Entrada Nº7: La ciudad inabarcable II

Enlace a la primera parte de La ciudad inabarcable

El Sena no se ha desbordado, tal vez el próximo año. Septiembre es el fin de la tregua en París. El verano no ha vaciado las calles: la luz dorada prometía demasiado, y los cuerpos, quizá sin cabeza, se exhibieron a las orillas del río porque el instinto les llevaba a buscar el agua. No se blandieron espadas ni orgullos. Posiblemente alguien gritó de placer, pero no me llegó el eco. Tampoco hubo revolución, nadie la esperaba, ni siquiera yo.

Los colegios ya están atestados, no se recuerda la playa ni los bosques ni el mar. La universidad espera digna, ansiosa de excelencia y mediocridad, se alimenta de ambas. En este teatro de marionetas todos los hilos se tensan y comienzan asumieron el rol cotidiano. Prudentemente aceptamos el fin de la paz, pues ya intuíamos que fue un espejismo (el calor ayudó a darnos esa impresión.) Vuelta a la guerra. La ciudad aún no ha sido tomada, recogemos las armas y avanzamos hacia la batalla porque es nuestro destino. A veces este día a día me decepciona. El asedio a Troya duró diez años y así parece desarrollarse el mundo: en periodos de tiempo largos, densos, pero empaquetados en espacios estaciónales iguales a los cantos de un libro. Un verano o un otoño se arrastra perezosamente, sin límites. Septiembre es la verdadera puerta a un nuevo año, marca el ciclo de trabajo en occidente. Por eso ahora no podemos dejar de idear nuestro futuro, también lo hicimos en Junio, son momentos de inicio. Pero al final, cuando la etapa se cierra, la conclusión es la misma siempre; aunque vivimos mil pequeños momentos, nuestros deseos se quedan sin cumplir.

No obstante sí hubo reunión de solitarios en el Louvre, pero éramos muy pocos mezclados entre la fauna habitual, se nos podía distinguir por los ojos vidriosos, por las miradas cautelosas o llenas de envidia, y por tener las manos ocupadas. Siempre se ha de blandir una excusa cuando se exhibe en público la soledad, por eso todos llevamos un libro, un cuaderno, un ordenador… ¿Es miedo o pudor? Miedo y pudor, padre e hijo, sentimientos de la misma familia. Vi a un pintor buscar un rato tranquilo, a alguien tecleando en el ordenador, los asiáticos sacaban fotografías, los caucásicos se miraban los pies sentados en distintos bancos. También pude ver un beso, pero yo no lo saboreé.

¿Qué fue de aquellos abrazos donde se buscaba comprender la ciudad inabarcable? Posiblemente han sido sustituidos por otros, o no, la duda siempre estará ahí. ¿Somos capaces de enamorarnos una vez más, o sólo existe ese primer amor, esa obsesión concentrada, esa inaugural explosión química? Vamos a intentar ser positivos, creamos en el dios Tiempo, en su infinita sabiduría. Dejemos a esos conjuntos estacionales, densos y a la vez breves, encargarse de la atracción, del deseo roto, del dolor y el luto y el recuerdo. Sí, después llegará otro cuerpo que podremos amar o anhelar, y entonces la pregunta será, si tras tantos dolores y lutos, aún tendremos el interés suficiente para repetir este juego. Al final rechazamos los abrazos porque siempre son decepcionantes, porque Paris no se deja abarcar, y conjura contra quienes creen poder resistir al ser protegidos por otro.

Ha pasado un año, es hora de leer más poemas, de recitar distintos versos a quien quiera escucharlos. También las palabras ayudan en esta guerra, no importa si las susurramos a un oído, o si gritamos en soledad entre los árboles. Todos queremos sobrevivir a la batalla, este ajetreo mundano se resume en una cuestión de supervivencia. Cyrano, apiádate de nosotros.

Del cielo blanco lechoso de verano cae una lluvia.
Siento como si mis cinco sentidos estuviesen acoplados
a otro ser
que se mueve tan empecinadamente
como los corredores vestidos de colores claros en un estadio
sobre el que chorrea la oscuridad.
T. Tranströmer

Gritar

Entre el campo de cadáveres uno se levanta y aúlla con el dedo acusador, los ojos tensos y el cuerpo dispuesto con cada fibra para el ataque más violento. La situación sólo se mantiene un instante, luego el cuerpo del muerto cae sin fuerza, más objeto que nunca. Los ojos del general señalado vuelven a enfocar con naturalidad, aún no aparta la vista de la desnudez que exhibe la muerte. Tiene grandes sombras bajo los ojos que parecen desteñir su mirada. La sorpresa se desvanece, su frente vuelve a ser recta, saca la mano del abrigo y limpia el sudor que ha aparecido. Viste con una gran casaca negra, no hay en la prenda un sólo adorno que le dignifique, sin embargo es el general y sus soldados se inclinan si él pasa cerca.

Continúa su paseo, revisa los muertos, los enemigos y los que cayeron bajo su voz. Una idea le tienta. Elevar un grito tan alto y tan claro que los pájaros vuelen asustados, que la voz misma se vuelva parda y acuda a la boca un sabor sangriento. De niño pudo hacerlo, corría por los campos, se alejaba de sus padres, del pueblo, de la casa llena de obligaciones y pobreza, se alejaba de sí mismo, de su cobardía para no enfrentarse a las cosas tal y como quería hacer. Llegaba jadeando a un punto en medio de ninguna parte. Gritaba. A veces eran palabras enteras, insultos, otras un simple sonido suspendido con el que esperaba desgarrarse la garganta. Nunca lo consiguió. Volvía a casa despacio, a veces ronco, aunque nunca llegó a sangrar. Le gustaría gritar ahora, pero le acusarían de loco, sería una vergüenza para su ejercito, e incluso podría perder su posición, su nombre. Así aparece ante él otra vez el temor. En lugar de gritar traga saliva para deshacer el nudo que se ha creado en medio de la garganta.

El frío le acosa, cala los guantes, las botas y el abrigo. El hombre sube las solapas para protegerse el cuello y sigue caminando. Recuerda otra situación, sentado en un gran salón, con su mirada oscura perdida en los ojos de alguien que le devolvía la curiosidad. Una persona que adivinaba sus pensamientos y musitaba una respuesta corta, tajante, y que el general no supo si prometía un futuro o cerraba un pasado.

La batalla ha obligado la separación, el abandono de los besos sobre el cuerpo y la cama caliente. El hombre se dice que hubiera querido gritar cuando sintió aquellos labios sobre su piel una y otra vez. No lo hizo. ¿Volvería a sentir algo así? El campo de cadáveres corea la negación, pero él se resiste a creer que tras el lugar, la sangre, la pólvora y el pus de las heridas, no haya nada.

Se da la vuelta después de un largo rodeo, regresa al campamento con las manos a la espalda. “Esto es el fin”, se dice, “no hay nada más allá”. Existen ciertos momentos en los que uno puede sentir esa seguridad. La encontró el día que abandonó el odiado pueblo, la madre sobreprotectora; también la tarde en que enterró al padre y la lluvia le recorrió la cara en un remedo de lágrimas; durante una batalla su segundo recibió una bala en la cabeza, le destrozó pocos metros a su derecha, las gotas escarlata mancharon su pechera como si fueran diminutas gemas brillantes; también despidió la cama amante sabiendo que se dirigía a una guerra en inferioridad, no creyó lo peor, pero la duda le acongojaba en lo profundo. Quiso gritar en todas y cada una de aquellas circunstancias, levantar la cara a Dios y culparle de la muerte, de la sangre, del calor perdido y de la propia debilidad. No lo hizo, siempre calló. Por esa razón sus ojos se empozan cada vez más y más.

Cuando llega al campamento, sus hombres no quieren fijarse en su cara, se dirigen a él evitando el frío de las pupilas y la oscuridad que emanan porque no ha sabido gritar. Dicen de él que se ha transformado en dragón, que tiene alas. Él se pregunta si los dragones son mudos y si es posible que al poder le acompañe el silencio y el miedo. Cuando exclaman por el general, por su vida, él quisiera desaparecer, volver a la sencillez de la cama y los besos. Quiere gritar que le dejen solo, pero calla.

Ecos de sadismo

Dejadles caer, dejadles, dejad que su guerra dure otros mil años más. Yo restaré aquí, yo seguiré observando y permitiré que todo cambie para que todo siga igual. Llevo escuchando el ritmo seco y monótono de sus pasos desde que nacieron, desde que abrieron sus alas en la sombra y rompieron a volar contra la luz.

Cuando sus garras ennegrecidas rasgaron la tela blanca y aparecieron los guardianes también fui yo quien reía. Sí, soy el demente de dientes temblorosos, de chasquidos de hueso, de carne hinchada… Soy un monstruo, lo declaro, pero también yo soy el hacedor y en mi posición lo corpóreo tiene poca importancia. Lo masivo en este mundo que yo dirijo proviene de lo creado: es el hilo viscoso de los pensamientos que resbalan desde los babeantes, es el bronce sin pulir de los pensadores, es el mármol lacado de los que comedian. Yo soy.

Me muestro como un buen secreto, sólo dejando que mi silueta aparezca, sólo proyectando esta voz que os hace gemir. Sí, ya sabéis quién soy, lo tenéis en vuestra cabeza, mi nombre recorre el camino de lo posible pero no os atrevéis, no os decidís ni siquiera a susurrarlo porque hacerlo lo confirmaría. Mirad la noche desde el interior de una habitación, observad a dos pasos de la ventana. ¿Qué veis? No podéis rehuirme.

Dejadles entonces, yo sigo divirtiéndome, sigo dirigiendo todo sin cansarme porque destruir es tan divertido como crear engendros. Soy fértil y pródigo en hijos, los creo sin permitir que se sepa si es o no a mi semejanza. Mi ejército de niños crece delante de mí, protegiendo al padre; luego siembro en ellos la envidia, el odio, la ira, la discrepancia, el sentido de la justicia, distintas morales, distintas certezas y la duda. Por último, ya adultos, les hago entrega de espadas y arcos, de viejas hachas, de cañones y dejo que comiencen la guerra. Dejadles, sí, porque ellos son mis hijos.

Y yo y mis hijos, mis ojos y mis manos, lo masivo de mi aliento, lo leve de mi cuerpo oculto, la sangre que ellos derraman, la propia luna, las estrellas, las noches opacas, los días bien nublados, la lluvia de cenizas, las ojeras manchadas de amarillo, las heridas donde meto mis dedos para decir que sí creo, los sexos de donde bebo para saciar lo que no sacio, todo ello se une y se sincretiza y el conjunto que surge de mí a mí se refiere. Todo es uno, el círculo se cierra: mis carcajadas desencajarán la mandíbula de mi calavera, el dolor volverá ocres mis huesos y quebradizas mis palabras.

Ahí agazapada, aún con el cordón umbilical uniéndola a mí, yace una bestia que me observa con violencia. Atacará porque yo lo quiero y se enfrentará con sus colmillos a mi cuerpo de sombras. ¿Me desgarrará? Yo solo deseo asistir a la caída, a la guerra, quiero que el dolor que produzca sea tan agudo que me arranque la declaración que tanta sangre requiere. Entonces podré decir yo mismo mi propio nombre, y adivino el momento tan exquisito, tan insufrible, que querré morir de hartazgo ante la razón. 

Dejadles caer y comenzará todo.

Arqueta Nº 3

N.d.A: “Arqueta Nº3” se publicó el día 03/10/2011 en el blog de “La vida entera en un silencio” de Saiz. Pertenece a un “juego” junto a otros dos escritos, cada uno de distinto autor.

La espada de Jaime se clavó en el pecho de Saúl, lo abrió con ira, haciendo que el herido gritase, pero el templario rápidamente dio fin al alarido con saña, cercenando la cabeza del rey caído. Jaime observó primero el cadáver y luego, calmada su pasión, la sangre impía que manchaba su túnica blanca, su coraza abollada y llena de los arañazos de distintos muertos que habían cometido la imprudencia de enfrentarse a su espada. Jaime se embadurnó los dedos con el líquido rojo, todavía caliente, los llevó al metal de su pecho y trazó la cruz que fielmente veneraba.

Fue entonces cuando se agachó, cogió aquella corona que había vestido de honor la frente llena de rizos del rey, que fue fundida años atrás, cuando un David que nunca se enfrentó a Goliat llegó al trono tras conquistar Jerusalén. Jaime observó el objeto con respeto, con asco también. Sabía muy bien qué representaba y decidió llevarla consigo, quiso que fuera la prueba definitiva de que ellos habían vencido. Cristo era el héroe y aquello lo evidenciaba.

Jaime se asomó al balcón de la fortaleza y gritó con fuerza, en latín. Proclamó la gloria de Dios y elevó la corona manchada con la sangre de su dueño. Los templarios gritaron, los cruzados gritaron, los herejes se rindieron. Terminó la batalla y prosiguió una guerra interminable que a Jaime le costó la vida.

La corona, sin embargo, fue enviada al imperio junto con otros muchos tesoros. Se fundió el oro y se rescataron las piedras preciosas. El maestro orfebre creó un alma de roble, esqueleto simple que le iba a dar coherencia al resto. Sobre las pequeñas vías de madera colocó las placas de oro judío, las repujó con adornos florales y añadió las gemas que formaban en la tapa una perfecta cruz de esmeraldas. Su ayudante, venido expresamente desde Limoges, trabajó durante un mes en aquella pequeña arqueta, llenándola con el azul real y el blanco marfil de los esmaltes más bellos que en su carrera había sido capaz de obrar.

La caja había sido encargada como un regalo. La terminaron en verano, quizá fuera ya Agosto. Puede que en el camino los soldados sudaran trasportando el tosco baúl donde viajaba una caja mucho más hermosa y con mucho más significado. A aquel tesoro le acompañaba una cruz llena de cristal y un báculo intrincado. Un recién nombrado obispo, hermano del rey de Francia, recibió aquel presente obligado, con la sonrisa torva de quien ha crecido respirando poder, negándosele poder y ambicionando lo que nunca sería suyo.

De aquella época la arqueta guarda el recuerdo del cuerpo de cristo, del suntuoso cáliz dorado, del vino derramado y, de nuevo, como si llevase en su materia una sed insaciable, de la sangre del obispo, cuya garganta se abrió sobre su tapa por mano de un puñal que pagó el digno hermano.

Al nuevo obispo, sustituto del asesinado, se le regaló la caja, limpia ya de los restos rojos que habían sacado brillos terribles de su esplendor litúrgico. Éste, amigo del rey pero más amigo de la reina española, regaló a esta la arqueta como muestra de su amor de confesor piadoso.

La mujer conservó en su interior los pendientes de perlas, las cadenas de oro, los rubís tallados y hechos amuleto, las cruces de plata que se colaban en su escote pendiendo de finos cordones del mismo material y el marfil de sus anillos y el raro y exótico jade que formaba pequeñas figurillas de animales. Murió joven y la caja fue heredada por la corona de España.

Por fin llegó él, su dueño más querido, hombre oscuro, de mirada seria, andar renqueante y silenciosa compañía. Felipe colocó la arqueta en su habitación, sobre una mesita de mármol, bajo el inmenso tríptico lleno de pecado y de ingenio que al monarca tanto le fascinó toda su vida.

Los años ya le habían pasado factura, tenía una fina brecha en su tapa que los dedos del rey recorrían con mimo cada vez que se paraba a contemplar el cuadro de cerca. El tacto roto le agradaba más que si hubiera estado perfecto, encontraba en aquel desperfecto pensamientos sobre el mundo real que nada tenían que ver con las tablas pintadas que le llenaban de caos la cabeza.

Está vez la caja tuvo el deber de guardar los pliegues de papel manchado con la tinta familiar, las cartas personales que ninguna importancia tenían para el estado pero que para Felipe eran las más apreciadas. También fue el lugar donde descansó el rosario de marfil que muy a menudo el hombre llevaba encima y manoseaba más sumido en pensamientos de política que en los rezos que se le adjudicaban.

Pero Felipe, como todos los hombres, murió. Pasó a otra caja muy distinta donde sus huesos se hicieron polvo, donde sus dedos estaban lejos de sentir el tacto de la brecha ensanchada por los años. La arqueta, huérfana del dueño que más cariño le tuvo, fue heredada por una hija y vagó ya sin destino fijo, guardando doblones dorados como soles que abollaron su pulida superficie, joyas de distinto valor, cartas de amantes, frascos llenos de opio y también polvo acumulado por los años de abandono, por el desprecio de unos propietarios que la relegaron a una repisa donde podía ser vista pero no tocada.

Tras muchos años de olvido alguien la encontró, reparó en su existencia, limpió su fondo, restauró aquello que era necesario restaurar y la expuso tras una vitrina de cristal que fue rota poco después, en un saqueo lleno de fuego, gritos y un idioma que reconoció íntimamente por ser el de aquel discípulo de Limoges y el de aquellos obispos de pasiones descontroladas.

Durante unos años reposó en un nuevo palacio de silencios. Vio pasar pocas personas en muchos años, ya nadie tocó su superficie con cariño, pero sí se posaron sobre ella los ojos furiosos y enérgicos de un hombre de baja estatura que apenas hablaba en su presencia.

Sin saber cómo, la arqueta volvió a un museo; esta vez la encontraron fatigada, los que querían restaurarla sentenciaron lo peor: había que cambiar el alma, podrida por los muchos años, por la sangre bebida, por los pecados que había absorbido, por la historia que le pesaba hasta el agotamiento. Era su fin, nada podían hacer ya. Un orfebre separó las placas, limpió con celo los esmaltes y las gemas, construyó un nuevo esqueleto y volvió a unirlo todo, refrescando su existencia, demostrando su pericia como experto. En la sonrisa del hombre que contemplaba la obra reconstruida no había rastro de pensamientos que llegaran más allá del metal. Ahora era cadáver o estatua de sí misma. La madera fue lanzada a algún lugar ignorado, donde se unió al polvo que ya formaban todos los que la poseyeron alguna vez.

Aquella caja, objeto desprovisto de espíritu real, fue puesta tras una nueva vitrina, injuriada con un cartel que en nada le hacía justicia, que omitía su nacimiento cruel, su sangrienta historia, el amor de un rey que apreciaba su imperfección, su visita austera a un país que la había arrancado con violencia y su sencilla muerte, exhibida tras un cristal en el que permanecería para siempre, observada por unos ojos que apenas apreciarían otra cosa que el brillante oro o los orgullosos esmaltes.

Poco a poco, año tras años, la historia escrita que citaba a la arqueta se difuminó. Nadie pudo decir que fue la cabeza Saúl la que ciñó el oro que la construía, todos olvidaron que las manos del oscuro monarca español acariciaron su brecha, nadie supo del desprecio de muchos dueños, ni de la sangre que llevaba impresa, sangre judía y sangre cristiana que la convertía en un objeto lleno de significado y que, a pesar de su opulenta materia, había sido relegado a un rincón insignificante en el que nadie se detenía.

El prodigio del mago

Se arrastró por el suelo mientras sus compañeros luchaban encima de él. La sangre volaba salpicando a los guerreros. El olor de la muerte reciente le llenaba los pulmones y él, un simple mago, se veía abandonado por su guardia y sin más arma que sus conjuros y una daga pequeña. Maldijo al archimago por haberle arrastrado hasta aquel campo de cadáveres.

Rafael se levantó, no se limpió las ropas empapadas de suciedad y restos humanos, tuvo que esquivar el tajo de una espada. Un soldado raso acudió en su ayuda y mató al enemigo.
-¡Haz algo! –gritó el hombre desapareciendo al punto.

¿Qué podía hacer él? Aspiró, asustado. Buscó a sus compañeros y los encontró demasiado lejos. Les separaban varias centenas de hombres combatiendo. El archimago, un hombre de grandes bigotes grises y completamente calvo, tenía los ojos prendidos de un fulgor rojo y sus manos lanzaban estelas de fuego que abrasaban los pechos enemigos. Le rodeaban tres magos de bajo rango que le asistían evitando que se acercaran los soldados de la insignia verde.

Uno de aquellos hombres obedientes al hermano insurrecto del rey y por tanto enemigos del reino, se abalanzó sobre Rafael, quien logró esquivar de nuevo el ataque, pero esta vez estaba completamente sólo. Hizo un esfuerzo por convocar algún sortilegio, el que fuese, pero las palabras se trababan en su boca y no encontraba coherencia a las frases. Estaba muerto de miedo. Cayó al suelo y justo cuando el soldado, ufano, pensaba en destriparle como a un conejo, una de aquellas brasas mágicas le atravesó el pecho. El hombre cayó con todo su peso en la tierra y Rafael se levantó buscando la mirada dura de su maestro. No la encontró, el archimago no le observaba, que su hechizo hubiera acabado con el que casi había sido su asesino parecía una casualidad.

Aquello le llenó de rabia. Había pasado diez años de su vida estudiando con los mejores magos del mundo. Era un hechicero de segundo orden y pronto le darían el primero. Era joven, sí, pero al menos en el taller demostraba un poder como pocos en su clase. Iba a demostrarlo.

Encontró el valor en esa esperanza mal medida y recordó un viaje a Aferia, ciudad de magos expertos en demonología y artes cósmicas. En aquella ciudad estuvo todo un mes hurgando entre códices antiguos que apenas había podido descifrar. Recordó uno, muy antiguo, muy complicado, cuya dicción le parecía imposible. Dudó por un instante, observó la carnicería a su alrededor y corrió como un loco hasta la colina cercana, donde los soldados parecían evitar el paso por miedo a exponerse demasiado. Él corrió hasta allí y cuando estuvo en su cima y tuvo una buena visión del campo de muerte cerró los ojos y entonó las palabras. Su mente fue hilando las frases con sumo detalle. Recordaba los ingredientes necesarios y, de pronto, un anillo de plata de su dedo se desintegró en la nada, unos brazaletes de cuero que le protegían los antebrazos se deshicieron de igual manera y su colgante, que guardaba un ojo de mantícora en ámbar, brilló y se alzó hacia el aire como si algo le atrajese desde las alturas.

Rafael abrió los ojos y vio que el cielo se había cubierto por nubes oscuras. El mar no muy lejano bramaba ahora y los relámpagos caían con su energía azul sobre las ruinas de un castillo cercano. Al mismo tiempo notaba que su propia fuerza era sustraída por las ráfagas de viento que le rodeaban.

Alguien disparó una flecha contra él, pero el remolino la partió. En la batalla varios soldados le observaban, se detenían bajo el riesgo de que su enemigo les matara y así era por norma general. La lucha continuaba al margen de Rafael y su tormenta. Ser ignorado por todas aquellas personas fue el impulso que al mago le hacía falta.

Sacó la daga del cinto y la clavó en su mano. La arrojó al suelo con dolor y apretó el puño alzándolo al aire. Las gotas de sangre que se escurrían flotaban hacia arriba y se encendían, suspendidas en la nada, en medio de un ojo huracanado que le sorbía la vida. Rafael notó su piel pegarse a unos huesos que los músculos parecían haber abandonado. Se le secaron los ojos y le zumbaron los oídos. Llegó a su mente la última palabra del hechizo y la pronunció con deleite mientras buscaba la mirada de aprobación en los ojos del distante archimago. Ahora el viejo sí le observaba, pero en aquella mirada sólo había horror.

El mundo se encendió de golpe. Rafael se mareó y sintió que se sustraía al mundo, que era el único ser en el universo. De repente, bajo su percepción, la colina era una montaña y tan pronto como habían aparecido las nubes todas desaparecieron con una explosión de luz blanca que convirtió en el día más claro la oscura tarde.

Esta vez los dos ejércitos sí dejaron de luchar. Encima de ellos ya no había un cielo azulado, sino la oscuridad de una noche sin estrellas. En su lugar, nubes brillantes giraban en torno a un centro que lo ostentaba el mago. Aquellas inmensas nebulosas llevaban consigo planetas gigantes, tan grandes que iluminaban la tierra con sus colores rojos, azules, verdes y violetas.

Rafael sentía sus globos oculares queriendo salir de las órbitas. Estaba ante un universo, un universo del que él era su centro y dueño, su Dios. Esta vez nadie pondría en duda su poder, estaba seguro. El problema era que aquel conjuro le costaba toda su fuerza y se sentía débil, agotado. No podía parar, sabía que en aquel punto sería imposible. Todo giraba a su alrededor con una velocidad terrible. Los planetas parecían bolas gigantes pero tan sólo bolas. Él sabía que eran planetas de todo derecho y aquello le aturdía aún más. No sabía qué hacer. Giró los brazos sobre sí mismo, alzó una vara de avellano que se utilizaba en otros conjuros y está ardió en su mano sin quemarle creciendo como si estuviera viva. Con ella guió al torbellino hasta que, sin poder preverlo, una luna cualquiera chocó contra un planeta y estallaron convirtiendo ambos cuerpos en roca ardiente cuyos pedazos se propagaron en tantas direcciones que Rafael no pudo controlarlo y perdió el equilibrio, le falló la concentración y el remolino lo succionó todo en un minuto de ruido ensordecedor y luz limpísima.

El cielo de la tarde volvió a su estado cotidiano, el universo de pronto había explotado creando una lluvia de chispas que no llegaron a ellos. El mago de la colina gritó sobre el silencio de los dos ejércitos y su cuerpo se consumió como si fuese de papel, dejando unos huesos sin ápice de otro tejido, limpios de cualquier rastro. El esqueleto quedó un único momento en equilibrio, momento que el archimago, sabedor de lo que iba a suceder, aprovechó para cerrar los ojos.

La explosión lo consumió todo y su expansión fue tal que llegó al mar y chocó contra las olas. Luego, en la calma posterior, las aguas cubrieron aquella zona donde siglos después aún se recuerda el prodigio del “mago maldito”.

Lo que el día debe a la noche

Titulo original: Ce que le jour doit à la nuit
Autor: Yasmina Khadra
Editorial: Destino
Traducción: Wenceslao-Carlos Lozano

Hay ciertos libros, ciertas novelas, que leemos y nos apasionan, que nos prenden del corazón y nos dejan la garganta anudada y los ojos lacrimosos, no por la tristeza sino por el sentimiento que emanan. Si ocurre tal sensación, entonces será imposible no tocar el lomo de ese libro con el cariño de una caricia.

Esta novela, escrita por Mohammed Moulesseul, cuyo alias es el que figura en la portada (y es que tuvo que crear ese pseudónimo para evitar la autocensura de sus primera obras) parece ser uno de los libros elegidos para figurar en la estantería bajo miradas agradecidas. No deja de sorprender que un autor como Mohammed, que comenzó con la novela política y siguió con la policiaca, haya llegado a conseguir este grado de sentimiento en un texto floreado por la historia, bellamente escrito, muy bellamente desde los ojos de su protagonista.

Lo que el día debe a la noche cuenta una historia personal a la vez que la gestación de la propia historia de Argelia en su independencia. Es maravilloso comprobar cómo una personalidad que calificaríamos de “buena” siendo sencillos, se debate en un ambiente violento con mil y un sinsabores, mil y un terrores con los que la vida común le castiga, pero a Younes, a Jonás también le castiga el momento, la violencia. Este libro no crea un personaje, crea una vida.

Comenzamos en los recuerdos infantiles de Younes, perdidos en la geografía de África, en un inicio desalentador por real y patético. Luego todo cambia, la casucha alejada de la mano de Dios desaparece y se presenta esa Orán camusiana con sus estratos tan diferenciados como se pueden aprecian en las simas de las montañas. La riqueza y la pobreza se entretejen en la vida del protagonista y termina como mejor podía hacer pero bajo el estigma de cierta culpa y cierta tristeza. Younes crece y también lo hace el mundo a su alrededor, luego las cosas van cambiando en una adolescencia en la que se comienza a construir lo que serán esos lugares comunes de nuestra existencia. Younes tiene los propios, amigos y mujeres con los que poco a poco las cosas van cambiando, como es inevitable en todo tipo de relaciones. Younes, musulmán pero viviendo entre la clase dominante, la católica, se ve atrapado en toda la opresión de sus raíces y ve el alzamiento de estas, el descarnarse de la tierra de los que son como él y levantarse contra los acomodados. La guerra estalla y él, como todos, la vive y lo hace al mismo tiempo en que se ve obligado a vivir su vida , igual que cada quien tiene que vivir la suya.

El estilo en el que está escrito es muy simple pero a la vez muy cercano, las explicaciones sobrias pero bien elaboradas nos acercan con intimidad a la historia, a los escenarios en los que se suceden y a los personajes. Es enternecedor, profundo, fascinante. Una novela para leer con calma, sin precipitarse, sentados tranquilamente y disfrutando de la historia.

Cabría criticar muy poco del libro, quizá la inevitable historia de amor, poco desarrollada y algo falta de coherencia; también el final, que se nos podría antojar un poco precipitado, pero que se “soluciona” con un capitulo extra que se desarrolla en el presente y que da punto final a todos los cabos sueltos. A pesar de que nos gustaría saber más, la parte que no se nos cuenta de la historia de Younes es la que se encuentra ausente de más singularidades. Kahdra nos quería mostrar a una persona dentro de ese caos político y bélico que es la independencia de su país y quería hacerlo con un personaje que fuese una persona, que viviese y que, a la vez, tuviera unas circunstancias que le permitiese hacer de observador fiel de las dos partes. Lo consigue, lo consigue de tal manera que este que suscribe no puede evitar tomar el libro de su estantería sin cierto cariño.

Sapor II

A Mohsen lo llamaron el clérigo negro por vestir siempre la túnica de ese color. Estaba allí cuando Hormizd II cayó llevándose la mano al corazón, mascullando gemidos mientras se ahogaba en las salas de seda. Estaba allí cuando asesinaron al hijo de este de una puñalada en la nuca delante de su hermano, el cual pidió piedad y le arrancaron los ojos. Estaba allí cuando el consejo puso la pesada corona sobre el vientre hinchado de la madre de aquel que nació entre sangre, como cualquier niño, pero siendo ya rey. Sapor II rey de todos los sasánidas, coronado siendo no-nato. ¿Quién apostó por él? Nadie. Se contaba con que además de nacer siendo rey, lo haría condenado, ya muerto cuando apenas había respirado la vida. Mohsen, sin embargo, estuvo con él, era el joven confesor de la reina, el que enseñaba al monarca las doctrinas zoroástricas, el que bañó en fuego al recién nacido, o eso comentaba el pueblo. En las aldeas de adobe también se decía que además llenaba la cama y el cuerpo de la reina mientras el niño les miraba desde la cuna.

Sapor se convirtió en un joven apuesto y desarrolló un gusto exquisito por sí mismo. Muchos griegos que se encontraban en su corte, le llamaban Narciso y él, para seguir la broma, hacía que le llenaran su habitación de la flor cada mañana. Adoraba los brocados de oro, los trajes de cachemira, de sedas chinas, la joyería de oro y las más talladas piedras preciosas. Su barbero rasuraba su cuerpo completamente nada más levantarse y se lavaba con agua purificada del templo del fuego.

Mohsen le vio crecer, le instruyó en las artes de la política, de la traición, de la guerra y también, según malas lenguas, del amor. Mohsen medró a su sombra, se convirtió en alguien inseparable, su consejero más leal y los grandes nobles del imperio tuvieron que aceptar que todo iba a cambiar. Y cambio. Cuando Sapor cumplió la mayoría de edad disfrutó durante años de una paz prolongada, pero tejía poco a poco un plan intrincado como el dibujo de un tapiz. Gran parte del oro que sus antepasados habían ido acumulando se gastó en espadas, armaduras, arcos, flechas y buenos caballos. Los conflictos no justificaban tal producción de armas y Roma empezó a inquietarse por aquello que veían y susurraban sus espías. Mandaron legados con decretos favorables y Sapor los recibía con grandes fiestas en sus salones de seda blanca, sentado sobre el trabajado trono, con la corona ciñendo su cabeza y el clérigo negro a su izquierda, medio oculto a la sombra de una columna de alabastro. Aquella imagen se repetía una y otra vez, la tensión crecía y Sapor se pasaba las horas discutiendo con los encargados del gobierno, hablando con Mohsen o fornicando en las habitaciones de sus concubinas.

Constantino I murió en el otoño en que Sapor cumplía veintiocho años y fue entonces cuando afloró su verdadera naturaleza. Se rompió el tratado de paz con Roma y la guerra que tanto había estado esperando estalló, corriendo él mismo a la batalla en un fulgurante semental blanco como la nieve. Singara, Nísibis y Amida cayeron en su poder, los reveses de la guerra le hicieron perder y ganar, pero siempre mantuvo su instinto sangriento. En su rara fascinación asesinaba él mismo a los cautivos más bellos clavándoles un cuchillo en la garganta, observando cómo se desangraban con su propio rostro reflejado en el de los condenados. Le gustaba ver la muerte de cerca y le excitaba sentir la sangre caliente resbalando por su cuerpo. Las perversiones de la guerra le dieron un instinto feroz y una pasión que era aplaudida por Mohsen, quien quemaba los corazones de aquellos asesinados por la propia mano del emperador como símbolo de poder imperial.

Roma no quería esa guerra, no podía vencer y tampoco podía ser vencida. Lo sabía y la lucha se llevaba demasiado oro de las arcas, así que decidió utilizarlo de mejor modo. De nuevo salieron los legados hacia Asia menor, pero esta vez no visitaron los palacios blancos de Sapor, sino que se dirigieron a las tiendas extendidas en el desierto. Los nómadas recibieron el oro romano y atacaron a Sapor sin que este lo esperara. El emperador no se amilanó, redirigió sus ejércitos y tras los años, agotadas las fuerzas de los nómadas, Sapor apareció en la tienda de su rey con Mohsen a su lado. Hablaron, hubo oro de por medio y también promesas. El rey de los nómadas pasó a ser general del imperio Sasánida y así, con el frente este pacificado, Sapor, que ahora lucía barba y sus ojos mostraban la crueldad de los años, volvió a declarar la guerra a Roma.

Esta vez el emperador Juliano no esperó. Mientras Sapor reconquistaba las fortalezas perdidas, él viajó hasta Ctesifón, capital del imperio sasánida. El romano quería acabar de una vez por todas con “el problema persa”. El ejercito que llevó fue monumental. Las legiones se apretaban en el horizonte cuando se dejaron ver desde la ciudad. Sapor, junto con Mohsen, sabían que aquel sería un momento decisivo. No podían igualar a la potencia militar de Roma, pero sí podían vencer. Sapor, con cincuenta y cuatro años, con saña y escupiendo espuma por la boca de la misma rabia, dirigió a sus ejércitos a las puertas de Ctesifón y allí, una de las batallas más cruentas de la historia se llevó a cabo, mientras Mohsen buscaba la guardia pretoriana. Pasaron muchos días hasta que el emperador se dejó ver, rodeado de soldados, cerca ya de las murallas de la ciudad, que estaban a punto de caer. Fue fácil. El anciano clérigo tensó su arco, llevó la pluma hasta la mejilla, apuntó con cuidado y soltó la cuerda dejando que el proyectil cruzase el espacio vacío antes de atravesar el cuerpo del cesar de Roma. Juliano había muerto. La batalla, aunque estaba ganada por parte del águila imperial, se paró de inmediato. En la ciudad eterna se proclamó otro emperador, Joviano, que se coronó con el miedo a Sapor II, el rey sangriento, el grande. La paz fue firmada con humillaciones y Armenia, el reino que Sapor ambicionaba, fue traicionado por sus otrora aliados. El propio Sapor entregó la copa envenenada al rey armenio y este, sin poder hacer otra cosa, bebió.

Como premio a su fidelidad, Armenia fue entregada a las cuitas de Mohsen. Sapor fundó Susa tras aniquilar a aquellos que se le opusieron y volvió a su palacio blanco de sedas y comodidades con la sed de sangre saciada, con más de sesenta años. Disfrutó de la vejez como lo hizo de la juventud, entre mujeres desnudas que besaban cada parte de su marchito cuerpo, con fiestas, caras telas que cubrían su piel y baños de agua purificada.

Mohsen, anciano, arrugado y retorcido como un olivo centenario, escribía en Armenia una carta para su emperador por el setenta cumpleaños de este, cuando escuchó los pasos amortiguados de los asesinos en los corredores. Sabía bien qué ocurría, él mismo había ordenado muchas veces similares actos, también sabía por qué. Quemó la carta en la llama de una vela y vio perfectamente la sombra proyectada sobre él antes de que la daga penetrase en su cuerpo, eficiente. Mohsen dejó escapar un gemido ahogado y una lágrima que no caía por si mismo, pues sabía que si a él le condenaban a la muerte era únicamente porque Sapor también había dejado de respirar.