Cultura berciana 1.0

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Septiembre de 2015. También publicado en su versión digital aquí.

«Yo os hablo de un poeta al que no conocéis, de un hombre sin más suerte que la memoria y los libros, dócilmente entregado al arte de la muerte» El fragmento pertenece al poema El viejo poeta, de Juan Carlos Mestre

Tras el “descanso veraniego” (echen mano de hemeroteca para leer los cuentos estivales) volvemos al formato de no-ficción, a Cultura Crítica. Parece lo más lógico echar un ojo a lo ocurrido durante este periodo y es inevitable fijarse en los festivales culturales. El teatro y la música siguen siendo las artes más representadas. Festivales como el de Almagro, Olmedo o Mérida siguen zigzagueando entre lo clásico y lo contemporáneo para ir encandilando al público de cara a futuros proyectos. También en ellos se ponen a prueba obras que luego veremos en la cartelera de las grandes ciudades, o sirven como premio final para aquellas que ya hemos visto. A destacar, entre las muchas propuestas, La Tempestad, texto de Shakespeare y puesta en escena de la compañía gallega A voadora; El príncipe, obra basada en el texto homónimo de Maquiavelo y a quien da vida Fernando Cayo, producida por Talycual; un extraño Socrates de Mario Gas y Alberto Iglesias; y dos Medea, una tras la cual se encuentra Vicente Molina Foix y otra con Aitana Sánchez Gijón de protagonista y el teatro La Abadía produciendo. Esto en lo mejor o más interesante, de lo peor es preferible hablar, al fin al cabo ya pasó y de nada sirve meter el dedo en la llaga.

Donde sí conviene ser más creativamente intransigente es en el terruño. El festival Corteza de Encina al principio fue una iniciativa interesante que confería valor a unos espacios infrautilizados, y se descubría como un brote nuevo en medio del erial cultural del Bierzo veraniego. Sin embargo, edición tras edición el festival no consigue renovarse y sigue apostando por conjuntos musicales regionales, cuya experiencia en conciertos no siempre es profesional. Corteza de Encina carece completamente de una cabeza pensante en su dirección, la figura de un profesional a cargo brilla por su ausencia, tanto que semejante fulgor terminará por cegarnos a todos hasta que Corteza de Encina pase desapercibida. La fundación Pedro Álvarez de Osorio (Quien a la sazón firma los cheques) bien haría en formar un equipo que conciba una edición más interesante para el año que viene, pues si bien un festival provincial (o comarcal) no es malo por serlo, uno provinciano sí lo es, y además aburrido.

Por poner un ejemplo de todo lo contrario (Si bien fue sólo un espectáculo y siempre es más fácil de gestionar) en julio Amancio Prada y Juan Carlos Mestre colaboraron nuevamente con un recital dentro del “Año romántico” de Enrique Gil y Carrasco, en el cual palabra y música se mezclaron junto a los versos del autor berciano, Gustavo Adolfo Becquer y Rosalía de Castro. Tanto Prada como Mestre tienen muchos años a las espaldas y saben cómo alcanzar una buena calidad en sus actuaciones.

Ilustración de Jorge Fernandez Ruiz

Ilustración de Jorge Fernandez Ruiz

Para finalizar me gustaría compartir una experiencia personal. Impulsado por ese espíritu romántico, que supuestamente ahora impregna la comarca, tuve la descabellada idea de adquirir un poemario precisamente de Juan Carlos Mestre. Pensé que sería un recado sencillo puesto que el autor nació en la región y en 2009 se le otorgó el Premio nacional de literatura, no es precisamente un jovencito en sus inicios. ¡Iluso de mí! Más de media docena de establecimientos recorrí (grandes y pequeños) para quedarme como estaba. Además de la decepción quedé algo sorprendido por la parte dedicada a merchandising, juguetes y papelería; prácticamente en todas las librerías las estanterías ocupadas por libros estaban en minoría respecto al resto. Esto no ilustra la tendencia general del sector (al fin y al cabo son negocios y tiene que adaptarse a la demanda), pero es muy significativo respecto al interés y nivel cultural del Bierzo.

Si en otras ciudades ya llevan casi una década en un nivel muy distinto (llamémoslo 2.0) e incluso en varias empiezan a ir hacia una nueva actualización de cara al cambiante mercado (llamémoslo 2.5) en Ponferrada y alrededores la cultura ha quedado estancada en el 1.0, una simple y desapasionada cultura provinciana, carente de curiosidad y con menor juicio. Este es el camino de la decadencia, que llega al colmo cuando ni siquiera se sabe valorar los autores vivos de la región y sólo se glorifica a ese escritor muerto con más nombre que obra.

La voluntad insalvable

“no te salves ahora / ni nunca / no te salves” – M. Benedetti

Un hombre sueña: su hermana pequeña corre por una pradera con un conjunto blanco, la madre de ambos grita porque ya imagina las manchas verdes en su vestido, él arrastra una gran canasta de mimbre. Parece posible, pero nunca ha pasado.

Cae en una nebulosa gigantesca durante eones y no se consume. Hay formas estallando en la oscuridad, son afiladas, cambiantes, está en el fondo de un caleidoscopio Siente tristeza. ¿Por qué? Hay una herida abierta en el universo, una brecha. No cae hacia ella, pero se encuentra a un paso de precipitase si lo diera, si quisiera suicidarse. Sí, guarda conciencia de la muerte aun sumido en ese campo de ilusiones.

El abismo es inmenso, infinito, un acantilado cortado a pico en medio de ninguna parte, ambos lados son parecidos, la hierba crece sana, hay árboles frondosos, mariposas, pájaros, otros animalillos, ciudades, continentes, personas. En ambos lados de la brecha se han ido juntando millones, muchos de ellos sólo miran el otro lado con curiosidad o pereza, luego se vuelven sin más atención, pensando en sus muchos quehaceres.

Él también está ahí, observa a una persona que le devuelve la mirada. En los límites hacia la caída han clavado algunas ramas e instrumentos como si fuera el inicio de un pequeño puente. Otros les imitan, a lo largo de miles de kilómetros varias personas han conseguido terminar el puente, su número es trágicamente pequeño.

Pasa el tiempo, no importa cuánto. En su imaginación se intentan colar otras imágenes, otros sueños. Los caballos corren desbocados destrozando un lienzo rosa. Viaja hasta una ciudad gris llena de chimeneas, hollín y abandono, tiene frío en las manos y en los pies, se ha refugiado en el último piso de una fábrica en ruinas. Va a morir. Bucea en las aguas opacas de un océano lleno de peces brillantes, busca un barco hundido y maneja un arpón. Su madre en la mecedora donde pasó los últimos días de su vida viendo la telenovela. Su hermana otra vez. Un momento… nunca ha tenido una hermana. No importa, los sueños no tienen el mismo sentido de lo lógico y lo real. De hecho, su madre está viva. Le arrastra la gravedad de esa herida universal. Shakespeare grita «una vez más en la brecha, queridos amigos» y ríe a carcajadas como Papá Noel.

Retoma el sueño donde lo dejó, o casi. El puente ha crecido, ambas partes lo han hecho, es un puente fabricado con restos, parece una planta extendiendo sus ramas ávidas de alimento hacia el otro lado. No obstante, no puede evitar notar que su parte del puente ha crecido más que la de su contrario. Al principio no importa, sigue alejándose en busca de ramas, cuerdas, y pequeños objetos. Utiliza su chaqueta para dejar el “tablón” bien prieto. Da un paso más, se encarama a su maltrecha construcción para añadirlo. No se atreve a mirar abajo, pero busca el otro lado. Su contrario no le mira, tampoco trabaja, está quieto y presta su atención a varias personas cercanas, a quienes se alejan y le invitan a tomar un café en una lejana ciudad. Ese otro duda, no sabe si decir que sí, y el hombre encaramado en su parte del puente siente algo quebrándose dentro, clavándose en sus pulmones. De pronto respirar se hace difícil, así que baja del puente y se sienta en la hierba a esperar que su contrario vuelva y quiera reanudar la obra. Mira a su alrededor, también le invitan a alejarse del abismo, pero él les muestra su pecho ensangrentado, lleno de cristales, y dice que no le interesa salvarse.

Llega la noche, es curioso porque hasta ahora nunca había diferenciado la noche y el día. El otro no vuelve, tarda demasiado, ha perdido el interés en la construcción, en alcanzar a quien quería llegar hasta su orilla. Demasiadas dificultades. ¿Por qué perder más tiempo? ¿Por qué arriesgarse a la caída?

Ya no hay nadie en la brecha, nunca han existido, únicamente la parte de su puente se mantiene elevada como una patética hoja seca, a punto de perder esa casi inexistente fuerza que la conserva aún en su lugar. Él no puede más, cierra los ojos, su respiración se hace pesada, se hunde en el aire rojo de sus pulmones. Moisés abre las aguas. ¿Por qué no? Entonces pierde el equilibrio pese a estar ya tumbado, la tierra se inclina y cae al abismo rodeado por tablas, ramas, ladrillos, hilo de seda, y otros objetos.

Entonces, como en muchos sueños terribles, la sensación de ahogo traspasa la fantasía onírica y el cuerpo se estremece nervioso, en un movimiento exagerado se incorpora con el grito en la boca. Respira, mira a su alrededor, la habitación no ha cambiado, el reloj sigue con su monótono ruido. Cae rendido sobre la almohada, entonces descubre el sudor frío de su piel y se pregunta si ha gritado realmente. Piensa con dificultad, sus reflexiones avanzan raptando en una sustancia fangosa. Sí, ha gritado.

Esta vez baja de la cama ligeramente mareado, avanza tocando la pared, el marco de la puerta, el pasillo. Las baldosas de la cocina le devuelven a la realidad. Abre el grifo, deja el agua correr y llena un vaso. Bebe de un trago todo el contenido, luego se queda mirando su reflejo en el espejo. Los detalles del sueño ya se han borrado, sí recuerda el abismo, el puente inacabado, la persona al otro lado. Sabe quién es porque lleva dando vueltas a su nombre casi un año. Demasiado tiempo de incógnitas, de no saber, de un tira-y-afloja agotador. Mañana hará una llamada, un ultimátum. No pueden seguir así, sin estar juntos ni separados, es insano. Sí, comprende el sueño, y precisamente por eso no quiere dormir y verse trasladado a ese no saber cuándo volverá el otro o si querrá recomenzar la construcción del puente. Enciende la televisión y pasa los canales

La espada y la rosa

Su mujer le dijo que tendrían otro bebé. Él estaba feliz, pero decidió apresurarse con la mudanza. Todo retraso iría siendo un problema mayor con el paso de los meses. Se dieron prisa y embalaron el apartamento en una semana. Y mientras ella colocaba los viejos trastos en nuevos espacios, él se encargó de la última habitación del piso, su propio estudio. No lo había hecho antes por razones de trabajo. Era la única habitación llena en aquella vivienda ahora anónima, una rareza, un santuario. Le costó comenzar, tardó más tiempo del necesario en disponer las cajas, pero aquel fin de semana tenía tiempo de sobra para clasificar y guardar; además, nunca es fácil enfrentarse a una biblioteca, muchos volúmenes acaban dentro de las cajas rápidamente, pero otros son seductores, y atraen a sus dueños obligándoles a dedicar unos minutos a sus páginas.

El cuarentón avanzaba bastante rápido con los libros técnicos, echaba un ojo a los más antiguos, para recordar qué idea aprendió en qué capítulo, pero nada más. La ficción fue más difícil. Había muchos recuerdos, muchas historias importantes en su vida. Encontró un pequeño volumen al fondo de la estantería, delgado, de tapas blancas y ya sucias. Era Las flores del mal, de Baudelaire, pero no tenía recuerdos de ese libro. ¿De dónde había salido? Abrió sus páginas y encontró un dibujo hecho a mano con bolígrafo azul: era una espada atravesando una rosa, con una dedicatoria al lado “Ayer llegamos de París, mañana iremos a Macondo. Sant Jordi 1994”

Desde el principio ella le llamó Atreyu, porque era obstinado en sus discusiones, porque quería entenderlo todo, llegar hasta el fin de lo que no tiene fin, vencer a la nada, es decir, a la ignorancia.. Esa era su historia interminable recién cumplidos los veinte. Ella era Momo antes incluso de él ser Atreyu. Sacaba la lengua a los hombres grises dondequiera que los encontrara, sin pensar en las consecuencias, igual que una niña pequeña.

Se enamoraron como sólo se enamora uno a los veinte años, se fueron a vivir juntos sin importarles las goteras o la opinión de sus padres. La beca era suficiente para subsistir, incluso para sus caprichos. No podían pedir más. Los viernes iban al teatro, vieron varias repeticiones de Romeo y Julieta, porque se creían invencibles como los dos amantes. A veces, después de hacer el amor, improvisaban pequeñas escenas. Aunque era ella quien dirigía la función, quería ser escritora.

Por las mañanas Momo se sentaba a medio vestir, y garabateaba en sus cuadernos sorbiendo café, imponiendo silencio absoluto. Él se quedaba mirándola un rato, se duchaba y leía. Tras un rato ella bufaba, frustrada por no encontrar las palabras adecuadas.

También viajaron a París. Ella se creía La maga corriendo de calle en calle, arrastrándole de un lugar a otro. Le gustaba besarle en los puentes y cerrarle los ojos con los dedos. “Juguemos a Cortazar”-decía. Entonces él tenía que encontrarla. Durante una semana se creyeron dos bohemios perdidos, pero el penúltimo día él no dio con ella, y el juego se volvió amargo. Regresaron a Barcelona, ella estaba insatisfecha, ya no le gustaba que le llamara Momo, y su Atreyu no encontraba un nuevo nombre adecuado. Entonces fueron a ver Macbeth, ella tomó las manos de él, las observó de cerca por primera vez, (o eso pensó) y las encontró feas, vulgares. De pronto quería escapar y que él no la encontrara. Comenzó a interesarse por la literatura inglesa, y recibió el otoño con Mrs Dalloway bajo el brazo, dando largos paseos cada mañana.

En invierno, con la amenaza de los exámenes a la vuelta de vacaciones, él dejó de esperar. Le recriminó creerse Beatrice, y hacerle pasar por nueve infiernos por su orgullo y tozudez. Ella gritó, se rió de él, de su ambición de saber, le llamó Fausto, porque estaba dispuesto a entregar su alma por conocimiento, porque le encontraba despreciable.

El fin de la relación fue brutal. Cada uno siguió su camino, y estuvieron mucho tiempo lamiéndose las heridas, echándose de menos sin confesarlo. Ella se subía a los trenes para escribir, para poner en negro sobre blanco su dolor, decepción, amor, y soledad. Él se pasaba los días en la biblioteca, salía a última hora, cuando había pocos buses y se veía obligado a caminar una hora pensando en ella. Pero pasó el tiempo, ambos se olvidaron del otro, aparecieron nuevos amantes en sus vidas, nuevas decepciones, algunos éxitos. Nunca volvieron a coincidir.

El hombre guarda Las flores del mal en una caja de cartón. Mientras continúa su tarea piensa en ella, en el tiempo que compartieron, en su amor entre libros. Se pregunta dónde estará, qué habrá sido de su vida. Pero no quiere saberlo, no tiene sentido buscar un epílogo cuando la historia fue tan buena. Al final, cuando la habitación está tan desnuda como el resto del apartamento, se fuma un último cigarrillo con la luz apagada, sin pensar en el pasado, sintiéndose bien en el límite de un capítulo de su vida, a punto de comenzar el siguiente.

Va de verano

Verano.
La etapa estival es el tiempo perfecto para que todos, abandonando nuestras ocupaciones habituales, podamos entregarnos el ocio. El placer de no hacer nada, de poder quedarse en la cama hasta tarde y de descansar es algo que nos parece muy apetitoso tras los largos meses de trabajo o de estudio. Salir de la monotonía, he ahí el verdadero objetivo de las vacaciones de verano, y digo verdadero ya que en inicio si nos preguntan podríamos decir rápidamente que el quid es el descanso. Sin embargo no, viajar a la playa, de turismo rural o con fines de adquirir conocimiento o para acudir a esos festivales que proliferan ahora, es sólo un ejemplo del estrés al que nos sometemos bajo la excusa de descansar. Es mentira pues, pero lo creemos así, sencillamente buscamos salir de ese día a día, como ya antes decíamos, cosa que está muy bien. El perfecto ejemplo de descanso sería viajar, sí, a un lugar agradable, acudir a un hotel donde nos lo den todo hecho y no tener que hacer nada que no queramos hacer, que no nos apetezca. Algunos harán esto, no digo que no, pero la mayoría no cumplirá esos requisitos y se complicará la vida buscando un descanso intenso y encontrando uno parcial, aunque bien disimulado.
Tras esta consideración puramente privada acerca del verano, me volveré un poco egocentrico, por considerar que comentar mis pobres avatares quizá interese un minimo a quien lea este blog de cuando en cuando. El caso es que estando ya en el ecuador del verano, me veo en mi ciudad natal, en donde pasaré posiblemente todo el mes y donde espero recibir la visita de algunos amigos. Julio, por el contrario, transcurrió con un servidor entre Madrid y Huelva. Mi tiempo lo he dedicado y lo dedico al descanso (lo intento) a la escritura y, por supuesto, a la lectura.
De mis proyectos, “s”, que anunciaba ya hace muchos meses en la pestaña correspondiente, ha sido terminado. El resultado es un ensayo novelado como me he obligado a considerar ya que todo gira alrededor de un mismo tema: la locura. La idea se defiende desde varios puntos de vista hasta llegar a la tesis final. Sin embargo el modo de hacerlo, lejos de ser de la manera que estamos acostumbrados en un ensayo, es en forma de novela. Un pequeño juego que me he permitido por experimentar a ver qué ocurría, sin embargo no es algo ni mucho menos nuevo.
Terminado “S”, cuyo título definitivo ha cambiado, perdónenme no incluirlo (comprendan la prudencia exagerada y sin sentido de un autor tan novel como este vuestro humilde servidor) me he dedicado a esa novela que nunca he llegado a terminar y que ya lleva demasiados años en elvientre tenebroso de la imaginación. Si todo va bien antes de verano estará terminado el borrador definitivo, listo para la corrección de esos errores ortográficos que siempre se escapan o de los últimos detalles estilísticos.
Sobre el futuro siempre está demás hablar, pero ya me atrevo a considerar otros trabajos en los que me embarcaré cuando esté terminada la mencionada novela. Veremos qué termina siendo…
Y en cuanto a mis lecturas veraniegas: “Memorias de George el amargado” de Mirbeau, fue el primero que he tenido el placer de leer. Se trata de un libro no muy extenso que, sin embargo, es una joya narrativa; utiliza una ficción de memorias para contar la historia de una vida corriente desde una perspectiva muy interesante. “El conde de Montecristo” del merecidamente famoso Alexandre Dumas fue la segunda obra que han pasado por mis manos este verano, junto con los sonetos de Shakespeare y una relectura de varios poemarios de Lorca. En estos momentos me encuentro leyendo “Vacio perfecto” de Stanislaw Lem y “la divina comedia” de Dante, el tomo de el infierno en particular. Quedan para después una novela de fantasía, del polaco Andrzej Sapkowski: “la sangre de los elfos”, tercer libro de la saga de Geralt de Rivia, muy recomendable para los amantes de este género a menudo despreciado. También he dejado para el final dos obras de filosofía muy interesantes, por un lado el “tractatus logico-philosophicus” de Ludwig Wittgenstein, y por otro “la fabrica del bien” de Antonio Valdecantos, un libro brillante sobre lo intrincado de la moral y el eterno debate entre el bien y el mal. (Por cierto, podéis visitar su sitio web, que encontrareis en la lista de enlaces de este mismo blog, recomendable para acercarse un poco a la obra de este filósofo)
Para vuestro humilde servidor será pues un verano tranquilo, dedicado casi por completo a la literatura, arte siempre tan amable para cualquiera que se quiera abandonar un poco a él.

Sin más me despido, ofreciendo mis disculpas por el periodo de ausencia, prometiendo seguir publicando aquí, aunque más espaciadamente hasta inicio del curso académico, y deseandoos un buen verano en el que logréis descansar, leer un buen libro y huir con éxito de la perversa monotonía.

Hablemos de teatro

Supongo que la “labor” de alguien que opina sobre distintas expresiones del arte, ya sea literatura, teatro, cine o X cosa, es exponer tanto lo que le gusta como lo que no, aunque decir lo malo siempre ha sido una tarea menos agraciada que la de alabar. Por este hecho, tras pensarlo unos días, he decidido escribir mi humilde opinión acerca de la representación de “El mercader de Venecia”, obra de Shakespeare que actualmente tenemos en el teatro Alcázar de Madrid.

Tras ver criticas y opiniones en distintos lugares de la red me decidí a acudir y, para agravar la futura situación llevé a unos amigos conmigo. Un Shakespeare siempre es agradable de compartir con alguien.
Empezando por el vestuario, la iluminación y la escenografía, que eran lo mejor de todo, aún así eran pobres y no aportaban nada a la representación. La puesta de escena era torpe, muy mal ejecutada. La actuación es el punto en el que me cebaré: De los personajes principales no se salva ninguno. Porcia, la bella protagonista, era bella, hasta ahí bien pero en vez de ser una reina parecía toda una actorzuela que no había pisado un escenario en su vida, sus diálogos eran forzados y casi se la podía escuchar como contaba las palabras para saber cuando llegaba su propio texto, sobre el que se apresuraba y exageraba. Antonio era un monigote engreído, solamente sabía mirar al público, como quien mira un espejo esperando verse bello, en ningún momento expresó un mínimo sentimiento y contaba sus pasos como Porcia sus palabras. Bassanio fue un enamorado de vodevil que recitaba sin saber hablar, se equivocaba y atropellaba continuamente y no sabía moverse en el escenario, siempre nervioso. Por último Shylock se pasó gritando de un lado a otro del escenario toda la obra, alargando los quejidos sobreactuando de manera terrible, provocando un dramatismo tan insufrible que uno incluso suspiraba de hastío.
A favor de los actores secundarios, he de decir que ellos sí tuvieron notables actuaciones, destacando un Graciano muy acertado.
Sencillamente es la peor obra que jamás he tenido la desdicha de ver. Si no salí del teatro fue por un respeto que realmente está injustificado. Una pena que una obra de Shakespeare tan divertida y encantadora se transformara en esa aberración.

Por contraponer un poco este desagradable asunto, he de añadir que en los últimos días acudí a ver otra obra que se representa en el teatro Español de Madrid, “Escenas de un matrimonio – Zarabanda“, escrito por Ingmar Bergman. Las actuaciones, la dirección de escena, la escenografía, la iluminación y todo en general eran de una ejecución cuidada y muy acertada, fue una agradable representación. Si bien en esa ocasión el libreto en sí es quizá algo pesado por lo trascendental de todo, no parece dejar una pausa a quien lee la obra para poder digerir y pensar sobre lo que se le está mostrando. Al margen de eso fue una buena manera de pasar la tarde.

Quizá viendo esto podríamos pensar sobre el teatro, en el cómo se ejecutan las obras. La segunda obra, de un autor conocido aunque quizá no demasiado fue una espléndida muestra de cómo se hace teatro y sin embargo el teatro estaba bastante vacío. La sala de El mercader de Venecia, sin embargo, se encontraban prácticamente llenas a pesar de lo desafortunado de su representación. Parece que un Shakespeare asegura un buen numero de entradas, de dinero, y una vez se tiene eso lo demás importa menos. Triste en verdad.