Muere Tomaz Pandur, rey oscuro de la escena

«Moriré valerosamente como recién casado en su boda. ¡Vaya! quiero ser jovial ¡venid ¡soy rey! ¿no lo sabíais, señores míos?» – El rey Lear, William Shakespeare

Tomaz Pandur murió el doce de abril a los 53 años de un paro cardiaco en Macedonia, donde realizaba los ensayos de su última obra, el ‘Rey Lear’. Desaparece con él una manera única de hacer teatro, siempre mirando a través de la sonrisa sardónica de quien conoce un oscuro secreto.

Su carrera estuvo llena de éxitos, desarrollándose de manera internacional desde Eslovenia y pasando por, entre otros, Grecia, Croacia, Macedonia, Italia, Alemania, o recientemente Colombia. Residía en España desde hace pocos años, dónde pudo disfrutar de un gran reconocimiento tanto por parte de la crítica como del público. Aquí el director de escena estrenó ‘Sherezade’, ‘Infierno’, ‘Alas’, ‘100 minutos’, ‘Barroco’, ‘Hamlet’, ‘Medea’, ‘La caída de los dioses’, y por último ‘Fausto’ a finales de 2014. Sin duda a Pandur le atraían los condenados, los oscuros descubrimientos, los descensos al abismo.

La iconografía del director, así como la elección de libretos, respondían a un pronunciado interés por las grandes obras del pasado, sin las cuales no sería comprensible su particular universo. Pandur volvía a los clásicos, pero lo hacía transformándolos en otra cosa, revelando su contemporaneidad al mismo tiempo que dejaba en ellos su particular marca. Sus puestas en escena querían revelar un paisaje íntimo y oscuro, ayudado inteligentemente por soluciones técnicas que sobrepasaban el simple atrezo para convertirse en elementos dialogantes.

La exigencia de Pandur a sus actores no estuvo exenta de crítica, o incluso cierta controversia debida a un punto de vista tan cercano y personal. Sabía, no obstante, convocar lo más visceral en ellos, logrando unas actuaciones íntimas y desesperadas, capaces de atraer el espectador a su universo. Destacan de entre sus trabajos el ‘Hamlet’ más oscuro y visceral jamás representado en España; una ‘Medea’ coronada de espanto (ambos con Blanca Portillo como gran dama); su homenaje a Visconti, esa resurrección de ‘La caída de los dioses’ en las salas del Matadero; y un magnífico ‘Fausto’ con Roberto Enriquez en el papel protagonista.

El universo del esloveno ha sido y seguirá siendo único. Fácilmente reconocible gracias a un marcado estilo noir, Tomaz Pandur ha llevado sus producciones a las profundidades más tenebrosas del hombre, exaltando los instintos ocultos. Pandur insertaba los personajes en una atmósfera oscura y hacía partícipe al público de ese viaje en busca de lo perdido. Su marca personal ha sido una mezcla de inquietud metafísica y atmósfera lúbrica y violenta, que acercaba los libretos a la belleza de lo terrible. Hay algo antiguo, perverso y seductor en todo lo que hizo. Le debemos, no sólo la inquietud, los escalofríos en nuestra espalda o la falta de aliento, sino también la excitación por esos cuerpos entregados al dolor. Pandur jugó siempre a provocarnos con la perversión deseada, haciendo surgir la verdad instintiva y primigenia del hombre en un clima melancólico, donde no llegaba la luz y por tanto todo era permitido. Su particular cosmos estaba al otro lado del espejo, (elemento habitualmente presente en sus producciones) donde el pudor no tenía validez y podíamos intuir la verdadera cara del hombre.

Tomaz Pandur no volverá para tentarnos con lo que no nos atrevemos a desear, ni para mostrarnos el reflejo más oscuro de nosotros mismos o hacernos anhelar la caída sin redención, la sumisión total, y al mismo tiempo esa gloria imposible, esa victoria que nunca llegará. El rey ha muerto y la pregunta se impone: ¿Hay alguien capaz de reclamar la corona negra?

tom

Miércoles fragmentado: Kyrie, Tomas Tranströmer

“A veces, mi vida abría los ojos en la oscuridad.
Una sensación como de multitudes ciegas e inquietas,
que pasan por las calles camino de un milagro,
mientras yo, invisible, permanecía inmóvil.”*

Estos son los días del cordero, los que bajo su mirada se desatan con las misas en nuestros oídos. ¡Oh, padre, perdóname! Que la desesperación no nos ahogue, que los espíritus tengan piedad de nosotros. ¡Oh, padre! ¡Cuanta sangre he limpiado de mis manos! Ahora sólo quedan dedos huesudos incapaces de sostener una espada o de entrelazarse para el rezo. No me queda ninguna exaltación, no convocaré hoy a la reina de todo o el nombre de nadie. ¡Oh, padre! Cuán altas suenan las campanas. ¡Ten piedad de mí! Ahora me reuniré contigo, intercede por quien tan bajo arrastró tu recuerdo. ¡Gloria! ¡Gloria a la oscuridad! ¡Soy herido! ¡Soy…! Sangre… Mía fue la última palabra… Ahora todo es sangre.

*Lamentablemente no hemos podido encontrar la versión del poema en su idioma original.

Caer

La pupila es una mota de vacío. Parece extraordinario que en el rostro, en esa parte de la anatomía a través de la cual se dice que asoma el alma, haya un punto oscuro, un hueco, un abismo rodeado de una irisación asombrosa. ¿Es en esa oquedad? ¿Está ahí el alma a la espera de que alguien se acerque? ¿Es su lugar? Quién sabe… Mi pupila es ordinaria, no puedo adivinarme en ella. Quizá me equivoco y el espejo sea erróneo para buscar una distinción. Es posible que sólo otro ser humano tenga el poder de atisbar más allá de lo que es un simple órgano. Sí, puede que tal circunstancia pertenezca a una ley que ordene la metafísica de lo corporal.

Pero hay peligro, abismarse siempre conlleva peligro, incluso aunque el hueco sea tan ínfimo como el de una pupila. Se corre el riesgo de caer, de perderse en la caída. Yo he caído, hubo unos ojos que contenían un encantamiento y me asomé a ellos absorto por el color de su iris. Caí. Caigo. No pude evitarlo, la atracción era excesiva para mí.

Ya no sé salir, el tiempo me ha acostumbrado al vértigo, a la oscuridad, a la ingravidez. Estoy atrapado. Los ojos ya no me miran, no me sienten en ellos; ahora buscan a otros, se posan en distintos cuerpos, descubren nuevas anatomías, se cierran ante un placer del que yo no participo, me ignoran. ¿Cómo salir? He sucumbido en una nada que no me acoge, en la que soy intrascendente, en la que nadie me verá al asomarse a esas pupilas. Hubiera preferido ser devorado, destrozado entre dentelladas de rabia o de intimidad engañosa. No tuve suerte y mi recuerdo no es siquiera alimento para el vacío. No he sido asimilado, no he pasado a formar parte de nada. Soy un mero objeto que se hunde.

Me pregunto si esta oscuridad tendrá la característica de la tinta, si ya seré de la misma tonalidad que ella. Me pregunto si me desharé algún día, si terminaré estallando en llamas incoloras, consumiéndome. Me pregunto por el fin, por el fondo de este abismo, de estas pupilas, por el golpe contra una superficie que quizá me refleje una última vez en forma de recuerdo. Dejo de preguntarme. Sigo cayendo.

Migraña

Algo me pasa… los colores me queman en la retina, la luz me aterra, las personas me molestan con su mera presencia y roto como un planeta perdido. Lo peor son los espejos porque los miro y tal faz me turba y es la mía. Mi cara envejecida, tosca, cincelada por algún demonio cruel con un sentido irónico y de humor raro, sádico quizás… pero es la mía y en este mundo de extrañas sombras y sinsabores hasta hay alguna que otra persona que se excita con mis facciones y me aprecia y me intenta querer. Craso error, pobres infelices…

Es muy difícil apreciarse uno mismo. Todos tenemos muchas pequeñas cosas que nadie más conoce o que sólo conoce en parte. Por mucho que uno se esfuerce en contarle a otro todos los puntos de su vida siempre habrá sensaciones, sentimientos, pensares, que serán inexplicables. Eso es algo bueno, pues nos convierte en lo que somos y nos hace individuos irrepetibles.

En mi caso, me he transformado en lo que soy por unas circunstancias y soy imperfecto en grado sumo, he creado un espíritu en consonancia con el físico: avejentado, oscuro, cerrado e insidioso. Es difícil entenderme y mantener una conversación conmigo debido precisamente a ese carácter de nigromante huraño o científico perturbado. Soy hierático en mi retorcida forma y parece difícil que alguien vaya a querer una persona así a su lado. Por culpa de este modo de ser me he perdido muchas cosas, muchos placeres sobre todo. Envidio esas relaciones entre jóvenes con celos y problemas mundanos porque yo no lo he tenido, nadie me ha querido de esa manera caprichosa, juvenil, apasionada… Creo que es difícil decir que alguien me haya querido en realidad al margen de mis pobres progenitores; hablo de un amor grande, de un “amar” más que de un “querer”. Quizá eso no ocurra nunca y yo he de seguir, he de apreciarme y de esperar –siempre lo hago- que cada nueva pareja que me sorprende acercándose a mi sombra, tomándome de la mano, pueda llegar a tal altura. Hasta ahora los desastres se han ido acumulando en un sórdido rincón donde ya ni me lamento ni lloro. ¿Cómo aceptar una criatura que ni se entiende a sí mismo?

Y ocurre, aparece una persona, alguien a quien amaríamos, y nos muestra una vida con ella… todo eso que no hemos tenido nos da igual porque es tan especial que lo colma todo. Hasta que se termina y nos dejan riendo, como aquel payaso, sobre su amor destrozado, sobre el dolor que envenenaba su corazón… así hasta que termina la comedia, hasta que el mundo deja de girar… Todo una y otra vez, como en un carrusel: llegan las bromas, los comienzos, las conversaciones, los ojos ávidos, las manos exploradoras, los besos tiernos e inocentes, la pasión desmedida de luego, el descontrol del deseo inaudito, las esperanzas, el declive irremediable, el engaño de uno mismo, el engaño al otro, las discusiones, los pérfidos retratos de la imaginación exaltada, el fin ya anunciado, el remordimiento, la pena profunda, el lloro, la ira, el odio hacia el otro o hacia uno mismo y la paz rencorosa del después que se afila a su nombre o presencia. Siempre así, siempre igual, siempre sin inmutarnos.

Tengo ganas de vomitar, nauseas. Noto la tarántula de la migraña cruzando mi cara, paseando con lentitud sobre mi cuenca izquierda, clavando ahí su veneno, posándose sobre mi cerebro como si construyese su tela del dolor de mi sangre. Lloro no por pena o por pasión alguna, lloro de dolor. Quiero oscuridad, la necesito y huyo y me refugio en la cama, colocando mis rodillas cerca del pecho. Vuelve ahí a aparecer ante mí el propio rostro, la máscara mortuoria y desfigurada. Él, que soy yo, se ríe de mí, se descojona carcajeándose de mi pobre y triste figura, de mis aspiraciones mundanas, mortales, humanas… Me llama, me llamo, miserable.

¿Soy un miserable? Quizá sea un desgraciado, una tormenta que no puede subsistir entre nubes blancas ni tampoco puede acercase a los de su calaña por la fuerza terrible de destrucción que se crearía. Miserable…

Y de repente estallan los fuegos de artificio con fabulosos colores y ruidos y brillante fuego dorado y único. Dios, he de gritar. Grito. Nadie me oye.

Noto el latir de mi corazón en la cabeza, desbocado, sangriento. Mi visión es roja, veo el mundo escarlata y es la oscuridad. Ya no puedo soportarlo.

Corro hacia el baño, tropezando en la oscuridad, golpeando mi cuerpo blando contra los muebles. Llego, está oscuro, no enciendo la luz, abro el grifo frío y jadeo mientras se llena el lavabo. Sin pensarlo metro mi cabeza y el alivio es instantáneo… Lo agradezco, salgo a respirar y repito el proceso hasta que me calmo, hasta que ya no noto mi corazón en las sienes, hasta que la tarántula parece amedrentarse en su intento letal.

Me seco la cara, dejo salir el agua y entonces allí, frente a mí, en la casi absoluta oscuridad de la casa, veo el espejo y me veo a mí frente a él. Mi cara… mis facciones… detrás de ellas mis pensamientos, mi carácter, soy yo.

No es posible… me dejo caer al suelo sin fuerzas e introduzco mi cabeza entre mis brazos…

Hay una voz que me repite con cierta satisfacción la misma palabra una y otra vez.

Miserable…

Indubitable

Iracundo, terco, débil, ángel desplumado que elevas el esqueleto de tus alas en un vano intento por espantarme, en un penoso gesto para iniciar un vuelo imposible. No te maldigo, en tu estado ni siquiera me hace falta hacerlo. Tú no conseguirás nada, jamás, porque no tienes fuerza, porque tus músculos son delgados y tus huesos se astillan. Alzas el rostro y apenas ves. ¡Aparta el pelo desgreñado! Muestrame ese gesto tuyo, cruzado por la sombra del miedo, del dolor, de la ira, de la angustia y de la tristeza. Sí, haces bien en esconder tus ojos de mí porque ya conoces lo que hallaré en el poso de tu alma, y tiemblas sólo con escuchar el matiz de mi voz al pronunciar este dictamen. ¿A ti te eligieron para enfrentarte a mí? ¿a ti, un mísero tópico emplumado? Jamás podrás conmigo, ni tú ni cien como tú. ¡Que vengan todos! ¡Que bajen a este desierto el ejercito más grande y poderoso que una mente pueda concebir!
Azotadme con plagas, torturadme con infamia, con ilusiones, ofrecedme la eternidad, la omnipotencia. Haced cuanto queráis, pero jamás me detendré, jamás dejaré de caminar, jamás se librará esta tierra de mí, ni el cielo, ni las lunas, ni la noche que no llega, ni las estrellas ausentes, porque yo aquí soy el rey máximo, el emperador por encima de todos, soy Dios.
Te mueves eh, intentas llegar a tu arma. Cógela, a mí no me importa, siempre se repetirá el ciclo, siempre ganaré yo, siempre saldré vencedor y tú, como los que llegaron antes que tú, como los que vendrán después, desaparecerás, no quedará de ti nada, ni cenizas ni recuerdos, te extinguirás.
¿Qué miras? ¿Qué ves? Eso casi me interesa, pero no me lo dirás, no, ya estás derrotado, ya no existes. Te diré qué es lo que veo yo. Veo un niño, con los ojos cerrados, rodeado de un desierto enorme, una extensión sin limites, árida como este lugar, pedregosa como una montaña demolida. Ese niño se encuentra allí, sin abrir los ojos, sin ver, sintiendo el aire que le acaricia unas ropas para él extrañas, demasiado elegantes, demasiado adultas. ¿Sabes qué? El niño llora. No sabe qué es lo que hay más allá del punto donde está de pie porque no se atreve a levantar los párpados, no quiere conocer, se siente vulnerable al mundo y prefiere la oscuridad con todas sus posibilidades, con todos sus monstruos, a un mundo como el que tiene delante. Eso veo.
¿Que murmuras? Apenas te entiendo, repítelo, te queda poco tiempo y sabes que soy curioso. ¡Ah! ¿Veo lo que quiero ver? ¿eso cambiará? Has derrochado tus ultimas palabras en algo absurdo y en un vaticinio que no se cumplirá. Muere, descansa, ya a nadie le importas, yo volveré a mi paseo, a mi reino, a mi trono. Nada cambia, nada cambiará porque aunque todo mute a mi alrededor, yo seguiré aquí, esperando todo intento vano de vosotros, enemigos míos que ahora me vigiláis, susurrando entre vosotros porque os da miedo alzar la voz y que mi oído capte vuestras palabras. Sí, cuidaos de mí, de que mi vista no alcance a encontrar vuestra sombra en el camino, hacedlo porque os lo jugáis todo, porque os destruiré si logro ver un cabello vuestro.
Aquí reino yo, demonio, demiurgo, dios inmortal de cetro eterno. Obedeced mi voluntad, yo soy el parásito que os obligará a vivir y a pensar bajo el yugo de mi bota.