Como quien besa el agua sin beber

Ella le mira a él levantarse desnudo, sudado, se está limpiando con una camiseta usada, luego sonríe encantador, algo somnoliento. El sexo ha estado bien, y ahora ella siente su entrepierna dolorida, pero es un dolor bien recibido, está satisfecha. Conforme se enfría su cuerpo va recuperando la vergüenza, se arregla el pelo sobre la almohada y coloca la sábana de cierta forma para evitar la mirada en las zonas que ella no quiere hacer demasiado evidentes. Lo hace todo de manera casi instintiva, sin pararse a pensar en lo ridículo que es ocultar lo mostrado y entregado instantes antes. Le arde la boca por la barba que le ha rozado en demasiadas ocasiones, ya comienza a examinar defectos. De pronto se pregunta si ese cuerpo bien formado, que ahora busca algo de comer sin avergonzarse de su desnudez, volverá a interesarse por el propio una vez desvelado el secreto de la carne.

Le observa y se pregunta por sus pensamientos hasta que no puede evitar la curiosidad y pronuncia las palabras. Él sonríe. «Quiero comer algo», responde, «vamos al bar». Ella se levanta complaciente, se encierra cinco minutos en el baño y vuelve con su encanto recompuesto, sintiéndose ahora más segura. Él, sin embargo, parece menos él y eso desconcierta a la chica, desnudo era más “auténtico.” Con la camiseta puesta de cualquier manera y los pantalones demasiado usados ha perdido parte de su encanto. No obstante, tiene muy fresco en la memoria su estado anterior y no le da demasiada importancia.

Una vez en el bar él pide cerveza y algo para picar. Comen casi en silencio, él sonríe mucho y se distrae con la televisión, ella no puede evitar seguir preguntándose si todo lo que le rodea no es una pose forzada, si él no ha dejado de ser un caballero cuando ha pasado todo. Se pregunta qué preferiría ella misma y se siente estúpida al darse cuenta de que no sabría decirlo. Le gustaría poner reglas a su comportamiento, pero se le escapa cuáles. Él se da cuenta, le pregunta qué ocurre, ella sonríe haciéndose la distraída. «Es sólo cansancio», miente. Él no se cree nada, pero deja que la mentira parezca verdad. No sabe qué hacer por arreglarlo, para él las cosas van bien tal y como están. Finalmente evita darle más importancia, sigue comiendo y mira un resumen del partido que se ha perdido por estar con ella.

La mujer se da cuenta del programa que él mira con interés y esta vez el ridículo se transforma en un cierto enfado. Él lo ignora todo, prefiere un estúpido partido a estar con ella, a prestarle atención. No, no es un caballero, la pantalla se lo ha confirmado. Sin que ella sea especialmente consciente su postura se transforma, cambia su disposición corporal, está más rígida, más altiva, más distante. Mira indiferente hacia cualquier lugar para evidenciar que está molesta. Él lo nota de nuevo, vuelve a hacer la misma pregunta y esta vez la respuesta tiene un tono distinto. El momento feliz pasó, él lo puede percibir. Ella vuelve a encerrarse en su burbuja de rabia infantil, incapaz de explicar qué pasa por su cabeza hasta que explote en una queja y lo diga todo con gritos. Él decide callarse, evitar la discusión por el momento, seguir observando el partido. Su interés por el cuerpo ajeno ha desaparecido.

Otros ojos observan con lascivia las caderas de la mujer, que se entrega ignorante a los brazos de un hombre que no la mira a ella, y prefiere un programa verde en la televisión. Él está tenso, ella lo nota, se levanta cuando él está a punto de saltar ante algo que ha visto y le ha sorprendido, le ha enfadado. La chica se da cuenta de que para él, ella no existe durante esos segundos de absoluta concentración, así que baja los ojos con tristeza y se siente sola.

Sentido y sensibilidad

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Octubre de 2014.

Siempre me ha resultado interesante comprobar que mientras la sensibilidad era considera una virtud asociada a las mujeres, la gran mayoría de artistas reconocidos siempre han sido hombres. Durante mucho tiempo el debate se ha zanjado con un montón de perogrulladas, y hoy parece que el papel de la mujer va siendo reconocido, y deja atrás esas respuestas fáciles. ¿Pero es así realmente? Si echamos un ojo a los premios Nacionales, al premio Cervantes, al premio Nóbel, o si nos vamos al Pritzker de arquitectura o a no importa qué premio o certamen de teatro o pintura los hombres seguimos siendo los más galardonados. La diferencia no es pequeña, al contrario. Sólo un ejemplo: hace poco tiempo se ha entregado el premio Nacional de narrativa a Rafael Chirbes, nada que declarar contra él, es un gran escritor, pero si echamos un ojo a la lista de ganadores, la última mujer en recibir el Nacional fue Carme Riera en 1995 y antes de ella Carmen Martín Gaite en 1978. Es decir, en los últimos cuarenta años dos mujeres, el resto dignos varones que merecieron sobradamente el premio. En los últimos años dicho galardón cuenta con un representante de igualdad en su jurado para garantizar que las mujeres no sufren discriminación. No voy a ser polémico, porque entrar en por qué ellos sí y ellas no es un cenagal donde no quiero meterme. Habría que mirar también cuál es el porcentaje de mujeres que publican con respecto al de los hombres, y aunque no tengo ahora mismo el dato, basta con acercarse por cualquier librería para observar que la diferencia todavía es muy grande.

No obstante, no faltan grandes escritoras, igual que no faltan grandes artistas mujeres en los más diversos artes. Un buen ejemplo en nuestro país sería Angelica Liddell que participará este año con una nueva obra en el festival de Otoño de París. La dramaturga recibió el Nacional de literatura dramática en 2012, y es una de las artistas españolas con más trayectoria en Europa, una mujer brillante que escapa de los tópicos y se reinventa continuamente sobre un escenario, sin olvidar nunca su condición de mujer. Si nos salimos a una esfera más amplia, el premio Nóbel de 2013 fue para Alice Munro, una escritora canadiense cuyos relatos están casi siempre protagonizados por mujeres, su calidad literaria radica en lo más difícil, en hacer que ellas pasen a ser nosotras. Me explico, el público aún tiene dificultad para sentirse cercano a las mujeres, da igual el sexo del espectador, ellas habitualmente continúa siendo ellas, y para probarlo sólo tendríamos que echar un vistazo a la televisión. En Mad men, The Soprano o Breaking bad las protagonistas femeninas fueron atacadas por los espectadores, (y no sólo sus personajes, sino también las actrices) sencillamente a ellas no se les perdona sus pecados, mientras que a ellos sí, da igual que las acciones de los hombres sean reprobables y las de ellas humanas o perfectamente dentro de la moral compartida, el espectador prefiere al hombre.

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Ilustración de Jorge Fernández Ruiz

La sociedad cambia poco a poco y no podemos ser inocentes y pensar que todo será rápido, limpio y bonito, pero para avanzar hacia una sociedad más justa   la labor de Alice Munro o Angelica Liddell es fundamental. En el otro lado de la balanza tenemos a algunas mujeres que pervierten la idea feminista, pienso en algún ejemplo y me los callo sólo por lo humilde de esta tribuna, pero hay mujeres que abanderan su género para ser aplaudidas por la dificultad que entraña llegar hasta donde lo han hecho, omitiendo siempre que si han llegado allí ha sido por camino como poco desacertados y como mucho corruptos. Por supuesto siempre ha habido hombres que han sabido aprovecharse de la coyuntura cultural, pero ellos no han tenido la necesidad de apropiarse de la lucha contra un prejuicio congénito, por eso en el caso de las mujeres es sangrante. No para la cultura ni por una moralina barata, sino para la igualdad. Si a las mujeres todavía les es difícil triunfar, más lo será si quien llega a recibir los encargos y aplausos son quienes utilizan medios inadecuados. ¿Por qué? Porque envían un mensaje equivocado, dicen que para tener éxito una mujer debe seguir esos caminos. Así sólo se pervierte la respuesta y se enquistan los prejuicios.

El título de este artículo es el mismo que el de la novela de Jane Austen. La historia versa sobre dos hermanas entre los siglos XVIII y XIX y los problemas asociados a su sexo. Según la crítica tradicional ellas representan las características del enunciado: una es sentido y otra sensibilidad. Jane Austen juega a alejarlas y encontrarlas, buscando un punto medio, un equilibrio donde puedan evolucionar. Si al inicio hablaba de la sensibilidad ahora termino con el sentido, porque quienes se encuentran en puestos visibles tienen automáticamente un deber con el resto que aspira a llegar a ser como ellos, quizá no sea justo pero es así. Las mujeres artistas tienen un deber hacia la sensibilidad en tanto que creadoras, pero también hacia el sentido, el buen juicio. Se les permite fallar en cualquier aspecto de su personalidad, pero hacerlo en la órbita de la igualdad no debería ser tolerado, al contrario, deberíamos lanzar voces de alarma y crítica.

La seducción y la lluvia

Siguió a la chica cuando salió del instituto. Se miraron, hablaron. Luego él condujo mientras ella paseaba por la acera muerta de risa. Desde hace dos horas él espera frente a una puerta verde. Les separa un jardincito muy bien cuidado. Supone que es la casa de sus padres. Llueve, no tiene paraguas.

Dentro comen sopa de calabaza, espesa, llena de olor. Luego jugarán a las cartas, pero antes la sopa, quizá pollo también. La chica piensa en otra cosa.

Él aguarda en el coche con la mandíbula apretada, con la chaqueta puesta por el frío y la humedad. Es un coche viejo. Le gustaría dar una vuelta a la manzana para encender la calefacción un poco, lo suficiente para volver a sentir los pies. No se atreve, podría perderla.

Los padres no saben nada del hombre al otro lado de la calle, pero ella sí, es un secreto. Él es mayor, ella tiene dieciséis años. A veces se levanta de la mesa con una excusa, buscar el pan, otra servilleta, o se levanta al baño. No importa, lo único que quiere es pasar un segundo por delante de la ventana del recibidor, apartar la cortina rosa con sus dedos lo justo para ver el coche aparcado en el mismo lugar. Sonríe cada vez porque se siente satisfecha. Antes lo concretaron todo, apenas se conocen. Luego irán a casa de él, a su cama. Sus padres creerán que es el hermano de Clara quien le viene a buscar. Es inteligente, lo suficiente para hacer cuanto quiere. Los padres, viejos y aburridos, son un público fácil de engañar.

A veces él piensa en su mujer de ayer, en sus mujeres, todas las que ha tenido a lo largo de su vida, sus rostros giran en su cabeza y las imagina, no sabe por qué, bailando en medio de la calle, en una coreografía similar, pero separadas, jamás cercanas entre sí. El espectáculo es para él, sólo para él. Ella, la chica, aún no está dentro del ballet, pero quizá con el tiempo, cuando desaparezca y tenga que buscar otra. Sus ojos se le aparecen en medio de la lluvia, las pupilas fijas, el azul feo de sus iris, el rimel que los rodea. Es una gata exquisita, la llamará Cleopatra.

Tras la comida juegan a las cartas como tenían previsto, y ella no se da prisa, le gusta tener el control de todo; con sus amigas se jacta de conocer bien hasta donde puede forzar a un hombre. Sólo tiene dieciséis años, sólo dieciséis. A los veinte será una reina buscando un reto mayor, podrá tenerlo todo. Quizá no, quizá se aburra para entonces.

Él fuma un cigarrillo en el coche, el humo parece inundarlo todo, adquiere espesor, se convierte en neblina. Podría desaparecer, podría hundir toda la calle en bruma con olor a Camel. A ella le gusta que fume rubio porque le va con su color de pelo, sus ojos azules y su cara cincelada como si fuera de origen alemán: pómulos afilados, barbilla cuadrada, frente recta. Nunca sonríe, sólo fuma.

Han estado juntos en dos ocasiones, pero siempre con otras personas, ella no recuerda quién les presentó, quizá simplemente él estaba allí. Si recuerda el efecto que le produce cuando sus miradas se encuentran, ella le siente introduciéndose en su cabeza, es una presencia demasiado intensa, incomprensible, la presiona desde el interior. Si prolongase el contacto ocular terminaría por explotar como si la hubieran abierto con un tiro de lado a lado. Piensa en esto ante el dos de corazones, pero ya da igual, su madre ha ganado la partida, la chica sonríe y va a buscar el teléfono.

Él se acaba otro cigarrillo. Sigue lloviendo. No importa, sale del coche, se queda quieto con la espalda apoyada en el vehículo, se imagina a sus mujeres bailando en esa misma calle, moviendo los cortos vestidos ante la puerta verde. Ahora saldrá ella y se unirá al baile, se dice. Ya está empapado. Se pasa la mano por el pelo, aplastándolo hacia atrás, se dirige a la puerta cuando el teléfono vibra en su bolsillo. Saca la pistola y llama utilizando la culata del arma.

Demasiada felicidad

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  • Título original: Too much happiness
  • Autor: Alice Munro
  • Traducción: Flora Casas
  • Editorial: DeBolsillo

Un amigo me regaló el libro tras muchas semanas hablando de su autora. Para mí era la primera vez que caía bajo mis ojos algo de la canadiense, y posiblemente aún hubiera tardado mucho tiempo en hacerlo si no hubiera sido por mi amigo. Debo agradecerle el descubrimiento, al fin y al cabo la literatura de Munro es envolvente, diría incluso necesaria, aunque el adjetivo se usa demasiado y está perdiendo su peso.

Demasiada felicidad es un libro de relatos. Por alguna extraña razón los cuentos no se venden tan bien como las novelas, digo extraña porque crecemos con los relatos cortos, con ellos aprendemos a leer, e incluso los disfrutamos antes, gracias a algún adulto capaz de descifrar las letras que se nos resisten siendo pequeños analfabetos. Además Alice Munro es una mujer, y para más inri escribe sobre mujeres. Hagan cálculos. Contra las expectativas lógicas, Munro ha recibido el premio Nóbel 2013 de literatura. Y aunque mi juicio es de lo más humilde, pienso que lo merece largamente. (Aunque Margaret Atwood, que comparte género y nacionalidad con Munro tendrá casi imposible el recibirlo ahora)

Alice Munro no cae en el exceso, su estilo es limpio, natural, sin florituras, pero elegante. Tiene un toque de novela americana, herencia de las grandes novelas del XIX y del XX (Pienso en Henry James, por ejemplo) y lo conjuga con una profundidad de la que Virginia Woolf estaría orgullosa. Añadan unos toques rusos a la elaboración de los personajes y tendrán el desarrollo de sus historias, donde la trama, aunque siempre engancha, no es lo más atrayente, sino sus protagonistas, la evolución de cada personaje llena las páginas con una cercanía mágica.

Las historias son de lo más diversas: una niña convertida en mujer demasiado rápido acaba de perder a sus hijos y no sabe cómo continuar, no tiene a nadie para indicarle el camino; otra mujer ha caído en una vida burguesa sin darse cuenta de cómo, sin embargo una casualidad la recordará su pasado y le hará darse cuenta del influjo que tuvo en otras personas; un hombre para cuya madre lo fue todo, y que gracias a ella pudo sobrellevar ciertas dificultades de su vida, etcétera. Para terminar tenemos el relato de la vida de Sofia Kovalevski, una matemática del siglo XIX, de su interesante periplo por Europa. La historia de un extraordinario personaje real.

Munro es capaz de hacer surgir lo más extraordinario de sus personajes y mostrarlo como lo que es, algo natural y simple. Su literatura es de obligada lectura para cualquiera porque eleva sus historias sobre mujeres al rango de universales.

“En el primer autobús no estaba muy preocupada; se limitaba a mirar el paisaje. Se había criado en la costa, donde existía lo que llamaban primavera, pero aquí el invierno daba paso casi sin solución de continuidad al verano. Un mes antes había nieve, y de repente hacía calor como para ir en manga corta. En el campo había charcos deslumbrantes, y la luz del sol se derramaba entre las ramas desnudas.

En el segundo autobús empezó a ponerse un poco nerviosa, y le dio por intentar adivinar qué mujeres se dirigían al mismo sitio. Eran mujeres solas, por lo general vestidas con cierto espero, quizá para aparentar que iban a la iglesia. Las mayores tenían aspecto de asistir a iglesias estrictas, anticuadas, donde había que llevar falda, medias y sombrero o algo en la cabeza, mientras que las más jóvenes podrían haber formado parte de una hermandad más animada, que permitía los trajes pantalón, los pañuelos de vivos colores, los pendientes y los cardados.”

145

Quizá sea sólo un número, algo sin significado; para mí, para mí guarda casi un año de mi vida. cuando por alguna de esas casualidades de la vida aparece dicha cifra ante mí, se enciende mi cerebro con el conocido calor, con el recuerdo que asalta sin contemplación, exiliando cualquier otro pensamiento baladí que revolotee por mi cabeza, gobernando con supremacía sobre lo demás.

Por aquel entonces yo tenía veinticuatro años, acaba de “renacer”. Me había mudado y conocí a una de esas mujeres misteriosas en cuya contemplación silenciosa gasté las horas más exquisitas de mi juventud. Fue en invierno, hacía frío y ambos éramos vecinos anónimos, extraños paralelos en una pensión céntrica donde la calefacción estaba más tiempo apagada que caliente. Creo que esa fue la excusa, darnos calor. Ella era mayor que yo, posiblemente me doblase en edad, pero disimulaba las imperfecciones con ese bendito maquillaje que atonta a los hombres y nos hace creer que Venus ha renacido y la tenemos entre nuestro brazos. La quise, la quise con todo mi hambre y nos dedicábamos al ejercicio sagrado de los hombres y las mujeres con deleite, con pasión, continuadamente.

Se llamaba Cristina, tenía el pelo oscuro como ala de cuervo, la mirada baja y la nariz perfecta, la boca era pequeña pero me devoraba con la pericia de la madre de todas las putas. No lo era o si alguna lo fue yo lo ignoré. Sé que su lado izquierdo estaba ligeramente desfigurado, nunca me dijo por qué. Yo hacía hipótesis absurdas sobre novios crueles o accidentes dramáticos, pero quizá, como suele suceder, la realidad fuera más prosaica. Ahora puedo imaginarme perfectamente a un chulo o un cliente demasiado sádico que le dedicó aquel ligero destrozo. Era como un desconchón, una rugosidad de su mejilla que le cubría desde la comisura del labio hasta el rabillo del ojo; quizá por ello fuera tan callada. Con Cristina aprendí esa magia de las mujeres, aprendí a amarlas de verdad, a entender los silencios en los que todo pasa sin que nada se inmute. Supe que hay un lenguaje de miradas, de gestos, de hechos y de ausencias, supe que yo hablaba sin hablar y que ella también lo hacía. Aprendí a comprender aquella lengua extraña con la torpeza de un niño que no sabe aún hablar.

Mi juventud me dio la fuerza que ella bebió, de la que gozábamos los dos; yo apretaba sus carnes rosadas contra la cama o jugaba con mis manos bajo sus faldas. Son mis mejores recuerdos de aquellos años, los que siempre me acompañan. Si cierro los ojos aún puedo ver su cuerpo desnudo, pequeño como una niña entre las sábanas de la cama, tímido en esa humildad que no sé si le daba la cicatriz de su rostro, la edad ya madura o la soledad sostenida. Yo era lo contrario, estaba alegre de mi desnudez enorme, de mi cuerpo duro y recuerdo estar siempre lleno de energía de un lado a otro del cuarto, agarrándola a veces o alejándome siempre sin vergüenza de no llevar nada encima. Para mí fue ella quien me mostró que en el sexo no hay frontera ni bajeza, es sólo instinto animal que se libera a través del sudor y de las demás excreciones que surgen llegada la cumbre caliente, la liberación final del cuerpo, la exhalación

En primavera ella me dejó. Llegué a la pensión por la tarde, dispuesto a correr a su habitación para festejar que estábamos vivos un día más. No fui en su búsqueda, el conserje me esperaba con una nota corta y una llave con el “145″ marcado en el metal. Salí corriendo, lleno de ira, exasperado en la ausencia a la que se me iba a condenar a partir de ese momento. Salí a la calle, aún no llovía pero lo haría en la noche, el cielo estaba plomizo, quise gritar pero me contuve, las lágrimas llegaron a mis ojos cuando llegaba un taxi, lo tomé. Gemí la dirección, la estación de tren, llegué una hora después de que ella hubiera pisado el andén, aspiré profundamente buscando el rastro de su perfume y no lo encontré. Miré en las dos direcciones por las que corrían las vías de acero como el caballo desorientado antes de emprender la carrera. Era un huérfano abandonado aquella tarde que se convertía en noche. No supe qué hacer y recordé la llave. En las taquillas encontré la 145 y la cerradura giró. Dentro, el espacio vacío me dejó cegado hasta que percibí, pegado contra el fondo, un pequeño frasco que rápidamente distinguí como el de su perfume. Había un trozo de papel pegado que tenía escrito dos palabra: “te quise”.

Jamás la volví a ver. Hoy recuerdo que la última noche, cuando apretábamos en la cama nuestros cuerpos gozosos y exhaustos la miré con la débil luz de la lámpara de noche y vi que estaba triste en silencio – no pregunté entonces – creo que lo hice a con toda la conciencia. Creo que el beso que me regaló por la mañana supo verdaderamente a despedida y lo saboreé sin atreverme a pedir una réplica. Mi prisa por volver después del trabajo era distinta a otras, era impaciencia real y ahora sé que aquella sensación había sido correcta. Ella se había ido, había arrancado su olor de mi cuerpo y ya no volvería a pegarse a mis sábanas en el ardor nocturno.

La añoré como un colegial, aferrado a aquel frasquito que me prometía ese pretérito de su última nota. Dos meses después abandoné la pensión y la ciudad, cambié de rumbo, cumplí otro año más y conocí a otra mujer más común que me hizo olvidar el frasquito, perdido en algún rincón con el que no he vuelto a tropezar. Su nota desapareció mucho antes, pero en mi recuerdo permaneció ese número que me hace recordar las noches frías que ella transformó en cálidas.

Amanece otro día

N.d.A: “Amanece otro día” se publicó el día 16/08/2011 en Literatura Nova. Existe la posibilidad de descargar el archivo en formato pdf en dicha página.

Amanece otro día y se suma a la correlación que conforman mis semanas, meses, años y décadas. Hace tiempo que dejé de llevar la cuenta, cada vez me resulta más extraño quitarle hojas al calendario o suspirar sobre una fecha futura habiendo dejado tantas y tantas atrás.

Amanece, sí, pero es un hecho vulgar que ocurre sin ningún tipo de problema. El sol destierra lentamente esa oscuridad falseada de las ciudades, el azul pálido se anuncia pronto y apaga las farolas como un mandato. Es el mejor momento de la noche, su declive, cuando ya podríamos decir que no es tal sino que es de día. La diferencia se muestra sutil; el mundo negro se ha diluido pero todavía no estalla el astro sobre nuestras cabezas. Ahora, en la azulada atmósfera, fresca, recién nacida, nuestros músculos se relajan de los sudores de la cálida noche y podemos respirar. El verano, por un momento, nos deja soñar con un día apacible, pero ya sabemos que no será así.

¿Luego qué? Ha amanecido y estoy despierto, he sido consciente de mí mismo tras un tiempo, me he dado cuenta de que aguzaba mi oído como un acto reflejo, buscando esos sonidos de la monotonía que dan forma a la realidad y dan coherencia a un mundo que, quizá, podamos detestar.

Se me hace imposible levantarme, la sola idea me harta, me aplasta contra las sábanas y me siento pesado, denso. El sueño ha sido apacible pero acuoso, opresivo. El calor del verano me produce un embotamiento del que no soy capaz de salir, es una prisión donde los sueños no están permitidos, donde las pesadillas nadan como esos monstruosos peces abisales. No me han dañado las bestias pero estoy turbado, la imagen de ese pez ha aparecido en mi cabeza y me obliga a darme la vuelta, a retirar a patadas la sábana que me cubre, a encogerme como un niño que juega, pero yo no juego. Estoy agotado pese a que he dormido varias horas.

Me levanto finalmente cual mártir en su último día. Quizá este sea el mío después de todo; no me importaría mucho. ¿Cómo preocuparse por la muerte cuando no apreciamos la vida? Ese problema, esa crisis de nuestro ser, me parece la más importante en esta sociedad, algo de lo que no podemos escapar. Desde hace años me siento atado al mundo y me pesa, me pesa como el plomo líquido donde nadan los abisales.

El “baile” es el mismo de todas las mañanas, no le pongo ni un ápice de atención, arrastro los pies por el pasillo, me quito la ropa interior y alivio mi vejiga. Si me he levantado ha sido más que nada por esa imperante necesidad. El espejo me mira con poco agrado, mi reflejo se palpa la barba sin afeitar, pero con un ligero esfuerzo mental recuerdo que hoy es domingo y que no es necesaria la tortura de la cuchilla y la espuma. La ducha es fría. Me visto con pulcritud, herencia de los años de ejemplo que me mostró la estatua de mi padre. La imagen de esa artificialidad, de esa magnificencia impuesta, de la inalterabilidad de su rostro, me recuerda que él era la gran efigie, el indiscutible señor de nuestro pequeño mundo. Mi madre hacía las veces de sumiso pedestal donde él se elevaba; casi se puede hacer uno a la idea de ella agachada, con su pelo rubio y el traje ceñido que usaba una de cada dos veces en la ópera, con la espalda dispuesta y mi padre encima, pisándola con los brillantes zapatos, vestido con el traje tres piezas de rayas, el reloj en el bolsillo del chaleco, el blanco pelo corto culminando su rostro pálido con las gafas de pasta negra y el gesto serio. No recuerdo haber visto sonreír a mi padre, los días que lo traigo a mi memoria delante del espejo me asusto de mí mismo y de mi propia boca, inclinada en esa contra-sonrisa que la genética repitió en mi padre y en mí. Quizá él fue consciente de lo que yo soy ahora, es posible que él viese el mundo tal y como lo veo yo. Se me ocurre pensar que existe la posibilidad de que no fuéramos tan distintos en el interior, de que todas las discusiones con él se debieran a que nuestros puntos eran similares y no divergentes.

Cuando termino de abrochar la camisa me doy cuenta de que estoy equivocado, de que en nada me parezco a él. Detesto su tiranía, no comparto los ideales conservadores ni me creo un personaje con derecho a estar por encima de los demás. No tengo familia, pero si la tuviera sé que no sería el líder indiscutible, el dios a los que los otros tuvieran que adorar, jamás sería capaz de pisar a mi mujer considerándola menor a mí, asignándole un papel y un lugar que a mí siempre me repugnó.

Mi padre está muerto, al igual que mi madre. Fue hace pocos años, él cayó primero victima de un corazón que no quiso mantener vivo por más tiempo a alguien así. Ella se dejó caer desde entonces, perdida sin el peso a sus espaldas, libre de pronto tras treinta años de matrimonio. No pudo soportar ese nuevo estado y se consumió. A mis hermanas y a mí nos ha ido bien, su muerte no nos causó una gran impresión como cabría esperar. Llevo un año sin verlas y no me siento mal por ello, sé que ellas tampoco. Nunca estuvimos unidos entre nosotros, somos planetas con nuestras propias órbitas que por casualidad fueron engendrados en el mismo sistema solar.

El desayuno es rápido: café, tostadas y una manzana.

Soy hijo de mis padres, es algo obvio, todos somos hijos de nuestros padres; afirmarlo es hilar un poco más, es estar diciendo que ellos realmente calaron en mí, que su tutela produjo, en parte, mi carácter. Mis padres lo consiguieron. El beatísimo del que intento despegarme, las “virtudes” católicas que me pesan como cadenas, pues lo son, siempre han estado ahí, están y estarán. Si creyera en Dios sería el perfecto cristiano. No creo, pero soy un ateo poco convencido, que mira los crucifijo con desdén, casi con asco, pero que al entrar en una iglesia suele estar tentado de rezar aunque sólo sea por conveniencia. Es cierto, en nada me parezco a mi padre, pero sus cuidados me forjaron en parte como él quería, en otra parte como no.

Termino el desayuno, recojo, me levanto y bajo a la calle para dar un paseo, buscando ímpetu en un domingo que ahora que nace ya amenaza con ser estéril, con morir sin dejar rastro.

En la calle ya hay varias personas, el vecino del quinto me saluda con una mano entre los sudores de su carrera matutina. Abren la floristería, su fragancia me hace detenerme ante el escaparate y observar las plantas. La dueña me sonríe mientras coloca un ramo de violetas, le devuelvo el gesto y camino, lentamente, con las manos en los bolsillos. Huyo de mis pensamientos, me concentro en la contemplación de la gente.

La prensa casi choca conmigo en un punto, el quiosquero me saluda con un gruñido y observo la prensa generalista, que no me atrevo ni a tocar, luego me fijo en las revistas. Mi inglés es lo suficientemente bueno como para observar la internacional, pero no me convence; mis ojos vagan por publicaciones de política, economía, historia, arte y curiosidades varias. “Es todo lo mismo”-me digo. Finalmente sonrío y me despido sin comprar nada, azorado ligeramente por mi contemplación gratuita.

Llego ante la panadería, aprovecho para comprar el pan y doy la vuelta, regreso a casa con prisa, casi asustado del mundo. Nada hay fuera para mí.

El apartamento me recibe con su quietud conocida, dejo el pan y suspiro en el sillón, observando el silencio que envuelve la casa. No sé qué hacer. El espacio se me antoja grande porque yo, vida minúscula, apenas ocupo un trocito de mi piso. Sentado miro las estanterías con algún libro y adornos varios. La mini-cadena permanece muda, la televisión está muerta, negra. ¿Podría encender algo? ¿Y de qué serviría? Ese es el problema, esto es lo que me inquieta, me enerva, me ahoga y me hace escupir. No sé qué hacer con el tiempo que conforma mi vida, casi parece que lo agoto por cansancio, porque no puedo hacer otra cosa. ¿Morir?

Miro la tentadora ventana. ¿Morir? No. Quizá en la muerte encontrase el alivio que espero, que ansío, la paz de ese dormir eternamente. Quizá llegue con la muerte un sueño acogedor, pero me preocupan las pesadillas. No, yo no soy Hamlet, yo no miro los espejos con inquietud, buscando en mi reflejo la imperfección que revele mi alma. No, nunca me han gustado las tragedias sádicas con lo obsceno a plena luz, palpitante y evidente.

Y de pronto, con una extrañeza tremenda, igual que si una jirafa u otra suerte de animal exótico hubiese entrado en la habitación, el teléfono suena. Es una rara ave cantora que me confunde y lo observo como si no lo conociera antes de alargar el brazo, tomarlo con la mano, descolgar y preguntar lo inevitable, lo aprehendido:
-¿Sí?

Es Teresa, amiga de toda la vida, hermana de batallas, audaz confesor de todos los pecados de mi vida y compañera de más de uno que hemos cometido juntos. Pregunta qué tal y respondo sinceramente; no se hace el silencio esperado, simplemente me invita a comer, concretamos el lugar, la hora y cuelgo el teléfono con una sonrisa que antes no estaba en mi cara. Ella me alegra lo justo para seguir un poco más, para sentir el impulso necesario que evita mi hundimiento. Si Soy es gracias a ella.

Me fascina la perfección sencilla de esa llamada de teléfono que ha evitado lo que muchas mujeres, amantes más intimas de mi sudor, se afanaron por conseguir o, en su dejadez, aquello que me levantaron, como enfermedad o salpullido. Recuerdo en un instante la sensación de ansiedad que tantas de esas conversaciones me dejaron, el disgusto palpitante, el insulto al borde de los labios tras colgar el teléfono. ¿Cómo puede cualquiera amar y dejar esa sensación en la otra persona? Es obvio, no había amor.

Me levanto pensando en lo que no hay que pensar, pienso en mi destino, en el punto y seguido de la narración. Pienso en el trabajo que mañana me esperará, fiel guardián que no se cansa; luego recorro el intrincado valle de lágrimas (por ser dramático en tal tema) que ha sido para mí el mundo de las mujeres, del amor hacia ellas. Confieso que las adoro, que son para mí seres extraordinarios, entes inigualables que no soy capaz de comprender del todo con mi mala disposición de hombre que no sabe oír ni ver. Las amé con fuerza y también me amaron, aunque ninguna por mucho tiempo. La única mujer que se ha quedado en mi vida ha sido ella, Teresa, siempre Teresa. Curiosamente nunca hemos sido nada más que amigos muy íntimos, que hermanos por elección. Sé, y me agrada tener esa seguridad, que ella estará conmigo en cualquier momento, transcurriendo cualquier trance. Hoy en día sería la única persona que de verdad sentiría mi desaparición de la escena, mi huida de este mundo. Lo sé porque no quiero ni imaginarme el mundo sin ella.

Y así llega el mediodía, pensando en nada, en mi vida, haciendo lo que todos hacemos tantas veces. El espejo me recibe con consideración esta vez, amablemente, mostrándome a mí mismo o una parte que yo reconozco de mí. ¿A qué se debe este cambio? ¿A Teresa? Quizás, quizás ahí esté la clave, el fondo; puede que finalmente haya que vivir por otros, en realidad es lo que hacemos cada día: vivir por otros, porque otros nos dan sentido. Los demás, ese Otro gigantesco, nos dota de coherencia. Las personas que he ido dejando atrás, las que conforman mi presente cercano o mi presente lejano, todas ellas han dejado poso; también la muerte. Sí, la muerte también ha dejado su huella. Ha sido, junto con el resto de circunstancias, una tutora como lo fueron mis padres, exactamente en el mismo modo y sentido.

Me han forjado con golpes extraños; millares de martillos que han chocado contra mi materia y me han otorgado este yo que el espejo me devuelve. Soy obra de muchos igual que soy artífice de los demás: de Teresa, del diablo de mi padre, de mis hermanas sin hermano, de las mujeres que he amado y me amaron… Es un pensamiento alegre, es una gota del licor que da sentido a nuestra existencia. La soledad no es una opción alegre, la soledad es la que hace contar mis días como placas de plomo que he de descolgar del muro blanco de mi habitación, la que me aplasta con su calor contra las sábanas.

Sin saber por qué, recuerdo a María, nuevo nombre en esta mañana, viejo recuerdo de unas semanas. En un relámpago se me aparece la luz de su cara ante ese espejo borroso. Me rendí con ella por miedo a arriesgarme, a ser feliz, a repetir errores mil veces cometidos, Ella, entristecida pero comprensiva, aceptó, sonrió como pudo y me regaló un último beso en los labios. Quizá pueda volver a intentarlo, quizá me atreva, aunque sea tímidamente, a amarla y dejar que me ame.

No lo sé, ha sido un pensamiento fugaz que me ha animado sin quererlo. Ahora, sin embargo, salgo a la calle, cojo el metro, estoy cerca del lugar marcado y Teresa me saluda a varios metros con su gran sonrisa, con su amor gratuito. María saldrá en la conversación, estoy seguro, Teresa me animará a coger el teléfono y marcar su número. ¿Lo haré? Me tienta mucho, cada vez más. La mañana gris de pronto se diluye, los abisales desaparecen con terror por la luz de verano y no hay acuosidad en mi mente ahora. Faltan muchas horas pero ya empiezo a entender que la cama hoy me recibirá de forma muy distinta; quiero creer que el sueño será más amable y me permitirá enfrentarme al guardián de los lunes terribles, al espejo que, dormido y ajado por el abotargamiento, me muestre el examen fatal de mi fondo, la monstruosidad de mi herencia.

Deposito mi fe en que mañana todo mejorará porque hoy está comenzando a cambiar para bien. Es imposible saberlo pero confío en mañana, siempre en mañana…

“Clap”

Los pasos suenan “clap clap clap” sobre las aceras mojadas. Sara lo sabe, lo comprueba todos los día en que llueve y baja por la larga calle de siempre esquivando todo cuanto le dificulta el paso, siguiendo ese curioso baile de las personas que tienen prisa por llegar a algún lugar. Sara llega tarde al trabajo, no exactamente tarde, llega justo a tiempo, pero para conseguir ese momento exacto el ritmo acelerado es lo mejor, es la manera más eficaz y en la que pierde menos el tiempo. Sara nunca se para a observar la calle, la mayoría del tiempo va pegada al móvil, aprovecha ese espacio de tiempo acelerado en organizar su comida con alguna amiga o con el hombre de turno. Hoy toca mamá porque ha venido a la ciudad con unas amigas y quiere comer con su querida hija única, Sara está contenta, esquiva una cagada perruna con tanta gracia que se diría que acaba de esquivar un montón de brillantes. La puerilidad del mundo no le afecta, ella está magnifica con su vestido bien ceñido, su melena enlacada y sus kilos de más, que ha ganado junto con una imagen personal de feminista rancia.

“Clap, clap clap” casi es música, una considerada poesía de los días de lluvia en que baja hacia su trabajo. En realidad le molesta porque no va para nada con el “tic tac” de su reloj Calvin Klein. Ella es práctica, la lírica le sobrepasa, nunca se ha sentido identificada con ella. Le gustan únicamente los versos que puede comprender, que utilizan las gastadas metáforas de amor, rosas, aves y colores de la gama cálida; igualmente Velázquez le parece lo más de lo más en pintura y no entiende las corrientes modernas a las que denomina basura con la seguridad de un catedrático.

-Sí mamá… exacto es ahí, te vas acostumbrado a la ciudad veo… ¡Mama! Pues bien qué quieres… ya sabes… oh no, es muy cool… claro que sí. Oh y te tengo que contar lo de Juan Luis, es muy fuerte, muy muy fuerte… Sí, mujer… Juan Luis, el ingeniero… el hijo de la del 34 ¿Sabes ya quién te digo? Ese… sí mamá, perfecto. Te dejo, ya he llegado. Te llamo a la una, un besito mami. Mua mua. -Sara se detiene ante las puertas de cristal, guarda el móvil en su bolso y se quita las gafas de channel con el gesto de un anuncio televisivo. Luego sus tacones dejan el exasperante “clap” que le ha ido acompañando todo el viaje y producen un nuevo sonido, más frío, más impersonal y a su gusto, ese que le confiere el mármol bien limpio por trabajadores que cobran la mitad de lo que ella ingresa cada mes.

Durante esa conversación Sara se ha cruzado con un panadero que la ha dejado el paso aunque estaba cargado con cajas, con una abuelita que paseaba al perro y que es su vecina del cuarto, vecina que se ha cruzado ya decenas de veces y que jamás saluda porque a Sara le repugna todo animal. También se cruzó con un ciego que vendía lotería y con una madre cargada con todos los enseres de sus niños y que les llevaba al colegio casi arrastrándolos. Sin embargo nada podría ella decir de todas esas personas con las que se ha cruzado, ni tampoco de los establecimiento ante los que ha pasado, nada.

Cuando la mujer entra en el ascensor se encuentra con el “guapo” de marketing, un cuarentón de raya al medio y traje impoluto, pero impoluto en ese sentido que todo el mundo cree y, por tanto, bastante común. En realidad sólo dos hombres visten bien de los trescientos que aquel edificio tiene en plantilla, pero casi nadie es capaz de apreciarlo. El “guapo” se sabe atractivo, de hecho se lo cree y su chulería no ha cambiado desde los dieciséis años. Está casado, tiene dos hijos pequeños, lleva engañando a su mujer cuatro años esporádicamente, siempre con mujeres del trabajo, sobra decir que le encanta y no sienten ningún remordimiento. A Sara se la folló en las navidades pasadas, un polvo magnífico (piensa él) que se dio en un hotelucho de Barcelona cuando enviaron a varios de la plantilla allí para un asunto en la filial de la empresa. Sara jadeó como una actriz porno y también estaría dispuesta a asentir que fue un polvo magnífico. En realidad fueron ocho minutos en los que él le comió las tetas, le desgarró las bragas y se la folló en la misma posición hasta su eyaculación. Punto final, por supuesto. En el ascensor, sin embargo, ella se coloca junto a él con una sonrisilla pícara y él le soba el culo un rato sin que la mujer ponga resistencia.

Se abre el piso de él y desaparece con un guiño descarado, Sara se queda sola en el ascensor, llega su planta, su jefe la espera en su despacho. Tiene sesenta años, es calvo, gafas gruesas, corbata monocroma y camisa de color con el cuello y los puños blancos. Es uno de los dos hombres que sí visten bien en esa empresa. Sara piensa que está ahí para consultar los últimos balances, él la mira largamente mientras ella se sienta, suelta una risilla y comienza a hablar de naderías. Se mantiene callado hasta que Sara enmudece, luego observa la cara demasiado rellena de esa mujer.
-Estás despedida, Sara. -dice muy serio.

De repente el mundo se hunde para la mujer, se levanta y se vuelve a sentar, boquea con una cara de auténtica imbécil y luego mira al hombre, recobra su orgullo, se indigna, se cree insultada sin razón:
-¿Por qué? -pregunta.

-Lo siento, Sara, pero no das la talla. Llevas dos años en este puesto y tu productividad no ha dejado de ser mediocre… Verás, pareces bien dispuesta pero no te fijas, estás ahí y te quedas con lo que está a tu alcance pero no ves más allá… Tuvimos esta conversación hace dos meses, era un aviso. Lo siento Sara, te ofrecería tu antiguo puesto pero está ocupado por otra persona, tienes que comprenderlo… Gracias por estos años con nosotros.

Evidentemente Sara se pone a insultar, indignada, es lo que va bien con su personalidad, el jefe lo escucha todo con cierto estoicismo, se lo estaba esperando pero todo eso a él le da igual. Cuando hace una pausa larga y le observa con ojos de animal carroñero, él le desea suerte y se va.

Sara baja a la calle media hora más tarde, digna, rehecho el maquillaje que ha destrozado con lloros y manotazos. Camina por la calle y el “clap, clap, clap” la enerva. El “guapo” está en la entrada con otro tipo, le guiña un ojo y susurra algo a su compañero, parece que hablan sobre ella, los dos hombre ríen; Sara les supera más indignada si cabe y comienza la ascensión por la calle a toda velocidad, ansiosa por llegar a su casa y llorar y gimotear, llamar a su madre y luego a su padre. Tan despistada está que mete el tacón en un agujero y tropieza, cae cuan larga es sobre el asfalto, por suerte es capaz de colocar sus manos para amortiguar la caída. Cuando se levanta comprueba que el tacón está roto, tiene el tobillo dolorido y la mano derecha llena de la mierda que antes con tanta elegancia esquivó.

Grita atrayendo toda la atención pero al final se levanta, lloriqueando, llena de asco, con el peinado deshecho y se queda quieta por primera vez en aquella calle, estupefacta ante el reflejo que de sí misma le devuelve el cristal de un escaparate. Por primera vez en su vida Sara se da cuenta de lo patética que es.