Madrid, la milla del arte y la monarquía

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Enero de 2016. También publicado en su versión digital aquí.

En enero hablamos de Barcelona y su reciente designación cono ciudad literaria, hoy nos fijamos en Madrid por aquello de las dualidades. Si la ciudad condal ha recibido tan prestigiosa denominación, Madrid, por comparar, podríamos considerarla como ciudad museística.

Uno de los grandes problemas de la capital española siempre ha sido la ausencia de un icono que la represente y atraiga interés turístico. No existe un monumento o edificio “incontournable” (imprescindible) capaz de atraer como lo hace Gaudí y la sagrada familia en Barcelona o el museo Guggenheim en Bilbao o incluso la ciudad de las artes y las ciencias en Valencia (no entremos en lo idóneo del proyecto o de la arquitectura) Madrid no cuenta con algo así, pero dispone de un atractivo que ha sabido implementar en las últimas décadas: su potencial museístico.

La pretensión de la ‘milla del arte’ de la capital es similar a la de Berlín, con su isla de los museos y pretende aglutinar en un mismo espacio urbano varios equipamientos dedicados, sobre todo, al arte plástico y visual. De esta milla destacan el museo del Prado, el museo Thyssen-Bornemisza, el museo Reina Sofía y el recientemente renovado museo Arqueológico Nacional. Junto a estos, otros muchos equipamientos públicos y privados, tanto expositivos como galerías de arte, han ido creciendo con ese fin difuso de ofrecer un recorrido cultural de amplio interés.

Durante los últimos años han existido varios proyectos polémicos, como la fundación que Norman Foster nunca se decidió por establecer o el extraño caso del museo de las Artes de la Arquitectura, Diseño y Urbanismo, empeño personal del arquitecto Emilio Ambasz, cuyo estado actual ignoramos.

Sin embargo, existen dos proyectos de gran importancia que sí han madurado, el primero es la ampliación del museo del Prado al Salón de los Reinos (antiguo museo del Ejército y resto del palacio del Buen Retiro) cuya fecha de inauguración se estima para 2019, si bien todavía se encuentra en fase de concurso para elegir el proyecto de rehabilitación más adecuado; eso sí, dentro de unos márgenes presupuestarios bastante reducidos (menos de 90 millones de euros, según las últimas estimaciones) El Salón de los Reinos completaría de este modo el ‘campus’ del museo del Prado, algo que no puede sino revertir en mayor interés para la gran pinacoteca española.

Velázquez nos vigila, por Jorge Fernández Ruiz

Velázquez nos vigila, por Jorge Fernández Ruiz

Pero el gran proyecto (por faraónico), que se inaugurará este mismo año, es el museo de la Monarquía, un espacio de 40.000 metros cuadrados que pretende acoger las colecciones reales. El proyecto ha resultado muy polémico debido al coste desorbitado (160 millones de euros) que ha consumido en un contexto de fuerte crisis económica. Para mayor escándalo, dentro de las colecciones reales se encuentran cuadros tan extraordinarios como ‘El jardín de las delicias’, del Bosco, o ‘El descendimiento de la cruz’ de Van der Weyden, que el nuevo museo reclamó al Prado. El grado de absurdo es enorme, pues la fuerza museística de Madrid tiene su clave en el mismo museo del Prado, arrebatarle alguna de sus obras maestras es una locura absoluta, a nadie se le ocurriría pedir al museo del Louvre que enviase ‘La Gioconda’ a otro lugar. Afortunadamente las negociaciones entre ambos equipamientos llegaron a una solución lógica y las obras citadas, junto a otras de enorme valor, seguirán donde deben estar, en los salones del museo del Prado. En contrapartida, el museo de la Monarquía recibirá otras, que podrá exponer en calidad de préstamo. Todavía cabe cuestionarse sobre la idoneidad de este museo, más allá de su carácter publicitario de cara a la institución, pues como equipamiento cultural no parece a priori muy lógico. Habrá que ver si el tiempo le dota de coherencia.

Madrid sigue promoviendo el desarrollo de su sector museístico y la estrategia es sin duda acertada, pero sigue enfrentándose a un problema bastante grave de valoración con el público patrio. Además de la inversión en nuevos espacios, Madrid necesita establecer un plan de educación y fomento de su riqueza artística, pues de otro modo los madrileños no dejarán de mirar esos suntuosos edificios con desconfianza. Como suele ser habitual, este ejemplo concreto de la capital española es fácilmente extrapolable a todo el país.

Velázquez y Goya, por Jorge Fernández Ruiz

Velázquez y Goya, por Jorge Fernández Ruiz

Anuncios

El periplo del extranjero

La prudencia tiene la virtud de ser útil, paciente, de resultar verosímil e incluso de ser una buena filosofía de vida. Ser prudente es ser conservador, pero conservador no en ese sentido político, sino en uno más físico (o quizá en algún otro más allá de lo físico) El prudente tiene el buen sentido de no hacer nada que no debiera, de considerar cada detalle y sus posibles consecuencias tomando siempre la opción más acertada, la más obvia. Al menos será la más acertada de acuerdo a las normas sociales. El prudente se conforma con lo que tiene, con lo que entiende y no se aventurará en lo desconocido.

Pedro se hacía llamar Pierre, no por algún gusto extraño ni por snobismo, se hacía llamar Pierre porque sus padres eran franceses, porque se crió en el país galo y en su infancia sólo respondió a aquel nombre. La suerte cambió siendo él ya adolescente, cuando sus padres se mudaron a España como directivos de la recién estrenada filial de su compañía. El cambio fue espectacular para él, pasó a sentirse desplazado, a no ver a sus padres, a ser atendido por una asistenta que, si bien era simpática, nunca pudo procurarle una sustitución del amor que esperaba obtener de sus padres. Como la edad era la adecuada, a las quejas y actos de rebeldía sus padres no le dieron gran importancia, se limitaron a castigarle severamente. Pero para Pierre el colmo había sido el cambio de nombre, en el instituto todos le llamaban Pedro, incluso los profesores. Al principio con su desconocimiento del idioma no pudo defenderse, pero luego, envalentonado por el desprecio y el tiempo transcurrido, lo dejó claro. Él era Pierre y no contestaría a otro nombre. Le ignoraron. Los profesores sí que procuraban llamarle por su versión francesa, aunque a veces se equivocaban, entonces lo corregían con rapidez y cierto malestar al darse cuenta de que el chico, terco, no respondía. De sus compañeros sólo obtuvo burlas. Se quedó sólo y como tampoco tenía a sus padres hizo lo que hicieron muchos antes: huir.

Su abuela, Noelle, murió unos años antes de la ida a España de la familia. La mujer quería mucho a Pierre, ahora Pedro, y siempre intentaba defenderlo cuando quería hacer algo que sus padres no le permitían. La frase de la abuela siempre había sido la misma: “déjale, mujer, nunca he visto un niño tan prudente.” El día en que Pedro metió en una mochila algo de ropa, bastante dinero y un bar de bocadillos, se acordó de su abuela y recordó aquella misma frase. La prudencia, pensó Pedro, es para gilipoyas.

Salió de casa como cada día en dirección al instituto, pero nunca llegó a él; desapareció sin que nadie supiera nada. Cuando sus padres llegaron a casa a la hora de la cena, naturalmente se preguntaron dónde estaría pero no se inquietaron demasiado; las abundantes discusiones hacían que Pedro se quedase habitualmente en casa de su tío a pasar la noche. Quiso una casualidad que cuando ya estaban en la cama sin pensar en Pedro, sonase el teléfono. Cogió ella al ver que se trataba del número de su hermano y la conversación derivó, como no podía ser de otra forma, en el chico. El tío de Pedro no sabía nada de él. En esta ocasión sí se pusieron nerviosos, llamaron al móvil de su hijo, pero sonó en la habitación contigua y allí, encima de la cama, se encontraron una nota con dos palabras. “Au revoir”. Firmaba Pedro, no Pierre.

La policía tuvo claro que se trataba de una fuga y tranquilizaron a los padres diciéndoles que era habitual y que el chico volvería en cuando empezase a tener hambre o le faltase el dinero, dos días como mucho, quizá cuatro si el chaval era orgulloso. Dos semanas después Pierre no había aparecido y la policía no tenía nuevas noticias. Siguieron su rastro hasta la estación de bus, donde Pedro había comprado cuatro billetes a la misma hora y cada uno con un destino distinto. Los conductores no recordaban al chico en especial y ahí se terminó la búsqueda.

La depresión acosó a aquellos padres que no comprendían nada. Se culparon de la huida que no habían visto llegar y lloraron y se entristecieron. Pero pasaron los años y el dolor se fue convirtiendo en costumbre hasta hacerse llevadero. Ninguno de ellos pronunció jamás la palabra “muerte” pero ambos la tenían en su cabeza y les oprimía la garganta. Por respeto al otro nunca se dijeron nada, con miedo de hacerlo real al pronunciarlo. Mantuvieron la creencia en la huida, quizá algún día su hijo regresase.

Pedro apareció en el porche del chalet una mañana de sábado del mes de Marzo siete años después de su huida. Estaba serio, había crecido y llevaba una barba corta. En los primeros minutos los padres aliviados lloraron con él, le abrazaron y besaron como si fuese la efigie de un dios. Realmente le querían, pensó Pedro, pero aquello no le ablandó lo más mínimo, el no lloró, aunque sí se emocionó por el reencuentro.

Sin embargo no pasó mucho tiempo hasta que surgió la pregunta: ¿por qué? Y Pedro sonrió enigmático. Era una pregunta que se había esperado, que había planeado mil veces responder, pero que finalmente no quería ceder al dominio del amor. No se dejó emocionar. Les observó y habló en español, ya sin apenas acento. Les dijo que por aquel entonces no estaba cómodo en su casa ni en su instituto, que Pierre había muerto de inanición en España, que se había convertido en un extranjero absoluto, un paria, un ajeno que no poseía un lugar para sí mismo. Les dijo que pensó en el suicidio y aquello inquietó a sus padres, que temblaron. Luego recordó a la abuela, porque ella había sido muy importante en su decisión. La abuela que siempre había dicho que él era prudente tenía razón. Pierre era prudente y la prudencia le hubiera llevado a la muerte. Si él se hubiera quedado en la casa y hubiera seguido viviendo aquel infierno que tenía por monotonía porque era lo prudente hacer, porque esa era la decisión cautelosa: siempre esperar que todo mejore, siempre tener la esperanza y pensar que es cosa de uno y que uno cambiará; si hubiera decidido eso, estaría muerto. Decidió lo contrario, decidió romper con todo, salir de la comodidad de una vida sin penurias, decidió obviar a unos padres que no le entendían y buscar su vida fuera porque la que tenía dentro se había extinguido.

Aquellos padres, con el pelo encanecido por la duda y la pena de aquellos siete años, con las arrugas tempranas en su rostro, entrelazaron los dedos y miraron a su hijo. Se dieron un apoyo mutuo y silencioso, observando a aquel que habían creado ellos dos y que ya no reconocían. Estaban ante un monstruo o quizá ante un semidios, no lo entendían, ambas posibilidades eran reales pero algo, quizá el amor incondicional de la sangre o un entendimiento más íntimo, le llevó a uno de ellos a aclararse la garganta y preguntar lo que tenía que preguntar: ¿encontraste lo que buscabas?

Pedro asintió y volvió a sonreír, esta vez porque el contenido de su relato sería distinto a lo habitual, lleno de palabras que se consideran tabú o que al menos son difíciles de hablar en esa intimidad algo artificial que se da entre padres e hijos. Para él, que había renunciado a sus padres, ya apenas tenía vigencia la ley silenciosa sobre lo permitido.

Sí, respondió, he viajado mucho. He trabajado de camarero en Madrid, de azafato en Barcelona, he vivido en Málaga de la caridad de una mujer con quien me acostaba, en Cádiz conocí a un italiano que me llevó consigo a Nápoles y que me dio trabajo en su restaurante. He hecho de chico de correos en Milán, y allí también conocí la pobreza absoluta y me prostituí por dinero. No os asustéis, todo fue bien, nunca me he arrepentido ni tengo ninguna enfermedad, se trató de un trabajo más que no duró demasiado y que me permitió vivir. Estudié un par de cursos y me mude a Roma donde trabajé de barrendero, no dure mucho, volví a Rouen, papá, y dejé flores en la tumba de la abuela y del abuelo. Luego trabajé en París en una floristería. Allí me enamoré de una chica catalana y volvimos juntos a España. Vivo en Barcelona. No trabajo, pero quiero abrir una cafetería en el Rabal, ahora mismo ese es mi sueño. He caminado mucho, he hecho cosas terribles, he robado, mendigado, he leído mucho y he aprendido. Descubrí a las personas, descubrí el calor humano y el sexo y el valor del dinero. Me han hecho daño en todos los sentidos que uno puede imaginar pero aquí estoy, de una sola pieza, con dos cicatrices que no me causan desazón, con muchos recuerdos y sin remordimientos. Sólo tenía uno y era hacer esta visita que siempre me ha pesado. Sí, encontré lo que buscaba, me encontré a mí mismo. ¿Y sabéis? Además de todo eso, además de lo importante y de ser feliz, resulta que ella me llama Pierre.

Arco 2011

La feria de arte contemporáneo de Madrid 2011 (Arco) se abrió el pasado día 16 y el 17 fue inaugurado por sus altezas reales los príncipes de Asturias. Yo acudí en semejante día un poco por casualidad y, aunque no vi rastro de coronas, quedé bastante conforme con la selección que se nos presentaba en la feria de este año.

El invitado era Rusia, y se notaba, Kandinsky era una de las referencias más claras que uno se podía encontrar. Kandinsky por todos lados, reinterpretado en cuadros donde las figuras eran huecos en el lienzo o sobreponiendo lineas finas de metal aquí y allá. Me llamó la atención unos móviles que me recordaron a Miró, pero que muy bien podían haber realizado el autor ruso, frágiles como patas de araña y enmarañados y llenos de esa intención “afilada” que Kandinsky ya asociaba con lo nervioso y lo agresivo. Aquello era un caos afilado y tanto cuchillo volando me hizo pensar en si eso era lo que los nuevos artistas entendían por crisis, utilizando el lenguaje de semejante genio. La crisis, como en todo en estos tiempos, estaba ahí: en carteles, en los folletos, conferencias, charlas y arte de crisis, todo gira en torno a semejante circunstancia que parece dirigir nuestra vida, con razón al parecer. Sin embargo, a pesar de que este año la feria cuenta con dos pabellones, cuando en otros años disponía de más, se ha cuidado bastante la exposición y el resultado es bastante admirable.

Como siempre mucho de lo que había allí cumplía los cánones tópicos que en toda feria parece que tiene y que debe de haber. Uno se encontró con una heterogeneidad asombrosa: relecturas de los colores puros; abstracciones que buscaban texturas más agresivas; arte pop desde sus cien puntos de vista; surrealismo desbordado, reelaborado, reconstruido, expandido y concretizado; juegos espaciales; rupturas de las dimensiones; el siempre controvertido videoarte; criticas a la sociedad de consumo, a la religión, a la política, a la globalización; fotografías manipuladas; algo de instalaciones y mucho más.

Y es que el arte contemporáneo es un lío que aún no se ha entendido a sí mismo y parece que le queda un largo camino hasta llegar a ese punto. Arco refleja esa crisis dentro del sector, (que quizá no tenga nada que ver con la económica o quizá sí) pero sí que deja sitio para el optimismo. Sí, porque no podemos tachar Arco de una total basura, había mucho salvable, muchas muestras de un posible futuro. En especial me gustaría destacar la selección española de galerías como Espacio mínimo, (que me encantó, simplemente) o La fábrica. Sus stands fueron de los que más me agradaron.

Mi opinión final es bastante favorable. Parece que, por fin, hemos dejado atrás ese afán de realizar un arte que espante, que sobresalte; quizá sea cosa de la crisis por lo que el Arco de este año era menos agresivo, más convencional si lo queremos decir así. Atacar la sensibilidad del visitante antes era uno de esos objetivos desgastados de tanto uso y ahora parece que se explota otras vetas, aunque había de todo, claro. Sea como fuere, ojalá que esta feria tenga éxito porque en mi humilde opinión se lo merece, se ha hecho un esfuerzo por presentar un buen producto y les ha salido bien.

Mañana arco cierra, pero hoy y mañana estará abierto a todo el público. Para aquellos que no quieran ir o no puedan les invito a visualizar la galería de fotografías, así podrán hacerse una idea sin moverse del sillón (aunque no le pidan mucha calidad artística a mis capturas). Visitar la feria es una oportunidad que recomiendo para aquellos fanáticos del arte contemporáneo, al fin y al cabo es la gran muestra de lo último de lo último en este mundillo (a nivel más bien europeo, eso sí) Además, nos permite poder disfrutar de las galerías de otros países en nuestra propia capital, lo cual, sin duda, es cómodo. En resumen, vayan, diviertanse, disfruten, critiquen, caminen, agotense, asómbrense y admiren, pero no se crean nada.

La moda y Madrid

Serrano hoy, 25 de septiembre, “abrirá” sus puertas con un VIP day (Very Important Pedestrian Day) al más puro estilo de las citys de la moda de otros tantos lugares. Tras dos años de reformas, esta calle de tiendas de lujo, por algo se insiste en llamarla la “la milla de oro” sigue con su pretensión de convertirse en un referente de todo el boato en España, acercándose así a otras grandes calles como la fifth avenue de New York, la New Bond Street de London o les Champs Elysées de París. Madrid apenas figura en el mapa de las calles más caras del mundo, de más glamour y estilo, eso es lo que poco a poco se intenta de remediar. ¿Como? Además de esta inauguración, todavía estamos aspirando el perfume de la Cibeles fashion week, y por si fuera poco en este mismo mes hemos disfrutado de la Fashion’s Night Out Madrid, organizada por la revista Vogue. Parece que nuestra capital está a la moda más que nunca, buscando su rincón en esta industria de millones que se fundamenta en el buen gusto.

No nos dejemos marear, uno podrá pasar mañana por la calle Serrano, “estrenando” esa calle, como nos repiten desde unos carteles de color rosa que hay por todo el centro, y sentirse un poco despistado ante lo que parece que será un derroche de glamour, gente bien vestida y ropa cara. ¿Por qué tanta fascinación? Bueno, sin duda todo esto tiene su explicación. Que Madrid pretenda ser localizado como un punto de este mundo no es raro, al fin y al cabo, como ya comentaba arriba, es una industria que mueve millones. La pregunta detrás que quizá sea más difícil de hacer es la siguiente: ¿Por qué mueve millones?

La moda, el mundo de la ropa y complementos agrupa un sin fin de prendas, de vendedores, tiendas, fotógrafos, modelos, diseñadores, escritores, maquetadores, empresarios y mucha más gente que vive de ello, pero viven porque es un negocio que funciona. ¿Por qué funciona? Habitualmente se tendía a decir que era cosa de mujeres para ponerse guapas, algo así como una característica del voluble género femenino. Sin embargo el mundo de los hombres nunca estuvo exento de ciertos patrones de moda, quizá más sobrios, pero siempre hubo algo, nadie puede negar esto. En los últimos años, el cuidado sobre el aspecto se ha generalizado, superando también esa vieja barrera del mundo masculino. Todos buscamos estar guapos, todos recurrimos a la moda en mayor o en menor medida, buscando una imagen que mostrar. Ahí está el quid. La moda se ha convertido en el método contemporáneo de expresión del individuo. Las artes han quedado relegadas a unos pocos con talento o inspiración. Es cierto que sigue habiendo una gran cantidad de personas que escriben, componen música o la interpretan, que bailan, pintan o son actores; sin embargo hay gente a la que nada de eso le atrae o que, con el tiempo, se olvidan de esos “hobbys”.

En cierto sentido, nada descabellado si nos paramos a pensar, la moda se ha convertido en un arte con mayúsculas. Es arte porque el diseñador es un creador que expresa su imaginario dando forma a un objeto que se reflejará, no sólo como el producto de su creatividad, si no también como garante de una serie de conceptos, de cultura, de ideología, de religión, pensamiento e incluso de historia. De otro lado, es también arte porque con ese producto que ha sido diseñado, un individuo cualquiera puede tomarlo y transformarlo, interpretarlo por sí mismo modificándolo o acompañándolo de otros productos, creando así mismo una nueva composición que le servirá como forma de expresión de sí mismo.

Todos los días nos vestimos, decidimos sobre un conjunto de prendas muy diversas que ya de antemano hemos elegido en la tienda para que represente por nosotros esa imagen que queremos dar al mundo. Incluso cuando no elegimos ni compramos, cuando nos limitamos a ponernos ropa heredada o de hace años, aunque vistamos sin ninguna preocupación por lo que llevamos puesto, aún entonces estaremos optando por mostrar esa impresión concreta de dejadez ante los demás.

Lo fantástico de la moda es que permite unas permutaciones infinitas, haciendo posible mostrar tantas obras como nuestra imaginación pueda concebir y nuestra cartera conseguir. La moda nos describe a nosotros mismos según nuestra selección. Lo que llevamos puesto revela bastante sobre la personalidad de cada uno y juzgar a alguien por la “primera impresión” quizá sea precipitado, pero es inevitable y una manera inmejorable de ver cómo se revelan muchas de las características de las personas.
Es un gran negocio que, lejos de ser despreciado como algo menor en lo que no merece la pena fijarse, debería ser considerado con un mayor interés por esos grupos que aún creen no haber sucumbido a la industria de la moda, porque lo han hecho, aun al elegir no decidir.

El VIP day de la calle Serrano es, sencillamente, una exposición de lo más caro que hay en este arte, un recorrido por algunas de las tiendas especializadas en la ropa con más ceros en sus etiquetas, y también un homenaje a la moda, buscando dejar constancia de que es un mundo glamuroso donde están los que más dinero tienen, las personas más importantes del país, que se pasean por una calle de Madrid. Serrano busca que la mimen, ¿lo conseguirá?

Extraordinariamente común

Hay algo extraño en un día corriente, en una mañana corriente mejor dicho. Busquemos un día cualquiera, un Jueves, por poner un ejemplo. Sobre las siete de la mañana las calles van despertando lentamente y en las horas siguientes el sol se alzará, perezoso y la luz inundará todo, dejando el mundo real sometido a su claridad. Pero sigamos un poco más y lleguemos hasta una hora más prudente: pongamos que son ya las diez de la mañana, nos hemos levantado, hemos desayunado y nos hemos duchado y vestido. Luego, tras suspirar y coger coraje o bien rápidamente y sin pensar en lo que hacemos, salimos de nuestra casa o del lugar que fuera donde hemos pernoctado. Nos encaminamos en un paseo corto, pero esta vez debemos fijarnos en los detalles. Estamos ociosos y no tenemos casi nada que hacer, así que lo primero de lo que nos damos cuenta es de la luz. Es una luz brillante, intensa, de un día de otoño temprano, muy pura, casi con color, amarilla, naranja a veces pero con rayos irisados azules o verdes allá donde están los árboles, o rojos cuando pasa ese coche. Así nos damos cuenta de que esos colores están más vivos hoy.
Continuamos en nuestro paseo y tomamos un bus que nos lleve a una distancia más o menos grande, quizás un trayecto por la castellana en Madrid sea perfecto, o por la gran vía de les corts catalanes en Barcelona. ¿Qué vemos? Podríamos no fijarnos si tuviéramos que acudir a algún lugar en concreto, si tuviéramos prisa, si estuviésemos pendientes del ritmo del latir de nuestro reloj. No es necesario estarlo, no tenemos por qué mirar la esfera terrible de ese parásito que llevamos atado a nuestra muñeca y al que pertenecemos aunque creamos lo contrario. Esclavista y esclavo no parecen ser ya quienes deberían. Pero no, no es tiempo de tales observaciones, no hoy que somos libres, que vamos en bus sin un lugar muy concreto al que llegar, sin una hora fija e inamovible que cuelgue sobre nosotros como una suerte de espada de Damocles.
Pagamos el billete, nos sentamos junto a la ventana y observamos las calles, observamos el discurrir del trafico, que a estas horas ya fluye con facilidad. No entran demasiadas personas en todo el recorrido, no hemos de sentirnos presionados por una gran masa de humanidad, así todo es fácil. Mientras el vehículo avanza en su ruta prefijada nosotros vemos en la calle a cientos de personas que vamos dejando atrás, todas ocupadas, todas con algo importante que hacer, con el tiempo justo para desayunar un bollo mientras hablan por teléfono, caminando con rapidez hacia un bloque de oficinas. Se mueven, han de trabajar, van a estudiar o al cole. Algunas mujeres van de compras vestidas para dejarse mimar mientras esperan que le traigan una prenda de talla menor a la que en un principio ellas había, escogido; o traen bolsas de supermercado, enormes, que cargan con esfuerzo. El mundo se mueve, el progreso poco a poco se va produciendo en esas fabricas que son ahora las oficinas, las enormes torres llenas de cubículos, de mesas y de otros objetos, personas, que forman parte, a esta hora, del mundo del negocio. El país progresa o se hunde en función de todos ellos y podríamos preguntarnos qué ocurriría si todas esas personas, esos afanados trabajadores encorbatados dejasen de trabajar a un mismo tiempo, si dejasen de hacer lo que hacen sin concesiones ni piedad al país o a sus jefes o clientes. ¿Se detendría el progreso? ¿Se tendría la crisis o la recesión? ¿Nos perpetuaríamos en un estado neutral en que, si quisiéramos, podríamos ser felices en la inactividad? Pero no podemos preguntarnos esto, no podemos porque las cuestiones no tienen respuesta, es una hipótesis demasiado exagerada y nos debemos de reprender por ello.
Llegamos a nuestro destino, los minutos han pasado casi demasiado rápido, o no han pasado, quizás solo ha transcurrido el tiempo imaginariamente para nosotros. No nos hemos dado cuenta de nada y ese vil enemigo aprieta en nuestra muñeca y se hace pesado, reclamando una atención que no le daremos. Nos bajamos del autobús y respiramos ese aire de ciudad que vive y se mueve, que trabaja. Podemos buscar un buen punto, un banco o un lugar algo apartado para sentarnos y comprender desde allí, oteando, lo que ocurre en esta ciudad; para observar a todos esos trabajadores que van de un lugar a otro, a esas personas que van a hacer la compra, a los pocos niños que no están en el colegio por ser demasiado pequeños para ir todavía, con sus madres metiéndoles prisa o dedicándoles mimos tiernos. También nos daremos cuenta de los viejos, aunque esta palabra haya pasado a ser casi considerada un insulto, las personas mayores, los ancianos, que se han convertido en otros observadores ajenos al mundo, al igual que nosotros, y que observan las distintas personas ir de aquí para allá sin detenerse, sin fijarse en nada, como alguna vez ellos mismos hicieron, hace años. Quizá estos abuelos caminaron cuando eran jóvenes por aquella precisa calle, sin darse cuenta de donde pisaban o cerca de quien pasaban. Ahora son como figuras pensantes que realmente discurren poco, que sólo observan, cascarones entretenidos en dejar pasar un tiempo que para ellos discurre lastimero, como minutos enfermos que avanzan costosamente.
Ahora, en este momento, aquí, en mitad de la ciudad, el mundo gira, es un mundo lleno de movimiento, de acción, de palabras, de hechos. Gira alrededor nuestro, pues somos un eje clavado en el mundo, un punto quieto ahora que todo está tan ocupado, afanado con seguir, con no detenerse. Aquí, en medio de lo más común, de lo diario, de lo inmutable de todos los días, hay algo extraño que nos asombra, una artificialidad o magia en este rito que todos cometemos cada día cuando nos levantamos, abrimos la puerta y salimos a un mundo en el que nada nos parecerá extraño ¿será porque no nos fijamos?

Hablemos de teatro

Supongo que la “labor” de alguien que opina sobre distintas expresiones del arte, ya sea literatura, teatro, cine o X cosa, es exponer tanto lo que le gusta como lo que no, aunque decir lo malo siempre ha sido una tarea menos agraciada que la de alabar. Por este hecho, tras pensarlo unos días, he decidido escribir mi humilde opinión acerca de la representación de “El mercader de Venecia”, obra de Shakespeare que actualmente tenemos en el teatro Alcázar de Madrid.

Tras ver criticas y opiniones en distintos lugares de la red me decidí a acudir y, para agravar la futura situación llevé a unos amigos conmigo. Un Shakespeare siempre es agradable de compartir con alguien.
Empezando por el vestuario, la iluminación y la escenografía, que eran lo mejor de todo, aún así eran pobres y no aportaban nada a la representación. La puesta de escena era torpe, muy mal ejecutada. La actuación es el punto en el que me cebaré: De los personajes principales no se salva ninguno. Porcia, la bella protagonista, era bella, hasta ahí bien pero en vez de ser una reina parecía toda una actorzuela que no había pisado un escenario en su vida, sus diálogos eran forzados y casi se la podía escuchar como contaba las palabras para saber cuando llegaba su propio texto, sobre el que se apresuraba y exageraba. Antonio era un monigote engreído, solamente sabía mirar al público, como quien mira un espejo esperando verse bello, en ningún momento expresó un mínimo sentimiento y contaba sus pasos como Porcia sus palabras. Bassanio fue un enamorado de vodevil que recitaba sin saber hablar, se equivocaba y atropellaba continuamente y no sabía moverse en el escenario, siempre nervioso. Por último Shylock se pasó gritando de un lado a otro del escenario toda la obra, alargando los quejidos sobreactuando de manera terrible, provocando un dramatismo tan insufrible que uno incluso suspiraba de hastío.
A favor de los actores secundarios, he de decir que ellos sí tuvieron notables actuaciones, destacando un Graciano muy acertado.
Sencillamente es la peor obra que jamás he tenido la desdicha de ver. Si no salí del teatro fue por un respeto que realmente está injustificado. Una pena que una obra de Shakespeare tan divertida y encantadora se transformara en esa aberración.

Por contraponer un poco este desagradable asunto, he de añadir que en los últimos días acudí a ver otra obra que se representa en el teatro Español de Madrid, “Escenas de un matrimonio – Zarabanda“, escrito por Ingmar Bergman. Las actuaciones, la dirección de escena, la escenografía, la iluminación y todo en general eran de una ejecución cuidada y muy acertada, fue una agradable representación. Si bien en esa ocasión el libreto en sí es quizá algo pesado por lo trascendental de todo, no parece dejar una pausa a quien lee la obra para poder digerir y pensar sobre lo que se le está mostrando. Al margen de eso fue una buena manera de pasar la tarde.

Quizá viendo esto podríamos pensar sobre el teatro, en el cómo se ejecutan las obras. La segunda obra, de un autor conocido aunque quizá no demasiado fue una espléndida muestra de cómo se hace teatro y sin embargo el teatro estaba bastante vacío. La sala de El mercader de Venecia, sin embargo, se encontraban prácticamente llenas a pesar de lo desafortunado de su representación. Parece que un Shakespeare asegura un buen numero de entradas, de dinero, y una vez se tiene eso lo demás importa menos. Triste en verdad.

J.C.Adam

Era perfecto, el bueno de J.C.Adam era perfecto. Todo el mundo lo decía. Lo llamaban así por su madre, americana, a todos les hacía gracia llamarle Adam aunque nunca supo inglés. Ni siquiera recuerdo qué letras seguían a sus iniciales.
Adam se levantaba todos las mañanas a las 6:34, se acicalaba minuciosamente, se engominaba el pelo, se vestía con cuidado y tenía un alfiler de corbata distinto para cada día de la semana. Nunca se confundía, el del lunes siempre lo llevaba el lunes, el del sábado siempre se veía brillando en su corbata azul del sábado y así con todos. El bueno de Adam, todos sus amigos le llamaban así y las mujeres siempre decían que era perfecto.
Yo le conocí una noche en Madrid, no recuerdo el año pero él tendría los treinta y yo sólo unos pocos más. Era un buen tipo, le invité a un whisky en el Pasapoga y nos fuimos todos a casa de Julio Gómez, un republicano al que habían sacado de la cárcel poco antes. Estuvimos en el apartamento hasta tarde y a Adam se le veía incómodo. Era guapo, muy guapo, lo dijeron todas y más de una se le acercó buscando un cigarrillo y algunas palabras vacías, todo acogido por interminables caídas de pestañas. Dicen que fue Julia la que se enamoró de él aquella noche pero yo creo que fue la rubia de Paula, nunca lo supimos porque las dos dijeron que era perfecto.
Adam tenía alquilado un piso en la calle Fuencarral, que por entonces era muy distinta a como es hoy. Por allí pasaba el tranvía si no recuerdo mal, aunque mi memoria me juega malas pasadas a estas alturas. Aquella noche Adam se metió en la cama incómodo y cuando amaneció la aurora de rosáceos dedos, como F.L. solía decirnos, aquel hombre, cuya identidad dependía de un apellido que nunca sintió suyo, se despertó exactamente a las 6:34. Se lavó acariciandose con agua de colonia, se engominó el pelo hacia atrás como siempre hacía, observó su colección de alfileres y, aunque era Jueves aquel día decidió, para asombro del retrato de si mismo que le observaba desde el aparador, el alfiler del domingo.
Adam era perfecto, las mujeres siempre lo decían. Nunca he entendido que veían las mujeres de perfecto en meterse una bala en la cabeza un Jueves de Marzo. J.C. no dejó ninguna nota y cuando nos enteramos de su fatídico fallecimiento, F.L. meneó la cabeza susurrando: el bueno de Adam.
Definitivamente la bondad y la perfección son atributos extraños que no tengo ni aspiro a ellos.