Insomnio

Cada noche, al reposar la cabeza sobre la almohada, llega la corte, en tropel, una verbena agitando sus blasones y banderolas de colores. Aparecen antes de darme una oportunidad para cerrar los párpados, arrasan con mi somnolencia y me dejan la fatiga, el dolor en el brazo izquierdo tras una jornada de hacer siempre los mismos movimientos, las piernas cansadas. No sé por qué me canso. Cada vez ando menos, corro menos, hago menos ejercicio. Me cristalizo.

Mañana el reloj no tendrá piedad, el espejo no tendrá piedad, yo no tendré piedad.

¿Quién me vendió este cuento? ¿Quién me hizo creer en “esto”? Tonterías, deseamos la mentira, deseo la mentira, la verdad es aburrida, insulsa, la verdad duele y es agria, difícil de tragar. Sacrificio, es necesario más sacrificio, un mayor sacrificio para conseguir aquello que se desea. ¡Más madera! Arden poco estas compuertas al infierno, la maquinaria apenas vibra todavía. ¡Más madera! ¡Más madera! Hasta que no quede nada, hasta que el armazón de esta casa y este cuerpo acaben limpios de cualquier adorno, de cualquier cosa que no sea esencial para el avance.

La pastilla para dormir me provoca una nausea y vuelve acuosos mis pensamientos, difíciles de transitar. Los sueños y pesadillas se han replegado, me esperan al otro lado. Respiro. Imito la respiración de alguien dormido y procuro no moverme, procuro mantener los ojos cerrados. Quiero dormir, quiero la falsa paz de unas horas de inconsciencia. ¿A quién quiero engañar? El espacio que ocupo en esta habitación es ridículo. Termino enredado en el sonido de las manecillas del reloj y me pierdo.

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Dreamers, Albert Moore

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Rojo

Esta es la prueba, este cuadro ante mí está lleno de fuerza, de palabras, de historia y también de religión. Uno podría pensar que un lienzo colosal producirá ante el espectador una impresión mucho mayor. Rothko lo sabía, él deseaba abrazar al espectador, engullirlo en ese vientre tenebroso de reflexión. Sin embargo mi cuadro es pequeño, una tela que podría ser adquirida por cualquiera para colgar en cualquier casa. Su tamaño es ideal para ese movimiento, ese intercambio de mundos que provocamos las personas en cada mudanza. Sí, el formato importa, igual que importa lo representado y la forma de hacerlo. Mi cuadro es una caída, el movimiento llevado al exceso, una titanomaquia donde Cronos ya ha sido vencido; es Cristo porque ha de estar ahí, en el color azul y blanco del cielo, en la iluminación más allá de la primera impresión. Sí, la tríada está representada y sin embargo son sólo color. El resto es violencia, rojos, negros y desnudez. La crueldad nos recuerda a Apolo, ese dios de belleza tan terrible como su ánimo. Él es el dios del sadismo y nosotros, espectadores mortales y humildes, hemos de preguntarnos cómo hemos de escapar de su influjo, cómo si somos herederos directos de él, si ante la caída, ante el cuadro, nos plantamos con la sonrisa torcida, cínica, o el gesto indiferente de un Commendatore resucitado. Hemos de elegir una de las dos vía, la que derroca a Dios, la de Don Juan, o la otra, la que lo venera, la que se declara heredero y continuador.

Ese es nuestro mundo y todo por un cuadro, un cuadro de caída donde leemos el bien, donde leemos el mal y donde se nos habla del mito, de la imagen, del hombre, de la mortalidad, de la lucha y de la derrota. Sí, porque esa desnudez de eternidad, a la vez tan expuesta, es una imagen de futuro, una promesa y una amenaza desde Dios, desde el commendatore que retorna para hablarnos del futuro, para condenarnos en caso de que seamos tan osados como para dar la espalda al Padre. No podemos matar a la divinidad pero podemos intentarlo y esa es la lucha que se representa, la consecuencia de la batalla, la inevitable derrota: fracasarás -dice Dios. ¿Cómo no temblar?

Es un pequeño cuadro lleno de ángeles fulminados por la mano izquierda de Dios. ¿Quién lo colgaría en su casa? Acaso el dormitorio sería un buen lugar, repitiendo el hábito del rey oscuro de España. Es sabido que Felipe amanecía en la soledad de su cama y que lo primero que veía ante la luz del amanecer era el tríptico de El Bosco. Felipe pensaba en el pecado, en Dios, en la mortalidad. Amanecía con ese pensamiento mítico porque debía dirigir un país, firmar decisiones prosaicas, vivir de, en, para y por la tierra y la sangre. Por eso el cuadro estaba en su cuarto, para recordar que había trascendencia, que más allá de las manchas de tinta en los puños de su camisa habría un Dios, o al menos una creencia, quizá sus ojos buscasen la gracia.

De repente la idea de un traslado del cuadro parece impensable. Pensamos en los museos como una suerte de templos modernos donde se adoran ciertas obras, ciertos autores. Sobre el altar está el arte mismo, lo que el arte significa. Allí está bien el cuadro, encerrado, dispuesto sobre el muro blanco y disponible a la mirada de cualquier paseante que desee, pueda y se atreva a colocarse delante de la pequeña caída, que es enorme. Resguardar la tela en la casa, en el dormitorio, es monstruoso, un acto de sadismo para con nosotros mismos. No, yo no podría mantenerlo mucho tiempo bajo mi mismo techo, su color, el sanguíneo rojo, terminaría por volverme loco, por desatar lo más primitivo que hay en mí, por convocar a la lucha.

Ya es demasiado para mí, me aparto, salgo de la sala y me siento ante un lienzo muy diferente que no me molesto en escudriñar, en vez de eso observo la gente vagar de un lado a otro mientras el rojo desaparece poco a poco de mi retina, como una impresión de color que se deshace ante el mundo real, la tierra de Felipe.

 

 

 

Ecos

Recordemos ese gemido, ese sonido ronco, eco tibetano que reverbera y surge más allá de nuestra garganta, de los posos del cuerpo. Suena esa “o” que se sostiene como acorde monótono sin pausa, obligándonos a la concentración sin pensar, meditar sin cuestionarnos, elucubrar con la mente en blanco. Pese a no notarlo, algo se libera, la fisicidad se rompe y a través de ese sonido seco tiembla el mismo esqueleto de nuestro espíritu.

¿No es eso lo indispensable? ¿No es lo que buscamos, acaso? Quizá esté en esos sonidos el secreto del conocimiento humano, no por llegar a él, sino por lo contrario. La ausencia de la necesidad de ese conocer, el apaciguar la sed y tomar el convencimiento de que la vida tiene bastante poca importancia y que somos nosotros los que elegimos la manera de vivir; parece ser que ese es el más precioso conocimiento, la armonía entre cuerpo y mente, pero sobre todo de la mente. El saber intenta insuflarnos una espiritualidad por creer no ya en algo más allá de la muerte sino que nos llama la atención sobre la vida en sus términos de juego.

España en París

Este sábado me acerqué por el museo de l’orangerie donde se exponen los famosos nenúfares de Monet de gran formato. Es un museo pequeño, no tan conocido como los grandes de París y que es muy agradable visitar.

Pero este artículo no versa sobre su colección permanente, sino sobre la exposición temporal que ahora mismo alberga en sus salas. Bajo el título de: “España entre dos siglos” el museo plantea una interesante revisión de la historia de España en torno al cambio del XIX al XX. Me gustaría dejaros una traducción de las primeras líneas del folleto, que creo que es interesante:

En el final del siglo XIX, en una Europa en plena mutación, en marcha a través de un mundo abierto a las nuevas tecnologías y a nuevos modos de pensar, España permanece fija en una sociedad cerrada, sombría, impregnada de leyendas ancestrales y marcada por las tragedias sociales que describen Théophile Gautier o Eugene Delacroix. Víctima de guerras y de inestabilidad de poder después de 1820, el país está enfangado en una crisis profunda.

La traducción es propia por lo que pido disculpas de haber alguna incorrección. Dejando a un lado las cuestiones técnicas, después de leer este fragmento podríamos hacer un guiño al momento en que estamos viviendo. Quizá esta exposición llegue en un buen momento para nuestro país, pues el arte es una demostración de nosotros mismos, una lectura, y leerse es buscar comprenderse. Sin duda a España le queda un largo camino que emprender en estos parajes, pues siempre ha manifestado una especial pereza a la hora de ejercitar eso que tiene sobre los hombros. Evidentemente hay muchos individuos que se salen de la norma general, pero ya se encargará el conjunto de hacerles callar. ¿Es el dogmatismo de la estupidez, simple ignorancia o quizá envidia hacia ese don maravilloso que es la razón? La lucidez sin duda es un término desgastado, pero en nuestro caso desgastado por el abandono y el manoseo superficial.

Que España necesita pensar es obvio, la crisis que afrontamos no es sólo una crisis económica y ahora también política, lo es de pensamiento, de concepción, casi podríamos decir que se trata de una crisis ontológica. La ontología, como sin duda se sabrá, trata la noción del ser, entre otras cosas, pero esta es su fundamental. ¿Quiénes somos? ¿Qué hacemos aquí? Estas preguntas ha de hacérselas este “crisol” o “útero” de civilización que se ha creído Europa durante los siglos pasados. El cambio es fundamental porque si no consigue juzgarse a sí misma, si no consigue comprender qué realidad puede o no desempeñar ahora, entonces caerá en la perdición. Europa está tocada y parece difícil que se vaya a hundir, pero puede. El pensamiento no es menos importante que la economía; sí, es cierto que antes parece que hay que conseguir buenos alimentos (economía) para cebar al cuerpo (el mundo político) ya que este se encuentra enfermo, pero no se nos olvide que el cerebro está congestionado y más en España.

El caso de nuestro país debe de ser único en el mundo, estamos obcecados. Arrastrábamos una maldición que en los ochenta parecía haberse terminado, que en los noventa nos dejó respirar, pero que en los dos mil nos devolvió su jugada. No, en estos veinti y pocos años de “bonanza económica” no ha cambiado nada. España sigue siendo la de siempre, atada a los mismos demonios. ¿Qué es España? ¿Qué hace aquí? El día que nuestro país se lo pregunte puede que por fin se rompa el hechizo y quedemos liberados, por lo pronto no parece que semejantes cuestiones vayan a estar entre las medidas de un gobierno que, no nos engañemos, nace y va a vivir sin romper el cordón umbilical que lo une a Alemania.

La esperanza podemos depositarla en la exposición de l’orangerie, donde se muestra a Joaquin Sorolla y Bastida, Ignacio Zuloaga y Zabaleta, Dario de Regoyos, Salvador Dali, Joaquín Mir, Ramón Casas, Santiago Rusiñol, Joaquim Sunyer, Pablo Picasso y Joan Miró. Todos grandes de nuestro país y, excepto los obvios, también bastante ignorados. Asimismo el despliegue de lienzos se completa con conferencias, lecturas, encuentros y conciertos. Es decir, surge un pequeño satélite de personas que se interesan por nuestro país, que estudian y reflexionan sobre arte y también sobre España. La recomendación a las salas del museo es obligatoria, igual que a cualquiera de los eventos que se organizan. También hay que hacer notar que el comisariado de la exposición es compartido entre Marie-Paule Vial, directora del museo nacional de l’Orangerie y Pablo Jiménez Burillo, director del instituto de cultura fundación Mapfre.

Parece que la reflexión se está llevando a cabo, pero no nos olvidemos que la mayoría de estos artistas huyó de España para crear y para pensar, y tampoco olvidemos que esta exposición no la recogen nuestras fronteras sino que son las de Francia las que la dan cobijo. ¿Si en el corazón de París se piensa en España, por qué en España no se piensa sobre sí misma?

El cinco de noviembre

“Remember, remember, the fifth of November, Gunpowder Treason and Plot. I see no reason why Gunpowder Treason should ever be forgot.” (“Recuerden, recuerden, el cinco de noviembre, la Traición y el Complot de la Pólvora, que nunca se olviden.”)

Esta copla se escuchaba por Londres en los últimos siglos desde el célebre complot para destruir el parlamento británico. La revisión de este hecho que se hizo en la novela gráfica V de vendetta y en la posterior adaptación cinematográfica, ha servido como método de pensar en la crítica al estado. 1984, Mercaderes del espacio, Un mundo feliz, La naranja mecánica y Fahrenheit 451 han sido otras obras de la ficción que intentaban revisar este peligro.

El estado es un monstruo, eso no es nada nuevo, tenemos a Hobbes gritándolo desde su tumba. El Leviatán nos devorará a todos si puede, es su naturaleza, algo así como la tendencia animal que no puede ser controlada. El problema que se suscita es que los componentes del Leviatán, es decir, la sociedad, no se dan cuenta de su pertenencia celular al monstruo. El movimiento de “indignados” es una muestra de la rebeldía a nivel atómico de ciertas partes de la bestia; ellos están despertando, sus propias pancartas lo anuncian y tienen razón: “despertar” es la palabra adecuada ya que hemos estado dormidos.

Las obras citadas son distopías en las cuales los individuos están aplastados por la fuerza del estado. Uno puede leer las novelas y tomarlas como eso, como ficción, como novela, pero si hace esto se quedará en lo más simple del argumento. La causa de la escritura de tales obras es el miedo, el puro miedo a la represión, a la libertad enmudecida, al consentimiento de lo terrible, al imperio del leviatán en fin.

Es cierto que no podemos luchar contra el reinado del monstruo, está ahí y la última mitad del siglo XX y el comienzo del XXI ha estado sentado en su trono pero relativamente tranquilo al menos. La reciente crisis, que se venía desarrollando paulatinamente como una enfermedad, ha reactivado el organismo, lo ha puesto en marcha y se ha encontrado con una atmósfera ideal para echar las raíces de su corrupción. El mundo está cambiando y nadie puede negarlo, esta es una etapa de transición y todas las transiciones son violentas. La violencia se está llevando a un nivel económico que a su vez afecta a lo político y que hará que lo social y lo cultural se contaminen con ese crimen que dejará muchos muertos y muchos santos en sus hornacinas. No quedará un pedazo sano del mundo y el punto al que lleguen sólo lo podemos imaginar en 1984, en Un mundo feliz o en V de Vendetta.

¿Parece un extremo, verdad? No cabe la angustia cuando seguramente todo se arregle de una manera sencilla y sin que nos molestemos en movernos del sillón. No es así, pese a que esperamos eso esta vez no lo será. Todo va a cambiar. España tiene elecciones el veinte de noviembre y se elevará entre nosotros un hombre elegido con un sistema que no se puede considerar democracia sino en ese sentido retorcido que nos han hecho tragar. Ese hombre, sea el que sea, incluso en el hipotético caso de que fuese el que no creemos que será, se ungirá con la corona y ordenará lo que tenga que ordenar; es decir, dará de comer al Leviatán. Los indignados no pueden hacer nada porque confían en el atomismo del leviatán, si lograran algo sería por un impulso incontrolado que no es posible predecir. ¿Puede darse tal impulso? Pienso que no, que los ideales que el movimiento empuña son digresiones de todo y no concretan nada. Se grita por mil razones y en todas tienen razón, pero debería ser una sola la que se pronunciase a voz en grito, martilleando repetidamente el mismo punto hasta que cediese el muro. Golpearlo todo no sirve de nada, sólo da muestra de debilidad. Sí, el movimiento significa que las células empiezan a ser conscientes, pero aún es un bebe que no tiene fuerza para grandes acciones. Puede ser acallado, pero confío en la torpeza del estado para ello, confío en que no sepan callarlo, en que lo hagan tan mal como vienen haciéndolo y aseguren así el crecimiento del movimiento. Quizá llegue el momento en que tengan, en que tengamos la fuerza suficiente para derribar algo.

La copla que se enunciaba en 1605 y en los años posteriores es significativa, no es un mero adorno. Sirve para recordar que el monstruo está ahí, que somos parte de él y que debemos revelarnos y pensar, debemos ser conscientes y no complacientes para poder ser más íntegros, más personas, más libres. La inacción nos encadena, el conocimiento, la lucidez, pensar, es lo único que puede salvarnos.

Recuerden, recuerden, el cinco de noviembre…

Miedo a ser

¿Quién no ha tenido miedo alguna vez? Ya sea por las fobias más diversas o las pesadillas infantiles donde la oscuridad se presenta como una rémora ancestral, recuerdos de aquel tiempo en que sí existían bestias acechando con sus ojos brillantes en medio de la nada.

Miedo, miedo a la historia, miedo a los tópicos, miedo a pensar o a esas grandes preguntas que se desplazan a áreas donde la sociedad puede mirarlas con distancia; sin preocuparse por ellas y esperando que sean otros los que lo hagan, otros a los que la credibilidad que les otorguen será igual que a los objetos que ellos mismos han deseado obviar.

Está en nuestra naturaleza, en nuestra genética, se ha enraizado como un componente que va más allá de la cultura de nuestra vida. Tememos, y a lo que más tememos es a nosotros mismos. Por ello son tan terribles las máscaras, porque simbolizan lo que no somos, lo construido, nos simbolizan a nosotros mismos. Es la paradoja que vamos creando toda nuestra vida, pues nos fundamos con toda suerte de materias hasta que un día nos damos cuenta de que la máscara que nos cubre todo el cuerpo es falsa y que no somos nosotros sino una mutación, unos hilos que nos atan las articulaciones y nos impiden movernos con libertad. Pero nosotros hemos sido sus creadores, nosotros nos elegimos falsos por miedo a la verdad.

¿Y por otro lado, qué tienen los espejos? Nos duplican, crean monstruos que son exactamente iguales a nosotros, pero sobre los que no cabe pensamiento alguno, ya que no podemos llegar a ellos. Somos incapaces de cargar con la responsabilidad de esa imagen inmaterial que creemos fruto de un fenómeno de la física, pero que tanto nos ha quebrado la cabeza con mundos extraños donde nosotros somos los antagonistas y a la vez somos nosotros, universos paralelos, países extraños o iguales pero perversos. El reflejo escapa a nuestra voluntad y eso nos asusta.

Pero a todo estamos acostumbrados, todo lo sabemos. Es por eso que nos perturba tanto los hechos inexplicables al encontrarnos otros individuos tan similares a nosotros que nos perturban sus decisiones, sus finales, sus vidas o cualquier nimiedad que les implique. Somos gordos ególatras que temen que esas personas sean ejemplos de nosotros mismos, porque nos recuerdan que somos de la manera en que somos y que hemos perdido cosas que ellos ganaron o que son señales de un futuro que podría pasarnos en primera persona y no queremos.

El mayor miedo es a nuestro potencial. A Ser en ese sentido ontológico. La filosofía no es bien comprendida, se diluye en la hipocresía de una sociedad que la teme con fervor porque es pensamiento excedido y no puede abarcarlo. Ser implica abandonar las imposturas que elegimos, implica también ser valiente en un mundo donde se premia la cobardía, los compromisos, el maquillaje de las sonrisas. ¿Cómo ser valientes si es algo anacrónico a nuestro tiempo? La respuesta es muy dura ya que siempre ha sido algo anacrónico y sólo con la búsqueda violenta seríamos capaces de encontrar nuestro coraje. No, no es fácil vencer al miedo, por eso aquellos que lo consiguen son héroes, espadas de luz atravesando la mundana oscuridad.

La lucidez es un castigo que nos dota de la visión interior, que nos llena del silencio de la comprensión.