Monumento al módulo habitacional

La casa aún conserva pintura amarillenta en sus paredes. El interior ha vencido su peso sobre el suelo y el tiempo ablandó los montones de escombros, descomponiendo lo posible, pudriendo y oxidando otra parte y transformando, en tanto que podía, lo que no tenía posibilidad de tocar. Las cuatro paredes, no obstante, permanecen guardando esos despojos como si fuera una caja cerrada que gustase de dejar entrar la lluvia. De los huecos abiertos, donde antes hubo ventanas o puertas, ahora un vómito de hiedra y maleza se desparrama hacia fuera. Acaso es un juego de la naturaleza o una invitación para escalar arriba, hasta el segundo piso, donde el tabique da paso a la caída, a la caja abierta, a una sorpresa fácilmente supuesta.

Imaginar esa casa desprovista de su abandono parece imposible, pero años atrás una aburrida familia sucedió a otras por herencia o traspaso en el hábito de la casa. Atrás quedaron mujeres ancianas, que se peinaron las canas ante un espejo silencioso, para acudir al tañer de las campanas con la mejor imagen de sí mismas. Entre esas paredes hubo más muros, hubo escaleras, hubo azulejos alicatando una cocina, quizá dos baños, hubo camas y mesas, pero ahora todo se ha desecho, se ha transformado en un olvido sobre el que solo pueden cernir cierta luz viejos documentos apilados en algún desván del ayuntamiento, papeles que hablarán de contratos, de herencias y que permanecerán conservando su pequeña importancia impresa hasta que un incendio acabe con sus palabras, hasta que un constructor ávido ambicione ese terreno que no es muy ventajoso.

El edificio permanece mudo, con su carácter de ruina-monumento al módulo habitacional, despojo para antropólogos si llega el caso de que la vida occidental se extinga por algún azar. Es cierto que pensar sobre su pasado parece una pérdida de tiempo, pero pensar en su futuro es sencillo de otro modo, porque la extinción es inevitable, porque al hombre le encanta destruir y a la naturaleza le encanta repoblar lo que perdió un día. La casa promete que llegará el momento en que los rascacielos vomiten hiedra desde el piso ciento veintidós; esos grandes gigantes de acero y vidrio se transformarán en una cascada verde y arruinada, sobre la cual asomarán las copas de los árboles. Luego todo se vendrá abajo con una gran polvareda y, como parte de un ciclo conocido, nacerá trigo entre los ordenadores.

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Rojo

Esta es la prueba, este cuadro ante mí está lleno de fuerza, de palabras, de historia y también de religión. Uno podría pensar que un lienzo colosal producirá ante el espectador una impresión mucho mayor. Rothko lo sabía, él deseaba abrazar al espectador, engullirlo en ese vientre tenebroso de reflexión. Sin embargo mi cuadro es pequeño, una tela que podría ser adquirida por cualquiera para colgar en cualquier casa. Su tamaño es ideal para ese movimiento, ese intercambio de mundos que provocamos las personas en cada mudanza. Sí, el formato importa, igual que importa lo representado y la forma de hacerlo. Mi cuadro es una caída, el movimiento llevado al exceso, una titanomaquia donde Cronos ya ha sido vencido; es Cristo porque ha de estar ahí, en el color azul y blanco del cielo, en la iluminación más allá de la primera impresión. Sí, la tríada está representada y sin embargo son sólo color. El resto es violencia, rojos, negros y desnudez. La crueldad nos recuerda a Apolo, ese dios de belleza tan terrible como su ánimo. Él es el dios del sadismo y nosotros, espectadores mortales y humildes, hemos de preguntarnos cómo hemos de escapar de su influjo, cómo si somos herederos directos de él, si ante la caída, ante el cuadro, nos plantamos con la sonrisa torcida, cínica, o el gesto indiferente de un Commendatore resucitado. Hemos de elegir una de las dos vía, la que derroca a Dios, la de Don Juan, o la otra, la que lo venera, la que se declara heredero y continuador.

Ese es nuestro mundo y todo por un cuadro, un cuadro de caída donde leemos el bien, donde leemos el mal y donde se nos habla del mito, de la imagen, del hombre, de la mortalidad, de la lucha y de la derrota. Sí, porque esa desnudez de eternidad, a la vez tan expuesta, es una imagen de futuro, una promesa y una amenaza desde Dios, desde el commendatore que retorna para hablarnos del futuro, para condenarnos en caso de que seamos tan osados como para dar la espalda al Padre. No podemos matar a la divinidad pero podemos intentarlo y esa es la lucha que se representa, la consecuencia de la batalla, la inevitable derrota: fracasarás -dice Dios. ¿Cómo no temblar?

Es un pequeño cuadro lleno de ángeles fulminados por la mano izquierda de Dios. ¿Quién lo colgaría en su casa? Acaso el dormitorio sería un buen lugar, repitiendo el hábito del rey oscuro de España. Es sabido que Felipe amanecía en la soledad de su cama y que lo primero que veía ante la luz del amanecer era el tríptico de El Bosco. Felipe pensaba en el pecado, en Dios, en la mortalidad. Amanecía con ese pensamiento mítico porque debía dirigir un país, firmar decisiones prosaicas, vivir de, en, para y por la tierra y la sangre. Por eso el cuadro estaba en su cuarto, para recordar que había trascendencia, que más allá de las manchas de tinta en los puños de su camisa habría un Dios, o al menos una creencia, quizá sus ojos buscasen la gracia.

De repente la idea de un traslado del cuadro parece impensable. Pensamos en los museos como una suerte de templos modernos donde se adoran ciertas obras, ciertos autores. Sobre el altar está el arte mismo, lo que el arte significa. Allí está bien el cuadro, encerrado, dispuesto sobre el muro blanco y disponible a la mirada de cualquier paseante que desee, pueda y se atreva a colocarse delante de la pequeña caída, que es enorme. Resguardar la tela en la casa, en el dormitorio, es monstruoso, un acto de sadismo para con nosotros mismos. No, yo no podría mantenerlo mucho tiempo bajo mi mismo techo, su color, el sanguíneo rojo, terminaría por volverme loco, por desatar lo más primitivo que hay en mí, por convocar a la lucha.

Ya es demasiado para mí, me aparto, salgo de la sala y me siento ante un lienzo muy diferente que no me molesto en escudriñar, en vez de eso observo la gente vagar de un lado a otro mientras el rojo desaparece poco a poco de mi retina, como una impresión de color que se deshace ante el mundo real, la tierra de Felipe.

 

 

 

La caja de marfil

Observé los colmillos de aquel elefante y los imaginé colgados sobre los muros en alguna casa o fragmentados y tallados en forma de elaboradas cajas para guardar relicarios de personas caprichosas. Aquello fue un verano en la India. Tres años después encontré una cajita de marfil en casa de una joven condesa que decía haber heredado aquella pieza de su abuela. Era pequeña, apenas cabían algunas monedas o unas piezas de joyería, ella la utilizaba como mero adorno en uno de los estantes de la librería donde yo buscaba un tomo de Swift. Nunca encontré el libro, me sorprendió tanto recordar al elefante que olvidé todo el pequeño mundo que tenía en mi cabeza.

Su dueña me dio permiso para estudiar la pieza y me detuve pasando mis dedos por la superficie de casi un siglo. No comprendí los grabados pero mi querida condesa me explicó que se basaban en un cuento de las mil y una noches. La tapa tenía un pequeño elefante que hacía las veces de asa. Me resultó irónico. Uno de los enormes animales había sido echado al suelo, muerto seguramente sólo para conseguir el marfil preciado que haría esta caja y el joyero había tenido el valor de representarlo en su misma materia. ¿Era un homenaje? ¿Quizá una forma de remordimiento por una muerte sin demasiado sentido? O quizá nadie se había parado a pensar en qué significaría tallar aquella pequeña representación del animal. Sea como fuere me quedé una noche más con la condesa sólo por aquella caja, para poder examinarla con más detenimiento.

Nunca volví a ver a la mujer, se casó y dejó de ser una persona única, admiradora de Virginia Woolf, para convertirse en otra persona más, quizá feliz, pero poco interesante para mí. No recuerdo ya la cara de ella, confieso que lo he olvidado, sé que tenía el pelo oscuro pero no hay más de ella en mí. Sin embargo la caja permanece viva, como si su recuerdo fuera el receptáculo de sí misma, en una suerte de mágico redescubrimiento.

Han pasado los años. Esta mañana gocé de unos instantes de verdadera lucidez, de comprensión. El frío inundó mis pulmones pese a que el verano ya había hecho su aparición; el sol se ocultaba de mi vista, en mi patio, rodeado de edificios sólo se podía ver el azul turquesa de una mañana fría como si fuese primavera. Las plantas no tenían rocío, pero su verdor y la oscuridad de la madera en el suelo me hizo sentir bien. Descalzo como estaba, con los pies notando el tacto de la materia, respiré, sentí y a punto estuve de llorar. Fue entonces cuando descubrí que pensaba en aquella caja y en aquel elefante que una vez vi, junto al que caminé maravillándome por sus dimensiones y su curiosidad salvaje. ¿Qué significaba todo esto? Quizá más de lo que la apariencia me mostraba. ¿Qué es una caja? Un recipiente donde guardamos algo, para protegerlo o para ocultarlo. Una caja vacía no tiene sentido a no ser que guardemos en ella algo de nosotros mismos, de ese amor que se parte un día, de las lágrimas que vertimos por alguien que se ha ido, quizá de la felicidad de unas mañanas como la de hoy.

Me levanté del patio, fui a la cocina, hice el café y bajé a por bollos a la panadería. Lo dejé todo preparado para que en el momento en que la puerta del dormitorio se abriese, quien surja de allí pueda disfrutar de la sencillez de un desayuno que alguien le ha dispuesto. ¿No es eso el amor? Lo pequeño, lo insignificante, simplemente el hecho y nada más.

Ahora, en este momento, me he servido yo mismo una taza de café y siento otra vez en el patio, la atmósfera ya ha cambiado y rememoro el instante en que salí del cuarto, desnudo, confundido aún por el sueño mientras el alba me saludaba con la brisa helada y disipaba de mí todo carácter irreal. Bebo el café amargo y dejo ir el recuerdo con dulzura mientras en el edificio los vecinos se despiertan y abren las ventanas que dan al patio; no me saludan todavía aunque sí me vean, aún no son ellos, aún necesitan construir sus personajes y sentirte seguros. Mientas aquí, yo, calentándome las manos sobre la cerámica de la taza, respiro y escucho los pájaros sobre el tejado.

También hay cajas para guardar lo invisible.

Arqueta Nº 3

N.d.A: “Arqueta Nº3” se publicó el día 03/10/2011 en el blog de “La vida entera en un silencio” de Saiz. Pertenece a un “juego” junto a otros dos escritos, cada uno de distinto autor.

La espada de Jaime se clavó en el pecho de Saúl, lo abrió con ira, haciendo que el herido gritase, pero el templario rápidamente dio fin al alarido con saña, cercenando la cabeza del rey caído. Jaime observó primero el cadáver y luego, calmada su pasión, la sangre impía que manchaba su túnica blanca, su coraza abollada y llena de los arañazos de distintos muertos que habían cometido la imprudencia de enfrentarse a su espada. Jaime se embadurnó los dedos con el líquido rojo, todavía caliente, los llevó al metal de su pecho y trazó la cruz que fielmente veneraba.

Fue entonces cuando se agachó, cogió aquella corona que había vestido de honor la frente llena de rizos del rey, que fue fundida años atrás, cuando un David que nunca se enfrentó a Goliat llegó al trono tras conquistar Jerusalén. Jaime observó el objeto con respeto, con asco también. Sabía muy bien qué representaba y decidió llevarla consigo, quiso que fuera la prueba definitiva de que ellos habían vencido. Cristo era el héroe y aquello lo evidenciaba.

Jaime se asomó al balcón de la fortaleza y gritó con fuerza, en latín. Proclamó la gloria de Dios y elevó la corona manchada con la sangre de su dueño. Los templarios gritaron, los cruzados gritaron, los herejes se rindieron. Terminó la batalla y prosiguió una guerra interminable que a Jaime le costó la vida.

La corona, sin embargo, fue enviada al imperio junto con otros muchos tesoros. Se fundió el oro y se rescataron las piedras preciosas. El maestro orfebre creó un alma de roble, esqueleto simple que le iba a dar coherencia al resto. Sobre las pequeñas vías de madera colocó las placas de oro judío, las repujó con adornos florales y añadió las gemas que formaban en la tapa una perfecta cruz de esmeraldas. Su ayudante, venido expresamente desde Limoges, trabajó durante un mes en aquella pequeña arqueta, llenándola con el azul real y el blanco marfil de los esmaltes más bellos que en su carrera había sido capaz de obrar.

La caja había sido encargada como un regalo. La terminaron en verano, quizá fuera ya Agosto. Puede que en el camino los soldados sudaran trasportando el tosco baúl donde viajaba una caja mucho más hermosa y con mucho más significado. A aquel tesoro le acompañaba una cruz llena de cristal y un báculo intrincado. Un recién nombrado obispo, hermano del rey de Francia, recibió aquel presente obligado, con la sonrisa torva de quien ha crecido respirando poder, negándosele poder y ambicionando lo que nunca sería suyo.

De aquella época la arqueta guarda el recuerdo del cuerpo de cristo, del suntuoso cáliz dorado, del vino derramado y, de nuevo, como si llevase en su materia una sed insaciable, de la sangre del obispo, cuya garganta se abrió sobre su tapa por mano de un puñal que pagó el digno hermano.

Al nuevo obispo, sustituto del asesinado, se le regaló la caja, limpia ya de los restos rojos que habían sacado brillos terribles de su esplendor litúrgico. Éste, amigo del rey pero más amigo de la reina española, regaló a esta la arqueta como muestra de su amor de confesor piadoso.

La mujer conservó en su interior los pendientes de perlas, las cadenas de oro, los rubís tallados y hechos amuleto, las cruces de plata que se colaban en su escote pendiendo de finos cordones del mismo material y el marfil de sus anillos y el raro y exótico jade que formaba pequeñas figurillas de animales. Murió joven y la caja fue heredada por la corona de España.

Por fin llegó él, su dueño más querido, hombre oscuro, de mirada seria, andar renqueante y silenciosa compañía. Felipe colocó la arqueta en su habitación, sobre una mesita de mármol, bajo el inmenso tríptico lleno de pecado y de ingenio que al monarca tanto le fascinó toda su vida.

Los años ya le habían pasado factura, tenía una fina brecha en su tapa que los dedos del rey recorrían con mimo cada vez que se paraba a contemplar el cuadro de cerca. El tacto roto le agradaba más que si hubiera estado perfecto, encontraba en aquel desperfecto pensamientos sobre el mundo real que nada tenían que ver con las tablas pintadas que le llenaban de caos la cabeza.

Está vez la caja tuvo el deber de guardar los pliegues de papel manchado con la tinta familiar, las cartas personales que ninguna importancia tenían para el estado pero que para Felipe eran las más apreciadas. También fue el lugar donde descansó el rosario de marfil que muy a menudo el hombre llevaba encima y manoseaba más sumido en pensamientos de política que en los rezos que se le adjudicaban.

Pero Felipe, como todos los hombres, murió. Pasó a otra caja muy distinta donde sus huesos se hicieron polvo, donde sus dedos estaban lejos de sentir el tacto de la brecha ensanchada por los años. La arqueta, huérfana del dueño que más cariño le tuvo, fue heredada por una hija y vagó ya sin destino fijo, guardando doblones dorados como soles que abollaron su pulida superficie, joyas de distinto valor, cartas de amantes, frascos llenos de opio y también polvo acumulado por los años de abandono, por el desprecio de unos propietarios que la relegaron a una repisa donde podía ser vista pero no tocada.

Tras muchos años de olvido alguien la encontró, reparó en su existencia, limpió su fondo, restauró aquello que era necesario restaurar y la expuso tras una vitrina de cristal que fue rota poco después, en un saqueo lleno de fuego, gritos y un idioma que reconoció íntimamente por ser el de aquel discípulo de Limoges y el de aquellos obispos de pasiones descontroladas.

Durante unos años reposó en un nuevo palacio de silencios. Vio pasar pocas personas en muchos años, ya nadie tocó su superficie con cariño, pero sí se posaron sobre ella los ojos furiosos y enérgicos de un hombre de baja estatura que apenas hablaba en su presencia.

Sin saber cómo, la arqueta volvió a un museo; esta vez la encontraron fatigada, los que querían restaurarla sentenciaron lo peor: había que cambiar el alma, podrida por los muchos años, por la sangre bebida, por los pecados que había absorbido, por la historia que le pesaba hasta el agotamiento. Era su fin, nada podían hacer ya. Un orfebre separó las placas, limpió con celo los esmaltes y las gemas, construyó un nuevo esqueleto y volvió a unirlo todo, refrescando su existencia, demostrando su pericia como experto. En la sonrisa del hombre que contemplaba la obra reconstruida no había rastro de pensamientos que llegaran más allá del metal. Ahora era cadáver o estatua de sí misma. La madera fue lanzada a algún lugar ignorado, donde se unió al polvo que ya formaban todos los que la poseyeron alguna vez.

Aquella caja, objeto desprovisto de espíritu real, fue puesta tras una nueva vitrina, injuriada con un cartel que en nada le hacía justicia, que omitía su nacimiento cruel, su sangrienta historia, el amor de un rey que apreciaba su imperfección, su visita austera a un país que la había arrancado con violencia y su sencilla muerte, exhibida tras un cristal en el que permanecería para siempre, observada por unos ojos que apenas apreciarían otra cosa que el brillante oro o los orgullosos esmaltes.

Poco a poco, año tras años, la historia escrita que citaba a la arqueta se difuminó. Nadie pudo decir que fue la cabeza Saúl la que ciñó el oro que la construía, todos olvidaron que las manos del oscuro monarca español acariciaron su brecha, nadie supo del desprecio de muchos dueños, ni de la sangre que llevaba impresa, sangre judía y sangre cristiana que la convertía en un objeto lleno de significado y que, a pesar de su opulenta materia, había sido relegado a un rincón insignificante en el que nadie se detenía.

Peñón de San Miguel

El peñón de bahía, más conocido como peñón de San Miguel es una isla pequeña o islote bastante grande, enclavado cerca de la desembocadura de una de las rías de la costa gallega, a tres kilómetros de un lado y apenas dos del otro.

En su inicio estuvo cubierto de arboles. Según la leyenda, un discípulo del apóstol Santiago, se convirtió allí en eremita hasta el final de su vida. El por qué del primer emplazamiento marinero no se sabe, lo mas probable es que se debiera a cuestiones prácticas. Lo que sí se conoce es que un día, Alfonso XI tuvo el capricho de crear un fuerte que vigilara la ría y aquel lugar era el idóneo. Esta vez la leyenda dice que el rey tuvo un sueño en el que se le apareció San Miguel, que fue el que le señaló aquel peñón como lugar idóneo para dar pábulo a la gracia de Dios al mismo tiempo en que se le rendía homenaje al eremita muerto siglos atrás.

Fuera como fuese, lo cierto es que quinientos hombres fueron contratados para talar todos los arboles del peñón, con la excepción de un gran pino que se calculaba como centenario y que se secó en el siglo XIX. La madera sustraída fue utilizada para vigas, barcas y el artesonado de la fortaleza. Los sillares se trajeron de las costas vecinas, granito en su mayoría, y la fortaleza se levantó en el mismísimo centro del islote, en el lugar más elevado. Sobre un gran montículo de rocas se encuentra la torre de San Miguel, cuya fachada principal se encara al noroeste en una verticalidad de casi veinte metros. La edificación por lo demás es bastante menos espectacular, con otras seis torres que cierran un recinto donde predomina las grandes alturas por la falta de espacio. Pese a la posibilidad de unir la isla a tierra se prefirió construir un puerto y cercarla con un muro imponente que incluso resistió el choque de St Elisabeth en la batalla de San Miguel de 1645, también llamada batalla perdida.

Esa contienda es la que mayor renombre le da al pobre peñón en su historia. Don Marcial, personaje famoso en España gracias a aquella lid, era el señor de la fortaleza desde 1640, tenía a su cargo a setecientos soldados. No se conoce por qué Arthur Tic, un conde irlandés caído en desgracia tras un asesinato y reconvertido en pirata, fijó su atención en el peñón. Se contaba por entonces que algunos barcos procedentes de América habían dejado cofres llenos de oro en la fortaleza, una estratagema del rey Felipe IV para aliviar la deuda española en el momento de mayor necesidad. Se ignora si es cierta esta historia pero Arthur Tic así lo creyó y envió sus cuatro grandes barcos, cargados con setenta cañones cada uno a la isla. El golpe les parecía fácil y quizá lo hubiera sido. La defensa naval que se preparó fue masacrada en su totalidad y Tic ordenó rodear el peñón y reventarlo a cañonazos hasta que alzasen desde el fuerte la bandera blanca. Todo parecía fácil, en el anochecer de un veintitrés de agosto Arthur Tic rodeaba la isla de San Miguel y, al ser ignoradas sus demandas, ciento cuarenta cañones bombardearon la muralla al unísono. Howard Calvin, insigne historiador especializado en la piratería de los XV, XVI y XVII considera que el conde Tic hubiera ganado la batalla de no haber escatimado en balas. La triste realidad, sin embargo, es que Arthur Tic cesó el bombardeo muy pronto pensando que tal despliegue habría apabullado a los españoles. Nada más lejos de la realidad, Don Marcial disponía de veinte cañones reales en la fortaleza y mientras los piratas esperaban ellos los prepararon y hundieron tres de las cuatro naves, incluido el St Elisabeth que se estrelló contra las rocas y la muralla, prendido en un incendio que lo acabó consumiendo. Arthur Tic fue hecho preso y subido a al torre de San Miguel donde hizo recordar su linaje, lo que Don Marcial ignoró, embadurnaron al conde en aceite y le prendieron fuego antes de lanzarle torre abajo. Ese hecho ha provocado que todos los 23 de Agosto, el día de fiesta local, se lance un muñeco de paja incendiado desde de la torre de la fortaleza, como conmemoración de la batalla ganada.

La historia de San Miguel deja de tener más importancia en ese momento. A partir de entonces se restauró la muralla y la superficie se llenó de pequeñas casas de piedra que hasta el siglo pasado pertenecían a los pescadores y que, cada vez más, se van convirtiendo en segundas residencias o se dedican al turismo.

Sapor II

A Mohsen lo llamaron el clérigo negro por vestir siempre la túnica de ese color. Estaba allí cuando Hormizd II cayó llevándose la mano al corazón, mascullando gemidos mientras se ahogaba en las salas de seda. Estaba allí cuando asesinaron al hijo de este de una puñalada en la nuca delante de su hermano, el cual pidió piedad y le arrancaron los ojos. Estaba allí cuando el consejo puso la pesada corona sobre el vientre hinchado de la madre de aquel que nació entre sangre, como cualquier niño, pero siendo ya rey. Sapor II rey de todos los sasánidas, coronado siendo no-nato. ¿Quién apostó por él? Nadie. Se contaba con que además de nacer siendo rey, lo haría condenado, ya muerto cuando apenas había respirado la vida. Mohsen, sin embargo, estuvo con él, era el joven confesor de la reina, el que enseñaba al monarca las doctrinas zoroástricas, el que bañó en fuego al recién nacido, o eso comentaba el pueblo. En las aldeas de adobe también se decía que además llenaba la cama y el cuerpo de la reina mientras el niño les miraba desde la cuna.

Sapor se convirtió en un joven apuesto y desarrolló un gusto exquisito por sí mismo. Muchos griegos que se encontraban en su corte, le llamaban Narciso y él, para seguir la broma, hacía que le llenaran su habitación de la flor cada mañana. Adoraba los brocados de oro, los trajes de cachemira, de sedas chinas, la joyería de oro y las más talladas piedras preciosas. Su barbero rasuraba su cuerpo completamente nada más levantarse y se lavaba con agua purificada del templo del fuego.

Mohsen le vio crecer, le instruyó en las artes de la política, de la traición, de la guerra y también, según malas lenguas, del amor. Mohsen medró a su sombra, se convirtió en alguien inseparable, su consejero más leal y los grandes nobles del imperio tuvieron que aceptar que todo iba a cambiar. Y cambio. Cuando Sapor cumplió la mayoría de edad disfrutó durante años de una paz prolongada, pero tejía poco a poco un plan intrincado como el dibujo de un tapiz. Gran parte del oro que sus antepasados habían ido acumulando se gastó en espadas, armaduras, arcos, flechas y buenos caballos. Los conflictos no justificaban tal producción de armas y Roma empezó a inquietarse por aquello que veían y susurraban sus espías. Mandaron legados con decretos favorables y Sapor los recibía con grandes fiestas en sus salones de seda blanca, sentado sobre el trabajado trono, con la corona ciñendo su cabeza y el clérigo negro a su izquierda, medio oculto a la sombra de una columna de alabastro. Aquella imagen se repetía una y otra vez, la tensión crecía y Sapor se pasaba las horas discutiendo con los encargados del gobierno, hablando con Mohsen o fornicando en las habitaciones de sus concubinas.

Constantino I murió en el otoño en que Sapor cumplía veintiocho años y fue entonces cuando afloró su verdadera naturaleza. Se rompió el tratado de paz con Roma y la guerra que tanto había estado esperando estalló, corriendo él mismo a la batalla en un fulgurante semental blanco como la nieve. Singara, Nísibis y Amida cayeron en su poder, los reveses de la guerra le hicieron perder y ganar, pero siempre mantuvo su instinto sangriento. En su rara fascinación asesinaba él mismo a los cautivos más bellos clavándoles un cuchillo en la garganta, observando cómo se desangraban con su propio rostro reflejado en el de los condenados. Le gustaba ver la muerte de cerca y le excitaba sentir la sangre caliente resbalando por su cuerpo. Las perversiones de la guerra le dieron un instinto feroz y una pasión que era aplaudida por Mohsen, quien quemaba los corazones de aquellos asesinados por la propia mano del emperador como símbolo de poder imperial.

Roma no quería esa guerra, no podía vencer y tampoco podía ser vencida. Lo sabía y la lucha se llevaba demasiado oro de las arcas, así que decidió utilizarlo de mejor modo. De nuevo salieron los legados hacia Asia menor, pero esta vez no visitaron los palacios blancos de Sapor, sino que se dirigieron a las tiendas extendidas en el desierto. Los nómadas recibieron el oro romano y atacaron a Sapor sin que este lo esperara. El emperador no se amilanó, redirigió sus ejércitos y tras los años, agotadas las fuerzas de los nómadas, Sapor apareció en la tienda de su rey con Mohsen a su lado. Hablaron, hubo oro de por medio y también promesas. El rey de los nómadas pasó a ser general del imperio Sasánida y así, con el frente este pacificado, Sapor, que ahora lucía barba y sus ojos mostraban la crueldad de los años, volvió a declarar la guerra a Roma.

Esta vez el emperador Juliano no esperó. Mientras Sapor reconquistaba las fortalezas perdidas, él viajó hasta Ctesifón, capital del imperio sasánida. El romano quería acabar de una vez por todas con “el problema persa”. El ejercito que llevó fue monumental. Las legiones se apretaban en el horizonte cuando se dejaron ver desde la ciudad. Sapor, junto con Mohsen, sabían que aquel sería un momento decisivo. No podían igualar a la potencia militar de Roma, pero sí podían vencer. Sapor, con cincuenta y cuatro años, con saña y escupiendo espuma por la boca de la misma rabia, dirigió a sus ejércitos a las puertas de Ctesifón y allí, una de las batallas más cruentas de la historia se llevó a cabo, mientras Mohsen buscaba la guardia pretoriana. Pasaron muchos días hasta que el emperador se dejó ver, rodeado de soldados, cerca ya de las murallas de la ciudad, que estaban a punto de caer. Fue fácil. El anciano clérigo tensó su arco, llevó la pluma hasta la mejilla, apuntó con cuidado y soltó la cuerda dejando que el proyectil cruzase el espacio vacío antes de atravesar el cuerpo del cesar de Roma. Juliano había muerto. La batalla, aunque estaba ganada por parte del águila imperial, se paró de inmediato. En la ciudad eterna se proclamó otro emperador, Joviano, que se coronó con el miedo a Sapor II, el rey sangriento, el grande. La paz fue firmada con humillaciones y Armenia, el reino que Sapor ambicionaba, fue traicionado por sus otrora aliados. El propio Sapor entregó la copa envenenada al rey armenio y este, sin poder hacer otra cosa, bebió.

Como premio a su fidelidad, Armenia fue entregada a las cuitas de Mohsen. Sapor fundó Susa tras aniquilar a aquellos que se le opusieron y volvió a su palacio blanco de sedas y comodidades con la sed de sangre saciada, con más de sesenta años. Disfrutó de la vejez como lo hizo de la juventud, entre mujeres desnudas que besaban cada parte de su marchito cuerpo, con fiestas, caras telas que cubrían su piel y baños de agua purificada.

Mohsen, anciano, arrugado y retorcido como un olivo centenario, escribía en Armenia una carta para su emperador por el setenta cumpleaños de este, cuando escuchó los pasos amortiguados de los asesinos en los corredores. Sabía bien qué ocurría, él mismo había ordenado muchas veces similares actos, también sabía por qué. Quemó la carta en la llama de una vela y vio perfectamente la sombra proyectada sobre él antes de que la daga penetrase en su cuerpo, eficiente. Mohsen dejó escapar un gemido ahogado y una lágrima que no caía por si mismo, pues sabía que si a él le condenaban a la muerte era únicamente porque Sapor también había dejado de respirar.

Lírica de voracidad

Voraz, como esa pantera agazapada que salta todos los días hacia el cielo cerúleo, donde se tumba y rueda, jugando como un gato pequeño que aún bebe de leche en vez de sangre. Pero la naturaleza sigue ahí y, de cuando en cuando, la pantera lanza su zarpa hacia la tierra, se echa sobre ella haciendo todo oscuro y así corre con ese instinto que no ha cambiado desde el principio de los tiempos.

Voraz, como ese emperador ya viejo que nunca se creyó Cesar, que cuenta su historia a los jóvenes que se paran a su sombra. Ese emperador que no sabe dónde se ha de encontrar ni tampoco entiende bien el crucifijo que cuelga de su cuello. Ese mismo hombre, exiliado, que ha dejado la dalmática, el hilo de oro y la corona de laurel. El emperador mira el cielo donde nacen las estrellas y puede ver perfectamente a la negrísima pantera que le vigila entre juego y juego. Pudiera parecer que pronto fuese a ocuparse de él y ya comenzase a preocuparse para que no escape a su hambre.

Voraz, como el mismo mar que se da cuenta del juego entre la fiera y el hombre, que se siente a sí mismo como piedra que rodea el estigia y el averno. Ese mismo mar que en su papel de espectador se encuentra incómodo y no sabe cómo juzgar al hombre, a pesar de que sí conozca a la pantera con intimidad. Conoce sin embargo, con segura certeza, que será él quien termine guardando los restos de ese emperador exiliado, emperador de nada, que no quiere luchar ya y que nunca ambicionó el púrpura o la ciudad.

Voraz, casi imaginado, que es importante y algo definitivo, ignorando todo. Voraz, decimos, como el silencio; tumba como el azar o el cuaderno de hojas blancas o lo olvidado por Dios. Voraz, en fin, y hambriento del mundo con todas las cosas que ordenan y que ya se entienden por absolutos. Sí, también está ese hombre que llevaba la púrpura colgando de sus brazos y que tendió a sus pies para tomar la lira.

“Todo eso nos devorará”, le dice un padre a su hijo, “porque no somos nada y el resto fue y será y es importante”. Ese padre que antes de tener esposa guerreaba en el medio de Europa comiendo del desecho barro de las ciénagas, donde el emperador encontraba la tumba, donde Atila actuó, donde el mismísimo Alarico cayó o Marco Aurelio desfalleció. ¡Cuánto “donde” en tierra tan pobre!

Hoy ese padre forzado y sadomasoquista tiene la gladius clavada en la pared con orgullo, como recuerdo del tiempo pasado. Se encuentra alegre mientras tenga vino negro y esclavos que le permitan no ser él quien empuñe la azada como antes empuñase la espada adorada. A veces, sin embargo, cava zanjas con la excusa de hacer una acequia, gustoso por remover el recuerdo de la mezcla de sangre, que él le sacó al enemigo, con el légamo donde crece su trigo. Ese hombre, ese padre, cava buscando la ligazón del fango con la sangre bárbara y así se siente cómodo en el recuerdo de su voracidad. Aún cree ver el estandarte del águila dorada, los colores de la ciudad, el lejano brillo del emperador que se exilió; mientras contempla su alucinación, le habla a su hijo sobre la muerte y la insignificancia. Ese hombre se deja gobernar, cómodo de mancharse las manos y su hijo le observa, reverenciándolo, con una mezcla de amor filiar, de asco hacia el hedor de sudor con sangre y abono, de amargor interno que se revela, cual murmullo, cual ronroneo de la pantera que le mira y que le gustaría aplastar al padre para salvar al hijo.

Voraz como el mundo, como el tiempo, como la historia y la memoria. Vivimos como lobos, como emperadores y hombres con gladius reverenciadas y azadas propias en manos ajenas. Hacemos, sin quererlo, literatura de la voracidad y vivimos con hambre, con un ansia infernal hacia todo. Muchos caemos domesticados por el camino, pero no importa, es el precio de la legión en el camino, algunos, muy pocos, podríamos llegar a emperadores libres, a exiliados vigilados por la pantera sempiterna. Nos encantará decir entonces, con ojos violentos, que somos voraces.