Entrada Nº13: Naufragios de papel

Mi vida está llena de papeles, no importa que quiera ser ordenado y disponga de al menos una docena de distintos cuadernos donde voy anotando varias cosas, siempre estoy rodeado de un caos blanco y negro. El problema quizá se deba a ese afán de ser ordenado, pues al tener un cuaderno para cada tarea, a veces me encuentro en quién sabe qué lugar sin precisamente aquel que necesito, entonces emborrono el primer papel a mi alcance prometiéndome pasarlo a limpio después. He llegado al punto de llevar siempre conmigo (además del par de cuadernos habitual) un bloc de cuartillas fáciles de arrancar, con la idea de utilizarlas en los momentos de necesidad. Así este intento de ordenación es el origen del caos de mi escritorio, de mi librería, de mi casa. Los papeles se cuelan por todas partes, en la mínima abertura que encuentran, también se mezclan con otros y juegan a volverme loco cuando intento buscar algún texto concreto.

Una o dos veces al año me veo sobrepasado por esta locura de papel y me entra la ansiedad del orden. Entonces clasifico los papeles: los importantes van grapados con notas explicativas dentro de carpetas debidamente etiquetadas, el resto se acumula en un montón para reutilizar o reciclar. Soy de los que aprovechan el dorso de las páginas usadas, y a veces me pregunto si tanta tinta (mi letra es pequeña y apretada) no echará a perder los procesos de reciclaje… por supuesto esto es una broma privada, me divierten las fantasías absurdas.

Hace un mes estuve de visita en casa de mis padres, me propuse ordenar el trastero, y por azares de los muebles unos dos metros cúbicos quedaban ocultos a la vista. Allí apilé con ímpetu de jugador de Tetris diecisiete años de papeles, manuales y libros infantiles. Entre seis y ocho cajas junto a tres o cuatro bolsas. Dejé todas aquellas palabras allí prácticamente emparedadas porque mi lógica me explicaba que nadie volverá a buscarlos hasta el día en que se venda la casa y me toque volver para trasladar esa infancia y adolescencia de celulosa, pero ni siquiera será a otro lugar, lo más probable es que todo vaya al contenedor azul, o al menos los cuadernos y manuales del colegio y el instituto, que ahora esperan allí por pena, por el temor a desaparece un día y no dejar un rastro que otros puedan llorar.

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Burst, por Andre Petterson

Cuando terminé en el trastero me quedé pensativo, de la misma manera en que me sucede los días de fanatismo ordenador en mi propia casa. Estaba sentado en silencio, imaginando que posiblemente mis padres olviden pronto lo que oculta ese mueble entre su lateral y la pared, y si muero antes que ellos no sabrán cómo encontrarlo. Si muero yo antes esta miríada de papeles en mi pequeño apartamento carecerá también de sentido, serán borrones desordenados difíciles de comprender para otros. ¿Qué harán con ellos? Y si mis padres mueren antes ¿Qué haré yo con las carpetas que ellos guardan en sus habitaciones, en el salón y en el estudio? Me parece imposible encontrar el tiempo necesario para enfrentar los documentos, para intentar comprender su lugar, como quien busca el sitio exacto donde encajan las piezas de un puzzle. La muerte desgarra toda coherencia de lo vivido y tras nosotros sólo dejamos un naufragio de papel y huesos.

Dora Bruder

  • Maquetaci—n 1Autor: Patrick Modiano
  • Traductor: Maria Pino
  • Editorial: Seix Barral

En honor a la obtención del Nobel de literatura 2014 de Patrick Modiano, la ciudad de París nombrará una de sus calles como “Promenade Dora Bruder”, queriendo así rendir homenaje a uno de los libros más importantes del autor, y al mismo tiempo se recuerda las victimas de la ocupación nazi en Francia. Por todo eso, atacar un libro así produce cierto vértigo, pero también es el mejor momento para hacerlo.

El libro comienza enfrentando el narrador ante un periódico viejo donde descubre la desaparición de una niña conocida como Dora Bruder el 31 de Diciembre de 1941. A partir de ese momento y durante largo tiempo, se construye la narración de una búsqueda, donde la voz que nos narra los acontecimientos sigue los pasos de la historia, inmiscuyéndose hasta encontrar las pocas huellas que Dora Bruder fue dejando durante su vida. Es también un reflejo de la vida del París ocupado por los nazis, y de las condiciones de los judíos.

Sin duda el libro no defraudará a los admiradores de Modiano, tiene todos los elementos habituales en su obra, girando alrededor de su continuo descubrimiento de París ad infinitum. No se trata de una novela al uso, es un texto literario construido work in progress, cuyos personajes principales no tienen ningún poder ni acción, es más una investigación. Sin duda es un ejercicio magnífico sobre la memoria, Modiano se centra en describir esa búsqueda tan costosa para hacer relucir el vacío y la desazón que produce el paso del tiempo. ¿Hay una diferencia entre morir y desaparecer?

A pesar de que está bien escrito y tiene un estilo accesible y sencillo, no se trata de una obra de fácil lectura. El texto funciona con distintos impulsos, (la información encontrada en cada punto) pero la tensión dramática no existe, lo único que puede invitar al lector a continuar es el desarrollo mismo de esa búsqueda, el destino de Dora Bruder termina por ser secundario. Esto, pese a ser un interesante ejercicio literario, resulta muy arriesgado, pues termina pareciendo el relato de un periodista mientras busca los datos para su reportaje. Algo así como el making of de lo que viniese después. Dicho esto, no deja de ser interesante meterse en la piel del escritor, ver cómo realiza esa búsqueda, cómo los distintos acontecimientos van reflejándose en él mismo y haciéndole recordar datos de su propia vida para ponerlos en paralelo con la de Dora Bruder.

Dora Bruder es una gran obra, un ejercicio interesante donde la carga ficticia es muy pequeña. Sin duda este libro despliega una sensibilidad muy particular, quizá en mayor medida que otros de su firma, pues a Modiano nunca le ha gustado jugar con los sentimientos del lector, prefiere mostrar los acontecimientos, señalar con el índice y luego devolver una mirada significativa.

No obstante, un servidor no puede decir que lo dejará en la estantería de los imprescindibles. Pese a resultarme interesante el concepto de la búsqueda y la manera en que Modiano comunica los sentimientos provocados por la historia, no ha conseguido atraerme lo suficiente, quizá porque esperaba más y el resultado me resulta demasiado sintético. Se confirma con Dora Bruder una impresión que he tenido en otras de las obras del francés y que la opinión de algunos amigos me confirma: sus textos tienen mucho de obra testimonial, conectan bien con quienes vivieron su época o eran niños cuando todo acababa de pasar, pero para las generaciones más jóvenes su estilo carece de ese interés testimonial que lo hace único.

“Nunca sabré cómo pasó sus días, dónde se escondió, en compañía de quién se encontraba durante los meses de invierno de su primera fuga o en el curso de aquellas semanas de primavera en las que se escapó de nuevo. Ese es su secreto. Un secreto pobre y precioso que ni los verdugos, ni los decretos, ni las así llamadas autoridades de la Ocupación, ni el Dépôt, ni las barracas, ni los campos, ni la Historia, ni el tiempo – todo aquello que nos profana y nos destruye – fueron capaces de robarle.”

product_9782070408481_195x320Nota: Un servidor ha leído la versión francesa, publicado por la editorial Gallimard-Folio. Por tanto no es posible reflejar ningún comentario sobre calidad de la edición española.

París no se acaba nunca

  • 244_P327241.jpgAutor: Enrique Vila-Matas
  • Editorial: Debolsillo

Habitualmente París se oculta a los ojos de los turistas. Sí, porque quien pasa por la capital francesa suele hacerlo lleno de premisas, lleno de esperar grandes monumentos, va predispuesto a la belleza, por así decirlo. Habitualmente todos esos turistas sonrientes, de vacaciones, mirando hacia arriba y con cámaras de gatillo fácil en la mano no se toman el tiempo de inclinarse y mirar hacia abajo. No lo hacen y tanto mejor.

Vila-Matas llega en los años 70 a París, a mitad de una licenciatura de derecho que ni le va ni le viene. Quiere ser escritor. ¿Por qué no? Le gusta la idea, eso es suficiente. Allí conoce a una serie de personajes, entre otros a Marguerite Duras, que le alquila una buhardilla que le permitirá vivir dos años de su vida en la ciudad de la bohemia. Porque Vila-Matas, vestido de negro, con gafas redondas y pipa a lo Sartre, quería ser un bohemio. Su idea era simple, para llegar a escritor primero tenía que ser bohemio. Bien, se puso a ello. La apariencia no era suficiente, tenía que escribir. Así comenzó con La asesina ilustrada, que terminaría siendo su primera novela publicada. Lo hizo sin pensar, sin ideas, sin un plan. ¿O quizá sí? ¡Quién sabe!

Es posible que muchos encuentren la parrafada anterior demasiado diferente como para ser parte de una reseña literaria, pero la literatura de Vila-Matas es distinta en su origen, trabajo y fin, merece por tanto otra manera de atacarla.

París no se acaba nunca fue escrita en 2003, casi treinta años después de su periplo parisino. ¿Por qué? Es fácil suponer que el catalán emulaba a Hemigway con París era una fiesta, al fin y al cabo es su escritor favorito, y el norteamericano aparece repetidamente en la novela.

Vila-Matas hace de sus obsesiones y percepciones literatura el estilo en el que se ha especializado y París no se acaba nunca también cabe en esa descripción. Está bien escrito y nos ofrece un protagonista torpe, de cabeza baja, que intenta ser bohemio con un resultado cómico. Este acercamiento de Vila-Matas a sí mismo, este constante reírse de la propia sombra borra los límites entre ficción y realidad. La novela no es una crónica de su vida en aquellos años, aunque lo simula, lo que acrecienta el interés (o llamémoslo morbo directamente) es algo más, es ficción real, si se me permite el revés del género.

La excusa de la novela es una conferencia sobre la ironía que se le invita a dar, y que resulta el germen del libro. Cuenta sus años en París desde la ironía, lo cual bien podría hacernos ver que todo lo ocurrido es un reflejo de lo ocurrido, o ni siquiera. No importa, la historia nos atrapa porque el antihéroe debe acabar la novela, debe seguir su camino y queremos saber cómo lo hará. Ya sabemos el final: termina siendo escritor. Lo interesante es el desarrollo del cómo.

Al igual que París era una fiesta, el libro de Vila-Matas parece escrito un poco para los jóvenes escritores, porque revela ridícula la apariencia glamurosa del oficio, igual que echa por tierra el glamour de París. Y es que no deben equivocarse, el título también es irónico.

“Andaba por las calles de mi barrio como un triste fantasma y descubrí de pronto lo poco elegante que podía ser la desesperación, sobre todo si el desesperado era un fantasma, un muerto. Iba yo perdido entre la multitud por esas calles antaño tan familiares, perdido y sin conocer a nadie en el barrio y sin tan siquiera poder entrar en mi casa y subir hasta la buhardilla, pues ya no vivía allí; me sentía un muerto con permiso, un fantasma, y ésta era una sensación desoladora, porque vi el hueco profundo e insalvable que separaba mi juventud de la madurez, y constatar esto me dolió mucho, comprendí que el incesante y vasto universo de París se había ido apartando de mí desde hacía ya mucho tiempo.”

La invención de la soledad

  • Maquetaci—n 1Autor: Paul Auster
  • Traducción: Mª Eugenia Ciocchini
  • Editorial: Anagrama

 La invención de la soledad habla de la relación entre padres e hijos, de la escritura, de la memoria, y de la soledad, claro. Auster divide el libro en dos partes, Retrato de un hombre invisible y El libro de la memoria.

La primera parte comienza con lo que origina la escritura del libro: la muerte del padre del autor. Es una reflexión novelada sobre cómo comprendió y sintió la muerte de su padre. Es una especie de biografía, o mejor dicho, un compendio de todo lo que sabía de él, un ejercicio que muchos escritores realizan tras la muerte de algún ser querido. ¿Por qué? Porque es la forma de explicarse a sí mismos la desaparición de alguien. Cada quien se refugia en lo que sabe.

La segunda parte habla de su propia soledad, el estilo cambia, se pasa a una falsa tercera persona, el protagonista queda bajo la óptica de la ficción y parece que no es Auster, pero es él más que antes. Quizá, es sólo una hipótesis, la muerte del padre, la soledad congénita que este padecía con alegría y por propia elección, el aislamiento en el que se introdujo siendo niño, hicieron pensar al escritor sobre sí mismo. Al fin y al cabo la paternidad multiplica a los hombres y arrastra sus defectos, sus miedos. Así que Auster se encuentra observando a su hijo y pensando en su vida.

Una y otra parte hacen reflexionar al autor sobre la escritura y la memoria, pues al fin y al cabo está desgranando distintos momentos de la vida de su padre y de la suya propia. Recuerda y escribe y entre ambas acciones parece establecerse una relación que no termina de comprender. Ahonda en ella para ahondar en sí mismo.

No es el mejor libro del norteamericano, pero es uno muy sincero. Para quienes han leído otras de sus novelas puede ser especialmente interesante, pues se revela aquí el origen de algunas de sus obsesiones y vivencias personales, esas que se encuentran en todas sus novelas. París, por ejemplo. El estilo es el que nos tiene acostumbrado, sencillo, aunque quizá algo ceniciento aunque tratando el tema que trata puede se inevitable. Está bien escrito, pero hay que encuadrarlo en el género difuso al que pertenece para así poder disfrutarlo. La invención de la soledad está publicada en la colección Otra vuelta de tuerca, y parece muy pertinente indicarlo, ya que se trata exactamente de eso, una vuelta más en la obra de uno de los autores más leídos de la novela norteamericana de hoy en día.

“Una palabra se convierte en otra, una cosa se transforma en otra distinta. De esta forma, se dice, funciona del mismo modo que la memoria. Imagina una inmensa torre de Babel en su interior y un texto que se traduce a sí mismo en una infinidad de lenguas distintas. Las frases surgen de él a la velocidad del pensamiento, y cada palabra proviene de una lengua distinta; mil idiomas que gritan a la vez en su interior, con un clamor que resuena en un laberinto de habitaciones, pasillos y escaleras, cientos de pisos más arriba. Repite. En el ámbito de la memoria, todo es lo que es y al mismo tiempo algo más. Y entonces descubre que lo que intenta registrar en su Libro de la memoria, todo lo que ha escrito hasta entonces, no es más que la traducción de uno o dos momentos de su vida, aquellos momentos que vivió en la Nochebuena de 1979, en su habitación del número 6 de la Valle Varick.”

 

My dad is an engineer

La fiesta era en casa de Maurice. Ya era algo habitual, normal, todos sabían que los sábados uno podía ir chez Maurice a partir de las 19h00. Siempre había algo montado. Era el lugar de encuentro de los pretendidos intelectuales, de quienes jugaban a serlo aunque todavía no hubieran terminado la universidad. El anfitrión, cuarentón, adinerado y aburrido tenía una novia joven, pintora, quien realmente organizaba aquellas fiestas.

Pierre se sentía allí como pez en el agua, por supuesto también les criticaba por su vanidad, pero se debía a su propio y desmedido ego. Llegó con aires de príncipe encantador, de lobo solitario, de poeta maldito, todo a la vez. Ocultaba, como siempre, su hambre enorme, su pasión por la propia imagen. Esta vez alguien había invitado unos americanos, hablaban de una exposición de fotografía, citaron las grandes cámaras de su país. Luego, cuando el tema se agotó, pasaron a la siempre socorrida literatura, como si ellos aún formaran parte de la Lost Generation. Parecían emocionados con el hecho de estar en aquella casa en medio de París, rodeados de los típicos edificios de postal, bebiendo vino entre chicas amaneradas, de labios fruncidos y mirada lánguida.

Pierre se fijó en una chica con el pelo rojo burdeos, de carácter simple (o eso le parecía) Se llamaba Jane, no podía ser de otra manera. No hablaba francés, pero no importaba, era incluso mejor, Pierre estaba contento de demostrar su dominio del inglés. Era todo sonrisas y atenciones con ella, jugaba a seducirla con alguna caricia furtiva, con bromas sutiles, de fácil doble sentido. Cuando ella llevaba ya varias copas de chardonnay, Pierre soltó su revelación, siempre funcionaba. I’m a writer. Y la frase dio comienzo a un discurso que muchos chez Maurice ya conocían. Le habló del problema de la belleza del lenguaje, de la exactitud de las palabras elegidas, de lo difícil de no dejarse arrastrar por los temas tradicionales y mil veces utilizados. Quería hacerle partícipe de su carácter de hombre ligeramente atormentado, pero a la vez seguro de su éxito futuro. Funcionó, Jane durmió aquella noche en su cama, y en recompensa él recitó algo de Yeats antes de desnudarla.

Por la mañana Pierre preparó el desayuno, luego pasearon por el barrio, en busca de cierto escritor consagrado que él consideraba como su mentor, aunque esa parte ella no la sabía. El hombre, viejo ya, de aspecto descuidado, tomaba su café de siempre y leía el periódico habitual en el café de todos los domingos. El encuentro pareció casual, se sentaron por la insistencia del escritor, pidieron café solo y fumaron un cigarrillo tras otro, porque la bebida y el tabaco parecían indispensables para los de su casta. No obstante, la mañana no invitaba a la bohemia, era clara y calurosa. Suerte del viejo, que cumplió su papel como Pierre esperaba. Frente a ella, él le arregló el pelo, demostrando así su cercanía ante alguien “tan importante”. El escritor contribuyó al juego con comentarios elogiosos sobre el trabajo del joven. Hablaron evidentemente de literatura, mezclando el inglés y el francés de forma natural, aprovechando la presencia de la joven para discutir sobre Faulkner y su importancia en las letras francesas. Pero de pronto se hizo tarde, ella dijo algo que no debía, rompiendo el encanto del momento. My dad is an engineer. Pobrecita, parecieron pensar aquellos dos literatos, y el escritor cambió radicalmente de tema, le preguntó por sus estudios, su visita a París. Ella, tímida pero segura de sus opiniones, no facilitó la conversación. Pierre se levantó rápidamente, dando por terminado el encuentro.

Mientras se alejaban, el viejo notó cómo ella se apretaba contra el chico, impresionada por el autor desarrapado, por su relación tan familiar de maestro y aprendiz. En aquel momento, Jane ya era suya, la podría tener siempre que quisiera, y aunque a Pierre le complacía esa admiración, de pronto le parecía una chica vulgar, una más con el pelo teñido. Volvieron al apartamento para aprovechar desnudos el domingo. La semana siguiente ella le llamaría día tras días, y él se haría el ocupado, bromeando con sus amigos sobre lo fáciles que son las americanas, tan enamoradizas ante el encanto francés.

Entrada Nº10: El lugar donde vivimos

Hace unos días vi una exposición del fotógrafo Robert Adams, este texto toma prestado el título de una parte de su obra expuesta. La serie de imágenes en blanco y negro retrataba un ejemplo del paisaje urbano que conforman el centro de los Estados Unidos. Nada de grandes arquitecturas, sino los barrios clónicos de césped a altura perfecta, y las casas de esa gran clase media americana. La vida estable que representa(ba) el gran sueño americano. Eran los años cincuenta, aún había esperanza.

mayoConcretamente despertó mi curiosidad la fotografía de una feria nocturna, con sus neones iluminados, fulgurantemente blancos entre el negro profundo de la tierra y la oscuridad del cielo. Era una de esas ferias ambulantes que se plantan algunas pocas semanas en cada lugar, el tiempo justo para despertar la curiosidad de los ciudadanos, pero dejándoles con ganas de un poco más. Es esta una muestra de cómo se maneja el tiempo y el espacio, en esta ocasión para crear el embrujo de permanente inestabilidad, porque en la excitación de lo inconstante es donde reside el encanto de la feria. Traen lo ajeno a nuestro mundo de todos los días, y lo hacen con la promesa de irse pronto, de no interferir más allá de un corto periodo. Sí, es una gran fotografía, ha perpetuado lo común y lo extraño, el movimiento y la quietud, lo natural y lo artificial. Refleja el cambio apacible y casi desapercibido de la vida cotidiana.

Algunas personas son como las ferias, prefieren el movimiento continuo, quizá porque les imprime energía, quizá por miedo a la quietud, a despertar sus monstruos si encuentran la tranquilidad de la introspección. Otros prefieren anclarse en el terruño, amantes de la estabilidad, comúnmente perezosos o intolerantes ante el cambio y lo ajeno, ellos temen descubrirse equivocados, encontrar algo mejor fuera de sí mismos. Un tercer grupo lo componen quienes entienden los cambios como un reto y la estabilidad como una oportunidad, aquellos capaces de comprender y moverse entre las fuerzas ejercidas por tiempo y espacio. Y por último, entre estos sectores de la población, hay algunos errabundos, despistados hombrecillos con dudas, incapaces de defender ninguna postura, o quizá valientes antisistema. Y todos ellos son/somos paridos por vientres semejantes, arrojados a un mundo parecido, que nos acogerá a cada uno de distinta manera.

Mis primeros dieciocho años fueron entre la meseta y la montaña, pasé tres años en Madrid, y pronto se cumplirán otros tres años desde que estoy en París. Antes de eso, cuando la primera mudanza ya estaba próxima, alguien me aconsejó evitar pasar simplemente por la ciudad, y dejar que Madrid pasase por mí. Sí, los lugares donde vivimos también nos conforman, de la misma manera que lo hacen las personas. Nos cambian. Pero quien me aconsejó olvidó una pista sobre el tiempo necesario. Si uno se abandona, si inhala el aire de la ciudad, si se abre a ella… ¿Cuánto ha de transcurrir hasta ser parte de ese nuevo espacio? ¿Cuándo el lugar donde vivimos se transforma en algo más que un lugar? No es fácil ese “dejar pasar a la ciudad por uno mismo”, significa empaparse realmente de ella, conocerla, sufrirla.

Mi respuesta personal: tres años. Ese es el periodo que yo necesito para “hacerme” a una ciudad, a su carácter, su urbanismo, sus gustos. Tres años para empezar a conocer sus virtudes y sus miserias. Sólo los meses antes de dejar Madrid me sentí allí como en casa, y sólo ahora París parece un lugar habitable, como si todo este tiempo hubiera tenido la impresión de ser un intruso. En parte lo era.

Ahora algo ha cambiado: las falsas promesas que toda ciudad dedica a sus nuevos huéspedes han perdido su encanto; el contraste gris y aburrido, retrato de una ciudad desapacible, también ha sido medido y asimilado; sus habitante ya me han decepcionado tanto como me han atraído. Todavía hay muchas cosas que ignoro o no comprendo, pero ya empiezo a hacerlo, a sentirme con el conocimiento suficiente para resistir, para aprovechar lo posible, para continuar. Quizá sea hora de otro cambio.

La espada y la rosa

Su mujer le dijo que tendrían otro bebé. Él estaba feliz, pero decidió apresurarse con la mudanza. Todo retraso iría siendo un problema mayor con el paso de los meses. Se dieron prisa y embalaron el apartamento en una semana. Y mientras ella colocaba los viejos trastos en nuevos espacios, él se encargó de la última habitación del piso, su propio estudio. No lo había hecho antes por razones de trabajo. Era la única habitación llena en aquella vivienda ahora anónima, una rareza, un santuario. Le costó comenzar, tardó más tiempo del necesario en disponer las cajas, pero aquel fin de semana tenía tiempo de sobra para clasificar y guardar; además, nunca es fácil enfrentarse a una biblioteca, muchos volúmenes acaban dentro de las cajas rápidamente, pero otros son seductores, y atraen a sus dueños obligándoles a dedicar unos minutos a sus páginas.

El cuarentón avanzaba bastante rápido con los libros técnicos, echaba un ojo a los más antiguos, para recordar qué idea aprendió en qué capítulo, pero nada más. La ficción fue más difícil. Había muchos recuerdos, muchas historias importantes en su vida. Encontró un pequeño volumen al fondo de la estantería, delgado, de tapas blancas y ya sucias. Era Las flores del mal, de Baudelaire, pero no tenía recuerdos de ese libro. ¿De dónde había salido? Abrió sus páginas y encontró un dibujo hecho a mano con bolígrafo azul: era una espada atravesando una rosa, con una dedicatoria al lado “Ayer llegamos de París, mañana iremos a Macondo. Sant Jordi 1994”

Desde el principio ella le llamó Atreyu, porque era obstinado en sus discusiones, porque quería entenderlo todo, llegar hasta el fin de lo que no tiene fin, vencer a la nada, es decir, a la ignorancia.. Esa era su historia interminable recién cumplidos los veinte. Ella era Momo antes incluso de él ser Atreyu. Sacaba la lengua a los hombres grises dondequiera que los encontrara, sin pensar en las consecuencias, igual que una niña pequeña.

Se enamoraron como sólo se enamora uno a los veinte años, se fueron a vivir juntos sin importarles las goteras o la opinión de sus padres. La beca era suficiente para subsistir, incluso para sus caprichos. No podían pedir más. Los viernes iban al teatro, vieron varias repeticiones de Romeo y Julieta, porque se creían invencibles como los dos amantes. A veces, después de hacer el amor, improvisaban pequeñas escenas. Aunque era ella quien dirigía la función, quería ser escritora.

Por las mañanas Momo se sentaba a medio vestir, y garabateaba en sus cuadernos sorbiendo café, imponiendo silencio absoluto. Él se quedaba mirándola un rato, se duchaba y leía. Tras un rato ella bufaba, frustrada por no encontrar las palabras adecuadas.

También viajaron a París. Ella se creía La maga corriendo de calle en calle, arrastrándole de un lugar a otro. Le gustaba besarle en los puentes y cerrarle los ojos con los dedos. “Juguemos a Cortazar”-decía. Entonces él tenía que encontrarla. Durante una semana se creyeron dos bohemios perdidos, pero el penúltimo día él no dio con ella, y el juego se volvió amargo. Regresaron a Barcelona, ella estaba insatisfecha, ya no le gustaba que le llamara Momo, y su Atreyu no encontraba un nuevo nombre adecuado. Entonces fueron a ver Macbeth, ella tomó las manos de él, las observó de cerca por primera vez, (o eso pensó) y las encontró feas, vulgares. De pronto quería escapar y que él no la encontrara. Comenzó a interesarse por la literatura inglesa, y recibió el otoño con Mrs Dalloway bajo el brazo, dando largos paseos cada mañana.

En invierno, con la amenaza de los exámenes a la vuelta de vacaciones, él dejó de esperar. Le recriminó creerse Beatrice, y hacerle pasar por nueve infiernos por su orgullo y tozudez. Ella gritó, se rió de él, de su ambición de saber, le llamó Fausto, porque estaba dispuesto a entregar su alma por conocimiento, porque le encontraba despreciable.

El fin de la relación fue brutal. Cada uno siguió su camino, y estuvieron mucho tiempo lamiéndose las heridas, echándose de menos sin confesarlo. Ella se subía a los trenes para escribir, para poner en negro sobre blanco su dolor, decepción, amor, y soledad. Él se pasaba los días en la biblioteca, salía a última hora, cuando había pocos buses y se veía obligado a caminar una hora pensando en ella. Pero pasó el tiempo, ambos se olvidaron del otro, aparecieron nuevos amantes en sus vidas, nuevas decepciones, algunos éxitos. Nunca volvieron a coincidir.

El hombre guarda Las flores del mal en una caja de cartón. Mientras continúa su tarea piensa en ella, en el tiempo que compartieron, en su amor entre libros. Se pregunta dónde estará, qué habrá sido de su vida. Pero no quiere saberlo, no tiene sentido buscar un epílogo cuando la historia fue tan buena. Al final, cuando la habitación está tan desnuda como el resto del apartamento, se fuma un último cigarrillo con la luz apagada, sin pensar en el pasado, sintiéndose bien en el límite de un capítulo de su vida, a punto de comenzar el siguiente.