Miércoles fragmentado: Las ruinas circulares, Jorge Luis Borges

 “El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder.”

De repente, en un paraje inhóspito, vacío de creyentes y certidumbres, sucede la lucha. El que yerra, el errante, se encuentra consigo mismo en esa nada que es el mundo para él, para ellos ahora. Las ciudades, los árboles y los prados se difuminan y únicamente queda él, dividido, reflejado en el aire. Ambos se arrojan al suelo como entidades distintas, gimiendo por el viento que sopla fuerte, cargados de cadenas. Los dos pueden verse a sí mismos como una patética imitación de ese héroe vagabundo de ropas raídas, de mirada triste.

Ellos son un mismo caballero errante e ignoran dónde han de ir. Su destino terminó cuando la sangre caliente del dragón bañó sus manos, esa sustancia roja fue la causa de su perdición, la ruptura que ha terminado creando dos sujetos. Cumplido su objetivo, muerta la bestia, el pobre honor ganado a cambio no les ha valido para nada. Ya no saben quiénes son o quién es, se mantiene(n) siempre a la espera de ser rescatado(s), arrastrando el arma mellada y oxidada por el tiempo. Es o son un loco (o varios) con la barba blanca por las horas perdidas, aullando en la noche como un perro enfermo.

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Miércoles fragmentado: Kyrie, Tomas Tranströmer

“A veces, mi vida abría los ojos en la oscuridad.
Una sensación como de multitudes ciegas e inquietas,
que pasan por las calles camino de un milagro,
mientras yo, invisible, permanecía inmóvil.”*

Estos son los días del cordero, los que bajo su mirada se desatan con las misas en nuestros oídos. ¡Oh, padre, perdóname! Que la desesperación no nos ahogue, que los espíritus tengan piedad de nosotros. ¡Oh, padre! ¡Cuanta sangre he limpiado de mis manos! Ahora sólo quedan dedos huesudos incapaces de sostener una espada o de entrelazarse para el rezo. No me queda ninguna exaltación, no convocaré hoy a la reina de todo o el nombre de nadie. ¡Oh, padre! Cuán altas suenan las campanas. ¡Ten piedad de mí! Ahora me reuniré contigo, intercede por quien tan bajo arrastró tu recuerdo. ¡Gloria! ¡Gloria a la oscuridad! ¡Soy herido! ¡Soy…! Sangre… Mía fue la última palabra… Ahora todo es sangre.

*Lamentablemente no hemos podido encontrar la versión del poema en su idioma original.

Histeria

El hombre de sonrisa enorme, de mil dientes que se aparecen cuando la boca habla, de camisa amplia, de botas inmensas, de pantalones negros y ceñidos; ese hombre aferra la pared de espaldas, la toca, la acaricia suavemente. Lleva unas flores en la otra mano, pero las ignora. Está quieto, muy quieto, con la mirada cerrada, con los ojos escondidos. A su espalda está ella: la muerte, la vida, la mujer; no habrá otra en su vida por mucho que todo cambie, no podrá haberla porque ella es todo, es la cánula que escribe sobre la hoja que es su espalda.

Ella goza de muchos años, de muchos trajes ajados por las sombras, por los sollozos que empujaron sus uñas contra la tela, que rasgaron la seda. Ahora no le mira porque está triste, porque no comprende sus palabras y aún espera que le entregue las rosas marchitas que sujeta.

Él no sabe qué hacer, sus movimientos son muy lentos, casi parece que se suceden en el espacio distante de muchas horas, su posición cambia radicalmente de un rato al siguiente y parece algo inexplicable. Ahora es sólo una sombra imprecisa que mira a un lado. De pronto deja caer las flores como si fuera la ofrenda a un dios, luego se mueve, adopta otra posición: esta vez está inclinado, sin separar todavía la mano del muro, observando el suelo que no dice nada.

Por fin el se da la vuelta y enciende un cigarrillo, recupera su humanidad. Dos hombres aparecen desde rincones obscenos y le desnudan, acarician sus músculos, le dan una copa para que beba y el se deja y bebe. Ella le mira aunque no le entiende, se levanta de su sitio y pasea un rato acariciando su vestido, tocándose los senos apretados debido al corsé que los ciñe. Le mira desde la distancia y no puede más, se vuelve contra él, corre desesperada y él la recibe en sus brazos dejando caer la copa de vino, que se estrella contra el suelo y pierde todo su líquido. El vestido de ella se mancha, pero aún no lo sabe, ahora sólo devora la boca de su amante como si pudiera surtirle de la sangre que alimenta su corazón.

¿De qué trata todo esto? Es sobre la religión de la pérdida, sobre la locura de la voracidad, sobre el maquillaje de los cuerpos perfectos y el vuelo de los vestidos de mujer. La mano sobre la pared de él es lo más real de toda la escena. Esa es su vida pero ninguno de los dos sabe qué significa: está codificada.

La mujer recuerda a su amante sobre sí misma, sudando, entrando en ella con fuerza. La fricción provoca gemidos que resuenan en las paredes mientras vecinos ignorantes callan y se miran de reojo. Hay violencia, ella se agarra al hombre con toda su fuerza y le araña la espalda mientras levanta los ojos y ve aquel cuadro que preside el salón. Es el lienzo de una mujer desnuda, con los pechos destacados y un puñal con su punta ya clavada en la piel. La sangre resbala por su carne en una sola gota larga y gruesa, rubí como el vino antiguo. Ella no puede soportarlo, se levanta sobre él, le gira en el suelo en el que están tendidos y ve su sonrisa blanca, sus ojos que la espían con picardía. Él lo ignora todo y ella no puede contenerse: le golpea, le abofetea sin cuidado y él, él se defiende, sale de ella y provoca que la mujer se sienta vacía de todo y se encoja aún desnuda, llorando como una niña.
-¡Ya basta! –suplica- ¡Basta!

Pero es sólo un recuerdo, ahora ella está vestida y él no, están besándose con lágrimas resbalando por sus mejillas. “Este es el perdón” –se dice la mujer y luego frota la espalda de él con delicadeza, ungiéndole con perfumes. Sus hombros anchos le cautivan y su vientre marcado le llena de deseo. No se detiene ahí, le acaricia todo el cuerpo hasta que se cumple la última hora y él se marcha quedándose ella sola en su casa.

Ninguno de los dos comprende la necesidad del otro porque no pueden, porque su individualidad les lleva a otro lugar y les señala como irremediablemente solitarios. Son lobos que no conocen su destino y que se buscan incansablemente por instinto social. ¿Qué van a hacer si no es luchar cada día como lo acaban de hacer?

Ella baila en su soledad, mueve la cola de su vestido contra las paredes, las golpea y arranca con aquellos gestos de vuelo los adornos que permanecían todavía en pie. Pero entonces aparece él otra vez, sin mediar palabra. Crea una sensación de hartazgo con su entrada y ella se siente morir, queda paralizada en un gesto violento y pierde la fuerza de sus músculos. Él extiende los brazos y le da un pañuelo negro que ella sujeta a un lado, con la mano laxa. Luego él la agarra con fuerza del cuello y gira su cara sin importarle el daño que puede causar. Ella se queja, pero él besa su rostro con delicadeza.
-Vete –dice la mujer.

El hombre abre mucho los ojos, sorprendido. Se aparta, vuelve a la pared donde todo había comenzado y se apoya esta vez con las dos manos extendidas, muy quieto, muy recto. Apenas hay luz que le ilumine y permanece en silencio. Ella no sabe qué hacer, pero al final se decide y cae en un rincón agarrándose de las rodillas, temblando hasta recobrar su valor. Por fin logra ahogar los gritos y coge la pluma de su escritorio, se arrodilla ante él con las manos manchadas de tinta y graba en su espalda una línea más que se une al resto que ya le recorre la piel. Lo hace con cautela, introduciendo la punta en la carne. Las gotas de sangre ella las limpia con un estallido de sus labios y él, que no se inmuta, espía el otro lado del muro, donde hay una historia distinta que no está viviendo.

El genio

Su vida fue una exaltación de lo oscuro, una metafísica de lo incognoscible. Aquello que oculta las sombras y la nada es lo más difícil de observar, y si uno no puede ver mucho menos logrará entender.

De ese útero umbrío nació él. Hecho que siendo niño ya atrajo la atención de los adultos capacitados con ese extraño don de ver más allá de la vulgar juventud.

Sí, sus mejillas fueron sonrosadas una vez y también jugó, igual que gateó, se arrastró por los suelos porque hasta el más puro de los hombres, hasta la mejor creación del hacedor no se libra del vestigio animal de la infancia.

Ese niño fue como todos, pero cuando le llegó “la edad de la razón” ya advirtieron en él la mirada fija, fría y absorbente, una mirada llena del fanatismo de quien mira una biblioteca pensando en el momento en que haya consumido todos los volúmenes.

Rápidamente destacó en los estudios, parecía difícil que fuese a suceder lo contrario. Eso no resultó extraño, lo impresionante fue el acto a continuación: escribió. Su escritura no fue genial pero sí muy aguda, no se enredaba en literaturas sino que plasmaba sus pensamientos, sus interpretaciones. Un compañero lo apodó el “exégeta” y él se molestaba sin mucho conocimiento, orgulloso de su propia destreza.

El padre anciano murió y se convirtió en un mito más dentro de su vida, pero un mito propio, que le acosaría sólo a él en los días que pensase sobre la muerte. La madre se agostó durante muchos años pero se mantuvo entera, sólida, demasiado inoportuna en sus juicios y sin permitirse nunca la duda. Ella fue un pájaro desconsiderado, una escultura tosca que nunca comprendió la sombra que había hecho crecer en su vientre.

Él perdió la lentitud de la vida en aquel momento, se inmiscuyó en el prólogo de lo que vendría a continuación. Le elevaron sin que él lo pudiera esperar, le cedieron el sillón en el medio mismo de Europa, en una universidad boquiabierta con su joven mirada. Se sentó e impartió las clases a jóvenes de su misma edad que se preguntaban por qué ese extraño profesor no estaba sentado entre ellos. Le admiraban, alimentaron su ego y el dejó que lo hicieran mientras escalaba en logros sin demasiada dificultad.

No amó demasiado, buscó en la prostitución los alivios naturales, pero no tendió lazos con ningún hombre o mujer. Sus amistades le tenían en un lugar apartado de ellos, le miraban siempre desde la lejanía de la tercera persona y decidieron, por una de esas casualidades inspiradas en el orgullo de ser el nexo entre dos grandes personajes, presentar al joven genio un viejo maestro, igual de inteligente, igual de elevado por otros.

La chispa se prendió en seguida y durante años la enfermedad del joven alimentó la complacencia del viejo hasta que la amistad encontró un fin extraño, envilecido. Él, joven prometedor no pudo soportar más años de sillón y bocas abiertas, de monotonía bajo los pórticos de la universidad, de lluvia casi germana. Estaba harto de las cenas en casa del maestro, de las eternas charlas sobre filosofía, sobre modernidad, sobre lo antiguo y lo futuro. Se desesperó y huyó lejos de todo, abandonando la seguridad, buscando cualquier cosa que le insuflara vida, que le devolviera algún dolor, porque no recordaba haber sangrado ni haber bebido sus lágrimas. La humanidad le golpeó con su duro mazo y se dio cuenta de que quizá no era lo suficiente humano o bien lo era demasiado.

El fantasma del padre apareció en Italia cuando creía haber encontrado la paz y tuvo que seguir huyendo, una carrera hacia atrás, hacia Alemania, hacia su hogar. Regresó con la madre absurda que le hizo nacer y con la hermana sin pasión que le leía cuando estaba enfermo. Allí él permaneció, tomó posesión del escritorio de su padre, como si la herencia fuese importante y llenó todo el papel abandonado durante décadas, ya algo amarillento. Después compró más y siguió escribiendo.

Por las mañanas desayunaba en el jardín sobre una mesa de madera desconchada, se quedaba horas pasando frío mientras su mirada vagaba entre la hierba y daba sorbos al té caliente. Luego volvía a la mesa de madera negra que se había convertido en condena y libertad y permanecía allí hasta el almuerzo, tras el cual paseaba por las calles del pueblo sin saludar a nadie, hablando sólo con aquellos que parecían inquietos, que padecían algún mal o eran violentos. Se perdía por el camino del río, entre abedules y sauces, hasta que oscurecía y volvía a la luz del quinqué donde el papel le esperaba junto a la tinta negra y fría.

El viejo maestro murió y él ya no pudo más, las columnas de su genio se derrumbaron y arruinaron el templo de su inteligencia. Permanecía horas mudas en el jardín, arropado por la hermana preocupada, observado por una madre que lo sentía como a un extraño. Comenzó a balbucear, a escribir incoherencias que lanzaba al fuego y luego intentaba rescatar, espantado por sus acciones. Abandonó la lectura, los paseos y se recluyó en lo más profundo que pudo: en sí mismo.

Llegó el día en que se dejó llevar como un niño de la mano de la hermana hasta otro edificio más grande y con más personas, un lugar donde las habitaciones eran blancas y el mobiliario escaso; donde sus habitantes sólo vestían el blanco esperanzador de la cura y el gris de los trajes enfermos. Permaneció allí años, consumido, observando eternamente el día y la noche, sentado en su silla viendo pasar el tiempo. Nunca más miró un espejo.

La madre murió y él no se dio cuenta. La hermana regresó y le llevó a casa sintiendose quizá culpable de su abandono o quizá inocente y sola. Él se sentó en el sillón de la madre, desayunó, mejoró e incluso escribió alguna linea legible en la mesa oscura que nunca abandonó aquel salón. Un día que no era especial no quiso levantarse y el médico le sentenció. La inmensa casa cobijó a los dos hermanos durante una última semana en la que ella leía las obras de él a la cabecera de su cama, este parecía escuchar aunque no emitía sonido alguno. Juntos vieron cómo perdía su humanidad: fue una muerte lenta, agotadora, donde no hubo demasiado dolor, pero sí soledad, sudor, temblores y un gran y apagado silencio.

Un domingo murió el genio y, aunque hubo quien se entristeció, sólo nacieron lágrimas de la pobre hermana sin pasión.

La máquina de escribir

¿Como se hace, cómo se hace para cambiar todo en la vida? ¿Cómo se hace para convertir tu trabajo en tu vida?

Ella había escrito aquellas lineas unas semanas antes y ahora escuchaba las teclas de su vieja máquina de escribir como si estuviera ante ellas, las escuchaba al desenfrenado latir de su corazón mientras corría.

Saltó, fintó para esquivar un árbol y se golpeó los brazos desnudos contra un montón de helechos que se abrieron ante ella, esmeraldas entre altas columnas oscuras. Sudaba, los insectos se pegaban a su piel como si fuera una tela de araña y ella no dejaba de escuchar las teclas de su ordenador en los oídos, estruendosas, casi proféticas. “Es una historia” -se dijo con la cabeza llena de sangre- “una historia que alguien escribe sobre mí.”

Detrás de ella surgieron los estruendos de sus perseguidores, como en un sueño avanzaban en grandes saltos, sajando la naturaleza con sus grandes machetes, con los inmensos perros negros siguiendo el rastro de la mujer.

Ella saltó un grupo de rocas, se raspó la pierna y cayó al suelo, rodó en el barro y se hizo daño en el tobillo, aún así se levantó. El hollín le impedía respirar, tenía el infierno ante sí: el bosque ardía. El calor de las llamas llegó hasta ella, una bocanada caliente idéntica al aliento de un dragón. Por un momento se quedó allí, absorta, ante una miríada de arboles que llegaban a los diez metros de altura, llenos de fuego como antes estaban de hojas. No lo dudó, notó la paz de su interior al mismo tiempo que un perro lanzaba su dentellada cerca de su pierna. Las fauces no se cerraron sobre la carne, chascaron, la mujer ya corría, pero ahora entre el fuego. Estaba corriendo en el infierno.
-¡Está loca! -gritó uno de los perseguidores.
-¡Nosotros también ¡A por ella, maricones! -gritó el líder

La mujer corre enloquecida, ha dejado de tener miedo, se ha internado en el infierno. Nadie en su sano juicio tendría ahora miedo. Poco a poco va dejando a sus captores atrás porque ellos sí tienen algo que perder, ellos han seguido con pavor, con cuidado de quemarse lo menos posible porque a ellos nadie les persigue. Pronto se quedan atrapados y dan la vuelta, algunos arboles caen, algunos mueren. Los perros, que nunca se dejaron engañar, ladran rabiosos desde el linde del fuego y huyen después de la caída.

La mujer corre, el calor le abrasa la piel, el sudor se ha evaporado casi instantáneamente, el vello de su cuerpo se ha quemado en ese característico olor, la escasa ropa se va haciendo girones cuando le llegan las cenizas ardientes que prenden el algodón blanco. Su melena suelta ha actuado como mechas largas quemadas en sus puntas. La piel le arde, se enrojece, se agrieta y luego consume su primera capa, pero ella sigue corriendo con las mejillas, la nariz y la frente peladas por el calor, con los labios rotos y sangrientos.

Corre hasta que ve el final, hasta que se da cuenta del abismo abrupto y no descansa ni un sólo paso entre las columnas infernales, al contrario, incrementa el ritmo, salta una vez, dos veces, salta en el último saliente y sale del fuego de dragón y queda suspendida en la nada un instante donde el mundo recupera el frío y la acoge, la arrulla y ella cierra los ojos agradecida mientras ya cae fulminante y se zambuye en un océano de espuma.

Surge del agua despierta, con todo su cuerpo hirviendo de escozor, todas sus heridas saladas le palpitan pero ya no escucha las teclas, ahora llora de libertad y de dolor, llora mientras nada agotada y se arrastra sobre el agua que está sucia de cenizas, alejándose del infierno, llegando a una playa en otra orilla donde se tumba cara al sol infectado de nube negra y se desmaya.

En algún punto del país alguien está leyendo que Julia Fergó, periodista, recluida por propia voluntad en el sanatorio de San Lázaro ha desaparecido tras un espectacular incendio que ha devorado las instalaciones. En su búsqueda cuatro bomberos han fallecido y dos se encuentran malheridos, se teme que Julia Fergó esté igualmente muerta.

Pero ella no está muerta, ella respira y se despertará horas más tarde, se sentirá libre mirando al cielo y suspirará sintiendose la heroína que acabó con el dragón. Cuando los arboles de fuego se sequen y se muestren como esqueletos negros ella estará ya muy lejos, caminando en busca de una máquina de escribir que escucha en su cabeza y no la deja dormir.

La señorita Else


Titulo original: Fräulein Else
Autor: Arthur Schnitzler
Traductor: Miguel Saenz
Editorial: Acantilado

Muy curioso el caso de La señorita Else. Uno de esos libros distintos a los demás y que nos ofrece una visión no muy común en narrativa. El lector se sentirá significativamente dentro de la protagonista, pues todo el libro está escrito de tal manera que sólo se transluce el mundo a través de la mente de ella. Sus sentimientos, sus pensamientos, aquello que ve o que capta por cualquier de sus sentidos, todas sus sensaciones son retransmitidas, como de forma taquigráfica, a estas paginas, testimonio fiel de su situación.

Realmente el argumento es muy sencillo. Encontramos a al señorita Else, joven de dieciocho años, tomando unas vacaciones con sus parientes ricos en un hotel de las montañas. Su familia más cercana se encuentra en un gran aprieto económico y judicial, por lo que escriben a Else esperando que de alguna manera ella les ayude influyendo en un viejo conocido de la familia. En este contexto todo se desarrolla en el mundo mental de la protagonista. Else, que ya tiene problemas típicos de su edad, se ve atormentada por la petición de sus padres, por lo que podría ocurrir si ella se negara a ayudarles, por las consecuencias de si decidiera lo contrario. La presión, el coágulo de pensamientos que se va formando en su mente, se convertirá en desencadenante de una especie de locura, en un ataque de histeria que el lector podrá ir viendo como se desarrolla hasta su trágico desenlace, algo de lo que uno se va preparando nada más comenzar a leerlo.

La señorita Else se trata de una novela corta de fácil lectura que, sin embargo, habla de temas muy trascendentales. Especialmente el punto de vista es el que puede turbar al lector. La sexualidad, la locura, la muerte, los roles sociales, lo aparente y la dignidad, los valores personales y el peso y el deber para con la familia son colocados en estas pocas páginas de forma que el lector no se limite a leer por pasar el rato, se verá obligado a cuestionarse muchas preguntas. Muy fácilmente uno indagará en la artificialidad del mundo de la señorita Else, que muy fácilmente puede hacerse un paralelismo con el nuestro. Else está condenada, porque Else no sabe escapar de ese impuesto que se le ha cargado sobre los hombros sin que ella lo sepa. Ya al comienzo de la obra se puede sentir en su persona un algo oscuro, que no se precisa, pero que está allí.

Destacar por fin el trato del lenguaje (y el trabajo del traductor) que consigue crear lo que es todo en el libro, lo que no se dice, la sensación que sabe producir en el que lee esas páginas.

Publicado en La biblioteca de Babel el 01de Enero de 2011.

Neurosis

Tenía un ojo más grande que otro. Un ojo que se ampliaba, se abría a lágrima viva y cuya pupila se dilataba hasta ocupar todo el hueco. El mundo se dislocaba, se difuminaba, reventaba en un millar de plumas espinadas y terminaba convertido en ese pájaro infernal que abre las alas y se traga todo, se traga el mundo y se revuelve sobre sí mismo hasta colisionar y formar un anillo de chispas que crea la nada. De ello surge un monstruo, un titán que asoma su corona y aplasta la serenidad de la misma existencia caótica. Así todo concluye.

La sombra de yergue, absoluta, enorme, corpórea, como si realmente fuese ella misma un dios ancestral. Sí, esa sombra se alza y mira a un lado y luego a otro, hasta quedar sus ojos clavados en los míos, mis ojos distintos, con ese ósculo más grande en cuya cuenca baila cual fuego fatuo.

Y decae todo, en un remolino de agua y flores que se precipita como un tornado desde mi boca, expandiéndose hacia las nubes, tragándolo todo. Allí está la ciudad en donde habito, con sus edificios desgajándose ante la fuerza de mi huracán, arrasándose sus fachadas poco a poco, a manotazos, tal que un niño no lo habría hecho con más rabia. Desaparece el asfalto, la cobertura de ladrillo, el cemento también, y quedan las personas: desnudas, implorando perdón de rodillas y con las manos unidas en muda súplica. Pero mi alma es oscura y jamás admitiré el perdón a los débiles.

Algo falla, lo siento, me giro. Es inaudito, ahí está él. Aparecido entre las llamas, un fantasma que viste andrajos y me señala con mano huesuda. No ha pronunciado palabra y ya siento su juicio sobre mi espalda, estoy perdido, no hay salvación ante su dedo ejecutor. Huyo, sin sentido, corriendo por la devastación que yo mismo he perpetrado aún sin intención de hacerlo verdaderamente. En mitad de mi carrera llega la crisis. Me afecta como un relámpago que golpease en mi cabeza y me derriba. Caigo al suelo, exhausto, jadeando por el esfuerzo de la huida, asesinado por ese puñal que algún Zeus arrojó contra mí.

En un póstumo esfuerzo me coloco boca arriba, vencido, completamente vencido en medio de ningún lugar. Con mi ojo que se empequeñece por momentos mientras deja de ver las estrellas del cielo, las lunas, las constelaciones…

Pársifal aparece, baja de una escalera plateada hacia mí. Está tranquilo, cada uno de sus movimientos está diciendo que no hay prisa, que está bien y tenemos todo el tiempo del mundo para nosotros. Ahí está, coronado, con la lanza en su mano. Le veo, con los ojos despiertos, acercándose a mí, tendiéndome la mano que ignoro y vuelvo a ignorar. Grito, quiero que todo termine. Pársifal me arroja la lanza y no falla, me hiere profundamente, hasta llegar a mi alma, que se desgaja.

-Observa el mundo arder –susurro con mi ultimo aliento.

El caballero se unge con las manos y el arma cae al suelo, yo ya no puedo cogerla, no puedo, porque mis ojos se comienzan a cerrar. Donde brota mi sangre comienza la deflagración y todo arde en una locura desmedida que empieza a devorar la nada, que engulle a Pársifal, derritiendo su delicado rostro, asándolo en su armadura negra y convirtiendo en cenizas su cabello blanco y sus ojos perfectos. Él aúlla y yo, si pudiera, sonreiría. La realidad se cuartea, se viene abajo y las imágenes se colapsan en unicidades de color distintas y paralelas. La luz se difumina, la sombra vuelve al lugar relegado que le corresponde, mi cara pintada aparece en primer plano, con los ojos perfectos, el gesto aún vivo y mis pupilas que comienzan a adquirir el tamaño acostumbrado.

Veo el mundo a mi alrededor y suspiro.