La Barcelona literaria, Vila-Matas mexicano y Juego de Tronos

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Enero de 2016. También publicado en su versión digital aquí.

El pasado diciembre la UNESCO nombro Barcelona ciudad literaria, uniéndose así al selecto grupo que forman otras grandes urbes, como Praga, Dublín o Granada. Sin duda no faltan argumentos, Cataluña es la región donde se aglutina el grueso de la producción editorial del país, el 48.3%. De forma tradicional Barcelona acoge las sedes de las grandes casas de edición, fomentando con el paso de las décadas un vivero de escritores y fundaciones o asociaciones en torno al mundo del libro. El nombramiento, muy buscado por distintas instituciones de la capital catalana, ha sido celebrado con una declaración de intenciones de cara al próximo tiempo, entre otras cosas se pretende fomentar la lectura infantil, obtener fondos para actualizar bibliotecas y crear un congreso internacional de editores. Es una distinción importante para la ciudad, pero sobre todo para los ciudadanos y el conjunto de españoles.

Decir que la realidad editorial de España es compleja seria quedarse muy corto: en los últimos años dos grandes grupos, Penguin Random House y Planeta, han fagotizado la mayor parte de las editoriales españolas, pero con todo sigue existiendo un gran número de pequeñas empresas independientes que procuran un trabajo muy cuidado, ganándose así un espacio en el mercado. El modelo de negocio de las librerías también ha cambiado a consecuencia de las crisis (la económica y la propia del sector), las cadenas imitan ahora el trato personalizado del cliente de la librería de barrio, formando profesionales especializados. Pero la riqueza editorial de España contrasta con cierto desdén institucional hacia creadores y publico. Un sector tan importante y desarrollado no es lo suficientemente aprovechado por la población, cuya relación con los libros sigue siendo distante. Esto se refleja en múltiples aspectos, desde los resultados de distintos barómetros del CIS, los estudios del Observatorio de la lectura y el Libro y sus conclusiones demasiado autocomplacientes, hasta las políticas inexistentes de fomento de la lectura de la última legislatura. Tanto las evaluaciones como las aplicaciones son insuficientes. Por otro lado, las medidas que acaparan la atención de empresas e instituciones públicas son la piratería y el libro digital, dos aspectos a tener muy en cuenta en el futuro del sector, pero cuya importancia dentro del conjunto es mucho menor de la que se le da. Si se continua con esta tendencia, atendiendo a la estructura del sector y olvidándose de creadores y publico, el mundo del libro en España continuara su declive hasta que todo sean lamentaciones.

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Ilustración de Gonzo Brain a.k.a. Jorge Fernandez Ruiz

Curiosamente el nombramiento por parte de la UNESCO pilló a uno de sus escritores mas célebres en México, donde a Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) se le ha concedido el premio Feria del Libro de Guadalajara, uno de los mayores de las letras hispánicas, o directamente el mayor, como él mismo afirmaba al compararlo con el Cervantes y encontrar este ultimo “anquilosado”. A Vila-Matas no le falta razón ni tampoco es el primero en hacer una declaración parecida, los premios literarios españoles (con honrosas excepciones) tienden a premiar más la celebridad de los nombres, las canas del escritor o la estimación de ventas antes que la calidad literaria. Mientras, el futuro de las letras hispánicas sigue engordando con su importancia en el continente americano, los próximos años España se juega el papel que tendrá en ese futuro, esperemos que desde las instituciones tomen las medidas correctas, porque el honroso nombramiento de la UNESCO no será suficiente para garantizar nada.

Vista las tendencias de lectura y visualización actual, en esta ocasión parece oportuno finalizar con una doble cita: en su periplo por México Vila-Matas ha sido invitado a multitud de conferencias y encuentros a raíz del premio, en uno de estos eventos el escritor afirmó que “la inteligencia sirve para escapar de todo aquello nos tiene atrapados. Para crearse una vida propia, personal y atractiva” Cualquiera podría desear ese tipo de vida, pero la inteligencia es una capacidad que debe trabajarse. A este respecto todos deberíamos tener presente la frase de Tyrion Lannister, personaje de la serie Juego de Tronos y de los libros en que se basan: “mi hermano tiene su espada, el rey Robert tiene su maza, y yo tengo mi mente. Pero una mente  necesita de los libros igual que una espada de una piedra de amolar, para conservar el filo”

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Marta

Marta observaba aquella caja con culpabilidad. El fondo rosa le encantaba y cuando la cerró, su superficie blanca le gustó aún más, las letras de su tapa también eran del color interior. Fue a la cocina y arrugó el cartón lleno de migas y azúcar glass desechada. Era la caja de una pastelería. Luego apuró el resto de zumo que le quedaba en el vaso y lo lavó con cuidado en el fregadero.

¿Qué podía hacer? Miró por la ventana y vio la tarde decayendo, pronto se confundiría con la noche inminente. Estaba sola, como siempre. Su gata dormía sobre el sofá y Marta se había levantado triste. Desde hacía un año los fines de semana le cargaban. De lunes a viernes todo era más sencillo para ella: se levantaba, huía al trabajo y en su casa le esperaba el descanso. Pero el sábado y el domingo no sabía qué hacer con su tiempo. Sus padres vivían lejos como para ir a visitarlos a menudo y tampoco le gustaba acercarse a aquella casa donde le iban a echar la parrafada de siempre. No le quedaba otra opción que pasar las horas mirando la televisión, divagando por Internet u observando la ventana con un pedazo de tarta y un zumo de naranja.

Volvió al ordenador y buscó la cartelera del cine más cercano. Le gustó una de las que anunciaban, un estreno que no parecía ni drama ni comedia, sino algo más sesudo. Ese tipo de cine no le apasionaba de ordinario, pero se dijo que quizá hallase algo interesante esta vez. Se cambió, cogió su abrigo y se marchó andando.

Podría haber cogido el autobús pero tenía tiempo y le apetecía andar. Cruzó el parque donde ya solamente quedaban parejas procurándose calor en un banco o gente haciendo footing. Una punzada de culpabilidad le acusó recordándole que ella se había propuesto hacer ejercicio igual que todas esas personas. Sin embargo la celulitis se seguía acumulando, igual que los kilos, y ella no encontraba el momento o el ánimo para calzarse las deportivas.

Fuera del parque tomó un gran bulevar. Fue por el centro, un paseo peatonal custodiado por grandes árboles. Caminó observando a las personas. Se encontró con dos parejas cariñosas que hablaban con complicidad, otra fría que no parecían quererse realmente. Cinco solitarios regresaban del trabajo, o eso deducía. Una niña iba en bici, su abuelo detrás sin apartar la vista de ella. Dos ancianas caminaban agarradas del brazo. Por último vio a un chico sentado en un banco que miraba la calle con tristeza, con soledad. A Marta le dio pena pero no dijo nada, no se atrevió.

Llegó a un cruce de calles que limitaba una zona de otra. Allí había mucho más movimiento. Las tiendas ya estaban cerrando pero los cafés y restaurantes brillaban con sus letreros rojos; estaban cuajados de gente, grupos que tomaban el aperitivo antes de la cena, amigos reunidos después del trabajo o la universidad, parejas en medio de sus citas. El trajín era caótico, revelaba que la ciudad estaba viva y también que ella no era parte de aquella alegría.

Se entristeció. Metió las manos en los bolsillos del abrigo y buscó un camino menos transitado, amparado por una cierta soledad al desaparecer los cafés y las personas. Dio un rodeo y llegó ante la taquilla. Pidió el ticket. Quedaba media hora para poder entrar a la sala y no sabía qué hacer.

Vagó por el barrio, evitando las aglomeraciones que encogían su corazón. Se preguntó por qué ella no estaba allí, en una de esas mesas, rodeada de amigos o con su pareja. La voz funesta que todos llevamos le respondió que ella no tenía ni de lo uno ni de lo otro. Era una extranjera, un alma solitaria en una ciudad que no era la suya. Era un paria y ese era el papel que tenía que aceptar. Estuvo a punto de llorar pero se contuvo.
Volvió al cine y pudo entrar, buscó una butaca y se sentó.

Marta no entendió la película, no tenía una gran lucidez, pero sí le impresionó, le emocionó. Quizá no supiera deshilar el contenido pero se había quedado con una idea amplia que le cubría como una manta. Al salir del cine se sentía llena y vacía al mismo tiempo, triste y alegre.

La noche se mostró ante ella con toda su crudeza, la acogió con frío y sin gente. Aún era pronto, pero los cafés que antes hervían de vida ahora apenas contaban con una docena de supervivientes. Tomó el bulevar de vuelta a su casa y esta vez apenas sí se encontró con alguien. Le entró un leve temor de sentirse sola, un temor a ser atacada; se sentía indefensa y sabía que no podría hacer nada con la fuerza de su pobre cuerpo. Tardó poco en volver a casa pero se le hizo largo el camino. Entró en el apartamento y su gata maulló dándole la bienvenida, aún desde el sofá donde ahora se estiraba.

Marta cerró la puerta con cerrojo y observó el ventanal que había abandonado para ir al cine. Seguía triste. Se puso el pijama y se arropó con una manta en el sofá. El felino se subió a su regazo y ronroneó. Ella le acarició absorta, no podía apartar su vista de la ventana. Le gustó tener al gato con ella, hubiera sido mucho peor regresar a una casa vacía de toda vida, donde se sentiría abandonada, más ajena al mundo de lo que se sentía.

El mensaje de la película era sencillo: todos hemos de tomar nuestras decisiones en la vida y son ellas las que nos conforman. Abandonar la inteligencia en favor de la comodidad es lo normal, lo más conveniente, pero también es lo más terrible pues nos simplifica, nos convierte en animales evolucionados, pero no en personas. El camino de la lucidez, sin embargo, es abrupto. Marta no quería la lucidez, nunca la había querido y tampoco tenía la capacidad, pero su comodidad no había resultado como ella había pensado. Estaba muy sola y no parecía que eso fuera a cambiar pronto.

La gata maulló y Marta sintió que eran iguales ellas dos, animales acurrucados en el sofá que miraban pasar el tiempo sin ninguna intención de buscarlo.

Traidor y traicionado

Edward deja el sombrero sobre la cómoda de madera roja. Apoya el bastón en el mismo mueble y se adentra en la habitación arrastrando sus caros zapatos en la alfombra persa que disimula sus pasos.

Rápidamente capta el olor conocido y desagradable, el hedor de los muertos. Al traspasar el biombo no disimula el gesto de asco, ya no hace falta. Se pasa la mano por el pelo y se detiene ante la gran cama donde yace el cuerpo sudoroso de un hombre no muy mayor. Su piel tiene el mismo color que la cera.
-¿Ha muerto?
-Aun no –responde una mujer sentada en una gran silla tapizada al otro lado de la cama. Tiene en las manos un librito de cubiertas verdes.
-¿Ha firmado?
Los labios de la mujer se fruncen en un gesto que Edward conoce muy bien, no es necesario que responda. Maldice.
-Cuida tu lenguaje, él quizá ya no pueda oírnos pero abajo están el doctor y los criados.
Edward asiente. Observa al hombre con detenimiento. Ciertamente respira, aunque al ritmo de un resuello flojo, apenas audible. El joven pasa sus ojos azules por la mujer, ella le interesa más ahora. Recorre el cuello pálido, el escote recatado, los pechos ocultos tras la tela. Ella sonríe, sabe que él está excitado.
-Ahora no es un buen momento, querido.

Edward accede, está a punto de decir algo cuando dos toques en la puerta llaman su atención. Se dirige hacia él otro hombre con anteojos, calvo y bastante grueso.
-Sr. Johnson, es muy agradable verle por aquí. –dice.
El joven aludido asiente fingiendo una sonrisa no demasiado excesiva y estrecha la mano del hombre gordo.
-¿Se conocían, doctor? –pregunta la mujer sin abandonar su asiento.
Ambos inclinan la cabeza al mismo tiempo.
-Coincidimos en Gales hace unos meses. Fue toda una sorpresa descubrir que el Sr. Johnson era el discípulo de su marido, señora. –responde el doctor.

Se hace un silencio breve, intercambian sonrisas frías y el individuo armado con un estetoscopio ausculta el pecho del agonizante. Johnson vigila todos los movimientos del médico.
-¿Cuánto le queda?

El doctor le mira con compasión, piensa que él, Edward Johnson, está tan apenado como su pronto viuda. Está equivocado.
-No mucho, me temo…
La mujer es rápida, se levanta con fingida turbación y agarra la mano del doctor por encima del cuerpo de su esposo.
-No soporto verle sufrir así… ¿no hay nada que pueda darle para… para acabar con su sufrimiento?
El médico se emociona, aprieta con sus manos las de la mujer que le mira con ojos llorosos y niega sintiendo hacerlo.
-No, señora. No puedo… Dios dispone…
“Pobre imbecil”-piensa Edward que se acerca con el rostro compungido y separa a la esposa para depositarla de nuevo en la silla.
-Valor, Sra. Haufmann, valor. –dice sin convencimiento.

Al doctor le tiembla la barbilla, se despide y sale por la puerta, cerrándola a sus espaldas. Edward no puede evitar sonreír, pero ella se lo reprocha con una mirada.
-No seas tan dura, querida. Ya has oído al doctor, es cuestión de unos momentos…
Ella titubea y observa a su esposo:
-Lleva exactamente igual tres días.

De nuevo se impone el silencio. Fuera empieza a llover, como de costumbre. Las gotas estallan contra los cristales de la habitación, la luz es gris. Edward enciende una lamparita cerca de la silla y observa al moribundo junto con la mujer. Sus pensamientos divagan.
-¿Qué vamos a hacer sin su firma? –pregunta por fin.

Ella calla un rato.
-Soy su única heredera, tampoco es tan importante… Después del luto nos reuniremos, llamaremos a los profesores y diré que he juzgado que el trabajo de mi marido debe seguirlo su mejor discípulo, aquel con quien compartió sus ideas y que fue parte indispensable de sus teorías –hace una pausa-. Nadie me lo podrá negar.

Edward sonríe, le encanta la idea. Tanto teatro no va con él, pero se ha acostumbrado a participar en las tretas de la mujer. La desea tanto en ese momento que se abalanzaría sobre ella y le haría el amor. Sí, es una idea magnífica. Está deseoso de poder restregar a aquel viejo cabrón cómo fornica con su mujer mientras él muere. Lástima que la idea sea extremadamente descabellada. Se contiene, se sirve un vaso de agua y lo bebe de un trago.
-¿Quieres un té? –pregunta la mujer.
-No, gracias.

La puerta se vuelve a abrir, esta vez es el notario, un hombre de barba gris y aspecto aburrido. Se acerca quitándose el sombrero, saluda y observa al moribundo por encima. Tras él llega una enfermera, prepara un paño frío para ponérselo sobre la frente.
-Sra. Haufmann, siento que esté pasando por este trance. He venido en cuanto me ha llamado el doctor. Sepa que yo y mis socios haremos lo posible porque usted no tenga que preocuparse de nada. Queremos ahorrarle trámites y…

El notario ahoga un grito de sorpresa, la enfermera no es capaz de disimularlo. El moribundo se ha incorporado de la cama y su mano de cera agarra la muñeca del notario como una garra. Sus ojos no pueden enfocar. Se hace un silencio tenso. Edward no sabe qué hacer, ha clavado las uñas en el respaldo de la silla donde la Sra. Haufmann suda. Todos esperan. El doctor llega corriendo y observa la escena, antes de que pueda actuar el enfermo abre la boca y aspira profundamente.
-Caja… fuerte… siete, cuatro, cero, tres, tres… uno.

La voz es un gemido lastimero y precipitado; cuando termina de hablar pierde la fuerza y el hombre cae sobre la almohada. Ya no afierra el brazo al notario; el doctor y la enfermera le atienden con prisas. Todos están inquietos.
-¿Qué… quiere decir? –pregunta la mujer que no puede evitar estrechar la mano de Edward con fuerza. Está muy pálida.
-¿No es obvio? –pregunta el notario recuperado. Sus ojos recorren la habitación y encuentra una pequeña caja fuerte en la cómoda sobre la que Edward ha dejado su sombrero.

El notario se acerca y gira la ruleta en los números acordados. Suena un “clic” y la puerta cede. En el interior hay una carpeta que el hombre saca y consulta. Su rostro aburrido adquiere una expresión desconcertada. Está muy sorprendido.
-Doctor… –dice sin mirar al susodicho- ¿Está vivo?
-Como antes, señor.
-Venga un momento.
El notario alarga los papeles al grueso hombre y este abre la boca.

-¿Qué ocurre? –pregunta la mujer, aterrada. Edward nota los dedos de su mano enfriándose por la prisión a la que ella les somete.
-¿Usted sabía algo de esto? –pregunta el notario, ceñudo.
El doctor niega asustado:
-No… es decir…
-¿Sí o no?
-He oído rumores, pero pensaba…
-¡Diablos!-exclama Edward- Nos están asustando, caballeros.

El médico y el notario les miran con extrañeza. El corazón del discípulo traidor al maestro se acelera. La mujer infiel al esposo está a punto de desmayarse y respira con dificultad.
-Es un testamento, señores. –dice serio el notario- Es uno que el Sr Haufmann hizo con mi casa hace diez años, antes de que se casara con usted, señora.
-¿Y qué? –pregunta ella- lo cambió hace cinco años. ¿Verdad?
El notario rumia algo para sus adentros.
-Sí –afirma, pero duda-. En su segundo testamento usted lega todos sus bienes. Pero ese documento tiene una cláusula.
-¿Qué cláusula? –pregunta Edward. Ya no siente su mano.
-El Sr. Haufmann quería que su segundo testamento quedara invalidado en el caso en que usted, señora, lo traicionara.

La mujer frunce los labios, suelta la mano de Edward y se pone en pie, tiembla. Está llena de rabia, de miedo, de ira. Balbucea.
-Eso… es… eso no es… Es inadmisible que usted sugiera…

El notario niega, baja su vista a la carpeta y recoge una fotografía que muestra a la mujer desde la distancia que les separan. La imagen es muy clara, están ella y Edward besándose en las sombras de un parque de Notting Hill.

La mujer boquea, termina cayendo en la silla, fulminada. No sabe qué decir. Edward se ha quedado como una estatua, completamente helado. Sabe que la fotografía tiene un año. El viejo cabrón se había guardado en la manga aquella carta sabiendo que estaba muy enfermo. El maestro se vengaba así de las traiciones, les había ganado a pesar de estar ya cerca de la muerte.

-Sr Johnson… Hay una nota escrita para usted.
El joven discípulo está de hito en hito, no es capaz de responder. El notario lee:
-Querido Johnson: La universidad lo sabe todo. Te sugiero que cambies de continente porque ninguna facultad de Europa estará dispuesta a tenerte entre su profesorado. Suerte en América.

Y de pronto, casi como si firmase las líneas, el moribundo se ríe débilmente con la misma voz ronca y cascada. Todos le miran, completamente asombrados. Él tose, aspira con dificultad y por fin emerge de su garganta el último suspiro.

La habitación queda llena de silencio, la viuda desheredada gimotea, el discípulo sigue mudo, el doctor certifica el deceso con un gesto afirmativo y el notario se santigua y murmura algún versículo de memoria. En el jardín de la casa, bajo la intensa lluvia, se abre el capullo de una rosa blanca.

Digestión inteligente

¿Qué es la gloria? Pierre Michon habla a través de esas páginas llenando el aire de trascendentales, como si las propias ideas se hubieran cristalizado creando láminas manchadas. Había tenido la sensación de saborear un códice antiguo, iluminado con colores preciosos y oro.

Pierre Michon fue digerido por ese enorme estómago, ese engendro que ya había devorado antes a otros. La muerte pictórica y casi material que Maurice Blanchot pintó en su oscuro personaje, fue engullida de igual manera. Al igual que las estratagemas de una vida disoluta, pero a la vez llena de sentido, de Mirbeau. Así, uno a uno, aquel estómago había devorado tantos y tantos textos, tantas letras, tantos libros, tanta información, tanta desinformación terrible o magníficamente barroca, y también inútiles diatribas y algunas llenas de sensitivo. Se había convertido en un estómago muy inteligente, en un órgano de sapiencia única que bien podría haberse llamado cerebro. Un cerebro estomacalmente atiborrado, hartado, agotado, al punto del vómito.

La mezcolanza, ese quimo que se debía de haber ido formando día tras día, año tras año en todos los recovecos de aquel órgano hinchado, ahora bien podría indigestarsele. ¿Qué ocurriría? ¿Qué color tendría la nueva masa cognitiva? ¿Qué sabor? Casi se podía relamer los labios con el gusto imposible de esa mezcla. Sería algo maravilloso, algo que, de tan imposible como era, llegaba a lo exquisito, a lo sublime. Kant (al que también habían devorado tiempo atrás) estaría orgulloso de él, de su alcance, de su sensibilidad más allá de lo común. ¿Servía para algo? Aquel estómago lo ignoraba. Tragaba, tragaba paladeando la masa como si fueran finos pétalos de azúcar sobre un sorbete de ambrosía. Distinguía cada marca, cada estilo, cada pincelada de genio… y sabía separarlo de lo vulgar, de lo simplemente bueno, de lo bello, de lo horroroso. Pero todo, todo era fagotizado por él, sin cesar, sin parar, hasta el paroxismo.

Fue necesario, era algo inevitable. ¿Por qué comenzó a escribir? Por salud. Debía de excretar de alguna manera todo lo digerido. Vomitó, defecó sobre el papel a Mirbeau, a Michon, a Blanchot y a todos, pero de una forma distinta. ¡Oh magia! Creó una sintesis única que todos le alabaron. Al principio se sintió bien, aquel ejercicio le daba la oportunidad de hacer otra cosa distinta, luego todo cambió. Los mismos que le habían aplaudido recomendaron otros hombres, otros nombres y tantos o más libros que el estomago encontró fascinantes.

La ingesta esta vez se retomó con una voracidad incontrolable. Lem, Gógol, Gordimer, Stasiuk y muchos más fueron descendiendo por su garganta feroz. Dejó la cura que había tomado, se hinchó adquiriendo un color desagradable y, corrupta la masa que revolvía, se infectó. La enfermedad se extendió y su razón tornó en demencia. Atacó, cual Quijote, a los hombres gritándoles que él era un gato, que él era un dios, un nuevo Cyrano redentor, un dramático Fausto o el Thomas impertérrito de Blanchot. Gritó, gritó su filosofía para que le escuchasen bien, pero no quisieron dar crédito a sus palabras. El aspa del molino le estrelló contra el suelo, la luna quedó lejos, imposible de alcanzar. Los gigantes se hiceron grandes como si fuese Platón su padre.

El estómago se encogió, el cerebro se secó. La duda le convirtió en un Hamlet inactivo y babeante. Perpetuamente quedó con la vista fija en el punto infinito donde lo leido significaba algo, donde las arquitecturas de su mente rota tenían utilidad. Dejó de ingerir libros hasta que terminó por morir de inanición. Lo último que balbuceó fueron unas palabras de consuelo a su sombra.

-Quedate tranquila -dijo-, tú desaparecerás conmigo.

El talismán

-¿Padre? –Jace observaba a aquel anciano nervioso que le había llamado. El susodicho se volvió casi asustado, sus ojos azules se fijaron en su vástago en silencio. El salón estaba vacío, la chimenea crepitaba y no había más sonidos en aquella estancia.
-¿Qué? –preguntó el viejo frunciendo el ceño.
-Me llamasteis, padre.

El anciano llevaba al cuello una piedra esmeralda, adornada con plata entrelazada como una enredadera. Aquella joya brilló nítidamente, con luz propia y aquel hecho llamó la atención del joven, que se acercó a su padre con la interrogación en los ojos. Su padre adivinó.
-Es un talismán de Varnor, sí –le confirmó.

El hijo tocó la alhaja con admiración. Aquellas reliquias eran pequeños universos cristalizados en un momento, un fragmento de tiempo detenido para siempre. Magia antigua. Varnor había sido un brujo famoso por ser el artífice de aquellas extrañas obras de orfebrería, aunque pertenecían casi a la mitología y nadie sabía exactamente cuáles eran sus propiedades, no obstante las leyendas eran muchas.
-Jamás me habíais enseñado la joya, padre.
-No, es cierto –admitió el viejo-. Hijo mío te he hecho llamar porque algo me atormenta. Algo relacionado con esto.

Jace se separó y clavó la mirada en su progenitor, recorriendo las arrugas de su padre, la barba rala, el pelo ceniciento y se sorprendió compadeciéndose por su vejez, por su cercanía a la muerte. ¿Qué retenía su mano? Jace no se lo explicó, aquel hombre era su padre pero no sentía amor por él. Aquel sentimiento se había consumido con la ambición de sus venas, veneno que Alice le había ido suministrando durante años al oído. Suspiró, se armó de paciencia y sonrió fingidamente como siempre hacía.
-¿Qué, padre? Contadme, desahogad vuestros pensamientos.

El anciano asintió varias veces, se dio la vuelta observando el exterior a través de los cristales. Las copas de los árboles cercanos se agitaban con el viento de verano, la tarde ya declinaba y el perfume de las flores se hacía más nítido y más dulce, llegaba incluso hasta aquel piso del castillo. En el jardín jugaba con sus muñecas una niñita de apenas seis años, distraídamente.
-¿Padre? –insistió Jace, cuidándose de parecer preocupado y de esconder su aburrimiento.
-Soy un viejo decrépito –susurró el monarca. Su hijo no le contradijo, estaba de acuerdo-. He gastado mis años entre estos muros, he vivido bien, he participado en dos guerras y amplié, si bien discretamente, las fronteras de mi reino…
-No habéis sido mal rey –dijo serio Jace pues era cierto, no lo había sido.
-Ya… todo un rey… fui orgulloso de joven. Tenías que haberme visto, hijo mío. Era aún más engreído de lo que tú eres.

El heredero enarcó una ceja, sorprendido por aquel ataque nada propio de su padre.
-¡Oh! Sí –prosiguió el rey-. Te conozco bien, sé como es tu alma, Jace, tan parecida a la mía de entonces… Cometí muchos errores, el peor fue hacer caso a los consejos de la iglesia, los magos sucumbieron porque yo lo permití: los expulsamos a todos junto con brujos, adivinos y otros sabios. En aquella época el mundo parecía tan sencillo que creía de veras que eran charlatanes anclados en el pasado, que ocultaban sus narices en viejos libros sin sentido útil.
-Padre… ¿a qué viene todo esto?
-Herklein, un mago, se presentó un día ante mí, tú tenías un año. Por entonces hacía mucho tiempo que los de su oficio habían desaparecido de las fronteras de mi reino. Aquel hombre me ofreció este talismán.
-¿Por qué? –Jace cruzó los brazos sobre su pecho. La historia, fuera real o inventada, empezaba a interesarle, quizá su padre no estuviera tan loco o puede que más de lo que él pensaba.
-Eso mismo pregunté yo, un regalo de ese calibre era muy raro, sobre todo porque provenía de un mago y yo no había sido nada bueno con los suyos –hizo una pausa y observó el cielo donde la luz ya era anaranjada-. Me explicó que este colgante lo apodaban “la balanza”; su portador, desde el momento en que se lo colocaba, estaría a merced del juicio de la joya. Si era virtuoso la magia del colgante le colmaría de alegrías en su vida y cumpliría sus deseos; sí, por el contrario, era una persona sin escrúpulos, inmoral y malvada, el mismo encantamiento se volvería en su contra –hizo otra pausa-. Lamento decir que me dejé engañar, era muy seguro de mí mismo, profundamente engreído, como te decía, y me creía un rey justo de inmejorable ley. Acepté el regalo, en parte por el reto que suponía.

Jace suspiró, profundamente decepcionado por el relato.
-Es un cuento, padre –dijo descreído-. ¿Acaso habéis notado toda esa filosofía en vos mismo?

El anciano le miró detenidamente, tomándose un momento para contestar.
-Sí –afirmó-, el mago se asentó en la ciudad, las quejas de la iglesia me hicieron ceder y pedir su marcha. Él se negó y yo insistí, con su segunda negación le obligué al exilio pero se resistió y mis soldados lo encarcelaron pidiendo su cabeza. Accedí… un mes después tu madre enfermó de tisis y murió a las semanas.
-Coincidencia.
-Eso creí, lo admito. Luego vino la guerra con Solac por un palmo de tierra que se le antojó a mi hermano, para que no peligrara mi reino con conjuras cortesanas accedí de nuevo. Además se presentaba como una oportunidad para demostrar mi poder regio y mandé  que el ejercito no tuviera piedad con el enemigo. Solac no tuvo oportunidad jamás, ofreció su rendición y la rechacé, orgulloso. Fue terrible… tu hermano Jules murió entonces, después de comandar mi ejercito durante todas las batallas, fue por un tonto resbalón en lo alto de las almenas. Yo estaba con él y el colgante brilló como nunca en aquel momento. Al año siguiente comenzó una sequía que puso al pueblo contra las puertas del castillo, aullando de hambre… Aplaqué la revuelta con mano dura, estaba asustado pero me sobrepasé, luego tu tío murió y tus primos se levantaron contra mí. Diez años de guerra, dios mío, fue un infierno –se detuvo suspirando y cerrando los ojos un instante-. Por entonces estaba obsesionado con el talismán, cualquier nimiedad me parecía una respuesta a mis actos. En una ocasión, borracho, pegué a mi segunda esposa en una acalorada discusión, fue sólo un empujón que la hizo caer al suelo y marcharse humillada, pero la copa que tomé cuando ella se fue estaba envenenada. Desesperado busqué en libros antiguos y mi último gran pecado fue, preso de la locura de mi búsqueda, abandonar el gobierno a hombres menores y de dejarte a ti al cuidado de otros instructores… esta vez la respuesta fue Alice –hizo otra pausa que aprovechó para apoyarse en la pared-. No, la arpía de tu mujer no apareció casualmente hechizándote con sus encantos. El día de tu boda ella me escupió, a mí, al rey; sus vejaciones de estos años sólo las he permitido porque es tu esposa, aunque ella te haya alejado de mí. ¿Te sorprende? Sé que no me quieres desde hace muchos años. Ella se ha encargado de eso y si quieres un consejo deberías librarte de ella.
-No tolero que… –amenazó Jace, señalando con el índice a su padre.
-No he terminado –le cortó el rey elevando el tono, con seriedad-. De aquello han pasado diez años, tienes treinta y tres, yo ochenta y uno años, soy longevo como las piedras y pronto me consagraré a hacerlas compañía. En mi última década me he dedicado en exclusiva a hacer el bien, o lo que yo he entendido por hacer el bien. ¿Sabes qué? Jamás había visto primaveras tan fructíferas como las de estos años, ni otoños tan llenos de color… no he padecido ni un solo achaque, mi pueblo está contento y han sustituido mi apodo de “el miserable” por el de “el bienaventurado”. Lo mejor ha sido ver que tu Alice, a pesar de ser una criatura despreciable, me ha dado lo más bello que he visto en este mundo. Los ojos de Anne me colman de la felicidad más exquisita cada vez que los miro. Tu hija, mi nieta, es la gran prueba de la influencia de este talismán.

Jace suspiró de nuevo.
-Padre, todo eso podríais haberlo percibido bajo la sugestión de llevar esa joya al cuello, nada más. La vida es compleja y cosechamos lo que sembramos… La magia es una mala excusa. ¿No habéis pensado en ello?

El anciano asintió, triste. Jace no entendió el por qué de la tristeza de su padre.
-Sí, eso me ha pesado todos estos años. ¿Sabes, hijo? Te he contado esto para que, cuando muera, no recojas este talismán: destrúyelo, lánzalo a las ciénagas o entiérralo conmigo –de nuevo se tomó una pausa, mirando detenidamente a su hijo-. El mago me dijo que el talismán no debía de quitármelo ni tampoco podía revelar a nadie que lo poesía, pues de hacerlo la magia se rompería sobre mí y sería mi muerte.

Jace le observó, algo no iba bien, lo acababa de notar.
-Así es –dijo su padre-. En cuanto tocaste el colgante, cuando confirmé su originalidad, mi brazo se ha agarrotado, mi respiración me es costosa… me duele el pecho con una agudeza increíble…

El anciano cayó de rodillas, Jace, nervioso, recogió a su padre antes de que se desplomara sobre el suelo.
-¿Por qué? ¿Por qué padre? –preguntó sin comprender el heredero. No sabía por qué, pero sus ojos bebían de la vida de su progenitor por sentir pronto el fin, quería grabar aquellos últimos momentos que le acongojaban aunque había creído que ya no le amaba. Estaba confuso consigo mismo y con todo.

El viejo cerró los ojos, jadeó luchando por respirar y sus pupilas asomaron una última vez para llevarse el rostro de su hijo como postrera imagen del mundo.
-Es… demasiado… todos los años de dudas… todas las noches en vela… tenía curiosidad… sólo tenía curiosidad… –su voz enmudecía un poco más a cada palabra y se mantuvo durante un minuto respirando con dificultad, agitando su pecho a un ritmo irregular y doloroso-. Te quiero, hijo…

La percepción

¿Os habéis fijado alguna vez en la percepción? Parece que ésta es la llave con la que uno ha de observar la realidad, con la bondad de la percepción. Digo bondad pues sin duda se trata de un sistema basado en el precepto de la comprensión; lo cual tomado de la forma que sea nos llevará indiscutiblemente a un camino que por fuerza calificaremos de provechoso para el entendimiento del mundo. En “Realidad” de Tom Stoppard, se nos habla de esto. Una de las frases, si ahora no reacuerdo mal, era la siguiente: Todo depende de tu percepción. Ésta la clave realmente y con eso quedaría dicho todo, pero sigamos adelante.

Pensemos en esto: el ser humano a lo largo de su historia, y se aprecia bien en los testimonios artísticos, ha querido ver como grandes, cosas que si buscamos un punto de vista externo, nos daríamos cuenta de que no lo son. Si nos parece de tanto tamaño (sea con el adjetivo que fuere) es únicamente debido a que nosotros lo percibimos así.

En una primera instancia la percepción es una cosa propia de la sociedad, que la enseñanza y la cultura han impuesto, sin que lo sepamos, sobre nosotros mismos; en un segundo grado se trata de algo personal, propio del individuo, de sus vivencias, de sus experiencias, de su forma de razonar y de lo cultivado que esté cada uno. Ambas son igualmente interesantes y de ambas se podría hablar mucho y de muchas maneras.

Analizando un poco esta capacidad humana vemos ese hecho del que hablábamos antes: la tendencia del fenómeno hacia lo grandioso, hacia los precedentes y las grandes figuras. Si nos retrotraemos a la historia nos queda claro esto sólo con pensar en la propia historia, ese halo que tiene de fuerza, como si ella misma, por el hecho de haber pasado ya y de estar escrita y en nuestra memoria, tuviera una dignidad superior a las demás cosas.

El problema de la percepción, (o quizá sería mejor hablar de su vicio) es la inmovilidad del juicio que X persona o X sociedad o conjunto de individuos han tomado acerca de lo que sea que haya caído bajo el escrutinio de ésta capacidad. El vicio es algo personal, puramente particular (aunque estemos hablando de una creencia extendida sobre un amplio espectro de población) pero no se ve así. El problema de la percepción es que, si bien la utilizamos, no somos conscientes de ello o no queremos serlo y por tanto, al no meditar sobre esta capacidad, perdemos la perspectiva necesaria para entender bien la propia realidad.

El juicio se vuelve una piedra monolítica e inamovible sobre nuestra vida sin saberlo nosotros, y así encontramos y así podemos explicar las aberraciones que a uno le toca escuchar u observar en el día a día por parte de muchos individuos. ¿Qué se debe hacer ante esto? Desgraciadamente no se puede hacer nada. Podemos pensar, quizá deberíamos de pensar en que esas aberraciones son propias de gente poco instruida en el arte de la percepción (ojo, no hablo de iletrados o de personas con un conocimiento limitado, las aberraciones más terribles muchas veces se escuchan de boca de insignes individuos perfectamente formados) La solución que podríamos concebir sería la educación sobre la percepción y sobre una capacidad aún superior a esta: la duda, pues el someter todo ante la duda es la forma de poner a trabajar a nuestra percepción y evitar caer en el vicio de los juicios inamovibles.

De esta manera en un mundo como este, y en concreto ya en una sociedad como es la española, donde parece que la búsqueda de la igualdad y el respeto entre los ciudadanos es primordial y debería ser un pilar fundamental, sería la educación sobre la verdad de la percepción, sometiendo esta a la duda, la manera en que mejor podría encontrarse esos intereses tan necesarios para poder convivir. Dejando meditar a la sociedad sobre si misma, sobre sus preceptos como grupo y como individuos, se conseguiría elevar el modo de vida de cada uno al nivel de lo virtuoso.

La lástima es que en teoría todo esto podría ser llevado a cabo, pero en la practica se trata de un imposible, pues además de las limitaciones tanto intelectuales como las que la cultura ha impuesto sobre cada uno, encontramos esos otros adjetivos que nos caracterizan bastante como raza (aunque las generalizaciones siempre son erróneas) y que son: el egoísmo, el orgullo y la ignorancia. Todo esto crea un cóctel primigenio del que pocos pueden escapar, o sería mejor decir: creen escapar.