Miércoles fragmentado: Las ruinas circulares, Jorge Luis Borges

 “El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder.”

De repente, en un paraje inhóspito, vacío de creyentes y certidumbres, sucede la lucha. El que yerra, el errante, se encuentra consigo mismo en esa nada que es el mundo para él, para ellos ahora. Las ciudades, los árboles y los prados se difuminan y únicamente queda él, dividido, reflejado en el aire. Ambos se arrojan al suelo como entidades distintas, gimiendo por el viento que sopla fuerte, cargados de cadenas. Los dos pueden verse a sí mismos como una patética imitación de ese héroe vagabundo de ropas raídas, de mirada triste.

Ellos son un mismo caballero errante e ignoran dónde han de ir. Su destino terminó cuando la sangre caliente del dragón bañó sus manos, esa sustancia roja fue la causa de su perdición, la ruptura que ha terminado creando dos sujetos. Cumplido su objetivo, muerta la bestia, el pobre honor ganado a cambio no les ha valido para nada. Ya no saben quiénes son o quién es, se mantiene(n) siempre a la espera de ser rescatado(s), arrastrando el arma mellada y oxidada por el tiempo. Es o son un loco (o varios) con la barba blanca por las horas perdidas, aullando en la noche como un perro enfermo.

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La voluntad insalvable

“no te salves ahora / ni nunca / no te salves” – M. Benedetti

Un hombre sueña: su hermana pequeña corre por una pradera con un conjunto blanco, la madre de ambos grita porque ya imagina las manchas verdes en su vestido, él arrastra una gran canasta de mimbre. Parece posible, pero nunca ha pasado.

Cae en una nebulosa gigantesca durante eones y no se consume. Hay formas estallando en la oscuridad, son afiladas, cambiantes, está en el fondo de un caleidoscopio Siente tristeza. ¿Por qué? Hay una herida abierta en el universo, una brecha. No cae hacia ella, pero se encuentra a un paso de precipitase si lo diera, si quisiera suicidarse. Sí, guarda conciencia de la muerte aun sumido en ese campo de ilusiones.

El abismo es inmenso, infinito, un acantilado cortado a pico en medio de ninguna parte, ambos lados son parecidos, la hierba crece sana, hay árboles frondosos, mariposas, pájaros, otros animalillos, ciudades, continentes, personas. En ambos lados de la brecha se han ido juntando millones, muchos de ellos sólo miran el otro lado con curiosidad o pereza, luego se vuelven sin más atención, pensando en sus muchos quehaceres.

Él también está ahí, observa a una persona que le devuelve la mirada. En los límites hacia la caída han clavado algunas ramas e instrumentos como si fuera el inicio de un pequeño puente. Otros les imitan, a lo largo de miles de kilómetros varias personas han conseguido terminar el puente, su número es trágicamente pequeño.

Pasa el tiempo, no importa cuánto. En su imaginación se intentan colar otras imágenes, otros sueños. Los caballos corren desbocados destrozando un lienzo rosa. Viaja hasta una ciudad gris llena de chimeneas, hollín y abandono, tiene frío en las manos y en los pies, se ha refugiado en el último piso de una fábrica en ruinas. Va a morir. Bucea en las aguas opacas de un océano lleno de peces brillantes, busca un barco hundido y maneja un arpón. Su madre en la mecedora donde pasó los últimos días de su vida viendo la telenovela. Su hermana otra vez. Un momento… nunca ha tenido una hermana. No importa, los sueños no tienen el mismo sentido de lo lógico y lo real. De hecho, su madre está viva. Le arrastra la gravedad de esa herida universal. Shakespeare grita «una vez más en la brecha, queridos amigos» y ríe a carcajadas como Papá Noel.

Retoma el sueño donde lo dejó, o casi. El puente ha crecido, ambas partes lo han hecho, es un puente fabricado con restos, parece una planta extendiendo sus ramas ávidas de alimento hacia el otro lado. No obstante, no puede evitar notar que su parte del puente ha crecido más que la de su contrario. Al principio no importa, sigue alejándose en busca de ramas, cuerdas, y pequeños objetos. Utiliza su chaqueta para dejar el “tablón” bien prieto. Da un paso más, se encarama a su maltrecha construcción para añadirlo. No se atreve a mirar abajo, pero busca el otro lado. Su contrario no le mira, tampoco trabaja, está quieto y presta su atención a varias personas cercanas, a quienes se alejan y le invitan a tomar un café en una lejana ciudad. Ese otro duda, no sabe si decir que sí, y el hombre encaramado en su parte del puente siente algo quebrándose dentro, clavándose en sus pulmones. De pronto respirar se hace difícil, así que baja del puente y se sienta en la hierba a esperar que su contrario vuelva y quiera reanudar la obra. Mira a su alrededor, también le invitan a alejarse del abismo, pero él les muestra su pecho ensangrentado, lleno de cristales, y dice que no le interesa salvarse.

Llega la noche, es curioso porque hasta ahora nunca había diferenciado la noche y el día. El otro no vuelve, tarda demasiado, ha perdido el interés en la construcción, en alcanzar a quien quería llegar hasta su orilla. Demasiadas dificultades. ¿Por qué perder más tiempo? ¿Por qué arriesgarse a la caída?

Ya no hay nadie en la brecha, nunca han existido, únicamente la parte de su puente se mantiene elevada como una patética hoja seca, a punto de perder esa casi inexistente fuerza que la conserva aún en su lugar. Él no puede más, cierra los ojos, su respiración se hace pesada, se hunde en el aire rojo de sus pulmones. Moisés abre las aguas. ¿Por qué no? Entonces pierde el equilibrio pese a estar ya tumbado, la tierra se inclina y cae al abismo rodeado por tablas, ramas, ladrillos, hilo de seda, y otros objetos.

Entonces, como en muchos sueños terribles, la sensación de ahogo traspasa la fantasía onírica y el cuerpo se estremece nervioso, en un movimiento exagerado se incorpora con el grito en la boca. Respira, mira a su alrededor, la habitación no ha cambiado, el reloj sigue con su monótono ruido. Cae rendido sobre la almohada, entonces descubre el sudor frío de su piel y se pregunta si ha gritado realmente. Piensa con dificultad, sus reflexiones avanzan raptando en una sustancia fangosa. Sí, ha gritado.

Esta vez baja de la cama ligeramente mareado, avanza tocando la pared, el marco de la puerta, el pasillo. Las baldosas de la cocina le devuelven a la realidad. Abre el grifo, deja el agua correr y llena un vaso. Bebe de un trago todo el contenido, luego se queda mirando su reflejo en el espejo. Los detalles del sueño ya se han borrado, sí recuerda el abismo, el puente inacabado, la persona al otro lado. Sabe quién es porque lleva dando vueltas a su nombre casi un año. Demasiado tiempo de incógnitas, de no saber, de un tira-y-afloja agotador. Mañana hará una llamada, un ultimátum. No pueden seguir así, sin estar juntos ni separados, es insano. Sí, comprende el sueño, y precisamente por eso no quiere dormir y verse trasladado a ese no saber cuándo volverá el otro o si querrá recomenzar la construcción del puente. Enciende la televisión y pasa los canales

Entrada Nº11: Silencio, Hopper y adiós

Hace poco me mudé, y entre todas las cosas que se vinieron conmigo, también lo hizo un calendario de Hopper. Lo coloqué donde mejor me pareció, sin mucho reflexionar, pero si en mi antiguo apartamento pasaba discretamente desapercibido, ahora está mucho más presente, de tal manera que desde mi cama lo veo frente a mí, igual que Felipe II tenía ante su regio catre El jardín de las delicias. Salvando las insalvables diferencias, el cuadro del Bosco habla de la carne, del pecado, de la trascendencia y la gloria. ¿Hopper? El americano pinta el silencio y la soledad. Sus obras son maquetas perfectas del mundo, y como tales muestran un instante detenido para siempre. No hay movimiento, apenas vida, es una metafísica plastificada.

Así que este que suscribe se acuesta y levanta cada día con un recuerdo de la soledad más trascendente, de lo imposible de escapar a ella. No me extrañaría descubrirme a mí mismo tomando la postura de los personajes del cuadro de turno, y perder la vista proyectando hacia el infinito un pensamiento blanco. Y de hecho es así.

Hay que admitirlo, la vida imita al arte. Mi nuevo estudio se encuentra en una de esos extraños remansos ocultos en medio de las ciudades. Es excepcionalmente silencioso, y hay luz, mucha luz. Así que me veo aquí sentado, en un sillón color mostaza, con el cuerpo relajado y la mirada oportuna girada hacia el calendario de Hopper. Solo y en silencio. Juego a imaginarme perteneciendo al calendario, quizá si pasase la página hallaría esta misma escena coronada por el título “septiembre”. Estaría yo mismo, absorto en el infinito, lleno de color gracias a la ventana abierta a mis espaldas. ¿Por qué no? Juegos literarios más raros se han visto.

cinemahopper

Y pienso en por qué tantos temen la soledad, en por qué otros la viven como un lujo, pienso en las ancianas (siempre son mujeres) que veo habitualmente comiendo a solas en los restaurantes baratos, algunas con un libro como única compañía. Pienso en mi soledad, claro. No esta de ahora, no la de vivir sin compañía o la de mirar los cuadros de Hopper. Sino esa otra que encharca los ojos de los personajes del pintor, la interior. Es ahí donde se sufren los desengaños, donde la realidad pone los huevos grises del espíritu práctico; de ellos nacerán el sentimiento de lo absurdo, el de lo patético, y el de lo inútil. Porque la soledad no es estar solo en una habitación, la soledad es tener la certeza de que la ayuda no está en camino, que no habrá apoyo necesario al dolor o las flaquezas, que no verás una sonrisa iluminándolo todo o respondiendo a las caricias o las puestas de sol. Es la certeza que revela imposible el amor.

Transcripción cognitiva

Observar cómo nacen los desiertos desde el vientre mismo de todo lo necesitado.

Aborrezco la monotonía del acorde malsano, la respiración del titán.

¿Dónde hemos nacido? Recuerdo mis pies enterrarse en la arena fría y húmeda de la playa en invierno, cuando las partículas tostadas conforman un desierto real y las olas son despreciadas como si su espuma fuera la de todos nuestros residuos. La paradoja del verano transformará esa misma espuma en deseable como la cerveza lo es para cualquiera. Esos paseos con los pantalones subidos graciosamente hasta las rodillas y las risas surgiendo de nuestras bocas es lo más cerca que tengo de mi nacimiento. ¿Nacimos allí? Se me ocurre pensar que esa mar excesivamente salada y yerma en la apariencia fue el líquido amniótico. ¿Podría ser posible? Quizá aparecimos en la playa expulsados como un Adán y una Eva desorientados. Pero es cierto que más allá los viejos nos juzgaban y tú les sacabas la lengua mientras yo te señalaba los grandes edificios tras nuestros enemígos. ¿Por qué nos juzgaban? Quizá pisábamos un terreno sagrado, pero no tiene sentido ya que estaría lleno de hombres santos de manos superiores; entonces posiblemente fuese lo contrario y nos expusiéramos tú y yo en un terreno pagano, fuera de su religión y por tanto ajeno a ellos.

Irrealidad, recuerdos inventados, mecánica mental. Desprecio. Ardor. Términos mudos… Juicio.

Estoy empapado de tinta y sólo hay una marca limpia, que es la tuya.

La muerte siempre al lado.
Escucho su decir.
Solo me oigo.

Alejandra Pizarnik

Vencido, perdido, soñado

Nada dirás, nada verás porque vagas en medio de un desierto igual, desierto de materia electa, porque puedes elegir, puedes pensar qué prefieres en tu pequeño mundo-infierno. Pero al final prefieres la arena porque la metáfora es rápida, porque son granos ínfimos creando una masa informe, yerma como tu vientre. No, nada puede crecer en ti. Eres una fuente seca que no ve, que camina, se agota, se deja tragar por las dunas una y otra vez. Al final te acosan esas grandes aves negras y azules con el pico como fauces y las garras como de acero y tú caes, agotado, vencido como sólo los muertos son vencidos, vendida tu libertad al otro, subyugado a la voluntad contraria que ahora te parece mejor que la propia. Aceptas porque has perdido, porque la batalla te ha dejado hueco, obsoleto. Firmarías cualquier cosa que el diablo te presentase. Y tú, porque eres débil cuando él es fuerte, firmas que sí, que eres suyo o más aún, firmas que eres él y cuando estás terminando te crees perfectamente aquello que has escrito.

Pero no llega la paz. Apenas el mundo vuelve a ser, tú te encuentras relegado a las losas de un sótano y se alzan a tu alrededor las formas monstruosas de un coro con capuchas rojas. Son jueces todos ellos y uno lleva la balanza igual que otro porta la espada. Son armas como el libro en el que un tercero escribe. Hay un último te mira con ojos brillantes bajo la sangre de su tela. Te mira y tú gritas que no, porque ellos los envía él y lo sabes. Te acorralan, te señalan, se vuelven enormes sobre ti y gritas como si estuvieras en una pesadilla, porque estás en ella. Te encuentras contra las puertas de la justicia y por más que pides permiso, nunca te dejan pasar.

Empieza a pesarte la incoherencia, despiertas de un sueño pesado que no recuerdas haber comenzado, estás empapado y lloras un poco. Gimoteando por lo patético, por lo real de ese momento en el que entiendes que todo ha sido un sueño ¿Pero lo ha sido?

De repente te arrancas la ropa y la lanzas al suelo, te quedas desnudo en medio de la habitación, rodeado por cerámica limpia hasta en su molécula más pequeña y te revuelves el pelo, coges aire y te miras al espejo. Entonces rescatas un trozo de papel perfectamente doblado y lees lo allí escrito con voz grave, autoritaria, como si realmente fueras un brujo proclamando su hechizo:

“Nosotros somos los salvajes, los hijos de la ira. Somos los hombres que han comido de las manzanas de oro y se han acostado con las yeguas vírgenes en los campos donde Áres practicó con su lanza.

Nosotros vagamos bajo la mirada de un padre divino, a nosotros nos acoge la madre celosa y no somos sus hijos. ¿Cuándo llegará el momento? ¿Dónde estarás tú cuando prenda la yesca y arda el campo y las páginas, cuando la espada caiga abrasada y la balanza se incline mientras se derrite el bronce con el que está fabricada? No estarás, porque antes vagaremos entre los enormes huesos de una civilización perdida, entre el olvido de nosotros mismos sobre calles de cristal. Terminaremos paseando sumidos en la creencia bajo el mismo cielo hasta que saldemos la cuenta que todos hemos de saldar.”

Meditaciones

Dios salve a la ignorancia, apatía que nos gobierna.

A mi aun hoy me pesan ciertas ideas del pasado y otros tantos hechos que fueron y que, sin arrepentirme, me atormentan de cuando en cuando. Pero todo ello es un pasado cercano, que quizá no diste de este mal punto que llamo presente más de unas horas. Aún con todo, me tumbo a menudo y miro el techo blanco surcado por las arrugas de luz y sombra y de esta manera pienso y me devano en cosas que no han sido o que ya han terminado. Soñar despierto es una de esas liberaciones que todos tenemos oportunidad de utilizar para escapar un poco a este mundo de certidumbres grises que cuartean nuestro ánimo. Ver la vida, mirarla a la cara, no es precisamente fácil, es como observar a la Gorgona y buscar en sus ojos la belleza; es temerario, es difícil y peligroso pues uno no sabrá si terminará herido en lo profundo, convertido en piedra o si se salvará temblando de arriba abajo. Soñar despierto, entonces, parece algo necesario y es bello, sin duda, pero también guarda su peligro. La creación de futuribles y de hipótesis nos puede llevar a caer en la tristeza de su difícil cumplimiento, ya que imaginar e ilusionarse suele traer consigo cierto aire utópico que quema las posibilidades de que algo llegue a cumplirse realmente. Por otra parte cavilar en el pasado es un ejercicio yermo que no nos llevará a nada y, de la misma manera, nos podría provocar cierta congoja al ser imposible cambiar algo de ello.

Tumbado, casi por eliminación, me obligo a veces a pensar en cosas más naturales, sobre todo en aquellas que excitan mi entrepierna y son simples, estas cuestiones muchas veces me provocan un cosquilleo en el cerebro que me adormila y me calma esa duda agazapada en lo profundo que siempre está preparada para saltar sobre mí. Otras veces, dispuesto horizontalmente y concentrado en desvelar los poros de la superficie sobre mi cabeza, se me liberan las tripas y una sensación de premura me recorre la columna hasta mi cabeza, pero no hago caso, la sensación no es especialmente agradable, pero sí que tiene algo de natural que me apacigua un poco y me permite respirar y sentir que, después de todo, soy humano. La mecanización, pese a que este mundo lo intente, no ha llegado todavía a los instintos bajos. Sé que después de esta sensación vendrá otra que se formará en el centro de mi torso, en su interior, en eso que yo estoy seguro de llamar estómago, será algo así como un sentimiento de vacío que espera ser llenado. Más tarde, pasadas varias horas, llegará el turno a una impresión de pesadez que penderá de mi cabeza como tal espada de Damocles. Yo cortaré el famoso hilo y me acostaré, me acurrucaré poniendo mis rodillas lo más cercano a mi cuerpo y buscaré consuelo en la oscuridad y en la bendita inconsciencia del dormir. Sin soñar, porque el sueño podría crear esa tristeza del pasado inmutable y del futuro indecible. Yo buscaré no soñar en la noche, contento de haber cedido a mis instintos naturales y de mantenerme firme en la estupidez ante la duda y el pensamiento. Porque nada hay más terrible que saber, sentir y tener la seguridad de que a nada sirve, a nada lleva y a nada nos condena.

Bestiario nocturno

De monstruos se trata cuando uno quiere imaginarse a esos animales que en la noche tratan de asaltar, por curiosidad instintiva, las fortalezas que erigimos para guardar nuestras cálidas camas. Nosotros, suerte de inteligencia limitada, seres blandos sin garras ni fauces, nos aferramos a las mantas como si fuera el acero protector de las viejas corazas que yacen sobre maniquís en museos acristalados.

¿Qué quijote nos va a defender? El anacronismo está penado con el sanatorio y sólo nos queda dormir con pastillas para que, si el ataque se produce, no nos enteremos de cómo nos devoran las entrañas. Monstruos bicéfalos o monocéfalos, que la imaginación nos engaña, que las pesadillas crean, que los artistas inmortalizan; todos ellos reptan en la larga noche, a la espera de que nuestro miedo se active y puedan oler el sudor que guía hasta la sangre.

Pero esos no son los peores. Los más terribles, los que de verdad debemos de temer con pavor autentico, esos son los que surgen de nosotros mismos, desde muy dentro. Esos monstruos nacen en alguna parte de nuestro cerebro, en una idea perdida que vuelve. La mortalidad nos acosa, los sentimientos, las personas a nuestro alrededor, todo eso se transforma en la noche, como si la luz de luna de verdad obrara el milagro del licántropo. Todo nuestro mundo se transmuta y ojalá sus nuevos habitantes tuvieran forma de lobo, pero no. Lo que nace en el útero infernal no tiene forma fija porque va mutando poco a poco, es como una niebla que cambia de silueta según avanzan los minutos en la noche; de esta manera se mezcla con nuestra propia sangre. Esos monstruos se apoderan de nuestro cuerpo, les pertenecemos durante la noche y mueven nuestra carcasa como si fuera de verdad la suya, nos relegan al papel de marionetas. No podemos hacer nada, somos completamente inconscientes y a la vez creemos ver y no vemos, pensamos que es azul una pared cuando en realidad es roja y así el cristal del espejo se destruye y Alicia surge tras el agujero y nos mira y sonríe con su rostro angelical que se cuartea, se rasga por las mismas arrugas que formaban su bella sonrisa. Ahora Alicia sangra y es nuestro monstruo; gritamos, corremos en un mundo que es el tablero de Ajedrez en el que siempre jugamos la perpetua partida, hasta que el caballero alza la espada y nos derriba con un golpe que atraviesa de parte a parte nuestro corazón.

Nosotros somos los peores monstruos. Mantenemos siempre a esas bestias bien calientes en el interior de nuestro cuerpo, les damos cobijo, somos igualmente responsables de todo ese mal que va surgiendo en nuestro interior. En la noche, mientras dormimos, surgirán y nos atormentarán, poblarán los armarios o respiraran bajo nuestras camas y como niños sollozaremos esperando que llegue el día, pero no llegará, porque en los sueños siempre es de noche, nunca hay sol en lo alto.

¿Entonces? ¿Cómo mantenemos a raya a esos monstruos? No podemos, esa es la respuesta, porque la noche es suya, suya completamente. Pero no el día, el día, con el albor, con toda su actividad, con un mundo en el que no caben huecos donde se puedan esconder los monstruos, en tal lugar nosotros estamos victoriosos. ¿O no? Hay una excepción: ciertos monstruos, los más sanguinarios, los más peligrosos y terribles. Esas criaturas nacen, como todas, en nuestro interior, quizá cuando somos niños, pero, en vez de conformarse con el reino de la noche, poco a poco se van apoderando de la mañana y medrando en nuestro inconsciente. Esos parásitos se adueñan progresivamente de nuestros ojos, de nuestra voz y nuestros oídos, hasta que sólo podamos sentir y pensar el mundo a través de ellos. Algunos llamarán a eso locura, y sí, quizá sea el termino más adecuado porque estos monstruos nos terminan transformando en dementes y nos impiden ver el mundo como es. Unos lograrán prevalecer sobre el individuo y ocuparan su lugar, mataran a otras personas y harán las más terribles cosas que el ser humano es capaz de concebir en pesadillas. Otros de estos monstruos permanecerán agazapados, mostrándonos su mundo, alterándolo en ese sádico placer por convertir lo que es en lo que no es, por decorar con falsedades la realidad. Esos monstruos nos llevarán a la verdadera demencia, a gritar en la noche y en el día, a ser esclavos de la mentira y a la extinción de nosotros mismos, pues quién puede vivir en un mundo que no existe.