Los acusadores

El silencio sabe adquirir la pesadez del plomo líquido y el mundo se desarrolla en su glú-glú de magma, crean capas y más capas y más capas. No puedes huir. Somos tus fantasmas, nos dañaste, nos traicionaste, nos abandonaste. Esperamos en ese conocido rincón, quietos, atentos. ¿No recuerdas nuestro rostro? Es poco importante, pero estos ojos siguen en su lugar, picándote con la culpa para paralizarte mientras el mundo y el silencio siguen su plácido discurrir. Tardarán un tiempo: abrazarán tus tobillos, te inmovilizarán las piernas, presionarán tu vientre, ahogarán tu pecho, agotarán tus brazos y tus ojos sólo podrán vernos a nosotros; por tu boca se colará una inundación de plasma caliente, creando un molde de tu corazón. A escasos segundos de la desesperación, tu grito cobrará la textura de las burbujas y el eco repetirá nuestros nombres. Esto es una promesa.

Ansiedad, Munch 3

Ansiedad – E. Munch, 1896

Escena con hombre, mujer, tazas sobre la mesa, y globo azul al fondo

Se conocieron en 1985. Él había leído la novela de Orwell en su adolescencia, y todavía era suspicaz a los cambios políticos. Ella estaba obsesionada con la lluvia de bombas sobre Teherán. Tenían veinte años, quizá algunos más. Un amigo les presentó en un concierto, aquella noche sólo se contemplaron manteniendo la distancia, ella no estaba interesada, él era tímido. Su conocido común murió tras una mezcla indeterminada de drogas; se habían separado con la música y las mareas humanas, por lo que el shock no fue tan grande como podía haber sido. Tres días después volvieron a coincidir vestidos con traje, esta vez en el cementerio. Luego tomaron un café, recordaron a su amigo, fueron al cine, cenaron, él la acompañó a casa, ella le invitó a subir, y los dos encontraron perfecto el sexo. No pudieron desayunar juntos, él cogía un vuelo temprano.

Retomaron su historia de amor tres semanas después, pero el café ya estaba frío. Lo intentaron, sin éxito en la cama o en sus caracteres.

Doce años más tarde ella había abandonado los jeans y los tops ajustados, ahora vestía trajes, pañuelos al cuello, y gafas de cristal redondo. La estudiante de periodismo se había reconvertido en abogada, papá tenía un bufete, las oportunidades de una vida razonable y estable no se pueden desaprovechar. Él era profesor de literatura en la universidad, milagrosamente conservaba un buen físico, aunque lo ocultaba con éxito bajo su horrible ropa. Hubo una conferencia sobre utopías, eutopías y distopías en la literatura anglosajona. Ella vio su nombre en el cartel del evento. Acudió por curiosidad. De nuevo entablaron conversación en una cafetería. A ambos les gustó comprender que, pese a haberse vuelto más aburridos, no habían cambiado demasiado; esa era la impresión que daban. Se separaron pronto, ella tenía una cena de negocios. Esta vez dejaron pasar poco tiempo, comieron juntos un miércoles y recordaron viejos tiempos en la cama el sábado. Un año después ya vivían juntos, y terminaron comprándose una casa a las afueras, cerca de un lago.

En el porche, algo más de un lustro después, hablaron sobre tener un hijo, le pondrían el nombre de su amigo muerto si fuese un niño. La idea duró un día, a la mañana siguiente el hombre se levantó antes, como siempre, hizo footing, compró dos periódicos, -el de corte conservador para ella, el de izquierdas [pero no escandalosamente] para sí mismo- se tomó una ducha, y preparó el desayuno. Ella hizo su aparición con el olor del café, ya estaba vestida y peinada. En la cara no estaba su habitual sonrisa, tampoco le besó, era su costumbre pero por alguna razón hoy la evitaba. Tras beber media taza encontró el valor, le miró, y se negó a tener un hijo. ¿Por qué? Al principio pensó en los problemas de su carrera, pero después de nadar en el lago, cuando se vestía en casa y tenía aún la piel tirante por el agua fría, cayó en la cuenta de la pose de mujer hecha a sí misma, profesional y valiente. ¿Dónde se habían quedado sus antiguos miedos? No habían sido ingenuos, se negaba a considerarlos así. Mucho tiempo atrás ella tenía el deseo de viajar, de convertirse en corresponsal de guerra, quería evitar que esa peor cara del ser humano fuese maquillada. Tenía miedo a la manipulación desde los grandes a los pequeños. Creía en la igualdad como en una religión. Su marido también fue distinto, cuando se conocieron temía la vigilancia descontrolada, al gran hermano ordenador del mundo. Su sueño habría sido ser escritor, no por denunciar ningún peligro, simplemente por contribuir al entretenimiento de las personas, por crear algo bello. Pese a esos miedos antiguos, ahora comían en vajillas de diseño, conducían dos coches de gama alta, se gastaban enormes cantidades en compras innecesarias o en vacaciones de lujo. Mientras, en oriente próximo seguían cayendo bombas, Internet se expandía, ya entonces amenazaba con apoderarse de todos los procesos bajo la razonable idea de hacerlos más sencillos. EEUU estaba en su apogeo. Ella se preguntó si les afectaba un mínimo todo eso, al menos más allá de la exclamación indignada. ¿Cómo habían cambiado tanto? Aquella bofetada le mostró el tipo de vida elegido, su sentido. No le gustó, quería cambiarlo, por eso no podía tener un hijo, aún necesitaba dedicarse más tiempo a sí misma, todavía no había llegado a sentirse plena. No era quien quería ser.

Él escuchó todo sin interrumpir ni una sola vez. Ella, al final, le preguntó si seguiría a su lado, si estaba de acuerdo, si se atrevía a reinventarse, a renunciar a la comodidad de una vida bien resuelta.

Antes de dar una respuesta, él bebió un desagradable sorbo de su café, se había enfriado de nuevo.

Funambulismo y ecos de Babilonia

¿Cómo enfrentarse a la vida? Tomarla por algo horrible sería fácil. Abrir las ventanas al ritmo de la séptima de Beethoven, sentir el viento agitar las cortinas con saña, mirar abajo, buscar los charcos, igual que lagos en medio del asfalto, observar el cielo, las nubes plomizas, ese techo imperturbable sobre el que Dios se ríe a carcajadas desde hace miles de años. Luego respirar, notar el frío calar en nuestras ropas, desnudarnos, repasar con las manos la propia anatomía buscando las rutas igual que lo haríamos sobre un mapa. Llegar a la cara, la boca y bajar deslizando los dedos hasta el sexo. Sacar un pie al alfeizar, después el otro y saltar cuando el allegretto esté en su punto álgido. Caer con la música, caer desembarazándose de la insoportable vida, ceder al fin a ese deseo de destrucción que la terca voluntad nos impedía.

No, cierras la ventana, dejas pasar el momento y tomas una larga ducha caliente hasta que la sinfonía se termina. Cambias radicalmente de banda sonora, es necesario, como si en la séptima hubieras buscado el valor para dar el paso en el vacío, ahora prefirieres evitar tentaciones. El juego de funámbulo no se ha celebrado y la música clásica parece no ajustarse al silencio, a la siguiente etapa después del fallido fin. La pantomima te lleva a Queen. Escuchas la letra quieto, atento para no perderte una sola palabra, identificándote con la historia y preguntándote por qué “the show must go on.” Se te ocurre que es la inercia la que te empuja hacia delante y te frena justo antes del salto. La canción termina. Después, como si hubiera sido convocada, te golpea la oración de Edith Piaf, también en inglés, pero esta vez dudas de sus palabras y, mirando el cielo, piensas en ese Dios carcajeante, en si será capaz de sentir piedad.

Sabes que estás condenado a la violenta expectación de tu propia vida. Es la consecuencia derivada de la historia: un día los hombres buscaron formas de llenar el vacío. No se dieron cuenta de que en el silencio estaba la respuesta. Quizá la culpa la tuvo un rayo, su trueno quebró una noche quieta, y a partir de entonces los hombres tuvieron miedo y buscaron protección, cuevas, armas y pieles con las que cubrirse. También observaron al cielo y pensaron en alguien enfadado y poderoso. El resto ha sido el desarrollo natural de un sentimiento. Las sociedades descienden de algo tan primario como el miedo, pero si alguien hubiese tenido el valor de infundir tranquilidad en el resto, si hubiera señalado las nubes como causa, entonces quizá los hombres aún disfrutarían de las tardes sobre las colinas o del mar en las playas. Si el silencio hubiera sido la primera piedra la evolución habría sido más dulce, sosegada, formada alrededor de sentimientos que dejarían la razón a un lado.

Pero ha sucedido otra cosa, y nuestra técnica se ha refinado, ahora levantamos grandes bloques de edificios donde adquirimos unas cuantas habitaciones mediante procesos cómicos, carentes de sentido. También hemos logrado comprender los truenos y ya no los tememos. Ahora existen trabajos intrascendentes de supuesta gran importancia, divisas para mover el destino de millones de personas por caprichos y juegos de sombras chinescas; hay envidia del exceso y un horror vacui extendido como una enfermedad. El amor se ha equiparado a contratos y se le ha cargado de preguntas, de tópicos, de miedos, de complicaciones. Ya no existe la simpleza, tú te mueves por la prudencia en vez de por el deseo. Evitas el daño pensando en las consecuencias, sin pararte a imaginar que quizá merecería la pena ser imprudente, quizá el premio fuese mayor. Pese al pensamiento no eres capaces de cambiar, y la duda te corroe empujándote hacia la seguridad de lo conocido, hacia el no apostar cuando se corre peligro.

Sabes que estás reglado, condenado. Has cedido a las metafísicas porque el mundo terrenal se ha transformado en un infierno sin solución. Lo sabes, por eso es paradójico que no te atrevas a dar el salto, y seas capaz de vivir pese a saberte culpable de la destrucción. Perteneces a una raza de heraldos de la muerte. El silencio se venga a través de ti. Eres una criatura ruidosa que parpadeará con su molesto cri-cri antes de desaparecer y dar paso al reinado del silencio y el vacío. El miedo desaparecerá contigo, por eso lo has intentado.

La siguiente canción que salta del reproductor ya te encuentra demasiado cansado para buscar metafísicas en ella. Te dejas mecer por la música, por la letra que no quieres entender. Ya no soportas más la excesiva exposición de tu desnudez, te aterra espiar tu cuerpo en los reflejos de la casa. Te pones ropa que huele a suavizante barato y te echas en la cama pensando en cómo pasar otro domingo igual que el anterior, exacto al próximo, invariable siempre, vacío incluso de la costumbre obligada del trabajo, hábito que te disgusta, pero que puedes resolver de manera casi mecánica. Se ha convertido en una forma de llenar los silencios, igual que lo intentas hacer con la música.

Frank Sinatra sorprende, suena anacrónico, no entiendes tanto romanticismo del tipo “vintage.” Acabas de superar la impresión. El mundo, no sabes por qué, vuelve a ser soportable. Entiendes que la primera pregunta que te hiciste es irresoluble. Se te ocurre considerar la vida como un salmo que se repite siempre de la misma manera, eternamente, quizá por eso ha perdido todo su significado y tus labios pronuncian palabras huecas sin lograr invocan nada, ecos inaudibles llegados desde Babilonia.

Te adormeces en la cama con Leonard Cohen y te encuentras en un sueño desprovisto de adornos, donde tú y aquel al que te gustaría poseer, estáis unidos como figuras en una caja de música. El baile es infinito, la mirada es infinita, pero el disfrute de la belleza única del otro os lleva al pánico. Bailareis hasta el fundido en negro de ese beso que tarda en llegar y suplicas.

Te hundes en la oscuridad donde desaparece la incógnita. Te sumerges en el sueño líquido donde el oxígeno no te quema por darte vida, donde el agua te recibe imponiéndose contra tu cuerpo, incorporándote en sí misma, rebelándose como el molde original del que provienes. En algún momento abrirás inevitablemente la boca y el líquido recorrerá ansioso los huecos vacíos de tu cuerpo. Así, suspendido como un pez muerto en medio de dos superficies, ya no sentirás la necesidad de afrontar la vida y podrás descansar en ese apacible éxtasis amniótico y denso.

Transcripción cognitiva

Observar cómo nacen los desiertos desde el vientre mismo de todo lo necesitado.

Aborrezco la monotonía del acorde malsano, la respiración del titán.

¿Dónde hemos nacido? Recuerdo mis pies enterrarse en la arena fría y húmeda de la playa en invierno, cuando las partículas tostadas conforman un desierto real y las olas son despreciadas como si su espuma fuera la de todos nuestros residuos. La paradoja del verano transformará esa misma espuma en deseable como la cerveza lo es para cualquiera. Esos paseos con los pantalones subidos graciosamente hasta las rodillas y las risas surgiendo de nuestras bocas es lo más cerca que tengo de mi nacimiento. ¿Nacimos allí? Se me ocurre pensar que esa mar excesivamente salada y yerma en la apariencia fue el líquido amniótico. ¿Podría ser posible? Quizá aparecimos en la playa expulsados como un Adán y una Eva desorientados. Pero es cierto que más allá los viejos nos juzgaban y tú les sacabas la lengua mientras yo te señalaba los grandes edificios tras nuestros enemígos. ¿Por qué nos juzgaban? Quizá pisábamos un terreno sagrado, pero no tiene sentido ya que estaría lleno de hombres santos de manos superiores; entonces posiblemente fuese lo contrario y nos expusiéramos tú y yo en un terreno pagano, fuera de su religión y por tanto ajeno a ellos.

Irrealidad, recuerdos inventados, mecánica mental. Desprecio. Ardor. Términos mudos… Juicio.

Estoy empapado de tinta y sólo hay una marca limpia, que es la tuya.

La muerte siempre al lado.
Escucho su decir.
Solo me oigo.

Alejandra Pizarnik

Realidad sonámbula

Me levanté sin tener realmente ganas de hacerlo, pero debía, me sentía empujado por ese agotamiento febril que no puede ser vencido por nada y que me aseguraba que, por mucho que estuviera acostado, nada iba a cambiar ni mejoraría mi estado. No dormiría, ya no.

Había tenido un sueño extraño que ahora sólo recordaba a medias; en mi imaginación se disponía una extensión enorme de color azul oscuro, bien podría haber estado cubierta de hierba o ser agua. La temperatura era muy baja y alguien, esa sombra indescriptible que protagoniza nuestros sueños, se acercaba a mí, me miraba largamente y hablaba de algo ignoto completamente olvidado por mí. Luego esa sombra me besaba y tal y como me besaba se convertía en una boca enorme que me devoraba con dolor. Fue ese el momento en que me desperté, sobresaltado en mitad de la oscuridad. Observé la habitación y, a mi lado, durmiendo plácidamente, estaba esa otra persona que comparte mi cama y, que en ese momento de extraña confusión, me pareció como un objeto, algo ajeno a mí, irreconocible. Le mire de arriba abajo, cubrí toda su anatomía inerte y podría haber sido un cadáver abandonado o un títere dejado de forma abrupta sobre la cama. Esa imagen me impresionó, fui consciente de que era mi mente la que construía esa quimera, la que me guiaba por los callejones borrachos de la debilidad nocturna, de la fiebre del alcohol ingerido en la cena, de la pesadilla despiadada que me había acosado hasta derrotarme, hasta devolverme al mundo real de la misma manera en que Alicia hubiera sido exiliada tras cortarle la cabeza, arrojada contra el dorso del espejo que haría pedazos.

Preferí no mirar a mi lado de nuevo, volver la vista a la ventana, de donde surgía la amarillenta y algo lejana luz de la noche. Me acurruqué en la cama y quise dormir pero no pude, balanceándome en el insomnio que me llevó por fin a esa meta del erguirse, vencido en la parodia de levantarse de una caída sin derrumbe, siendo el desvanecerse el hecho de elevarse.

Deambulé en ese anacronismo, horas después de despertar, sin atreverme a verificar o desmentir el objeto que aún dormía en la cama. Abandoné la habitación buscando la libertad de poder ser yo mismo, aunque más torpe que de costumbre, sin la urgencia del silencio ante el miedo de despertar al otro. Me dejé caer en algún asiento y así vi pasar la quietud de las horas, las perezosas briznas de luz artificial que poco a poco se fueron apagando y convirtiendo en esa palidez homogénea del amanecer. Entonces me levanté, sin saber de qué manera había gastado el tiempo blanco que mi pesadilla me había brindado. Pude aprovecharlo en la nada, pude haber imaginado o discurrido sobre los hechos que acababa de vivir, pienso que ni siquiera en lo primero me detuve sino que yací ahí, igual que una cáscara vacía, objeto abandonado de su propia consciencia.

Recobrar la propia movilidad es, por lo general, algo fácil, tan habitual que es imposible darse cuenta del hecho, sin embargo, para mi en aquel momento no era de esta manera. Yo, yo que había servido de estatua levemente móvil a la noche, espectadora única de aquel posado, tenía que revivir, hacer funcionar a un cerebro que era todo oquedad y abrir mis articulaciones de cerradas que se encontraban por el frío y ese sentimiento de solidez. Finalmente conseguí levantarme, en realidad el proceso duraría unos segundos pero no importa el tiempo que contabiliza la esfera del reloj sino ese propio que convierte lo que es absurdamente cuantificable en algo relativo como el mundo mismo. Mi motor, esta vez, fue un sonido obsceno, surgido de mi estómago, algo tan vulgar que era imperioso de contestar.

La cocina me acogió fría como un anónimo, puse la cafetera, hice las tostadas y lo serví todo en el salón, buscando una estancia más acogedora, menos cerámica e inflexible. Sentado en la mesa, mirando por la ventana el día que nacía escuché la voz del otro, del que había confundido con un objeto en mi enloquecido momento. Sentí un escalofrío con aquel saludo tan coloquial, tan común, que me lanzaba esa persona cotidiana, conocida y que no sospechaba nada de la criminalidad con la que había huido de la habitación, del sueño y de la cama, nada podía saber de que le había disminuido a la categoría de cosa, de mero objeto; le había destruido. Ese escalofrío fue sustituto del miedo de criminal atrapado, pero a mí nadie me había esposado, yo sólo sufrí y digo sufrí, un beso en mi nuca que me recordó a aquel que había sufrido en el sueño, sólo que este era muy distinto, a este no le siguió una dentellada terrible sino un rostro sonriente, adormilado, que me devolvió de pronto la humanidad y el mundo.

De pronto supe que estaba despierto.

¡Indolentes, amadme!

¿De verdad ha sido cierta esta evolución fatídica y oscura? ¿No ha sido un sueño (pesadilla)? ¿No? Por favor, deberíamos de ser otra cosa muy distinta ahora, deberíamos haber conseguido llegar a un momento distinto, a un futuro en el que hubiéramos perfeccionado el bello arte de existir.

¿Cómo hemos llegado a este momento en que abandonamos la vida, el rumbo mejor de la verdad y de la propia metamorfosis? No, no tengo palabras de desprecio suficientes en mi boca, de donde mana esa saliva que se hace mar y lo llena todo con su agua de babosas, de crisálidas que jamás explotarán. Así somos todos, cómodos gusanos entregados al calor del cuerpo que emana de las alcantarillas, de las ciudades. Hemos abandonado la verdad y lo que es peor, nos hemos abandonado a nosotros mismos.
¡Esa naturaleza humana! Desvirtuada, que apaga hasta al más salvaje de los espíritus con su promesa de comodidad, de dicha simple y vaga. Nadie quiere ya hacerse yagas en las manos o en el alma. ¡Qué indolencia!

Antes los hombres como tú estaban ligados al paso del tiempo, a la terrible tristeza de la vejez, algo de lo que muy pocos, genios sin duda, lograban escapar. Somos monstruos, demonios, y escribimos epitafios de nuestra vida continuamente en bonitos volúmenes que llenan los áticos de escritores que han contemplado a las babosas, que se creen semejantes pero que han sabido conformar una historia distinta dentro del común que nos denomina a todos.

No nos queda nada por vender al príncipe de la oscuridad, príncipe de los poetas, lo hemos empeñado todo, incluso la libertad y el amor. El amor que todo lo podría redimir se ha oscurecido, podrido en egoístas intentos por dominar y adjetivar ese estado que confunden con el cariño, la estima y más y más comodidades. Ya nadie ama, no se atreven, no sabe y aquel hombre que no ama es sólo un monstruo al que se podrían llevar esos dioses de todos los demonios.

Jamás habrá otro Rimbaud, porque jamás habrá nadie que quiera padecer la pobreza, el frío, el hambre, la violencia, la soledad, la sangre… El atrevimiento de ese muerto dorado, de ese hombre de sal, no será repetido; quizá sí imitado con la actitud de un arlequín, pero jamás nadie le igualará. Lo peor, la certidumbre de esa sádica risa que suena cuando el viento nos mece, es que él perdió, él también se dejó dominar con la golosina del estado y la sociedad.

La culpa de este juicio recaerá en nuestra civilización, que ha sido la mayor desgracia que ha acaecido sobre nosotros, nuestro mundo entregado a las manos lavadas de esos ciudadanos de barro, ha sido y será nuestra peor suerte porque somos hombres que cada vez se van transformando en otra cosa, que pierden su sombra como el árbol las hojas, como el pájaro las plumas…

Y nosotros, animalitos con bonitos collares, atados de látigos que azotan nuestra carne en los trémulos placeres nocturnos, en las perversiones satisfechas de la leche del varón y de la verde absenta; en la cruz y en la estrella y en las religiones y los dogmas que han quemado las retinas y las vidas de tantos y tantos pobres pecadores que sólo pretendían ser felices, amar, saber o incluso pensar.

¿Pero qué os creéis vosotros? Duques de la sinvida, esperando sin motivo los besos que se depositen sobre vuestros labios, caricias del amante. Religiones, políticas, comodismos del sillón y la cierta riqueza. Somos todos unos cobardes, somos todos despreciables por no saber qué decir, cómo decirlo. Damos asco visceral por conformarnos, por caer en esa insidiosa tristeza de los recuerdos, de la esperanza de una vida simple cuando podríamos, deberíamos, aspirar al parnaso. ¿No me oís? Este es el canto de desprecio hacia toda la humanidad, hacia aquellos que se sonrían con mis palabras y hacia aquellos que se sonrojen, es el canto a mi mismo y a ese niño al que amé con el deseo brutal de la fisicidad más inmediata, rastrera, sudorosa y sangrienta.

Rabia, diréis, y estaréis muy cerca de la respuesta porque me podéis figurar sobre la ajada mesa, desnudo, sudando por el calor de un inclemente sol que no sale en la más oscuras de las noches urbanas.

Buscadme en las sonatas, en las tristes músicas que ponen banda sonora a la existencia de los locos pues en la locura está la salvación. Sólo en la inclemente querencia de la locura encontraremos la redención, encontraremos el verdadero dios, su palabra y su gesto. Su gesto eres tú si sabes llegar a su camino, de lamer las yemas de los dedos que te tienda, pues en esas manos llenas sombras, de excrementos, de valor, está la verdad. La cobardía se ha apoderado de nuestra piel y nuestra alma.

¿Quiénes somos? Nadie lo aclarará, nos estamos convirtiendo en máquinas cuanto más las utilizamos; ahora somos datos, líneas intrincadas sobre estadísticas. No nos queda nada, ni una esperanza, ni una chispa que se funda con el mar; como un cuchillo surcando las líneas de la vida, rasgando el futuro adivinado, la felicidad pasada, los recuerdos, las nieves, las flores y esas miradas que no se dirigen a ningún lugar, pero que ven, todas las noches, aquellos pecados que cometimos cuando fuimos felices.

¿Y tú, me amas?

De la metafísica

Si nos pudiéramos librar de la razón… si pudiéramos, por un instante, abandonarnos a esa brutalidad que parecemos llevar en la sangre, ese rastro de animal que aún nos queda en partes de nuestro cerebro… pero no podemos. Es extraordinaria la diversidad entre los individuos humanos: encontramos un gran matiz que se debate entre el hombre sensible que sólo se deja llevar por sus pasiones, y ese otro intelectual que tan sólo se procura placer con el conocimiento. Aristóteles siempre habló del punto medio, del equilibrio, del balance, en conseguirlo se hallaba la virtud. Luego llegó Kant casi dos mil años después y añadió que no, que había un abismo insalvable entre una cosa y la otra, aunque encontraba un débil puente en el propio proceso de la “duda”. Hume ya lo había anunciado. Schopenhauer rebatió el positivismo que Kant quería encontrar en su duda y Hamlet, ese mismo Hamlet de Shakespeare, tenía su extrema duda en la cabeza volviéndole loco. Así en esta lista de nombres podríamos confundirnos con tanta filosofía y añadir que todos esos grandes hombres no son nada. Pero sí lo son.

Ese es el problema, que todos esos filósofos, a los que aludir en un texto puede volver pretencioso a su autor, todos ellos han sido fundantes de la nueva cosmología. Son dioses de un mundo griego, un mundo de cartón sin fondo, con ricas columnatas y frontones a la entrada, pero con zanjas embarradas tras sus puertas. Ese es nuestro mundo, un mundo decadente en su propio intelecto, que se cree, viendo las magnificas portadas que él mismo ha construido, ser un mundo cercano a la perfección. La realidad es que nos hemos alejado de la vida, es que el hombre virtuoso, el hombre hegeliano en su máximo desarrollo tiende a existir convertido en paria y son el resto, de naturales instintos cercanos a la vida, los que crean los hombre griegos.

Queremos entender el mundo, queremos iluminar nuestras ciudades para que no quede rastro de la sombra, de la duda, queremos ser profetas del futuro y lo somos en verdad, lo estamos construyendo con nuestro empeño. También deseamos amar y ser amados, deseamos entender y disfrutar y queremos encontrar esa quimera impuesta: la felicidad. ¿Quién es feliz en constante? Quizá podríamos dividir el mundo en dos grupos, aquellos que tienden a ser positivos y los pesimistas. Los primeros siempre serán felices porque siempre estarán dispuestos a tener esperanza y creer en lo mejor. Los segundos serán infelices porque su vida es diametralmente distinta a la de los primeros, son Hamlets en un mundo shakesperiano.

¿Pero qué soy? ¿Dónde conocer el árbol de la ciencia del bien y del mal? ¿Cómo vivir? No lo sé. El otro día vi a un hombre que tenía la vida que yo quería y sentí envidia y desazón, sentí a la vez que no quería ser otro él y que debía encontrar mi camino. Me di cuenta, aquel día, que yo no soy porque no sé qué soy. Lo confuso es que no sé describirme como ser y, también, me quedo callado en muchas conversaciones, cuando el tema que se trata me sobrepasa, me impone su duda pesada y no sé juzgar si aquello que yo iba a decir se trata precisamente de algo bueno o si bien es maligno. ¿Cómo vivir en esta desazón, en esta duda? ¿Cómo? No parece que haya una respuesta exacta. Aún teniéndolo todo, aún disfrutando del mundo y de sus facilidades siempre resta la filosofía.

Nadie está a salvo de la metafísica.