La orquídea gris

Una floristería de barrio, normal, en un local grande con plantas y flores. El propietario era una persona tranquila, sonriente, algo amanerado… de ese tipo de personas que no harían daño a una mosca. Al menos no te los imaginas fácilmente siendo violentos, alguien que dice “buenos días” tantas veces durante su jornada laboral no puede ser mala persona. Un tipo tranquilo, vaya. Yo no me esperaba que hiciera algo así.

Nosotros somos clientes habituales. A mi mujer le encantan las rosas blancas y cuando tengo ocasión le compro un ramo pequeño, el tipo solía hacerme descuento. También le encargamos la corona para el funeral de mi tío Anastasio, y todos los años nos prepara la ofrenda floral a la Virgen… preparaba. Mi mujer es muy devota. Incluso hizo los centros de mesa para la comunión de mi niña pequeña, los llevó él mismo al restaurante sin cobrarnos el desplazamiento. Eso es todo, si no recuerdo mal.

¿Lo de su mujer? Sí, te pone los pelos de punta. Era encantadora, no muy bonita, pero tan amable como él. Normal, no sé… Es cierto que se escucharon rumores. El local de al lado está cerrado, pero hace un par de años había una peluquería, un francés muy pomposo. Ya me dirá usted qué pintaba un francés en este barrio. Total, que hubo rumores sobre el peluquero y la florista, ya sabe cómo les gusta chismorrear a las señoras por la tarde en los bancos del parque. Que si fulanita los vio juntos en un restaurante de la ciudad, que si en la pensión Santa Euralia pedían siempre la misma habitación… Total que ahora también buscan al francés, porque la peluquería cerró de pronto y sin explicaciones. A la vista de lo sucedido lo mismo acabó como la mujer… Pobrecilla, de verdad.

¿Sabe? Lo último que le compramos, cuando supuestamente su mujer ya “se había ido de viaje”, fue una orquídea gris. Aun la tenemos en el salón si quiere verla. Está fresca como el primer día, con un vigor y una belleza… ¡A mí, que se me mueren a los cinco días! ¿Lo que han dicho en las noticias del abono es cierto? Eso podría explicarlo. Terrible, sí, aún no me lo explico, siempre saludaba.

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Miércoles fragmentado: Color y cultura, John Gage

“The requirement of Venetian colore was this colour not in the sense of bright hues and sharp contrasts but rather a particularly rich and resonant handling of the brush. Pino argued that the skilful painter should be able to substitute one colour for another and still archieve the required effect. But this was also a matching function to be achieved by mixture, and the mixtures of the Venetian oil-painters of the sixteenth century -Titian chied among them- were unprecedentedly complex.”

“El concepto veneciano de colore no hacía referencia al color en el sentido de tonalidad brillante y acusados contrastes sino a un exquisito manejo del pincel que tuvo amplias repercusiones. [Paolo] Pino afirmaba que un pintor habilidoso debería ser capaz de sustituir un color por otro sin dejar de obtener el efecto requerido. Esa capacidad dependía de la entonación que se lograba en la mezcla, y las mezclas de los pintores al óleo venecianos del siglo XVI -Tiziano entre ellos- eran extraordinariamente complejas.”

La subasta comenzó en ciento treinta mil dólares. El juez (a Natalia le gustaba llamarlo así) explicó las bondades del cuadro, la exquisita factura a imitación de los grandes pintores del XVI. No, no era un Tiziano auténtico, su autor permanecía desconocido. El cuadro había sido hallado en la colección privada de un empresario con demasiado dinero en paraísos fiscales. La noticia fue muy sonada: cuando la policía entró en la vivienda debido a una investigación sobre evasión fiscal y banqueo de dinero, el hombre se pegó un tiro en la cabeza y los trozos de cerebro impregnaron toda la tela.

Al principio se creyó que era un verdadero Tiziano, los especialistas se volvieron locos, la prensa estuvo tres días rellenando su sección de cultura con el asunto. Luego llegó la decepción cuando Soterby’s presentó su último informe. No obstante la tela era valiosa.

Natalia fue la cuarta persona en hacer una puja, pero la suma siguió aumentando y decidió esperar. Pronto superaron el millón de dólares y poco después los dos millones. La mujer se preguntó si alguien más tenía la misma información que ella, quizá Mr. Oldman se la había jugado. Pujó por tres millones quinientos mil dólares y resultó la última oferta.

Cuando sonó el martillo se levantó discretamente y acudió al mostrador de la sala contigua, no le interesaba ningún otro producto. Dejó sus datos bancarios, un chico encantador los comprobó con lentitud y ella casi sintió remordimientos. Le dejó una tarjeta y salió del edificio.

Al día siguiente Soterby’s cobró la suma del cuadro e hizo el envío a la dirección indicada, una casa magnífica y vacía donde esperaba la compradora con su elegancia habitual. Descargaron la mercancía y ella insistió en dejar el cuadro dentro de la caja. Una semana después el FBI halló pruebas que desechaban la teoría del suicidio del empresario, había sido asesinado. También encontraron una última cuenta oculta con irregularidades en su extracto, pero para entonces ya no había rastro de la mujer o del cuadro. Un año después Soterby’s anunció un nuevo informe, según el cual la tela sí había sido pintada por Tiziano. Su director, Mr. Oldman, presentó sus excusas personalmente al FBI.

Miércoles fragmentado: Thomas el oscuro, Maurice Blanchot

“Dans toutes les âmes qui l’environnaient comme autant de clairières et qu’elle pouvait approcher aussi intimement que sa propre âme, il y avait, seule carté qui permît de les percevoir, une conscience silenciseuse, fermée et désolée, et c’est la solitude qui créait autour d’elle le doux champ des relations humaines où, entre d’infinis rapports pleins d’hamonie et de tendresse, elle voyait venir à sa rencontre son chagrin mortel.”

“En todas las almas que la rodeaban, como si fuesen claros a los que ella podía aproximarse tan íntimamente como a su propia alma, había una única claridad que permitía percibirlas, una conciencia silenciosa, cerrada y desolada, y era esa soledad la que creaba a su alrededor el dulce campo de las relaciones humanas donde, entre infinitas relaciones llenas de armonía y ternura, ella veía venir a su encuentro una mortal melancolía.” * 

A menudo le costaba distinguir las horas del día. Despertaba y el sol era extraño, la luz gris. Después hacía pocas cosas, sólo lo obligatorio: cogía el metro, limpiaba la casa de turno y volvía rápidamente a su pequeña habitación en la pensión donde se alojaba. Allí se dormía pronto con la puerta y la ventana bien cerradas para no pensar en el exterior. Las sábanas sucias, sin cambiar desde hacía un par de meses, tenían cierto encanto para la chica, le gustaba arroparse con ellas y olvidarse de todo. Al día siguiente emprendía la misma rutina y los fines de semana no sabía qué hacer. Muchos domingos los pasó en la cama escuchando el ruido de la casa, los cuchicheos de sus vecinos de cuarto preguntando por ella. ¿Estaría enferma? No, simplemente era rara. Los sábados, sin embargo, procuraba asearse un poco y bajar al puerto a comer un helado. A su alrededor la gente parecía feliz y ella se sentía como una paloma posada en la plaza mirando la vida pasar, esperando algo, quizá migas de pan.

A veces recordaba a su madre, la había dejado en el pueblo con sus hermanos. El día dos de cada mes la chica le enviaba casi todo lo que ganaba, junto con una nota corta diciendo siempre lo mismo en apenas un par de líneas. La madre escribía de vuelta con muchas faltas de ortografía y letras grandes y redondas, le contaba lo que pasaba en el pueblo y la vida de sus hermanos. Parecían felices, siempre le agradecieron el dinero y querían saber más de su vida en la ciudad. Ella continuaba escribiendo lo mismo y cuando pasó el primer año su madre dejó de preguntar.

Tenía dos compañeras de trabajo con quienes a veces coincidía, le invitaban a café e intentaban animarla a hacer cosas distintas y salir más. Nunca tuvieron éxito, pero ella les agradecía de corazón sus preocupados consejos. Sencillamente no era capaz de aceptar sus palabras, nunca tuvo la suficiente imaginación para creerse capaz de salir de esa cama de sábanas viejas y grises, ya algo raídas. Su mundo era la superficie horizontal donde podía recordar un tiempo triste y penoso, lo único que había conocido, lo único que había deseado y ahora añoraba. Nunca se le pasó por la cabeza viajar o intentar ser feliz, se vio obligada a aceptar aquel trabajo por la necesidad de su familia. ¿Qué podía hacer ahora con su vida, sino dejarse llevar por las olas de su cama?

*Traducción propia.

Una mujer sin pintalabios

Desde junio soñaba cada noche con una chica de pelo largo, esperaba en la carretera con la mano tendida hacia el mar. No tenía rasgos, el viento los velaba con su pelo. Era una imagen tan hermosa como triste. Finalmente olvidó el sueño, y nunca adivinó quién era la mujer. Pero un día dio plantón a una chica en el último minuto, porque llevaban un mes saliendo, besándose y follando. Tuvo miedo de continuar, o simplemente fue un cabrón egoísta. No importa. No vio por el retrovisor que ella ya le había distinguido desde la plaza, llevaba un vestido nuevo y tenía la mano delicadamente levantada hacia él. Entonces una ráfaga de aire le revolvió el peinado, y ella se detuvo mientras la moto se dirigía hacia donde indicaban sus dedos extendidos, hacia el mar. El chico se perdió ese instante, nunca la reconoció.

Cuando la mujer se recogió el pelo se dio cuenta de la huida. La kawasaki bajó La Rambla petardeando. Adiós, chico con pecas. Ni siquiera intentó llamarle por teléfono, lo sacó del bolso, pero se quedó mirando la pantalla. ¿Para qué? Todo estaba claro. En lugar de buscar su nombre apagó el aparato. Miró a su alrededor, dudando qué hacer. Se sentía demasiado estúpida allí quieta, comenzó a caminar hacia el paseo marítimo simulando tener un plan. Se le escapó una hora hasta llegar a la playa, los guiris se cocían al sol, mezclados con familias venidas del interior del país. Todas las vidas parecen más felices desde fuera –pensó–, pero sólo es maquillaje ocultando la putrefacción interna.

Quiso quitarse los zapatos y entrar en la arena, pero aquellas personas le asqueaban. No tenía motivos, no había ni un solo gesto que le invitara a pensar lo peor de ellas, y, sin embargo, su imaginación se volvió hacia el lado más oscuro de la naturaleza humana. En una pareja vio un marido engañando a su mujer para sentirse así más hombre; una gorda rodeada de niños se transformó en una infeliz, harta de peticiones y lloros, consolándose gracias a la botella y la bollería industrial; en otra familia numerosa adivinó la huida del primogénito debida a las palizas del padre, el suicidio de la segunda hija, y el ensordecedor silencio de la madre y de los dos hijos pequeños. Se paró a considerar que en la playa, por fuerza de estadística, habría ladrones, violadores, e incluso algún asesino. Cierto porcentaje moriría en menos de un año, y alguna de las allí tumbadas daría a luz en nueve meses. Miles de historias entretejidas como el dorso de un tapiz, caótico y feo.

La chica se sentó para mirar el mar, los turistas se iban marchando mientras el sol se ponía. A ella le llegó la inseguridad del abandono. ¿Acaso fue por sus tetas? Quizá con la dejadez del verano no le parecía tan guapa, o se aburría en la cama o el resto del tiempo. Imposible saberlo, la respuesta no le llegaría de forma esclarecedora, pero tampoco hubiera sido mejor si lo hiciera.

Recuerda los buenos momentos, las cenas difíciles por la lucha constante contra el deseo animal. Recuerda las tardes en la playa, solos o con amigos comunes, los bares después, y el primer sorbo de cerveza con un deje salado. Por último recuerda el plantón de horas atrás.

Siendo niña quería ser médico, no por curar a los demás como se podría esperar, sino por curiosidad sobre el funcionamiento de los cuerpos. En aquel tiempo más inocente, su abuela se escandalizaba al encontrarla desnuda frente al espejo, reconociendo su anatomía infantil. La gran pregunta que quería contestar era sobre la materia que separa los órganos, no sabía decir si entre los pulmones y el estómago, o entre el corazón y todos los demás había algo, si simplemente colgaban en el vacío, y por tanto el cuerpo estaba relleno de aire, o si era agua o carne o espuma. Fue un misterio, por más que preguntó a sus padres ninguno supo contestar. Pasaron los años y obtuvo su respuesta, pero tampoco le agradó. Llevó la pregunta de lo corporal a lo metafísico, y ese día, sentada en un banco, imaginando las sórdidas vidas de quienes pasaban a su alrededor, recién despechada, se dijo que los seres humanos estaban rellenos de miseria. La afirmación, íntima y jamás enunciada en voz alta, la mantuvo hasta el final de su vida.

Teresa

-Tenemos los mismos asientos desde hace treinta años –dice estirándose como si fuera una condesa de finales del XIX, repentinamente atacada con alguna impertinencia.
Pero la chica sonríe extendiendo la palma hacia la anciana:
-Yo trabajo aquí desde hace quince, y es un placer poder acompañarles de vez en cuando.
Teresa no añade nada más, le hubiera gustado hacerlo, pero la contestación de la acomodadora le ha sorprendido. Frunce los labios, vuelve a elevar el mentón, y finalmente deja una moneda en la mano de la mujer.

Rosa toma el segundo asiento de la fila, mientras Teresa se quita el pesado abrigo, y mira en derredor buscando caras conocidas. Acaricia las pieles antes de sentarse, luego coloca la prenda sobre sus piernas. No usan el guardarropa desde hace casi los mismos treinta años, siempre ha habido mucha cola.

Rosa tiene las uñas pintadas de rojo. No comenta nada, pero a Teresa no le parece propio de mujeres de su edad. Superpone una de sus propias manos huesudas a la otra, en un ejercicio inconsciente de comparación. Esta sentada con la espalda recta, y al ser tan delgada y llevar el pelo inflado por la laca, su aspecto es el de un diente de león, aunque sin la fragilidad de la flor. Su posición es perfecta, le gusta pensar en sus modales como los propios de una reina. Así le llamó siempre su padre “mi reina”.

Charlan sobre la renovación del edificio, sobre el cambio de última hora en la soprano protagonista, y luego se dejan llevar por los cotilleos habituales. Se levantan dos veces para dejar pasar a otras personas, y quince minutos después se apagan las luces, y la orquesta entona antes de abrirse el telón.

La obra es deliciosa. Si algún periodista, siempre dispuesto a criticar, ha calificado su ópera como “provinciana” se debe a la simple envidia. “Las capitales tienen el deseo de ser únicos detentores de la verdadera cultura” -dijo una vez su padre. Tenía razón, y Teresa repite aquella frase cuando la ocasión es tan buena como esta.

Salen del teatro, el marido de Rosa espera en la plaza. Conversan unos minutos, luego se separan. Ya es tarde, las once. Teresa repasa mentalmente sus asuntos para mañana: no tiene nada importante, pasará por la librería para comprar esa novela de moda. La propondrá para la próxima sesión del club de lectura. Sí, eso hará.

Chicos con litronas en la plaza, con música estridente saliendo de sus móviles. Teresa pasa más rápido a su lado, apretando el bolso con fuerza. La juventud de hoy no tiene valores –piensa-, todos serán delincuentes, pero yo no lo veré. Esa reflexión, sin embargo, no contempla su mortalidad. Cuando Teresa piensa en la muerte lo hace sobre su funeral, que será sencillo, elegante, y emotivo en su justa medida; aunque a Rosa se le escapará algún sollozo estridente, tiende a la exageración. Arturo esta a la puerta de su edificio fumando un cigarrillo, al verla tira la colilla y le abre paso.

-Buena noches, señora.
-Buenas noches, Arturo. ¿Aún despierto?
-Ya me conoce, no me quedo tranquilo hasta verla de vuelta. ¿Qué tal la función?
-Preciosa, gracias –responde sonriendo.
Los movimientos del conserje tienen la precisión de años, la simple repetición habitual le empuja a llamar el ascensor, comprobar el reloj, abrir la puerta, y realizar el gesto de despedía con la idéntica sonrisa de todos los días
-Buenas noches, señora.
-Buenas noches, Arturo.

Tercero izquierda. Cambio de ritmo. Teresa cierra con dos vueltas y deja atrás la languidez. Enciende las luces, suspira mirándose en el espejo. Permanece inmóvil observando su aspecto, espera algo. ¿Un sentimiento? ¿Un pensamiento? Quizá cualquier cosa. Pero todo está quieto, atrapado en el tiempo. Deja el abrigo en su lugar, luego pasa al dormitorio, se quita pendientes, collar, anillos, pulseras, se desmaquilla, después adiós a los zapatos, abajo el vestido, y otra vez ante un espejo. Esta vez semidesnuda, esboza una posición casi erótica e introduce sus dedos en el pelo, lo nota rígido por la laca, pero tira de él, alborotándolo como si fuese una niña. Se pone la bata, y toma un yogur en la cocina, mientras se llena la bañera. Termina de desnudarse en el baño, apaga las luces y poco a poco se hunde en el agua caliente. Todo está en silencio, debe ser medianoche. Su cuerpo le parece menos huesudo, como si se hinchara. Está cansada, el baño es muy agradable. Su padre fue el único hombre que la amó. Es un pensamiento habitual en ella, una especie de herida donde hurgar de cuándo en cuando para aliviarse el picor. Se pregunta cuándo lloró por última vez, pero no puede recordarlo. Se queda en blanco. El grifo gotea. ¿Harán el amor Rosa y su marido? Quizá tiene envidia. Se reprende por su pensamiento. ¿Cuándo será la próxima ópera? Mañana llamará a Rosa para preguntarlo, ella siempre sabe esas cosas. ¡Cuánto silencio! ¿Por qué nunca remedió ese silencio? Ahora ya es vieja, es tarde. Intenta convencerse: todo va bien. No se arrepiente, es una dama. ¿Sirve de algo ser una dama? Es una pregunta inoportuna. No respondas, Teresa. Siempre se ha creído mejor que los demás. Su padre aún tiene la culpa, aunque lleve muerto dos décadas.

No, no recuerda cuándo lloró por última vez. Se siente maravillosamente en el agua, ojalá pudiera sentirse siempre así. Rosa estará ya dormida en su cama, con sus uñas pintadas de rojo. Mañana llamará, mañana comprará un libro, quizá también flores. Está cansada. Sería tan agradable dormirse en la bañera, arropada por el agua caliente… Cierra los ojos para relajarse un momento, sólo un momento.

Fábula del perro y la nube

El perro camina rápido entre las favelas. Lleva la lengua fuera, es verano y el calor resulta asfixiante. Sin previo aviso el animal se queda quieto debido a un picor en su cuerpo, se enrosca sobre sí mismo y se muerde para aliviar esa sensación, luego se queda sentado durante un instante. Observa el cielo, una única nube vaga en la inmensidad azul como un corcho en el mar. No podemos conocer los pensamientos del perro, se relame disgustado o quizá sediento y retoma el paso.

Aquel conjunto de casas, que mal se podría denominar pueblo o aldea, está deshabitado. El perro olfatea y busca su lugar de costumbre: una casucha construida con restos y de techo semihundido le proporciona resguardo. Se queda allí, se acuesta sobre un colchón sucio y observa a su alrededor. Ladra. No hay respuesta. El animal gimotea, su soledad le inquieta. Dormita un rato y deja pasar las horas. Cuando despierta ha comenzado a oscurecer, busca agua y después, tras alejarse de las favelas, observa el cielo donde la nube persiste. El animal comienza a caminar en su dirección, dejando atrás el territorio conocido, la casa donde jugaba con niños sucios que desaparecieron meses antes, la acequia en la que puede beber agua fresca todos los días y el colchón en el cual duerme tantas horas como quiere sin ser molestado

La noche se hace cerrada, el perro corre bajo las estrellas, buscando un hueco más oscuro en el cielo inmenso. Distintos olores llaman su atención, se para, busca, olfatea, conoce y vuelve a retomar la carrera. La secuencia se repite varias veces. Está feliz en su aventura. La tierra revuelta y la basura quedan atrás, se encuentra con un campo verde que cruza sintiéndose fresco. Se cuestiona por la luna en determinado momento y aúlla sin saber bien por qué está haciéndolo. Un impulso interior se lo demanda.

Horas más tarde el can llega a una finca, huele comida y se acerca curioso y hambriento. Una casa de piedra se alza ante él, pisa el suelo pavimentado con precaución, hay algo que le inquieta. No conoce nada parecido a aquel lugar y por eso se asusta. Puede entrar por la puerta, semiabierta para dejar entrar el frescor nocturno. El salón le resulta extraño, grande, con decenas de muebles. El olor proviene de otra estancia, de la cocina, se acerca cauto, despacio, procura no hacer ruido. Cuando entra ve a una mujer llorando, sentada en el suelo. Ella no se ha percatado de su presencia. El animal no entiende la tristeza, sigue observando hasta que al final decide seguir y se muestra, avanza sabiendo que le verán, lo hace con la cabeza gacha, procurando parecer dócil. Ella concluye sus sollozos cuando ve al perro, por un instante siente sorpresa, miedo ante el animal callejero, después vuelve a llorar desconsolada y el perro se acerca finalmente y se deja abrazar y apretar. Lame las manos manchadas de la mujer, le gusta el sabor sangriento. Desde su posición el animal ve el cuerpo de un hombre tendido en el suelo, rodeado de sangre. La huele, ese olor es el que llamó su atención. Además siente, aún sin estar cerca de él, que el cadáver se está enfriando. Por alguna razón eso parece hacer sentir triste a la mujer y por eso se aprieta contra ella para procurarle algún consuelo.

El tiempo pasa sin que puedan especificar cuanto. Llegado un momento la mujer se levanta, fríe unas salchichas y se las da al perro mientras ella se lava, se echa crema en los moratones que palpitan en su cuerpo y vuelve a recoger al animal. Juntos salen de la casa, el sol naciente ya ha transformado la oscuridad en un azul pálido, fresco. La mujer mira al can, le pregunta hacia dónde van. El perro observa el cielo, una única nube se pasea en el horizonte. Ladra en aquella dirección, quizá contento por algún primitivo sentimiento de cazador. La mujer asiente y juntos caminan hacia aquel lugar, en silencio, sin prisa, sin detenerse.

Histeria

El hombre de sonrisa enorme, de mil dientes que se aparecen cuando la boca habla, de camisa amplia, de botas inmensas, de pantalones negros y ceñidos; ese hombre aferra la pared de espaldas, la toca, la acaricia suavemente. Lleva unas flores en la otra mano, pero las ignora. Está quieto, muy quieto, con la mirada cerrada, con los ojos escondidos. A su espalda está ella: la muerte, la vida, la mujer; no habrá otra en su vida por mucho que todo cambie, no podrá haberla porque ella es todo, es la cánula que escribe sobre la hoja que es su espalda.

Ella goza de muchos años, de muchos trajes ajados por las sombras, por los sollozos que empujaron sus uñas contra la tela, que rasgaron la seda. Ahora no le mira porque está triste, porque no comprende sus palabras y aún espera que le entregue las rosas marchitas que sujeta.

Él no sabe qué hacer, sus movimientos son muy lentos, casi parece que se suceden en el espacio distante de muchas horas, su posición cambia radicalmente de un rato al siguiente y parece algo inexplicable. Ahora es sólo una sombra imprecisa que mira a un lado. De pronto deja caer las flores como si fuera la ofrenda a un dios, luego se mueve, adopta otra posición: esta vez está inclinado, sin separar todavía la mano del muro, observando el suelo que no dice nada.

Por fin el se da la vuelta y enciende un cigarrillo, recupera su humanidad. Dos hombres aparecen desde rincones obscenos y le desnudan, acarician sus músculos, le dan una copa para que beba y el se deja y bebe. Ella le mira aunque no le entiende, se levanta de su sitio y pasea un rato acariciando su vestido, tocándose los senos apretados debido al corsé que los ciñe. Le mira desde la distancia y no puede más, se vuelve contra él, corre desesperada y él la recibe en sus brazos dejando caer la copa de vino, que se estrella contra el suelo y pierde todo su líquido. El vestido de ella se mancha, pero aún no lo sabe, ahora sólo devora la boca de su amante como si pudiera surtirle de la sangre que alimenta su corazón.

¿De qué trata todo esto? Es sobre la religión de la pérdida, sobre la locura de la voracidad, sobre el maquillaje de los cuerpos perfectos y el vuelo de los vestidos de mujer. La mano sobre la pared de él es lo más real de toda la escena. Esa es su vida pero ninguno de los dos sabe qué significa: está codificada.

La mujer recuerda a su amante sobre sí misma, sudando, entrando en ella con fuerza. La fricción provoca gemidos que resuenan en las paredes mientras vecinos ignorantes callan y se miran de reojo. Hay violencia, ella se agarra al hombre con toda su fuerza y le araña la espalda mientras levanta los ojos y ve aquel cuadro que preside el salón. Es el lienzo de una mujer desnuda, con los pechos destacados y un puñal con su punta ya clavada en la piel. La sangre resbala por su carne en una sola gota larga y gruesa, rubí como el vino antiguo. Ella no puede soportarlo, se levanta sobre él, le gira en el suelo en el que están tendidos y ve su sonrisa blanca, sus ojos que la espían con picardía. Él lo ignora todo y ella no puede contenerse: le golpea, le abofetea sin cuidado y él, él se defiende, sale de ella y provoca que la mujer se sienta vacía de todo y se encoja aún desnuda, llorando como una niña.
-¡Ya basta! –suplica- ¡Basta!

Pero es sólo un recuerdo, ahora ella está vestida y él no, están besándose con lágrimas resbalando por sus mejillas. “Este es el perdón” –se dice la mujer y luego frota la espalda de él con delicadeza, ungiéndole con perfumes. Sus hombros anchos le cautivan y su vientre marcado le llena de deseo. No se detiene ahí, le acaricia todo el cuerpo hasta que se cumple la última hora y él se marcha quedándose ella sola en su casa.

Ninguno de los dos comprende la necesidad del otro porque no pueden, porque su individualidad les lleva a otro lugar y les señala como irremediablemente solitarios. Son lobos que no conocen su destino y que se buscan incansablemente por instinto social. ¿Qué van a hacer si no es luchar cada día como lo acaban de hacer?

Ella baila en su soledad, mueve la cola de su vestido contra las paredes, las golpea y arranca con aquellos gestos de vuelo los adornos que permanecían todavía en pie. Pero entonces aparece él otra vez, sin mediar palabra. Crea una sensación de hartazgo con su entrada y ella se siente morir, queda paralizada en un gesto violento y pierde la fuerza de sus músculos. Él extiende los brazos y le da un pañuelo negro que ella sujeta a un lado, con la mano laxa. Luego él la agarra con fuerza del cuello y gira su cara sin importarle el daño que puede causar. Ella se queja, pero él besa su rostro con delicadeza.
-Vete –dice la mujer.

El hombre abre mucho los ojos, sorprendido. Se aparta, vuelve a la pared donde todo había comenzado y se apoya esta vez con las dos manos extendidas, muy quieto, muy recto. Apenas hay luz que le ilumine y permanece en silencio. Ella no sabe qué hacer, pero al final se decide y cae en un rincón agarrándose de las rodillas, temblando hasta recobrar su valor. Por fin logra ahogar los gritos y coge la pluma de su escritorio, se arrodilla ante él con las manos manchadas de tinta y graba en su espalda una línea más que se une al resto que ya le recorre la piel. Lo hace con cautela, introduciendo la punta en la carne. Las gotas de sangre ella las limpia con un estallido de sus labios y él, que no se inmuta, espía el otro lado del muro, donde hay una historia distinta que no está viviendo.