Los acusadores

El silencio sabe adquirir la pesadez del plomo líquido y el mundo se desarrolla en su glú-glú de magma, crean capas y más capas y más capas. No puedes huir. Somos tus fantasmas, nos dañaste, nos traicionaste, nos abandonaste. Esperamos en ese conocido rincón, quietos, atentos. ¿No recuerdas nuestro rostro? Es poco importante, pero estos ojos siguen en su lugar, picándote con la culpa para paralizarte mientras el mundo y el silencio siguen su plácido discurrir. Tardarán un tiempo: abrazarán tus tobillos, te inmovilizarán las piernas, presionarán tu vientre, ahogarán tu pecho, agotarán tus brazos y tus ojos sólo podrán vernos a nosotros; por tu boca se colará una inundación de plasma caliente, creando un molde de tu corazón. A escasos segundos de la desesperación, tu grito cobrará la textura de las burbujas y el eco repetirá nuestros nombres. Esto es una promesa.

Ansiedad, Munch 3

Ansiedad – E. Munch, 1896

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Entrada Nº11: Silencio, Hopper y adiós

Hace poco me mudé, y entre todas las cosas que se vinieron conmigo, también lo hizo un calendario de Hopper. Lo coloqué donde mejor me pareció, sin mucho reflexionar, pero si en mi antiguo apartamento pasaba discretamente desapercibido, ahora está mucho más presente, de tal manera que desde mi cama lo veo frente a mí, igual que Felipe II tenía ante su regio catre El jardín de las delicias. Salvando las insalvables diferencias, el cuadro del Bosco habla de la carne, del pecado, de la trascendencia y la gloria. ¿Hopper? El americano pinta el silencio y la soledad. Sus obras son maquetas perfectas del mundo, y como tales muestran un instante detenido para siempre. No hay movimiento, apenas vida, es una metafísica plastificada.

Así que este que suscribe se acuesta y levanta cada día con un recuerdo de la soledad más trascendente, de lo imposible de escapar a ella. No me extrañaría descubrirme a mí mismo tomando la postura de los personajes del cuadro de turno, y perder la vista proyectando hacia el infinito un pensamiento blanco. Y de hecho es así.

Hay que admitirlo, la vida imita al arte. Mi nuevo estudio se encuentra en una de esos extraños remansos ocultos en medio de las ciudades. Es excepcionalmente silencioso, y hay luz, mucha luz. Así que me veo aquí sentado, en un sillón color mostaza, con el cuerpo relajado y la mirada oportuna girada hacia el calendario de Hopper. Solo y en silencio. Juego a imaginarme perteneciendo al calendario, quizá si pasase la página hallaría esta misma escena coronada por el título “septiembre”. Estaría yo mismo, absorto en el infinito, lleno de color gracias a la ventana abierta a mis espaldas. ¿Por qué no? Juegos literarios más raros se han visto.

cinemahopper

Y pienso en por qué tantos temen la soledad, en por qué otros la viven como un lujo, pienso en las ancianas (siempre son mujeres) que veo habitualmente comiendo a solas en los restaurantes baratos, algunas con un libro como única compañía. Pienso en mi soledad, claro. No esta de ahora, no la de vivir sin compañía o la de mirar los cuadros de Hopper. Sino esa otra que encharca los ojos de los personajes del pintor, la interior. Es ahí donde se sufren los desengaños, donde la realidad pone los huevos grises del espíritu práctico; de ellos nacerán el sentimiento de lo absurdo, el de lo patético, y el de lo inútil. Porque la soledad no es estar solo en una habitación, la soledad es tener la certeza de que la ayuda no está en camino, que no habrá apoyo necesario al dolor o las flaquezas, que no verás una sonrisa iluminándolo todo o respondiendo a las caricias o las puestas de sol. Es la certeza que revela imposible el amor.

Gritar

Entre el campo de cadáveres uno se levanta y aúlla con el dedo acusador, los ojos tensos y el cuerpo dispuesto con cada fibra para el ataque más violento. La situación sólo se mantiene un instante, luego el cuerpo del muerto cae sin fuerza, más objeto que nunca. Los ojos del general señalado vuelven a enfocar con naturalidad, aún no aparta la vista de la desnudez que exhibe la muerte. Tiene grandes sombras bajo los ojos que parecen desteñir su mirada. La sorpresa se desvanece, su frente vuelve a ser recta, saca la mano del abrigo y limpia el sudor que ha aparecido. Viste con una gran casaca negra, no hay en la prenda un sólo adorno que le dignifique, sin embargo es el general y sus soldados se inclinan si él pasa cerca.

Continúa su paseo, revisa los muertos, los enemigos y los que cayeron bajo su voz. Una idea le tienta. Elevar un grito tan alto y tan claro que los pájaros vuelen asustados, que la voz misma se vuelva parda y acuda a la boca un sabor sangriento. De niño pudo hacerlo, corría por los campos, se alejaba de sus padres, del pueblo, de la casa llena de obligaciones y pobreza, se alejaba de sí mismo, de su cobardía para no enfrentarse a las cosas tal y como quería hacer. Llegaba jadeando a un punto en medio de ninguna parte. Gritaba. A veces eran palabras enteras, insultos, otras un simple sonido suspendido con el que esperaba desgarrarse la garganta. Nunca lo consiguió. Volvía a casa despacio, a veces ronco, aunque nunca llegó a sangrar. Le gustaría gritar ahora, pero le acusarían de loco, sería una vergüenza para su ejercito, e incluso podría perder su posición, su nombre. Así aparece ante él otra vez el temor. En lugar de gritar traga saliva para deshacer el nudo que se ha creado en medio de la garganta.

El frío le acosa, cala los guantes, las botas y el abrigo. El hombre sube las solapas para protegerse el cuello y sigue caminando. Recuerda otra situación, sentado en un gran salón, con su mirada oscura perdida en los ojos de alguien que le devolvía la curiosidad. Una persona que adivinaba sus pensamientos y musitaba una respuesta corta, tajante, y que el general no supo si prometía un futuro o cerraba un pasado.

La batalla ha obligado la separación, el abandono de los besos sobre el cuerpo y la cama caliente. El hombre se dice que hubiera querido gritar cuando sintió aquellos labios sobre su piel una y otra vez. No lo hizo. ¿Volvería a sentir algo así? El campo de cadáveres corea la negación, pero él se resiste a creer que tras el lugar, la sangre, la pólvora y el pus de las heridas, no haya nada.

Se da la vuelta después de un largo rodeo, regresa al campamento con las manos a la espalda. “Esto es el fin”, se dice, “no hay nada más allá”. Existen ciertos momentos en los que uno puede sentir esa seguridad. La encontró el día que abandonó el odiado pueblo, la madre sobreprotectora; también la tarde en que enterró al padre y la lluvia le recorrió la cara en un remedo de lágrimas; durante una batalla su segundo recibió una bala en la cabeza, le destrozó pocos metros a su derecha, las gotas escarlata mancharon su pechera como si fueran diminutas gemas brillantes; también despidió la cama amante sabiendo que se dirigía a una guerra en inferioridad, no creyó lo peor, pero la duda le acongojaba en lo profundo. Quiso gritar en todas y cada una de aquellas circunstancias, levantar la cara a Dios y culparle de la muerte, de la sangre, del calor perdido y de la propia debilidad. No lo hizo, siempre calló. Por esa razón sus ojos se empozan cada vez más y más.

Cuando llega al campamento, sus hombres no quieren fijarse en su cara, se dirigen a él evitando el frío de las pupilas y la oscuridad que emanan porque no ha sabido gritar. Dicen de él que se ha transformado en dragón, que tiene alas. Él se pregunta si los dragones son mudos y si es posible que al poder le acompañe el silencio y el miedo. Cuando exclaman por el general, por su vida, él quisiera desaparecer, volver a la sencillez de la cama y los besos. Quiere gritar que le dejen solo, pero calla.

La despedida

Quizás las tormentas si tengan algo de especial después de todo… Recuerdo aquella noche nítidamente, por aquel entonces yo dormía en un cuartucho de mala muerte en algún barrio perdido de esa ciudad que todos sueñan con alcanzar pero que ninguno de sus habitantes aconsejaría para vivir. Era joven de aquella, apenas un chaval con algunas pocas ideas claras, un par de camisas y pretensiones, sueños, nada más, por entonces eso era suficiente para mí. La mencionada noche, después de pocas copas volví a mi cuartucho, la calle estaba silenciosa, apenas pasaban coches y la oscuridad parecía densa, como humo. La luz del alumbrado eléctrico, luz naranja, impregnaba las calles sucias como si ella misma fuera una mancha, y también el cielo parecía haber encontrado en aquella enfermiza luminosidad un tono perfecto para reflejar su estado de ánimo. Realmente no había cielo sino un techo de nubes uniforme, nubes de un naranja ceniciento.
Me despedí de él con un abrazo trémulo que duró demasiado poco por estar ambos nerviosos, luego le besé de esa manera que se besan dos personas que jamás volverán a verse. Nos miramos a los ojos, apartamos la mirada rápidamente, avergonzados de algo tan natural como la tristeza o el amor que no queríamos expresar porque no tenía sentido.
Luego volví caminando a casa acompañado por los gruñidos de ese cielo que estallaba de cuando en cuando, ofreciéndome un guiño rápido y eléctrico. No estaba de humor, el intenso calor me incomodaba, transpiraba, tenía el cuerpo ardiendo… Llegué a casa suspirando de alivio y me desnude antes de alcanzar el baño, fue una ducha rápida y fría, no recuerdo si me sequé pero acto seguido me tiré en el sofá pues pensé que la cama aferraría mi calor para devolvérmelo malvadamente.
Me dormí con ese retumbar quejumbroso de truenos perezosos, creo que llovió un poco pero el calor ahogó la escasa cantidad de agua que tocó el suelo. Nada cambió, tuve una noche sin sueños y me desperté con una extraña sensación de pesadez y confusión. No recordaba haberme despedido de él, me di cuenta que el beso había sido una invención mía, que no se lo había podido dar porque aquel encuentro que yo recordaba no había sucedido. Sin haberlo hecho realmente al final me despedí de él, lo hice conmigo y bastaba, a él no le importaría, a él no le importaba nada porque lo más seguro era que no existiese, que todo hubiera sido una creación de mi mente, aburrida, acalorada, borracha y sedienta de algo más que no fuera aquella densa apatía que cada día me recorría la garganta como una pasta intragable. Él ni siquiera pensaría en mí, una pena, una pena…
Aquella noche aprendí que las tormenta con sus truenos despiertan a los fantasmas ocultos en nuestra mente, escondidos hasta que se encuentran en su propio elemento y pueden gañir como una bestezuela sin fuerza. Los escucharemos igual que escuchamos a los truenos, con ese recogimiento interno, con ese miedo al darnos cuenta de su existencia.

As de picas

Siempre llevaba un as de picas en la cartera. S.Vega era un tipo corriente, quizá algo introvertido, cuya única pasión conocida eran los libros sobre teología. Era fascinante escucharle hablar de madrugada sobre el santo Job u otros varones de rara historia y terrible final. Era memorable cuando, ya naciendo el sol, S.Vega se subía al podio del club que solíamos frecuentar y nos deleitaba con alguna cita sagrada que, con su buen hacer de actor, nos terminaba por provocar carcajadas.
De su manía sobre llevar un as de picas en la cartera, un día, específicamente una noche, le pregunté sobre ello. Él sonrió antes de contestarme: Siempre hay que llevar un as encima, nunca sabes cuando lo has de necesitar. Todos rieron pero yo me quedé pensando en ello durante un momento.
–¿Por qué no un as de tréboles, de corazones o de diamantes? –Le pregunté al cabo de un par de tragos.
–Porque la suerte es un requisito que, aunque para jugar es ventajoso tenerlo del propio lado, realmente se convierte en un exceso quimérico si te abandonas a ella. Porque la riqueza, la buena presencia, lo artificial y espléndido no sirven en las jugadas más que en el momento exacto de sacar la carta, luego su efecto se evapora. Y porque el as de corazones es contra el que siempre juego.
Entendí perfectamente y me gustó tanto su explicación que pedí otra ronda para él y para mí. Sin embargo él prosiguió antes de que el camarero sirviese las copas.
>>El juego, por lo tanto, se trata de encontrarte con una buena mano y la jugada apropiada. El as de picas luchará por herir al de corazones.
–¿Eres un buen jugador?
–Para nada. –Respondió ladeando la cabeza tristemente.– Por eso siempre llevo un as encima, ni siquiera sé jugar pero me consuela la carta, quizá cuando repartieron no fuera muy afortunado pero es una manera de buscarse la suerte.
Asentí completamente de acuerdo, brindé con él alzando el vaso.
–Por las buenas jugadas, que no llegan a menudo y para que sepamos aprovecharlas.
–Por el silencio. –Alegó él, lo que me dejó un tanto confuso y le observé antes de beber, esperando la aclaración.– Siempre se echan las cartas en silencio, en ocasiones los momentos más importantes transcurren en un silencio.
Sí, brindé con él tras aquellas palabras. Era un tipo interesante ese S.Vega, lástima que le perdiera la pista con el paso de los años. De todas formas me dejó una buena filosofía y quizá tuviera razón con lo que dijo, quizá sean las picas y el silencio la clave de todo. Al fin y al cabo nos pasamos la vida callados y buscando el cómo vencer al as de corazones con la esperanza de que el jugador contrario caiga vencido y podamos ganar el premio.
Lástima, nunca he sabido jugar al póker.

Definiciones: el silencio

El pelo castaño se le resbalaba entre los dedos y se esparcía sobre la almohada blanca; juntos, echados en la cama, veían el agua golpetear sobre el cristal, empezaba a anochecer, la luz dejó un ambiente azulado dentro de la habitación; se escuchaba el viento entre las ramas y las pisadas de alguien abajo, en la calle. Ellos estaban allí, él jugueteando con el cabello de ella y ella acurrucada junto a él, ambos tumbados en la cama. No había nadie en la casa y la música estaba apagada, tampoco hablaban, ¿para qué? El silencio era suficiente para expresarse, cualquier palabra sobraba. Sólo tenían el calor que emanaba de sus cuerpos desnudos; estaban muy juntos, inmediatos uno de otro, como dos animales amantes que se procuran calor en una tarde fría. ¿Se querían? Sí, claro que sí pero no se lo habían dicho, era suficiente con el silencio.
Es como un dios, es una sabana de seda ligera que arropa los jóvenes cuerpos, es donde la física desaparece y la piel de uno continua en el otro. Por su influjo en una tarde fría se vive y se muere a la vez y son uno y no se rompen jamás esos lazos, el momento es eterno como el mismo panteón glorificado y quienes lo disfrutan son felices aún sin palabras, sin elucubrar, sin nada…
Amar con el alma en silencio es el amor más puro.

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