Insomnio

Cada noche, al reposar la cabeza sobre la almohada, llega la corte, en tropel, una verbena agitando sus blasones y banderolas de colores. Aparecen antes de darme una oportunidad para cerrar los párpados, arrasan con mi somnolencia y me dejan la fatiga, el dolor en el brazo izquierdo tras una jornada de hacer siempre los mismos movimientos, las piernas cansadas. No sé por qué me canso. Cada vez ando menos, corro menos, hago menos ejercicio. Me cristalizo.

Mañana el reloj no tendrá piedad, el espejo no tendrá piedad, yo no tendré piedad.

¿Quién me vendió este cuento? ¿Quién me hizo creer en “esto”? Tonterías, deseamos la mentira, deseo la mentira, la verdad es aburrida, insulsa, la verdad duele y es agria, difícil de tragar. Sacrificio, es necesario más sacrificio, un mayor sacrificio para conseguir aquello que se desea. ¡Más madera! Arden poco estas compuertas al infierno, la maquinaria apenas vibra todavía. ¡Más madera! ¡Más madera! Hasta que no quede nada, hasta que el armazón de esta casa y este cuerpo acaben limpios de cualquier adorno, de cualquier cosa que no sea esencial para el avance.

La pastilla para dormir me provoca una nausea y vuelve acuosos mis pensamientos, difíciles de transitar. Los sueños y pesadillas se han replegado, me esperan al otro lado. Respiro. Imito la respiración de alguien dormido y procuro no moverme, procuro mantener los ojos cerrados. Quiero dormir, quiero la falsa paz de unas horas de inconsciencia. ¿A quién quiero engañar? El espacio que ocupo en esta habitación es ridículo. Termino enredado en el sonido de las manecillas del reloj y me pierdo.

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Dreamers, Albert Moore

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Teresa

-Tenemos los mismos asientos desde hace treinta años –dice estirándose como si fuera una condesa de finales del XIX, repentinamente atacada con alguna impertinencia.
Pero la chica sonríe extendiendo la palma hacia la anciana:
-Yo trabajo aquí desde hace quince, y es un placer poder acompañarles de vez en cuando.
Teresa no añade nada más, le hubiera gustado hacerlo, pero la contestación de la acomodadora le ha sorprendido. Frunce los labios, vuelve a elevar el mentón, y finalmente deja una moneda en la mano de la mujer.

Rosa toma el segundo asiento de la fila, mientras Teresa se quita el pesado abrigo, y mira en derredor buscando caras conocidas. Acaricia las pieles antes de sentarse, luego coloca la prenda sobre sus piernas. No usan el guardarropa desde hace casi los mismos treinta años, siempre ha habido mucha cola.

Rosa tiene las uñas pintadas de rojo. No comenta nada, pero a Teresa no le parece propio de mujeres de su edad. Superpone una de sus propias manos huesudas a la otra, en un ejercicio inconsciente de comparación. Esta sentada con la espalda recta, y al ser tan delgada y llevar el pelo inflado por la laca, su aspecto es el de un diente de león, aunque sin la fragilidad de la flor. Su posición es perfecta, le gusta pensar en sus modales como los propios de una reina. Así le llamó siempre su padre “mi reina”.

Charlan sobre la renovación del edificio, sobre el cambio de última hora en la soprano protagonista, y luego se dejan llevar por los cotilleos habituales. Se levantan dos veces para dejar pasar a otras personas, y quince minutos después se apagan las luces, y la orquesta entona antes de abrirse el telón.

La obra es deliciosa. Si algún periodista, siempre dispuesto a criticar, ha calificado su ópera como “provinciana” se debe a la simple envidia. “Las capitales tienen el deseo de ser únicos detentores de la verdadera cultura” -dijo una vez su padre. Tenía razón, y Teresa repite aquella frase cuando la ocasión es tan buena como esta.

Salen del teatro, el marido de Rosa espera en la plaza. Conversan unos minutos, luego se separan. Ya es tarde, las once. Teresa repasa mentalmente sus asuntos para mañana: no tiene nada importante, pasará por la librería para comprar esa novela de moda. La propondrá para la próxima sesión del club de lectura. Sí, eso hará.

Chicos con litronas en la plaza, con música estridente saliendo de sus móviles. Teresa pasa más rápido a su lado, apretando el bolso con fuerza. La juventud de hoy no tiene valores –piensa-, todos serán delincuentes, pero yo no lo veré. Esa reflexión, sin embargo, no contempla su mortalidad. Cuando Teresa piensa en la muerte lo hace sobre su funeral, que será sencillo, elegante, y emotivo en su justa medida; aunque a Rosa se le escapará algún sollozo estridente, tiende a la exageración. Arturo esta a la puerta de su edificio fumando un cigarrillo, al verla tira la colilla y le abre paso.

-Buena noches, señora.
-Buenas noches, Arturo. ¿Aún despierto?
-Ya me conoce, no me quedo tranquilo hasta verla de vuelta. ¿Qué tal la función?
-Preciosa, gracias –responde sonriendo.
Los movimientos del conserje tienen la precisión de años, la simple repetición habitual le empuja a llamar el ascensor, comprobar el reloj, abrir la puerta, y realizar el gesto de despedía con la idéntica sonrisa de todos los días
-Buenas noches, señora.
-Buenas noches, Arturo.

Tercero izquierda. Cambio de ritmo. Teresa cierra con dos vueltas y deja atrás la languidez. Enciende las luces, suspira mirándose en el espejo. Permanece inmóvil observando su aspecto, espera algo. ¿Un sentimiento? ¿Un pensamiento? Quizá cualquier cosa. Pero todo está quieto, atrapado en el tiempo. Deja el abrigo en su lugar, luego pasa al dormitorio, se quita pendientes, collar, anillos, pulseras, se desmaquilla, después adiós a los zapatos, abajo el vestido, y otra vez ante un espejo. Esta vez semidesnuda, esboza una posición casi erótica e introduce sus dedos en el pelo, lo nota rígido por la laca, pero tira de él, alborotándolo como si fuese una niña. Se pone la bata, y toma un yogur en la cocina, mientras se llena la bañera. Termina de desnudarse en el baño, apaga las luces y poco a poco se hunde en el agua caliente. Todo está en silencio, debe ser medianoche. Su cuerpo le parece menos huesudo, como si se hinchara. Está cansada, el baño es muy agradable. Su padre fue el único hombre que la amó. Es un pensamiento habitual en ella, una especie de herida donde hurgar de cuándo en cuando para aliviarse el picor. Se pregunta cuándo lloró por última vez, pero no puede recordarlo. Se queda en blanco. El grifo gotea. ¿Harán el amor Rosa y su marido? Quizá tiene envidia. Se reprende por su pensamiento. ¿Cuándo será la próxima ópera? Mañana llamará a Rosa para preguntarlo, ella siempre sabe esas cosas. ¡Cuánto silencio! ¿Por qué nunca remedió ese silencio? Ahora ya es vieja, es tarde. Intenta convencerse: todo va bien. No se arrepiente, es una dama. ¿Sirve de algo ser una dama? Es una pregunta inoportuna. No respondas, Teresa. Siempre se ha creído mejor que los demás. Su padre aún tiene la culpa, aunque lleve muerto dos décadas.

No, no recuerda cuándo lloró por última vez. Se siente maravillosamente en el agua, ojalá pudiera sentirse siempre así. Rosa estará ya dormida en su cama, con sus uñas pintadas de rojo. Mañana llamará, mañana comprará un libro, quizá también flores. Está cansada. Sería tan agradable dormirse en la bañera, arropada por el agua caliente… Cierra los ojos para relajarse un momento, sólo un momento.

El león en la noche

Avanzaba extenuado por la calle, lentamente. No sabía qué hora era, su móvil no tenía batería y nunca llevaba otro reloj. Ahora se arrepentía de no haber bebido lo suficiente para estar borracho porque necesitaba estarlo. Quería evadirse. A veces necesitaba eso, se iba a un bar y pedía copa tras copa para olvidarse; si la noche era caliente abordaba a una mujer del tipo débil: cansada como él, buscadora de esperanzas demasiado parecidas a luciérnagas. Él las miraba entusiasmado por el brillo que ellas veían en él, pero todas las partes de aquel juego sabían que era un destello fugaz aunque fingieran otra cosa, eso era parte del encanto. Le gustaba el sexo y, no sabía cómo, se había enrolado en una espiral decadente de vodka barato y maquillaje chillón.

Debería de haberse emborrachado. Podría llegar a casa, tumbarse destruido en la cama, quizá vomitar, sentirse acabado, moribundo y dormir como un animal hasta bien entrada la mañana de ese domingo que no quería empezar. Ahora tenía que volver a un apartamento encantado de evidenciar la sordidez de su vida, la suciedad acumulada, los platos sin fregar, las tareas por hacer, la soledad pegada al pringoso amarillo de las paredes. Volvería y habría un mensaje de su hermano en el teléfono, diciéndole que tiene que cambiar, que debe buscar otra manera de vivir para salir del “circulo vicioso” –así le gustaba llamarlo- en el que había caído. Estaba lo suficientemente borracho como para sentirse tan desgraciado como de costumbre y tan sobrio que sabía la verdad: que todo era culpa suya. La voz cansina de su hermano, que tanto se parecía a la del padre ajeno a todo excepto al deporte y la cerveza, le taladraría la cabeza con imágenes, de remordimientos, de culpabilidad.

Cruzó la esquina desde la que ya se podía ver el edificio donde vivía, se paró en seco para mirar la luna iluminando las nubes a su alrededor, era una bonita imagen, mejor que la que iba a descubrir tras la cerradura y no quería llegar a introducir la llave. Se sentó en un banco para respirar y sujetarse la cabeza que tanto le pesaba. Se preguntó sobre su vida, sobre el trabajo que empezó entusiasmándole y que ahora ya no soportaba, sobre sí mismo. No se engañó pensando que iba a cambiar porque el cambio, lo sabía bien, rara vez ocurría. Los bares mugrientos estaban llenos de gordos y fulanas con historias parecidas. Él no era distinto a ellos, también podía imaginarlos sentados a solas en un banco una noche de madrugada estando no lo suficientemente borrachos.

Tardó una hora en encontrarse en la cama, esta vez superó el paso por el salón de una manera rápida, inconsciente. Incluso olvidó comprobar sus mensajes y la voz de su hermano no sonaría hasta el día siguiente, hasta que llegara la luz. Compartían la sangre, la infancia, pero nada más. Ese hermano, paradigma de todos los hermanos del mundo, no entendía nada, se pensaba más sabio por haber seguido el camino “correcto” de la vida, pero no dejaba de repetir una y otra vez lo mismo, como un pájaro amaestrado. Sus consejos, que eran los que cualquiera podía darle, no eran los que necesitaba.

Había dejado las persianas subidas y desde la cama podía ver el cielo encendido de la ciudad. Dos estrellas se empecinaban en demostrar que había algo más allá de la contaminación. Se durmió así, pensando en las constelaciones.

Pensamiento nocturno

Son las cinco de la madrugada y no puedo dormir. He descubierto que la noche es más fría cuando está a punto de amanecer; lo acabo de comprobar, me he sentado en el balcón arropado por una manta, observando como se tejía poco a poco la niebla, y he sentido un frío, que en mis otras visitas a ese asiento nocturno, no había encontrado.

Me entretengo con nada. Soy algo tan nimio que me pregunto muchas veces por qué hay personas que siguen preguntando por mi estado de salud o de ánimo cuando este nunca cambia, cuando siempre permanece tal cual es, vencedor ante todo obstáculo que se le ponga por delante.

En realidad he salido al balcón por lo mismo que estoy escribiendo estas páginas, por soledad. Me he encontrado en mi habitación, sentado, lleno de insomnio, observando el salón tras la puerta abierta donde la luz de las farolas ilumina la mesa y el sofá blanco. Me ha sobrecogido la falta de vida de este lugar, lo vacío que está todo, como una casa de muñecas que permaneciera para siempre en un museo, acumulando polvo sobre unos muebles que nunca se han de mover porque creemos que están bien así.

A veces la noche es como una enfermedad de la que no nos podemos librar, que hemos de padecer sabiendo que en el tiempo está la cura, confiando en que con el nuevo día llegue la salvación. ¿Triste, verdad? Pues esta es la realidad de muchos, o así quiero creerlo yo para no desfallecer, me niego a juzgarme como el único naufrago de este mundo, pues otros han de haber como yo en este mismo momento. Estoy seguro de que en algún lugar, quizá en la propia ciudad en que escribo estas líneas, hay un hombre o una mujer tan solitario como lo estoy yo. Me los puedo imaginar perfectamente: él sería un hombre de cuarenta y muchos, sentado frente al televisor apagado, espiando los rayos artificiales que se cuelan en su salón; la mujer estaría envuelta en una bata, posiblemente de color verde, con el pelo desecho sin importancia y con las zapatillas colgando de sus pies, ella estará bebiendo una infusión o fumando un cigarrillo en la cocina con la luz encendida, llenando la noche de artificial amarillo para combatir la negrura exterior. Los dos se levantarán a veces y caminarán hasta la ventana por donde podrán ver, si tienen suerte, una calle donde pasearán borrachos, prostitutas y jóvenes en bicicleta. Podrán envidiarlos y por ese hecho, ese pecado que nuestra religión ha descalificado, serán precisamente salvados de la demencia, del final. En esos anónimos ellos podrán sus antagonismos, se pegarán a sí mismos y sentirán lástima por sus pobres cuerpos fofos, envueltos en pijamas holgados para disimular su decadencia. Ellos son como yo, por eso me los imagino. Hace mucho que perdieron las ilusiones y el amor por sí mismos, todo se marchitó, se apagó cuando el desencanto por todo llegó hasta el último límite. ¿Hay alguien que quiera creer que esa mujer amargada una vez fue una dulce niña que cuidaba de su madre enferma? ¿o que ese hombre fue aquel joven prometedor lleno de sueños de futuro y de energía para emprender su propio negocio? ¿Alguien se creería que yo una vez quise ser pintor? No, nadie puede creerlo porque nosotros mismos pensamos que todo eso es mentira.

También sé que en algún lugar de esta ciudad hay personas besándose, haciendo el amor torpemente o con pasión. Entre los millones de habitantes de este lugar habrá también quien llore amargamente y seguro que al menos una persona ha dejado de respirar en medio de un sueño apacible. La noche esconde muchas historias, todas comunes, cotidianas, diarias, que se repiten cada jornada, pero que a la vez son individuales y distintas en sus detalles. Por eso me gusta sentarme en el balcón y mirar los edificios dormidos donde de cuando en cuando se abre un ojo amarillo y una silueta se mueve al otro lado. Me hace sentir insignificante y eso, por extraño que parezca, me agrada.

La luna hoy sólo es un gajo en el cielo, algo rojizo, afilado como si fuera una cuchilla o un símbolo sagrado. No sé por qué me he fijado en ella pero lo he hecho; una casualidad, supongo. Me siento cansado, aburrido. No sé que hacer y noto… noto que mis palabras se vuelven incoherentes. ¿Por qué escribo? ¿Para quién? Esta segunda pregunta es muy importante… ¿Para quién escribo? Quizá sólo lo haga para ahuyentar el miedo y la soledad, para ahuyentar a la muerte. Entonces quiere decir que escribo para la muerte, para la nada; escribo para nada. Es el mismo método que imagino en mis dos iguales, ellos miran por la ventana y yo a ratos necesito escribir, llenar de negro un papel blanco, como si al hacerlo pudiera limpiar mis venas del veneno.

Pero ya es tarde, muy tarde y yo he de volver a la cama porque mañana quiero hacer cosas necesarias, cosas que hay que hacer. Suprema frase esa que nos domina toda nuestra vida. Estoy agotado de luchar y ahora sólo admito la derrota y me dejo llevar por las corrientes de un lado a otro, esperando que algún día me lleven a mi lugar. Un paisaje que quiero creer, porque no he perdido del todo la esperanza, que será mejor.

Belleza compulsiva

-¿Sabes? Tú siempre me has recordado a la muerte.

Ella sonríe con esos labios rojos y no contesta, rodea un cigarrillo y lo mancha de carmín, expulsa el aire abriendo un poco la boca, enseñando esos dientes que parecen inofensivos.
-¿Por qué? –me pregunta al final y lo hace con un contoneo de cabeza, flirteando incluso en algo tan sencillo. Equilibra su gesto inclinando de nuevo la cara, buscando el cigarrillo pegado a sus divinos dedos.
-Eres todo exceso, morirás joven, dejarás un cadáver bonito…

Ella se ríe, sincera pero discreta; por eso la amo, es capaz de no llamar la atención nunca más de lo que ya la llama debido a sus ojos enormes y su cuerpo de mujer.
-Eres muy típico, cariño. –me dice sin malicia.- ¿y tú? ¿Llegarás a viejo y beberás whisky durante días sin afeitarte nunca?
-¿Crees que me pega eso?

Esta vez ella sonríe con los ojos, fumando, no quiere responder. Yo sé que soy un miserable, un hijo de puta que no se merece una flor como ella, pero está conmigo. Es mía todas las noches y casi todos los días; con eso me vale.

Mataría por ella. Ayer me leyó desnuda después de horas en la cama. No podíamos dormir, el calor del verano nos lanzaba con fieras el uno contra el otro y a las tres de la mañana decidimos hacer otra cosa. Yo preparaba gin tonics y ella leyó a Camus en alto, El extranjero apareció en nuestra habitación y lo llenó todo hasta que se acabó la bebida y llegó el sueño. He comprendido que yo soy ese protagonista, lo he sabido a los dos minutos de haber empezado a escuchar su voz. En el desayuno pregunté cómo acababa el texto y no pude comer más. Temo por lo que pasará. No quiero ser ese extranjero de todo, pero creo que lo soy.

Hoy tampoco podíamos dormir y hemos bajado aquí, a este bar con luces pequeñas que no iluminan nada, con mesas repletas de parejas o de grupos que hacen tiempo hasta que abran las discotecas. Nosotros estamos en la barra con algunos tipos solitarios que se parecerían a mí si yo no estuviera con ella. Me asombra lo mundana que resulta la vida por sí misma y la manera en la que cambiamos al tener a una persona a nuestro lado.

Ella es una estrella, sobrepasa cualquier ambición que yo hubiera podido tener con una mujer; creo que me dejará un día, harta de mi vulgaridad, pero no me preocupo igual que no me preocupé la tarde que entró en mi vida. Ya no creo en nada, ni en Dios ni en el destino y mucho menos en la suerte. Creo que todo es puro azar, trenes que chocan en la oscuridad. Yo me choqué con ella y fui afortunado.
-¿Qué ocurre? –pregunta frunciendo la frente- -Te has quedado muy callado.

Yo sonrío, no quiero preocuparla. Cojo su mano, la llevo a mis labios, la beso y ella recupera esos labios curvados que yo venero.
-Nada –digo-, pensaba en Camus.

Ella asiente:
-Hoy tengo un libro nuevo.
-¿Cuál? –pregunto y realmente siento cierta excitación hacia ese momento en que la tenga en mi cama como un animal libre y ella emita su sonido propio, ella leerá.
-Proust –pronuncia su boca-. ¿Lo conoces?

Lo conozco, sólo asiento, ella estrella la colilla sobre la superficie de cristal del cenicero y se mueve ligeramente, dando a entender que es humana y no una divinidad como yo ya empezaba a imaginar. Abre su bolso y saca un libro gastado, de páginas amarillentas.
-Es el tomo cuatro –me explica. Me tiende el libro pero no me atrevo a tocarlo, niego, lo cojo un momento, observo su cubierta y se lo devuelvo.
-Parece viejo.

Ella dice que sí, sus ojos no me miran, se prenden de la tapa monocroma con letras impresas.
-Era de mi abuelo. Él era librero ¿Nunca te lo he dicho? Amaba los libros.
-Como tú.

Ella suspira haciendo que suena como una risa leve.
-Léeme algo –le pido.
-¿Ahora?

Asiento, ella enarca una ceja, sonríe, bebe el último trago de su margarita y me deja a mí con la cerveza mientras abre el texto y pasa las páginas.
-Esta es mi parte favorita –dice, me mira y luego observa las letras y descifra y lee- “Desgraciadamente, los ojos fragmentados, mirando lejos y tristes, permitirán quizá medir las distancias, pero no indican las direcciones. Se extiende el campo infinito de los posibles, y si por casualidad la realidad se presentara ante nosotros, estaría tan fuera de los posibles que yendo a chocar, en un brusco aturdimiento, contra ese muro levantado, caeríamos de espaldas.

Levanta la mirada y me observa.
-¿Te gusta? –pregunta.
-Claro que me gusta: habla de mí.

Ella ríe, de nuevo discretamente. Esta vez se tapa la boca con el propio libro y su gesto me hace sonreír como un bobo.
-Ayer dijiste lo mismo.
-Sí –respondo-, pero todo parece hablar de mí cuando lo lees tú. Yo miraba triste y te chocaste contra mí, he caído de espalda y aún te miro desde el suelo.

Esta vez ella sonríe con algo de color en las mejillas. Sujeta mi mano, me roba la jarra de cerveza que deja sobre la barra del bar. Luego deposita un billete junto a nuestros vasos y me agarra del brazo arrastrándome fuera.
-¿Dónde vamos? –pregunto, aunque ya imagino la respuesta.
-Cariño, vamos a leer.

El buen doctor

Las calles empapadas reflejaban la luz de las farolas. El reflejo de la noche hacía más oscura la ciudad al mirarse sobre los charcos de agua. Sólo esa luminosidad amarillenta y enfermiza guiaba los ojos extraviados de aquellos valientes que vagaban envueltos en frío, en humedad, en oscuridad.

Él estaba sobre las escalinata. Algunos ya le habían visto y no podían quitarle sus ojos de encima. Era un hombre maduro de pelo oscuro, corto, peinado con la raya a la izquierda. Ya había canas resplandeciendo como firma de sus años. Llevaba perilla, bien cortada, al milímetro; en sociedad se murmuraba que dedicaba a ella más horas que a su mujer. Su cara parecía cincelada en piedra, las arrugas eran pocas pero profundas; tenía la nariz grande, una boca de labios finos y dientes blancos que en rara ocasión podían ser vistos ya que su gesto solía ser serio. Los ojos no destacaban demasiado, eran azules bajo unas cejas gruesas pero no destilaban una belleza tranquila, sino turbación, seriedad; la mayoría rehuía aquella mirada que parecía ver mucho más que la simple apariencia.

Francis se acercó a Elena con dos copas y una sonrisa pícara que bien le conocían todos.
-Parece que el buen doctor se ha animado al fin… –susurró a su acompañante ofreciéndole el vaso.

-No seas mala, Francis… –dijo la mujer alisándose el vestido- Su mujer está aquí.
-Y la mayoría de los invitados ha pasado por su bisturí.

Elena hizo una caída de ojos mientras se tomaba la aceituna de su martini.
-Sigue siendo el mejor, un maestro, el mejor de todos. No hay nadie como él.

Francis asintió, mirando la figura del doctor, que no parecía decidirse todavía para bajar los escalones y abandonar los charcos de la calle por el césped salvado bajo la enorme carpa blanca.

El murmullo de los truenos resonó. En la fiesta nadie pudo escucharlo debido al ruido o la música, pero el doctor sí pudo. El rumor le llamó y elevó la vista al cielo oscuro buscando quién sabe qué.

-Posiblemente llueva, cariño –dijo una voz conocida tras él.

El hombre se volvió sin sonreír, aunque ella sí lo hacía.
-Te hacía en la fiesta, Samanta.

La mujer borró el gesto y asintió enseñándole una pitillera que él bien conocía.
-Lo olvidé en el coche. ¿Quieres uno?

La mujer no esperó confirmación, le ofreció el instrumento abierto y el doctor tomó uno de aquellos cigarros. Ella tomó otro para así y los encendió.

Permanecieron varios minutos, observando la fiesta desde su posición privilegiada. Se mantuvieron en silencio, ambos ocupados en sí mismos, fumando con tranquilidad.
-¿Crees que nos habrán visto?

-Sí. –afirmó Samanta con una mueca- Llevan apostando toda la noche; ya creía que no venías.
-Trabajo.
-Lo imaginaba. –Afirmó la mujer.

El doctor señaló hacia delante con el cigarro.
-¿Quién es ese, Sami?

-¿Quién? Maldita sea, sin gafas no veo nada. –Hizo un esfuerzo achinando los ojos- ¡Oh! Francisco, le llaman Francis. Su padre es William, ese barón inglés. ¿Sabes quien te digo?
-El del bigote.
-Sí, el del bigote.

Samanta aspiró el humo del cigarrillo y tiró el resto al suelo. Lo aplastó con la punta de su zapato y suspiró.
-¿Por qué lo preguntas?

El doctor negó con lentitud. Bajó su mirada hacia el cigarro que se había consumido sin que apenas le prestara atención; lo lanzó a un lado sin molestarse en apagarlo.
-Tiene un rostro muy simétrico.

Samanta sonrió agarrando el brazo a su marido.
-Es guapo, sí.

Comenzaron a bajar los peldaños uno a uno, con seriedad, ella no le soltó y él no parecía incómodo con el gesto.

Cuando llegaron abajo el hombre se detuvo y miró a la mujer:
-Samanta…

-¿Sí, cariño?
-¿Por qué sigues a mi lado?

La mujer sonrió cariñosamente, se acercó a él y alisó una arruga imaginaria de su camisa.

-Porque te quiero, amor mío.

El hombre asintió varias veces:
-Yo también te quiero, Sami.

Juntos entraron a la fiesta, haciendo recaer en ellos involuntariamente el protagonismo de la fiesta. Francis y Elena ya habían terminado su martini, les observaron mientras se unían a un grupo de personas que saludaban a la pareja con entusiasmo. Samanta hacía de barrera entre ellos y el doctor, quien se quedaba retraído en una muda posición. Saludaba con un apretón de manos o dos besos, decía algunas palabras, pero no solía intervenir en las conversaciones ni tomar la iniciativa con algún gesto.
-Un tipo curioso el doctor. –dijo Francis que no le quitaba el ojo de encima.

-Siempre es así. –Murmuró la mujer- algunos dicen que se cree superior a todos nosotros, que nos considera una chusma de pueblo.
-¿Tú crees?

Elena negó, su mirada, radiante por lo general, se había vuelto un poco como la noche.
-Dicen que es asperger.

Francis le observó cuidadosamente, luego observó al resto de personas de la fiesta. Un camarero les dejó dos copas, camarero al que el joven no perdió el ojo hasta que sus miradas se cruzaron y Francis apartó la suya.
-Pues mi padre me contó otra cosa… ha escuchado que hace diez años sus dos hijos murieron en un accidente. Se mudó aquí y desde entonces no ha vuelto a ser el mismo.

Elena estaba sorprendida, fijó su vista en aquel hombre del que no se desprendía ninguna emoción. El doctor permanecía distante, ausente, como si realmente estuviera solo en algún otro lugar muy lejano.

Aunque bajo la carpa la luz era abundante y cambiaba de colores, a pesar de que el grupo musical tocaba con alegría y las personas parloteaban constantemente, fuera la noche se iba cerrando cada vez más sobre sí misma. Los truenos gruñían y anunciaban la lluvia que empezaba a caer como una cortina tupida y tranquila.

La justicia del borracho

¿Qué es la justicia? –se preguntaba aquel individuo en su caminar por las avenidas de la ciudad dormida. Buscaba un portal conocido, una casa que pudiera decir que era suya, en la que la llave que mantenía firmemente aferrada dentro del bolsillo izquierdo encajara. De momento no había suerte, no conseguía distinguir una sola esquina de entre las demás, para él, borracho de ese líquido casi sagrado, todo era igual y la orientación era poco más que un asunto mítico.

Se dejó caer en una escalera, con los pies destrozados de caminar. Se quitó los zapatos y suspiró groseramente, aliviado.

¿Qué es la justicia? –se repitió en un pensamiento, con esa idea que le llevaba carcomiendo todo el día en la cabeza. Él no era filósofo, ni tenía una especial tendencia a pensar y considerar las cosas. Si había llegado a aquella pregunta se debía a la lógica consecuencia injusticia-justicia, debido a asuntos que le habían sucedido en aquel mismo día.

Él, que se creía alguien decente, amigo de sus amigos (según decía), divertido (con esa humildad de los que se lo creen), guapo y bastante inteligente, había recibido una noticia que no creía merecer. En realidad era algo sencillo: su novia le había dejado. Pero no podía creerlo, aquello le indignaba y cuando llamó a sus amigos para salir a emborracharse ocurrió una cosa inaudita que no lograba explicarse, nadie se había apuntado. Sólo uno le quiso acompañar a cenar, pero el individuo se negó tajantemente, sólo le interesaba beber, fiel a ese dogma adolescente de que “el alcohol es causa y remedio de todos los males del mundo, quizá incluso del universo”.

Se enfadó, apagó el móvil y lo dejó en su casa consciente de que posiblemente llamase a Laura, su novia, para decirle que era una puta, una zorra y que le daba igual quién le metiese la polla. A él lo único que le importaba era que le devolviese sus cosas. Sí, eso habría dicho y realmente no estaba muy falto de razón (en el asunto de la llamada, no sobre la chica) en esa agudeza de la que dota el vodka polaco. Efectivamente él, hombre de ciencias (ciencias en tanto y cuanto que había estudiado una ingeniería), aficionado (experto, según él mismo) al fútbol, Don Juan como ningún otro y etcétera y etcétera de sesgados y tópicos adjetivos que sus propios ojos le convertían en un partidazo, él tenía a aquella novia como lo que cabría de esperar de alguien como él: como algo bonito que llevar del brazo, algo que follarse para fardar con sus colegas, algo inferior sobre el que gozaba ejerciendo una fascinación que él pensaba como increíble y que resultaba de lo más común.

Un adjetivo adecuado para este individuo sería el de “baboso” o quizá el de “tópico”. Un chulo que siempre se había creído más que nadie y que ahora, a tontas, sin saber siquiera qué significaba la palabra, se preguntaba qué era la justicia.

Pero si el mundo fuera justo, si diese a cada cual lo que se merece por sus aptitudes, por su esfuerzo y, sobre todo, por sus sentimientos e intenciones, si lo hiciese el individuo que ahora se siente el protagonista más perdido y desgraciado de todas las películas del mundo estaría mucho peor, jamás habría encontrado una mujer como la que había disfrutado los meses que duró la relación, jamás habría acabado una carrera que no merecería acabarse de manera tan fácil por alguien sin gran inteligencia. Ahora ese individuo merecería no tener ni nombre para indicar su existencia ya que sería algo del todo inútil hablar sobre él de no ser para ejemplificar cómo no debe ser una persona.

Desgraciadamente para el mundo las sociedades están llenas de estos individuos planos, sin inquietudes, egoístas, que denigran a la propia raza casi por el hecho de existir, borregos y burros que se salvarían de una merecida hoguera cambiando únicamente ese “gen egoísta” que ha podrido sus vidas.

¿Qué es la justicia? –se sigue preguntando el individuo gozoso de su decadente aspecto, gozoso de su filosofar (el cual cree estupendo y digno de estar impreso en un libro), feliz por poder fardar (de nuevo) de esta pequeña “aventura” que luego dirá que le ha enseñado mucho y le ha hecho ver nuevas facetas de la vida. La terrible realidad, sin embargo, es que se limitará a seguir preguntándose sobre la justicia, pero jamás logrará dar una buena respuesta.