Algo debe cambiar para que todo siga igual

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Junio de 2014

Salvo sorpresa mayor será la noticia editorial del año, Balcells y Wylie se fusionan. Son las dos agencias literarias más grandes del mundo, o siendo más exactos, la más grande y la de mayor cuota de mercado hispano. El matrimonio tiene un objetivo claro: hacer frente al monstruo devorador (también conocido como Amazon) La apertura del mercado en Internet ha transformado las reglas de juego, haciendo que estos negocios de décadas busquen estratagemas para seguir siendo la sal de la tierra.

¿Qué quiere decir eso? Nada en realidad, que el sistema tiene miedo y no sabe cómo enfrentarse a los nuevos retos. Su respuesta es hacerse más grande, una opción que cada vez vemos más. Hace poco dos de las grandes marcas europeas Penguin y Random House también se fusionaron, y en España Planeta y Penguin Random House se reparten el pastel con comodidad. Prueba de ello es que hace sólo unos meses que ésta última ha comprado Alfaguara. Es decir, siguen la famosa máxima del Gatopardo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa “algo debe cambiar para que todo siga igual.”

¿Notaremos esta fusión? Quizá los escritores representados por estos grupos se sientan más protegidos, (o presionados, quién sabe) quizá el nuevo imperio Balcells&Wylie pueda batallar para que todo siga como está, para presionar en busca de políticas contra la piratería. No obstante, sigue pareciendo un parche, una solución temporal a un problema más difícil.

El de la piratería es un tema delicado para el sector. En nuestro mundo abierto e hiperconectado, todo es susceptible de ser subido y descargado de Internet. Desde luego la disponibilidad de la cultura es algo por lo que merece la pena luchar, pero no a cualquier precio. Me explico: a este mundo de libros, anquilosado e incapaz de ofrecer respuestas coherentes a la problemática actual, tampoco se puede responder con el gratis total. La razón es sencilla, Javier Marías publicará en septiembre su última novela, y la anterior fue hace tres años. ¿Se imagina usted, querido lector, trabajando tres, dos, un año en un proyecto cualquiera, para que luego alguien lo copie con impunidad, sin retribuirle a usted un sólo céntimo? No, claro que no. A cualquiera le indignaría, y reclamaría y acusaría de robo a quien hubiera tratado así su esfuerzo y dedicación. ¿Por qué entonces la cultura es distinta? Cierto, quizá Javier Marías venda suficiente como para que la injusticia se la lleve el viento. ¿Pero y los jóvenes escritores? Aquellos de tirada media sufren este problema como una enfermedad, no hablemos ya de los autores noveles, que cada vez encuentran más difícil publicar.

IndustriadelLibro5-Jorge Fdz Ruiz

Ilustación de FRUIZ, aka Jorge Fernandez Ruiz

Y retomo el tema con el que comencé. Las casas de edición y las agencias editoriales son negocios, y no se arriesgan con nuevas apuestas estando el mercado como está. Lo cual explica por qué los best-sellers son cada vez de peor calidad literaria, y por qué las publicaciones empiezan a fijarse más en esas biografías de personajes televisivos, memorias de políticos, cantantes, etc. Se venden bien y punto. Este “cambiar algo para que todo siga igual” terminará mecanizando la industria literaria,  es un proceso que ya está en marcha, ofreciendo productos de mucha menor calidad, ya que el mercado cada vez es más competitivo. Antes, no hace mucho, sólo una generación anterior a la actual, las editoriales, incluso las grandes (enormes aún no había), trataban el libro como un producto al que se le debía cierto respeto, ahora el único objetivo es el dinero, y no importa descuidar las partes intermedias, sólo importa la caja. Este panorama condena a la desaparición de los escritores, de los verdaderos escritores, aquellos aquejados no sólo de la obsesión por la palabra (leí hace poco que Gabriel García Marquez rescribía seis veces sus libros antes de darlos por buenos) sino con el interés de dedicarse a una opción tan desagradecida. Simplemente llegará un momento en que nadie escribirá porque hasta los literatos tienen la mala costumbre de comer, querer fundar una familia, querer dormir bajo un techo… Conozco el caso de un escritor, cuyo nombre no mencionaré por respetar su privacidad, publicado en una gran editorial de nuestro país, que ha vuelto a vivir con sus padres por la imposibilidad económica de hacerlo en otro lugar, tiene casi cincuenta años. ¿Quién quiere ese destino?

¿Saben? Quizá me he equivocado. En El Gatopardo hay otra cita: “Todo esto no debería durar; sin embargo, durará, durará siempre; el “siempre” humano, desde luego, un siglo, dos siglos…; luego será distinto, pero peor.” El personaje que pronunciaba tanto estas palabras como la frase del título, se refería al cambio político que vivía, y tenía razón, si echamos la vista atrás su vaticinio se han cumplido. Quizá, si se me permite la comparación, esté pasando algo similar con el mundo editorial. Las cosas cambian para que sigan igual, los grupos empresariales simplemente se hacen más grandes y son más competitivos, pero eso sólo está allanando el camino hacia algo peor, hacia ese futuro que tan bien ilustra la imagen de Jorge Fernandez Ruiz que acompaña este artículo, un mundo donde los libros habrán perdido todo rastro artístico, donde serán simples objetos, aportando únicamente morbo y quizá cierto entretenimiento.

Queda una esperanza, las pequeñas editoriales. En nuestro país hacen un trabajo exquisito; de hecho, nuestra buena calidad editorial se debe a ellas, fueron quienes comenzaron a tratar el libro como antes, con mimo, con una maquetación muy cuidada y una selección fresca y brillante. En los últimos quince años, las grandes han imitado su buen hacer, al menos en lo que a estética se refiere. Pero digámoslo todo: no es tan horrible, España también es uno de los países qué mas traducciones hace, pero en lo que a cuidado con el escritor novel (o no tanto) se refiere, no damos demasiadas oportunidades.

El rumbo de este mundo editorial es difícil de predecir, el lector de la sección de cultura está harto de leer sobre la crisis del sector, sobre los problemas de la edición en Internet, y también está harto de que rara vez se propongan alternativas y soluciones. Es cierto, la industria está en crisis, y las respuestas de las grandes compañías no parecen acertadas. ¿Entonces? Entonces sólo queda el objetivo que más han obviado, el lector. Es al lector al que hay que atrapar, y a ellos, más que presionando para obtener ciertas políticas de distintos gobiernos, se llega a través de la educación y de renovar la cara del gremio. Es donde su influencia obtendría más resultados en el futuro, pero claro, en la voracidad del mercado actual el presente siempre será más importante, y ahí el best-seller lleno de tópicos gana, el amarillismo crece, y la literatura como arte muere.

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Vencido, perdido, soñado

Nada dirás, nada verás porque vagas en medio de un desierto igual, desierto de materia electa, porque puedes elegir, puedes pensar qué prefieres en tu pequeño mundo-infierno. Pero al final prefieres la arena porque la metáfora es rápida, porque son granos ínfimos creando una masa informe, yerma como tu vientre. No, nada puede crecer en ti. Eres una fuente seca que no ve, que camina, se agota, se deja tragar por las dunas una y otra vez. Al final te acosan esas grandes aves negras y azules con el pico como fauces y las garras como de acero y tú caes, agotado, vencido como sólo los muertos son vencidos, vendida tu libertad al otro, subyugado a la voluntad contraria que ahora te parece mejor que la propia. Aceptas porque has perdido, porque la batalla te ha dejado hueco, obsoleto. Firmarías cualquier cosa que el diablo te presentase. Y tú, porque eres débil cuando él es fuerte, firmas que sí, que eres suyo o más aún, firmas que eres él y cuando estás terminando te crees perfectamente aquello que has escrito.

Pero no llega la paz. Apenas el mundo vuelve a ser, tú te encuentras relegado a las losas de un sótano y se alzan a tu alrededor las formas monstruosas de un coro con capuchas rojas. Son jueces todos ellos y uno lleva la balanza igual que otro porta la espada. Son armas como el libro en el que un tercero escribe. Hay un último te mira con ojos brillantes bajo la sangre de su tela. Te mira y tú gritas que no, porque ellos los envía él y lo sabes. Te acorralan, te señalan, se vuelven enormes sobre ti y gritas como si estuvieras en una pesadilla, porque estás en ella. Te encuentras contra las puertas de la justicia y por más que pides permiso, nunca te dejan pasar.

Empieza a pesarte la incoherencia, despiertas de un sueño pesado que no recuerdas haber comenzado, estás empapado y lloras un poco. Gimoteando por lo patético, por lo real de ese momento en el que entiendes que todo ha sido un sueño ¿Pero lo ha sido?

De repente te arrancas la ropa y la lanzas al suelo, te quedas desnudo en medio de la habitación, rodeado por cerámica limpia hasta en su molécula más pequeña y te revuelves el pelo, coges aire y te miras al espejo. Entonces rescatas un trozo de papel perfectamente doblado y lees lo allí escrito con voz grave, autoritaria, como si realmente fueras un brujo proclamando su hechizo:

“Nosotros somos los salvajes, los hijos de la ira. Somos los hombres que han comido de las manzanas de oro y se han acostado con las yeguas vírgenes en los campos donde Áres practicó con su lanza.

Nosotros vagamos bajo la mirada de un padre divino, a nosotros nos acoge la madre celosa y no somos sus hijos. ¿Cuándo llegará el momento? ¿Dónde estarás tú cuando prenda la yesca y arda el campo y las páginas, cuando la espada caiga abrasada y la balanza se incline mientras se derrite el bronce con el que está fabricada? No estarás, porque antes vagaremos entre los enormes huesos de una civilización perdida, entre el olvido de nosotros mismos sobre calles de cristal. Terminaremos paseando sumidos en la creencia bajo el mismo cielo hasta que saldemos la cuenta que todos hemos de saldar.”

El precio de la inocencia

Giovanni Stassi le había llevado hasta Adèle Lambert, una francesa bella pero tan frágil como una figurilla de cristal, apenas se mencionó el nombre de Kraus ella lo vomito todo. Prorrumpió en datos, en fechas, en nombres y su verborrea convirtió la, hasta entonces más bien escasa pero bien ordenada información, en una sarta de incoherencias y recuerdos superfluos que poco ayudaban. El juez Kohner, ahora ministro, tuvo que dejar que pasaran unas semanas para que la mujer se tranquilizara y tras un mes de interrogatorios en los que habían cambiado las frías salas del ministerio de moral y ley por un lujoso café de la plaza del segundo milenio, por fin ella dio un dato valioso: la ubicación de la hermana de Kraus. Encontraron a Violeta y a su hija Emma en un pueblecito cercano a Hannover, el “encuentro” como se denominaba en la jerga del nuevo derecho, fue complicado. Algo salió mal en la coordinación de las fuerzas y la incursión en la casa familiar se hizo sin el acostumbrado previo aviso de intenciones, el marido de Violeta murió al atacar a un policía inquisitorial y Emma perdió los nervios. Su traslado hacia Ciudad Capital fue difícil y la pequeña se encerró en un mutismo de la que los psicólogos consideraban difícil de sacar. Violeta, por su parte, se mostró amable, resuelta y absolutamente impenetrable. Durante dos meses Kohner no sacó nada de ella sobre Richard Kraus así que hizo lo que tenía que hacer, llevó a las dos mujeres al ministerio, se encerró con ellas en una de las salas de interrogatorio y cargó su pistola.

-Violeta –dijo el ahora ministro sentándose frente a ellas y poniendo el arma encima de la mesa metálica- hemos pasado juntos casi ochenta días… hemos hablado de muchas cosas. Confieso que me has sorprendido, por tu entereza, por tu impasibilidad, por la inquebrantable fe en tu hermano. Pero ahora necesito que me digas algo, algo que me sirva para llegar a Richard, cualquier cosa que impida que haga lo que tengo que hacer.
Emma comenzó a gimotear como una niña pese a superar con creces la veintena. Su madre, echándose atrás un mechón plateado negó lentamente mientras miraba a Kohner con aquellos ojos pequeños y preñados de las finas arrugas que le daban aquel aspecto hermético.

Kohner asintió, miró a Emma con dureza y esta, por fin, se derrumbó.
-¡Dile algo, mamá! –gritó cayendo de la silla y agarrándose a su camisa- ¡Algo! ¡Nos matarán a las dos! ¡Papá ha muerto! ¡Dile donde está Richard! ¡Joder! ¡Si lo supiera lo diría yo! ¡Díselo!

Ella se arrodilló al lado de su hija y la abrazó sin decir una sola palabra hasta que terminó por calmarse. La dos ocuparon sus asientos y Emma quedó mirando al infinito sollozando aún de cuando en cuando. Roger tendió un pañuelo a la hija que tomó con un inaudible “gracias”.
-No diré nada. Es mi hermano –Dijo Violeta.

Kohner asintió, sacó su red del bolsillo y accionó un botón, de pronto todas las luces se apagaron. Emma dio un gritito de temor y sorpresa, al punto una luz roja auxiliar inundó la sala. Bajo esa luminosidad los gestos de aquellas tres personas se mostraron premonitoriamente sanguinolentos, alargados por sombras oscuras que anegaban cualquier otro color o pensamiento
-He desactivado la electricidad del edificio –dijo el ministro hablando con rapidez- a todos los efectos parece un fallo sencillo que arreglaran en menos de dos minutos. Soy Roger Heinrich Köhner, ministro de moral y ley, juez inquisitorial. Con diez años me sacaron de casa de mis padres muertos en la tercera gran guerra. Quiero a tu hermano, Violeta, porque él tiene la clave que puede desmoronar toda esta dictadura de mierda que nos tiene oprimidos.

La luz volvió en aquel momento, haciendo desaparecer el tinte rojo que aún no había desaparecido de las retinas. Por un momento ellas creyeron que había sido un sueño.
-Violeta. –continuó Köhner como si no hubiera dicho nada de lo anterior- dime algo.

La mujer parecía haberse quedado sin agua, tomó el vaso y bebió para aclararse la boca. Su hija había dejado de sollozar y miraba a los otros dos con asombro.
-Viaja constantemente–dijo por fin-, el año pasado estuvo en Cabo Verde. No sé nada más.

El juez se reclinó en la silla, sin apartar la vista de la mujer. Negó y suspiró exasperado.
-¿Nada más?

Violeta negó.
-Mientes. –Dijo Roger levantándose del asiento y recogiendo su pistola- ¿Acaso no te he tratado bien? ¿No te he acogido sin violencia y con privilegios que apenas algún otro detenido tiene? ¿te hemos maltratado? No, nada de eso. Te niegas a ayudarme.
-Matasteis a mi marido. –dijo mirándole a los ojos.

Roger negó con pesar.
-El se abalanzó con un rifle sobre un policía. ¿se iba a dejar matar mi hombre? –Köhner hizo una pausa como si esperase respuesta, luego levantó la pistola y apuntó a Emma, que chilló de nuevo, apartándose contra la pared.- ¿Sólo reaccionas a la muerte, Violeta? Puedo arreglarlo.

-¡NO! –gritó la mujer- ¡Karen! Su esposa se hace llamar Karen McAdam… vive cerca de Barrock, en Reino Unido.

Köhner apartó la pistola, en aquel momento madre e hija ya se abrazaban en el suelo. Las miró durante un minuto en silencio, luego asintió.
-Gracias y… lo siento, de veras, no quería asustaros.

Köhner hizo una mueca y salió de la sala. Le esperaban dos personas en la sala de control, Charles y la juez Agathe Mercier, que abrazó a Köhner con afecto.
-Lo siento, Roger… –Dijo- hay que hacerlo…

El ministro asintió observando a través de las pantallas a las mujeres que se intentaban tranquilizar la una a la otra.
-Lo sé, querida, pero no me gusta nada… Charles, llévalas a su hotel, que coman lo que prefieran e invítales al teatro si les apetece. Luego no sé, algo en unas copas o una inyección por la noche… lo que sea más apropiado y más indoloro.

El secretario asintió, al salir de la sala apretó el hombro del ministro en un gesto de afecto que no era propio de él.
Agathe se quedó con Roger hasta que las mujeres salieron de la sala, despareciendo del registro de las cámaras.
-Había que hacerlo, dijiste demasiado y no podemos permitirnos ningún desliz. Lo sabes…

Köhner asintió, dejándose coger del brazo por la regordeta Agathe que lo llevó a través del pasillo.
-¿Comemos algo? Han abierto un nuevo restaurante que lleva mi nombre, no creo que me nieguen una mesa ¿verdad?

Köhner sonrió levemente y asintió sin convencimiento. Observó con desprecio la fibra azulada que recorría las cornisas de la habitación y registraba todos sus movimientos y palabras. Aquel “hilo del gran hermano” le hizo recobrar un poco de ánimo, convencerse de había algo real detrás de todo lo que hacía.
-Esta es la parte mala, Agathe, cuando uno hace lo que tiene hacer contra sí mismo.

La justicia del borracho

¿Qué es la justicia? –se preguntaba aquel individuo en su caminar por las avenidas de la ciudad dormida. Buscaba un portal conocido, una casa que pudiera decir que era suya, en la que la llave que mantenía firmemente aferrada dentro del bolsillo izquierdo encajara. De momento no había suerte, no conseguía distinguir una sola esquina de entre las demás, para él, borracho de ese líquido casi sagrado, todo era igual y la orientación era poco más que un asunto mítico.

Se dejó caer en una escalera, con los pies destrozados de caminar. Se quitó los zapatos y suspiró groseramente, aliviado.

¿Qué es la justicia? –se repitió en un pensamiento, con esa idea que le llevaba carcomiendo todo el día en la cabeza. Él no era filósofo, ni tenía una especial tendencia a pensar y considerar las cosas. Si había llegado a aquella pregunta se debía a la lógica consecuencia injusticia-justicia, debido a asuntos que le habían sucedido en aquel mismo día.

Él, que se creía alguien decente, amigo de sus amigos (según decía), divertido (con esa humildad de los que se lo creen), guapo y bastante inteligente, había recibido una noticia que no creía merecer. En realidad era algo sencillo: su novia le había dejado. Pero no podía creerlo, aquello le indignaba y cuando llamó a sus amigos para salir a emborracharse ocurrió una cosa inaudita que no lograba explicarse, nadie se había apuntado. Sólo uno le quiso acompañar a cenar, pero el individuo se negó tajantemente, sólo le interesaba beber, fiel a ese dogma adolescente de que “el alcohol es causa y remedio de todos los males del mundo, quizá incluso del universo”.

Se enfadó, apagó el móvil y lo dejó en su casa consciente de que posiblemente llamase a Laura, su novia, para decirle que era una puta, una zorra y que le daba igual quién le metiese la polla. A él lo único que le importaba era que le devolviese sus cosas. Sí, eso habría dicho y realmente no estaba muy falto de razón (en el asunto de la llamada, no sobre la chica) en esa agudeza de la que dota el vodka polaco. Efectivamente él, hombre de ciencias (ciencias en tanto y cuanto que había estudiado una ingeniería), aficionado (experto, según él mismo) al fútbol, Don Juan como ningún otro y etcétera y etcétera de sesgados y tópicos adjetivos que sus propios ojos le convertían en un partidazo, él tenía a aquella novia como lo que cabría de esperar de alguien como él: como algo bonito que llevar del brazo, algo que follarse para fardar con sus colegas, algo inferior sobre el que gozaba ejerciendo una fascinación que él pensaba como increíble y que resultaba de lo más común.

Un adjetivo adecuado para este individuo sería el de “baboso” o quizá el de “tópico”. Un chulo que siempre se había creído más que nadie y que ahora, a tontas, sin saber siquiera qué significaba la palabra, se preguntaba qué era la justicia.

Pero si el mundo fuera justo, si diese a cada cual lo que se merece por sus aptitudes, por su esfuerzo y, sobre todo, por sus sentimientos e intenciones, si lo hiciese el individuo que ahora se siente el protagonista más perdido y desgraciado de todas las películas del mundo estaría mucho peor, jamás habría encontrado una mujer como la que había disfrutado los meses que duró la relación, jamás habría acabado una carrera que no merecería acabarse de manera tan fácil por alguien sin gran inteligencia. Ahora ese individuo merecería no tener ni nombre para indicar su existencia ya que sería algo del todo inútil hablar sobre él de no ser para ejemplificar cómo no debe ser una persona.

Desgraciadamente para el mundo las sociedades están llenas de estos individuos planos, sin inquietudes, egoístas, que denigran a la propia raza casi por el hecho de existir, borregos y burros que se salvarían de una merecida hoguera cambiando únicamente ese “gen egoísta” que ha podrido sus vidas.

¿Qué es la justicia? –se sigue preguntando el individuo gozoso de su decadente aspecto, gozoso de su filosofar (el cual cree estupendo y digno de estar impreso en un libro), feliz por poder fardar (de nuevo) de esta pequeña “aventura” que luego dirá que le ha enseñado mucho y le ha hecho ver nuevas facetas de la vida. La terrible realidad, sin embargo, es que se limitará a seguir preguntándose sobre la justicia, pero jamás logrará dar una buena respuesta.

Ministro

Roger Köhner entró en la sala mientras se desabrochaba la gabardina mostrando un frac sencillo con enseñas militares: la estrella de honor, la cruz del mérito y el águila de plata.

-Viene muy elegante hoy, juez –dijo la voz pastosa de Giovanni tras la mesa de metal.

Köhner sonrió sentándose frente al hombre de pelo grasiento y moratones en la cara.
-Tengo luego un asunto…
-Ministro de moral y ley –sentenció Giovanni Stassi-. Hasta en vuestros calabozos blancos ha llegado la noticia… mi enhorabuena, ministro.

El juez asintió mientras abría la carpeta roja y buscaba un documento en concreto. Tardó un minuto en el que se mantuvieron en silencio.
-Gracias por tus felicitaciones -respondió por fin levantando la vista con tranquilidad- confío en que los guardias no te hayan agredido más.

El labio inferior del preso tembló, pero luego negó con firmeza:
-A usted todos le hacen caso.
-Soy el ministro ¿no? –dijo sonriendo con cierta afabilidad aunque sin perder su gesto duro- Por eso si te digo que puedes salir de aquí sin cargos me vas a creer ¿verdad?

Stassi asintió con todo su corazón.
-Bien -continuó-. ¿Dónde lo habíamos dejado? Ah, el verano de 25. Fue entonces cuando viste por última vez a tu viejo amigo Richard Kraus. Según nuestras anteriores reuniones sólo recibiste un mensaje de él hace dos años, en las navidades del 28 a causa de la muerte de su madre. Te pedía que retransmitieras a su familia su dolor y que les apoyaras con dinero si estaban necesitados. Fuiste al velatorio y, aunque no necesitaban dinero, sí que compartisteis unos días juntos. Según tu relato comiste con la hermana de Kraus, Violeta, en una casita cerca de Carcassonne. Pero eso fue antes del levantamiento de Narbonne, cuando la ciudad y todas sus inmediaciones fueron arrasadas. Bien, era un callejón sin salida. Luego mencionaste en nuestra última sesión a un tal Lambert. ¿Me podrías hablar de él?

Giovanni dudó, sus manos vendadas temblaron sobre la superficie de metal, sin saber bien dónde meterlas. Tomó el vaso de agua y bebió con dificultad. Köhner le observaba con paciencia. En la mente de Stassi se llevaba a cabo una batalla interna entre sus principios, el dolor que le habían causado, la posibilidad de la libertad y la amenaza de la muerte o del encarcelamiento. El juez leyó en los ojos del italiano una resolución que le daba a él la victoria.
-Lambert, Adéle Lambert. Es una mujer.

Roger revisó la lista de nombres que tenía ante sí y que había apuntado él mismo a lápiz.
-¿Quién es? –preguntó con voz suave.

-Una amiga de Richard… fueron amantes hace años.
-¿Qué tiene que ver con toda la historia del entierro de la madre de Kraus?

Giovanni dudó de nuevo, sonrojándose un tanto:
-Estaba allí y…
-Entiendo, os acostasteis.

Stassi afirmó:
-Es muy bonita, con el pelo rubio y los ojos verdes…
-Muy comprensible, sí –añadió el juez apuntando la descripción- ¿Dónde la puedo encontrar? –preguntó sin rodeos, mirando directamente a los ojos al italiano.

Él desconfiaba, se miró las manos, rotas en varias ocasiones. Köhner comprendió a la perfección.
-Te doy mi palabra de que la trataremos como a una dama. –dijo.
-Ella… es… trabaja en el gobierno de Aquitania IV… departamento de estado. Se dedica a resolver problemas de transporte…

Köhner ya había sacado su “red”, una placa de cristal de color esmeralda sobre la que tecleaba. Cuando terminó una mujer apareció en holograma sobre el dispositivo. En efecto era rubia y con los ojos verdes. La información de la ficha estaba perfectamente cumplimentada y su nombre completo era Adèle Marie Lambert. Aquello era un gran descubrimiento. El juez estaba eufórico, guardó el aparato y cerró apresuradamente la carpeta. Tendió la mano al italiano, que la tomó sorprendido. El apretón fue suave para no dañar la mano del herido.
-Muchas gracias Giovanni. Tu ayuda es inestimable. Perdona que me vaya tan rápido pero tengo ese asunto del que te hablaba. Ordenaré que te declaren libre hoy en unas horas. Gracias de nuevo, ha sido un placer.

El asombrado Stassi no pudo contestar, el juez salió veloz, cerrando tras de si la puerta. Un joven rubio, alto y de aspecto aniñado le recibió recogiendo la carpeta que el otro le tendía. Ambos se encaminaron por el pasillo y entraron en el ascensor donde el juez pulsó el último botón. Suspiró.
-Magnifico, Charles, ha sido magnifico.

-Llega tarde a su nombramiento, señoría.
-No importa, no importa –dijo Köhner apoyando la cabeza sobre la pared-. Estamos más cerca. Apunta… –dijo mientras el joven sacaba su placa vítrea- Que liberen a Stassi. Sí, no me mires así, nos vale más libre. Si intenta contactar con Kraus lo sabremos. Que le vigile alguien de los nuestros… Luego prepara todo para que nos traigan a Adèle Marie Lambert es funcionaria en Aquitania IV.
-Numero 05.876.932GY-3 –dijo el rubio.
-Será, yo que sé, compruébalo en mi red… Que la engañen, monta un congreso de lo suyo si hace falta, no quiero ninguna sospecha. Llama luego a Agathe…
-¿La juez Mercier?
-Claro… ¿quién si no?
-Estará en el nombramiento.
-Cierto, lo olvidaba. Bien, déjalo, ya se lo diré yo. ¿Algo de nuevo?
-Tenemos un problema con el ministro Dubois… ha estado haciendo muchas preguntas.
El rostro del juez se ensombreció por un instante.

-Pero no se inquiete, señor; no sabe nada. Sus preguntas se deben a la cantidad de hombres de su ministerio que usted solicita. No le gusta que le toquen a su ejercito de gabanes negros.

El ascensor llegó a su destino, un gran pasillo alfombrado conducía a unas puertas acristaladas por las que se vislumbraba un enorme salón con muros de vidrio donde se aglomeraba la flor y nata del Reich.

Köhner salió del ascensor pero se giró antes de encaminarse hacia la fiesta.
-Escúchame bien –dijo en voz baja- quiero que redactes una ley para la creación de una policía inquisitorial para la ejecución de los asuntos del ministerio de moral y ley.
-¿Con qué razón?
-Alega la necesidad de una mayor maniobrabilidad. Yo diré algo en mi discurso de agradecimiento por la investidura y todo estará atado. Dubois ya no podrá meter las narices.
-Sí, señor ministro. –respondió Charles con una sonrisa. Roger le contestó de igual manera y se giró encaminándose con paso recio hacia el salón.

La carpeta roja

-¡Köhner! –Gritó una voz desde el fondo del pasillo, levantando las miradas de todos los funcionarios que se ajetreaban de un lugar a otro.

El juez se volvió extrañado por semejante volumen hacía sí mismo, algo verdaderamente extraño. Lo entendió justo en el momento en que se dio cuenta de que aquella autoritaria voz provenía de Gustav Massen. Se cuadró tan pronto ocurrió esto, alzando la mano con el saludo habitual hacia el Führer. Éste se acercó, estaba nervioso, le miró de arriba abajo y le indicó que le siguiese. Juntos se internaron en el despacho del juez y el líder de la nación ordenó que cerrase la puerta, lo que Roger Köhner hizo al punto.
-¿Qué ocurre, mein Führer? –preguntó asombrado.

-¿Piensas que el fin justifica los medios?

El juez se quedó lívido, incluso se le cayó el monóculo del ojo. Se mantuvo un momento en silencio, pensando en todas las alternativas, pasó la mano por su pelo mientras buscaba saliva, pues se le había quedado la boca seca.
-Mein Führer… –comenzó.

Gustav Massen no le dejó terminar, abrió un maletín y sacó la gruesa carpeta que tan bien conocía Köhner, era la carpeta del caso Kraus.
-Marcel Blanchemon se ha suicidado ayer –dijo con seriedad Massen, pasando, igual que el juez, la mano por su calva cabeza-. Eso ya lo sabes… Pero mientras decidimos quién será el nuevo ministro tú te harás cargo de sus papeles.

-Es un honor –Añadió Köhner recuperado del sobresalto.
-Sé de tus pesquisas sobre Richard Kraus, sé que Marcel te había quitado la investigación.
-El ministro Blanchemon pensaba que habíamos gastado demasiado tiempo y esfuerzo para conseguir unos resultados tan penosos –explicó el juez observando con avidez la carpeta.

El Führer sonrió con cinismo, clavando sus ojos pequeños en el magistrado:
-¿Crees que soy idiota? ¿O piensas que creo que eres idiota? No estamos de cara al publico, Köhner… Aquí estamos tú y yo, vamos a ser claros ¿vale? –Hizo una pausa en la que el juez asintió. Gustav se quitó el gabán blanco que llevaba, dejándolo sobre una mesa cercana. Luego sustrajo otra carpeta del maletín, esta de color rojo y desconocida para el juez- Si Marcel te quitó la investigación fue por los documentos que descubriste había robado ese hijo de puta de Kraus.

Roger enarcó una ceja, no estaba nada acostumbrado a escuchar al lider del Reich hablar con aquel vocabulario.

-E hizo bien en quitarte la investigación –continuó Massen-, pero las cosas han cambiado. Lo que te voy a contar tiene restricción alfa, es el más alto secreto. Tenemos información de la AU, al parecer el gobierno de los amarillos ha contactado con Kraus y le han ofrecido una gran suma por estos documentos –Dijo colocando sus dedos huesudos sobre la carpeta roja. Hizo una pausa en la que no dejó de mirar al juez, luego le tendió los papeles. Roger disimulaba con dificultad su interés y se dedicó a mirarlos por encima en cuanto los tuvo en su mano-. Como ves se trata de todo el asunto de la reubicación de nuestros ciudadanos, localizaciones de las fortalezas aéreas y de algunos puntos clave. No es demasiado. Lo peor es el último documento, Kraus era ingeniero y se trata de un código encriptado que da acceso a nuestra red de telecomunicaciones, red en cuya creación él participó. Si la AU se hace con esto tendremos una guerra muy desventajosa para nosotros. Podría ser nuestro fin…

Köhner estaba asombrado con tanta afirmación y de tal calibre. Observó con detalle algunos párrafos y luego volvió su vista hacia el Führer, con la mirada extrañada.
-¿Qué quiere que haga?

-Kraus nunca ha vendido esta información porque sabe que asegura su invulnerabilidad, no creo que ahora lo haga. Aunque el gobierno de la AU le ofrezca asilo y protección tiene aquí familia y no se arriesgará a que sufran daños. Sin embargo estamos en una posición de debilidad y no podemos permitirlo… Haz lo que querías, encuéntrale, trae a ese cabrón, júzgale y sácale todo lo que ha hecho en estos años fuera del Reich.

Köhner asintió, obediente:
-Sí, mein Führer.

-Te dejo, Köhner –Gustav Massen cogió su abrigo y meditó si decir a continuación lo que finalmente dijo-. Quizá seas el nuevo ministro, ve haciéndote a la idea por si acaso.
El Fuhrer saludó y salió del despacho dejando al juez con sus pensamientos. Cuando se recuperó de la impresión que todo aquel asunto le había causado, se sentó en su sillón y se dedicó a leer con minuciosidad aquellos documentos. Si Kraus había sido uno de los ingenieros creadores de la Red de telecomunicaciones del Reich, su conocimiento era valiosísimo. En una época como aquella en la que todo dependía de la información y de la seguridad de esta, Kraus era más importante aún de lo que él mismo se había imaginado.

Cuando terminó de leer volvió hacia su conocida carpeta, buscando unos folios que él mismo había redactado. Los encontró rápidamente: eran las líneas que relacionaban a Kraus con sus familiares y amigos. Sólo habían logrado localizar a uno de ellos: Giovanni Stassi, un mayorista afincado en el sector Roma II, dentro de la Italia del Reich. Rápidamente cogió el teléfono, su secretario respondió al otro lado y Köhner suspiró un momento ordenando sus ideas:
-Van a ser muchas cosas, Charles. Lo primero: cancela la comida que tenía con mi hermana y tráeme algo aquí… lo que sea. Después quiero que asignes mis casos de esta semana a la juez Mercier, dile que tengo a Kraus, ella comprenderá. Luego llama a Louis Dubois, del ministerio de paz. Necesito veinte hombre y un avión privado para mañana con rumbo a Roma II. Si alguien pide explicaciones di que tengo permiso del Führer. ¿Me has comprendido? … Bien. Van a ser semanas muy movidas, Charles. Quiero que les llames, ya sabes… Bien… Sí, exacto… No, hazlo cuando termines… Bien… Oh, se me acaba de antojar Pastrani para comer… Gracias.

Köhner colgó, suspiró aflojándose la camisa y desabrochando las mangas para tener más libertad. Encendió el ordenador y abrió la carpeta de Kraus. Escribió en un documento fantasma lo siguiente: Paso octavo: Stassi.

Extralimitado

Marcel Blanchemon dejó caer la pesada carpeta sobre su enorme escritorio, prácticamente vacío. Observó largamente al hombre que tenía ante si mismo y negó levantándose de la silla.
-¿Bourbon? –preguntó.

-Mejor ginebra, señor ministro –respondió el juez Köhner.

El ministro de moral y ley cabeceó sirviendo ambas copas y pasándole el vaso a su subordinado.
-Te estás extralimitando, Roger –añadió Marcel colocando su gordo dedo sobre la carpeta que acababa de arrojar contra la mesa-. Estás obsesionado con este hombre y después de todo ¿por qué? Richard Kraus tan sólo es un funcionario menor del ministerio interior.

Köhner bebió un trago de su vaso paladeando el líquido aceitoso. Se mantuvo firme, con su gesto duro como era costumbre en él, luego miró directamente a aquel gordo francés a los ojos y negó con levedad:
-No tan menor… está imputado por robar documentos al estado, documentos muy importantes que ni siquiera se citan en esa carpeta, por lo que entiendo que son de un secretismo tal que un magistrado inquisidor de primer orden no puede saber qué guardan.

Marcel frunció el ceño, revolviéndose incómodo en su sillón.
-Desde luego no será porque no lo has intentado. Llevas dos años con esta investigación, Roger. La carpeta es exageradamente gruesa, me ha llevado casi una semana ponerme al día –Blanchemón hizo una pausa en la que sus pequeños ojos recorrieron la sala-. ¿Quieres saber qué ponen esos documentos? Olvídalo, Roger. Muy bien has adivinado que los de arriba no quieren que se sepa. Ni siquiera yo sé bien lo que ponen y no ambiciono saberlo. La ignorancia es un don.

Köhner tuvo que colocarse el monóculo de tan nervioso como se había puesto, temblaba de rabia, pero se controló para no hacerlo tan evidente. Blanchemon le observó un momento, luego tragó el contenido de su vaso y carraspeó con bastantes pocos modales para ser un ministro.
-Lo siento, Roger –continuó-. Me han pedido que de por finalizado tu investigación. Kraus ha huido y el Reich no quiere gastar más de sus recursos en esta búsqueda infructuosa que ya lleva años. Esta carpeta se queda en mi despacho.

Marcel colocó su manaza sobre el desgastado portafolio y afirmó varias veces dejando que el juez asimilara la noticia. Esperaba una reacción violenta, le había visto en accesos de ira con sus subordinados y aquel extraño personaje lleno de tics, manías y costumbres extravagantes tenía un genio de perros. Sin embargo ahora se mostraba muy tranquilo, con la cabeza baja. Al ministro de moral y ley se le pasó por la cabeza que quizá estuviera abatido y sintió un poco de compasión por él, al fin y al cabo era el mejor en su trabajo.
-C’est la vie –dijo con su pastoso francés.

Köhner levantó la vista en aquel momento, luego apartó el asiento, saludó a la manera militar y salió del despacho dejando al ministro desorientado.

Los pasillos del ministerio se le hacían extremadamente largos y espantosamente iluminados por luz artificial. Los oficiales, jueces y magistrados le saludaban y estaba obligado a contestar aunque fuese con un gesto de cabeza, pero estaba extremadamente nervioso y estrujaba sus guantes tanto como podía. Llegó a su despacho y se encerró en él, se quitó el monóculo y observó la efigie del Führer que le miraba atentamente desde la pared.

Köhner respiró hondo varias veces. Se sentó en su silla y sacó un móvil del cajón cerrado con llave. Marcó un número y espero.
-Soy Köhner –dijo inmediatamente cuando descolgaron-. Todo ha ido como esperaba. Sí… ¿La hija de Blanchemon está entre los que apoyan secretamente a los disidentes, verdad? Bien, haz que se sepa, que sea juzgada. Todos sabemos que será ejecutada, luego ponle al gordo una pistola en la mano… Tampoco a mí me gusta, pero es la única manera de seguir el camino hasta Kraus… –Hubo una larga pausa en la que el juez sólo escuchó- Te dije que estaría dispuesto a todo. Hazlo. Pronto habrá un nuevo ministro.