Bestiario nocturno

De monstruos se trata cuando uno quiere imaginarse a esos animales que en la noche tratan de asaltar, por curiosidad instintiva, las fortalezas que erigimos para guardar nuestras cálidas camas. Nosotros, suerte de inteligencia limitada, seres blandos sin garras ni fauces, nos aferramos a las mantas como si fuera el acero protector de las viejas corazas que yacen sobre maniquís en museos acristalados.

¿Qué quijote nos va a defender? El anacronismo está penado con el sanatorio y sólo nos queda dormir con pastillas para que, si el ataque se produce, no nos enteremos de cómo nos devoran las entrañas. Monstruos bicéfalos o monocéfalos, que la imaginación nos engaña, que las pesadillas crean, que los artistas inmortalizan; todos ellos reptan en la larga noche, a la espera de que nuestro miedo se active y puedan oler el sudor que guía hasta la sangre.

Pero esos no son los peores. Los más terribles, los que de verdad debemos de temer con pavor autentico, esos son los que surgen de nosotros mismos, desde muy dentro. Esos monstruos nacen en alguna parte de nuestro cerebro, en una idea perdida que vuelve. La mortalidad nos acosa, los sentimientos, las personas a nuestro alrededor, todo eso se transforma en la noche, como si la luz de luna de verdad obrara el milagro del licántropo. Todo nuestro mundo se transmuta y ojalá sus nuevos habitantes tuvieran forma de lobo, pero no. Lo que nace en el útero infernal no tiene forma fija porque va mutando poco a poco, es como una niebla que cambia de silueta según avanzan los minutos en la noche; de esta manera se mezcla con nuestra propia sangre. Esos monstruos se apoderan de nuestro cuerpo, les pertenecemos durante la noche y mueven nuestra carcasa como si fuera de verdad la suya, nos relegan al papel de marionetas. No podemos hacer nada, somos completamente inconscientes y a la vez creemos ver y no vemos, pensamos que es azul una pared cuando en realidad es roja y así el cristal del espejo se destruye y Alicia surge tras el agujero y nos mira y sonríe con su rostro angelical que se cuartea, se rasga por las mismas arrugas que formaban su bella sonrisa. Ahora Alicia sangra y es nuestro monstruo; gritamos, corremos en un mundo que es el tablero de Ajedrez en el que siempre jugamos la perpetua partida, hasta que el caballero alza la espada y nos derriba con un golpe que atraviesa de parte a parte nuestro corazón.

Nosotros somos los peores monstruos. Mantenemos siempre a esas bestias bien calientes en el interior de nuestro cuerpo, les damos cobijo, somos igualmente responsables de todo ese mal que va surgiendo en nuestro interior. En la noche, mientras dormimos, surgirán y nos atormentarán, poblarán los armarios o respiraran bajo nuestras camas y como niños sollozaremos esperando que llegue el día, pero no llegará, porque en los sueños siempre es de noche, nunca hay sol en lo alto.

¿Entonces? ¿Cómo mantenemos a raya a esos monstruos? No podemos, esa es la respuesta, porque la noche es suya, suya completamente. Pero no el día, el día, con el albor, con toda su actividad, con un mundo en el que no caben huecos donde se puedan esconder los monstruos, en tal lugar nosotros estamos victoriosos. ¿O no? Hay una excepción: ciertos monstruos, los más sanguinarios, los más peligrosos y terribles. Esas criaturas nacen, como todas, en nuestro interior, quizá cuando somos niños, pero, en vez de conformarse con el reino de la noche, poco a poco se van apoderando de la mañana y medrando en nuestro inconsciente. Esos parásitos se adueñan progresivamente de nuestros ojos, de nuestra voz y nuestros oídos, hasta que sólo podamos sentir y pensar el mundo a través de ellos. Algunos llamarán a eso locura, y sí, quizá sea el termino más adecuado porque estos monstruos nos terminan transformando en dementes y nos impiden ver el mundo como es. Unos lograrán prevalecer sobre el individuo y ocuparan su lugar, mataran a otras personas y harán las más terribles cosas que el ser humano es capaz de concebir en pesadillas. Otros de estos monstruos permanecerán agazapados, mostrándonos su mundo, alterándolo en ese sádico placer por convertir lo que es en lo que no es, por decorar con falsedades la realidad. Esos monstruos nos llevarán a la verdadera demencia, a gritar en la noche y en el día, a ser esclavos de la mentira y a la extinción de nosotros mismos, pues quién puede vivir en un mundo que no existe.

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Indomable

Indomable, como las selvas africanas o las bestias de corazón oscuro que dormitan en el día y abren los ojos por la noche. Indomable era él en las navidades de 1973, con ese pelo siempre despeinado, que parecía incapaz de poner en orden. Los ojos eran oscuros y tenia un porte desgarbado, era alto, pero nada afectado. Alguien dijo que era un hombre rústico y yo negué con viveza, no me parecía el adjetivo adecuado. Su atractivo estaba en otro lugar y me propuse buscar cuál, por curiosidad, por aburrimiento. Al fin y al cabo la fiesta estaba muerta y no me apetecía hablar de política ni cotillear con los de siempre sobre las últimas conquistas sexuales del grupo o la ficticia metafísica de sus vidas. Si se querían crear un mundo propio sometido a sus reglas donde ellos mismos fueran distintos a lo que en realidad eran, terminé por comprender que era problema suyo, que los hombres lo hacían desde que existe nuestra raza y que se debía a un fallo en la personalidad. Yo, en mi inmodestia, lo achacaba a una inteligencia limitada y constreñida.

Pero volvamos a él, es una lástima que no recuerde su nombre, pero era un chico alto, sí, eso ya lo había dicho. Curiosamente, en contraposición a las apariencias, tenía un buen nivel de conocimientos, no le afectaban los aires modernos de muchos de los mal nombrado “creadores” que había en aquella misma sala, y tampoco hablaba excesivamente sobre ellos, de hecho tendía al silencio, a escuchar y opinar con una humildad genuina. Era extraño su presencia allí, como un animal auténtico rodeado de grupos de pintorescos, exóticos y maquillados artificios. Una poetisa, apasionada de Cortazar, dijo que era un puro cronopio. Podría ser una descripción bastante clara, aunque muy difícil para cualquiera fuera de ese mundo literario del argentino, o incluso para los que están dentro. Cronopio no era algo fácil de describir, justo como aquel hombre. Supongo que la descripción era apropiada.

Terminé concluyendo que esa era la fuente de su encanto, precisamente lo indescriptible de su persona. Había llegado a aquel punto cuando Salvador se subió a la mesa, borracho como nunca, y con su voz grave de filósofo o profeta abrió los brazos y clamó:

“¡Ah, necios que miráis los atardeceres esperando que vuestra pena se oculte con el mismo sol!”

He de decir que un escalofrío recorrió mi espalda, escuché risillas, muchas forzadas, a nadie le había gustado aquella sentencia que parecía decir la verdad hiriente que no gusta ver. Abraham negó, muy digno, e hizo una gracieta sardónica que alguno le aplaudió. Me lo esperaba de él, precisamente porque estaba seguro de que Salvador había dado en el quid de la mentira de su vida. O puede que fuera el vino la causa de estos pensamientos. No lo sé, pero una vez bajaron al filósofo de su estrado la fiesta continuó y me fije, otra vez, en aquel hombre, que había asistido ante la breve lección con un gesto tranquilo, no parecía haberle afectado y miraba en aquel momento a la ventana, a la noche.

Me acerqué, no pude evitarlo. La curiosidad mató al gato y yo siempre me he sentido algo heredero del mundo felino, al menos en ese campo.

-Una copa por tus pensamientos. –Dije, y lo recuerdo bien porque precisamente le ofrecí una copa con intención de despertar en él un agradecimiento que me devolviese saciando mi curiosidad.

Me aceptó la invitación, sonrió amablemente y bebió un sorbo.

-No hay nada importante –respondió brevemente-. Pensaba que Salvador tiene razón, hay personas a las que les gusta quejarse para darse importancia, pero esperan que los problemas desaparezcan sin más y los ocultan en vez de solucionarlos.

Luego bebió un trago más, dándome a entender que eso había sido todo lo que cavilaba.

Creo firmemente que aquel hombre tenía razón, de forma sencilla expresó precisamente lo que yo mismo rumiaba no mucho antes. Observé a Salvador, que a su vez miraba con odio borracho a Abraham por la broma que le había gastado a sus espaldas; noté desprecio en aquella mirada. Luego me fijé en Abraham, ficticio todo él, hueco, puro maquillaje, su vida era una ilusión tejida por él mismo, que creía devotamente aunque fuera inventado, pues él no lo veía así.

Negué apesadumbrado. Es triste, creo, tener un corazón accionado por emociones egoístas, que no es capaz de sentir algo por otro o de realizar cualquier cosa gratuitamente. Un corazón que se mueve sólo por él mismo, por su beneficio, que espera dar la imagen adecuada de cómo querría parecer ante los demás. Esas personas no aman, sólo ambicionan. El consuelo de estos pobres entes artificiales es que, al igual que el ignorante, ignoran aquello que precisamente ignoran. De esta manera viven felices, aunque lo que vivan sea una mentira.

¡Qué feliz es quien ignora!¡Qué feliz es quien miente tan bien que se cree sus propias mentiras!

Por suerte siempre existirán hombres indomables sobre los que nadie, y mucho menos aquellos que se mienten a sí mismos, conseguirá tener potestad o extinguir su inocencia.

La decadencia de la mentira


Titulo original: The Decay of Lying
Autor: Oscar Wilde
Editorial: Siruela
Traducción: Maria Luisa Balseiro

De nuevo la dualidad cromática y enfrentada de las portadas de La biblioteca de ensayo (serie menor) que la editorial Siruela nos tiene acostumbrado a ver, nos llama la atención sobre uno de sus pequeños libros. En esta ocasión la portada naranja y púrpura nos presenta La Decadencia de la mentira.

Que Oscar Wilde era un genio nadie puede dudarlo, su reedición del fausto en la piel de Dorian Gray fue el culmen de una carrera espléndida. Como escritor era inimaginablemente bueno, si como pensador era soberbio. Este breve ensayo, que el mismo subtitula “Una observación” es una magnifica ocasión de conocer al Wilde más critico y directo. Estamos ante un escrito de estética bellamente elaborado que uno lee con una sonrisa en la boca de pura satisfacción. Wilde nos elabora aquí la decadencia de la mentira, que ve como sintomático de la propia decadencia de la sociedad de su tiempo, de la sociedad moderna podríamos decir, ya que leyendo uno puede encuadrar esa Inglaterra que él nos describe con nuestra época actual. El arte es aquí el gran problema, de cómo se trata el arte, de cómo se busca y se alaba las actitudes más realistas sin entender las nuevas “modas” y las nuevas concepciones de un arte que estaba mutando. Hay que recordar que Wilde vive en el siglo XIX, periodo en el que nace el impresionismo, el movimiento artístico que rompe definitivamente con la representación de lo real. Wilde defiende la nueva concepción, y alaba la creación artística defendiendo su importancia a la vida, incluso nos llega a defender que no es el arte quien bebe la vida sino todo lo contrario, es la vida la que se inspira en el arte. Semejante dictamen es algo enrevesado y podríamos decir que no es cierto pero una vez leemos el texto las palabras de Wilde tienen completo sentido.
Cerrando esta reseña, aprovecharemos lo que Borges un día dijo y cuya frase está incluida en las solapas del ensayo: “Leyendo y releyendo, a lo largo de los años, a Wilde, noto un hecho que unos panegiristas no parecen haber sospechado siquiera: el hecho comprobable y elemental de que Wilde casi siempre tiene razón

Nota de la biblioteca: 9, un ensayo indispensable para aquellos que aprecian la estética.

La razón de la máscara

-Maldito calor. –Dijo Oscar derrumbándose en la chaise longue.
Ella comprobaba ante el espejo su maquillaje, las sombras, el colorete. Apretó los labios, ahora de color rosa. Estaba lista. Se volvió hacia Oscar indignada:
-¿Qué esperabas? Tú quisiste mudarte, si no te hubieras obstinado en publicar aquella… novela ahora mismo nos encontraríamos sentados cómodamente en el West London, en aquel pequeño jardín de los Looper, tomando té frío.
Oscar dejó los ojos en blanco:
-Otra vez no, Erika. Te lo suplico.
La mujer frunció los labios, recogió un gran abanico color azul turquesa y comenzó a refrescarse con él.
-Sólo digo que debería ser yo quien se quejase.
-¡Pero si lo haces a todas horas!
-¡Más debería hacerlo! –esta vez cerró el instrumento para enfatizar su enfado. Aquel gesto de recoger y abrir de nuevo el abanico de madera se había convertido en una nueva costumbre, pues lo llevaba a todas partes debido al calor de Panamá-. Si papá y mamá nos vieran…
-Da gracias de que no lo hacen –el joven sacó su pitillera y encendió un cigarrillo-. ¿Quieres? Si estuviera vivo nuestro honorable dad, me habría dado de palos por haber escrito lo que calificaría ante nosotros de: “imperdonable blasfemia”; y ante sus amigos políticos de: “tonterías producto de una imaginación desmesurada”. -hizo una pasa lanzando el humo al aire- ¡Añoro la hipocresía inglesa!
-Lo hubiera solucionado… no tendríamos que haber huido como ladrones…
-Tú viniste porque querías.
La mujer cerró de nuevo su abanico y amenazó a su hermano con él.
-No te atrevas a decir eso jamás, Oscar Henry Ross. ¿Qué iba a hacer? ¿Quedarme allí con nuestro apellido y afrontar tu desgracia yo sola?
-Lo siento, lo siento, te he pedido perdón mil veces… Pero ahora soy Oscar Johnson. Recuérdalo, es importante, y tú eres Erika Johnson. ¿Entendido?
-¡No!
-Pero Erika… –suplicó levantándose del asiento e intentando llegar hasta ella, quien le agredió con el abanico, golpeándole en la mano que tendía.
-Aparta –ordenó estirándose y caminando hacia la ventana, todo mientras agitaba el abanico-. Te quiero, Oscar. Lo sabes, soy tu hermana y siempre hemos sido confidentes… –Esta vez la mujer mudó el gesto mientras observaba el cielo- ¿Recuerdas aquellas tardes de verano en las que el calor era casi tan insoportable… como el de esta noche? Yo me agobiaba en la casa de campo de tía Maggy y tú me leías cuentos de Wilde para distraerme… No sé por qué recuerdo esta tontería ahora, pero quiero decir que lo entiendo, Oscar, eres un artista, y no podría haberte coartado… Además la situación ya estaba muy mal desde aquellas fotos…
Oscar aplastó la colilla contra el cenicero, asintiendo.
-Sí, todo empezó con las fotos.
-Y ahora estamos arruinados –suspiró cerrando el abanico con tristeza.
El silencio se impuso en la sala. El hombre se acercó a ella y acarició su mejilla, luego le dio un beso y le ofreció su brazo.
-Pero ahora vamos a solucionar eso. El baile nos espera, ¿tienes tu máscara?
-¡Oh Oscar! No sé cuanto podré soportar esta pantomima… yo no sé mentir.
-Erika, lo harás bien, sólo ponte la máscara, la llevamos todos los días. ¡Somos ingleses! Nacemos con una careta bajo el brazo en vez de un pan.
-Tú siempre has sido mejor que yo en eso… va bien con tu naturaleza…
-Si fuera así estaríamos en el West London con los Looper, ¿recuerdas? –Hizo una pausa abriendo la puerta de la habitación-. Por eso hoy hemos de hacerlo muy bien en el baile. Quizá ésta sea la noche en que comencemos una nueva vida.
-Y la construiremos sobre mentiras…
-¡No pienses así! –se lamentó Oscar, empezaba a estar preocupado por su hermana.
-Ojalá no tuviéramos que engañar a nadie ¿Por qué debemos mentir sobre quienes somos? No entiendo este mundo, hermano. Estos juegos sociales son tan complicados… –suspiró una última vez- Era una novela, no un crimen…
Juntos salieron de la habitación demasiado taciturnos para acudir a una fiesta, pero con las máscaras asomando desde el bolsillo de sus trajes de gala, a punto para ser utilizadas y convertir aquellos rostros destruidos en otros llenos de vida, con amplias sonrisas que todo el mundo creería como ciertas.
Cuando los hermanos bajaron las escaleras del hotel, Oscar se volvió a su hermana mientras le ayudaba a colocarse su careta.
-¿Sabes algo que decía Wilde? Piensa en ello mientras el coche nos lleva a la embajada. Él decía, si no recuerdo mal, que ser natural es la más difícil de las poses. Estás preciosa, hermanita. Vas a deslumbrarles, sólo acuérdate de sonreír.