El libro

«Mil caballitos persas se dormían
en la plaza con luna de tu frente,
mientras que yo enlazaba cuatro noches
tu cintura, enemiga de la nieve.»[1]

 

Ya han apagado las luces, y los perros están guardados con las herramientas de labrar. Cuando baja la luna salgo al balcón porque el calor se calma, porque en las calles corren ecos de risa y murmullos bajos de canción de cuna. Huele a jazmín y a hierba regada. Cuando baja la luna se perfila la tinta de estas páginas marcadas con un cordoncito rojo, y yo leo. Leo. Pronuncio el nombre de todos mis muertos, y la luna les trae conmigo uno a uno y les busca asiento a mi lado.

Escuchamos juntos el gemido lento de las ventanas abiertas, de donde se asoman las cortinas manchadas de intimidad. Si alguna brisa mueve las ramas nosotros cerramos los ojos, y soñamos con el rumor de un océano lejano de olas negras. Un barco blanco se pierde en los pliegues de seda, la mar lo envuelve sin despertar ningún grito.

Sigo leyendo. Leo. Leo sobre cúpulas rotas como una cáscara de huevo abandonada en la llanura, con sus ventanas sin cristales, con sus muros de barro bajo un sol ansioso por devorar el silencio. Las cigüeñas han huido. Los hombres tienen las cuencas vacías, donde una vez estuvieron los ojos hoy han hecho su nido el azor y las arañas. Aquí el corazón es un tambor resonando en el espacio vacío, y las venas llevan el rumor de un río oscuro.

La noche avanza. Los muertos ya han vuelto a sus camas, arropados bajo una sábana de polvo y barro. Las flores nacen de la herida de sus calaveras, y esparcen su perfume desde las cunetas. La luna cuelga en lo alto de la iglesia. No hay gemidos lentos ni risas ni rezos ni melodías de canción de cuna para mis muertos.

De abajo me llega la respiración de un millar de cuerpos cálidos, porque la plaza se ha llenado de caballos, con sus cascos les sacan brillo a las piedras y se sacuden el calor mansamente, sin apenas ruido. Huelen a camino y a hombre como el jinete huele a caballo y camino. Me esperan y yo voy con ellos. En la fuente me mojo el cuerpo y me inundo la cara, luego me dejo ir por las calles seguido del sonido quedo de las castañuelas. Se acaba el pueblo, salimos al campo, amarillo cuando hay un sol amarillo, ahora sin color como pelo de luna. Los caballos se asustan de sus pasos enmudecidos, corren, galopan y revuelven esta quietud estéril hasta desaparecer a la sombra de un árbol solitario, viejo olmo de todos mis sueños, inclinado en la orilla de una laguna llena de juncos, ese árbol tiene el nervio quemado por un rayo de plata que rasgó la noche cuando yo era un niño.

Tengo miedo. Tengo miedo porque la nariz se me llena de incienso y los oídos del murmullo de hojas muertas. Tengo miedo porque la espada brilla sobre mi cara y me marca las mejillas con arañazos de cristal. Tengo miedo del percutor y su trueno, de la pólvora que me llega con el incienso y de la bala que despierta una flor carmesí. Tengo miedo del aire que no me llega y del tiempo que ha de pasar, de las sabanas arrugadas y de los espejos. Pero el miedo sí me permite avanzar por el campo que la luna hechiza, reconozco en la hierba crines de caballo blanco, y los arbustos son huesos retorcidos llenos de botones dulces.

Camino y me pierdo. Me pierdo con todo mi cuerpo, con mis pies y mi cabeza, con mis pulmones y mi pelo, con mi lengua, con mis manos. De estas manos ha comido un príncipe de piel de trigo y perfume de tierra. Sus ojos eran dos alfileres de plata y hería mirarlos. Yo le esperé en mi casa, pero llegó turbio, comió, bebió un poco de agua, limpió sus labios en los míos, y se lo llevó la noche en su caballo. Después bajó la luna.

Sigo leyendo. Leo. No. Ya no leo. He cerrado el libro.

No.

No.

Despierto.


[1] Federico García Lorca, Gacela del amor imprevisto (fragmento)

Anuncios

Muere Tomaz Pandur, rey oscuro de la escena

«Moriré valerosamente como recién casado en su boda. ¡Vaya! quiero ser jovial ¡venid ¡soy rey! ¿no lo sabíais, señores míos?» – El rey Lear, William Shakespeare

Tomaz Pandur murió el doce de abril a los 53 años de un paro cardiaco en Macedonia, donde realizaba los ensayos de su última obra, el ‘Rey Lear’. Desaparece con él una manera única de hacer teatro, siempre mirando a través de la sonrisa sardónica de quien conoce un oscuro secreto.

Su carrera estuvo llena de éxitos, desarrollándose de manera internacional desde Eslovenia y pasando por, entre otros, Grecia, Croacia, Macedonia, Italia, Alemania, o recientemente Colombia. Residía en España desde hace pocos años, dónde pudo disfrutar de un gran reconocimiento tanto por parte de la crítica como del público. Aquí el director de escena estrenó ‘Sherezade’, ‘Infierno’, ‘Alas’, ‘100 minutos’, ‘Barroco’, ‘Hamlet’, ‘Medea’, ‘La caída de los dioses’, y por último ‘Fausto’ a finales de 2014. Sin duda a Pandur le atraían los condenados, los oscuros descubrimientos, los descensos al abismo.

La iconografía del director, así como la elección de libretos, respondían a un pronunciado interés por las grandes obras del pasado, sin las cuales no sería comprensible su particular universo. Pandur volvía a los clásicos, pero lo hacía transformándolos en otra cosa, revelando su contemporaneidad al mismo tiempo que dejaba en ellos su particular marca. Sus puestas en escena querían revelar un paisaje íntimo y oscuro, ayudado inteligentemente por soluciones técnicas que sobrepasaban el simple atrezo para convertirse en elementos dialogantes.

La exigencia de Pandur a sus actores no estuvo exenta de crítica, o incluso cierta controversia debida a un punto de vista tan cercano y personal. Sabía, no obstante, convocar lo más visceral en ellos, logrando unas actuaciones íntimas y desesperadas, capaces de atraer el espectador a su universo. Destacan de entre sus trabajos el ‘Hamlet’ más oscuro y visceral jamás representado en España; una ‘Medea’ coronada de espanto (ambos con Blanca Portillo como gran dama); su homenaje a Visconti, esa resurrección de ‘La caída de los dioses’ en las salas del Matadero; y un magnífico ‘Fausto’ con Roberto Enriquez en el papel protagonista.

El universo del esloveno ha sido y seguirá siendo único. Fácilmente reconocible gracias a un marcado estilo noir, Tomaz Pandur ha llevado sus producciones a las profundidades más tenebrosas del hombre, exaltando los instintos ocultos. Pandur insertaba los personajes en una atmósfera oscura y hacía partícipe al público de ese viaje en busca de lo perdido. Su marca personal ha sido una mezcla de inquietud metafísica y atmósfera lúbrica y violenta, que acercaba los libretos a la belleza de lo terrible. Hay algo antiguo, perverso y seductor en todo lo que hizo. Le debemos, no sólo la inquietud, los escalofríos en nuestra espalda o la falta de aliento, sino también la excitación por esos cuerpos entregados al dolor. Pandur jugó siempre a provocarnos con la perversión deseada, haciendo surgir la verdad instintiva y primigenia del hombre en un clima melancólico, donde no llegaba la luz y por tanto todo era permitido. Su particular cosmos estaba al otro lado del espejo, (elemento habitualmente presente en sus producciones) donde el pudor no tenía validez y podíamos intuir la verdadera cara del hombre.

Tomaz Pandur no volverá para tentarnos con lo que no nos atrevemos a desear, ni para mostrarnos el reflejo más oscuro de nosotros mismos o hacernos anhelar la caída sin redención, la sumisión total, y al mismo tiempo esa gloria imposible, esa victoria que nunca llegará. El rey ha muerto y la pregunta se impone: ¿Hay alguien capaz de reclamar la corona negra?

tom

Entrada Nº13: Naufragios de papel

Mi vida está llena de papeles, no importa que quiera ser ordenado y disponga de al menos una docena de distintos cuadernos donde voy anotando varias cosas, siempre estoy rodeado de un caos blanco y negro. El problema quizá se deba a ese afán de ser ordenado, pues al tener un cuaderno para cada tarea, a veces me encuentro en quién sabe qué lugar sin precisamente aquel que necesito, entonces emborrono el primer papel a mi alcance prometiéndome pasarlo a limpio después. He llegado al punto de llevar siempre conmigo (además del par de cuadernos habitual) un bloc de cuartillas fáciles de arrancar, con la idea de utilizarlas en los momentos de necesidad. Así este intento de ordenación es el origen del caos de mi escritorio, de mi librería, de mi casa. Los papeles se cuelan por todas partes, en la mínima abertura que encuentran, también se mezclan con otros y juegan a volverme loco cuando intento buscar algún texto concreto.

Una o dos veces al año me veo sobrepasado por esta locura de papel y me entra la ansiedad del orden. Entonces clasifico los papeles: los importantes van grapados con notas explicativas dentro de carpetas debidamente etiquetadas, el resto se acumula en un montón para reutilizar o reciclar. Soy de los que aprovechan el dorso de las páginas usadas, y a veces me pregunto si tanta tinta (mi letra es pequeña y apretada) no echará a perder los procesos de reciclaje… por supuesto esto es una broma privada, me divierten las fantasías absurdas.

Hace un mes estuve de visita en casa de mis padres, me propuse ordenar el trastero, y por azares de los muebles unos dos metros cúbicos quedaban ocultos a la vista. Allí apilé con ímpetu de jugador de Tetris diecisiete años de papeles, manuales y libros infantiles. Entre seis y ocho cajas junto a tres o cuatro bolsas. Dejé todas aquellas palabras allí prácticamente emparedadas porque mi lógica me explicaba que nadie volverá a buscarlos hasta el día en que se venda la casa y me toque volver para trasladar esa infancia y adolescencia de celulosa, pero ni siquiera será a otro lugar, lo más probable es que todo vaya al contenedor azul, o al menos los cuadernos y manuales del colegio y el instituto, que ahora esperan allí por pena, por el temor a desaparece un día y no dejar un rastro que otros puedan llorar.

Andre_Petterson_Burst_8243_375

Burst, por Andre Petterson

Cuando terminé en el trastero me quedé pensativo, de la misma manera en que me sucede los días de fanatismo ordenador en mi propia casa. Estaba sentado en silencio, imaginando que posiblemente mis padres olviden pronto lo que oculta ese mueble entre su lateral y la pared, y si muero antes que ellos no sabrán cómo encontrarlo. Si muero yo antes esta miríada de papeles en mi pequeño apartamento carecerá también de sentido, serán borrones desordenados difíciles de comprender para otros. ¿Qué harán con ellos? Y si mis padres mueren antes ¿Qué haré yo con las carpetas que ellos guardan en sus habitaciones, en el salón y en el estudio? Me parece imposible encontrar el tiempo necesario para enfrentar los documentos, para intentar comprender su lugar, como quien busca el sitio exacto donde encajan las piezas de un puzzle. La muerte desgarra toda coherencia de lo vivido y tras nosotros sólo dejamos un naufragio de papel y huesos.

Miércoles fragmentado: Kyrie, Tomas Tranströmer

“A veces, mi vida abría los ojos en la oscuridad.
Una sensación como de multitudes ciegas e inquietas,
que pasan por las calles camino de un milagro,
mientras yo, invisible, permanecía inmóvil.”*

Estos son los días del cordero, los que bajo su mirada se desatan con las misas en nuestros oídos. ¡Oh, padre, perdóname! Que la desesperación no nos ahogue, que los espíritus tengan piedad de nosotros. ¡Oh, padre! ¡Cuanta sangre he limpiado de mis manos! Ahora sólo quedan dedos huesudos incapaces de sostener una espada o de entrelazarse para el rezo. No me queda ninguna exaltación, no convocaré hoy a la reina de todo o el nombre de nadie. ¡Oh, padre! Cuán altas suenan las campanas. ¡Ten piedad de mí! Ahora me reuniré contigo, intercede por quien tan bajo arrastró tu recuerdo. ¡Gloria! ¡Gloria a la oscuridad! ¡Soy herido! ¡Soy…! Sangre… Mía fue la última palabra… Ahora todo es sangre.

*Lamentablemente no hemos podido encontrar la versión del poema en su idioma original.

Miércoles fragmentado: Macbeth, William Shakespeare

“Life’s but a walking shadow, a poor player
that struts and frets his hour upon the stage,
and then is heard no more. It is a tale
told by an idiot, full of sound and fury,
signifying nothing.”

“La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor
que se pavonea y se agita una hora en el escenario
y después no vuelve a saberse de él: es un cuento
contado por un idiota, lleno de ruido y de furia,
que no significa nada”

Cuando se llevó la pistola a la boca supo que estaba perdido, como si hubiera sido condenado por otro, como si su mano fuera la de otro. No disparó, le temblaba el pulso y el cañón del arma golpeaba sus dientes. Entonces sacó la pistola, gimió un poco arrepentido, se sirvió otro vaso de whisky y lo bebió de un trago saboreando el alcohol. Miró su vieja casa llena de recuerdos, ella los había roto al irse con aquel chaval. Sobre el escritorio, junto a la carta que escribió ella, él había dejado su propia nota, su adiós. Ella le abandonaba y él sabía que no podía vivir sin su presencia, pero en el papel pedía perdón por el estropicio. Ahora era libre.

Volvió a meter la pistola en la boca, apuntó el cañón hacia arriba, dejando que tocase el paladar. Esta vez no tembló, apretó el gatillo. Entonces, sobre el escritorio, ese ligero temblor provocado por el disparo hizo que la cajita de música se abriera, pasaba a menudo y ellos se habían reído muchas veces por el susto. Ahora nadie se había asustado, pero los engranajes giraban, la musiquita dulce llenaba el cuarto y el pequeño payaso bailaba una vez más, en círculos, sin llegar a ninguna parte.

 

La soledad de las estatuas

El taller está vacío. Sobre el suelo hay lascas de piedra, la piel muerta de las estatuas. Si alguien deambulase por aquella estancia tendría que apartar con sus pies los restos desmenuzados o pisarlos y sufrir el crujido bajo los zapatos. Quizá el sonido recordase a un merodeador sus propias ilusiones, pisoteadas, rotas, abandonadas en algún lugar que ya ha dejado atrás. El escultor también abandonó esa estancia mucho tiempo atrás, la dejó vacía de sí mismo, pero permaneció todo lo demás a la espera del retorno de la fuerza humana.

Los cinceles descansan aún en sus lugares, primorosamente colocados, gastados, rallados; algunas herramientas presentan el óxido del abandono, pero la mayoría permanecen fieles a la mano que algún día volverá a utilizarlas. ¿Volverá? El taller quizá espera, quizá no lo hace. La quietud de los años bien podría mostrar otra cosa, un silencio prolongado de cementerio que no va a ser roto, que sólo se interrumpirá cuando un heredero decida vender esas propiedades y aparezca por la puerta sin pretender mancharse los zapatos. Una mirada bastará entonces para juzgar insignificante el valor que sacaría por vender alguno de estos objetos. El dinero de la venta del lugar posiblemente le baste. Quizá el mismo día la puerta se vuelva a abrir y aparezcan otros hombres con las mazas para trabajar, para echar abajo las paredes, para reducir a escombros el pequeño taller. Pero todo eso aún no ha pasado. El tiempo sigue suspendido, el polvo se acumula entre las piedras, sobre las mesas de madera.

Sin embargo no está desprovista de formas humanas la sala, un bloque de mármol permanece en un rincón, lleno de lápiz, es un esbozo de formas que surgen tímidamente, fantasmales. Una rodilla está ya completamente libre, la pierna se ha trazado y ya estaría fuera de no ser por el pie hundido en la piedra tosca, así la extremidad termina en la espinilla de forma tan gradual que no parece raro, que al ojo del espectador no le extrañaría que cobrase movimiento y sacase el pie como si fuera de entre la arena. El cuerpo se anuncia, hay un vientre, un cuerpo pequeño de mujer con los pechos acorralados por la roca bruta, un brazo no existe, el otro alarga la delicada mano invitando a tomarla, a colaborar en la creación. Una simple ayuda y la mujer saldrá liberada; lo sabemos, pero no podemos hacer nada. La cabeza apenas es una forma abocetada, un cuello ligero, una barbilla dulce y unos labios de Venus enamorada.

Sobre una mesa hay otro hombre, otro recuerdo de hombre, este cuenta con una gran brecha en la cabeza. El busto tiene la cara retorcida por la edad, la mirada grave bajo el ceño fruncido y sobre la boca crispada. Parece una expresión demoníaca con la calva abierta por una grieta en el mármol. La figura ha caído de lado y así, en su posición patética, pierde el poder de su mirada.

En medio de la estancia queda una estatua decapitada y ya verdecida, cuya cabeza espera con sus ojos huecos. Espera unas manos que la eleven, la imposición, la coronación, el fin de la obra, el gesto que habrá de darse para que lo incompleto sea completo, para que haya coherencia, un final, un objetivo, un pensamiento. El cuerpo permanece en su andar petrificado, muerto sin cabeza, desnudo en su verde azulado, moteado por desconchones dorados. Sus labios todavía conservan el color originario del bronce bajo una gran nariz, entre dos pómulos corroídos por el tiempo y la lluvia que cae por el techo abandonado. Quizá esta fue la última obra. Está orientada hacia la puerta, como si pretendiese andar hacia ella y salir por fin como ya lo hizo antes Galatea. Su cabeza, no obstante, permanece echada de perfil sobre la mesa y parece tan triste como meditabundo sería su gesto de completar ese cuerpo lejano.

No hay más figuras. Queda algún pequeño muñeco de yeso, trozos de piedra virgen que parecen contenedores de lo posible y ante los que uno quisiera poder descorrer ese velo primero y sacar de él la figura de su interior. Cerca de la puerta se esconde un gran escritorio con bocetos, papeles y cartas amarillentas roídas por las ratas. Una calavera humana hace de pisapapeles sobre un libro cuarteado, en cuya portada se lee Alighieri. También un rosario deja ver su cruz y sus cuentas emergiendo de la capa de polvo. En el centro, frente a la silla, permanece un abrecartas antiguo que bien pudo ser el puñal de Bruto o Casio. Quizá al asirlo el escultor se inspirara en la sangre y el cuerpo del cadáver. Quizá así fuera mejor en su labor.

Sobre el dintel de la puerta, como broma u homenaje, han colocado un pequeño busto de Palas, tras la que se ha creado inquietantemente una gran sombra negra, humedad del tiempo que parece abrir grandes alas.

La ausencia del hombre, del artífice, del amo de todas aquellas cosas que podrían convertirse en imágenes de seres, sólo puede explicarse ya por la muerte. Sí, murió un día mucho tiempo atrás. Antes de que le llegase el dolor insufrible, en el instante que tuvo conciencia de su fin, pensó en su taller, en sus trabajos, en qué dirían de él los libros a partir de su muerte, en si alguien le recordará o será sólo un hombre más que lo intentó. Ahora los restos de su cuerpo, sobre los que nadie posa las manos, duermen bajo una lápida simple, sin esculturas, sin figuras. Un cincel ha grabado los datos a los que nos reduciremos todos: un nombre y dos fechas, un paréntesis. Si tuvo descendencia quizá alguien se apiade de él en sus pensamientos y le recuerde y se atreva a pensar que merece una escultura como homenaje, simplemente porque a él le hubiera gustado.

Por ese pequeño milagro la puerta ahora condenada podría forzarse y abrirse, dejar paso a alguien más amable que escuchase crujir la piedra bajos los zapatos, que se dejase envolver por ese lugar encantado lleno de polvo. Quizá, sólo quizá, esa persona se atreviese a levantar la cabeza de la figura paciente, a encajarla en el cuello ansioso e imponer así la razón como quien origina al fin un nombre o coloca una corona. Se apartará el hombre y la última obra quedará completa.

Teresa

-Tenemos los mismos asientos desde hace treinta años –dice estirándose como si fuera una condesa de finales del XIX, repentinamente atacada con alguna impertinencia.
Pero la chica sonríe extendiendo la palma hacia la anciana:
-Yo trabajo aquí desde hace quince, y es un placer poder acompañarles de vez en cuando.
Teresa no añade nada más, le hubiera gustado hacerlo, pero la contestación de la acomodadora le ha sorprendido. Frunce los labios, vuelve a elevar el mentón, y finalmente deja una moneda en la mano de la mujer.

Rosa toma el segundo asiento de la fila, mientras Teresa se quita el pesado abrigo, y mira en derredor buscando caras conocidas. Acaricia las pieles antes de sentarse, luego coloca la prenda sobre sus piernas. No usan el guardarropa desde hace casi los mismos treinta años, siempre ha habido mucha cola.

Rosa tiene las uñas pintadas de rojo. No comenta nada, pero a Teresa no le parece propio de mujeres de su edad. Superpone una de sus propias manos huesudas a la otra, en un ejercicio inconsciente de comparación. Esta sentada con la espalda recta, y al ser tan delgada y llevar el pelo inflado por la laca, su aspecto es el de un diente de león, aunque sin la fragilidad de la flor. Su posición es perfecta, le gusta pensar en sus modales como los propios de una reina. Así le llamó siempre su padre “mi reina”.

Charlan sobre la renovación del edificio, sobre el cambio de última hora en la soprano protagonista, y luego se dejan llevar por los cotilleos habituales. Se levantan dos veces para dejar pasar a otras personas, y quince minutos después se apagan las luces, y la orquesta entona antes de abrirse el telón.

La obra es deliciosa. Si algún periodista, siempre dispuesto a criticar, ha calificado su ópera como “provinciana” se debe a la simple envidia. “Las capitales tienen el deseo de ser únicos detentores de la verdadera cultura” -dijo una vez su padre. Tenía razón, y Teresa repite aquella frase cuando la ocasión es tan buena como esta.

Salen del teatro, el marido de Rosa espera en la plaza. Conversan unos minutos, luego se separan. Ya es tarde, las once. Teresa repasa mentalmente sus asuntos para mañana: no tiene nada importante, pasará por la librería para comprar esa novela de moda. La propondrá para la próxima sesión del club de lectura. Sí, eso hará.

Chicos con litronas en la plaza, con música estridente saliendo de sus móviles. Teresa pasa más rápido a su lado, apretando el bolso con fuerza. La juventud de hoy no tiene valores –piensa-, todos serán delincuentes, pero yo no lo veré. Esa reflexión, sin embargo, no contempla su mortalidad. Cuando Teresa piensa en la muerte lo hace sobre su funeral, que será sencillo, elegante, y emotivo en su justa medida; aunque a Rosa se le escapará algún sollozo estridente, tiende a la exageración. Arturo esta a la puerta de su edificio fumando un cigarrillo, al verla tira la colilla y le abre paso.

-Buena noches, señora.
-Buenas noches, Arturo. ¿Aún despierto?
-Ya me conoce, no me quedo tranquilo hasta verla de vuelta. ¿Qué tal la función?
-Preciosa, gracias –responde sonriendo.
Los movimientos del conserje tienen la precisión de años, la simple repetición habitual le empuja a llamar el ascensor, comprobar el reloj, abrir la puerta, y realizar el gesto de despedía con la idéntica sonrisa de todos los días
-Buenas noches, señora.
-Buenas noches, Arturo.

Tercero izquierda. Cambio de ritmo. Teresa cierra con dos vueltas y deja atrás la languidez. Enciende las luces, suspira mirándose en el espejo. Permanece inmóvil observando su aspecto, espera algo. ¿Un sentimiento? ¿Un pensamiento? Quizá cualquier cosa. Pero todo está quieto, atrapado en el tiempo. Deja el abrigo en su lugar, luego pasa al dormitorio, se quita pendientes, collar, anillos, pulseras, se desmaquilla, después adiós a los zapatos, abajo el vestido, y otra vez ante un espejo. Esta vez semidesnuda, esboza una posición casi erótica e introduce sus dedos en el pelo, lo nota rígido por la laca, pero tira de él, alborotándolo como si fuese una niña. Se pone la bata, y toma un yogur en la cocina, mientras se llena la bañera. Termina de desnudarse en el baño, apaga las luces y poco a poco se hunde en el agua caliente. Todo está en silencio, debe ser medianoche. Su cuerpo le parece menos huesudo, como si se hinchara. Está cansada, el baño es muy agradable. Su padre fue el único hombre que la amó. Es un pensamiento habitual en ella, una especie de herida donde hurgar de cuándo en cuando para aliviarse el picor. Se pregunta cuándo lloró por última vez, pero no puede recordarlo. Se queda en blanco. El grifo gotea. ¿Harán el amor Rosa y su marido? Quizá tiene envidia. Se reprende por su pensamiento. ¿Cuándo será la próxima ópera? Mañana llamará a Rosa para preguntarlo, ella siempre sabe esas cosas. ¡Cuánto silencio! ¿Por qué nunca remedió ese silencio? Ahora ya es vieja, es tarde. Intenta convencerse: todo va bien. No se arrepiente, es una dama. ¿Sirve de algo ser una dama? Es una pregunta inoportuna. No respondas, Teresa. Siempre se ha creído mejor que los demás. Su padre aún tiene la culpa, aunque lleve muerto dos décadas.

No, no recuerda cuándo lloró por última vez. Se siente maravillosamente en el agua, ojalá pudiera sentirse siempre así. Rosa estará ya dormida en su cama, con sus uñas pintadas de rojo. Mañana llamará, mañana comprará un libro, quizá también flores. Está cansada. Sería tan agradable dormirse en la bañera, arropada por el agua caliente… Cierra los ojos para relajarse un momento, sólo un momento.