«Lo salvaje no tiene palabras»

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Abril de 2015. También publicado en su versión digital aquí.

¿Qué es poesía? Quiero decir más allá de ese poema de Bécquer que muchos saben citar de memoria. ¿Qué es la poesía? ¿Para qué sirve la poesía? Esas preguntas utilistas, con las cuales comprendemos el mundo desde 1989, son necesarias, otros las hicieron necesarias y ahora nosotros nos valemos de ellas y hemos dejado que pesen demasiado. En su libro La utilidad de lo inútil (en España editado por Acantilado) Nuccio Ordine se hace eco de esta manera de pensar nuestra, tan inhumana e intenta dar alguna respuesta. Apoyándonos en él, podríamos decir simplemente que la poesía sirve para ser. El arte y la cultura sirven para ser uno mismo, para ser mejor, para construirse.

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Ilustración de Jorge Fernández Ruiz

El 27 de Marzo murió Tomas Tranströmer (Estocolmo, 1931 – 2015) el poeta fue ganador del premio Nobel de literatura en 2011. Ese día, además de afrontar cierto sentimiento de pérdida, un servidor comenzó a reflexionar sobre diversos temas gracias a asociaciones con el poeta más o menos peregrinas. Así, tras ocuparme de la educación, la literatura o el periodismo, comprendí que el nexo de mis preocupaciones era el cambio tecnológico tan brutal que Tranströmer pudo experimentar a lo largo de su dilatada vida. Me entró la curiosidad: ¿cómo afrontaría el poeta este cambio tan sustancial? O mejor: ¿en qué modo la poesía toma parte?

En su Elegía primera, poema tristemente dedicado al asesinato de Federico García Lorca, Miguel Hernández escribió: «Muere un poeta y la creación se siente | herida y moribunda en las entrañas.» Sin embargo, la muerte de Tranströmer se olvidó pronto e importa poco que le dieran el Nobel. Pasará a la historia, sí, sus libros seguirán editándose por ese honor, los mecanismos del olvido y el recuerdo funcionan así, pero ese progreso descontrolado, amparado por todo el sistema occidental, hace que esta circunstancia apenas tenga un significado real. ¿Por qué? Pues porque en las escuelas se enseña cada vez menos a apreciar la belleza o simplemente a reflexionar, porque los periódicos y televisiones sólo saben hablar de datos sacados en ‘wikipedia’ y sacrifican su calidad informativa por la inmediatez y el morbo, porque internet es un totum revolum sin criterio. Quién sabe lo que siente la creación a estas alturas, pero por su parte la sociedad parece un tanto inconmovible.

Uno quisiera aventurar una respuesta a la primera pregunta de este artículo, perdónenme si les parece pueril: La poesía es un hechizo, las palabras no son sólo palabras, la manera en que se disponen los versos y se evocan imágenes sirve para despertar nuestra sensibilidad. La poesía convoca la imaginación y es capaz de crear toda una interpretación, compleja e íntima. Eso es magia, quizá ningún otro arte (con la posible excepción de la música) invite tanto a buscar dentro de uno el significado de lo comprendido. La poesía, finalmente, es una manera de reafirmación individual.

En el mundo de los mass media, la globalización, internet, las redes sociales y las modas cada vez más aglutinadoras, gobiernos y empresas nos reducen a números comprensibles para ellos, clasificándonos dentro de cientos de agrupaciones, a su vez compuestas por millones de personas. Ser uno mismo en la sociedad de la homogeneización, darse cuenta del poder de la diferencia, debería ser más importante que cualquier cosa. No lo es.

La frase que da título a este artículo es un verso del propio Tranströmer. «Lo salvaje no tiene palabras» se refiere a la imposibilidad de limitar lo más puro, aquello que no puede ser domado o dominado, lo que hay de verdadero en el mundo. También quiere decir que toda explicación, sea en el modo en que sea, es insuficiente. Tranströmer está diciendo que para entender el mundo hay que sentirlo. Hoy, sin periódicos honestos ni una educación digna, bajo la autoridad de la tecnología y lo inmediato, la posibilidad de escapar de ese vórtice deshumanizador recae enteramente en nuestra percepción privada, en nuestra sensibilidad.

Miércoles fragmentado: Pequeño vals vienés, Federico García Lorca

“En Viena hay cuatro espejos
donde juegan tu boca y los ecos.
Hay una muerte para piano
que pinta de azul a los muchachos.
Hay mendigos por los tejados.
Hay frescas guirnaldas de llanto.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals que se muere en mis brazos.”

Se ha perdido en un viaje de campos y ventanas, cerca del agua. A veces habla con sus amigos para evitar el silencio de su cabeza, la inquietud. Si Federico le hubiera escrito, habría un broche de metal en su boca, afilado como un cuchillo, para cuando la lengua se suelte en palabras de amor o suspiros de tristeza. Quizá los besos que le posen sobre los labios le sepan a metal.
No tiene sentido imaginarle por las calles, mirando hacia arriba las cúpulas y las cornisas de los palacios, pero allí sigue, sonriendo ante el frío, buscando otras miradas como quien necesita excusas para proseguir el paseo. Hay poco consuelo hoy en los hombres y él, como todos, guarda muy dentro los pedazos de cristal, se guarda de su filo mientras sigue danzando en su particular vals sin ritmo.
La música no suena en sus oídos, pero está ahí, a su alrededor, siente las hondas lejanas, atraerle hacia el epicentro, por eso salta de calle en calle, tropezando con los espejos. Federico debe tenderle sus brazos aquí y allá, él se deja caer, se besan un momento y el metal pica salado otra vez.
En Viena las estatuas se giran a su paso, le espían con curiosidad para saber su camino, pero él no se deja seguir y las confunde errando de una a otra, sin parar nunca. Quizá no está perdido, cerca del parlamento Atenea lo comprende, puede que el chico sólo busque otro color distinto.

Amarillo

En ocasiones destilamos una sustancia acre, amarga, amarilla. ¿Es el miedo? Hay una relación interesante entre la historia de ese color y la verdad, pero para descubrirla habría que pensar en esa verdad y encontrarla, diferenciarla, entenderla… ¿es eso posible? ¿No es una simple ilusión? ¿Un poema enorme sobre la ruta? América está llena de esos poemas que persiguen a Eliot como perros y que ladran a ese viejo “Whitman” barbudo y con los ojos perdidos. Es una manada, una jauría que cambió el oxígeno por el humo de la marihuana y el pan por la preciada mescalina. Uno se pregunta dónde quedó la sangre verde de Europa, pero aquí parece no tener cabida y se cita más esa extraña África que la vejez y la pureza pútrida de la matriarca. No, no es dar el paso más allá para encontrarnos con la verdad, eso sencillamente es agotador.

Por eso cuando la noche cae débil sobre nosotros, mientras paseamos con el cigarrillo en la boca en una especie de homenaje cobrizo, nos damos cuenta de nuestra herencia. La sonrisa aparece sin que la tengamos que forzar, es un gesto de rabia, de rebeldía que se apodera de nuestros músculos y recorre todos los tendones conscientes de la juventud, del deseo y de la necesidad de saber. Si somos fuertes tiraremos la colilla, el cigarro entero, esa preciada mota de suciedad que aspiramos con lujuria, y lo aplastaremos contra la carretera odiando a Eliot y al viejo hombre blanco. No servirá de nada, lo sabemos, pero hemos tenido la necesidad y la preferimos porque es menos brusca que estrellar un vaso lleno de whisky en el bar. La destrucción nos calma un instante y el cigarro esparcido es el que nos da un momento de libertad, de verdadera respiración. El gesto es una pregunta: ¿quién soy? Cuando exhalamos el aire envenenado la respuesta aparece. ¿Aparece?

Es verano, el sol llena de un oro mortal la pesada meseta, moribunda y lenta por la falta de brisa. El calor niega la lluvia, América se soslaya en la búsqueda de sí misma. Los jóvenes de sudor frío le preguntan al polvo por su destino; a veces obtienen respuesta. Todo es amarillo: la fiebre de los ancianos curtidos que nunca supieron sumar, lo que encallece a los jinetes mientras levantan la polvareda en el interior del país, la luz de los ascensores cuando termina el día un hombre encorbatado, y la orina que nace en las calzadas como una sierpe olorosa, enroscándose en las farolas.

Al final todo se reduce a lo mismo. Se busca el olvido de los nombres que nos hicieron aprender en la escuela, necesitamos de la nueva experiencia, de la otra persona que nos han anunciado que saciará nuestra sed de calor. Es por ello que más tarde o más temprano llegamos a las preguntas incómodas acerca de aquello que no se ha cumplido en nuestra vida, pero que nos habían prometido que tendríamos. No encontraremos a nadie que nos dé una respuesta adecuada, todas las hallaremos insuficientes. Entonces golpearemos el pecho de otros, lanzaremos acusaciones y finalmente nos recogeremos contra nosotros mismos hasta encontrarnos desnudos y hechos un ovillo sobre la cama. Quizá alguien saque una foto.

Ese miedo nos empuja fuera del tablero, nos provoca para que tomemos las fotografías en sepia, para que busquemos el efecto de luz que capte exactamente la manera en que nos sentimos. La realidad es que no sabemos expresarnos y damos la batalla por perdida. Buscamos la distracción; otros buscan la huida pero son más infelices aún. Seguimos caminando bajo luces doradas, sobre hierba rubia por la que arrastramos los pies. Caminamos juntos; el sonido de nuestros pasos lo corean con un bastón que mide cada palabra innecesaria, cada término esencial.

Hoy el horizonte se ha quemado mientras lo mirábamos sin saber qué había más allá.

 

 

 

¡Indolentes, amadme!

¿De verdad ha sido cierta esta evolución fatídica y oscura? ¿No ha sido un sueño (pesadilla)? ¿No? Por favor, deberíamos de ser otra cosa muy distinta ahora, deberíamos haber conseguido llegar a un momento distinto, a un futuro en el que hubiéramos perfeccionado el bello arte de existir.

¿Cómo hemos llegado a este momento en que abandonamos la vida, el rumbo mejor de la verdad y de la propia metamorfosis? No, no tengo palabras de desprecio suficientes en mi boca, de donde mana esa saliva que se hace mar y lo llena todo con su agua de babosas, de crisálidas que jamás explotarán. Así somos todos, cómodos gusanos entregados al calor del cuerpo que emana de las alcantarillas, de las ciudades. Hemos abandonado la verdad y lo que es peor, nos hemos abandonado a nosotros mismos.
¡Esa naturaleza humana! Desvirtuada, que apaga hasta al más salvaje de los espíritus con su promesa de comodidad, de dicha simple y vaga. Nadie quiere ya hacerse yagas en las manos o en el alma. ¡Qué indolencia!

Antes los hombres como tú estaban ligados al paso del tiempo, a la terrible tristeza de la vejez, algo de lo que muy pocos, genios sin duda, lograban escapar. Somos monstruos, demonios, y escribimos epitafios de nuestra vida continuamente en bonitos volúmenes que llenan los áticos de escritores que han contemplado a las babosas, que se creen semejantes pero que han sabido conformar una historia distinta dentro del común que nos denomina a todos.

No nos queda nada por vender al príncipe de la oscuridad, príncipe de los poetas, lo hemos empeñado todo, incluso la libertad y el amor. El amor que todo lo podría redimir se ha oscurecido, podrido en egoístas intentos por dominar y adjetivar ese estado que confunden con el cariño, la estima y más y más comodidades. Ya nadie ama, no se atreven, no sabe y aquel hombre que no ama es sólo un monstruo al que se podrían llevar esos dioses de todos los demonios.

Jamás habrá otro Rimbaud, porque jamás habrá nadie que quiera padecer la pobreza, el frío, el hambre, la violencia, la soledad, la sangre… El atrevimiento de ese muerto dorado, de ese hombre de sal, no será repetido; quizá sí imitado con la actitud de un arlequín, pero jamás nadie le igualará. Lo peor, la certidumbre de esa sádica risa que suena cuando el viento nos mece, es que él perdió, él también se dejó dominar con la golosina del estado y la sociedad.

La culpa de este juicio recaerá en nuestra civilización, que ha sido la mayor desgracia que ha acaecido sobre nosotros, nuestro mundo entregado a las manos lavadas de esos ciudadanos de barro, ha sido y será nuestra peor suerte porque somos hombres que cada vez se van transformando en otra cosa, que pierden su sombra como el árbol las hojas, como el pájaro las plumas…

Y nosotros, animalitos con bonitos collares, atados de látigos que azotan nuestra carne en los trémulos placeres nocturnos, en las perversiones satisfechas de la leche del varón y de la verde absenta; en la cruz y en la estrella y en las religiones y los dogmas que han quemado las retinas y las vidas de tantos y tantos pobres pecadores que sólo pretendían ser felices, amar, saber o incluso pensar.

¿Pero qué os creéis vosotros? Duques de la sinvida, esperando sin motivo los besos que se depositen sobre vuestros labios, caricias del amante. Religiones, políticas, comodismos del sillón y la cierta riqueza. Somos todos unos cobardes, somos todos despreciables por no saber qué decir, cómo decirlo. Damos asco visceral por conformarnos, por caer en esa insidiosa tristeza de los recuerdos, de la esperanza de una vida simple cuando podríamos, deberíamos, aspirar al parnaso. ¿No me oís? Este es el canto de desprecio hacia toda la humanidad, hacia aquellos que se sonrían con mis palabras y hacia aquellos que se sonrojen, es el canto a mi mismo y a ese niño al que amé con el deseo brutal de la fisicidad más inmediata, rastrera, sudorosa y sangrienta.

Rabia, diréis, y estaréis muy cerca de la respuesta porque me podéis figurar sobre la ajada mesa, desnudo, sudando por el calor de un inclemente sol que no sale en la más oscuras de las noches urbanas.

Buscadme en las sonatas, en las tristes músicas que ponen banda sonora a la existencia de los locos pues en la locura está la salvación. Sólo en la inclemente querencia de la locura encontraremos la redención, encontraremos el verdadero dios, su palabra y su gesto. Su gesto eres tú si sabes llegar a su camino, de lamer las yemas de los dedos que te tienda, pues en esas manos llenas sombras, de excrementos, de valor, está la verdad. La cobardía se ha apoderado de nuestra piel y nuestra alma.

¿Quiénes somos? Nadie lo aclarará, nos estamos convirtiendo en máquinas cuanto más las utilizamos; ahora somos datos, líneas intrincadas sobre estadísticas. No nos queda nada, ni una esperanza, ni una chispa que se funda con el mar; como un cuchillo surcando las líneas de la vida, rasgando el futuro adivinado, la felicidad pasada, los recuerdos, las nieves, las flores y esas miradas que no se dirigen a ningún lugar, pero que ven, todas las noches, aquellos pecados que cometimos cuando fuimos felices.

¿Y tú, me amas?

La “maldición” de España

De todas las historias de la Historia
sin duda la más triste es la de España,
porque termina mal. Como si el hombre,
harto ya de luchar con sus demonios,
decidiese encargarles el gobierno
y la administración de su pobreza.

Jaime Gil de Biedma

Que del comienzo estamos librados de toda culpa, no es, en realidad, una certeza, sino una suposición. En todos los devenires del tiempo y en todas las consideraciones de esa línea tan difícil que transcurre con lo que llamamos “minutos, horas y siglos”, en todo cabe la difícil cuestión de ser o no herederos de lo pasado. Serlo, parece fácil la deducción, lo somos. El peso de la historia es tal que ninguno de nosotros somos capaces de subirla a hombros o de ignorarla. Más nos valdría aceptarla en vez de luchar con ella y con esa “maldición” que nuestra España ya hace mucho que le cayó; también a tal cabría aceptarla, entenderla y buscar por superarla. Superar que no cambiar o mentirla. Sí, del comienzo somos todos culpables y todos estábamos ahí en la negra fama de Felipe II y también con la rosada. Cuando matábamos árabes y cuando matábamos cristianos éramos nosotros quienes blandíamos las espadas. También cuando alzábamos el brazo derecho, bien por un fanático impulso bien por compromiso, o quizá cuando no lo levantábamos y nos echaban a los perros y metían en nuestro cuerpo pequeñas piezas de metal con la violencia de un disparo, ahí también éramos nosotros. A Lorca lo mataste tú y tú eras ese ruiseñor que terminó tan verde como pensaba. Tú afinaste los bigotes de Dalí, tú has apoyado dos repúblicas, dos casas reales, tantos y tantos reyes, tantos políticos y también a un dictador de voz aflautada, tú eres tan culpable como yo, España, que dejaste morir a tu amo en la cama como una suerte de juego sadomaso.

Así es nuestra España, siempre empecinada por esa maldición que Gil de Biedma ya veía con claridad, siempre quieta y orgullosa de su propio carácter. Personalidad en la que caben adjetivos bastante malsonantes y un olor amargo, algo putrefacto, procedente de ese impostar una imagen hecha de humo y vagas alusiones.

Pero España, encarnecida patria, que no aprendes a sumar de una vez, que te hiciste mayor muy pronto y tratas desde entonces de parecer una niña; España que pareces decadente en todas tus extremidades, que te gobiernan buenos ejemplos de un pueblo aburrido, vulgar y templado en sus tripas. España, que todos te queremos dar la opción de la redención y que buscamos en ti la esperanza que ese gran poeta ya tenía puesta: los demonios que te gobiernan son hombres a los que hemos puesto alas y ellos solos han caído viendo la oportunidad de oro en un infierno que Dante y Virgilio no supusieron. ¿España, cuándo te levantarás? ¿cuando lo diga el altar? Si vuestro dios fuera coherente portaríais las túnicas rojas por tanta sangre vertida, la de los inocentes y la de los pecadores, porque hasta donde yo sé es igual de roja en unos y en otros. Y no me vengáis ahora con el perdón y las equivocaciones del pasado, pues otra sangre se vierte hoy y ya que a la espada no podéis ateneros buscáis el filo de una justicia que aún os tiene demasiado respeto, una consideración que debería de estar muerta en este Hoy que se dice imparcial y laico.

¿Y cómo hemos llegado a esa hipocresía horrorosa de la apariencia? Y a ese vulgarismo reinante e impuesto como la norma exacta, donde si te sales de él eres un paría, una especia de hereje culto, de necio y pedante magíster. La sabiduría hoy está en la cúspide de la pirámide truncada y la mayoría orgasma en ese circo donde los leones han desaparecido y los gladiadores se mantienen, donde la sangre ya está mal vista pero no el comportamiento bestial, el sudor, esa quintaesencia de primitivismo que embota cabezas y llena un tiempo que en otros lugares se utiliza para cosas más provechosas.

No, a mí no me vengáis con plegarias o implorando piedad, que no la tendréis. De mí sólo podéis esperar la verdad que yo veo y que no queréis ver, la decadencia que os asola y que medra por todas las heridas, prorrumpiéndose en verde que se extiende y le da tumba triste a Federico. La verdad es que los demonios entronizados son la ignorancia, el pan barato, el mal gobierno y una pereza crónica enraizada en lo antiguo de nuestra sangre. Sólo al golpe de estado contra nosotros mismos le veo una posibilidad de éxito, un golpe que requiere tiempo, mentes dispuestas y algún que otro personaje honesto que le importe de verdad un futuro menos cegado por doradas evacuaciones y más preparado para afrontar la terrible competitividad del mundo, no a nivel económico, sino a ese otro nivel que tiene que ver con la calidad de las personas que habitan en unas delimitadas fronteras. Nada tiene que ver ese “golpe” contra el trono o la bandera, sino contra la mentalidad de aquellos que aun se arrodillan sumisos ante un altar, ante un banco o ante la moral disoluta de los ególatras.

El cambio en el orden que rige es necesario y sólo una vez que haya muestra de alguien que pretenda de verdad mejorar por mejorar y no por mejorarse, sólo entonces empezaré a hacer caso al optimismo y a la esperanza de que esa maldición concluya. Y es que la historia de España aún sigue terminando mal.

El ángel negro

Vladimir Holan es el ángel negro. Y uno se imagina a ese autor circunspecto y oscuro encerrado en su casa, desplegando las enormes alas de plumas negras, plumas de cisne, lustradas, limpias, brillantes en la semioscuridad de su cuarto. Mientras, Holan se inclina sobre su escritorio de madera y escribe, serio, mojando la pluma una y otra vez, rasgando en ese papel que se acumula por todas partes. Escribe todo lo que se le ocurre, todo, en cualquier estilo. Escribe poesía y frunce el ceño, gruñe y sus alas tiemblan cuando no está de acuerdo con esos versos. Pero Vladimir se levanta, aferrando el papel con la tinta aún fresca y lo lanza a las llamas eternas de su chimenea, donde ve como esa negra mancha se diluye, corre por el papel y luego desaparece, arde y no deja nada más que cenizas. Holan sonríe de placer, sus alas tiemblan de nuevo, abre las plumas gozoso y agita un poco el aire a su alrededor, levantando el polvo que se adivina aquí y allá.

Lentamente vuelve a su trabajo, recoge las alas antes de sentarse y escribe, pero no muy convencido, titubeante, hasta que encuentra la inspiración, hasta que su infierno se revela ante sus ojos de ángel terrible y suspira, aliviado, con la tinta cargada en su pluma. Escribe, de corrido, sin detenerse, sin corregir y sus alas se abren cuan grandes son, adquiriendo una enorme envergadura que le dota de esa magnificencia terrible que el representa. Brilla, con el toque de Dios, de un Dios en el que no cree, con el toque diabólico de esa fuerza malvada que en su corazón late. Pero la maldad tiene muy mala prensa, no sólo lleva a los asesinatos, sino que acerca nuestra alma a lo sublime. Vladimir Holan estaba muy cerca de esa fuerza aterradora que es lo sublime, esa potencia que asusta a muchos con razón.

Escribía mucho, escribió grandes volúmenes donde se acumulaban sus palabras, la trama increíble sólo la podemos imaginar, ya que no queda nada de ella. Lo hacemos. Pensamos en un hombre, una quintaesencia de sí mismo, su alterego maldito o bendecido, según se mire, que vaga por un mundo que odia, que no entiende y por el que no es comprendido. Holan debió de crear esos personajes: lobos de hombres, trascendentales genios ínfimos en la sociedad, apaleados por la ignorancia de la gran masa, hombres que temen a su mundo y se esconden de él. Un mundo que también le produce un profundo desprecio, un asco que se ve obligado a adjetivar como primigenio, porque lo siente así. Quizás, por qué no, escribió precisamente sobre un ángel negro, un emplumado, un mesías de un salvador exiguo; fue ignorando, apedreado por las tropas de Lenin o aplastado bajo las botas de los nazis, quienes marcaron sus alas con esvásticas al rojo vivo. El ángel del régimen, expuesto en Berlin, disecado, con los ojos vítreos clavados en el posible espectador para siempre, regio, con sus alas bien abiertas con esos símbolos de odio con sus contornos quemados.

Pero vemos luego, creemos ver, al propio Holan irguiendose, satisfecho, con ese aura de semidiós agrupando las páginas de sus novelas, releyendolas por encima, levantándose de su silla y lanzando todo a la chimenea, dejando que ardan las resmas de papel, las llamas consumen la materia con satisfacción, paladeando el papel por la calidad de esa mancha de tinta que desaparece lentamente pero que a su autor no le terminaba de convencer. La perfección de Vladimir devoró a sus personajes, los consumió y los envió al infierno de su chimenea, les condeno al olvido, conservando tan sólo el recuerdo de su existencia hasta que él murió. Entonces esos personajes, que adivinamos grandes, fueron engullidos por la nada más absoluta, como si nunca hubieran existido, menos que cenizas, pues nadie conserva su recuerdo.

Y ahí dejamos a Holan, concentrado en su tarea, exiliado entre sus muros de libertad, ora plegando sus alas ora desplegandolas, con sus plumas palpitantes, su ingenio terrible, su mirada feroz y la mudez de su rostro mientras nos mira directamente sin decirnos nada, expresandolo todo e invitándonos a irnos, a desparecer tras la puerta para huir de él, al mismo tiempo nos da la bienvenida a su santuario, a su sala particular del infierno, donde siempre arde esa chimenea devoradora de genio. Después el ángel negro cierra la puerta y quizás sonría o quizás no.

Demonios de poeta

Hay veces, no muchas, cosa que el corazón agradece, que uno se encuentre con esas pequeñas bestias, adorables y llenas de dientes que nos sonríen en la noche a aquellos que sabemos mirar con los ojos entornados. De sus encuentros guardo una memoria confusa, por lo truculento del escenario y lo brillante de sus ojos.
Hace poco me sorprendió una de estas alimañas. Creo que caminaba con la chaqueta ya desabrochada, la camiseta revuelta y el humo deslizándose desde mis labios entreabiertos, con ansia, hacia la inexistente oscuridad de la madrugada. No sé dónde apareció, pero lo hizo. Algún pensamiento me rondaba mientras despeinaba mi pelo con los dedos entumecidos de alcohol. Ahí estaba, la vi sin verla, como únicamente se dejan advertir estas criaturas, me paré para escuchar su gemido ronco y el latir de su corazón, que era el mío.
Poeta. Nadie más podía serlo, yo tuve que cargar con esa penosa servidumbre a una realidad demasiado clara, que hiere los ojos. ¿Dónde encontrar unas gafas decentes? Algún cristal que sea capaz de mitigar esa luz tan terrible, hecha de hojas de afeitar que penetran la pupila como si pretendiesen dibujarme una estrella…
Y tú, alimaña revoltosa, juguetona, que sonríes entre las sombras y me muestras, como en un juego, la excesiva miseria que me revela tu presencia; a ti te debo ese cristal ahumado, el cual más mal que bien ha conseguido sanar un poco las cicatrices de mi pupila. Y yo, poeta, prendado de ti me he olvidado un momento de la tristeza de mi melancolía.
Poeta, casi sinónimo de mísero, de infeliz, de triste, de solitario, de inculto de la vida, de filósofo trasnochado, que te insultan llamándote bohemio en un sentido que no comprenden, dotando a tal palabra del significado más triste que en este mundo se puede concebir. Y a mí me ha tocado tal regalo envenenado, el más sufrido, el menos valorado. ¿Qué hace el poeta además de encontrarse con esas pequeñas bestias que sólo él ve? Nada quizás, intentar darle un cuerpo a esas fantasías, un cuerpo disoluto, que nadie parece apreciar.
Con los años nosotros, gremio que nunca se reúne, comprendemos que la verdad es muy posible que sencillamente nadie la pueda entender, ni siquiera otros ojos como los nuestros y a veces tampoco los propios.
Buscamos, en esas noches, en esa literatura que hemos decidido vivir, no por una elección exacta, sino porque así es como vemos, está en nuestro ser; buscamos la alegría que nos vetan tantas palabras. Pero no encontramos a nadie, no encontramos nada. ¿Cómo, y pregunto cómo, quiere nadie que yo viva viendo como veo todo, sufriendo como sufro todo, si nadie se para a mirar más allá de como yo miro? Sencillez aparente la de todos, que no padecen de las visitas de estas bestias que, tal y como nos sonríen, están mordiéndonos porque prometen y niegan casi al tiempo. El sadismo que yo padezco sólo terminará cuando alguien me arranque las tripas esperando encontrar un corazón petrificado, quizá dorado, pero hallando uno carnalmente herido.

Terrible deuda que a algunos nos toca,
disfrazada faz que nadie entiende,
incompleta vida de servidumbre.
Y soledad.