Colchones vacíos

 «¿Cuántas veces puede uno tropezar en la misma piedra?» –se lo preguntaba mientras salía del número 73 de la calle Alborada. Era un portal conocido para él, demasiado conocido, cada vez que lo cruzaba se hacía la misma pregunta. Su “piedra” todavía estaba en la cama, arriba, tras la puerta del tercero izquierda. Posiblemente volvería a dormirse en unos minutos.

La calle se le antojó viva, excesivamente viva un domingo a esas horas. Había demasiado sol, demasiada gente, demasiado tráfico. Recibió el frío de enero como si fuera un beso, gracias a él despejó su cara abotargada por el sueño, el sexo y el alcohol, o hablando con exactitud, por el efecto que estos habían dejado en él. Ni siquiera había tomado una ducha, sintió la urgencia de salir corriendo. A quien abandonaba tampoco le importaba, posiblemente sintiera lo mismo, en esos momentos estaría mirando el techo con pereza, preguntándose, como él, por qué se sentían atraídos el uno por el otro cuando coincidían tras unas cuantas copas. «Colchones vacíos, todo se resume en colchones vacíos» –dijo uno de ellos, no importa quién. A veces se resistían a ceder y lo consiguieron en muchas ocasiones, por pudor, por la duda de si el otro realmente correspondía sus deseos. Intercambiaban esa ansia al lanzarse miradas inocuas, crípticas por su falsa ignorancia, y únicamente con el alcohol encontraban la excusa para repetir. ¿Colchones vacíos? Quizá era más que eso: casa vacías, cuerpos con el calor arrebatado por demasiadas ausencias, cabezas y corazones huecos, deseosos de conseguir un remedio inmediato, pero siempre insuficiente.

Él, lejos ya del número 73, se pidió un café tras llegar a la zona del puerto. Lo tomó con la mirada perdida en el mar. Incluso dentro del bar hacía frío, la calefacción aún no había tenido tiempo para caldear el ambiente y él juntaba las manos en torno al vaso, el líquido no estaba caliente, sino ardiendo, y lo sorbía poco a poco, irritándose la lengua. En la televisión debatían sobre las corrupciones de turno en un programa sin duda repetido, pues ni el presentador más entregado tendría energía para hablar de lo mundano un domingo por la mañana. Tampoco los espectadores del bar parecían muy emocionados o indignados con las noticias. Ellos conversaban sobre el frío, alguno adivinó que nevaría más tarde: «se huele en el aire» –dijo. Pero él no podía olerlo. Al salir del local hinchó sus pulmones sin sentir nada especial. Aquel cielo amenazaba con su color blanco neutro, pero aún así prefirió caminar hacia casa. Se entretenía observando a la gente, sus idas y venidas apresuradas. Nadie parecía disfrutar del frío. Tampoco él a estas alturas, siendo sinceros, hubiera preferido no marcharse de la cama, quedarse un rato más, pero no habría tenido sentido, o peor, hubiera sido un engaño. ¿Por qué era tan difícil lo que debiera ser sencillo? Ninguno de los dos amantes se paró a pensar que el problema no estaba en la respuesta sino en la pregunta.

Anuncios

Como quien besa el agua sin beber

Ella le mira a él levantarse desnudo, sudado, se está limpiando con una camiseta usada, luego sonríe encantador, algo somnoliento. El sexo ha estado bien, y ahora ella siente su entrepierna dolorida, pero es un dolor bien recibido, está satisfecha. Conforme se enfría su cuerpo va recuperando la vergüenza, se arregla el pelo sobre la almohada y coloca la sábana de cierta forma para evitar la mirada en las zonas que ella no quiere hacer demasiado evidentes. Lo hace todo de manera casi instintiva, sin pararse a pensar en lo ridículo que es ocultar lo mostrado y entregado instantes antes. Le arde la boca por la barba que le ha rozado en demasiadas ocasiones, ya comienza a examinar defectos. De pronto se pregunta si ese cuerpo bien formado, que ahora busca algo de comer sin avergonzarse de su desnudez, volverá a interesarse por el propio una vez desvelado el secreto de la carne.

Le observa y se pregunta por sus pensamientos hasta que no puede evitar la curiosidad y pronuncia las palabras. Él sonríe. «Quiero comer algo», responde, «vamos al bar». Ella se levanta complaciente, se encierra cinco minutos en el baño y vuelve con su encanto recompuesto, sintiéndose ahora más segura. Él, sin embargo, parece menos él y eso desconcierta a la chica, desnudo era más “auténtico.” Con la camiseta puesta de cualquier manera y los pantalones demasiado usados ha perdido parte de su encanto. No obstante, tiene muy fresco en la memoria su estado anterior y no le da demasiada importancia.

Una vez en el bar él pide cerveza y algo para picar. Comen casi en silencio, él sonríe mucho y se distrae con la televisión, ella no puede evitar seguir preguntándose si todo lo que le rodea no es una pose forzada, si él no ha dejado de ser un caballero cuando ha pasado todo. Se pregunta qué preferiría ella misma y se siente estúpida al darse cuenta de que no sabría decirlo. Le gustaría poner reglas a su comportamiento, pero se le escapa cuáles. Él se da cuenta, le pregunta qué ocurre, ella sonríe haciéndose la distraída. «Es sólo cansancio», miente. Él no se cree nada, pero deja que la mentira parezca verdad. No sabe qué hacer por arreglarlo, para él las cosas van bien tal y como están. Finalmente evita darle más importancia, sigue comiendo y mira un resumen del partido que se ha perdido por estar con ella.

La mujer se da cuenta del programa que él mira con interés y esta vez el ridículo se transforma en un cierto enfado. Él lo ignora todo, prefiere un estúpido partido a estar con ella, a prestarle atención. No, no es un caballero, la pantalla se lo ha confirmado. Sin que ella sea especialmente consciente su postura se transforma, cambia su disposición corporal, está más rígida, más altiva, más distante. Mira indiferente hacia cualquier lugar para evidenciar que está molesta. Él lo nota de nuevo, vuelve a hacer la misma pregunta y esta vez la respuesta tiene un tono distinto. El momento feliz pasó, él lo puede percibir. Ella vuelve a encerrarse en su burbuja de rabia infantil, incapaz de explicar qué pasa por su cabeza hasta que explote en una queja y lo diga todo con gritos. Él decide callarse, evitar la discusión por el momento, seguir observando el partido. Su interés por el cuerpo ajeno ha desaparecido.

Otros ojos observan con lascivia las caderas de la mujer, que se entrega ignorante a los brazos de un hombre que no la mira a ella, y prefiere un programa verde en la televisión. Él está tenso, ella lo nota, se levanta cuando él está a punto de saltar ante algo que ha visto y le ha sorprendido, le ha enfadado. La chica se da cuenta de que para él, ella no existe durante esos segundos de absoluta concentración, así que baja los ojos con tristeza y se siente sola.

La reina de las moscas

Dejaron un filete crudo sobre la mesa y abrieron las ventanas. Volvieron dos días más tarde y las bandadas de moscas zumbaban en el salón. El perro ladró con cobardía, inútilmente, por compromiso. Esperaban de él alguna acción, pero los gañidos de después revelaron poco creíble su esfuerzo. Tras todos los gestos posibles salieron de allí para dormir lejos de los insectos.

A la mañana siguiente la abuela entró en el salón, las moscas habían muerto. Sus zapatillas de color chicle crujieron sobre los cadáveres, luego el sonido se fue volviendo viscoso y repugnante. No pudo soportarlo, gritó. Sus nietos aparecieron ante la invocación; la pequeña empezó a limpiar inmediatamente, sin sorprenderse por los montículos de bichos, su hermano sólo miraba.

¿Por qué había ocurrido aquello? ¿Fue premeditado? La abuela no encontró rastro de la carne. Estaba envenenada, esa era la explicación. Única afirmación aceptable, ahora lo sabía, no importaba que hubiera comprado el trozo de carne directamente del carnicero. Incluso vio cómo lo cortaba en su presencia, pero de algún modo… de algún modo el veneno llegó allí, quizá fue ella misma, o el niño o la niña. El por qué del plan de exterminio se le escapa, quizá fue por el odio a los zumbidos y los vuelos idiotas. No sabía, no importaba, a menudo olvidaba detalles, nombres, rostros, causas y consecuencias.

Llenaron dos grandes bolsas con las moscas y también echaron las zapatillas. A partir de entonces la anciana caminó descalza en su casa. A veces llevaba las uñas pintadas de rosa.

Años más tarde la chica se tatuó una mosca en la cadera, aunque sus amigas preferían las mariposas. Por las tardes se escondía con el hijo del vecino, tenían la misma edad, pero él trabajaba con el padre desde que pudo dejar el colegio. Si hacía calor buscaban un campo recién cortado o escondido, se desnudaban y ella apretaba uno a uno los músculos del granjero, él tenía el hábito de acariciar aquella mosca antes de sumergir la mano en ella. Cerca del anochecer volvían juntos, él la acompañaba. La abuela y el hermano tomaban el fresco ante la entrada, la anciana siempre lucía los pies desnudos sobre el cuerpo cálido del perro. Ellos la saludaban, luego el chico se despedía con un largo beso, sin pudor. El hermano observaba como un pez detenido en su acuario, intentaba comprender.

Con veintiún años la chica desapareció. Se cansó de la tranquilidad de todas las noches, del calor y su silencio. Al irse despidió uno a uno a sus conocidos, hizo todo bien, así evitaba dejar palabras pendientes y nunca habría necesidad de volver. No volvió. Poco después el vecino encontró a su hijo entre las ruedas del tractor, dormía a la sombra porque la chica ya no estaba allí para distraerle. Su sangre regó los campos de maíz, el cuerpo quedó destrozado. Al enterarse de la tragedia la anciana se preguntó si los granos nacerían rojos aquel año, si el sacrificio de la carne joven los volvería más tiernos. Rezó después y lloró en el entierro.

El nieto aprendió a masajear los pies de su abuela. El vecino se sentaba con ellos en la entrada, siempre con los ojos vidriosos, no hablaban nunca. Los tres buscaban su compañía por la razón más fácil de todas: no tenían otra. Habían sido abandonados, eran ya vestigios de sí mismos, un conjunto escultórico dispuesto a desmoronarse con el paso de los años. Fuera como fuese, las moscas nunca volvieron a la casa, quizá entre sus zumbidos recordasen la masacre y evitasen aquella familia como quien evita los campos del horror. Quizá también se preguntasen dónde estaba ella.

Histeria

El hombre de sonrisa enorme, de mil dientes que se aparecen cuando la boca habla, de camisa amplia, de botas inmensas, de pantalones negros y ceñidos; ese hombre aferra la pared de espaldas, la toca, la acaricia suavemente. Lleva unas flores en la otra mano, pero las ignora. Está quieto, muy quieto, con la mirada cerrada, con los ojos escondidos. A su espalda está ella: la muerte, la vida, la mujer; no habrá otra en su vida por mucho que todo cambie, no podrá haberla porque ella es todo, es la cánula que escribe sobre la hoja que es su espalda.

Ella goza de muchos años, de muchos trajes ajados por las sombras, por los sollozos que empujaron sus uñas contra la tela, que rasgaron la seda. Ahora no le mira porque está triste, porque no comprende sus palabras y aún espera que le entregue las rosas marchitas que sujeta.

Él no sabe qué hacer, sus movimientos son muy lentos, casi parece que se suceden en el espacio distante de muchas horas, su posición cambia radicalmente de un rato al siguiente y parece algo inexplicable. Ahora es sólo una sombra imprecisa que mira a un lado. De pronto deja caer las flores como si fuera la ofrenda a un dios, luego se mueve, adopta otra posición: esta vez está inclinado, sin separar todavía la mano del muro, observando el suelo que no dice nada.

Por fin el se da la vuelta y enciende un cigarrillo, recupera su humanidad. Dos hombres aparecen desde rincones obscenos y le desnudan, acarician sus músculos, le dan una copa para que beba y el se deja y bebe. Ella le mira aunque no le entiende, se levanta de su sitio y pasea un rato acariciando su vestido, tocándose los senos apretados debido al corsé que los ciñe. Le mira desde la distancia y no puede más, se vuelve contra él, corre desesperada y él la recibe en sus brazos dejando caer la copa de vino, que se estrella contra el suelo y pierde todo su líquido. El vestido de ella se mancha, pero aún no lo sabe, ahora sólo devora la boca de su amante como si pudiera surtirle de la sangre que alimenta su corazón.

¿De qué trata todo esto? Es sobre la religión de la pérdida, sobre la locura de la voracidad, sobre el maquillaje de los cuerpos perfectos y el vuelo de los vestidos de mujer. La mano sobre la pared de él es lo más real de toda la escena. Esa es su vida pero ninguno de los dos sabe qué significa: está codificada.

La mujer recuerda a su amante sobre sí misma, sudando, entrando en ella con fuerza. La fricción provoca gemidos que resuenan en las paredes mientras vecinos ignorantes callan y se miran de reojo. Hay violencia, ella se agarra al hombre con toda su fuerza y le araña la espalda mientras levanta los ojos y ve aquel cuadro que preside el salón. Es el lienzo de una mujer desnuda, con los pechos destacados y un puñal con su punta ya clavada en la piel. La sangre resbala por su carne en una sola gota larga y gruesa, rubí como el vino antiguo. Ella no puede soportarlo, se levanta sobre él, le gira en el suelo en el que están tendidos y ve su sonrisa blanca, sus ojos que la espían con picardía. Él lo ignora todo y ella no puede contenerse: le golpea, le abofetea sin cuidado y él, él se defiende, sale de ella y provoca que la mujer se sienta vacía de todo y se encoja aún desnuda, llorando como una niña.
-¡Ya basta! –suplica- ¡Basta!

Pero es sólo un recuerdo, ahora ella está vestida y él no, están besándose con lágrimas resbalando por sus mejillas. “Este es el perdón” –se dice la mujer y luego frota la espalda de él con delicadeza, ungiéndole con perfumes. Sus hombros anchos le cautivan y su vientre marcado le llena de deseo. No se detiene ahí, le acaricia todo el cuerpo hasta que se cumple la última hora y él se marcha quedándose ella sola en su casa.

Ninguno de los dos comprende la necesidad del otro porque no pueden, porque su individualidad les lleva a otro lugar y les señala como irremediablemente solitarios. Son lobos que no conocen su destino y que se buscan incansablemente por instinto social. ¿Qué van a hacer si no es luchar cada día como lo acaban de hacer?

Ella baila en su soledad, mueve la cola de su vestido contra las paredes, las golpea y arranca con aquellos gestos de vuelo los adornos que permanecían todavía en pie. Pero entonces aparece él otra vez, sin mediar palabra. Crea una sensación de hartazgo con su entrada y ella se siente morir, queda paralizada en un gesto violento y pierde la fuerza de sus músculos. Él extiende los brazos y le da un pañuelo negro que ella sujeta a un lado, con la mano laxa. Luego él la agarra con fuerza del cuello y gira su cara sin importarle el daño que puede causar. Ella se queja, pero él besa su rostro con delicadeza.
-Vete –dice la mujer.

El hombre abre mucho los ojos, sorprendido. Se aparta, vuelve a la pared donde todo había comenzado y se apoya esta vez con las dos manos extendidas, muy quieto, muy recto. Apenas hay luz que le ilumine y permanece en silencio. Ella no sabe qué hacer, pero al final se decide y cae en un rincón agarrándose de las rodillas, temblando hasta recobrar su valor. Por fin logra ahogar los gritos y coge la pluma de su escritorio, se arrodilla ante él con las manos manchadas de tinta y graba en su espalda una línea más que se une al resto que ya le recorre la piel. Lo hace con cautela, introduciendo la punta en la carne. Las gotas de sangre ella las limpia con un estallido de sus labios y él, que no se inmuta, espía el otro lado del muro, donde hay una historia distinta que no está viviendo.

145

Quizá sea sólo un número, algo sin significado; para mí, para mí guarda casi un año de mi vida. cuando por alguna de esas casualidades de la vida aparece dicha cifra ante mí, se enciende mi cerebro con el conocido calor, con el recuerdo que asalta sin contemplación, exiliando cualquier otro pensamiento baladí que revolotee por mi cabeza, gobernando con supremacía sobre lo demás.

Por aquel entonces yo tenía veinticuatro años, acaba de “renacer”. Me había mudado y conocí a una de esas mujeres misteriosas en cuya contemplación silenciosa gasté las horas más exquisitas de mi juventud. Fue en invierno, hacía frío y ambos éramos vecinos anónimos, extraños paralelos en una pensión céntrica donde la calefacción estaba más tiempo apagada que caliente. Creo que esa fue la excusa, darnos calor. Ella era mayor que yo, posiblemente me doblase en edad, pero disimulaba las imperfecciones con ese bendito maquillaje que atonta a los hombres y nos hace creer que Venus ha renacido y la tenemos entre nuestro brazos. La quise, la quise con todo mi hambre y nos dedicábamos al ejercicio sagrado de los hombres y las mujeres con deleite, con pasión, continuadamente.

Se llamaba Cristina, tenía el pelo oscuro como ala de cuervo, la mirada baja y la nariz perfecta, la boca era pequeña pero me devoraba con la pericia de la madre de todas las putas. No lo era o si alguna lo fue yo lo ignoré. Sé que su lado izquierdo estaba ligeramente desfigurado, nunca me dijo por qué. Yo hacía hipótesis absurdas sobre novios crueles o accidentes dramáticos, pero quizá, como suele suceder, la realidad fuera más prosaica. Ahora puedo imaginarme perfectamente a un chulo o un cliente demasiado sádico que le dedicó aquel ligero destrozo. Era como un desconchón, una rugosidad de su mejilla que le cubría desde la comisura del labio hasta el rabillo del ojo; quizá por ello fuera tan callada. Con Cristina aprendí esa magia de las mujeres, aprendí a amarlas de verdad, a entender los silencios en los que todo pasa sin que nada se inmute. Supe que hay un lenguaje de miradas, de gestos, de hechos y de ausencias, supe que yo hablaba sin hablar y que ella también lo hacía. Aprendí a comprender aquella lengua extraña con la torpeza de un niño que no sabe aún hablar.

Mi juventud me dio la fuerza que ella bebió, de la que gozábamos los dos; yo apretaba sus carnes rosadas contra la cama o jugaba con mis manos bajo sus faldas. Son mis mejores recuerdos de aquellos años, los que siempre me acompañan. Si cierro los ojos aún puedo ver su cuerpo desnudo, pequeño como una niña entre las sábanas de la cama, tímido en esa humildad que no sé si le daba la cicatriz de su rostro, la edad ya madura o la soledad sostenida. Yo era lo contrario, estaba alegre de mi desnudez enorme, de mi cuerpo duro y recuerdo estar siempre lleno de energía de un lado a otro del cuarto, agarrándola a veces o alejándome siempre sin vergüenza de no llevar nada encima. Para mí fue ella quien me mostró que en el sexo no hay frontera ni bajeza, es sólo instinto animal que se libera a través del sudor y de las demás excreciones que surgen llegada la cumbre caliente, la liberación final del cuerpo, la exhalación

En primavera ella me dejó. Llegué a la pensión por la tarde, dispuesto a correr a su habitación para festejar que estábamos vivos un día más. No fui en su búsqueda, el conserje me esperaba con una nota corta y una llave con el “145″ marcado en el metal. Salí corriendo, lleno de ira, exasperado en la ausencia a la que se me iba a condenar a partir de ese momento. Salí a la calle, aún no llovía pero lo haría en la noche, el cielo estaba plomizo, quise gritar pero me contuve, las lágrimas llegaron a mis ojos cuando llegaba un taxi, lo tomé. Gemí la dirección, la estación de tren, llegué una hora después de que ella hubiera pisado el andén, aspiré profundamente buscando el rastro de su perfume y no lo encontré. Miré en las dos direcciones por las que corrían las vías de acero como el caballo desorientado antes de emprender la carrera. Era un huérfano abandonado aquella tarde que se convertía en noche. No supe qué hacer y recordé la llave. En las taquillas encontré la 145 y la cerradura giró. Dentro, el espacio vacío me dejó cegado hasta que percibí, pegado contra el fondo, un pequeño frasco que rápidamente distinguí como el de su perfume. Había un trozo de papel pegado que tenía escrito dos palabra: “te quise”.

Jamás la volví a ver. Hoy recuerdo que la última noche, cuando apretábamos en la cama nuestros cuerpos gozosos y exhaustos la miré con la débil luz de la lámpara de noche y vi que estaba triste en silencio – no pregunté entonces – creo que lo hice a con toda la conciencia. Creo que el beso que me regaló por la mañana supo verdaderamente a despedida y lo saboreé sin atreverme a pedir una réplica. Mi prisa por volver después del trabajo era distinta a otras, era impaciencia real y ahora sé que aquella sensación había sido correcta. Ella se había ido, había arrancado su olor de mi cuerpo y ya no volvería a pegarse a mis sábanas en el ardor nocturno.

La añoré como un colegial, aferrado a aquel frasquito que me prometía ese pretérito de su última nota. Dos meses después abandoné la pensión y la ciudad, cambié de rumbo, cumplí otro año más y conocí a otra mujer más común que me hizo olvidar el frasquito, perdido en algún rincón con el que no he vuelto a tropezar. Su nota desapareció mucho antes, pero en mi recuerdo permaneció ese número que me hace recordar las noches frías que ella transformó en cálidas.

Diego

El calor se va incrementando con la frecuencia de los golpes, cada vez más rápidos y fuertes, el sudor mana desde todos los poros. Hay un momento en que Diego pierde el control, todo pensamiento se nubla en su cabeza y se obsesiona con ensañarse con aquél que tiene bajo su cuerpo, un ensañamiento animal, furioso, que deja atrás toda esa humanidad civilizada que nos caracteriza. Sólo el sexo permite desinhibirse a tal grado, de tal manera que se vuelve a lo primero, a nuestro estado más primitivo. Diego pierde el control de sí mismo, aprieta los dientes y empuja su entrepierna contra el otro como si fuese un arma ensartándose dentro de las entrañas de un infeliz. Se la clava con ansia y toda esa fuerza que había empleado de pronto se desparrama dentro del otro. Un gemido roto surge de su garganta y pierde todo el vigor, cayendo fulminado en al acto, pegando su cara contra la piel sudorosa de la espalda del contrario. Jadean un minuto antes de cambiar de posición y tumbarse en la cama, exhaustos.

Luis se levanta con la mirada de Diego fija en su espalda. Se va al baño, enciende la luz y cierra la puerta. Vuelve al cabo de un rato, lavado. Busca la ropa perdida por distintos rincones de la habitación.
-¿Te vas ya? –pregunta Diego que le mira aún desde la cama.

Luis se siente algo idiota inclinándose desnudo para recoger sus pertenencias mientras su amante no le quita los ojos de encima. Le gustaría responderle que no, preferiría quedarse con él, abrazarle, besarle y reír un rato mientras recuperan fuerzas para otro round sexual. Pero lo cierto es que no puede o no debe o no se atreve.
-Tengo que irme-responde finalmente- he quedado.

Diego sonríe con esa boca grande que tanto pierde a Luis y asiente estirándose sobre las sábanas como un gato.
-Qué pena –musita.

Luis se viste antes de arrepentirse, mal, corriendo, hay algo en sí mismo que le hace sentirse avergonzado. Le besa con intención de que sea un beso corto de despedida pero Diego le agarra del cuello y le arrastra a la cama. Pasan diez minutos en que sus bocas cofunden lenguas y salivas. De pronto, obedeciendo a un relámpago de su cabeza, Luis se levanta, se despide y sale de la casa, corriendo hasta la cita que tiene con su pareja, que le espera confiada en que se haya retrasado por cualquier otra causa que no sea el estar con otro hombre. Luis corre, con la estela de sudor y sexo que le acompaña aunque se haya lavado intentando disimularla.

Diego aún se queda en la cama un rato, media hora, el tiempo suficiente para que Luis haya llegado con su novio. Por supuesto él sabia que su amante de esa noche tenía pareja, pero uno de sus lemas era “cada quién sabrá lo que se hace”. Todos esos prejuicios sobre los afamados cuernos le traen sin cuidado, le parece beatería de la sociedad. Cuando se levanta lo primero que hace es encenderse un cigarrillo, camina por la casa, desnudo, asomándose a la ventana para ver la noche que transcurre con total calma. Se siente bien, con esa placidez que inundan los cuerpos saciados. Apenas son las once de la noche, podría vestirse y salir a tomar una copa, podría buscar otro chico guapo que llevarse a la cama, pero no es alguien que guste de los excesos. Está bien uno por noche –se dice.

En lugar de ello pica algo de la nevera y se sienta en el piano tecleando con una mano mientras fuma otro cigarrillo. Está distraído, piensa en Luis, en si se sentirá bien con lo que ha pasado. “Es inevitable” le había dicho y fue ahí cuando derrumbó sus defensas, cuando le dejó acercase a su boca. ¿Era inevitable realmente? No, pero había deseado a Luis con mucha intensidad, quería tenerle, poseerle con esa ferocidad animal y lo había conseguido. Aún así algo le reconcome ahora, quizá después de todo sí sea más mundano con esas cosas.

Cuando termina el cigarro se queda observando el piano. El reloj marca la medianoche. Esta algo perdido con sus pensamientos cuando le llega el sonido de la melodía de su móvil. Corre hacia él y descelga, es Luis, está mal, quiere verle. “Vale, ven” –respone Diego y luego cuelga.

Durante otro minuto permanece absorto en la contemplación del teclado blanquinegro. No sabe qué va a ocurrir, no sabe qué pensar o qué sería lo correcto de decir o hacer. Niega con fuerza y golpea el piano con esos dedos que ya saben donde tocar, el primer acorde lleva a otro y mientras espera todos sus pensamientos se deshacen, transformándose en música.

De la física

En una de esas noches que invitan al olvido, que el ambiente mismo parece prometer cierta gracia a la hora de exaltarse, cierto perdón hacia los pecados (capitales) que aún están por cometerse… Una de esas noches en que lo ético sería levantarse en cama ajena, ajena y desconocida; uno al final se ve obligado a adquirir el titulo de un Ulises mendaz. Hoy vuelvo a casa sin querer, con el sexo no probado royéndome la cabeza, con el alcoholismo no saciado en la cúspide del deseo, con la fuerza de la juventud de mi carne rebelándose contra el camino. Espero el tren, vuelvo a casa y lo triste es que hay tren que me lleve y no me veo obligado a la incomodidad del sueño de madrugada, de las esperas interminables junto a amigos somnolientos que han terminado su danza báquica de la semana, que han sido derrotados y huyen a la cama redentora de las noches perversas. Hoy no es el caso, hoy podría pasar por católico, por santo, aunque no por mártir, pues esos mártires sexuados que, como San Esteban, felaban la misma arma de su muerte, serían más en consonancia con la noche que esperaba que con esta de la que me retiro.

Camino bajo la luz, amarilla de pasada medianoche, por un barrio que duerme; no hay estrellas, no hay noche siquiera, la erótica que podría haber sido me vuelve a la mente varias veces. Tengo hambre de piel cálida y sed de sudor, quisiera agotarme en ese esfuerzo exagerado del sexo de mis años. Pero no. La noche es decadente, yo lo soy; decadente alcoholismo no contentado, decadente sexo no cometido, decadente luz que no padezco, y el insomnio y la vaguedad en el ánimo del borracho y ese despedazar y ser hecho pedazos que hoy no llegó…

Abro la cerradura, me escabullo en el silencio temprano del pasillo y avanzo mientras la rabia me obliga a rumiar como un caballo que muerde la brida. Hoy, esta noche, hubiera sido salvaje, alcohólico hasta sus consecuencias halagadoras, Don Juan mientras me lo permitiera mi estado, voraz si la presa me hubiera permitido adentrarme en el terreno de sus sábanas. Los leones mientras consienten ser enjaulados son gatitos blandos, cuando se liberan de los barrotes y se ven libres de sus inhibiciones son más feroces de lo acostumbrado, exaltados por ese animalismo primigenio que les provoca una excitación inmensa. Liberar a las bestias en la noches es peligroso, nunca se sabe qué camino tomarán, pero a veces el animal araña la puerta y no dejarle salir es condenarle a hortelano, humillarle, coartar su propia naturaleza. Hoy, afirmo, hubiera preferido lanzarme a la estepa, devorar cuando pudiera, correr como un gamo o un lobo cazador, pues me embarga la sensación pura de la vida, el ansia por morder, por apartar la metafísica de hombre y entregarme a los bajos instintos ancestrales.

Hoy termino en mi propia cama, con mis sentidos en perfectas condiciones, con la sensación de languidez por la derrota de una batalla no librada. Me duermo, me voy meciendo en las olas de los sueños y me hundo mientras las imágenes me acorralan y la erección se anuncia bajo la tela. Hoy el desgarrar, el grito póstumo dentro del otro, sólo llegará en los sueños, ese lugar donde la noche perversa que no fue, sí ha sido.