El ciervo blanco

Relato publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Agosto de 2015. También publicado en su versión digital aquí.

Uno de sus primeros recuerdos era de una mañana durante el solsticio de verano: su madre le despertó apresuradamente y le negó el cuenco de leche recién ordeñada, las cerezas negras y dulcísimas y el pan amarillento untado con manteca. Empezó a llorar cuando ella lo llevaba por los pasillos a escondidas, pero la mujer no hizo nada, ni siquiera le regañó, siguió arrastrándole hasta una salida discreta, donde pagó una moneda al soldado que ya estaba advertido. Para entonces el secretismo había calmado los sollozos del pequeño y la curiosidad silenció su hambre infantil. Salieron a la villa, apenas había nadie en las calles, quienes debían madrugar lo habían hecho un rato antes, el resto preparaba los mendrugos de pan en sus casas o estaban a punto de salir para buscar leche o agua fresca. Llegaron a las cuadras reales, allí su madre le colocó sobre una yegua imponente y ella misma subió tras él, montando como un hombre.

Tomaron el camino principal y luego se desviaron hacia el norte, pronto dejaron atrás las sendas y se internaron en el campo abierto, cruzando al trote un par de millas. Ella acalló las preguntas del niño con frases fáciles y él pronto comprendió, o al menos percibió, la resolución en la cara tensa de la mujer. El resto del viaje transcurrió en silencio.

Se detuvieron a los pies de una colina cerca de las montañas, no había nada allí, la zona estaba despejada y los árboles no se adentraban en el montículo. Su madre le ayudó a bajar de la yegua y le llevó de la mano hacia la parte más alta, allí descubrieron una pequeña construcción de piedra gris, más vertical que ancha, de muros gruesos y vanos pequeños, sin cristales ni contraventanas. Era un edificio austero, sólido, bien cimentado. Años más tarde el niño adivinaría (su madre nunca se lo dijo) la edad de su construcción, una época no demasiado distante, gobernada por otras gentes con una historia y una fe distintas. Posiblemente entonces ya tendría doscientos años y era muy probable que siguiera en el mismo lugar mucho después de su muerte.

Aquella primera vez su madre le conminó a no tener miedo, sin necesidad, pues el niño no estaba asustado, al contrario, deseaba entrar en el extraño lugar y descubrir por qué su madre le había llevado allí. No llamaron ni anunciaron su llegada, tampoco existía una puerta, se limitaron a cruzar el umbral subiendo un escalón, luego cruzaron en tres pasos una mínima antesala hasta la nave principal, larga y estrecha, donde las altas ventanas dejaban entrar la luz de la mañana y el canto de los pájaros. El niño observó con la boca abierta el techo abovedado, una estructura difícil de conseguir, su padre siempre le señalaba la bóveda de la capilla familiar, al parecer una obra maestra construida justo antes de su nacimiento. Si bien la del castillo era mayor y más espectacular, aquel niño quedó impresionado por la sencillez del lugar donde se encontraba y su absurda ubicación. Le divertía estar dentro de un edificio abovedado rodeado de campo bajo el cielo abierto. La sala guardaba todavía el fresco de la noche y la madre le colocó sobre los hombros su propio manto, una prenda blanca de textura dulcísima, la más querida de su ajuar y sin embargo afeada años atrás por una brasa caprichosa. Tras unos instantes se acercaron a la parte más alejada de la puerta, allí les esperaba un altar sencillo, sin símbolos. Sobre él había un cuenco de madera y un cuchillo largo de siega con empuñadura de plata.

La mujer se arrodilló, bajando la cabeza y apoyando las palmas en el suelo. Musitó unas palabras, unos nombres desconocidos para su hijo, exóticos; él quiso preguntar pero la atmósfera inspiraba silencio, tranquilidad. Su madre no tardó en terminar las oraciones, luego miró al pequeño, le besó las mejillas llamándole “tesoro” y “regalo”. Le preguntó si la quería, el niño empezaba a estar nervioso por la situación, pero respondió lo obvio, ella sonrió, le agarró con fuerza del antebrazo y cogió el cuchillo sin dudarlo. El niño vio con horror cómo su madre acercaba el utensilio a su pequeña mano, le pinchó la yema del dedo corazón y una solitaria perla de sangre brotó al instante. El niño lloraba e intentaba liberarse, pero ella estuvo concentrada en la gota escarlata hasta que cayó sobre el cuenco, lleno ya a la mitad de leche. Entonces la madre soltó a su hijo, tomó el recipiente, lo elevó hacia las dos ventanas abiertas al frente y murmuró un brindis extraño. Bebió el contenido de una sola vez y luego dejó sobre el altar la escudilla vacía. El pequeño chupaba con fruición el dedo herido, pero no se había movido de su sitio. Ella volvió a coger el cuchillo y le pidió al niño un mechón de su cabello. Tardó un poco en ceder, pero al final inclinó la cabeza hacia su madre y ella le cortó dos de sus rizos, los dejó sobre el cuenco y luego, sin más ceremonias, ambos salieron del edificio.

A su regreso el rey se encontraba al borde del pánico. De la rabia acumulada durante todo el día cruzó la cara de su mujer con un sonoro golpe. Ella cayó al suelo sin hacer ningún sonido, pero el niño empezó a llorar y el monarca hizo llevar a su familia hasta las alcobas; allí, a gritos él y ella en susurros, se increparon lo ocurrido. Por primera vez en su vida el príncipe entendió el origen de su madre, porque su padre hablaba de secuestro y ella le reprochó la tradición del reino, pues había sido raptada con dieciséis años sin preguntas ni permisos, el rey tomó lo deseado y la familia de la mujer nada pudo decir. El hombre volvió a golpearla cuando sus explicaciones no le satisficieron. Ya había cumplido su deber al darle un heredero, dijo ella, y mucho más. La frase dio por finalizada la discusión.

Al año siguiente todo se repitió: la reina despertó al niño en el solsticio, le llevó a la misma capilla en lo alto de la colina y realizaron el ritual. A la vuelta el padre volvió a golpear a la mujer. En la quinta ocasión, cuando el niño debía cumplir diez, el rey encerró a su mujer en la alcoba y allí pasó el día, llorando y aporreando la puerta, implorando por su libertad. A medianoche finalizó el castigo preventivo, pero ella ya no lloraba, no suplicaba, tenía los ojos rojos de tristeza y resignación; madre e hijo durmieron juntos, acurrucados en la cama hasta el amanecer, cuando el niño despertó para descubrir que ella había desaparecido.

La desesperación del rey en su búsqueda, pues realmente amaba a su mujer, le llevó a descuidar el gobierno, durante años hubo jinetes recorriendo los distintos territorios, pero no hallaron rastro alguno ni persona que la hubiera visto. Se creó una pequeña leyenda acerca de la reina desaparecida, de su espíritu melancólico en torno al ala oeste de la fortaleza. Lo intentó muchas veces, pero el niño nunca pudo ver aquel supuesto fantasma.

Cuando tuvo la edad de montar el príncipe escapó para visitar el viejo templo, se perdió en el camino en varias ocasiones, pero al final su caballo fue más intuitivo y lo llevó hasta la colina. Entró en el edificio con cierta reverencia, casi esperaba encontrar a su madre arrodillada junto al altar, no fue así. Permaneció dentro unas horas, inspeccionando el lugar. Descubrió una talla al otro lado del altar, estaba muy desgastada, pero podían distinguirse varios leones, ciervos y aves, todos juntos, tranquilos, en torno a una mujer desnuda con el vientre abultado y actitud pacífica.

El chico volvió en el solsticio de aquel año, sobre el altar descubrió el mismo cuenco, esta vez vacío, y el mismo cuchillo. Asombrado (en su otra visita los objetos habían desaparecido) se cortó varios rizos de su cabeza y los dejó dentro del cuenco. Al salir del templo pudo ver a lo lejos un enorme león de montaña, echado al sol. Lo observó durante cierto tiempo y la bestia también permaneció vigilante mientras el príncipe toqueteaba su arco, no llegó a disparar.

Transcurrió una década tras aquel solsticio, cada año el príncipe acudía al templo y realizaba el ritual, al salir invariablemente se encontraba o bien un ciervo o bien un león o un ave rapaz, vigilándole desde la distancia.

En una primavera especialmente lluviosa su padre murió en el bosque, envenenado por una serpiente mientras aliviaba sus necesidades. El príncipe se convirtió así en rey. Durante muchos solsticios olvidó el viejo templo y los animales, se hizo cargo del reino y tomó una joven esposa, saltándose la tradición del secuestro. Aquello le valió una revuelta y padeció la miseria de una guerra intestina durante muchos años, al final logró la paz con un tratado frágil, temporal.

Temeroso de su posición debilitada y de la posibilidad de otra revuelta, el rey envió emisarios en las cuatro direcciones del mundo para atraer a curanderos y magos, pues su reina no podía tener hijos. Ninguno satisfizo sus demandas, algunos proponían tratos nigrománticos y rituales extraños, imposibles de aceptar. Entonces las viejas matronas llegaron al castillo y le contaron el viejo cuento del bosque sagrado, de un rey obtuso que lo taló y construyó allí su castillo y su capital, de la maldición de la diosa Madre sobre quien gobernara el lugar. El rey entendió. Las matronas también le relataron la historia de su madre, quien únicamente había dado a luz pequeños cadáveres. Desapareció un día al amanecer y volvió con las manos manchadas de sangre. No reveló nada de lo ocurrido, pero esa misma noche quedó preñada y nueve meses después nació un niño fuerte y sano.

Al día siguiente el rey volvió al templo sobre la colina. No fue en solsticio, pero allí estaban el cuenco y el puñal esperándole. No supo qué hacer, observó con cuidado la talla del altar durante mucho rato y finalmente salió fuera en busca de alguna pista. Un pequeño ciervo blanco le esperaba a la entrada. Su cercanía asustó al rey, quien armó su arco con un acto reflejo. En lugar de correr espantado, el venado le miraba con tranquilidad, sin inmutarse. El hombre no tardó en sentirse seguro, se acercó y acarició su suave pelaje con una ternura redescubierta ahora tras años de guerra. El ciervo descendió la colina y se dirigió hacia el bosquecillo, volviéndose hacia el hombre cada vez que éste se detenía. Llegaron junto a distintos zarzales y de entre todas las frutillas el animal eligió las bayas venenosas. El rey quiso detenerle, espantar al venado, pero se mantuvo firme, rumiando los frutos sin prisa. La luz declinaba sobre el tejado del edificio, ahora el hombre sabía qué debía hacer. Volvió allí, recogió el cuenco y el puñal echando un último vistazo al relieve. Fuera el ciervo le esperaba acostado sobre la hierba, pero el hombre no quiso terminar lo necesario. Se sentó junto a la criatura y le acarició durante mucho tiempo, hasta que el veneno empezó a ponerle nervioso y provocarle movimientos involuntarios y violentos. Lo hizo rápido. Abrazó el ciervo, tan manso como un corderito, y cercenó su cuello de un tajo. La sangre caliente no tardó en llenar el cuenco y derramarse por todas partes. Poco después el cuerpo del animal dejó de temblar, se quedó muy quieto, con la mirada vacía.

El rey cargó el animal hasta el templo y lo dejó frente al altar. Luego tomó el recipiente e hizo el mismo brindis que viera hacer a su madre años atrás. Bebió el espeso líquido de un trago, sin respirar, y cuando terminó, ya manchado de sangre hasta el alma, descubrió en el lomo del ciervo una mancha negra, como si una brasa caprichosa hubiera caído sobre su piel.

Cérvido fin

Ilustración de Adrián A. Astorgano

Aquellos hombres tristes

La primera vez que su padre le vio llorar le cruzó la cara. Desde entonces ha evitado hacerlo. Los hombres no pueden ser débiles, no pueden llorar. Le inscribieron en fútbol, era el portero. Odiaba ese deporte, pero no podía hacer otra cosa. Todos los domingos su padre y su hermano mayor se sentaban ante la televisión, gritaban y bebían cerveza hermanados por algún sentimiento que a él no le afectaba. También le obligaban a sentarse junto a ellos. Él miraba la televisión sin ganas, incapaz de saltar del sofá como un resorte igual que ellos. Cuando podía se escapaba para ayudar a su madre, ésta le miraba con tristeza y callaba. Si el equipo al que la familia apoyaba oficialmente ganaba, no había mayor problema, la felicidad de la victoria emborrachaba a su padre (el alcohol también ayudaba) Si por el contrario perdían, su actitud pasiva era reprochada, los vecinos oían los gritos de costumbre y el niño corría a encerrarse en su cuarto. Cuando llegó a la adolescencia salía de casa tras aquellos rounds con su padre. Lleno de ira, con la garganta cerrada por un grito aún dentro de él, una amenaza no pronunciada, un reproche sin formular. Encendía un cigarrillo, e invariablemente lo estrellaba contra el suelo o una pared al recordar, que en vez de ser castigado por aquel vicio a los dieciséis años, era observado con cierta aceptación. Al fin y al cabo fumar era muy masculino.

Fue a la universidad, su padre se mostró reticente, prefería tener otro hijo dedicado a la mecánica, el negocio familiar era un taller con su apellido. Según su punto de vista estudiar era un lujo, un capricho. Después de meses de discusiones, la madre convenció al padre y el hijo pudo estudiar. Aquel fue el momento del cambio. Padre e hijo se observaban en silencio, sin palabras para intercambiar, él pensaba en la debilidad de su vástago, le veía como un señorito ¿le despreciaba? El hijo odiaba al padre, cuando cruzaba la puerta de casa ya estaba en tensión. Evitaba pasar entre aquellos muros el máximo tiempo posible, se quedaba hasta tarde en la biblioteca o en casa de amigos.

Un día, en su último año de carrera, los padres llegaron antes a casa tras un fin de semana familiar. Sorprendieron al pequeño con su novia. El hermano mayor llevaba chicas habitualmente, pero el menor nunca. El cambio hizo feliz a su padre, que palmeó la espalda del hijo y lanzó bromas en su tono habitual. Estaba orgulloso. Pero el hijo le miró con asco. El hombre estaba rabioso. Su hijo, ese mocoso a su cuidado, le había lanzado aquella mirada de desprecio. Era inadmisible. Gritos de nuevo en la casa, los vecinos subían el volumen de la televisión para no escucharlos. El padre entró en la habitación como un toro desbocado, moviendo los brazos, señalando a su hijo, recriminándole, ordenando una disculpa. Pero el chico se negaba, le reprochó su falta de educación, su brutalidad. La sangre palpitaba en la cara roja del hombre, estaba descontrolado, tiró al suelo los libros de su hijo, le amenazó con echarle de casa si no le mostraba respeto. El hijo no pudo más, ya tenía la edad suficiente, el valor, se enfrentó a su padre, cara a cara, a pocos centímetros, la saliva de ambas bocas saltaba sobre el otro. El padre se sintió herido, al fin y al cabo era el indiscutible rey de la casa, le cruzó la cara igual que cuando tenía once años. Eso hizo que su hijo también pierdese el control: agarró al hombre por la camiseta sudada, olía a cerdo, y le estampó contra la pared. Vio sorpresa en los ojos de su creador, y una ira incontenible ante esa ruptura de poder. Le insultó, pero antes de desembarazarse de su hijo, éste le golpeó en el estómago y le empujó contra el armario. El padre cayó al suelo como un fardo. El chico salió de casa con un portazo, sin decir nada más. Silencio en la calle. Respiró profundamente durante un momento, jadeando como si hubiera jugado todo un partido de fútbol. Golpeó algo para descargar los restos de su rabia, y metió las manos en los bolsillos alejándose de esa calle.

A la salida de la facultad le esperaba su madre una semana después. Tenía una maleta consigo. Le besó, le abrazó, le pidió que se cuidase, y luego se fue dejándole la maleta. El chico entendió el mensaje, ya no era bienvenido en la casa familiar. No importaba, mejor, era mejor así. Vio a su hermano una noche en la calle, con sus amigos. No se saludaron, se miraron desde lejos sin acercarse siquiera. ¿Para qué?

El chico hizo su vida, terminó la carrera, buscó otra ciudad donde seguir estudiando. Los siguientes años los pasó cambiando de piso, trabajo y chica. Si le preguntaban por su familia prefería no contestar. “Hemos perdido el contacto” –decía. Era su única explicación. La madre le escribía un único e-mail todos los años por navidad. Por eso el chico se sorprendió de encontrar en Julio un nuevo mensaje. Su padre tenía cáncer, estaba ingresado, la madre le pedía que fuese a verle. Moriría pronto, era su última oportunidad de perdonarse el uno al otro. Durante una semana se sintió como un animal enjaulado, no sabía qué hacer, dudaba. Quería ir, no quería ir. Por fin se decidió, compró un billete de avión y fue al aeropuerto. Pero allí, rodeado de gente, de idas y venidas, sintió que le faltaba el aire. Se apoyó contra la pared en un rincón menos transitado. ¿Qué hacía ahí? ¿Qué sentido tenía volver? ¿Por qué? Sus latidos estaban disparados. No, no iría. El viejo hijo de puta no merecía la pena, no merecía su perdón ni quería el que le pudiera dar él. Rompió el billete y regresó a su casa. Estaba solo. Un agradable silencio le envolvió. Disponía de tres habitaciones decoradas a su gusto, se dejó abrazar por esa propiedad, ese refugio. Allí no le podían golpear, después de quitarse el abrigo pasó varios minutos sentado en el sofá. Poco a poco, conforme la luz se iba haciendo más débil en la calle, se recuperó de la ansiedad. Al sentirse otra vez bien, dueño de sí mismo, comenzó a llorar.

La reina de las moscas

Dejaron un filete crudo sobre la mesa y abrieron las ventanas. Volvieron dos días más tarde y las bandadas de moscas zumbaban en el salón. El perro ladró con cobardía, inútilmente, por compromiso. Esperaban de él alguna acción, pero los gañidos de después revelaron poco creíble su esfuerzo. Tras todos los gestos posibles salieron de allí para dormir lejos de los insectos.

A la mañana siguiente la abuela entró en el salón, las moscas habían muerto. Sus zapatillas de color chicle crujieron sobre los cadáveres, luego el sonido se fue volviendo viscoso y repugnante. No pudo soportarlo, gritó. Sus nietos aparecieron ante la invocación; la pequeña empezó a limpiar inmediatamente, sin sorprenderse por los montículos de bichos, su hermano sólo miraba.

¿Por qué había ocurrido aquello? ¿Fue premeditado? La abuela no encontró rastro de la carne. Estaba envenenada, esa era la explicación. Única afirmación aceptable, ahora lo sabía, no importaba que hubiera comprado el trozo de carne directamente del carnicero. Incluso vio cómo lo cortaba en su presencia, pero de algún modo… de algún modo el veneno llegó allí, quizá fue ella misma, o el niño o la niña. El por qué del plan de exterminio se le escapa, quizá fue por el odio a los zumbidos y los vuelos idiotas. No sabía, no importaba, a menudo olvidaba detalles, nombres, rostros, causas y consecuencias.

Llenaron dos grandes bolsas con las moscas y también echaron las zapatillas. A partir de entonces la anciana caminó descalza en su casa. A veces llevaba las uñas pintadas de rosa.

Años más tarde la chica se tatuó una mosca en la cadera, aunque sus amigas preferían las mariposas. Por las tardes se escondía con el hijo del vecino, tenían la misma edad, pero él trabajaba con el padre desde que pudo dejar el colegio. Si hacía calor buscaban un campo recién cortado o escondido, se desnudaban y ella apretaba uno a uno los músculos del granjero, él tenía el hábito de acariciar aquella mosca antes de sumergir la mano en ella. Cerca del anochecer volvían juntos, él la acompañaba. La abuela y el hermano tomaban el fresco ante la entrada, la anciana siempre lucía los pies desnudos sobre el cuerpo cálido del perro. Ellos la saludaban, luego el chico se despedía con un largo beso, sin pudor. El hermano observaba como un pez detenido en su acuario, intentaba comprender.

Con veintiún años la chica desapareció. Se cansó de la tranquilidad de todas las noches, del calor y su silencio. Al irse despidió uno a uno a sus conocidos, hizo todo bien, así evitaba dejar palabras pendientes y nunca habría necesidad de volver. No volvió. Poco después el vecino encontró a su hijo entre las ruedas del tractor, dormía a la sombra porque la chica ya no estaba allí para distraerle. Su sangre regó los campos de maíz, el cuerpo quedó destrozado. Al enterarse de la tragedia la anciana se preguntó si los granos nacerían rojos aquel año, si el sacrificio de la carne joven los volvería más tiernos. Rezó después y lloró en el entierro.

El nieto aprendió a masajear los pies de su abuela. El vecino se sentaba con ellos en la entrada, siempre con los ojos vidriosos, no hablaban nunca. Los tres buscaban su compañía por la razón más fácil de todas: no tenían otra. Habían sido abandonados, eran ya vestigios de sí mismos, un conjunto escultórico dispuesto a desmoronarse con el paso de los años. Fuera como fuese, las moscas nunca volvieron a la casa, quizá entre sus zumbidos recordasen la masacre y evitasen aquella familia como quien evita los campos del horror. Quizá también se preguntasen dónde estaba ella.

Un hombre desarmado

Arrastra los pies por caminos de grava, entre campos pobres de belleza, cuadros de verde desteñido dónde nacen, línea tras línea, marañas negras, árboles y arbustos de apariencia seca por el frío, duros, afilados como garras protectoras sobre quienes se detienen para saborear su triste influencia. Todo bajo el signo de un sol pálido, color de luna, incapaz de ejercer su gobierno con fuerza por encima de las nubes, contagiadas de su debilidad, contaminadas por un gris perla suave y homogéneo.

Durante la hora que permanece sentado en el banco ve llover varios minutos sin que la superficie del río se altere, sin que los ojos de las parejas perciban más allá de los charcos, intentan esquivarlos. Empieza a tener frío y se levanta con los muslos entumecidos, recorre la ciudad calle a calle sin prisa, sin objetivo, disperso en sus pensamientos. Termina otro capítulo de su vida: una persona queda atrás, se ha detenido hace unos instantes, pero él ya no sabe contar, e ignora si es la número cien o la doce. Se produjo una elección de por medio, unas palabras formando una sentencia, así lo creyó él. Ella no volverá a cruzarse en su futuro, es un vaticinio sencillo, de encontrarse casualmente ambos evitarían hacer largo el contacto, cerrarían los ojos como si cerrasen toda la cara, el corazón y la cabeza. Ignora si esta idea la produce el resentimiento o el dolor, el rencor o la vergüenza; camina para no averiguarlo, para no volver a casa y hacer evidente la soledad, que le espera en el sonido de las agujas de reloj.

Cena rápido, y se refugia sin pensarlo en un bar donde paladea whisky sin intención de emborracharse, vigilado por un camarero que desconfía o siente lástima de su lentitud, su vista perdida, su apatía evidente, y su silencio cubierto por el murmullo de los grupos de amigos, de la estridente risa de una mujer gorda, y de la música que procura no molestar en las conversaciones.

A las tres de la madrugada cierra el bar. Él deja que los últimos clientes sean una pareja enredada en un largo abrazo, quizá sin otro lugar donde permanecer tranquilos y juntos. Encuentra la avenida desierta, se pregunta dónde ir, gira como una brújula desorientada hasta recuperar el recuerdo de sus pasos, se dirige al mismo parque donde vio caer la lluvia. La ciudad también está cerrada, las farolas iluminan fachadas iguales a murallas sin huecos, donde las ventanas han sido cegadas por pesadas persianas, guardianes de la intimidad de vidas comunes, familiares, ocultas con el máximo celo. Llega a los jardines para resguardarse del mundo deshabitado. Se imagina a los ciudadanos, recluidos, tensos, a la espera de un ataque que no llegará.

Cuando los rusos entraron en Berlín, o cuando Napoleón llegó a Moscú, nadie salió a recibirles; los soldados se pasearon como conquistadores sin nadie a quien explicar que había sido conquistado, como salvadores entre edificios construidos sobre tumbas de héroes idénticos a ellos, pero que les aventajaban por el hecho de estar muertos y haber pasado ya a la memoria colectiva. La semejanza fue, precisamente, el motivo de la diferencia. Luego Berlín fue ocupada por multitud de lenguas extranjeras, ordenadoras del cosmos urbano, entonces los ciudadanos sí salieron de sus habitaciones transformadas en fortalezas, pero ya era tarde. Moscú, por su parte, se hizo pasar por Troya para vengarse con más justicia; los atónitos ojos del general francés comprendieron la materia real de un imperio, invisible.  Fue consciente de su mortalidad ante el color de las llamas.

Pero él no tiene un ejército a sus espaldas, ni tampoco se cree héroe o elegido, camina internándose en una noche que a nadie le importa. Abandona el parque lleno de árboles desnudos y se aleja de la ciudad. Está agotado, pero no vuelve a casa, ha decidido no dormir en su cama, en ella tendría que esperar la llegada de otro día más, igual al anterior; aunque esta vez la ausencia evidente, inalterable en su cabeza -pues ya es una imagen clavada con un alfiler en su cerebro- le procura cierto grado de novedad, pero no se deja convencer. Se decide a continuar, sigue la carretera y cruza el río, luego también abandona las trazas de arena o de asfalto, se interna en el campo con incómodos zapatos de ciudad, tropieza, pero la luna termina por aparecer, y bajo su guia puede alcanzar el lugar que busca. Se tumba en una parte especialmente frondosa, sobre las vías del tren; puede ver estrellas en el cielo, las nubes de la tarde han desaparecido. Respira el aire húmedo y suspira una y otra vez hasta cerrar los ojos, exhausto por el paseo. Se duerme con el murmullo de la hierba y el crujido de las ramas. Un tren aparece sin explicaciones, pero pasa y no llega a despertarle.

La ciudad hostil

Volví a casa temprano, no podía más, estaba harto de todo. Las farolas me siguieron alumbrando penosamente y los coches me ignoraban como si fueran animales. Nadie me habló, ni siquiera para pedirme dinero. En casa el teléfono no sonará, eso lo sé antes de entes de entrar por la puerta.

¿Por qué no me vengo de esta ridícula situación? La verdad es que me gustaría mucho poder salir de ella, pero no puedo y me siento triste. Ayer paseaba solo por un parque y tuve que irme porque me sentía ahogado al ver la felicidad en otros ojos, no podía soportarlo y estaba a punto de llorar. Volví a casa, igual que ahora, y me refugié en esta pequeña caja que es mi apartamento, mirando al mundo desde la ventana como si necesitase de verdad unos centímetros de algo sólido que me separe de la realidad; creo que es así, necesito ese material entre el mundo y yo aunque sea transparente y quebradizo; así, quizá, no me impresione todo tanto, y me evite sufrir.

Estoy cansado de la vida. Lo pienso siempre que me siento en el sofá y levanto las piernas, las recojo contra mi cuerpo, dejándolas cerca, ocupando el mínimo espacio posible. ¿Por qué? Es una buena pregunta, hago esto porque me siento solo, tan solo que intento con mi propio cuerpo darme algo de compañía. La televisión no me emociona, la verdad es que entiendo a las personas que se quedan en sus casas todo el día mirando programas absurdos, al menos dan compañía. ¿Es eso lo que explica la mala televisión? ¿La soledad? Puede que sí, o quizá el vacío interno, la ignorancia. No lo sé y me importa bien poco porque yo no soporto la televisión. Siempre que la enciendo termino apagándola al poco tiempo, cansado, más triste aún.

Rehuyo los libros, sé que me ayudarían, que me harían olvidar la tristeza de este día a día, pero también sé que llegará el momento en que tenga que dejar la novela y entonces volveré a ser yo y el mundo no habrá cambiado. ¿Cómo podría soportarlo? Soy tan débil que me sorprende.

Cuando me encamino al trabajo y cojo el metro o el autobús me siento como una presa indefensa, como el más débil de todos los animales de este gran zoológico que llamamos ciudad. Estoy en el peldaño inferior de la cadena alimenticia. El resto, personas que están obstinadas en su monotonía, me miran con ojos que yo entiendo acusadores, hambrientos. La voracidad de sus bocas cuando se besan me da pavor; en mi cabeza se cruza la posibilidad de que se giren, incómodos con mi mirada, y decidan súbitamente cambiar de objetivo. Pienso en la posibilidad de que se lancen a mi boca y me aniquilen mordiendo mis labios, mi cara y luego mi cuerpo. He de controlarme para no chillar. Si encuentro un sitio apropiado suelo cerrar los ojos y dejar transcurrir las estaciones hasta mi destino, prefiero la negra ignorancia a la luz de saber. Pero sé que todo esto es exagerado y, a veces cuando logro sobreponerme salgo por la noche y recorro los bares y las discotecas. En realidad es peor, siempre termino con demasiado alcohol en mi sangre, confuso por su culpa y torpe. Sin saber cómo pierdo la vergüenza, la moral, la inteligencia y hasta mi propio nombre. Yo me convierto en otro y me envalentono hasta que, por algún juego de cámara confuso, mi conciencia vuelve en la cama de alguna mujer y no sé cómo he llegado allí. Ella, tal y como temía, intenta devorarme cual insecto. En esas ocasiones sólo me queda fingir, continuar como si el que yo era antes no se hubiera ido. Suelo conseguirlo pero termino lleno de fiebre, sudor frío y temblor en mis piernas. Nunca me he quedado a dormir en la guarida de esos animales.

Esas son mis aventuras. En la recuperación de mí mismo regreso a casa y me encierro con tantas llaves como puedo echar. A veces, si mi miedo no es muy grande, observo por la ventana a todas esas personas que no parecen darse cuenta de lo terrible que es el mundo en el que viven. Cuando no tengo valor para nada me acuesto en el rincón más oscuro de mi cama, bajo las mantas que todo lo pueden evitar. Es ahí donde ahora me encuentro, buscando ser ajeno a esta ciudad terrible que en cualquier momento puede acabar conmigo.

Esta es mi tumba, sí, porque aquí puedo encontrar la paz del sueño y el silencio no roto por los aullidos de lobos que van de cacería, cuyos ojos en las discotecas brillan como si la luna se hubiera colado tras sus pupilas.

La venganza del hechicero

El fogonazo restalló en la sala. Sargal cayó al suelo herido, su espada desapareció de la escena.
-¡No, hermano! –suplicó.
-Veinte años encarcelado… por un delito que no cometí. Veinte años de insultos, de las más bajas vejaciones, confinado en un espacio ínfimo y en la más absoluta soledad…
-¡Piedad!
-¿Piedad? ¿Qué piedad tuviste de mí, aun cuando compartimos la misma sangre de nuestros padres?

Sargal se levantó pero la mano de su hermano fue más rápida y a otro fogonazo le siguió un golpe en el pecho que lo lanzó con la pared. Gritó de dolor sentándose en el suelo. La sombra de su gemelo avanzó hacia él como un enorme murciélago y Sargal sintió terror ante aquella mirada llena de fuego. “Está loco” –pensó-“estoy condenado”.
El gemelo agarró a Sargal por el cuello y lo levantó pegándolo contra la pared.
-¡Di mi nombre!

El guerrero intentaba zafarse con las manos, golpeaba el brazo del hechicero e intentaba arañar su cara, pero no lograba alcanzarle. Se estaba ahogando
-¡Di mi nombre! –gritó con más fuerza el gemelo.
Sargal gorgojeó:
-No…

La cara del hechicero se contrajo de asco y utilizó el cuerpo de su contrincante como si fuera una piedra, parecía que su peso no le era ninguna molestia. El guerrero cayó al suelo y rodó debido al impulso hasta que se topó con una columna que le frenó dolorosamente.
-No debiste venir aquí, hermano. ¿Por qué?

El guerrero se levantó, apoyándose en el escritorio cercano, una mesa inmensa de madera maciza. Vio sobre su superficie un abrecartas y como si su gemelo hubiera leído sus pensamientos, el potencial arma salió disparada en otra dirección y se clavó hasta la empuñadura en la puerta.
-Contesta.
-Supe que habías escapado… –gimió Sargal, dolorido. Necesitaba ganar tiempo para vivir, porque sabía que no aguantaría mucho más- ¿Cómo escapaste? Han… han pasado veinte años.

El hechicero sonrió, pasó sus manos por la cabeza calva y tocó allí donde su cráneo se había partido en el pasado, una cicatriz extraña recorría gran parte de la cabeza, como una imprecisa brecha cuya sombra hubiera permanecido.

-Mi prisión era un pozo en el fondo de la montaña de los mil días, rodeado de hechizos, bestias de kornul y guardianes de piedra que nunca duermen. Vigilaba mi dieta un carcelero ciego y sin lengua que era a su vez prisionero del mismo lugar, aunque de una manera distinta. ¿Cómo logré salir? Es una buena pregunta, hermano –el gemelo caminó varios pasos hasta una mesilla de mármol donde descansaba una arqueta deslucida por los años, la abrió sin importarte el polvo y sacó tres anillos que se colocó en el mismo momento. Entonces sintió un escalofrío que hacía mucho tiempo había olvidado; con esa nueva sensación recorriendo su cuerpo, se volvió hacia Sargal, que lo observaba lleno de miedo-. He susurrado veinte años en la oscuridad, hermano mío, veinte años invocando lo desconocido, hasta que lo desconocido me escuchó. Vivir o morir, al final todo se reduce a eso ¿verdad?

Un remolino de polvo y aire se levantó a un lado de la sala y Sargal encontró la espada en el rincón opuesto, no se lo pensó: lanzó contra su hermano un libro que encontró en la mesa y corrió. El hechicero, con un grito, fulminó el libro en un estallido verde. Sargal hizo una voltereta en el suelo para librarse de un segundo rayo y logró recuperar su arma.

El gemelo rió de buena gana, pero el guerrero se lanzó contra él desesperado. En su carrera trazó un arco destinado a cercenar la cabeza calva del hechicero y lo habría hecho, pero cuando la hoja iba a impactar simplemente se deshizo en el aire. Sargal gritó de impotencia, tiró la empuñadura al suelo con rabia y golpeó el pecho de su hermano hasta que resbaló a sus pies, impotente, sabía que no podía hacer nada más.

El hechicero le miró con indulgencia, casi con pena. Acarició el pelo de su hermano un momento y le obligó con delicadeza a observarle desde abajo.
-Di mi nombre –le pidió.
Sargal derramó una lágrima torpe
-Nael –dijo en un susurro-, tu nombre es Nael.

El mago asintió, sonrió. Un murmullo había comenzado a escucharse a lo lejos, pero era tan sutil que el guerrero pensó que era su propia imaginación, cuando quiso darse cuenta, su hermano le había vuelto a levantar del suelo sólo con la fuerza de su brazo, le sostenía por encima del suelo, asfixiándole. Sintió que se mareaba pero Nael permanecía sin inmutarse, muy tranquilo. Luego, sin que nada le diera comienzo, un coro empezó a cantar desde la nada. Sargal abrió mucho los ojos, sabía qué significaba aquello. El ruido de unos tambores surgió de algún lugar y de pronto los muros y toda la estancia se diluyeron, cayeron como si fueran un vulgar telón y revelaron un mar de cuerpos líquidos que estiraban los brazos hacia ellos, únicas figuras sólidas en el mar de fuego. Los rostros de aquellos fantasmas aullaban y Sargal supo que era el coro que estaba escuchando, una melodía alta, que entronizaba a su hermano como príncipe de aquel lugar macabro.
-Es… el fin.
-No, hermano mío. Sólo lo es para ti. Para mí… para mí es el principio.

Sargal pudo concentrase por última vez en la cara de aquel con quien había compartido juegos siendo niño. Recordó un antiguo abrazo contra la oscuridad, contra una pesadilla que uno de ellos había tenido y que el otro le había ayudado a vencer con ese sencillo gesto, pero aquella imagen agradable se vio superada por las pupilas encendidas del hechicero.
-Adiós –susurró Nael y acto seguido le apartó a un lado y lo dejó caer en aquella insustancial locura llena de voces y de música tenebrosa.

La sala recuperó su ordinaria apariencia, silenciosa y húmeda. Nael permanecía en el centro y no había rastro de su gemelo. El hechicero abrió la palma de la mano y en ella encontró el colgante de su hermano, un recuerdo que una vez le había pertenecido a sí mismo. Aquel objeto era la clave para recuperar todo el poder perdido.

Atendiendo a una llamada que no había pronunciado con los labios, unos ojos llameantes aparecieron en un rincón de la habitación y Nael le invitó a pasar con un gesto. El demonio se recubrió de fuego y su cuerpo negro crujió como la ceniza.
-Busca al siguiente. No le toques un solo pelo de su cabeza, es mío –dijo el mago.

La criatura asintió pero no desapareció, Nael supo qué era lo que estaba preguntando.
-Se llama Gardor, empieza a buscar en Zavoquía. Tiene la misma marca que mi hermano.

El demonio volvió a asentir y el fuego que lo recubría se apagó hasta que él mismo desapareció como ni nunca hubiera estado allí.

Nael caminó por la sala, recorrió toda su extensión y acarició la librería llena de polvo y telarañas, llevándose varias entre sus dedos. Aspiró el aire viciado del lugar y sonrió.
-Todo va a cambiar.

El periplo del extranjero

La prudencia tiene la virtud de ser útil, paciente, de resultar verosímil e incluso de ser una buena filosofía de vida. Ser prudente es ser conservador, pero conservador no en ese sentido político, sino en uno más físico (o quizá en algún otro más allá de lo físico) El prudente tiene el buen sentido de no hacer nada que no debiera, de considerar cada detalle y sus posibles consecuencias tomando siempre la opción más acertada, la más obvia. Al menos será la más acertada de acuerdo a las normas sociales. El prudente se conforma con lo que tiene, con lo que entiende y no se aventurará en lo desconocido.

Pedro se hacía llamar Pierre, no por algún gusto extraño ni por snobismo, se hacía llamar Pierre porque sus padres eran franceses, porque se crió en el país galo y en su infancia sólo respondió a aquel nombre. La suerte cambió siendo él ya adolescente, cuando sus padres se mudaron a España como directivos de la recién estrenada filial de su compañía. El cambio fue espectacular para él, pasó a sentirse desplazado, a no ver a sus padres, a ser atendido por una asistenta que, si bien era simpática, nunca pudo procurarle una sustitución del amor que esperaba obtener de sus padres. Como la edad era la adecuada, a las quejas y actos de rebeldía sus padres no le dieron gran importancia, se limitaron a castigarle severamente. Pero para Pierre el colmo había sido el cambio de nombre, en el instituto todos le llamaban Pedro, incluso los profesores. Al principio con su desconocimiento del idioma no pudo defenderse, pero luego, envalentonado por el desprecio y el tiempo transcurrido, lo dejó claro. Él era Pierre y no contestaría a otro nombre. Le ignoraron. Los profesores sí que procuraban llamarle por su versión francesa, aunque a veces se equivocaban, entonces lo corregían con rapidez y cierto malestar al darse cuenta de que el chico, terco, no respondía. De sus compañeros sólo obtuvo burlas. Se quedó sólo y como tampoco tenía a sus padres hizo lo que hicieron muchos antes: huir.

Su abuela, Noelle, murió unos años antes de la ida a España de la familia. La mujer quería mucho a Pierre, ahora Pedro, y siempre intentaba defenderlo cuando quería hacer algo que sus padres no le permitían. La frase de la abuela siempre había sido la misma: “déjale, mujer, nunca he visto un niño tan prudente.” El día en que Pedro metió en una mochila algo de ropa, bastante dinero y un bar de bocadillos, se acordó de su abuela y recordó aquella misma frase. La prudencia, pensó Pedro, es para gilipoyas.

Salió de casa como cada día en dirección al instituto, pero nunca llegó a él; desapareció sin que nadie supiera nada. Cuando sus padres llegaron a casa a la hora de la cena, naturalmente se preguntaron dónde estaría pero no se inquietaron demasiado; las abundantes discusiones hacían que Pedro se quedase habitualmente en casa de su tío a pasar la noche. Quiso una casualidad que cuando ya estaban en la cama sin pensar en Pedro, sonase el teléfono. Cogió ella al ver que se trataba del número de su hermano y la conversación derivó, como no podía ser de otra forma, en el chico. El tío de Pedro no sabía nada de él. En esta ocasión sí se pusieron nerviosos, llamaron al móvil de su hijo, pero sonó en la habitación contigua y allí, encima de la cama, se encontraron una nota con dos palabras. “Au revoir”. Firmaba Pedro, no Pierre.

La policía tuvo claro que se trataba de una fuga y tranquilizaron a los padres diciéndoles que era habitual y que el chico volvería en cuando empezase a tener hambre o le faltase el dinero, dos días como mucho, quizá cuatro si el chaval era orgulloso. Dos semanas después Pierre no había aparecido y la policía no tenía nuevas noticias. Siguieron su rastro hasta la estación de bus, donde Pedro había comprado cuatro billetes a la misma hora y cada uno con un destino distinto. Los conductores no recordaban al chico en especial y ahí se terminó la búsqueda.

La depresión acosó a aquellos padres que no comprendían nada. Se culparon de la huida que no habían visto llegar y lloraron y se entristecieron. Pero pasaron los años y el dolor se fue convirtiendo en costumbre hasta hacerse llevadero. Ninguno de ellos pronunció jamás la palabra “muerte” pero ambos la tenían en su cabeza y les oprimía la garganta. Por respeto al otro nunca se dijeron nada, con miedo de hacerlo real al pronunciarlo. Mantuvieron la creencia en la huida, quizá algún día su hijo regresase.

Pedro apareció en el porche del chalet una mañana de sábado del mes de Marzo siete años después de su huida. Estaba serio, había crecido y llevaba una barba corta. En los primeros minutos los padres aliviados lloraron con él, le abrazaron y besaron como si fuese la efigie de un dios. Realmente le querían, pensó Pedro, pero aquello no le ablandó lo más mínimo, el no lloró, aunque sí se emocionó por el reencuentro.

Sin embargo no pasó mucho tiempo hasta que surgió la pregunta: ¿por qué? Y Pedro sonrió enigmático. Era una pregunta que se había esperado, que había planeado mil veces responder, pero que finalmente no quería ceder al dominio del amor. No se dejó emocionar. Les observó y habló en español, ya sin apenas acento. Les dijo que por aquel entonces no estaba cómodo en su casa ni en su instituto, que Pierre había muerto de inanición en España, que se había convertido en un extranjero absoluto, un paria, un ajeno que no poseía un lugar para sí mismo. Les dijo que pensó en el suicidio y aquello inquietó a sus padres, que temblaron. Luego recordó a la abuela, porque ella había sido muy importante en su decisión. La abuela que siempre había dicho que él era prudente tenía razón. Pierre era prudente y la prudencia le hubiera llevado a la muerte. Si él se hubiera quedado en la casa y hubiera seguido viviendo aquel infierno que tenía por monotonía porque era lo prudente hacer, porque esa era la decisión cautelosa: siempre esperar que todo mejore, siempre tener la esperanza y pensar que es cosa de uno y que uno cambiará; si hubiera decidido eso, estaría muerto. Decidió lo contrario, decidió romper con todo, salir de la comodidad de una vida sin penurias, decidió obviar a unos padres que no le entendían y buscar su vida fuera porque la que tenía dentro se había extinguido.

Aquellos padres, con el pelo encanecido por la duda y la pena de aquellos siete años, con las arrugas tempranas en su rostro, entrelazaron los dedos y miraron a su hijo. Se dieron un apoyo mutuo y silencioso, observando a aquel que habían creado ellos dos y que ya no reconocían. Estaban ante un monstruo o quizá ante un semidios, no lo entendían, ambas posibilidades eran reales pero algo, quizá el amor incondicional de la sangre o un entendimiento más íntimo, le llevó a uno de ellos a aclararse la garganta y preguntar lo que tenía que preguntar: ¿encontraste lo que buscabas?

Pedro asintió y volvió a sonreír, esta vez porque el contenido de su relato sería distinto a lo habitual, lleno de palabras que se consideran tabú o que al menos son difíciles de hablar en esa intimidad algo artificial que se da entre padres e hijos. Para él, que había renunciado a sus padres, ya apenas tenía vigencia la ley silenciosa sobre lo permitido.

Sí, respondió, he viajado mucho. He trabajado de camarero en Madrid, de azafato en Barcelona, he vivido en Málaga de la caridad de una mujer con quien me acostaba, en Cádiz conocí a un italiano que me llevó consigo a Nápoles y que me dio trabajo en su restaurante. He hecho de chico de correos en Milán, y allí también conocí la pobreza absoluta y me prostituí por dinero. No os asustéis, todo fue bien, nunca me he arrepentido ni tengo ninguna enfermedad, se trató de un trabajo más que no duró demasiado y que me permitió vivir. Estudié un par de cursos y me mude a Roma donde trabajé de barrendero, no dure mucho, volví a Rouen, papá, y dejé flores en la tumba de la abuela y del abuelo. Luego trabajé en París en una floristería. Allí me enamoré de una chica catalana y volvimos juntos a España. Vivo en Barcelona. No trabajo, pero quiero abrir una cafetería en el Rabal, ahora mismo ese es mi sueño. He caminado mucho, he hecho cosas terribles, he robado, mendigado, he leído mucho y he aprendido. Descubrí a las personas, descubrí el calor humano y el sexo y el valor del dinero. Me han hecho daño en todos los sentidos que uno puede imaginar pero aquí estoy, de una sola pieza, con dos cicatrices que no me causan desazón, con muchos recuerdos y sin remordimientos. Sólo tenía uno y era hacer esta visita que siempre me ha pesado. Sí, encontré lo que buscaba, me encontré a mí mismo. ¿Y sabéis? Además de todo eso, además de lo importante y de ser feliz, resulta que ella me llama Pierre.