El libro está terminado

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Parte del material utilizado, manuscrito(s), notas, y correcciones varias.

No tengo una fecha exacta, debí haberlo escrito en algún lugar, pero no lo hice. Empecé la novela a mediados de 2014 y hoy he terminado de escribir y corregir. En realidad, no es mi primera novela, pero sí la primera terminada, “terminada” con todas las letras y el significado de esa palabra, es la primera que supera ese qué-sé-yo que te dice cuando algo está bien. Desde que empecé a escribir “en serio” fui muy exigente con aquello que producía. No es lo mismo un texto a vuelapluma, escrito en un rato, que una novela. Tampoco es lo mismo el entretenimiento que el arte, y al arte, perdonen la inmodestia, aspiro. Pero todo se hace más complicado cuando ese arte debe ser fácilmente comprensible y también debe ser entretenido. Para ponerse intelectualmente intensos está la no-ficción.

El libro está terminado, el libro está suspendido. Sí, suspendido. Cito a Pierre Michon. Siento fascinación por su literatura, por su visión del mundo, en particular por su visión de la creación, humilde como ninguno y al mismo tiempo lanzándose hacia lo absoluto, hacia la Gracia. En ‘Cuerpos del rey’, Michon habla de Flaubert, de la delicadeza de ese sentimiento que lo embarga tras escribir ‘Madame Bobary’, pero al mundo no le importa porque su obra es pequeña, es una joya diminuta que no cambia nada. Pero sí lo cambia todo mientras Flaubert respira aire fresco en su jardín.

Empecé a escribir esta novela con una idea, tras una iluminación lenta, una pequeña comprensión sobre el funcionamiento del mundo y sobre las relaciones entre las personas. Fue la sutil violencia que lo inunda todo como un perfume dulzón, la violencia que quise digerir para evitar su veneno. No, no es una novela autobiográfica, pero ya se sabe, todos escribimos de nosotros mismos porque es lo único de lo que podemos escribir.

Y ya está. Este momento es importante para mí, pero no hay más misterio, al mundo no le importa la prosa. Ahora toca llamar a las puertas cual vendedor ambulante, quizá haya quien quiera publicarla, quizá no. Por muchas historias que circulen, el mundo de la literatura, de los escritores noveles sin apellidos importantes ni contactos, no es glamuroso ni mucho menos rápido.

No importa. ¿Por qué habría de importar? La ambición más sustancial está cumplida. El resto es trabajo de cantera, quizá más cansado, pero también más liviano. Estoy satisfecho. El libro está terminado.

«Ce que chantent les oiseaux c’est que pour l’instant le livre est fini, le livre est suspendu. Le recours en grâce est accepté, non, on ne peut tout de même pas ôter le masque, il tient trop bien, mais on peut oublier qu’il existe et sentir le vent de l’aube entrer par les joints. On n’est pas de bois, on jouit des arbres. Le monde au-delà de la Seine est fait de chaumes d’or, de javelles éclatantes, de hêtraies lointaines où le cœur bat . Dans les laiteries des fermes des petites filles trempent leur doigt dans du lait, l’écrèment ; sous le regard d’un homme une fille rit d’être comblée tout à l’heure, des monstres humains oublient qu’ils sont des monstres. Le monde se passe de prose. » – Pierre Michon

«Lo que cantan los pájaros es que por ahora el libro está terminado, el libro está suspendido. El recurso de perdón es aceptado, no, no podemos quitarnos la máscara, nos queda demasiado bien, pero podemos olvidar que existe y sentir el viento del alba entrar por las juntas. No somos de madera, disfrutamos de los árboles. El mundo más allá del Sena está hecho de espigas de oro, de gavillas resplandecientes, de hayedos lejanos donde bate el corazón. En las lecherías de las granjas, las niñitas sumergen su dedo en la leche, la desnatan; bajo la mirada de un hombre una niña ríe por ser satisfecha dentro de un momento, los monstruos humanos olvidan que ellos son los monstruos. Al mundo no le importa la prosa.» – Pierre Michon. Trad. del autor (perdonen las eventuales imperfecciones)

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El libro

«Mil caballitos persas se dormían
en la plaza con luna de tu frente,
mientras que yo enlazaba cuatro noches
tu cintura, enemiga de la nieve.»[1]

 

Ya han apagado las luces, y los perros están guardados con las herramientas de labrar. Cuando baja la luna salgo al balcón porque el calor se calma, porque en las calles corren ecos de risa y murmullos bajos de canción de cuna. Huele a jazmín y a hierba regada. Cuando baja la luna se perfila la tinta de estas páginas marcadas con un cordoncito rojo, y yo leo. Leo. Pronuncio el nombre de todos mis muertos, y la luna les trae conmigo uno a uno y les busca asiento a mi lado.

Escuchamos juntos el gemido lento de las ventanas abiertas, de donde se asoman las cortinas manchadas de intimidad. Si alguna brisa mueve las ramas nosotros cerramos los ojos, y soñamos con el rumor de un océano lejano de olas negras. Un barco blanco se pierde en los pliegues de seda, la mar lo envuelve sin despertar ningún grito.

Sigo leyendo. Leo. Leo sobre cúpulas rotas como una cáscara de huevo abandonada en la llanura, con sus ventanas sin cristales, con sus muros de barro bajo un sol ansioso por devorar el silencio. Las cigüeñas han huido. Los hombres tienen las cuencas vacías, donde una vez estuvieron los ojos hoy han hecho su nido el azor y las arañas. Aquí el corazón es un tambor resonando en el espacio vacío, y las venas llevan el rumor de un río oscuro.

La noche avanza. Los muertos ya han vuelto a sus camas, arropados bajo una sábana de polvo y barro. Las flores nacen de la herida de sus calaveras, y esparcen su perfume desde las cunetas. La luna cuelga en lo alto de la iglesia. No hay gemidos lentos ni risas ni rezos ni melodías de canción de cuna para mis muertos.

De abajo me llega la respiración de un millar de cuerpos cálidos, porque la plaza se ha llenado de caballos, con sus cascos les sacan brillo a las piedras y se sacuden el calor mansamente, sin apenas ruido. Huelen a camino y a hombre como el jinete huele a caballo y camino. Me esperan y yo voy con ellos. En la fuente me mojo el cuerpo y me inundo la cara, luego me dejo ir por las calles seguido del sonido quedo de las castañuelas. Se acaba el pueblo, salimos al campo, amarillo cuando hay un sol amarillo, ahora sin color como pelo de luna. Los caballos se asustan de sus pasos enmudecidos, corren, galopan y revuelven esta quietud estéril hasta desaparecer a la sombra de un árbol solitario, viejo olmo de todos mis sueños, inclinado en la orilla de una laguna llena de juncos, ese árbol tiene el nervio quemado por un rayo de plata que rasgó la noche cuando yo era un niño.

Tengo miedo. Tengo miedo porque la nariz se me llena de incienso y los oídos del murmullo de hojas muertas. Tengo miedo porque la espada brilla sobre mi cara y me marca las mejillas con arañazos de cristal. Tengo miedo del percutor y su trueno, de la pólvora que me llega con el incienso y de la bala que despierta una flor carmesí. Tengo miedo del aire que no me llega y del tiempo que ha de pasar, de las sabanas arrugadas y de los espejos. Pero el miedo sí me permite avanzar por el campo que la luna hechiza, reconozco en la hierba crines de caballo blanco, y los arbustos son huesos retorcidos llenos de botones dulces.

Camino y me pierdo. Me pierdo con todo mi cuerpo, con mis pies y mi cabeza, con mis pulmones y mi pelo, con mi lengua, con mis manos. De estas manos ha comido un príncipe de piel de trigo y perfume de tierra. Sus ojos eran dos alfileres de plata y hería mirarlos. Yo le esperé en mi casa, pero llegó turbio, comió, bebió un poco de agua, limpió sus labios en los míos, y se lo llevó la noche en su caballo. Después bajó la luna.

Sigo leyendo. Leo. No. Ya no leo. He cerrado el libro.

No.

No.

Despierto.


[1] Federico García Lorca, Gacela del amor imprevisto (fragmento)

Luz de mercurio, el libro

Así es, lector, ante usted tiene lo imposible, un libro (si bien digital) que reúne algunos de los textos escritos durante estos cinco años de publicaciones.

Cuando comencé a escribir mi idea era bien simple. Se reducía a ejercitarme, a exponerme a las críticas de los desconocidos, a compartir con amigos. Al fin y al cabo, una de las razones de escribir (quizá la más común y poderosa) es dejar leer. Como todo aspirante a escritor, uno tenía y tiene ambiciones sobre publicar. Pero este pequeño proyecto, este volumen, no tiene la función de tirita sobre el orgullo herido del no-editado, tampoco surge como remedio. Es simplemente el punto natural al que debía llegar el blog.

Tras cinco años las entradas de Luz de Mercurio superan las dos centenas. Es decir, más de doscientos textos de diverso estilo y calidad formando un batiburrillo digital. Al lector novato, o al antiguo con intención de releer algo ya pasado, se le hará pesado buscar en el archivo del blog un texto cualquiera, cuyo título posiblemente ni recuerde. El libro es una solución. Usted, lector, puede ojearlo o acudir al índice, el formato facilita el acceso a la lectura. Quizá incluso algún valiente prefiera descargarlo e imprimirlo para matar los minutos antes de dormir… Hagan ustedes el uso que quieran de él. Ese es el objetivo de publicarlo: poner el fruto de cinco años de esfuerzo ante quien quiera leerlo.

No pretendo extenderme demasiado en estos comentarios, prefiero dejar que la publicación se lleve el tiempo de lectura. No obstante, me gustaría mencionar que los textos aquí reunidos no son exactamente iguales a los publicados en su día, han sido revisados para homogeneizar el conjunto. Al fin y al cabo, en cinco años el estilo ha evolucionado. Para mí ha sido divertido comprobar cómo ciertas características no han cambiado. Ha sido un trabajo muy interesante esta ojeada hacia atrás, hacia el camino recorrido.

Nada más. Queda inaugurada Luz de mercurio, el libro, una página donde encontrarán una breve descripción del proyecto, además de los enlaces para su visualización y descarga.

Espero que disfruten de la lectura.