Op. 288, Icaro, Lento ma non troppo

Lento. Abres los ojos y eres consciente de tus alas, estiras esos nuevos miembros nacidos como ramas de un árbol dormido. Extiendes las plumas perezosas, unos dedos nuevos, torpes aún. Preparas la musculatura y realizas el movimiento más evidente, el más instintivo. Ganas en agilidad, sientes esa nueva fuerza transformarte en algo más. Tu pecho se enciende con una rabia y un ansia incomprensibles minutos antes, entonces tus pies se despegan del suelo, la sensación te encoge el estómago, pero sonríes con tus dientes de fiera. Un poco más, dejas atrás las miradas embobadas de quienes te odian, temen o envidian. Los cuervos graznan su bienvenida en los tejados, pero también les abandonas, continúas tu ascenso y ya no buscas la tierra, sino las estrellas.

¡Ah! ¡La asfixia del cielo! El delicioso dolor en el ascenso excita tus lacrimales, las gotas calientes cruzan tu cara y se escurren por tu cuerpo, arrastrando tu sabor y dejándolo caer hacia la tierra que has abandonado, desde donde te observan con su boca abierta cientos de niños sedientos. Te impulsas más arriba, más arriba.

Tu cabeza empieza a llenarse de sonidos, de voces que te alertan del peligro, de demonios que se ríen por tu osadía, de arcángeles que te insultan bajo la aterrada mirada de algún dios impotente. El ruido se hace ensordecedor, gritas, gritas con alegría y desesperación, pero no puedes escucharte, tu cabeza está poblada por toda la genealogía de mitos y tu voz es una más en el coro, no es posible distinguirla.

Llega el momento decisivo: ya no puedes más, el crescendo ha alcanzado su fin y tus pulmones llevan ya varios minutos estrujados en un intento por aprovechar unas migajas de oxígeno, entonces se hace el silencio.

Uno.

Dos.

Tres segundos.

El último suspiro sale de tu garganta, una exhalación prolongada donde se escapa el quejido apaciguado de tus demonios, el gemido que anuncia la eyaculación de los arcángeles, el descanso de los mitos, la muerte de dios. Tu cuerpo cae con la velocidad de la carne y sientes al viento abrazarte y jugar contigo, animarte a recuperar el sentido, a luchar, a batir las alas que ya se deshojan por la violencia de tu caída.

Lento. El golpe detiene el mundo, te quiebra con la precisión de la cerámica, tu carne se separa en diez mil direcciones, ya con intención de ser vestigio, pero cuando el efecto de velocidad aún no ha desaparecido de tu materia, antes de dejar de parecer algo casi humano, estallas en infinitas motas de éter, preñando a los hombres con la obsesión por alcanzar las estrellas.

Da capo.

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Lamento por la muerte de Ícaro – Herbert James Draper

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Festivales bajo el sol

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Agosto de 2014

Además de playa, sol, y la invasión teutona habitual, el verano trae consigo una lista cada vez mayor de festivales. Este año el buen tiempo parece resistirse y quizá eso beneficie a la cultura; aunque, en honor a la verdad, no lo necesita. Normalmente estos festivales consiguen colgar el cartel de todo vendido, y eso es lo curioso, la paradoja, porque si bien no queda una sola butaca o espacio libre, el ambiente es de lo más distendido y relajado, como si por una vez la cultura dejase de ser esa cosa pedante y no muy bien considerada por la mayoría, y pasase a estar casi a la misma altura que un evento deportivo; no obstante, ese “casi” es de lo más dramático.

Con la idea de escribir sobre los festivales, un servidor ha estado recopilando información, y sin quererlo se ha encontrado con más de cien páginas. Evidentemente su lectura ha sido transversal, pero me ha parecido interesante comentarlo aquí como muestra de esa profusión de festivales y del interés que suscitan. El FIB, el Fringe, la semana negra de Gijón, el festival de Mérida, Almagro, Olmedo o Sagunto son sólo algunos de estos festivales. Ganan, por supuesto, las apuestas escénicas, seguidas de muy cerca por las musicales. El resto de artes están muy lejos de equiparárselas.

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Ilustación de FRUIZ, aka Jorge Fernandez Ruiz

La literatura aparece casi de forma anecdótica, si bien hay varias actividades de lecturas dramatizadas (o no dramatizadas), por ejemplo el Festival de Narradores orales en la Casa Museo Antonio Machado (Segovia) o en el propio Festival de Almagro, que apadrina la mismísima RAE. Los museos también han sabido aprovechar el verano con exposiciones concebidas para esta época, si bien no existe ningún festival importante en nuestro país.

No puedo hablar tanto como me gustaría sobre la amplia oferta de espectáculos, pero sí quiero destacar los cuatro grandes festivales de teatro clásico, (Mérida, Almagro, Olmedo y Sagunto) que han conseguido convertirse en una referencia no únicamente estacional, sino durante todo el año. Muchos de los espectáculos estrenados bajo sus alas comienzas su gira poco después, ya dentro de las temporadas normales de los teatros. Pero además han tenido el valor de evolucionar, apostando por un maridaje con perspectivas, elementos e incluso obras enteras completamente contemporáneas, lo cual enriquece con mucho la experiencia del espectador, además de descubrir un tipo de evento distinto a ese público de intereses más conservadores.

En el Bierzo también tenemos nuestra dosis estival de cultura. Destaca el festival Corteza de Encina, un ejemplo curioso, pues tuvo buena acogida en sus primeros años y ha sabido continuar con un notable éxito en todas sus ediciones. Se le podría acusar de cierto amateurismo, pero me atrevería a decir que precisamente esa característica ha favorecido su aceptación por los ciudadanos.

Con este abanico cada quién podrá encontrar el festival más afín a sus gustos si se interesa por ello, o simplemente elegir los espectáculos organizados por su localidad, (Muchos pueblos pequeños también se han apuntado a la tendencia con actividades para el verano) Este turismo cultural es una alternativa al sol y playa tradicionalmente ofrecido por nuestro país, y aunque incipiente e intranacional, parece extenderse con rapidez. Podría estar aquí el germen de un futuro más esperanzador, al fin y al cabo, en la presentación del festival de Almagro, su directora, Natalia Menéndez, hablaba de la excelencia, y aunque es una palabra demasiado prostituida hoy en día, en su discurso quedaba bien, era comprensible. La excelencia como una meta a alcanzar, un ideal que se debería seguir, y que si continúa teniendo tanto público como hasta ahora, tanta aceptación, quizá consiga que no sólo en verano la cultura deje de ser esa cosa pedante poco valorada por una mayoría, y que algunos incluso desprecian. Quizá, por qué no, déjenme ser positivo por una vez, nuestra sociedad empiece a darse cuenta del valor de la cultura, de su utilidad, del futuro. Y todo ello sería gracias al verano, a esta época más cálida, menos agobiante, en la cual nos relajamos y somos capaces hasta de dar una oportunidad a cosas que generalmente no prestamos atención.

Funambulismo y ecos de Babilonia

¿Cómo enfrentarse a la vida? Tomarla por algo horrible sería fácil. Abrir las ventanas al ritmo de la séptima de Beethoven, sentir el viento agitar las cortinas con saña, mirar abajo, buscar los charcos, igual que lagos en medio del asfalto, observar el cielo, las nubes plomizas, ese techo imperturbable sobre el que Dios se ríe a carcajadas desde hace miles de años. Luego respirar, notar el frío calar en nuestras ropas, desnudarnos, repasar con las manos la propia anatomía buscando las rutas igual que lo haríamos sobre un mapa. Llegar a la cara, la boca y bajar deslizando los dedos hasta el sexo. Sacar un pie al alfeizar, después el otro y saltar cuando el allegretto esté en su punto álgido. Caer con la música, caer desembarazándose de la insoportable vida, ceder al fin a ese deseo de destrucción que la terca voluntad nos impedía.

No, cierras la ventana, dejas pasar el momento y tomas una larga ducha caliente hasta que la sinfonía se termina. Cambias radicalmente de banda sonora, es necesario, como si en la séptima hubieras buscado el valor para dar el paso en el vacío, ahora prefirieres evitar tentaciones. El juego de funámbulo no se ha celebrado y la música clásica parece no ajustarse al silencio, a la siguiente etapa después del fallido fin. La pantomima te lleva a Queen. Escuchas la letra quieto, atento para no perderte una sola palabra, identificándote con la historia y preguntándote por qué “the show must go on.” Se te ocurre que es la inercia la que te empuja hacia delante y te frena justo antes del salto. La canción termina. Después, como si hubiera sido convocada, te golpea la oración de Edith Piaf, también en inglés, pero esta vez dudas de sus palabras y, mirando el cielo, piensas en ese Dios carcajeante, en si será capaz de sentir piedad.

Sabes que estás condenado a la violenta expectación de tu propia vida. Es la consecuencia derivada de la historia: un día los hombres buscaron formas de llenar el vacío. No se dieron cuenta de que en el silencio estaba la respuesta. Quizá la culpa la tuvo un rayo, su trueno quebró una noche quieta, y a partir de entonces los hombres tuvieron miedo y buscaron protección, cuevas, armas y pieles con las que cubrirse. También observaron al cielo y pensaron en alguien enfadado y poderoso. El resto ha sido el desarrollo natural de un sentimiento. Las sociedades descienden de algo tan primario como el miedo, pero si alguien hubiese tenido el valor de infundir tranquilidad en el resto, si hubiera señalado las nubes como causa, entonces quizá los hombres aún disfrutarían de las tardes sobre las colinas o del mar en las playas. Si el silencio hubiera sido la primera piedra la evolución habría sido más dulce, sosegada, formada alrededor de sentimientos que dejarían la razón a un lado.

Pero ha sucedido otra cosa, y nuestra técnica se ha refinado, ahora levantamos grandes bloques de edificios donde adquirimos unas cuantas habitaciones mediante procesos cómicos, carentes de sentido. También hemos logrado comprender los truenos y ya no los tememos. Ahora existen trabajos intrascendentes de supuesta gran importancia, divisas para mover el destino de millones de personas por caprichos y juegos de sombras chinescas; hay envidia del exceso y un horror vacui extendido como una enfermedad. El amor se ha equiparado a contratos y se le ha cargado de preguntas, de tópicos, de miedos, de complicaciones. Ya no existe la simpleza, tú te mueves por la prudencia en vez de por el deseo. Evitas el daño pensando en las consecuencias, sin pararte a imaginar que quizá merecería la pena ser imprudente, quizá el premio fuese mayor. Pese al pensamiento no eres capaces de cambiar, y la duda te corroe empujándote hacia la seguridad de lo conocido, hacia el no apostar cuando se corre peligro.

Sabes que estás reglado, condenado. Has cedido a las metafísicas porque el mundo terrenal se ha transformado en un infierno sin solución. Lo sabes, por eso es paradójico que no te atrevas a dar el salto, y seas capaz de vivir pese a saberte culpable de la destrucción. Perteneces a una raza de heraldos de la muerte. El silencio se venga a través de ti. Eres una criatura ruidosa que parpadeará con su molesto cri-cri antes de desaparecer y dar paso al reinado del silencio y el vacío. El miedo desaparecerá contigo, por eso lo has intentado.

La siguiente canción que salta del reproductor ya te encuentra demasiado cansado para buscar metafísicas en ella. Te dejas mecer por la música, por la letra que no quieres entender. Ya no soportas más la excesiva exposición de tu desnudez, te aterra espiar tu cuerpo en los reflejos de la casa. Te pones ropa que huele a suavizante barato y te echas en la cama pensando en cómo pasar otro domingo igual que el anterior, exacto al próximo, invariable siempre, vacío incluso de la costumbre obligada del trabajo, hábito que te disgusta, pero que puedes resolver de manera casi mecánica. Se ha convertido en una forma de llenar los silencios, igual que lo intentas hacer con la música.

Frank Sinatra sorprende, suena anacrónico, no entiendes tanto romanticismo del tipo “vintage.” Acabas de superar la impresión. El mundo, no sabes por qué, vuelve a ser soportable. Entiendes que la primera pregunta que te hiciste es irresoluble. Se te ocurre considerar la vida como un salmo que se repite siempre de la misma manera, eternamente, quizá por eso ha perdido todo su significado y tus labios pronuncian palabras huecas sin lograr invocan nada, ecos inaudibles llegados desde Babilonia.

Te adormeces en la cama con Leonard Cohen y te encuentras en un sueño desprovisto de adornos, donde tú y aquel al que te gustaría poseer, estáis unidos como figuras en una caja de música. El baile es infinito, la mirada es infinita, pero el disfrute de la belleza única del otro os lleva al pánico. Bailareis hasta el fundido en negro de ese beso que tarda en llegar y suplicas.

Te hundes en la oscuridad donde desaparece la incógnita. Te sumerges en el sueño líquido donde el oxígeno no te quema por darte vida, donde el agua te recibe imponiéndose contra tu cuerpo, incorporándote en sí misma, rebelándose como el molde original del que provienes. En algún momento abrirás inevitablemente la boca y el líquido recorrerá ansioso los huecos vacíos de tu cuerpo. Así, suspendido como un pez muerto en medio de dos superficies, ya no sentirás la necesidad de afrontar la vida y podrás descansar en ese apacible éxtasis amniótico y denso.

Onegin

Una escena, el fondo de un teatro, un cuadrado gigantesco donde debería de estar dispuesta la escenografía entre la que los actores o cantantes se moviesen, representasen ese cuento por el que todos hemos pagado. Pero no, ahora está vacía de todo, es un cuadrado inmenso, vacío, blanco. Sobre el que se proyecta una luz anaranjada, algo dorada, donde algunos ven referencias al ocaso, al otoño, a la decadencia, a la madurez y a cierta maldición antes de ser cumplida.

Podría pensarse que el teatro está vacío, que no hay nadie actuando, quizá como mucho diríamos que puede ser un ensayo y de ahí la explicación de tal circunstancia. Estaríamos equivocados, el teatro está lleno, todos nos mantenemos en nuestras butacas, observando, conteniendo la respiración, escuchando la música que mana de la oculta orquesta. Pero hay acción en escena, hemos estado engañados y a la vez no del todo. Durante la obra los actores han cantado su desgracia, pues es un drama, un drama en el que dos personas se enamoran, en el que Onegin, el gran Onegin, ha matado a su querido amigo por un malentendido que aquellas causas del honor impedían otra resolución más limpia que la sangre.

Pobre Eugene, triste de apostura, aburrido de una vida vacua de nieve sempiterna, ocioso por naturaleza, amoral dentro de esa moralidad compartida por la clase a la que él pertenece. Es orgulloso y a la vez desprecia el orgullo; viste con elegancia oscura, con seriedad que quiere contrastar, por puro gusto de burla cínica, con la sociedad que le ha tocado. Se cree un vividor, un héroe que jamás podrá salirse de su papel, algo así como el protagonista de la novela, ese Don Juan que intenta burlar una y otra vez a la muerte halada, la cual se cree condotiero supraterrenal. Pero Eugene es mucho más inteligente, más fantasma de la Ópera que nadie, más Hamlet, más inglés que francés, lo cual va contra la moda. Gusta de ensayos difíciles y prefiere la música de un solo violín resonando por las salas columnadas de alabastro y otros mármoles, que las danzas mascaradas donde los caballeros arrancan caricias a brazos semidesnudos que no saben bien a quien pertenecen. Las risas embotelladas, aletargadas, de la madrugada sí le gustan. Onegin se sienta allí y les ve danzar, triste, en un rincón iluminado por no poder elegir otro más oscuro. Los vestidos de colores de las mujeres abrazan con sus vuelos las piernas de telas negras de los hombres. Hay alguno que viste de claro y rápidamente los rumores de esas cortes decadentes de variedades empiezan a murmurar sobre sexualidades ocultas, sobre querencias antinaturales. Ríen en ese placer de la invención sin razón. Pero Onegin sabe las verdades, en su papel de mudo espectador puede escuchar las mentiras y sus contrarios. Apenas le hacen gracia.

Su semblante es taciturno, se comenta mucho en ese mundo palaciego aburrido de sí mismo, todos le miran con cierta distancia. Allí cada quién conoce al otro o puede informarse con facilidad de su identidad.

Ahora ahí está Onegin, escuchando haciéndonos pensar que no escucha, con su sombrero de copa, su traje inmaculado, el pañuelo blanco, la camisa impoluta y sin embargo desgarbado, rechazado. Ha caído al suelo, se ha arrastrado, ha llorado y no ha podido erguirse de nuevo. Sobre él cae un polvo blanco que levanta brillos de oro gracias a ese juego de luces. Nos hacen pensar que es nieve y lo es, estamos seguros. Tenemos ahí, frente a nosotros, al pobre Onegin, con su tristeza incapaz de abandonarle, con la seguridad de que no hay escapatoria ya, de que su error pasado fue decisivo.

Eugene sabe ahora que no es ningún héroe, que no tiene una moralidad superior al resto, se da cuenta del tedio que le invadía antaño se debía a no abandonarse a eso tan sencillo que todos repudian en su momento. Finalmente no fue tan inteligente, se ha condenado él mismo a vagar en soledad hasta el último de sus días. Lo sabe, por eso le vemos tan triste, aplastado contra el suelo mientras la ausencia del escenario le hiela y le va llenando de ese polvo blancuzco que es la soledad. La luz de pronto se termina, el ocaso acaba en un azul medianoche hasta terminar en negro. El último acorde suena, por encima del resto, no es grandioso pero lo parece. El telón cae y todos rompemos a aplaudir, emocionados, tristes, felices de no ser Eugene, cuyo destino casi podemos adivinar. Seguramente su mente vuelva a la pistola ejecutora de aquel gran amigo suyo y la de vueltas en su mano incapaz de cometer el acto final. Onegin preferirá seguir en la contemplación lejana de su esperanza truncada hasta que llegue un día en que despierte y no note frío en su carne ni placer en la seguridad que sus rentas le ofrecen. Ese día volverá a la casa de su tío en la estepa rusa, rodeado de esa nada blanca, y allí languidecerá, huido de todo, esperando la muerte, esperando que el diablo lleve su alma. Moribundos placeres de los medio muertos.

Requiem

Supongo que esos réquiem modernos no tienen tanto que ver con los antiguos ¿o si? Se ha perdido la religiosidad de la muerte. No hablo de una fe cristiana, musulmana, judía o de lo que sea, no. Yo hablo de esa religiosidad, de esa santidad que tenían antes los entierros, las misas de réquiem con toda su fastuosidad, ese barroco estilo de escribir una misa de réquiem. No porque fuera propiamente barroco, que también, sino por elogiar a la muerte con una obra de tal categoría. Al fin y al cabo es todo un exceso de voces y de instrumentos sobre la humilde cabeza fría del cadáver. Es demasiada pompa para algo tan simple como la muerte. O eso pensaba yo, y pienso, para qué engañarnos.

Todo esto no tiene nada que ver con que no me extasíe con esas grandes misas de réquiem, bellísimas, cerca de lo sublime, que elevan la propia alma. Pero no son misa de muertos, no, son misas para vivos. Esa diferencia es importante porque quien lo escuchará está muy vivo, y aunque sabrá que lo que se quiere es homenajear al difunto no dejará de sentir esa fantástica sensación de estar ante algo verdaderamente grande.

Esa música retumba y se queja sobre nuestras cabezas, relegando al cadáver a su mero lugar de ornamento al fondo de la iglesia. El réquiem nos eleva, arranca las almas de los vivos para arrastrarlas a otro lugar más sagrado, nos mata, nos quiere matar, es una misa de asesinato. Pero el réquiem habla de una matanza simbólica, muy limpia, nada sangrienta, puramente espiritual, una ascensión no de cuerpo, pero sí de espíritu.

Si Dios existe, realmente se manifiesta a través de la música, y no de cualquier música, de la música que celebra la muerte, pues ese sería el reino último de Dios, la muerte. Es aquí donde él adquiere toda la potestad, todo el dominio sobre nosotros, pobres almas perdidas. Es dios el pastor que recoge el rebaño después de la muerte y nos guía por las sendas tenebrosas, sin temor, hacia los verdes campos donde nos pueda tener bien controlados en última instancia. Pero si lo miramos así la magia del réquiem se muere y ese sonido celestial de violines, del rasgar de arpas o de las voces angelicales de un coro de mujeres y niños nos parece que de nada sirven. Así que entendemos que ese otro mundo, esa otra orilla, el más allá, en fin, no es más que algo puramente paradisíaco, algo intangible, inimaginable, donde nos sentimos flotar, hundirnos en lo onírico, en lo que más placer nos da a cada ser humano sediento de trascendencia.

Sin embargo, parece todo una treta, una droga que nos suministran para tenernos tranquilitos sin movernos mucho. ¡Oh celestial música! tú pareces ser entonces una cómplice más de esa treta. Pero te perdonamos, al menos en nuestro éxtasis te perdonamos, porque con el corazón exaltado creemos ver a un Dios que somos incapaces de comprender, porque oyendo tales sonidos uno sí puede pensar en la divinidad. Que venga ya la muerte, estamos preparados.

El extranjero

Lejos, en algún horizonte ajeno a lo conocido, extremadamente lejos de su ventana y a tiro de avión, se encontraba aquel que jugaría un papel decisivo en el discurso de su vida, una piedra angular sobre la que construiría su futuro. Aquella persona, aunque él no lo sabía, aparecería tres años después, no muy lejos del punto que tan ciegamente miraba ahora, absorto en pensamiento de poca o ninguna importancia. En efecto, en aquella esquina se chocará con el extraño del que ahora no conoce su nombre. Se disculparán, recogerán los objetos caídos y sonreirán nerviosamente. El extraño tenderá la mano y se presentará, el otro la tomará musitando también su propio apellido y así ambas historias, ambas vidas se juntarán, pero lo harán de forma muy distinta. Mientras que el extranjero será decisivo para el oriundo, este pasará sin dejar rastro en el extranjero, de esa manera que las personas que no importan en nuestra vida pasan, es decir, sin hacer ruido, sin dejar grandes recuerdos. Para el oriundo será una desgracia cuando el extranjero desaparezca exactamente 853 días después del encuentro, es decir, casi dos años y medio más tarde. Será en Diciembre, lo que provocará que durante esas navidades y algunas más de las siguientes, el oriundo tenga un sentimiento muy desfavorable hacia las fiestas. Las detestará y se refugiará en su trabajo, quizá por ello sea tan decisivo el haber conocido al extranjero.

Pongamos que el oriundo es poeta, o mejor escritor, ya que los primeros son algo anacrónicos hoy en día, sea escritor pues. La repentina desaparición de una persona tan importante para él como el extranjero supondrá un aluvión de sentimientos y pensamientos que no será capaz de dejar salir de una mejor manera que con la escritura. Por ello, en esas vacaciones en que se sentirá sólo y marginado del resto de la sociedad, (e incluimos su familia) se dará a la escritura como algo purgativo y un tanto demencial, sin dormir, malcomiendo, viviendo como un autentico animal, lo que a sus veintitantos años será un algo desagradable y quizá demasiado extraño a ojos de la mayoría. Esa, esa será su opera prima, su primera gran obra, fruto amargo de un corazón roto por la perdida de una persona ajena a su mundo y tan importante como para nuestro planeta es ese satélite gris mate que gira alrededor de él.

¿Y si no fuera escritor? Pongamos que músico y entonces compondrá una pieza maestra, chirriante, diáfana o quizá extremadamente calmosa y llena de pequeños puntos de sonido como estrellas estallando, digna herencia de Varèse, Boulez o Grisey.

O quizá fuera escultor, o pintor y nazca así una obra digna de un neo-Rodin o un Rothko lleno de sentimiento y con una reflexión profunda y oscura como el final de Van Gogh.

¿Y si nada tuviera que ver con las artes este pobre oriundo de corazón desgajado? No quiero imaginarlo. Posiblemente, lo más probable es que cayese en una de esas espirales finitas, pero muy larga, oscura, nada iluminada; laberinto de soledad y tristeza del que saldrá difícilmente si el sentimiento fue verdadero o tendrá la suerte de pasar con pies ligeros si fueran mentira los 853 días en que el extranjero estuvo en su vida. Quizá esa sea la doble querencia que el oriundo le deba a su arte, una parte por saber sentir y la otra por saber salir de ese sentimiento.

¿Y al ajeno? A él sólo piedras y la vida tranquila.

Satie

Me hace soñar, Satie es una pálida luz en la noche, una vela encendida sobre una mesa de caoba oscura o quizá una lámpara de papel que proyecta sus dibujos difuminándolos en el aire. Satie es la delicadeza y es la pintura ensombrecida de la pared, la sombra… Satie es un whisky de sabor añejo que deja un regusto a madera en la boca, es un beso suave y cálido que sella la promesa de algo más. Satie es tristeza. Satie es un quizás, lo es todo en posibilidades y no es nada realmente, algo efímero y bello.
Allá en la Barcelona de 1965 alguien me susurró que para tocar a Satie no se necesitaba cerebro ni dedos, sólo corazón. Luego recuerdo el vaso sudado que me pasó aquella mujer de jugosos labios y acento francés. Agradecí su generosidad y bebí un trago de aquella delicia color miel. Pregunté de donde era pero sonrió nuevamente, nunca había visto unos labios tan rojos, pensé; ella respondió: París, de dónde si no.
Paris, aquella ciudad significaba futuro, elegancia, la buena vida; era la capital de bohemios, club restringido al que yo apenas me atrevía a pensar que podía pertenecer.
Paris y Satie, todo tenía sentido de pronto. Aquellos labios rojos sonrieron de nuevo sin decir nada más, yo terminé la bebida y subí al piano por ella. Esta vez cerré los ojos y mis dedos buscaron una tecla y luego otra. Se formó poco a poco el Gnossienne nº4 y Satie invadió la habitación, el tiempo se detuvo en el ambiente cargado, el humo fragante de pipa y la esencia de los perfumes llegó a mi olfato como una dormidera y aquella melodía ya no la tocaba yo, manaba de las bocas de los allí reunidos, de su aliento. Nadie hablaba ya o no parecía hacerlo realmente. Las miradas se volvían, los gestos se tornaban lentos y dramáticos, la piel de la cara se estiraba en la sonrisa de una mujer joven que bajaba los párpados lánguidamente ante el esposo de alguna otra ignota mujer. Era mágico, Satie volvía aquellas pequeñas cosas diarias verdaderamente bellas, los hombres y mujeres que se reunían en nuestro café semisótano huían de los corsés de la España gris, porque sabían que la moral y el juicio de la sociedad los considerarían culpables. Ellos eran ahora protagonistas de una novela y sus vidas y malos actos eran la trama y eran importantes.
Aquella belleza francesa me lanzó un beso desde la entrada. Aún recuerdo la estela que dejaron sus labios rojos al volverse para salir de aquella escena de actores olvidados. Nunca la volví a ver pero aún hoy cuando toco a Satie se lo dedico a ella.