El ciervo blanco

Relato publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Agosto de 2015. También publicado en su versión digital aquí.

Uno de sus primeros recuerdos era de una mañana durante el solsticio de verano: su madre le despertó apresuradamente y le negó el cuenco de leche recién ordeñada, las cerezas negras y dulcísimas y el pan amarillento untado con manteca. Empezó a llorar cuando ella lo llevaba por los pasillos a escondidas, pero la mujer no hizo nada, ni siquiera le regañó, siguió arrastrándole hasta una salida discreta, donde pagó una moneda al soldado que ya estaba advertido. Para entonces el secretismo había calmado los sollozos del pequeño y la curiosidad silenció su hambre infantil. Salieron a la villa, apenas había nadie en las calles, quienes debían madrugar lo habían hecho un rato antes, el resto preparaba los mendrugos de pan en sus casas o estaban a punto de salir para buscar leche o agua fresca. Llegaron a las cuadras reales, allí su madre le colocó sobre una yegua imponente y ella misma subió tras él, montando como un hombre.

Tomaron el camino principal y luego se desviaron hacia el norte, pronto dejaron atrás las sendas y se internaron en el campo abierto, cruzando al trote un par de millas. Ella acalló las preguntas del niño con frases fáciles y él pronto comprendió, o al menos percibió, la resolución en la cara tensa de la mujer. El resto del viaje transcurrió en silencio.

Se detuvieron a los pies de una colina cerca de las montañas, no había nada allí, la zona estaba despejada y los árboles no se adentraban en el montículo. Su madre le ayudó a bajar de la yegua y le llevó de la mano hacia la parte más alta, allí descubrieron una pequeña construcción de piedra gris, más vertical que ancha, de muros gruesos y vanos pequeños, sin cristales ni contraventanas. Era un edificio austero, sólido, bien cimentado. Años más tarde el niño adivinaría (su madre nunca se lo dijo) la edad de su construcción, una época no demasiado distante, gobernada por otras gentes con una historia y una fe distintas. Posiblemente entonces ya tendría doscientos años y era muy probable que siguiera en el mismo lugar mucho después de su muerte.

Aquella primera vez su madre le conminó a no tener miedo, sin necesidad, pues el niño no estaba asustado, al contrario, deseaba entrar en el extraño lugar y descubrir por qué su madre le había llevado allí. No llamaron ni anunciaron su llegada, tampoco existía una puerta, se limitaron a cruzar el umbral subiendo un escalón, luego cruzaron en tres pasos una mínima antesala hasta la nave principal, larga y estrecha, donde las altas ventanas dejaban entrar la luz de la mañana y el canto de los pájaros. El niño observó con la boca abierta el techo abovedado, una estructura difícil de conseguir, su padre siempre le señalaba la bóveda de la capilla familiar, al parecer una obra maestra construida justo antes de su nacimiento. Si bien la del castillo era mayor y más espectacular, aquel niño quedó impresionado por la sencillez del lugar donde se encontraba y su absurda ubicación. Le divertía estar dentro de un edificio abovedado rodeado de campo bajo el cielo abierto. La sala guardaba todavía el fresco de la noche y la madre le colocó sobre los hombros su propio manto, una prenda blanca de textura dulcísima, la más querida de su ajuar y sin embargo afeada años atrás por una brasa caprichosa. Tras unos instantes se acercaron a la parte más alejada de la puerta, allí les esperaba un altar sencillo, sin símbolos. Sobre él había un cuenco de madera y un cuchillo largo de siega con empuñadura de plata.

La mujer se arrodilló, bajando la cabeza y apoyando las palmas en el suelo. Musitó unas palabras, unos nombres desconocidos para su hijo, exóticos; él quiso preguntar pero la atmósfera inspiraba silencio, tranquilidad. Su madre no tardó en terminar las oraciones, luego miró al pequeño, le besó las mejillas llamándole “tesoro” y “regalo”. Le preguntó si la quería, el niño empezaba a estar nervioso por la situación, pero respondió lo obvio, ella sonrió, le agarró con fuerza del antebrazo y cogió el cuchillo sin dudarlo. El niño vio con horror cómo su madre acercaba el utensilio a su pequeña mano, le pinchó la yema del dedo corazón y una solitaria perla de sangre brotó al instante. El niño lloraba e intentaba liberarse, pero ella estuvo concentrada en la gota escarlata hasta que cayó sobre el cuenco, lleno ya a la mitad de leche. Entonces la madre soltó a su hijo, tomó el recipiente, lo elevó hacia las dos ventanas abiertas al frente y murmuró un brindis extraño. Bebió el contenido de una sola vez y luego dejó sobre el altar la escudilla vacía. El pequeño chupaba con fruición el dedo herido, pero no se había movido de su sitio. Ella volvió a coger el cuchillo y le pidió al niño un mechón de su cabello. Tardó un poco en ceder, pero al final inclinó la cabeza hacia su madre y ella le cortó dos de sus rizos, los dejó sobre el cuenco y luego, sin más ceremonias, ambos salieron del edificio.

A su regreso el rey se encontraba al borde del pánico. De la rabia acumulada durante todo el día cruzó la cara de su mujer con un sonoro golpe. Ella cayó al suelo sin hacer ningún sonido, pero el niño empezó a llorar y el monarca hizo llevar a su familia hasta las alcobas; allí, a gritos él y ella en susurros, se increparon lo ocurrido. Por primera vez en su vida el príncipe entendió el origen de su madre, porque su padre hablaba de secuestro y ella le reprochó la tradición del reino, pues había sido raptada con dieciséis años sin preguntas ni permisos, el rey tomó lo deseado y la familia de la mujer nada pudo decir. El hombre volvió a golpearla cuando sus explicaciones no le satisficieron. Ya había cumplido su deber al darle un heredero, dijo ella, y mucho más. La frase dio por finalizada la discusión.

Al año siguiente todo se repitió: la reina despertó al niño en el solsticio, le llevó a la misma capilla en lo alto de la colina y realizaron el ritual. A la vuelta el padre volvió a golpear a la mujer. En la quinta ocasión, cuando el niño debía cumplir diez, el rey encerró a su mujer en la alcoba y allí pasó el día, llorando y aporreando la puerta, implorando por su libertad. A medianoche finalizó el castigo preventivo, pero ella ya no lloraba, no suplicaba, tenía los ojos rojos de tristeza y resignación; madre e hijo durmieron juntos, acurrucados en la cama hasta el amanecer, cuando el niño despertó para descubrir que ella había desaparecido.

La desesperación del rey en su búsqueda, pues realmente amaba a su mujer, le llevó a descuidar el gobierno, durante años hubo jinetes recorriendo los distintos territorios, pero no hallaron rastro alguno ni persona que la hubiera visto. Se creó una pequeña leyenda acerca de la reina desaparecida, de su espíritu melancólico en torno al ala oeste de la fortaleza. Lo intentó muchas veces, pero el niño nunca pudo ver aquel supuesto fantasma.

Cuando tuvo la edad de montar el príncipe escapó para visitar el viejo templo, se perdió en el camino en varias ocasiones, pero al final su caballo fue más intuitivo y lo llevó hasta la colina. Entró en el edificio con cierta reverencia, casi esperaba encontrar a su madre arrodillada junto al altar, no fue así. Permaneció dentro unas horas, inspeccionando el lugar. Descubrió una talla al otro lado del altar, estaba muy desgastada, pero podían distinguirse varios leones, ciervos y aves, todos juntos, tranquilos, en torno a una mujer desnuda con el vientre abultado y actitud pacífica.

El chico volvió en el solsticio de aquel año, sobre el altar descubrió el mismo cuenco, esta vez vacío, y el mismo cuchillo. Asombrado (en su otra visita los objetos habían desaparecido) se cortó varios rizos de su cabeza y los dejó dentro del cuenco. Al salir del templo pudo ver a lo lejos un enorme león de montaña, echado al sol. Lo observó durante cierto tiempo y la bestia también permaneció vigilante mientras el príncipe toqueteaba su arco, no llegó a disparar.

Transcurrió una década tras aquel solsticio, cada año el príncipe acudía al templo y realizaba el ritual, al salir invariablemente se encontraba o bien un ciervo o bien un león o un ave rapaz, vigilándole desde la distancia.

En una primavera especialmente lluviosa su padre murió en el bosque, envenenado por una serpiente mientras aliviaba sus necesidades. El príncipe se convirtió así en rey. Durante muchos solsticios olvidó el viejo templo y los animales, se hizo cargo del reino y tomó una joven esposa, saltándose la tradición del secuestro. Aquello le valió una revuelta y padeció la miseria de una guerra intestina durante muchos años, al final logró la paz con un tratado frágil, temporal.

Temeroso de su posición debilitada y de la posibilidad de otra revuelta, el rey envió emisarios en las cuatro direcciones del mundo para atraer a curanderos y magos, pues su reina no podía tener hijos. Ninguno satisfizo sus demandas, algunos proponían tratos nigrománticos y rituales extraños, imposibles de aceptar. Entonces las viejas matronas llegaron al castillo y le contaron el viejo cuento del bosque sagrado, de un rey obtuso que lo taló y construyó allí su castillo y su capital, de la maldición de la diosa Madre sobre quien gobernara el lugar. El rey entendió. Las matronas también le relataron la historia de su madre, quien únicamente había dado a luz pequeños cadáveres. Desapareció un día al amanecer y volvió con las manos manchadas de sangre. No reveló nada de lo ocurrido, pero esa misma noche quedó preñada y nueve meses después nació un niño fuerte y sano.

Al día siguiente el rey volvió al templo sobre la colina. No fue en solsticio, pero allí estaban el cuenco y el puñal esperándole. No supo qué hacer, observó con cuidado la talla del altar durante mucho rato y finalmente salió fuera en busca de alguna pista. Un pequeño ciervo blanco le esperaba a la entrada. Su cercanía asustó al rey, quien armó su arco con un acto reflejo. En lugar de correr espantado, el venado le miraba con tranquilidad, sin inmutarse. El hombre no tardó en sentirse seguro, se acercó y acarició su suave pelaje con una ternura redescubierta ahora tras años de guerra. El ciervo descendió la colina y se dirigió hacia el bosquecillo, volviéndose hacia el hombre cada vez que éste se detenía. Llegaron junto a distintos zarzales y de entre todas las frutillas el animal eligió las bayas venenosas. El rey quiso detenerle, espantar al venado, pero se mantuvo firme, rumiando los frutos sin prisa. La luz declinaba sobre el tejado del edificio, ahora el hombre sabía qué debía hacer. Volvió allí, recogió el cuenco y el puñal echando un último vistazo al relieve. Fuera el ciervo le esperaba acostado sobre la hierba, pero el hombre no quiso terminar lo necesario. Se sentó junto a la criatura y le acarició durante mucho tiempo, hasta que el veneno empezó a ponerle nervioso y provocarle movimientos involuntarios y violentos. Lo hizo rápido. Abrazó el ciervo, tan manso como un corderito, y cercenó su cuello de un tajo. La sangre caliente no tardó en llenar el cuenco y derramarse por todas partes. Poco después el cuerpo del animal dejó de temblar, se quedó muy quieto, con la mirada vacía.

El rey cargó el animal hasta el templo y lo dejó frente al altar. Luego tomó el recipiente e hizo el mismo brindis que viera hacer a su madre años atrás. Bebió el espeso líquido de un trago, sin respirar, y cuando terminó, ya manchado de sangre hasta el alma, descubrió en el lomo del ciervo una mancha negra, como si una brasa caprichosa hubiera caído sobre su piel.

Cérvido fin

Ilustración de Adrián A. Astorgano

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La reina de las moscas

Dejaron un filete crudo sobre la mesa y abrieron las ventanas. Volvieron dos días más tarde y las bandadas de moscas zumbaban en el salón. El perro ladró con cobardía, inútilmente, por compromiso. Esperaban de él alguna acción, pero los gañidos de después revelaron poco creíble su esfuerzo. Tras todos los gestos posibles salieron de allí para dormir lejos de los insectos.

A la mañana siguiente la abuela entró en el salón, las moscas habían muerto. Sus zapatillas de color chicle crujieron sobre los cadáveres, luego el sonido se fue volviendo viscoso y repugnante. No pudo soportarlo, gritó. Sus nietos aparecieron ante la invocación; la pequeña empezó a limpiar inmediatamente, sin sorprenderse por los montículos de bichos, su hermano sólo miraba.

¿Por qué había ocurrido aquello? ¿Fue premeditado? La abuela no encontró rastro de la carne. Estaba envenenada, esa era la explicación. Única afirmación aceptable, ahora lo sabía, no importaba que hubiera comprado el trozo de carne directamente del carnicero. Incluso vio cómo lo cortaba en su presencia, pero de algún modo… de algún modo el veneno llegó allí, quizá fue ella misma, o el niño o la niña. El por qué del plan de exterminio se le escapa, quizá fue por el odio a los zumbidos y los vuelos idiotas. No sabía, no importaba, a menudo olvidaba detalles, nombres, rostros, causas y consecuencias.

Llenaron dos grandes bolsas con las moscas y también echaron las zapatillas. A partir de entonces la anciana caminó descalza en su casa. A veces llevaba las uñas pintadas de rosa.

Años más tarde la chica se tatuó una mosca en la cadera, aunque sus amigas preferían las mariposas. Por las tardes se escondía con el hijo del vecino, tenían la misma edad, pero él trabajaba con el padre desde que pudo dejar el colegio. Si hacía calor buscaban un campo recién cortado o escondido, se desnudaban y ella apretaba uno a uno los músculos del granjero, él tenía el hábito de acariciar aquella mosca antes de sumergir la mano en ella. Cerca del anochecer volvían juntos, él la acompañaba. La abuela y el hermano tomaban el fresco ante la entrada, la anciana siempre lucía los pies desnudos sobre el cuerpo cálido del perro. Ellos la saludaban, luego el chico se despedía con un largo beso, sin pudor. El hermano observaba como un pez detenido en su acuario, intentaba comprender.

Con veintiún años la chica desapareció. Se cansó de la tranquilidad de todas las noches, del calor y su silencio. Al irse despidió uno a uno a sus conocidos, hizo todo bien, así evitaba dejar palabras pendientes y nunca habría necesidad de volver. No volvió. Poco después el vecino encontró a su hijo entre las ruedas del tractor, dormía a la sombra porque la chica ya no estaba allí para distraerle. Su sangre regó los campos de maíz, el cuerpo quedó destrozado. Al enterarse de la tragedia la anciana se preguntó si los granos nacerían rojos aquel año, si el sacrificio de la carne joven los volvería más tiernos. Rezó después y lloró en el entierro.

El nieto aprendió a masajear los pies de su abuela. El vecino se sentaba con ellos en la entrada, siempre con los ojos vidriosos, no hablaban nunca. Los tres buscaban su compañía por la razón más fácil de todas: no tenían otra. Habían sido abandonados, eran ya vestigios de sí mismos, un conjunto escultórico dispuesto a desmoronarse con el paso de los años. Fuera como fuese, las moscas nunca volvieron a la casa, quizá entre sus zumbidos recordasen la masacre y evitasen aquella familia como quien evita los campos del horror. Quizá también se preguntasen dónde estaba ella.

Trombosis en sábado

Él siente un gusto extraño en la boca. Pasa su dedo índice por los labios, distraído, con la mirada fija en algún punto. El dedo, humedecido, se introduce y toca el diente. El chico se da cuenta de su gesto, pero es una conciencia pobre, apenas una confirmación sensorial. La yema vuelve a acariciar la superficie del labio, esta vez desde el interior, lo dobla, lo retuerce. Súbitamente aparta la presión que ejercía, la lengüeta de carne rosada vuelve a su posición habitual inmediatamente, elástica.

Él se vuelve hacia el mundo, se da cuenta de que mira, de su repentina fijación por la nada. Pero no estaba pensando, su mente vagaba blanca mientras el dedo jugaba aburrido de no saber qué hacer junto al resto de la mano. No, no pensaba, sentía. Se había perdido en un sentimiento no muy antiguo, apenas le separaba unas horas de él. Era una mezcla de calor, de seguridad, de duermevela y semioscuridad. Parpadea. Recuerda, ahora sí, su cuerpo desnudo, el cuerpo de ella, las curvas de ella, la melena desenhebrada, salvaje, del animal que es ella mientras duerme.

Ahora se pasa la mano por la cara, le raspa la barba que debía de contarse, siente una tirantez en el gesto pero no le da importancia. Vuelve al café, había olvidado el café. La cucharilla tintinea cuando posa la taza sobre el platillo. La ciudad aún está desperezándose; es sábado, un sábado en Barcelona, la luz entra invadiéndolo todo, destruyendo los ángulos que crean las columnas, exigiendo que la tristeza de los más huérfanos se retire a la cama junto al mareo y el hedor. No hay espacio para el diablo, para los cuadros tiznados por autores depresivos. El negro a esas horas sólo se ve reflejado y buscar las formas en los retratos es una tarea sin sentido.

Él suspira, paga, se va. Camina por la calle observando como abre la floristería. Podría comprar unas flores, pero no lo hace. Cuando dobla la esquina estallan miles de grandiosos fuegos artificiales amarillos y rojos, es un espectáculo que sólo puede ver él en el interior de sus pupilas. Se detiene asustado, más mareado que dolorido, se apoya en la pared, respira hondo y se frota los párpados. Asocia aquel pequeño ataque a la falta de sueño y cuando se repone camina otra vez, si bien más rápido, con ganas de llegar a casa y meterse en la cama junto a ella, ella que aún estará desnuda bajo las sábanas.

Cuando llega al portal de la casa tropieza y debe sujetarse para no caer. Abre la puerta y consigue subir un piso antes de quedarse sin aliento. Entonces los fuegos artificiales vuelven, le ciegan, le falta el aliento, le falla el equilibrio y siente un dolor fuerte en la garganta que paraliza su cuello. Se cae, se golpea la cabeza y pierde la conciencia poco a poco. Finalmente él pasa su dedo índice por los labios sin darse cuenta de ello, lo introduce en la boca donde nota un sabor metálico, que luego desaparece.

Histeria

El hombre de sonrisa enorme, de mil dientes que se aparecen cuando la boca habla, de camisa amplia, de botas inmensas, de pantalones negros y ceñidos; ese hombre aferra la pared de espaldas, la toca, la acaricia suavemente. Lleva unas flores en la otra mano, pero las ignora. Está quieto, muy quieto, con la mirada cerrada, con los ojos escondidos. A su espalda está ella: la muerte, la vida, la mujer; no habrá otra en su vida por mucho que todo cambie, no podrá haberla porque ella es todo, es la cánula que escribe sobre la hoja que es su espalda.

Ella goza de muchos años, de muchos trajes ajados por las sombras, por los sollozos que empujaron sus uñas contra la tela, que rasgaron la seda. Ahora no le mira porque está triste, porque no comprende sus palabras y aún espera que le entregue las rosas marchitas que sujeta.

Él no sabe qué hacer, sus movimientos son muy lentos, casi parece que se suceden en el espacio distante de muchas horas, su posición cambia radicalmente de un rato al siguiente y parece algo inexplicable. Ahora es sólo una sombra imprecisa que mira a un lado. De pronto deja caer las flores como si fuera la ofrenda a un dios, luego se mueve, adopta otra posición: esta vez está inclinado, sin separar todavía la mano del muro, observando el suelo que no dice nada.

Por fin el se da la vuelta y enciende un cigarrillo, recupera su humanidad. Dos hombres aparecen desde rincones obscenos y le desnudan, acarician sus músculos, le dan una copa para que beba y el se deja y bebe. Ella le mira aunque no le entiende, se levanta de su sitio y pasea un rato acariciando su vestido, tocándose los senos apretados debido al corsé que los ciñe. Le mira desde la distancia y no puede más, se vuelve contra él, corre desesperada y él la recibe en sus brazos dejando caer la copa de vino, que se estrella contra el suelo y pierde todo su líquido. El vestido de ella se mancha, pero aún no lo sabe, ahora sólo devora la boca de su amante como si pudiera surtirle de la sangre que alimenta su corazón.

¿De qué trata todo esto? Es sobre la religión de la pérdida, sobre la locura de la voracidad, sobre el maquillaje de los cuerpos perfectos y el vuelo de los vestidos de mujer. La mano sobre la pared de él es lo más real de toda la escena. Esa es su vida pero ninguno de los dos sabe qué significa: está codificada.

La mujer recuerda a su amante sobre sí misma, sudando, entrando en ella con fuerza. La fricción provoca gemidos que resuenan en las paredes mientras vecinos ignorantes callan y se miran de reojo. Hay violencia, ella se agarra al hombre con toda su fuerza y le araña la espalda mientras levanta los ojos y ve aquel cuadro que preside el salón. Es el lienzo de una mujer desnuda, con los pechos destacados y un puñal con su punta ya clavada en la piel. La sangre resbala por su carne en una sola gota larga y gruesa, rubí como el vino antiguo. Ella no puede soportarlo, se levanta sobre él, le gira en el suelo en el que están tendidos y ve su sonrisa blanca, sus ojos que la espían con picardía. Él lo ignora todo y ella no puede contenerse: le golpea, le abofetea sin cuidado y él, él se defiende, sale de ella y provoca que la mujer se sienta vacía de todo y se encoja aún desnuda, llorando como una niña.
-¡Ya basta! –suplica- ¡Basta!

Pero es sólo un recuerdo, ahora ella está vestida y él no, están besándose con lágrimas resbalando por sus mejillas. “Este es el perdón” –se dice la mujer y luego frota la espalda de él con delicadeza, ungiéndole con perfumes. Sus hombros anchos le cautivan y su vientre marcado le llena de deseo. No se detiene ahí, le acaricia todo el cuerpo hasta que se cumple la última hora y él se marcha quedándose ella sola en su casa.

Ninguno de los dos comprende la necesidad del otro porque no pueden, porque su individualidad les lleva a otro lugar y les señala como irremediablemente solitarios. Son lobos que no conocen su destino y que se buscan incansablemente por instinto social. ¿Qué van a hacer si no es luchar cada día como lo acaban de hacer?

Ella baila en su soledad, mueve la cola de su vestido contra las paredes, las golpea y arranca con aquellos gestos de vuelo los adornos que permanecían todavía en pie. Pero entonces aparece él otra vez, sin mediar palabra. Crea una sensación de hartazgo con su entrada y ella se siente morir, queda paralizada en un gesto violento y pierde la fuerza de sus músculos. Él extiende los brazos y le da un pañuelo negro que ella sujeta a un lado, con la mano laxa. Luego él la agarra con fuerza del cuello y gira su cara sin importarle el daño que puede causar. Ella se queja, pero él besa su rostro con delicadeza.
-Vete –dice la mujer.

El hombre abre mucho los ojos, sorprendido. Se aparta, vuelve a la pared donde todo había comenzado y se apoya esta vez con las dos manos extendidas, muy quieto, muy recto. Apenas hay luz que le ilumine y permanece en silencio. Ella no sabe qué hacer, pero al final se decide y cae en un rincón agarrándose de las rodillas, temblando hasta recobrar su valor. Por fin logra ahogar los gritos y coge la pluma de su escritorio, se arrodilla ante él con las manos manchadas de tinta y graba en su espalda una línea más que se une al resto que ya le recorre la piel. Lo hace con cautela, introduciendo la punta en la carne. Las gotas de sangre ella las limpia con un estallido de sus labios y él, que no se inmuta, espía el otro lado del muro, donde hay una historia distinta que no está viviendo.

Arqueta Nº 3

N.d.A: “Arqueta Nº3” se publicó el día 03/10/2011 en el blog de “La vida entera en un silencio” de Saiz. Pertenece a un “juego” junto a otros dos escritos, cada uno de distinto autor.

La espada de Jaime se clavó en el pecho de Saúl, lo abrió con ira, haciendo que el herido gritase, pero el templario rápidamente dio fin al alarido con saña, cercenando la cabeza del rey caído. Jaime observó primero el cadáver y luego, calmada su pasión, la sangre impía que manchaba su túnica blanca, su coraza abollada y llena de los arañazos de distintos muertos que habían cometido la imprudencia de enfrentarse a su espada. Jaime se embadurnó los dedos con el líquido rojo, todavía caliente, los llevó al metal de su pecho y trazó la cruz que fielmente veneraba.

Fue entonces cuando se agachó, cogió aquella corona que había vestido de honor la frente llena de rizos del rey, que fue fundida años atrás, cuando un David que nunca se enfrentó a Goliat llegó al trono tras conquistar Jerusalén. Jaime observó el objeto con respeto, con asco también. Sabía muy bien qué representaba y decidió llevarla consigo, quiso que fuera la prueba definitiva de que ellos habían vencido. Cristo era el héroe y aquello lo evidenciaba.

Jaime se asomó al balcón de la fortaleza y gritó con fuerza, en latín. Proclamó la gloria de Dios y elevó la corona manchada con la sangre de su dueño. Los templarios gritaron, los cruzados gritaron, los herejes se rindieron. Terminó la batalla y prosiguió una guerra interminable que a Jaime le costó la vida.

La corona, sin embargo, fue enviada al imperio junto con otros muchos tesoros. Se fundió el oro y se rescataron las piedras preciosas. El maestro orfebre creó un alma de roble, esqueleto simple que le iba a dar coherencia al resto. Sobre las pequeñas vías de madera colocó las placas de oro judío, las repujó con adornos florales y añadió las gemas que formaban en la tapa una perfecta cruz de esmeraldas. Su ayudante, venido expresamente desde Limoges, trabajó durante un mes en aquella pequeña arqueta, llenándola con el azul real y el blanco marfil de los esmaltes más bellos que en su carrera había sido capaz de obrar.

La caja había sido encargada como un regalo. La terminaron en verano, quizá fuera ya Agosto. Puede que en el camino los soldados sudaran trasportando el tosco baúl donde viajaba una caja mucho más hermosa y con mucho más significado. A aquel tesoro le acompañaba una cruz llena de cristal y un báculo intrincado. Un recién nombrado obispo, hermano del rey de Francia, recibió aquel presente obligado, con la sonrisa torva de quien ha crecido respirando poder, negándosele poder y ambicionando lo que nunca sería suyo.

De aquella época la arqueta guarda el recuerdo del cuerpo de cristo, del suntuoso cáliz dorado, del vino derramado y, de nuevo, como si llevase en su materia una sed insaciable, de la sangre del obispo, cuya garganta se abrió sobre su tapa por mano de un puñal que pagó el digno hermano.

Al nuevo obispo, sustituto del asesinado, se le regaló la caja, limpia ya de los restos rojos que habían sacado brillos terribles de su esplendor litúrgico. Éste, amigo del rey pero más amigo de la reina española, regaló a esta la arqueta como muestra de su amor de confesor piadoso.

La mujer conservó en su interior los pendientes de perlas, las cadenas de oro, los rubís tallados y hechos amuleto, las cruces de plata que se colaban en su escote pendiendo de finos cordones del mismo material y el marfil de sus anillos y el raro y exótico jade que formaba pequeñas figurillas de animales. Murió joven y la caja fue heredada por la corona de España.

Por fin llegó él, su dueño más querido, hombre oscuro, de mirada seria, andar renqueante y silenciosa compañía. Felipe colocó la arqueta en su habitación, sobre una mesita de mármol, bajo el inmenso tríptico lleno de pecado y de ingenio que al monarca tanto le fascinó toda su vida.

Los años ya le habían pasado factura, tenía una fina brecha en su tapa que los dedos del rey recorrían con mimo cada vez que se paraba a contemplar el cuadro de cerca. El tacto roto le agradaba más que si hubiera estado perfecto, encontraba en aquel desperfecto pensamientos sobre el mundo real que nada tenían que ver con las tablas pintadas que le llenaban de caos la cabeza.

Está vez la caja tuvo el deber de guardar los pliegues de papel manchado con la tinta familiar, las cartas personales que ninguna importancia tenían para el estado pero que para Felipe eran las más apreciadas. También fue el lugar donde descansó el rosario de marfil que muy a menudo el hombre llevaba encima y manoseaba más sumido en pensamientos de política que en los rezos que se le adjudicaban.

Pero Felipe, como todos los hombres, murió. Pasó a otra caja muy distinta donde sus huesos se hicieron polvo, donde sus dedos estaban lejos de sentir el tacto de la brecha ensanchada por los años. La arqueta, huérfana del dueño que más cariño le tuvo, fue heredada por una hija y vagó ya sin destino fijo, guardando doblones dorados como soles que abollaron su pulida superficie, joyas de distinto valor, cartas de amantes, frascos llenos de opio y también polvo acumulado por los años de abandono, por el desprecio de unos propietarios que la relegaron a una repisa donde podía ser vista pero no tocada.

Tras muchos años de olvido alguien la encontró, reparó en su existencia, limpió su fondo, restauró aquello que era necesario restaurar y la expuso tras una vitrina de cristal que fue rota poco después, en un saqueo lleno de fuego, gritos y un idioma que reconoció íntimamente por ser el de aquel discípulo de Limoges y el de aquellos obispos de pasiones descontroladas.

Durante unos años reposó en un nuevo palacio de silencios. Vio pasar pocas personas en muchos años, ya nadie tocó su superficie con cariño, pero sí se posaron sobre ella los ojos furiosos y enérgicos de un hombre de baja estatura que apenas hablaba en su presencia.

Sin saber cómo, la arqueta volvió a un museo; esta vez la encontraron fatigada, los que querían restaurarla sentenciaron lo peor: había que cambiar el alma, podrida por los muchos años, por la sangre bebida, por los pecados que había absorbido, por la historia que le pesaba hasta el agotamiento. Era su fin, nada podían hacer ya. Un orfebre separó las placas, limpió con celo los esmaltes y las gemas, construyó un nuevo esqueleto y volvió a unirlo todo, refrescando su existencia, demostrando su pericia como experto. En la sonrisa del hombre que contemplaba la obra reconstruida no había rastro de pensamientos que llegaran más allá del metal. Ahora era cadáver o estatua de sí misma. La madera fue lanzada a algún lugar ignorado, donde se unió al polvo que ya formaban todos los que la poseyeron alguna vez.

Aquella caja, objeto desprovisto de espíritu real, fue puesta tras una nueva vitrina, injuriada con un cartel que en nada le hacía justicia, que omitía su nacimiento cruel, su sangrienta historia, el amor de un rey que apreciaba su imperfección, su visita austera a un país que la había arrancado con violencia y su sencilla muerte, exhibida tras un cristal en el que permanecería para siempre, observada por unos ojos que apenas apreciarían otra cosa que el brillante oro o los orgullosos esmaltes.

Poco a poco, año tras años, la historia escrita que citaba a la arqueta se difuminó. Nadie pudo decir que fue la cabeza Saúl la que ciñó el oro que la construía, todos olvidaron que las manos del oscuro monarca español acariciaron su brecha, nadie supo del desprecio de muchos dueños, ni de la sangre que llevaba impresa, sangre judía y sangre cristiana que la convertía en un objeto lleno de significado y que, a pesar de su opulenta materia, había sido relegado a un rincón insignificante en el que nadie se detenía.

El prodigio del mago

Se arrastró por el suelo mientras sus compañeros luchaban encima de él. La sangre volaba salpicando a los guerreros. El olor de la muerte reciente le llenaba los pulmones y él, un simple mago, se veía abandonado por su guardia y sin más arma que sus conjuros y una daga pequeña. Maldijo al archimago por haberle arrastrado hasta aquel campo de cadáveres.

Rafael se levantó, no se limpió las ropas empapadas de suciedad y restos humanos, tuvo que esquivar el tajo de una espada. Un soldado raso acudió en su ayuda y mató al enemigo.
-¡Haz algo! –gritó el hombre desapareciendo al punto.

¿Qué podía hacer él? Aspiró, asustado. Buscó a sus compañeros y los encontró demasiado lejos. Les separaban varias centenas de hombres combatiendo. El archimago, un hombre de grandes bigotes grises y completamente calvo, tenía los ojos prendidos de un fulgor rojo y sus manos lanzaban estelas de fuego que abrasaban los pechos enemigos. Le rodeaban tres magos de bajo rango que le asistían evitando que se acercaran los soldados de la insignia verde.

Uno de aquellos hombres obedientes al hermano insurrecto del rey y por tanto enemigos del reino, se abalanzó sobre Rafael, quien logró esquivar de nuevo el ataque, pero esta vez estaba completamente sólo. Hizo un esfuerzo por convocar algún sortilegio, el que fuese, pero las palabras se trababan en su boca y no encontraba coherencia a las frases. Estaba muerto de miedo. Cayó al suelo y justo cuando el soldado, ufano, pensaba en destriparle como a un conejo, una de aquellas brasas mágicas le atravesó el pecho. El hombre cayó con todo su peso en la tierra y Rafael se levantó buscando la mirada dura de su maestro. No la encontró, el archimago no le observaba, que su hechizo hubiera acabado con el que casi había sido su asesino parecía una casualidad.

Aquello le llenó de rabia. Había pasado diez años de su vida estudiando con los mejores magos del mundo. Era un hechicero de segundo orden y pronto le darían el primero. Era joven, sí, pero al menos en el taller demostraba un poder como pocos en su clase. Iba a demostrarlo.

Encontró el valor en esa esperanza mal medida y recordó un viaje a Aferia, ciudad de magos expertos en demonología y artes cósmicas. En aquella ciudad estuvo todo un mes hurgando entre códices antiguos que apenas había podido descifrar. Recordó uno, muy antiguo, muy complicado, cuya dicción le parecía imposible. Dudó por un instante, observó la carnicería a su alrededor y corrió como un loco hasta la colina cercana, donde los soldados parecían evitar el paso por miedo a exponerse demasiado. Él corrió hasta allí y cuando estuvo en su cima y tuvo una buena visión del campo de muerte cerró los ojos y entonó las palabras. Su mente fue hilando las frases con sumo detalle. Recordaba los ingredientes necesarios y, de pronto, un anillo de plata de su dedo se desintegró en la nada, unos brazaletes de cuero que le protegían los antebrazos se deshicieron de igual manera y su colgante, que guardaba un ojo de mantícora en ámbar, brilló y se alzó hacia el aire como si algo le atrajese desde las alturas.

Rafael abrió los ojos y vio que el cielo se había cubierto por nubes oscuras. El mar no muy lejano bramaba ahora y los relámpagos caían con su energía azul sobre las ruinas de un castillo cercano. Al mismo tiempo notaba que su propia fuerza era sustraída por las ráfagas de viento que le rodeaban.

Alguien disparó una flecha contra él, pero el remolino la partió. En la batalla varios soldados le observaban, se detenían bajo el riesgo de que su enemigo les matara y así era por norma general. La lucha continuaba al margen de Rafael y su tormenta. Ser ignorado por todas aquellas personas fue el impulso que al mago le hacía falta.

Sacó la daga del cinto y la clavó en su mano. La arrojó al suelo con dolor y apretó el puño alzándolo al aire. Las gotas de sangre que se escurrían flotaban hacia arriba y se encendían, suspendidas en la nada, en medio de un ojo huracanado que le sorbía la vida. Rafael notó su piel pegarse a unos huesos que los músculos parecían haber abandonado. Se le secaron los ojos y le zumbaron los oídos. Llegó a su mente la última palabra del hechizo y la pronunció con deleite mientras buscaba la mirada de aprobación en los ojos del distante archimago. Ahora el viejo sí le observaba, pero en aquella mirada sólo había horror.

El mundo se encendió de golpe. Rafael se mareó y sintió que se sustraía al mundo, que era el único ser en el universo. De repente, bajo su percepción, la colina era una montaña y tan pronto como habían aparecido las nubes todas desaparecieron con una explosión de luz blanca que convirtió en el día más claro la oscura tarde.

Esta vez los dos ejércitos sí dejaron de luchar. Encima de ellos ya no había un cielo azulado, sino la oscuridad de una noche sin estrellas. En su lugar, nubes brillantes giraban en torno a un centro que lo ostentaba el mago. Aquellas inmensas nebulosas llevaban consigo planetas gigantes, tan grandes que iluminaban la tierra con sus colores rojos, azules, verdes y violetas.

Rafael sentía sus globos oculares queriendo salir de las órbitas. Estaba ante un universo, un universo del que él era su centro y dueño, su Dios. Esta vez nadie pondría en duda su poder, estaba seguro. El problema era que aquel conjuro le costaba toda su fuerza y se sentía débil, agotado. No podía parar, sabía que en aquel punto sería imposible. Todo giraba a su alrededor con una velocidad terrible. Los planetas parecían bolas gigantes pero tan sólo bolas. Él sabía que eran planetas de todo derecho y aquello le aturdía aún más. No sabía qué hacer. Giró los brazos sobre sí mismo, alzó una vara de avellano que se utilizaba en otros conjuros y está ardió en su mano sin quemarle creciendo como si estuviera viva. Con ella guió al torbellino hasta que, sin poder preverlo, una luna cualquiera chocó contra un planeta y estallaron convirtiendo ambos cuerpos en roca ardiente cuyos pedazos se propagaron en tantas direcciones que Rafael no pudo controlarlo y perdió el equilibrio, le falló la concentración y el remolino lo succionó todo en un minuto de ruido ensordecedor y luz limpísima.

El cielo de la tarde volvió a su estado cotidiano, el universo de pronto había explotado creando una lluvia de chispas que no llegaron a ellos. El mago de la colina gritó sobre el silencio de los dos ejércitos y su cuerpo se consumió como si fuese de papel, dejando unos huesos sin ápice de otro tejido, limpios de cualquier rastro. El esqueleto quedó un único momento en equilibrio, momento que el archimago, sabedor de lo que iba a suceder, aprovechó para cerrar los ojos.

La explosión lo consumió todo y su expansión fue tal que llegó al mar y chocó contra las olas. Luego, en la calma posterior, las aguas cubrieron aquella zona donde siglos después aún se recuerda el prodigio del “mago maldito”.

La lucha final

Es el final, el punto decisivo que concluirá todas las crónicas que se escriban. Víctor levanta la espada con ira, con pasión, con el deseo de ganar, de firmar lo que su corona ya le debería de haber conseguido pero que aún no ha hecho. Es tirano, viste el negro, ha ganado con sangre el trono, la corona y el cetro; un príncipe cayó bajo su veneno, un rey fue lanzado desde las altas almenas de la torre más vertical, a la reina se la sugirió un suicidio elegante y aceptó con mano de cadáver. Un día, poco antes, miles de personas hincaron sus rodillas afirmando su gobierno, los nobles juraron lealtad y los aliados fueron recompensados.

Pero ahora se enfrenta a Fernán, su hijo, su propio hijo que no admite la rica herencia que él le ofrece, que se ofende contra el sentido lógico de todo y le llama monstruo y se asquea de la sangre que corre por sus venas. Después de mil avatares, de tentativas de acercamiento, de ensayos por corromper su corazón con ese poder que Víctor ansía y paladea como el más sabroso de todos los dulces; sin haber conseguido nada Fernán le traiciona, se hace con el poder de la facción insultada, de los restos penosos del linaje marchito y los enfrenta a él, su padre. Víctor no se amedrenta, la sangre no le causa demasiada impresión y termina por aceptar que Fernán ha de caer muerto. Es la única manera de que todo se restablezca, de jugar por fin en la paz de un reinado que le ha costado muchos años y esfuerzos conseguir. Dicen que él es un diablo sólo por conseguir lo que otros ya consiguieron por las mismas maneras antaño. Quizás lo sea, ahora no le importa.

Fernán fínta, esquiva a su padre, le golpea con el puño de la espada en el omóplato que sobresale, intenta segar la cabeza de su enemigo y no lo consigue. El viejo es rápido, se gira con mucha destreza y choca su acero contra el de su sangre. Hay un pulso que chirría entre los dos; en la incómoda posición de las espadas se observan con los filos separando sus caras semejantes.
-Desiste, hijo mío. –Dice Víctor con toda su seriedad.
-¡Jamás! –Responde el otro con rabia, con sed de sangre.
-Sea.

El nuevo rey, nombrado tirano, es el que ejerce un empujón mayor, sin avisar, con agresividad. Fernán es lanzado con torpeza, por un momento siente la muerte caer sobre él, la guadaña de la parca es la espada de su padre. Lo sabe, Víctor también lo sabe y busca el corazón de su hijo. Fernán interpone la espada, aparta el acero y desvía el filo, que termina clavándose en su muslo varias pulgadas. Grita, como es natural. Cae al suelo sangrando. Su padre saca el arma de la herida y observa desde arriba al hijo derrotado. ¿Ha vencido? El golpe decisivo es necesario, tiene que llegar, Fernán nunca se rendirá mientras siga con vida y llenarle de cadenas le parece peor que la muerte. Ahora, sin embargo, Víctor no puede atravesar a su hijo, asesinarle como un animal. No puede pero tiene que hacerlo.
-Ríndete, por favor.

Pero Fernán, joven, lleno de energía y de dolor, no entiende la rendición. En la duda de su padre no ve la debilidad que causa el amor, ve desdén, ve desprecio. Víctor lo lee en sus ojos, ya sabe la respuesta y esta nunca llega.

Fernán grita con la espada en la mano, se lanza como un perro rabioso a su presa, herido, absurdo en un gesto torpe y brutal. Víctor golpea el arma de su hijo y se la arranca de la mano, su rodilla golpea el estómago de Fernán y le quita la respiración. La empuñadura de su espada le golpea en la espalda y luego lo aparta con violencia. Víctor le deja en el suelo gimoteando, lleno de sangre, sin aire para poder insultar. La muerte se acerca más y Fernán teme, la recibe con lloros, sin dignidad porque ante ese punto final no hay valentía que pueda importar. Siente el desprecio de su padre que no es tal, pero que él confunde con la piedad.
-¡Mátame! –grita babeando, con odio, con los ojos tensos en el asco que dirige a su padre hiriéndole como una saeta certera.

Víctor le mira un poco más, esta vez es él quien no dice nada. “Ha de hacerse” –le dice una voz en su cabeza. Es cierto, ha de hacerse. Espera, paciente. Fernán termina por levantarse, por desenfundar el largo cuchillo que Víctor ya conoce, en último lugar el joven se lanza contra él como un matón de los arrabales, cruzando el aire con su cuchillo, buscando ganar terreno hasta la espada deseada. En el fondo sabe que es inútil. Víctor le deja coger el arma, le espera cuando reanuda la lucha en un gesto triunfal que su cojera disminuye. Está perdiendo mucha sangre, comienza a cansarse.

Víctor golpea, entabla el duelo con diligencia, con la mirada más triste que jamás ha tenido, pero con la mandíbula apretada por la tensión que le provoca su resolución. Las espadas chocan, se separan, buscan estocar a sus contrarios, se juntan, tintinean mientras uno u otro se separa y baila alrededor del otro. Finalmente Víctor incrementa el ritmo pero es un error que no ha calculado, Fernán atrapa su espada con la capa bien dispuesta, se la quita casi por arte de magia y, sin haberlo previsto, con los brazos abiertos, recibe el acero que se le raja en el estómago. La sangre se derrama pero Víctor no cae, no siente el terror de la muerte, se lanza sin armas contra su hijo, le aplasta y ambos se estrellan contra el muro de piedra, luchan, gritan para liberar el dolor, la pena y la rabia. La espada de Fernán cae y Víctor saca del cinto de su hijo el cuchillo de caza.

Finalmente la guadaña cae, el cuchillo se introduce en la carne de Fernán hasta la misma empuñadura y luego sale con facilidad y cae al suelo, tintineando, brillante como si el acero fuera rubí. La sorpresa está en sus ojos, en su boca, en todo su cuerpo. Víctor observa su obra de carne, hueso y sangre a la que llamaba hijo, esa obra que resbala pero que él no le permite caer con el patetismo de los asesinados. Él le recibe con un abrazo, se deja deslizar hasta el suelo por el peso del moribundo, sintiendo el calor de la sangre que se derrama sobre él.
-Te quiero –musita por último. Se siente ridículo con tal confesión pero es la verdad y quiere que él lo sepa.

No hay respuesta, sólo un gemido inarticulado. La tensión cesa, los ojos abiertos se entornan, la boca queda abierta y Víctor puede dejar el peso de Fernán sobre el suelo. Luego se levanta chorreando sangre y no llora porque no sabe llorar, porque ha comprendido que aquello era inevitable, porque aún lleva la corona y a partir de ahora eso será lo único que importe.