese ritual de cada mañana en un mero protocolo que carecía de sentido. Ella comprendió que para él era fácil, se levantaba e iba a trabajar; pero para sí misma todo lo que hacía era por él, por él y por su hijo. Recordó tantas y tantas situaciones similares. Entendió que antes ella se arreglaba por las mañanas como él, que a veces se duchaban juntos cuando el niño era pequeño o que hacían el amor o era él quien preparaba el desayuno. Pero la complicidad había muerto hacía mucho y a cada día ahora le seguía un perfecto plan monótono que la encerraba en casa mientras él se iba fuera de aquellas paredes y vivía. De pronto sintió que su hogar era una jaula, una cárcel llena de formalidades que tenía que cumplir para que todo estuviera en orden. Su familia era pura burocracia. Estaba harta, enfadada, cansada. Estaba viva.

Él ya se había girado, al parecer ni siquiera había notado que ella no respondía a su declaración. Caminaba hacia el coche apuntándolo con el mando a distancia que haría a las luces parpadear. No llegaron a hacerlo.
-No. –dijo desde su espalda la voz de su mujer.
Él se volvió sin comprender, con la pregunta en su cara, algo impaciente por el retraso que sufriría si ella quisiera discutir.
-¿No, qué? –preguntó.
-Tú no me quieres.
Él parpadeó sin comprender, ya irritado. Se acercó e intentó sonreír acariciando su brazo. Ella se deshizo del contacto y él quedó más atónito.
-¿Pero qué te pasa? –
-Durante diez años he pasado por esta puerta contigo, te he deseado un buen día y tú te has ido. Luego vuelves, como siempre, llegas a mesa puesta, preguntas qué tal todo y finges que te interesan las trivialidades de llevar una casa. Escuchas a nuestro hijo y por la tarde vuelves al bufete. –Dijo ella con voz calmada- Llega la noche y cenas lo que yo te he preparado, vemos la televisión, trabajas en el despacho si tienes algo que hacer y nos acostamos cansados.

Cuando ella terminó el hombre estaba enfadado y se sentía con todo el derecho del mundo a estarlo:
-¿Acaso no te gusta tu vida? –volvió a preguntar.
-No. –respondió casi sonriendo.
Su contestación le confundió aún más y no supo qué decir. Balbuceó mirándola directamente:
-¿Por qué?
-Porque nada cambia. Estoy harta de estar sola en esta casa, estoy harta de… nuestro matrimonio.
-Pero sí te quiero.
-Quizá sí… quizás a ti te baste con eso, pero a mí no. Ya no.

Él cambió el peso de un pie a otro, se rascó la cabeza sin saber qué hacer. Miró alrededor. Aún tenía el mando a distancia en la mano. Ella seguía quieta como una estatua, enfrentándose a él, erguida aunque aún con la apariencia desecha del recién levantado.
-No lo entiendo… de verdad que no. ¿Qué es lo quieres?
Ella esta vez levantó los brazos y sonrió:
-Quiero vivir. Llevamos dieciocho años casados, tenemos un hijo de quince y esta casa la compramos hace diez. Es demasiado tiempo… necesito un cambio o muchos.

Él estaba realmente confundido. Guardó las llaves en el bolsillo.
-¿Y en ese cambio no puedo estar yo?
Ella le contempló. Durante unos minutos mantuvo toda su atención puesta en él buscando en los entresijos de su cara alguna muestra del futuro que le diese la respuesta definitiva, pero no la encontraba. Por su parte el hombre estaba impresionado por la serenidad de ella, se sentía increíblemente vacío. Aquella “revelación” no se la esperaba. Era cierto que se había acomodado en la suave calma de los días, como si la simetría entre ellos le procurase paz, pero nunca se había preguntado lo que ella hacía ahora.
-Sí, puedes estar. Pero eso no importa, tienes que pensar si quieres hacerlo.
-¿Cómo me preguntas eso? Claro que quiero…

Ella se acercó por primera vez, juntó sus cuerpos, le agarró de un brazo y puso su otra mano sobre la boca de él. Ahora le miraba de cerca.
-Esa es una respuesta muy rápida. Piensa en cuando nos conocimos… en todos los sueños que compartimos y que hemos ido olvidando silenciosamente, como si no nos diéramos cuenta. Pero sí nos la dábamos. Yo al menos lo hacía y creo que tú también. Si nos hemos callado es por el otro, porque nos queremos, porque pensamos que esta vida que tenemos es lo deseable… es…
-El fin último. –interrumpió él.
Ella sonrió:
-Sí. Pero no lo es, lo sabes. Nos hemos olvidado de vivir como queríamos vivir, de luchar. Yo quiero volver atrás, quiero equivocarme de nuevo y me encantaría hacerlo contigo pero no puedo pedírtelo. Significa renunciar a comodidades y buscar lo difícil. ¿Estás seguro de que quieres eso?

Él la miró.

En aquel momento se iba a decidir todo. Si él era ese hombre común que tenía vestido de traje frente a ella no entendería nada, frunciría el ceño y diría que no, diría que se había vuelto loca y huiría en su coche buscando la distancia que permite una excusa. Antes de cerrar la puerta añadiría que hablarían más tarde, a la hora de comer. Ese hombre no estaría dispuesto a renunciar a ver el fútbol cómodamente en su casa mientras su mujer resopla porque tiene que esperar a que termine el partido para cenar. No querría abandonar la rutina porque sería su vida, su máxima aspiración, su fin último. En cambio, si algo quedase del hombre que conoció una vez en la universidad, lleno de energía e ideas; ese que aún toma de cuando en cuando un libro entre las manos y lo hojea tristemente, con miedo a adentrarse en un mundo que hace mucho que abandonó, si fuese el caso pronunciaría lo correcto, una sola palabra que haría que ella se sintiera feliz por tenerle a su lado. Significaría que era real ese amor que tan a la ligera había declarado minutos antes.

-Sí. –dijo.

La incoherencia del mortal

Quiero estar sólo; me pesa la soledad; necesito dormir; quiero ver amanecer; debería ir a pasear; la pereza es el amigo más fiel, jamás te deja marchar de su lado; cruzaría mil océanos ahora mismo si quisiera, pero prefiero trabajar; me encanta la música; ese ruido me levanta dolor de cabeza; soy feliz; la tristeza es perenne en mí; la vida es un erial; todo va bien; te odio; te amo…

No, no soy incongruente ni tampoco padezco del síndrome bipolar. No funciona mal algo en mí, no padezco enfermedades ni me siento hoy especialmente indispuesto, tampoco me he levantado con gustos refinados por metafísicas avanzadas ni he rezado esta mañana, tampoco creo haber hecho voto sobre meditaciones de ningún tipo. En realidad todo es bastante simple, soy alguien normal y todo lo anterior se refiere únicamente a un hecho muy simple: soy humano.

La condición más importante del humano, del hombre, es ser mortal. La importancia de tal calificativo siempre ha revestido las filosofías de la historia; nunca nos hemos podido librar ni aún hoy nos libramos ni nos libraremos jamás de ese absoluto. Nos creemos poseedores de la vida y sabemos que esta llega a su fin en algún momento de nuestro camino, así que hemos corrido a hacer un paralelismo rápido entre el ser hombre y el ser mortal, como si eso significase algo, como si subyaciese en ese silogismo fácil una esperanza tímida de dar con la respuesta que arregle el desaguisado de la muerte. Pero ser mortal no es la mayor característica del hombre, aunque Sócrates fuese hombre y muriese dando coherencia al dogma de escuela.

Podría utilizarse la riqueza del lenguaje para encontrar algún otro adjetivo que acompañase al “hombre”. Quizá inteligente, egoísta, artista, trabajador, juicioso, decadente, pervertido, egocéntrico, absurdo, magnifico, vicioso, abstracto, peligroso, autodestructivo… se podría buscar tantas palabras para designar al general de los hombres que no cabrían las vidas para recopilarlas todas.

Yo, que no soy nadie especial, que soy un simple hombre, corriente y moliente, que se levanta todos los días a las ocho para ir a trabajar en algo que no me gusta pero que da de comer a mi familia y paga la hipoteca, el coche, el colegio de los niños e incluso las vacaciones y los pequeños lujos que de cuando en cuando nos damos… Yo creo que la palabra exacta que nos definiría sería “mutable” o “cambiante” o “errante” o “vagabundo” o cualquier término que designe esa naturaleza nuestra, inexacta, que nos lleva de un lado para otro y que nos hace actuar, pensar y ser de mil maneras distintas, siendo muchas completamente opuestas a las que primeramente tomamos. No tenemos cuidado de la coherencia porque en nuestra corta vida hacia la extinción nos sabemos mortales y no nos importa tropezar mil veces, dar vueltas, gritar, susurrar, vivir o ser con algún plan preestablecido ni tampoco seríamos capaces de hacerlo. Precisamente está en la naturaleza humana el no saber, desconocer, aprender, corregirse, equivocarse y ser maravillosamente incoherentes.

Yo, que soy uno más aquí en el gran mundo que se sigue matando, comprando, vendiendo, muriendo, excretando y dando a luz, soy un individuo que no puede menos que cargar con los dogmas y las leyes que la historia le ha ido imponiendo, a la vez padezco lo que algunos creen saber predecir, pero sin quererlo late en mí la fuerza de lo inimaginable, pues ni yo mismo sé qué es lo que haré, pensaré y seré mañana. Por lo pronto, hoy soy un vagabundo que conoce el ayer y piensa que el próximo día todo será distinto, al fin y al cabo somos mortales.

La pugna de Caín

Es tan difícil atender a la vida o al destino, si se cree en él, o a la fortuna o a la suerte… Pero lo intentamos, pegamos nuestro oído al muro de viento e intentamos escuchar algo, sonsacarle unas palabras que respondan a ese “por qué”, el cuál hemos gritado, con la garganta parda de dolor, en la noche, en la angustia, en nuestra mente convulsa y nuestro corazón desbocado. Exigimos cuentas como si las mereciésemos, pero no somos dignos de ellas. En realidad no somos dignos de nada, porque pedir es un poco lógico, es reclamar al altísimo algo que solo Dios podría responder. Pero Dios o es muy perverso o no existe y se niega a hablarnos, a ser más clemente con nosotros. No se fía de sus hijos y nos mira con un solo ojo por pereza a levantar el otro. La boca hace milenios que no la utiliza y así, con un dios tuerto, mudo y que se finge sordo, es muy difícil rezar y adorar con auténtica convicción. Dios no existe, y si lo hace no debería existir.

¿Cuántos habrán intentado cruzar las fronteras de la vida, escapar del insondable destino de la muerte, traspasar las puertas de la justicia o ascender en el helicoide camino de uno mismo? Cientos, miles, millones, billones, un número infinito de infelices que hoy ya han perdido, que terminaron por pervertirse en la vacua esperanza de lo que nunca debieron de ambicionar. Débiles que creyeron ser más fuertes que el Dios niño que juega con nosotros como si fuéramos muñecos de madera, caballos con las tripas cargadas de coraje. El valor es algo que nadie dijo que valiese para algo, pero se empuña con la fiereza de la piedad, de la humildad, de la gracia, de la espada y la cruz.

Sin embargo todos esos cruzados de y contra Dios terminarán perdiendo su batalla. Sencillamente no pueden ganarla, no hay fuerza capaz de hacerlo porque van contra las mismas reglas de Todo. Esas reglas que hemos querido ver y que, por arte de magia, se han convertido en dogmas de la filosofía, de la moral universal o de la siempre (in)falible física. No hay redención para los caballeros de espada, martillo, libro o plegaria. No la hay, esperarla es inútil. Con todo, convendrán los intelectuales, los magos, los arcanos, los sabios, las modernas y todo ese docto grupo, que, si bien lo anterior es cierto, la ironía es magnifica, finísima, propia de los grandes asuntos del cosmos. Al fin y al cabo somos el hazmerreír de las creaciones, pues a pesar de nuestra maldad, nuestros quistes insanos, nuestra civilización desmedida e hipócrita, somos unos enanos diminutos en medio de la nada, condenados a aspirar a ser gigantes en un algo concreto. Así son de narcisistas esos caballeros armados que se creen, al menos, semidioses. Están destinados a darse de cabezazos contra el muro de la realidad como una mosca sin cerebro se pega reiteradamente contra el cristal de la ventana; ambos buscan ir más allá, alcanzar eso que creen vislumbrar, y a ambos les falta el intelecto para dejar de golpearse como fanáticos contra la misma superficie una y otra vez. Ese es el castigo del hombre por ser hombre, ese es el verdadero pecado primigenio, la marca de Caín, el cromosoma fatal en nuestro ADN. Esa idiosincrasia enraizada es nuestra manzana, la cual degustamos en el mismo momento que nos dio por pensar. ¡Feliz aquel primitivo, ignorante, torpe, que se desahoga con vanas pasiones y no necesita más, sin darse cuenta de su propia repugnancia!

De la metafísica

Si nos pudiéramos librar de la razón… si pudiéramos, por un instante, abandonarnos a esa brutalidad que parecemos llevar en la sangre, ese rastro de animal que aún nos queda en partes de nuestro cerebro… pero no podemos. Es extraordinaria la diversidad entre los individuos humanos: encontramos un gran matiz que se debate entre el hombre sensible que sólo se deja llevar por sus pasiones, y ese otro intelectual que tan sólo se procura placer con el conocimiento. Aristóteles siempre habló del punto medio, del equilibrio, del balance, en conseguirlo se hallaba la virtud. Luego llegó Kant casi dos mil años después y añadió que no, que había un abismo insalvable entre una cosa y la otra, aunque encontraba un débil puente en el propio proceso de la “duda”. Hume ya lo había anunciado. Schopenhauer rebatió el positivismo que Kant quería encontrar en su duda y Hamlet, ese mismo Hamlet de Shakespeare, tenía su extrema duda en la cabeza volviéndole loco. Así en esta lista de nombres podríamos confundirnos con tanta filosofía y añadir que todos esos grandes hombres no son nada. Pero sí lo son.

Ese es el problema, que todos esos filósofos, a los que aludir en un texto puede volver pretencioso a su autor, todos ellos han sido fundantes de la nueva cosmología. Son dioses de un mundo griego, un mundo de cartón sin fondo, con ricas columnatas y frontones a la entrada, pero con zanjas embarradas tras sus puertas. Ese es nuestro mundo, un mundo decadente en su propio intelecto, que se cree, viendo las magnificas portadas que él mismo ha construido, ser un mundo cercano a la perfección. La realidad es que nos hemos alejado de la vida, es que el hombre virtuoso, el hombre hegeliano en su máximo desarrollo tiende a existir convertido en paria y son el resto, de naturales instintos cercanos a la vida, los que crean los hombre griegos.

Queremos entender el mundo, queremos iluminar nuestras ciudades para que no quede rastro de la sombra, de la duda, queremos ser profetas del futuro y lo somos en verdad, lo estamos construyendo con nuestro empeño. También deseamos amar y ser amados, deseamos entender y disfrutar y queremos encontrar esa quimera impuesta: la felicidad. ¿Quién es feliz en constante? Quizá podríamos dividir el mundo en dos grupos, aquellos que tienden a ser positivos y los pesimistas. Los primeros siempre serán felices porque siempre estarán dispuestos a tener esperanza y creer en lo mejor. Los segundos serán infelices porque su vida es diametralmente distinta a la de los primeros, son Hamlets en un mundo shakesperiano.

¿Pero qué soy? ¿Dónde conocer el árbol de la ciencia del bien y del mal? ¿Cómo vivir? No lo sé. El otro día vi a un hombre que tenía la vida que yo quería y sentí envidia y desazón, sentí a la vez que no quería ser otro él y que debía encontrar mi camino. Me di cuenta, aquel día, que yo no soy porque no sé qué soy. Lo confuso es que no sé describirme como ser y, también, me quedo callado en muchas conversaciones, cuando el tema que se trata me sobrepasa, me impone su duda pesada y no sé juzgar si aquello que yo iba a decir se trata precisamente de algo bueno o si bien es maligno. ¿Cómo vivir en esta desazón, en esta duda? ¿Cómo? No parece que haya una respuesta exacta. Aún teniéndolo todo, aún disfrutando del mundo y de sus facilidades siempre resta la filosofía.

Nadie está a salvo de la metafísica.

Disertación del pensar

¿No parece monstruoso? y es injusto, mucho, y peligroso, tanto como patético. ¡Oh! Pero no recuerdo haber hablado sobre esto… me he precipitado. De lo que quería hablar era del sistema. Si, simplemente del sistema, de uno cualquiera, imaginen ustedes el que prefieran, ese del que están ya hartos, ese que les incomoda a diario, que les parece injusto o que simplemente odian por principio o por manía. A ese sistema en el que todos están pensando ahora adjudiquen los adjetivos anteriores. ¿Cuadra no? ¡Es maravilloso lo fácil que todos nos podemos poner de acuerdo en esto! Lo difícil vendrá cuando cada uno de nosotros especifique a qué sistema se refiere.

Una vez traspasada la frontera de lo teórico todo se vuelve agresividad y opiniones encontradas; opiniones que, además, nos creeremos como verdad única e indiscutible. Así somos los humanos, unas máquinas egoístas, ególatras y egocéntricas, incapaces, en la mayor parte de las circunstancias y de los sujetos, de juzgar sin prejuicios. Alguien me dirá que se trata de algo imposible. Bueno, bien, pero siempre cabe dudar ¿o no? Pero dudar no gusta, no vende bien, no encaja dentro de nuestra seguridad.

Es difícil el papel del pensador, porque el pensador debe de dudar en el gran sentido de la palabra. Dudar con mayúsculas, es decir, someterlo todo a esa razón tiránica, lo que supone ser kantiano. Pero ser kantiano es imposible, moralmente hablando ¿Sería intelectualmente posible entonces? Pongamos que sí, o al menos pongamos que aspirar a serlo sea suficiente, ese ser que lo intente será un pensador con todas sus letras. ¿Y al pensador qué? Con su aire pasivo, su gesto fruncido, su mirada perdida, sus libros acumulados, su tiempo corriendo sin misericordia y sin preocupación… ¿A él qué papel hemos de darle? Hablo dentro del sistema, dentro de cualquier sistema. Parece que un puesto directivo sería imposible, puesto que este sujeto se caracteriza por la inacción. ¿Entonces un puesto consultivo? Pero todos sabemos que si es consultivo quien ejerza la acción hará, al final, lo que él en su peor disposición juzgue como mejor. ¿Entonces cuál es la solución? Vean, en este mundo no hay solución, aquí queremos resultados, acción y efectos de la acción. Efectos buenos, se entiende, monetarios o del tipo que sea, pero fundamentalmente serán monetarios, al fin y al cabo el chiringuito lo montamos así.

¿Entonces al pensador dónde lo ponemos dentro del sistema? La respuesta parece clara. No le vamos a eliminar porque está feo y siempre queda bien sacarle a pasear cuando la cosa convenga y vistamos el edificio con sus mejores galas. Démosle entonces un despachito por ahí, donde no moleste mucho, donde hable y escriba con el puño o la pluma en alto. Un lugar donde dé la sombra y no se le tenga en cuenta. ¿Qué resultado cabe esperar entonces? Bueno, la respuesta es fácil, echen ustedes un vistazo a ese sistema que han elegido como ejemplo. ¿Se ha conmocionado por la marginalidad del pensador? ¿no? Pues eso, todo va bien, parece que no ha pasado nada porque el pensador haya desaparecido. Por tanto vamos a empezar a formar menos pensadores, a darles menos facilidades para que surjan estos molestos individuos, en otras palabras, vamos a joder esas ramas de la educación que creen a estos entes. ¿Ya? Bien, podría ser una hipótesis, pero no nos hace falta porque en este país está pasando. Ahora bien: un futurible ¿Qué pasará en un mundo sin pensadores? ¿Algo cambiará? ¿Se notará su ausencia? ¿Terminarán por surgir de nuevo a pesar de la represión? Podríamos hipostar que quizá se destruya parte de la libertad, que quienes tiene el poder podrán hacer lo que quieren con (aún) más impunidad, que el mundo, país o región perderá lo más valioso que tiene, es decir, la creación ;y no hay mayor creador que un pensador. Podríamos decir que el sistema se iría a la mierda (hablando en plata), pero por mucho que dijéramos no nos harían caso, porque estamos pensando, porque estamos hablando, porque todo esto incomoda o simplemente se tiene por inútil, porque esto no da ningún resultado, no ganamos nada tangible o beneficioso (en ese sentido monstruoso del que ultimamente estamos tan codiciosos) Podriamos decir tantas cosas que no nos dejan… ¿Nos callaremos por tristeza, sumiendonos en la depresión de la razón? Es dificil de responder, pero la realidad es que la inteligencia, el conocimiento, el razonar fuera de los limites establecidos, el crear, pensar, elucubrar y razonar no interesa, no gusta y se está abandonando. ¿No parece monstruoso? y es injusto, mucho, y peligroso, tanto como patetico.