La Barcelona literaria, Vila-Matas mexicano y Juego de Tronos

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Enero de 2016. También publicado en su versión digital aquí.

El pasado diciembre la UNESCO nombro Barcelona ciudad literaria, uniéndose así al selecto grupo que forman otras grandes urbes, como Praga, Dublín o Granada. Sin duda no faltan argumentos, Cataluña es la región donde se aglutina el grueso de la producción editorial del país, el 48.3%. De forma tradicional Barcelona acoge las sedes de las grandes casas de edición, fomentando con el paso de las décadas un vivero de escritores y fundaciones o asociaciones en torno al mundo del libro. El nombramiento, muy buscado por distintas instituciones de la capital catalana, ha sido celebrado con una declaración de intenciones de cara al próximo tiempo, entre otras cosas se pretende fomentar la lectura infantil, obtener fondos para actualizar bibliotecas y crear un congreso internacional de editores. Es una distinción importante para la ciudad, pero sobre todo para los ciudadanos y el conjunto de españoles.

Decir que la realidad editorial de España es compleja seria quedarse muy corto: en los últimos años dos grandes grupos, Penguin Random House y Planeta, han fagotizado la mayor parte de las editoriales españolas, pero con todo sigue existiendo un gran número de pequeñas empresas independientes que procuran un trabajo muy cuidado, ganándose así un espacio en el mercado. El modelo de negocio de las librerías también ha cambiado a consecuencia de las crisis (la económica y la propia del sector), las cadenas imitan ahora el trato personalizado del cliente de la librería de barrio, formando profesionales especializados. Pero la riqueza editorial de España contrasta con cierto desdén institucional hacia creadores y publico. Un sector tan importante y desarrollado no es lo suficientemente aprovechado por la población, cuya relación con los libros sigue siendo distante. Esto se refleja en múltiples aspectos, desde los resultados de distintos barómetros del CIS, los estudios del Observatorio de la lectura y el Libro y sus conclusiones demasiado autocomplacientes, hasta las políticas inexistentes de fomento de la lectura de la última legislatura. Tanto las evaluaciones como las aplicaciones son insuficientes. Por otro lado, las medidas que acaparan la atención de empresas e instituciones públicas son la piratería y el libro digital, dos aspectos a tener muy en cuenta en el futuro del sector, pero cuya importancia dentro del conjunto es mucho menor de la que se le da. Si se continua con esta tendencia, atendiendo a la estructura del sector y olvidándose de creadores y publico, el mundo del libro en España continuara su declive hasta que todo sean lamentaciones.

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Ilustración de Gonzo Brain a.k.a. Jorge Fernandez Ruiz

Curiosamente el nombramiento por parte de la UNESCO pilló a uno de sus escritores mas célebres en México, donde a Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) se le ha concedido el premio Feria del Libro de Guadalajara, uno de los mayores de las letras hispánicas, o directamente el mayor, como él mismo afirmaba al compararlo con el Cervantes y encontrar este ultimo “anquilosado”. A Vila-Matas no le falta razón ni tampoco es el primero en hacer una declaración parecida, los premios literarios españoles (con honrosas excepciones) tienden a premiar más la celebridad de los nombres, las canas del escritor o la estimación de ventas antes que la calidad literaria. Mientras, el futuro de las letras hispánicas sigue engordando con su importancia en el continente americano, los próximos años España se juega el papel que tendrá en ese futuro, esperemos que desde las instituciones tomen las medidas correctas, porque el honroso nombramiento de la UNESCO no será suficiente para garantizar nada.

Vista las tendencias de lectura y visualización actual, en esta ocasión parece oportuno finalizar con una doble cita: en su periplo por México Vila-Matas ha sido invitado a multitud de conferencias y encuentros a raíz del premio, en uno de estos eventos el escritor afirmó que “la inteligencia sirve para escapar de todo aquello nos tiene atrapados. Para crearse una vida propia, personal y atractiva” Cualquiera podría desear ese tipo de vida, pero la inteligencia es una capacidad que debe trabajarse. A este respecto todos deberíamos tener presente la frase de Tyrion Lannister, personaje de la serie Juego de Tronos y de los libros en que se basan: “mi hermano tiene su espada, el rey Robert tiene su maza, y yo tengo mi mente. Pero una mente  necesita de los libros igual que una espada de una piedra de amolar, para conservar el filo”

La rentrée

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Septiembre de 2014. También publicado en su versión digital aquí.

Septiembre es el mes de los comienzos. Todo se pone a cero, el curso escolar da su pistoletazo de salida, el gobierno vuelve al 100% (es una expresión) y museos, teatros, editoriales y auditorios empiezan sus temporadas. Septiembre da por sí solo para un artículo, y es que es el mes de la rentrée, término francés literalmente traducido por “reentrada”. Y no, no se trata de una elección pedante de este que suscribe, es un extranjerismo más asimilado por nuestro país, y si no me creen echen un ojo a la prensa.

En Francia la rentrée se asocia con más sonoridad al año académico, así como a las novedades editoriales. En otros países como el Reino Unido o Alemania también ocurre este fenómeno, pero es en el país de la repostería fina donde la tradición hace que los periódicos se llenen de especialistas comentando las novedades. La rentrée literaria es un acontecimiento, la marejada de libros inunda las librerías con fajas de vivos colores para llamar la atención, utilizan todos los superlativos imaginables o aprovechan para poner una foto del escritor si es conocido. Al fin y al cabo el mercado es así, hay que llamar la atención.

Lo mismo ocurre habitualmente con teatros, museos etcétera, su programación, además de tener sentido, debe llamar al público; sin embargo, el dinero no acompaña, septiembre también es el mes de las cuentas, y los organismos no están ni mucho menos en su mejor momento. Analizaremos tres aspectos de esta rentrée, los tres que cuentan con más público, a saber arte, teatro y literatura.

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Ilustación de FRUIZ, aka Jorge Fernandez Ruiz

Comencemos por los museos: en El Prado al Greco le queda hasta Octubre, después tendremos a Murillo y Goya hasta febrero, también una exposición bastante interesante sobre esculturas de Bernini para la corte española de noviembre a febrero, y finalmente más Goya, en esa ocasión sus famosos cartones de tapices. En resumen, exposiciones que salen baratas, muy baratas, pero también muy vistas. Quizá Bernini merezca la pena, veremos.

Sobre el Reina Sofía parece que merecen la pena dos, la de Mathias Goeritz estará de noviembre a abril, la de Janet Cardiff y George Bures Miller de noviembre a marzo. En esta ocasión el reina Sofía no tira de fondo artístico como El Prado, pero tampoco ofrece ninguna maravilla.

Una deliciosa excepción la conforma el Thyssen, que empieza con Hubert de Givenchy (octubre – enero) impresionismo americano (noviembre – febrero) Raoul Dufy (febrero – mayo) Zurbarán (junio – septiembre) y ya anuncia la que será su gran éxito, una exposición sobre Edvard Munch (octubre 2015 – enero 2016)

La fundación Mapfre continúa ofreciendo calidad. De septiembre a enero tendremos a Sorolla y su relación con los EEUU. De septiembre a noviembre también estarán colgados en sus muros las fotografías de Stephen Shore, un autor muy interesante, con un ojo sensible para captar lo extraordinario en lo común.

A grandes rasgos eso es todo, ni Valencia ni Sevilla ni Barcelona (esto parece incomprensible, pero es así) ni siquiera Bilbao cuenta con exposiciones de interés elevado. Cada quién tiene sus gustos, por supuesto, pero en la programación de este 2014/2015 se nota el paso de la crisis de forma brutal. Todos los museos han cerrado el curso con pérdidas, y eso explica el poco riesgo y el poco dinero invertido en lo que ha de venir. Tampoco hagamos leña del árbol caído, quizá El Prado y el Reina Sofía puedan cuadrar cuentas si salen rentables sus exposiciones. Al Thyssen y a la fundación Mapfre se les ve mejor, pero no olvidemos que son entidades privadas. Fuera de Madrid, sin embargo, nada interesante, al final vamos a ser más centralistas de lo que pensábamos.

Por acabar con el repaso a los museos, el caso curioso de Málaga, que dentro de poco contará con la primera sede del centro Pompidou fuera de Francia. Se unirá así al museo Carmen Thyssen y al museo Picasso. Málaga quiere ser la segunda cabeza de España en cuanto a arte se refiere, y quizá lo consiga si se invierte lo suficiente y sus responsables son competentes.

El teatro y la ópera gozan de mejor salud que los museos, el Teatro Real tiene una programación correcta: un poco de contemporánea y muchos clásicos. Destaca «El público», de Mauricio Sotelo sobre la obra de F. García Lorca (febrero y marzo) y Fidelio, de Ludwig van Beethoven, que no se representa demasiado (de mayo a junio) En el Liceo de Barcelona parecen haberse recuperado bastante bien de sus problemas, mucho Wagner, y a destacar Norma, de Bellini, una interesante producción americana (febrero) El CDN (centro dramático nacional) bien, muy bien, notable, mucho autor contemporáneo, también clásicos y adaptaciones, nada que objetar. El teatro Español bien a secas. La compañía nacional de teatro clásico sin obras estrella este año, una lástima. Podríamos seguir un poco, pero se nos van las páginas. Resumiendo rápido, el teatro es lo que mejor marcha en nuestro país.

Para terminar me centraré en la literatura, pues al fin y al cabo la rentrée sobre todo hace hincapié en eso. Comenzamos con el morbo: María Matute falleció a inicios de este verano y su editorial (Destino) ha sabido aprovechar el cuerpo aún templado de la premio Cervantes. Se publica «Demonios familiares», una novela ambientada en 1936 sobre una novicia que regresa a su hogar. Matute nos ofrece un último libro dentro de ese ambiente “real” en el que tan bien se sabía mover, esa España con la guerra siempre dentro del pecho. De seguro no decepcionará a sus fanáticos.

Seguimos con un grande, Milán Kundera, que publica «La fiesta de la insignificancia» (Tusquets). Previsible moderado éxito de ventas entre los seguidores del checo exiliado en Francia. No es su mejor libro y además sabe un poco a despedida. Aceptémoslo, está mayor y éste bien podría ser su testamento literario, de hecho al leerlo uno no puede evitar pensar que al lector le convendría conocer su obra anterior.

Mejores ventas tendrá sin duda el pseudo-historiador Ken Follet, que cierra su repaso al siglo XX con «El umbral de la eternidad» Stephen King saca otro libro más, no parece aportar nada nuevo, pero de seguro seguirá siendo entretenido. Yasmina Reza se une a la lista con «Felices los felices» (Anagrama), observando irónicamente las relaciones entre personajes, como viene siendo su tónica habitual. Una de las exquisitas damas de la literatura, Alice Munro, reciente premio Nóbel, vuelve de la mano de la editorial Lumen con «Todo queda en casa», otro libro de relatos. Así podríamos seguir un buen rato, pero lo más esperado de este septiembre es «Así empieza lo malo» (Alfaguara) de Javier Marías, su vuelta a la literatura tras la resaca de «Tu rostro mañana» Sí, es cierto, en medio queda «Los enamoramientos» (Alfaguara 2011), pero ni siquiera Marías estaba muy seguro de ese libro y fue un titubeo literario más que otra cosa. «Así empieza lo malo» promete más de la mirada clara, (quizá demasiado) del no-premio nacional.

Las comparaciones son odiosas, así que no echaremos un vistazo a Francia. Sería inútil fijarse en quién publica más, pero quizá en el país galo exageren un poco con la cantidad, todo hay que decirlo. Sí hablaré sobre los nombres de las portadas, pues si bien hay bastante español, son todos muy conocidos. Cierto, la crisis vuelve a las empresas prudentes, pero el problema de los platos conocidos es que si bien Matute, Reverte, Marías y demás están muy bien, no amplían en nada el paladar literario de los españoles, lo cual no sólo es triste sino peligroso para las casas editoriales; al fin y al cabo, de los tres autores que acabamos de citar, dos superan los sesenta y una ya descansa en paz. Lo mismo ocurre con los museos, la falta de dinero explica la prudencia de sus exposiciones, pero sigue siendo muy sorprendente que el museo del Prado, considerada una de las mejores pinacotecas del mundo, no haga un esfuerzo para traer al menos algo más espectacular. Lo hace mejor el Reina Sofía echándole imaginación con lo que tiene, habrá que agradecérselo a su director, Manuel Borja-Villel.

Las épocas de crisis desde luego son difíciles de gestionar, más para las empresas culturales, que si además son de carácter público suman una estricta vigilancia de sus presupuestos y están a merced de quienes no tienen porqué tener sensibilidad alguna. Es interesante que comience el curso académico junto con las temporadas artísticas y la salida de un buen número de libros, y digo interesante porque en el curso anterior España cerró con otro déficit, éste en sus estudios. Seguimos a la cola de Europa en casi todo, y quienes sobrepasan la mediocre media del país deben salir de él para ganarse la vida de forma digna. En este momento de comienzo del curso académico, con créditos cada vez más absurdamente caros en las universidades, y una permisión excesiva en los institutos para aligerar el sistema educativo, una oferta cultural actualizada a los nuevos tiempos en librerías y museos quizá fuese capaz de “salvar” parte de la generación que ahora se encuentra tras los distintos pupitres. Un servidor no es catastrofista, simplemente repite lo que algunos ya dicen, pues se habla ya no de una, sino de dos generaciones perdidas en España, y con semejante base el futuro no sólo es desesperanzador, sino que ralentizará el país durante todavía muchas décadas.

Algo debe cambiar para que todo siga igual

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Junio de 2014

Salvo sorpresa mayor será la noticia editorial del año, Balcells y Wylie se fusionan. Son las dos agencias literarias más grandes del mundo, o siendo más exactos, la más grande y la de mayor cuota de mercado hispano. El matrimonio tiene un objetivo claro: hacer frente al monstruo devorador (también conocido como Amazon) La apertura del mercado en Internet ha transformado las reglas de juego, haciendo que estos negocios de décadas busquen estratagemas para seguir siendo la sal de la tierra.

¿Qué quiere decir eso? Nada en realidad, que el sistema tiene miedo y no sabe cómo enfrentarse a los nuevos retos. Su respuesta es hacerse más grande, una opción que cada vez vemos más. Hace poco dos de las grandes marcas europeas Penguin y Random House también se fusionaron, y en España Planeta y Penguin Random House se reparten el pastel con comodidad. Prueba de ello es que hace sólo unos meses que ésta última ha comprado Alfaguara. Es decir, siguen la famosa máxima del Gatopardo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa “algo debe cambiar para que todo siga igual.”

¿Notaremos esta fusión? Quizá los escritores representados por estos grupos se sientan más protegidos, (o presionados, quién sabe) quizá el nuevo imperio Balcells&Wylie pueda batallar para que todo siga como está, para presionar en busca de políticas contra la piratería. No obstante, sigue pareciendo un parche, una solución temporal a un problema más difícil.

El de la piratería es un tema delicado para el sector. En nuestro mundo abierto e hiperconectado, todo es susceptible de ser subido y descargado de Internet. Desde luego la disponibilidad de la cultura es algo por lo que merece la pena luchar, pero no a cualquier precio. Me explico: a este mundo de libros, anquilosado e incapaz de ofrecer respuestas coherentes a la problemática actual, tampoco se puede responder con el gratis total. La razón es sencilla, Javier Marías publicará en septiembre su última novela, y la anterior fue hace tres años. ¿Se imagina usted, querido lector, trabajando tres, dos, un año en un proyecto cualquiera, para que luego alguien lo copie con impunidad, sin retribuirle a usted un sólo céntimo? No, claro que no. A cualquiera le indignaría, y reclamaría y acusaría de robo a quien hubiera tratado así su esfuerzo y dedicación. ¿Por qué entonces la cultura es distinta? Cierto, quizá Javier Marías venda suficiente como para que la injusticia se la lleve el viento. ¿Pero y los jóvenes escritores? Aquellos de tirada media sufren este problema como una enfermedad, no hablemos ya de los autores noveles, que cada vez encuentran más difícil publicar.

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Ilustación de FRUIZ, aka Jorge Fernandez Ruiz

Y retomo el tema con el que comencé. Las casas de edición y las agencias editoriales son negocios, y no se arriesgan con nuevas apuestas estando el mercado como está. Lo cual explica por qué los best-sellers son cada vez de peor calidad literaria, y por qué las publicaciones empiezan a fijarse más en esas biografías de personajes televisivos, memorias de políticos, cantantes, etc. Se venden bien y punto. Este “cambiar algo para que todo siga igual” terminará mecanizando la industria literaria,  es un proceso que ya está en marcha, ofreciendo productos de mucha menor calidad, ya que el mercado cada vez es más competitivo. Antes, no hace mucho, sólo una generación anterior a la actual, las editoriales, incluso las grandes (enormes aún no había), trataban el libro como un producto al que se le debía cierto respeto, ahora el único objetivo es el dinero, y no importa descuidar las partes intermedias, sólo importa la caja. Este panorama condena a la desaparición de los escritores, de los verdaderos escritores, aquellos aquejados no sólo de la obsesión por la palabra (leí hace poco que Gabriel García Marquez rescribía seis veces sus libros antes de darlos por buenos) sino con el interés de dedicarse a una opción tan desagradecida. Simplemente llegará un momento en que nadie escribirá porque hasta los literatos tienen la mala costumbre de comer, querer fundar una familia, querer dormir bajo un techo… Conozco el caso de un escritor, cuyo nombre no mencionaré por respetar su privacidad, publicado en una gran editorial de nuestro país, que ha vuelto a vivir con sus padres por la imposibilidad económica de hacerlo en otro lugar, tiene casi cincuenta años. ¿Quién quiere ese destino?

¿Saben? Quizá me he equivocado. En El Gatopardo hay otra cita: “Todo esto no debería durar; sin embargo, durará, durará siempre; el “siempre” humano, desde luego, un siglo, dos siglos…; luego será distinto, pero peor.” El personaje que pronunciaba tanto estas palabras como la frase del título, se refería al cambio político que vivía, y tenía razón, si echamos la vista atrás su vaticinio se han cumplido. Quizá, si se me permite la comparación, esté pasando algo similar con el mundo editorial. Las cosas cambian para que sigan igual, los grupos empresariales simplemente se hacen más grandes y son más competitivos, pero eso sólo está allanando el camino hacia algo peor, hacia ese futuro que tan bien ilustra la imagen de Jorge Fernandez Ruiz que acompaña este artículo, un mundo donde los libros habrán perdido todo rastro artístico, donde serán simples objetos, aportando únicamente morbo y quizá cierto entretenimiento.

Queda una esperanza, las pequeñas editoriales. En nuestro país hacen un trabajo exquisito; de hecho, nuestra buena calidad editorial se debe a ellas, fueron quienes comenzaron a tratar el libro como antes, con mimo, con una maquetación muy cuidada y una selección fresca y brillante. En los últimos quince años, las grandes han imitado su buen hacer, al menos en lo que a estética se refiere. Pero digámoslo todo: no es tan horrible, España también es uno de los países qué mas traducciones hace, pero en lo que a cuidado con el escritor novel (o no tanto) se refiere, no damos demasiadas oportunidades.

El rumbo de este mundo editorial es difícil de predecir, el lector de la sección de cultura está harto de leer sobre la crisis del sector, sobre los problemas de la edición en Internet, y también está harto de que rara vez se propongan alternativas y soluciones. Es cierto, la industria está en crisis, y las respuestas de las grandes compañías no parecen acertadas. ¿Entonces? Entonces sólo queda el objetivo que más han obviado, el lector. Es al lector al que hay que atrapar, y a ellos, más que presionando para obtener ciertas políticas de distintos gobiernos, se llega a través de la educación y de renovar la cara del gremio. Es donde su influencia obtendría más resultados en el futuro, pero claro, en la voracidad del mercado actual el presente siempre será más importante, y ahí el best-seller lleno de tópicos gana, el amarillismo crece, y la literatura como arte muere.

La problemática de “escritor”

No, esta vez no caeremos en esos vicios (que algo tienen de masturbatorios, para qué engañarnos) de los que escribimos y nos dedicamos a hablar de la dificultad de la profesión. Pero todo se andará, al fin y al cabo en internet el espacio no es un problema. Esta vez las balas corren en otra dirección y es que no es lo mismo Stephenie Meyer que Pierre Michon.

En el mundo en general y en España en concreto, por ser un caldo concentrado de bastantes vicios y últimamente de pocas virtudes, el panorama editorial se ciñe a un tipo de género (tomándolo por lo general) dedicado a las novelas de entretenimiento. Hace algo más de un mes leía en El País un artículo de Belén Altuna donde señalaba una cifra muy significativa: en nuestro país tenemos una media de publicación de 52 libros al día. Multipliquen y les dará la bonita cifra de casi 19.000 libros al año. No podemos irnos a las estadísticas de población lectora porque nos encontraremos una miríada de datos dispares a cada cual más triste o increíble (alternandose) Para aquel que le interese más, recomiendo el post del Bibliófilo enmascarado donde resume el informe de 2010 de la federación de Gremios de editores de España sobre estas y otras cuestiones de las que también se hablarán aquí.

En el post mencionado también se citan los libros más vendidos y leídos del año pasado y ahí vemos encumbrando la gran lista de los cinco a la ya mencionada Meyer, a Stieg Larsson, Ken Follet o Maria Dueñas con su Tiempo entre costuras (libro más vendido del año pasado)

Ahora con los datos citados paremos a reflexionar un momento: decíamos que en España y sólo en España se publican 52 títulos al día, al mismo tiempo decímos que existen grandes nombres que copan las cotas de mercado con sus “tochos”, libros que pueden estar muy bien (antes de entrar en más harina) pero que todo el mundo sabe que precisamente cultos cultos no son, lo cual en principio tampoco parece que suscite ningún problema porque el primer motivo de lectura suele ser el ocio. Sin embargo, en el mismo artículo de El País, Antonio Gómez Rufo, presidente de la asociación de escritores concluía con que “no hay tanto lector para tanto libro”. Es evidente que hay que discrepar, al menos este que suscribe lo hace, somos cuarenta y siete millones de habitantes en este país, se publican (redondeando) 20.000 títulos al año, la cuenta da a más de dos mil trescientas personas por libro publicado. El asunto de los best-seller con este ritmo de publicación (e insisto que es sólo en nuestro país cuando en otros el número de ediciones es mucho mayor) parece absurdo. ¿entonces, por qué existe? Bueno, por una serie de factores que vienen a resumirse en uno sólo, la publicidad. Todo producto se mueve de esta manera. Conclusión: la cifra de publicaciones es poco importante, al final siempre quedará por encima la lista de los más leídos y más vendidos.

Esto no es algo malo, la afirmación podría sorprender dada la linea de este texto, pero la entiendo como cierta. Al fin y al cabo, como decía, muchas de las veces leemos por diversión, por ocio, no queremos el porcentaje de publicaciones aburrido que trata de manuales, ensayos y demás morralla que pueda no interesarnos, queremos literatura y la literatura no es necesario que sea “culta”. Ese, ese exactamente, es el dogma insano, ese y ningún otro. Que Stephenie Meyer sea la más vendida dentro de la sección de infantil y juvenil es un fenómeno sorprendente (por no usar palabras ofensivas) ¿por qué? Porque sí existe una literatura culta y no es peor, no es una literatura pedante si no que es una buena literatura, al contrario que esos textos escritos por y para una sociedad mal educada que no tiene ni las capacidades ni el conocimiento de dejar a un lado a Harry Potter o Crepusculo y enfrentarse a Conan Doyle, Alexandre Duma o Julio Verne, siendo estos tres escritores de la misma categoría que J.K.Rowling o la señorita Meyer, libros escritos sin grandes pretensiones, únicamente con el objetivo de entretener.

Sin embargo no queda ahí la cosa, podría pensarse que es un fenómeno que se circunscribe al sector juvenil y punto, pero no. La prensa más vendida en este país es la que habla de deportes, seguida por la prensa rosa. Los libros que la sección adulta compra para su entretenimiento son Ken Follet, Dan Brown o Carlos Ruiz Zafón, autores que podrán escribir bien y desarrollar unas historias buenas, interesantes, que sepan coordinar en un hilo adictivo y para todos los públicos. Sin embargo estos escritores, como otros, se preocupan poco por su profesión y se limitan a producir textos en una misma linea, textos gratuitos que no quieren decir nada por sí mismos, que están huecos; son historias, libros capitalistas en el sentido de la filosofía de oferta y demanda; simplemente ante una sociedad iletrada se ofrecen unos libros sencillos en los que se da todo bien migado y donde, tanto para escribirlos como para leerlos, no es necesario tener una educación amplia en ningún campo. Esa literatura no es arte.

La problemática de “escritor”, que no “del” escritor, se refiere a la palabra, al “ser” escritor, al calificar a alguien como escritor. Ocurre lo mismo con los compositores, Satie decía de sí mismo que no era músico. Las nuevas ramas, las “vanguardias” han hecho retorcer el arte culto y ese sector “vulgar” “común” del que se alimenta la mayoría que, siendo realistas, no tiene las herramientas para entender algo más elevado, ha recogido el testigo del arte haciéndose con las palabras que antes ocupaban los otros.

Es decir, el verdadero problema es de terminología; el escritor, el músico, el artista, ahora se dedica a escribir para el “pueblo”, (enmarañándose en querencias políticas de todo tipo y afiliación) un pueblo al que también se minusvalora. Las personas podrán no tener ciertas facultades, pero tampoco era mejor hace cincuenta o cien años, el problema es que, si bien la oferta no se ha rebajado, sí que lo ha hecho la producción de obras menores que, por influencia educacional y social, se ha convertido en lo más leído.

Queda la solución evidente e impracticable: la escisión. Dividir la palabra escritor, crear nuevos términos para seleccionar los “buenos” escritores, aquellos con formación, con una escritura seria y afanes artísticos y alejarlos del resto. Separar a una Stephenie Meyer cuyo mérito es (disculpen la dura calificación pero semánticamente es la idónea) ser mediocre y haber tenido la suerte de vivir en un mundo con una gran cantidad de mediocres, (que no tienen [del todo] culpa de serlo, son víctimas de su sociedad) de un autor como George R.R. Martin que en este momento también se encuentra en boca de muchos por su serie Canción de fuego y hielo. Sin ser Martin un escritor artístico sí mantiene cierto nivel. Al igual que en “el sector adulto” tampoco es lo mismo Ken Follet o Dan Brown (aunque también hay que reconocerles ciertos conocimientos y cierta pericia estilística) que Ian McEwan o Pierre Michon, autores que buscan algo más allá de darle un bocadillo de letras al lector.

En resumen, el problema es irresoluble. Escindir la palabra no serviría de nada, además de no poder darse semejante fenómeno. Pero todo esto no significa que haya que ignorarlo, está ahí, palpitando y sería benigno de no ser porque los autores más cultivados están saliendo perdiendo con mucho, están siendo arrastrados al rincón de los marginados. Como consecuencia la sociedad cada vez es más inculta, la decadencia del arte y del conocimiento es alarmante y sería muy bueno fomentar una lectura más profunda, no tan gratuita ni donde no se habla de nada, donde no se incita a pensar. Es bien cierto que el primer motivo de leer literatura es el ocio, pero lo aberrante es terminar un libro y no haber aprendido nada nuevo.

La última ciudad

El sol deslumbraba sobre las ruinas de la ciudad. El calor era tan agobiante como en el verano más terrible que uno pudiera esperar. Los rayos eran como oro claro, incandescente, rojo. Las mujeres parloteaban lavando las prendas blancas en la acequia destartalada cercana al final de aquella urbe. Una niña correteaba entre los hierbajos de lo que un día fue un parque. Quedaba un columpio oxidado colgando de sus hierros, ella lo miraba con curiosidad, sin acercarse demasiado, quizás sin saber cómo habría que utilizarlo. Era bonita, con el rostro pálido lleno de pecas y el pelo rubio y alborotado.

¿Y yo? ¿Quién soy? Ya solo un pobre diablo, un viejo de piel tirante sobre huesos más fuertes que sus músculos. Mi ropa no es la que era, mis gafas están rayadas, mi barba llega a mi pecho y me hace cosquillas si estoy desnudo. Los niños me llaman abuelo, no porque desciendan de mi sangre sino porque las personas como yo son escasas hoy en día; como yo es igual a ancianos, viejos, carcamales, mayores de sesenta. La guerra se los llevó. Es triste, aquí soy el mayor, creo tener unos ochenta años y empiezo a notar como mi mente se va apagando, puede ser principio de alzheimer y eso me asusta. No hay médicos que puedan confirmarlo.

Pero aquí estoy. Permitidme que os describa el lugar en el que me encuentro, pues quizá si leéis estas páginas algún día mi “casa” esté ya desmoronada como tantas otras. Vivo en un gran apartamento, es un tercero que sin duda tiempo atrás perteneció a gentes ricas. El suelo de baldosas está casi intacto y forma dibujos romboidales que marean a los niños cuando juegan a girar sobre si mismos. Hay columnas negras, jónicas, de fuste liso, sobre pedestales grises que hacen juego con los colores del suelo. El techo que sujetan fue de un color anaranjado hace tiempo, ahora está sucio y hay partes que se han caído revelando la estructura de finas vigas de metal y tablas encaladas. Las paredes son doradas aún hoy, tiempo atrás estaban pintadas de dibujos blanquecinos y negros que le deberían otorgar un aspecto barroco, ahora sólo quedan restos de ellos en algunas partes. Las cenefas del muro junto al techo son negras, grutescos floridos. Las ventanas hacen de mi casa una maravilla, toda la sala da al exterior, cada dos palmos se abre un hueco al aire libre de la mañana; son de madera y conservan sus cristales. Las contraventanas están más perjudicadas pero aún funcionan, replegándose como pequeños biombos de láminas. La casa da al norte, es fresca pero entra el sol sobradamente creando esa semioscuridad que hoy, en este verano horrible, me agrada. Las mujeres de los otros pisos suben aquí a tender sus blancas sábanas en cuerdas cercanas a las ventanas. Yo se lo permito de buena gana, aquí nada es de nadie, las prendas se secan rápido y ellas me traen comida o a sus hijos para que les enseñe a leer y escribir. No hay mucha gente que quiera aprender hoy, apenas la hay, de nada sirve ya. Mis muebles son pocos, un camastro, un escritorio negro de ébano muy trabajado, un par de sillas y tres o cuatro mesas con la superficie de mármol donde se acumulan los libros, amarilleándose con el sol y la brisa.

Aquí paso las horas, en este ambiente de ensueño donde llegan a mis oídos todo el pulso de la vida, las voces de los hombres, el canto de Mariana tendiendo la ropa con su voz de soprano destemplada, las risas de los niños que en sus juegos recrean la roja guerra que nos ha podrido por dentro y por fuera. Ellos son el resto de inocencia que queda en la humanidad. Sí, aquí lo escribo para que quede constancia de ello. No sé cómo se sucede el mundo más allá de esta ciudad pero ya tiene poco sentido descubrirlo, no me queda curiosidad ni fuerzas para emprender el viaje.

Ayer un niño, Ismael, me trajo un libro que había encontrado jugando más lejos de lo habitual. Soy el único que lee aquí y por las noches me piden entre risas que baje a la plaza, donde me sientan en un sillón cerca de la hoguera que da más luz que calor y me piden que les lea algún cuento. Allí se reúnen todos los niños y también bastantes adultos. Y yo leo con gusto cambiando las voces e intentando hacerles entretenido un rato de la noche. Ismael tenía la esperanza de que su hallazgo fuera una novela de aventuras, que son las que a él le gustan, pero resultó ser una vieja edición de La ciudad de las columnas, un libro de Alejo Carpentier que describía su amada Habana con muchas fotografías. Prometí al niño una historia de aventuras para aquella noche y se fue bastante contento mientras yo leía el nuevo hallazgo. ¿Cabría una descripción así de nuestra ciudad? De este amasijo de ruinas, piedras rotas, edificios sumidos bajo la potencia de las bombas, cráteres oscuros, dientes elevados hacia el mundo… creo que sí. Creo que hasta en la destrucción hay cierta belleza aunque sea perturbadora. Al fin y al cabo estos despojos de la civilización, de la “gran era”, son los que nosotros hemos tomado como hábitat, como hogar. Igual que yo me he afincado en este cuarto fresco donde vivo, leo y miro por la ventana mientras pasa la vida en una sinfonía armónica que todo lo resume.

Digestión inteligente

¿Qué es la gloria? Pierre Michon habla a través de esas páginas llenando el aire de trascendentales, como si las propias ideas se hubieran cristalizado creando láminas manchadas. Había tenido la sensación de saborear un códice antiguo, iluminado con colores preciosos y oro.

Pierre Michon fue digerido por ese enorme estómago, ese engendro que ya había devorado antes a otros. La muerte pictórica y casi material que Maurice Blanchot pintó en su oscuro personaje, fue engullida de igual manera. Al igual que las estratagemas de una vida disoluta, pero a la vez llena de sentido, de Mirbeau. Así, uno a uno, aquel estómago había devorado tantos y tantos textos, tantas letras, tantos libros, tanta información, tanta desinformación terrible o magníficamente barroca, y también inútiles diatribas y algunas llenas de sensitivo. Se había convertido en un estómago muy inteligente, en un órgano de sapiencia única que bien podría haberse llamado cerebro. Un cerebro estomacalmente atiborrado, hartado, agotado, al punto del vómito.

La mezcolanza, ese quimo que se debía de haber ido formando día tras día, año tras año en todos los recovecos de aquel órgano hinchado, ahora bien podría indigestarsele. ¿Qué ocurriría? ¿Qué color tendría la nueva masa cognitiva? ¿Qué sabor? Casi se podía relamer los labios con el gusto imposible de esa mezcla. Sería algo maravilloso, algo que, de tan imposible como era, llegaba a lo exquisito, a lo sublime. Kant (al que también habían devorado tiempo atrás) estaría orgulloso de él, de su alcance, de su sensibilidad más allá de lo común. ¿Servía para algo? Aquel estómago lo ignoraba. Tragaba, tragaba paladeando la masa como si fueran finos pétalos de azúcar sobre un sorbete de ambrosía. Distinguía cada marca, cada estilo, cada pincelada de genio… y sabía separarlo de lo vulgar, de lo simplemente bueno, de lo bello, de lo horroroso. Pero todo, todo era fagotizado por él, sin cesar, sin parar, hasta el paroxismo.

Fue necesario, era algo inevitable. ¿Por qué comenzó a escribir? Por salud. Debía de excretar de alguna manera todo lo digerido. Vomitó, defecó sobre el papel a Mirbeau, a Michon, a Blanchot y a todos, pero de una forma distinta. ¡Oh magia! Creó una sintesis única que todos le alabaron. Al principio se sintió bien, aquel ejercicio le daba la oportunidad de hacer otra cosa distinta, luego todo cambió. Los mismos que le habían aplaudido recomendaron otros hombres, otros nombres y tantos o más libros que el estomago encontró fascinantes.

La ingesta esta vez se retomó con una voracidad incontrolable. Lem, Gógol, Gordimer, Stasiuk y muchos más fueron descendiendo por su garganta feroz. Dejó la cura que había tomado, se hinchó adquiriendo un color desagradable y, corrupta la masa que revolvía, se infectó. La enfermedad se extendió y su razón tornó en demencia. Atacó, cual Quijote, a los hombres gritándoles que él era un gato, que él era un dios, un nuevo Cyrano redentor, un dramático Fausto o el Thomas impertérrito de Blanchot. Gritó, gritó su filosofía para que le escuchasen bien, pero no quisieron dar crédito a sus palabras. El aspa del molino le estrelló contra el suelo, la luna quedó lejos, imposible de alcanzar. Los gigantes se hiceron grandes como si fuese Platón su padre.

El estómago se encogió, el cerebro se secó. La duda le convirtió en un Hamlet inactivo y babeante. Perpetuamente quedó con la vista fija en el punto infinito donde lo leido significaba algo, donde las arquitecturas de su mente rota tenían utilidad. Dejó de ingerir libros hasta que terminó por morir de inanición. Lo último que balbuceó fueron unas palabras de consuelo a su sombra.

-Quedate tranquila -dijo-, tú desaparecerás conmigo.