Colchones vacíos

 «¿Cuántas veces puede uno tropezar en la misma piedra?» –se lo preguntaba mientras salía del número 73 de la calle Alborada. Era un portal conocido para él, demasiado conocido, cada vez que lo cruzaba se hacía la misma pregunta. Su “piedra” todavía estaba en la cama, arriba, tras la puerta del tercero izquierda. Posiblemente volvería a dormirse en unos minutos.

La calle se le antojó viva, excesivamente viva un domingo a esas horas. Había demasiado sol, demasiada gente, demasiado tráfico. Recibió el frío de enero como si fuera un beso, gracias a él despejó su cara abotargada por el sueño, el sexo y el alcohol, o hablando con exactitud, por el efecto que estos habían dejado en él. Ni siquiera había tomado una ducha, sintió la urgencia de salir corriendo. A quien abandonaba tampoco le importaba, posiblemente sintiera lo mismo, en esos momentos estaría mirando el techo con pereza, preguntándose, como él, por qué se sentían atraídos el uno por el otro cuando coincidían tras unas cuantas copas. «Colchones vacíos, todo se resume en colchones vacíos» –dijo uno de ellos, no importa quién. A veces se resistían a ceder y lo consiguieron en muchas ocasiones, por pudor, por la duda de si el otro realmente correspondía sus deseos. Intercambiaban esa ansia al lanzarse miradas inocuas, crípticas por su falsa ignorancia, y únicamente con el alcohol encontraban la excusa para repetir. ¿Colchones vacíos? Quizá era más que eso: casa vacías, cuerpos con el calor arrebatado por demasiadas ausencias, cabezas y corazones huecos, deseosos de conseguir un remedio inmediato, pero siempre insuficiente.

Él, lejos ya del número 73, se pidió un café tras llegar a la zona del puerto. Lo tomó con la mirada perdida en el mar. Incluso dentro del bar hacía frío, la calefacción aún no había tenido tiempo para caldear el ambiente y él juntaba las manos en torno al vaso, el líquido no estaba caliente, sino ardiendo, y lo sorbía poco a poco, irritándose la lengua. En la televisión debatían sobre las corrupciones de turno en un programa sin duda repetido, pues ni el presentador más entregado tendría energía para hablar de lo mundano un domingo por la mañana. Tampoco los espectadores del bar parecían muy emocionados o indignados con las noticias. Ellos conversaban sobre el frío, alguno adivinó que nevaría más tarde: «se huele en el aire» –dijo. Pero él no podía olerlo. Al salir del local hinchó sus pulmones sin sentir nada especial. Aquel cielo amenazaba con su color blanco neutro, pero aún así prefirió caminar hacia casa. Se entretenía observando a la gente, sus idas y venidas apresuradas. Nadie parecía disfrutar del frío. Tampoco él a estas alturas, siendo sinceros, hubiera preferido no marcharse de la cama, quedarse un rato más, pero no habría tenido sentido, o peor, hubiera sido un engaño. ¿Por qué era tan difícil lo que debiera ser sencillo? Ninguno de los dos amantes se paró a pensar que el problema no estaba en la respuesta sino en la pregunta.

Valor

N.D.A: “Valor” se publicó el día 25/12/2011 en el blog deEl rincon de Tatojimmy v.2.0de Tatojimmy. Pertenece a su especial sobre la navidad.

Gonzalo dejó el libro en la mesa. Las cuatro últimas páginas no las había entendido, de hecho no se había enterado de nada. Su concentración se había esfumado de repente. Cogió el teléfono y buscó el número endiablado. Dudó. ¿Estaría bien llamar? Al fin y al cabo sólo le conocía de un par de meses. ¿Qué sentido tenía molestarle un día como aquel? Estaba seguro de que tendría planes con sus amigos, personas de su edad.

Dejó el móvil sobre la mesa. Era estúpido pensando que un chaval como aquel se fijase en él. La diferencia era muy grande, abismal, había muchos años de diferencia. Por otra parte era un adonis y él… él se asemejaba más a Hefesto que a cualquier otra cosa.

¿Por otra parte, qué perdía? Era sólo una llamada y ya debería estar acostumbrado a las negativas. No perdía nada intentándolo. ¡Ah! El miedo a la vergüenza, a quedar en ridículo, de nada le servían sus cuarenta años contra eso. El miedo seguía azotándole como cuando era joven y mucho temía que nunca desapareciese. Pero sí, su lado positivo tenía razón, no perdía nada por intentarlo.

Buscó el nombre en el teléfono y pulsó la tecla:
-¿Sí? –contestó una voz al otro lado.
-Hola Jorge, soy Gonzalo… ¿Me recuerdas?
-¡Claro que sí! –contestó el otro- Pensaba que tú te habías olvidado de mí…

Gonzalo se removió en el asiento. Tuvo que levantase para aplacar su nerviosismo y empezó a caminar por la casa.
-¿Y eso? –preguntó tontamente.
-Porque no llamabas… oye espera un momento.

El momento de pausa en la conversación se convirtió en un momento de pausa en el paseo de Gonzalo, que se mantuvo expectante, tenso.
-Ya, perdona, la pesada de mi hermana… ¿cómo estás?
-Bien, bien… gracias Jorge… Yo en realidad te llamaba por si estabas libre esta noche y querías quedar –lo dijo todo seguido porque sabía que si paraba no terminaría de salirle las palabras.

Hubo un breve silencio al otro lado del teléfono, pero después una pequeña risilla devolvió el aliento a Gonzalo.
-Pues verás había quedado con unos amigos para ir a la fiesta del Ohm…
-Claro, lo entiendo perfectamente, sé que es nochevieja y… ya suponía que estarías ocupado… perdona si…
-No –le cortó él- mira paso… prefiero un plan más tranquilo. ¿Qué me ofreces?

Aquello le pilló por sorpresa a Gonzalo, dudó, en realidad tampoco había pensado nada.
-Pues… ¿cenar y ver una película? –sugirió.
-Genial –respondió Jorge desde el otro lado- Pero yo llevo la peli. ¿En tu casa a las 9?
-Claro… haré pasta…
-Eso es lo de menos.

Gonzalo rió débilmente:
-Hasta las nueve entonces.
-Adiós, guapo.

Gonzalo dejó a un lado el teléfono. Apenas se lo podía creer… se quedó quieto. Su perro, confuso por su comportamiento, se quedó mirándole desde el rincón en el que estaba echado.
-Tom –le dijo al perro apuntándole aún con el teléfono en la mano-, tengo que ir a comprar para la cena.

El animal ladró con conformidad.

Belleza compulsiva

-¿Sabes? Tú siempre me has recordado a la muerte.

Ella sonríe con esos labios rojos y no contesta, rodea un cigarrillo y lo mancha de carmín, expulsa el aire abriendo un poco la boca, enseñando esos dientes que parecen inofensivos.
-¿Por qué? –me pregunta al final y lo hace con un contoneo de cabeza, flirteando incluso en algo tan sencillo. Equilibra su gesto inclinando de nuevo la cara, buscando el cigarrillo pegado a sus divinos dedos.
-Eres todo exceso, morirás joven, dejarás un cadáver bonito…

Ella se ríe, sincera pero discreta; por eso la amo, es capaz de no llamar la atención nunca más de lo que ya la llama debido a sus ojos enormes y su cuerpo de mujer.
-Eres muy típico, cariño. –me dice sin malicia.- ¿y tú? ¿Llegarás a viejo y beberás whisky durante días sin afeitarte nunca?
-¿Crees que me pega eso?

Esta vez ella sonríe con los ojos, fumando, no quiere responder. Yo sé que soy un miserable, un hijo de puta que no se merece una flor como ella, pero está conmigo. Es mía todas las noches y casi todos los días; con eso me vale.

Mataría por ella. Ayer me leyó desnuda después de horas en la cama. No podíamos dormir, el calor del verano nos lanzaba con fieras el uno contra el otro y a las tres de la mañana decidimos hacer otra cosa. Yo preparaba gin tonics y ella leyó a Camus en alto, El extranjero apareció en nuestra habitación y lo llenó todo hasta que se acabó la bebida y llegó el sueño. He comprendido que yo soy ese protagonista, lo he sabido a los dos minutos de haber empezado a escuchar su voz. En el desayuno pregunté cómo acababa el texto y no pude comer más. Temo por lo que pasará. No quiero ser ese extranjero de todo, pero creo que lo soy.

Hoy tampoco podíamos dormir y hemos bajado aquí, a este bar con luces pequeñas que no iluminan nada, con mesas repletas de parejas o de grupos que hacen tiempo hasta que abran las discotecas. Nosotros estamos en la barra con algunos tipos solitarios que se parecerían a mí si yo no estuviera con ella. Me asombra lo mundana que resulta la vida por sí misma y la manera en la que cambiamos al tener a una persona a nuestro lado.

Ella es una estrella, sobrepasa cualquier ambición que yo hubiera podido tener con una mujer; creo que me dejará un día, harta de mi vulgaridad, pero no me preocupo igual que no me preocupé la tarde que entró en mi vida. Ya no creo en nada, ni en Dios ni en el destino y mucho menos en la suerte. Creo que todo es puro azar, trenes que chocan en la oscuridad. Yo me choqué con ella y fui afortunado.
-¿Qué ocurre? –pregunta frunciendo la frente- -Te has quedado muy callado.

Yo sonrío, no quiero preocuparla. Cojo su mano, la llevo a mis labios, la beso y ella recupera esos labios curvados que yo venero.
-Nada –digo-, pensaba en Camus.

Ella asiente:
-Hoy tengo un libro nuevo.
-¿Cuál? –pregunto y realmente siento cierta excitación hacia ese momento en que la tenga en mi cama como un animal libre y ella emita su sonido propio, ella leerá.
-Proust –pronuncia su boca-. ¿Lo conoces?

Lo conozco, sólo asiento, ella estrella la colilla sobre la superficie de cristal del cenicero y se mueve ligeramente, dando a entender que es humana y no una divinidad como yo ya empezaba a imaginar. Abre su bolso y saca un libro gastado, de páginas amarillentas.
-Es el tomo cuatro –me explica. Me tiende el libro pero no me atrevo a tocarlo, niego, lo cojo un momento, observo su cubierta y se lo devuelvo.
-Parece viejo.

Ella dice que sí, sus ojos no me miran, se prenden de la tapa monocroma con letras impresas.
-Era de mi abuelo. Él era librero ¿Nunca te lo he dicho? Amaba los libros.
-Como tú.

Ella suspira haciendo que suena como una risa leve.
-Léeme algo –le pido.
-¿Ahora?

Asiento, ella enarca una ceja, sonríe, bebe el último trago de su margarita y me deja a mí con la cerveza mientras abre el texto y pasa las páginas.
-Esta es mi parte favorita –dice, me mira y luego observa las letras y descifra y lee- “Desgraciadamente, los ojos fragmentados, mirando lejos y tristes, permitirán quizá medir las distancias, pero no indican las direcciones. Se extiende el campo infinito de los posibles, y si por casualidad la realidad se presentara ante nosotros, estaría tan fuera de los posibles que yendo a chocar, en un brusco aturdimiento, contra ese muro levantado, caeríamos de espaldas.

Levanta la mirada y me observa.
-¿Te gusta? –pregunta.
-Claro que me gusta: habla de mí.

Ella ríe, de nuevo discretamente. Esta vez se tapa la boca con el propio libro y su gesto me hace sonreír como un bobo.
-Ayer dijiste lo mismo.
-Sí –respondo-, pero todo parece hablar de mí cuando lo lees tú. Yo miraba triste y te chocaste contra mí, he caído de espalda y aún te miro desde el suelo.

Esta vez ella sonríe con algo de color en las mejillas. Sujeta mi mano, me roba la jarra de cerveza que deja sobre la barra del bar. Luego deposita un billete junto a nuestros vasos y me agarra del brazo arrastrándome fuera.
-¿Dónde vamos? –pregunto, aunque ya imagino la respuesta.
-Cariño, vamos a leer.

145

Quizá sea sólo un número, algo sin significado; para mí, para mí guarda casi un año de mi vida. cuando por alguna de esas casualidades de la vida aparece dicha cifra ante mí, se enciende mi cerebro con el conocido calor, con el recuerdo que asalta sin contemplación, exiliando cualquier otro pensamiento baladí que revolotee por mi cabeza, gobernando con supremacía sobre lo demás.

Por aquel entonces yo tenía veinticuatro años, acaba de “renacer”. Me había mudado y conocí a una de esas mujeres misteriosas en cuya contemplación silenciosa gasté las horas más exquisitas de mi juventud. Fue en invierno, hacía frío y ambos éramos vecinos anónimos, extraños paralelos en una pensión céntrica donde la calefacción estaba más tiempo apagada que caliente. Creo que esa fue la excusa, darnos calor. Ella era mayor que yo, posiblemente me doblase en edad, pero disimulaba las imperfecciones con ese bendito maquillaje que atonta a los hombres y nos hace creer que Venus ha renacido y la tenemos entre nuestro brazos. La quise, la quise con todo mi hambre y nos dedicábamos al ejercicio sagrado de los hombres y las mujeres con deleite, con pasión, continuadamente.

Se llamaba Cristina, tenía el pelo oscuro como ala de cuervo, la mirada baja y la nariz perfecta, la boca era pequeña pero me devoraba con la pericia de la madre de todas las putas. No lo era o si alguna lo fue yo lo ignoré. Sé que su lado izquierdo estaba ligeramente desfigurado, nunca me dijo por qué. Yo hacía hipótesis absurdas sobre novios crueles o accidentes dramáticos, pero quizá, como suele suceder, la realidad fuera más prosaica. Ahora puedo imaginarme perfectamente a un chulo o un cliente demasiado sádico que le dedicó aquel ligero destrozo. Era como un desconchón, una rugosidad de su mejilla que le cubría desde la comisura del labio hasta el rabillo del ojo; quizá por ello fuera tan callada. Con Cristina aprendí esa magia de las mujeres, aprendí a amarlas de verdad, a entender los silencios en los que todo pasa sin que nada se inmute. Supe que hay un lenguaje de miradas, de gestos, de hechos y de ausencias, supe que yo hablaba sin hablar y que ella también lo hacía. Aprendí a comprender aquella lengua extraña con la torpeza de un niño que no sabe aún hablar.

Mi juventud me dio la fuerza que ella bebió, de la que gozábamos los dos; yo apretaba sus carnes rosadas contra la cama o jugaba con mis manos bajo sus faldas. Son mis mejores recuerdos de aquellos años, los que siempre me acompañan. Si cierro los ojos aún puedo ver su cuerpo desnudo, pequeño como una niña entre las sábanas de la cama, tímido en esa humildad que no sé si le daba la cicatriz de su rostro, la edad ya madura o la soledad sostenida. Yo era lo contrario, estaba alegre de mi desnudez enorme, de mi cuerpo duro y recuerdo estar siempre lleno de energía de un lado a otro del cuarto, agarrándola a veces o alejándome siempre sin vergüenza de no llevar nada encima. Para mí fue ella quien me mostró que en el sexo no hay frontera ni bajeza, es sólo instinto animal que se libera a través del sudor y de las demás excreciones que surgen llegada la cumbre caliente, la liberación final del cuerpo, la exhalación

En primavera ella me dejó. Llegué a la pensión por la tarde, dispuesto a correr a su habitación para festejar que estábamos vivos un día más. No fui en su búsqueda, el conserje me esperaba con una nota corta y una llave con el “145″ marcado en el metal. Salí corriendo, lleno de ira, exasperado en la ausencia a la que se me iba a condenar a partir de ese momento. Salí a la calle, aún no llovía pero lo haría en la noche, el cielo estaba plomizo, quise gritar pero me contuve, las lágrimas llegaron a mis ojos cuando llegaba un taxi, lo tomé. Gemí la dirección, la estación de tren, llegué una hora después de que ella hubiera pisado el andén, aspiré profundamente buscando el rastro de su perfume y no lo encontré. Miré en las dos direcciones por las que corrían las vías de acero como el caballo desorientado antes de emprender la carrera. Era un huérfano abandonado aquella tarde que se convertía en noche. No supe qué hacer y recordé la llave. En las taquillas encontré la 145 y la cerradura giró. Dentro, el espacio vacío me dejó cegado hasta que percibí, pegado contra el fondo, un pequeño frasco que rápidamente distinguí como el de su perfume. Había un trozo de papel pegado que tenía escrito dos palabra: “te quise”.

Jamás la volví a ver. Hoy recuerdo que la última noche, cuando apretábamos en la cama nuestros cuerpos gozosos y exhaustos la miré con la débil luz de la lámpara de noche y vi que estaba triste en silencio – no pregunté entonces – creo que lo hice a con toda la conciencia. Creo que el beso que me regaló por la mañana supo verdaderamente a despedida y lo saboreé sin atreverme a pedir una réplica. Mi prisa por volver después del trabajo era distinta a otras, era impaciencia real y ahora sé que aquella sensación había sido correcta. Ella se había ido, había arrancado su olor de mi cuerpo y ya no volvería a pegarse a mis sábanas en el ardor nocturno.

La añoré como un colegial, aferrado a aquel frasquito que me prometía ese pretérito de su última nota. Dos meses después abandoné la pensión y la ciudad, cambié de rumbo, cumplí otro año más y conocí a otra mujer más común que me hizo olvidar el frasquito, perdido en algún rincón con el que no he vuelto a tropezar. Su nota desapareció mucho antes, pero en mi recuerdo permaneció ese número que me hace recordar las noches frías que ella transformó en cálidas.

Diego

El calor se va incrementando con la frecuencia de los golpes, cada vez más rápidos y fuertes, el sudor mana desde todos los poros. Hay un momento en que Diego pierde el control, todo pensamiento se nubla en su cabeza y se obsesiona con ensañarse con aquél que tiene bajo su cuerpo, un ensañamiento animal, furioso, que deja atrás toda esa humanidad civilizada que nos caracteriza. Sólo el sexo permite desinhibirse a tal grado, de tal manera que se vuelve a lo primero, a nuestro estado más primitivo. Diego pierde el control de sí mismo, aprieta los dientes y empuja su entrepierna contra el otro como si fuese un arma ensartándose dentro de las entrañas de un infeliz. Se la clava con ansia y toda esa fuerza que había empleado de pronto se desparrama dentro del otro. Un gemido roto surge de su garganta y pierde todo el vigor, cayendo fulminado en al acto, pegando su cara contra la piel sudorosa de la espalda del contrario. Jadean un minuto antes de cambiar de posición y tumbarse en la cama, exhaustos.

Luis se levanta con la mirada de Diego fija en su espalda. Se va al baño, enciende la luz y cierra la puerta. Vuelve al cabo de un rato, lavado. Busca la ropa perdida por distintos rincones de la habitación.
-¿Te vas ya? –pregunta Diego que le mira aún desde la cama.

Luis se siente algo idiota inclinándose desnudo para recoger sus pertenencias mientras su amante no le quita los ojos de encima. Le gustaría responderle que no, preferiría quedarse con él, abrazarle, besarle y reír un rato mientras recuperan fuerzas para otro round sexual. Pero lo cierto es que no puede o no debe o no se atreve.
-Tengo que irme-responde finalmente- he quedado.

Diego sonríe con esa boca grande que tanto pierde a Luis y asiente estirándose sobre las sábanas como un gato.
-Qué pena –musita.

Luis se viste antes de arrepentirse, mal, corriendo, hay algo en sí mismo que le hace sentirse avergonzado. Le besa con intención de que sea un beso corto de despedida pero Diego le agarra del cuello y le arrastra a la cama. Pasan diez minutos en que sus bocas cofunden lenguas y salivas. De pronto, obedeciendo a un relámpago de su cabeza, Luis se levanta, se despide y sale de la casa, corriendo hasta la cita que tiene con su pareja, que le espera confiada en que se haya retrasado por cualquier otra causa que no sea el estar con otro hombre. Luis corre, con la estela de sudor y sexo que le acompaña aunque se haya lavado intentando disimularla.

Diego aún se queda en la cama un rato, media hora, el tiempo suficiente para que Luis haya llegado con su novio. Por supuesto él sabia que su amante de esa noche tenía pareja, pero uno de sus lemas era “cada quién sabrá lo que se hace”. Todos esos prejuicios sobre los afamados cuernos le traen sin cuidado, le parece beatería de la sociedad. Cuando se levanta lo primero que hace es encenderse un cigarrillo, camina por la casa, desnudo, asomándose a la ventana para ver la noche que transcurre con total calma. Se siente bien, con esa placidez que inundan los cuerpos saciados. Apenas son las once de la noche, podría vestirse y salir a tomar una copa, podría buscar otro chico guapo que llevarse a la cama, pero no es alguien que guste de los excesos. Está bien uno por noche –se dice.

En lugar de ello pica algo de la nevera y se sienta en el piano tecleando con una mano mientras fuma otro cigarrillo. Está distraído, piensa en Luis, en si se sentirá bien con lo que ha pasado. “Es inevitable” le había dicho y fue ahí cuando derrumbó sus defensas, cuando le dejó acercase a su boca. ¿Era inevitable realmente? No, pero había deseado a Luis con mucha intensidad, quería tenerle, poseerle con esa ferocidad animal y lo había conseguido. Aún así algo le reconcome ahora, quizá después de todo sí sea más mundano con esas cosas.

Cuando termina el cigarro se queda observando el piano. El reloj marca la medianoche. Esta algo perdido con sus pensamientos cuando le llega el sonido de la melodía de su móvil. Corre hacia él y descelga, es Luis, está mal, quiere verle. “Vale, ven” –respone Diego y luego cuelga.

Durante otro minuto permanece absorto en la contemplación del teclado blanquinegro. No sabe qué va a ocurrir, no sabe qué pensar o qué sería lo correcto de decir o hacer. Niega con fuerza y golpea el piano con esos dedos que ya saben donde tocar, el primer acorde lleva a otro y mientras espera todos sus pensamientos se deshacen, transformándose en música.

Un chaval

Miguel se queda mirando la pantalla del ordenador demasiado tiempo. Aunque no se ha dado cuenta, las aletas de su nariz se hinchan con más frecuencia, casi inapreciablemente; se debe a que está excitado, aunque tampoco es consciente de ello. Su cuerpo está respondiendo a un estímulo de la vista y busca las feromonas del otro cuerpo, un cuerpo que no está a su alcance, que simplemente le muestra la pantalla del ordenador. Ese cuerpo es una quimera, una pura mentira. ¿A quién pertenece ese hombre dibujado con imperfección por el pixelado de la pantalla? Lo sabe, o al menos hay un nombre asociado a esa imagen, pero no le conoce.

Aunque no importa para la narración si el cuerpo pertenece a un hombre o a una mujer digamos que es un hombre, por hacer de lo siguiente algo menos erótico. ¿Por qué? Porque tiene el torso desnudo, se aprecian sus músculos, dibujados, insinuados, no muy marcados. Realmente es un chaval, una persona deportista, que se preocupa de su look; las pulseras y el sencillo cordón alrededor de su cuello así se lo hacen imaginar a Miguel.

Antes dijimos que Miguel está excitado, pero no tiene una erección en el pantalón, no, sencillamente aquel cuerpo le gusta, estéticamente, subjetivamente. Ese chaval le produce una sensación placentera, un deseo de escribirle (pues el e-mail aparece cerca del nombre) y de decirle que quiere conocerle; no hablamos de follar, simplemente de conocerse, de hablar, de pasear. Es increíble, o eso piensa Miguel, lo que un cuerpo y una cara dicen de su propietario, lo que expresan, la personalidad que se adivina y el deseo que despiertan de conocerse más allá del fornicar salvajemente como animales en celo. ¿Pero realmente es algo más que eso? Porque Miguel es escéptico y ahora, aunque comprueba si su entrepierna está despierta y puede notar que no, piensa que ese chaval con un nombre asociado quizá solo despierta en él sus deseos más bajos.

Miguel termina entendiendo que no es sólo eso, pero ahora se acuerda de que tiene pareja, una magnifica persona a su lado que le quiere, le da cariño, con la que el sexo funciona muy bien y de la que no se quiere separar. ¿Pero por qué se ha acordado de su pareja? ¿Es por el impulso que le despierta ese chaval? No, ahora se siente mal por pensar en él, por mantener la ventana del ordenador abierta con su imagen adherida al pixelado de la pantalla. Debería cerrarla, pero no quiere; cerrarla implica que ese chaval desaparezca para siempre de su vida, quizá jamás vuelva a saber de él, nunca podrá conocerle y eso, de repente, a Miguel le aterra. No le gusta esa idea. Quiere estar al corriente de su vida, quiere saber si el nombre asociado a su cuerpo y su cara se corresponde con la realidad, le gustaría discutir sobre esos intereses que adivina en su mirada, que ha escrito en alguna página de las que ha visitado, pues ese chaval tiene un blog y Miguel ha estado buceando en él hasta averiguar todo lo interesante.

¿Qué hacer? Si le escribe, quizás pueda parecer que está siendo infiel a su pareja, podría crear problemas en la relación y Miguel no quiere eso. Pero abandonar ese sentimiento, esa sensación que el chaval le ha causado, parece terrible; es un esfuerzo difícil de comprender porque, al fin y al cabo, no le conoce de nada, no está en su vida. El chaval ni siquiera sabe que Miguel existe y, si él no da el primer paso, jamás será consciente de ello.

La decisión tarda unos minutos en llegar mientras vaga de un enlace a otro o visita la fotografía del torso desnudo. Finalmente guarda el blog en los favoritos de su ordenador, decide que le visitará como un admirador secreto, invisible, hasta el día en que junte el valor de escribirle o hasta el momento en que opte por borrar su efímero rastro de ese lugar tan veleidoso que es el “favoritos” de un ordenador.