Verdad implementada

Nuevas leyes crean nuevos trabajos. El gobierno hizo de esa máxima su bandera para justificar los cambios en una sociedad al borde del colapso, apuntalada únicamente por eventos deportivos y distracciones políticas mal disimuladas. La tensión había aumentado en los últimos años por la escasez y los altos precios de algunos servicios básicos. La violencia juvenil empezaba a ser un problema grave y había quien temía que aquellos grupos de rebeldes sin causa se pusieran en contacto unos con otros gracias a las R.I.V. (Realidades Inmersivas Virtuales), temían precisamente que encontraran una causa.

Fue entonces cuando se creó el Sistema Nacional de Telecomunicaciones, o S.N.T. bajo la premisa de ofrecer una conexión segura a los usuarios de todo el país. La oposición del parlamento protestó y los medios denunciaron el peligro, nuestro presidente era como un mago provinciano entreteniendo a la audiencia con viejos juegos de cartas cuyo truco ponía en evidencia con su poca pericia. Nada de esto importó. Nos mantuvimos quietos, indolentes, levemente molestos pero dispuestos a tragar una vez más con lo que fuera.

El paquete de “leyes para la protección informativa” convocaba oposiciones inmediatamente para cubrir 3.640 plazas repartidas por todo el país. Nos presentamos más de 15.000 personas y yo fui uno de los afortunados, aprobé o me eligieron, ahora dudo si fueron los méritos de aquel día en aquella ficha digital o si había alguien verificando nuestros perfiles. Yo era joven, había terminado el ciclo educativo y esperaba uno de los sorteos de trabajo. No expresaba mis simpatías políticas porque no las tenía, vivía en la pasividad abotargada de las R.I.V. y los holojuegos. En otras palabras, era el candidato perfecto.

Nos instalaron en cubículos con ordenadores de sistema inmersivo, los más cómodos del mercado. Disponíamos de una clave única similar a los abonos de las compañías privadas. La interfaz también resultaba parecida y muy intuitiva. Nuestro trabajo era simple, disponíamos de todo tipo de contenido: libros, artículos de prensa, juegos, música, películas, páginas web, blogs y mensajes de redes sociales del viejo internet, documentos gubernamentales, empresariales, publicidad… Todo estaba ordenado en más de 2.000 categorías y nosotros teníamos acceso a ello con libertad total. Al principio no pude creer mi suerte, disfrutaba enormemente de aquel trabajo, pues consistía en recibir un sueldo por horas y horas de ocio. Una vez el contenido finalizaba aparecía un mensaje con tres opciones, debíamos seleccionar una de ellas y pasar al siguiente: verdad, falso, o peligroso.

Me ascendieron gracias a mi productividad y pasé a revisar las clasificaciones de mis compañeros, si estaba de acuerdo debía seleccionar la misma opción que ellos, sino el contenido volvía al banco de datos. Aquellos que seguían patrones en su deliberación eran avisados una primera vez y despedidos a la segunda. Estuve orgulloso de implementar un procedimiento para detectar esos patrones de manera más sencilla. Eso me valió otro ascenso, esta vez dos escalafones, hasta pasar a revisor del departamento de contemporáneo. El trabajo era el mismo, pero en aquella planta el contenido que clasificábamos era actual, aparecido en los últimos días en cualquier plataforma, room de las R.I.V. o rincón de internet.

Me sentí incómodo por primera vez el día en que los medios anunciaron el encarcelamiento de un conocido periodista por terrorismo informativo. Mi breve indignación hacia alguien que había cometido semejante delito desapareció cuando explicaron que las pruebas para su condena habían sido los reiterados avisos de contenido falso o peligroso en sus artículos. Hubo más detenciones, más juicios, más condenas. Periodistas, escritores, pintores, programadores, empresarios, todo aquel que acumulaba una cierta cantidad de avisos era considerado sospechoso.

Entretanto nuestro presidente fue reelegido, en su campaña se definió como el protector de la moral pública. Hubo reacciones internacionales negativas y la oposición parlamentaria condenó el trabajo del S.N.T., pero el gobierno se limitó a no responder. Toda la mercadotecnia del Estado mostraba que la sociedad estaba conforme con nuestro trabajo, se sentía más segura con alguien vigilando si el contenido disponible en el país era o no peligroso, era o no verdad.

Comencé a cuestionarme qué hacía, en cómo afectaba a personas concretas y en cómo el S.N.T. se construía con nuestras pequeñas decisiones. Me asustó nuestra eficiencia a la hora de borrar del sistema cualquier rastro considerado dañino para la sociedad, una eficiencia espantosa en manos de un personal sin apenas formación. Comprendí que la edición de las noticias se hacía pensando en nuestra lupa, en las consecuencias. Todo creador nacional, fuera del ámbito que fuera, pasó a proponer contenidos cada vez más blancos, si procuraba alguna crítica lo hacía camuflado bajo un lenguaje tan difícil que apenas llegaba a nadie. Me horroricé. El estrés que me provocaba acudir a mi despacho fue en aumento hasta hacerse insoportable. Mis superiores pensaron que se debía a los muchos años de un rendimiento tan sobresaliente, para ellos resultaba impensable que yo hubiera cambiado, era el agente perfecto, convencido de la poca utilidad de pensar dos veces.

He intentado vivir acorde a estas reglas, pero me corroe la culpabilidad de un expediente impecable. He decidido ponerle fin. Mis capacidades son limitadas, no dispongo de un virus definitivo o de la habilidad informática para hackear el sistema, pero sí de acceso, acceso a los sótanos del S.N.T. Central donde están los servidores. No es difícil conseguir explosivo líquido cuando encuentras cómo prepararlo, los controles de seguridad no han detectado ninguna anomalía en mi botella diaria de agua mineral.

Ignoro si mis acciones tendrán alguna repercusión en la sociedad, si alguien decidirá hacer algo tras despertar mañana con unos pocos días de libertad informativa. Sé que al menos ocho años de trabajo se perderán y el S.N.T. tendrá que empezar desde cero.

Este mensaje se reproducirá en todas las plataformas y R.I.V.s que conozco, si tú crees en lo que yo creo, si ves el peligro que yo veo, y si sientes la necesidad que yo siento, entonces comparte, difunde, y reúnete con quienes crean, vean y sientan como tú.

processor-2217771_1920

Anuncios

Los restos de Roma

Roma arde. Aún puedes percibir el perfumado aroma de sus cenizas en estos patios, las obras se reúnen en un jardín pavimentado y todo está ordenado como si Diana reinase. En la colección de estatuas Maratón está muriendo, su último gesto es de victoria, pero es un engaño. El resto callan, le dejarán morir en el absurdo. Prometeo grita, llora, no es nada nuevo, lleva haciéndolo muchos siglos. El murmullo de Catón se une al coro. Los demás observan, Aníbal vigila a Cesar, pero éste le ignora. Las alegorías y las ninfas no tienen voz, miran sin interés. Cuatro reos custodian un monumento inexistente, a su alrededor ejemplos y más ejemplos de personajes y mitos, ninguno esculpido en la época de la que son ecos. Roma arde.

Las arcadas permiten ver otras salas con obras góticas y fragmentos de estatuas. Una pareja de cuarentones se besa con el mapa entre las manos, más allá un chico joven lee, y a su lado un hombre teclea en el ordenador. Ellos son los últimos héroes, los descendientes de los vencidos, los únicos capaces de ver todavía.

Aquí eres el héroe, el hombre capaz de escapar a la denominación común. Sales de los patios sin mirar ya nunca los cuadros, atendiendo sólo a los espacios vacíos entre los visitantes, porque allí puedes inscribirte tú mismo, en esa nada ignorada, en el hueco del baile de otros, entre las risas y las palabras o cortando el margen de una fotografía descuidada. Un interespacio donde tú puedes resistir, quizá el único punto, el que nadie quiere ni jamás será ocupado. Estás huyendo porque empiezas a ser vulnerable, porque tus sentimientos te traicionan y ya sientes el peso de la ciudad. Sigues las cartas de navegación invisibles y trazas la ruta entre distintas gravedades, cada persona tiene la atracción de un planeta y la dificultad está en no dejarse vencer por ninguna, pues todas las presencias niegan tu protagonismo, como si ya el héroe no fuese nada, un fantasma solitario, el molde crujiente de un cuerpo abrasado durante el incendio. Te resistes y sales huyendo a la noche sin mirar atrás.

Que el espacio se ensanche, que ceda el tiempo su dominio, que bajen de sus pedestales las estatuas y anden.

14182196_1115922895160750_899200735_n

Fotografía de Borja Rivero

Entrada Nº15: Los Idus de Luz de Mercurio

Lo sé. No estoy.

Lo siento.

Mi cabeza se la lleva el día a día, el torrente cotidiano, se la lleva la necesidad, se inunda con las obligaciones y se obsesiona con la tinta y los monstruos de siempre, mis oráculos. Aspiro a los espejismos sobre la arena… buscando el dolor. No. El eco de un sentimiento áspero, incómodo. Eso sí. De la sangre también brotan flores, estoy abrevando mis plantas para aromar los pies de esta tumba.

Colaboro en tres proyectos literarios. Escribo la novela. Estudio un master. Trabajo. Hago malabarismos con mi vida social. Leo. Cumplo los deberes que me asignan los monstruos para apaciguarlos, para que bajen el volumen con el Numen. Intento hacer algo con las redes sociales y el blog… sin éxito. Todos tenemos un límite, hasta los caminantes en el desierto.

Estoy satisfecho. No, no lo estoy, quisiera llegar a más pero no soy dueño del tiempo. Es suficiente y me conformo con esa sensación de hacer lo posible. No, no me conformo, me hiede la boca por no gritar las palabras y mis demonios se revuelven inquietos. Pero uno debe aceptar cuánto puede sobrepasar sus limitaciones, hasta dónde tensar el hilo brillante de lo posible. Un poco más y se rompe.

Luz de Mercurio no cierra ni se va, pero está en obras. La actividad seguirá siendo tan descuidada como en los últimos meses. Esta entrada es un anuncio de peligro: atentos a los agujeros en el suelo y la pintura fresca, no os vayáis a ensuciar la camisa; cuidado con las cajas, estamos ordenando, trayendo nuevos proyectos. Vendrán sorpresas. Quizá pronto. Pero quiero ser prudente para que el trabajo valga la pena. Seis meses, medio año, es un lapso digno. Mucho trabajo (que no podréis ver inmediatamente) para asegurar un futuro a este viejo blog que pronto cumplirá 7 años, un futuro corto, pero futuro. ¿Durará? Algunas cosas caen por su propio peso, otras se quedan enganchadas al árbol y en su rama maduran y en ella se pudren.

Es hora de sentarse a meditar, limpiar el polvo y cambiar los muebles. Podéis hurgar entre los trastos viejos del timeline para entreteneros. Siempre es bonito rescatar los juguetes de esa niñez azul.

Última confesión: me gusta mucho el número 15, me recuerda a los idus del pobre Cesar, la mitad de algo y a la vez cierto punto de no retorno, de decisión. Bien, ya hemos escuchado al oráculo y nos sabemos la lección. Mejor hagamos algo antes de enfrentar la siguiente escena del drama.

Damas, caballeros, estas aguas templadas que bañan nuestros muslos llevan el nombre de Rubicón. No se entretengan con su brillo mercuriano, es hora de cruzar. Si pasamos a la otra orilla con la espada en la mano será la guerra, yo lo acepto, empuño el alma de Coriolano. Quien quiera, que me siga.

ralph-fiennespost3

Portada de la película Coriolanus, dirigida por Ralph Fiennes (2012)

Transición de durmiente a soñador

¿Por qué un cristo yaciente deja caer la mano igual que Sócrates o Héctor? ¿Por qué en las rodillas de la madre se entroniza el niño? ¿Por qué la mano en el pecho, detrás del chaleco, significa el hombre? Por puro capricho, coincidencias repetidas, mitos de lo efímero. ¿Por qué no persistieron otras imágenes?

Un hombre se encuentra en un rincón apartado, sobre el suelo o un montón de paja, o sobre algún tablero miserable o un banco más pequeño que su cuerpo; duerme con la levita militar puesta y el gran abrigo cubriéndole la cara con sus solapas levantadas. Es el sueño del soldado, capaz de dormir donde sea, en cualquier momento, porque en la guerra los horarios no existen y las necesidades siguen reglas de oportunidad. El hombre era Napoleón.

Es fácil imaginar esa figura recogida sobre su propio pecho en un cuadro del Louvre. Evitemos los actos de gloria descendiendo a la sala de lienzos de herencia italiana. Dentro de un marco mediano encontraremos la escena: una habitación pequeña, posiblemente un viejo molino abandonado o una cuadra; en primer plano hay una mesa desportillada con mapas y cartas abiertas sobre ella. Un hombre derrama su peso en una silla, aún está despierto, pero su gesto bobalicón es el de quien está a punto de caer dormido. Casi de espaldas un oficial se apoya en la mesa con las dos manos, observa algo en el mapa. Al fondo, sobre un jergón maltrecho, descansa una figura disimulada por las sombras y el capote negro; el bicornio esta en el suelo y no se ha quitado las botas, preparado para salir corriendo si fuera necesario. Nada le pillará desprevenido. El candil de la mesa perfila un mechón de pelo, un pómulo, su nariz aguileña. Esa es la imagen. Quizá Edmund encontró así al emperador en la isla de Elba. Puede que otra persona estuviera encargada de despertarle en la garita del puerto cuando llegase un marino. Después la velada debió ser tranquila, más bien breve, a la vez los dos personajes ignoraban que aquella copa compartida, aquel brindis sin interés, era el génesis de Montecristo. Pero nada de eso está en el cuadro, es pura fantasía.

Después ese emperador casi vencido se despediría del pobre marino sin suerte. Dos personajes encontrados en las esferas de la fantasía irían cada uno en su dirección, dándose la espalda, sin volverse para ver al otro. Las suposiciones de la imagen del hombre poderoso, sumido en el sueño simple y tenso del soldado, habrán acabado aquí.

Pero es inevitable buscar otro cuadro, otra imagen. Al separarse del ficticio Edmund al alba, Napoleón decide volver al palacio solo, avanza sin prisa por la isla, disfrutando de la brisa, con las manos a la espalda. Sube hasta un acantilado para observar los colores rosados del mar en esas primeras horas. Adelanta un pie para acomodarse; aunque lo ignora imita a Friedrich en su celebre cuadro, también se imita a sí mismo, pues en Santa Elena mantendrá el gesto hora tras hora, día tras día inmutablemente durante años. Este nuevo cuadro con un hombre de espaldas es necesario, su reposo incómodo y práctico lo auguraba, evidenciaba esa tendencia abstracta que le llevaría a unir así las manos, a disponer de esa otra manera el cuerpo. El exilio, sin embargo, será consecuencia de otras imágenes.

Pero habrá más imitadores / herederos. Las próximas guerras contarán con soldados capaces de dormir en cualquier rincón sombrío, más taciturnos que aterrados por la batalla, dispuestos a empuñar un arma tras escuchar el primer disparo. Después los hombres seguirán perdiéndose frente al mar, –Montecristo lo hizo en su isla del tesoro– y todos adelantarán un pie al mismo tiempo, mientras admiran el azul irisado o plomizo o simplemente cerúleo. Luego llegará la abstracción, la profundidad a la que invita la expectación, la reflexión, un pensamiento dedicado a lo perdido, a lo esperado o al interior, donde duermen los fantasmas, donde se excitan los deseos.