Acuerdo periférico

Este es el trato: aceptar el juego de sonrisas caducadas y las butacas de gallinero a cambio de un boleto para participar. La paradoja es conocida. ¿Qué es más “real”, la cara maquillada del actor en escena o tras la función, “libre” y en sociedad?

Tic tac. Tic tac. Tic tac. Error. Responda otra vez. No, conviene reformular la pregunta hasta despojarla de todos sus adornos, hasta revelar ese fondo limpito, huesudo y desagradable, ese “¿Por qué?” primero que subyace a toda cuestión.

¿Por qué?

Este es el trato: continuaremos la farsa un poco más, seguiremos de fiesta en la barriga del behemoth, entre farolillos de papel y copas de champagne, fingiendo ignorar la evidencia del olor y la carne podrida.

14625344_10207494885757893_333999905_n

Fotografía de Borja Rivero

La lluvia amarilla

  • lluviamarillaAutor: Julio Llamazares
  • Editorial: Booket

¿Qué haríamos si fuéramos la última persona del planeta? No, La lluvia amarilla no es un texto post-apocalíptico, pero tiene ciertas semejanzas, la pregunta puede ser digna de hacerse y la lectura de La lluvia amarilla da una respuesta, quizá la más sincera y sencilla.

Andrés se ha quedado sólo en Ainielle, un pueblo perdido en medio de los pirineos, aislado cuando caen las nieves en invierno. Poco a poco la gente se ha ido, ahora él asiste a los últimos años de su vida tras la muerte de Sara, su esposa. No tiene más compañía que la perra y junto a ella asiste a la paulatina destrucción del pueblo, reconquistado por la naturaleza. En consonancia con el deterioro, Andrés también es testigo de su propio final, ya es un anciano y sus últimos días también serán los últimos días de Ainielle, luego el pueblo dejará de existir en los mapas, quedará sólo un recuerdo, un montón de ruinas para los excursionistas.

Julio Llamazares escribe sobre la muerte y el abandono, sobre la soledad, pero ante todo La lluvia amarilla habla de la memoria. El único ejercicio que Andrés puede hacer durante los años que van transcurriendo es recordar. Su memoria viaja a todos los acontecimientos de su vida, lo hace desde la cama donde va a morir, un aviso inicial que no resta de interés a la narración. Recuerda todo lo ocurrido en Ainielle como si le contase su historia a un espectador fantasmal. Su narración es el testimonio de un mundo rural casi desaparecido, una sociedad donde la cooperación entre sus distintos individuos regía el modo de vida.

La novela de Llamazares es un texto narrado en primera persona, coloca al lector en la misma habitación donde muere Andrés para que éste le cuente su historia, las palabras del anciano van llenando la estancia de imágenes y colores. Es, sin duda, una novela crepuscular, pero esa caída de sol tiene una tonalidad magnífica gracias al lenguaje empleado. Llamazares ha sido capaz de crear un texto sencillo en el estilo, pero muy complejo en su estructura temporal (con abundantes asociaciones de eventos) que sin embargo articula con maestría, creando un relato capaz de evitar la linealidad, un defecto donde podría haber caído fácilmente debido al tipo de historia elegida. Se trata de un libro envolvente, todo un paisaje literario desplegado para contar la historia de una vida y de un pueblo, demostrando así cómo el lugar condiciona el desarrollo de las personas. La sensibilidad que Llamazares demuestra se traslada fácilmente al lector, quien podrá emocionarse con la belleza de las palabras.

«La herrumbre del cerrojo, al rechinar bajo el empuje de una mano, bastará para romper el equilibrio de la noche y sus profundas bolsas de silencio. Como asustado de sí mismo, el que se atreva a hacerlo regresará sobre sus pasos y el grupo entero se quedará paralizado, inmóvil, en silencio, escuchando la angustiosa sucesión del eco por el pueblo. Por un instante, pensarán que aquellos golpes nunca más van a volver a detenerse. Por un instante, llegarán a temer que Ainielle entero se despierte de su sueño –después de tanto tiempo- y los fantasmas de sus antiguos habitantes aparezcan de repente a la puerta de sus casas nuevamente. Pero pasarán los segundos, lentos, interminables, y ni siquiera en esa casa, en la que tal aparición sería esperada, ocurrirá absolutamente nada extraño. El silencio y la noche volverán otra vez a adueñarse del pueblo y el resplandor de las linternas se estrellará contra la puerta nuevamente sin encontrar el brillo acorralado de mis ojos frente a ellas»

En la carretera

Los viajes son paréntesis de tiempo y de circunstancias. Hay una manida frase que los estudiantes copian con avidez en sus biografías en la esperanza de que la inteligencia de esta se adose a ellos mismos y les otorgue una pátina de dignidad. La frase es: yo soy yo y mis circunstancias. Su autor no importa.

Yo soy yo y mis circunstancias, entonces en el viaje la circunstancia es el propio viaje y el contexto, es rápido y cambiante pero está ahí. Eso es lo que nos podría parecer de forma sencilla y sin entrar en mayores problemas. ¿Pero es realmente así? El viaje es un paréntesis en la vida, un espacio que no pertenece ni al lugar del origen ni al del final. Las estancias fuera de lo cotidiano parecen estar siempre abocadas a su fin, puesto que el retorno está fijado más o menos claramente. La circunstancia es ilusoria.

Entonces, por lógica, si la circunstancia no existe y es sólo imaginada y débil como la niebla, al yo no podremos saltárnoslo. Eso quiere decir que Jorge siempre seguirá siendo Jorge y quizá podríamos pensar que Jorge es mas él que nunca, porque en el viaje ya no tiene el incordio de las circunstancias. Él podría escribir “yo soy yo” y darse por satisfecho. Jorge sonreiría y se daría cuenta de que al volante de su coche o sentado en la cabina del avión, él es, por una vez, alguien distinto, no sometido a las reglas pesadas de este mundo lleno de normas. En el viaje “todo vale” y el trabajo, las llamadas obligadas a casa, las facturas, los compromisos, caen.

Jorge anhela la libertad, porque sabe que esas circunstancias de su vida no le hacen libre, sabe que está obligado a una silla que él eligió, a una hipoteca que él eligió, a los rigores de la familia y de los amigos, que le demandan atenciones que si fuera por él no daría. Pero Jorge no es un psicópata, no está falto de moral ni padece de algún trastorno, él quiere a los suyos como cualquier otra persona pero no soporta lo obligatorio. Sabe que todas esas pequeñas cosas que le atan son necesarias en la vida social, pero a veces, por la noche, después de ceder sus decisiones para amoldarse a los otros, piensa en que él ha elegido esa vida y que está condenado por alguna suerte de juego sucio en el que la vida social hace al hombre absurdo. Desencantado de todo, Jorge comprende por qué en los trabajos en los que es necesario viajar mucho las personas coleccionan amantes. Son vías de escape, zarpazos en la oscuridad que buscan arañar un poco de libertad, de querer ser otras personas, de no estar atado por lo habitual y lo obligado. Lo entiende muy bien, lleva años casado y por cada año hay una “cana al aire” en su biografía de circunstancias. Aún así eso no le basta, Jorge no disfruta gran cosa con esas distracciones, sólo le provocan punzadas de remordimientos cuando mira el lado de la cama lleno de un cuerpo que ya entiende que le está atando.

En los viajes Jorge piensa en huir, en acabar con todo y retirarse para ser libre al fin, pero no se atreve. La libertad es muy cara y la educación le ha llevado a tener los prejuicios de todos, a saber: trabajo, familia, éxito, amor, quizá hijos en el futuro, buenas relaciones, amigos y civismo. Jorge está harto de la falta de control en su vida. En el viaje puede pensar en ello, revelarse sin que nadie le pueda imponer lo más mínimo, pero sabe muy bien que la ruptura no llegará, que es un cobarde, que el valor no se conoce en la sociedad y que toda muestra de algo distinto será condenada por todos. Y es que en el mundo actual no hay peor pecado social que querer algo distinto y aspirar a otro modelo de vida.