Acuerdo periférico

Este es el trato: aceptar el juego de sonrisas caducadas y las butacas de gallinero a cambio de un boleto para participar. La paradoja es conocida. ¿Qué es más “real”, la cara maquillada del actor en escena o tras la función, “libre” y en sociedad?

Tic tac. Tic tac. Tic tac. Error. Responda otra vez. No, conviene reformular la pregunta hasta despojarla de todos sus adornos, hasta revelar ese fondo limpito, huesudo y desagradable, ese “¿Por qué?” primero que subyace a toda cuestión.

¿Por qué?

Este es el trato: continuaremos la farsa un poco más, seguiremos de fiesta en la barriga del behemoth, entre farolillos de papel y copas de champagne, fingiendo ignorar la evidencia del olor y la carne podrida.

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Fotografía de Borja Rivero

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El hombre de arena

Su sobrina había derramado un vaso de agua sobre el mantel. No era nada, apenas una humedad pequeña y redonda cerca de la fuente de codornices; no obstante, fue suficiente para revolucionar la mesa. Los padres se levantaron para estorbarse uno a otro mientras se disputaban la culpa del incidente. Los abuelos intentaban dirigir las operaciones de rescate y limpieza, hablando a la vez sin lograr ser escuchados. Sara se acercó con un paño de cocina para absorber ligeramente la mancha. Era un gesto inútil, pero no importaba. Él no hizo nada, no se unió al coro de voces ni movió un solo músculo. Ante la caída del vaso levantó la mirada y se quedó observando a la niña, muda, casi asustada por el revuelo causado sin querer. Se preguntó por qué le habían dado un vaso tan ancho si sus manos eran tan pequeñas. Ella no tenía culpa de nada.

De repente se levantó de su sitio, cruzó el salón, salió al porche y bajó los peldaños hasta la carretera, anduvo un buen rato y dejó atrás la urbanización. Se internó en el campo seco, lleno de basura. Desde el cielo debía resultar extraño aquel lugar de parcelas exactamente idénticas, llenas de césped esmeralda en medio de un gran monte casi pelado. Podía escuchar la carretera cercana. El tráfico no se detenía después de todo, pensó en si los conductores se sentirían tristes por no estar dentro de una de las casas clónicas, disfrutando de la navidad. ¿Tenía sentido sentirse triste por ello? Él preferiría no verse obligado a la pantomima anual. Era mentira. No, no era mentira. Sintió la mano de su hermana sobre el hombro, se dio cuenta que seguía sentado a la mesa, participando del juego. La crisis del vaso de agua se había solucionado. Pidió que le pasaran las codornices y continuaron entre risotadas y las mismas veladas acusaciones de siempre.

Cenaron tranquilamente, luego los niños abrieron sus regalos, gritaron y jugaron, los adultos les miraron con ojos vidriosos, como si pensaran en su niñez, pero sin hacerlo. Rara vez los hombres y mujeres maduros se abandonan a ese recuerdo, quizá porque al crecer comprenden las sombras escondidas en su inocencia, el origen de sus propias monstruosidades.

Todo iba bien, pero él se sintió de pronto débil frente a la televisión, como si sus células fuesen a perder la cohesión de un momento a otro, dejándole deshecho sobre el sofá. No se quedó a dormir. Sus padres insistieron, pero él les rechazó una y otra vez. Besó la frente de sus sobrinos, ofreciéndole un especial cariño a la niña de manos pequeñas. En la puerta Sara le dijo que no le había visto sonreír en toda la noche. Él forzó la mueca, pero fue demasiado artificial, ella movió negativamente la cabeza y le observó desde el umbral mientras se alejaba. Cogió un bus. ¿Por qué habría servicio de transporte? ¿El chofer tendría familia? ¿Se sentiría él también triste? Pasó el abono y se sentó. Veinte minutos después bajaba las escaleras del metro, y esperaba otros quince al último tren de la noche. Los ocupantes eran los mismos que cualquier sábado.

Se sentó cerca de la ventanilla. Los vagones de metro tienen ventanas para huir de la verdad del encierro, para evitar la claustrofobia de los pobres usuarios. Él era uno más, y agradecía la amabilidad de los ingenieros. Sin embargo, su rostro, sombrío en el cristal, le disgustaba. Los reflejos invitan a la introspección. ¿Quién en su sano juicio quiere conocerse a sí mismo? Cerró los ojos, concentrándose en el sonido, porque debajo del vocerío, de los golpes secos, y del chirrido de las ruedas podía escuchar un zumbido monocorde, prolongado, producido por la electricidad o por los motores. Fue capaz de centrar toda su atención en aquel sonido, dejándose hipnotizar agradablemente por él. Se alejó de los rostros felices y decepcionados, cansados y amargados, habitualmente amargados, eternamente amargados. Cada hombre, cada mujer, parecía envenenado por esa aflicción, como si vivir fuera una condena. No se daban cuenta de su elección, de su firma en la última página del contrato. La culpa siempre les parece de otros, muy oportuno. Abrió los ojos. El tren había llegado a su parada, pero volvió a quedarse quieto, mirando atentamente el cartel con el nombre en letras azules. Las puertas se cerraron, él se sumergió otra vez en el ensueño de ese zumbido constante. Se alejó de la fealdad del vagón, ocultándose entre las estrellas, como si flotase en ellas, como si a decenas de metros bajo la superficie pudiese imaginarse mejor allí arriba. Ojalá pudiera huir y escapar flotando.

Bajó en la siguiente parada. Apenas se cruzó con dos o tres personas en el camino. No fue un paseo agradable, tampoco lo contrario, fue sólo un paréntesis de tiempo, de silencio. Pensaba en el zumbido del tren, en el ruido del vaso cayendo sobre el mantel. El grueso vidrio había rebotado creando un sonido muy característico, hueco.

Llegó a su apartamento a las tres de la mañana. Dejó las llaves en el cuenco dispuesto para ello. Pero no se movió de la puerta ni encendió la luz. Pudo oír el sonido del reloj de la cocina, nada más. El edificio dormía. En la habitación de al lado su vecina estaría en posición horizontal sobre la cama, tapada con sábanas y mantas, roncando. Su casa ante él estaba llena de penumbra. Se quedó un rato así, contemplando los objetos adquiridos durante años. Después cerró los ojos, como si buscara el zumbido, le sorprendió no escuchar su propia respiración. Estuvo a punto de cuestionarse si respiraba realmente. De nuevo sintió la debilidad de horas antes. ¿De donde venía? Abrió los ojos, nada había cambiado, fue triste comprobarlo, deseaba un cambio, cualquier cambio súbito, mágico, inesperado. Se miró las manos, apenas tenía fuerza en los dedos, si apretara el puño se desharía, pero no lo comprobó, tenía miedo. Seguía escuchando reloj de la cocina. Tic tac, tic tac. Se concentró en ese sonido y respiró hondo, buscaba cierta tranquilidad, pero no la encontró. Era rehén del presente, una figura sin consistencia, a punto de descomponerse.

Un hombre que camina

NACA211L’Homme qui marche es una imagen, la representación de una persona en el instante que da un paso. Rodin esculpió su “caminante” monumental, sin brazos ni cabeza. Giacommetti permitió que, en la serie de esculturas sobre dicho tema, conservaran sus miembros, pero redujo el hombre a la fragilidad de una línea. La idea no es nueva, proviene de mucho antes, del mito del judío errante; a su vez es fácil trazar la herencia con Caín, condenado a vagar eternamente por sus actos. Así pues, L’homme qui marche no es otra cosa que una declaración de humanidad y, por tanto, tirando de ese hilo que hemos indicado, somos cainitas, herederos del hijo malvado de Adán; descendemos de la violencia y por ello se nos ha castigado con el camino eterno, errante. Jamás llegaremos a una meta, es imposible, no existe. Caminamos, siempre estamos en transición, lo común es que siempre nos encontremos en pleno proceso indagador. Damos un paso porque nos lleva la inercia del anterior y esa fuerza nos aboca a caminar. La propia facultad de pensar lleva a seguir pensando, escudriñando este mundo por el que pasamos y que es bien difícil de comprender. Pero, sobre todo, la mirada de ese hombre es interior, hacia sí mismo. Una observación desde su pasado hacia el futuro.

“Ciudad abierta” recupera la figura del caminante. Julius deambula por Nueva York y Bélgica. El comienzo del libro nos revela que lo hace por estar harto de su propio estatismo ante el ordenador. Quiere salir, es una especie de huida desde el hombre camusiano para buscar en la ciudad algo indefinido. Se plantea su vida, piensa sobre ella. La lectura de la novela es un seguimiento de sus errabundos pasos. El hombre está irremediablemente perdido, en transición, no hay una estabilidad en su vida que le obligue a quedarse quieto en un punto, todo es movimiento, duda. El ritmo es un hilo continuo, un paso de escultura, petrificado en el instante. Así es como, entre la vida del personaje, se van desarrollando otros temas que se inmiscuyen de forma secundaria, que se van adhiriendo a la historia y que se resuelven para que el personaje siga su camino. Ninguno parece tener la fuerza suficiente para dominarle.

El mundo actual es rumiado por Julius, aparece un sentimiento de desasosiego en una historia sin arco argumental a la antigua usanza. No existe un punto al que el protagonista tenga que llegar, todo es camino, todo transición. Muchas de las críticas literarias, que han podido leerse en prensa, elogian la elaboración de este punto de vista, algunas de ellas incluso lo consideran novedoso, pero su genealogía está, como se ha indicado, muy lejos de ser nueva. No se trata de eso, sino que el desarrollo funciona. No hay un momento adecuado para detenerse, el camino se desvela como un continuo responder a las preguntas que surgen desde el interior. Julius es un paradigma de individuo: tiene estudios superiores, una buena capacidad intelectual y, a simple vista, parece un hombre al que no se le puede reprochar demasiado; él es un ejemplo. Este personaje es introducido en una de la capital mundial de occidente, Nueva York, y en ella se le deja libre como se podría hacer con un ratón en el laberinto. El libro es un estudio del experimento. Los resultados muestran a un hombre solitario, al que le resulta difícil sentirse cercano a alguien, sólo es capaz de congeniar con personajes con inquietudes intelectuales con los que parece sentirse en igualdad. Sin embargo, un segundo vistazo a esos personajes secundarios nos mostrará que los momentos vitales que atraviesan difieren mucho de los de Julius; ellos sí son capaces de entablar lazos afectivos con otras personas o han llegado a la edad en que no necesitan ya de esas relaciones.

En la obra de Camus, “El extranjero”, el personaje va de un lugar a otro sin sentirse cercano a nadie. Ve su vida casi desde un punto de vista exterior. El peligro que se muestra es la gestación, por parte de una sociedad cada vez más ciega en su modo práctico de entender el mundo, de individuos como el protagonista de la novela. Julius no es un personaje camusiano, él ataca su vida desde el interior, esa es la principal diferencia, sin embargo, sí se siente extraño en un mundo violento, que le impulsa a caminar, pues no parecen existir los remansos de paz donde pueda detenerse. Es muy notable que los únicos momentos en los que el personaje parece tranquilo, son aquellos donde se encuentra cerca de la naturaleza. La novela, sin serlo de forma evidente, es una crítica al modo de vida tan deshumanizador que nuestra sociedad ha construido. Como resultado, Julius no puede dejar de pasear, está insertado en el laberinto, busca construir su propio refugio, algo para lo que todavía le queda un largo camino.

Teju Cole convierte Nueva York en un plano de grandes profundidades por el que se nos invita a pasear. El título del libro es una llamada de atención, pero pronto nos damos cuenta de su cinismo; precisamente esa apertura termina por exponer sin cuidado, por alejarse del hombre, la ciudad se enajena del individuo, le observa desde sus alturas de vértigo. Julius no mira al cielo, está encerrado durante toda la novela entre los rascacielos que amurallan sus paseos. Ve las calles, vive en lo profundo de una ciudad de grandes avenidas, en medio de alturas vertiginosas. Su atención, sin embargo, es para lo que ocurre a ras de suelo, en lo cotidiano. Un mundo demasiado reglado, vulgar, donde todo se mantiene en un equilibrio inexplicable que, a veces, se rompe para mostrar el peor lado de los hombres. Una ciudad abierta es un lugar donde todo es posible, donde los demonios deambulan tranquilamente, donde los hábitos no se transforman, persisten. Los saltos culturales que el autor muestra de cuando en cuando son un gran ejemplo de ese hábito. Son momentos que rompen la sencilla continuidad del libro. Mahler y Bach se insertan sin que su melodía funcione a la par que el texto, parecen experiencias impostadas, innecesarias, que el autor ha introducido para demostrar que su personaje es culto y posee una curiosidad que le enmarca dentro de un grupo de personas muy concreto. Sin embargo, éstas son las partes más ajenas del texto, parece que al propio personaje le cuesta introducirse en ellas. Quizá es una demostración de la cultura en la cual creció, la nigeriana, dejó una impronta indeleble en él. Quizá se podría leer como una excesiva imposición de la propia sociedad que escucha sin entender, mira sin observar. Sea como fuere, la tendencia hacia la reflexión cultural parece inevitable.

Puede que esa sea la idea con la que uno se queda después de leer la novela. Es un texto inevitable, producto de la ciudad que hemos construido. Es hija de nuestra sociedad, de nosotros mismos. Un paseo por la herencia cultural recibida, por la sociedad que nos ha amamantado, por las preguntas sobre quiénes somos en realidad y qué queremos ser.

“Cerré la puerta y oí que también se cerraba la suya. No encendí la luz. En la habitación de al lado había muerto una mujer, había muerto al otro lado de la pared, y yo ni me había enterado. No me había enterado en las semanas en que el marido estaba de duelo, ni cuando lo saludaba con la cabeza y auriculares en los oídos, ni cuando doblaba mi ropa en la lavandería del edificio mientras él usaba la máquina. No lo conocía tanto como para preguntarle cómo estaba Carla y no había notado la ausencia de ella. Esto era lo peor. No había notado ni su ausencia ni el cambio -tenía que haber habido un cambio- en el ánimo de él. Ya no era posible, ni siquiera ahora, llamar a su puerta y abrazarlo, o tener una conversación larga. Habría sido una farsa de intimidad.”

Ciudad abierta, Teju Cole, Editorial Acantilado, 2012

El cinco de noviembre

“Remember, remember, the fifth of November, Gunpowder Treason and Plot. I see no reason why Gunpowder Treason should ever be forgot.” (“Recuerden, recuerden, el cinco de noviembre, la Traición y el Complot de la Pólvora, que nunca se olviden.”)

Esta copla se escuchaba por Londres en los últimos siglos desde el célebre complot para destruir el parlamento británico. La revisión de este hecho que se hizo en la novela gráfica V de vendetta y en la posterior adaptación cinematográfica, ha servido como método de pensar en la crítica al estado. 1984, Mercaderes del espacio, Un mundo feliz, La naranja mecánica y Fahrenheit 451 han sido otras obras de la ficción que intentaban revisar este peligro.

El estado es un monstruo, eso no es nada nuevo, tenemos a Hobbes gritándolo desde su tumba. El Leviatán nos devorará a todos si puede, es su naturaleza, algo así como la tendencia animal que no puede ser controlada. El problema que se suscita es que los componentes del Leviatán, es decir, la sociedad, no se dan cuenta de su pertenencia celular al monstruo. El movimiento de “indignados” es una muestra de la rebeldía a nivel atómico de ciertas partes de la bestia; ellos están despertando, sus propias pancartas lo anuncian y tienen razón: “despertar” es la palabra adecuada ya que hemos estado dormidos.

Las obras citadas son distopías en las cuales los individuos están aplastados por la fuerza del estado. Uno puede leer las novelas y tomarlas como eso, como ficción, como novela, pero si hace esto se quedará en lo más simple del argumento. La causa de la escritura de tales obras es el miedo, el puro miedo a la represión, a la libertad enmudecida, al consentimiento de lo terrible, al imperio del leviatán en fin.

Es cierto que no podemos luchar contra el reinado del monstruo, está ahí y la última mitad del siglo XX y el comienzo del XXI ha estado sentado en su trono pero relativamente tranquilo al menos. La reciente crisis, que se venía desarrollando paulatinamente como una enfermedad, ha reactivado el organismo, lo ha puesto en marcha y se ha encontrado con una atmósfera ideal para echar las raíces de su corrupción. El mundo está cambiando y nadie puede negarlo, esta es una etapa de transición y todas las transiciones son violentas. La violencia se está llevando a un nivel económico que a su vez afecta a lo político y que hará que lo social y lo cultural se contaminen con ese crimen que dejará muchos muertos y muchos santos en sus hornacinas. No quedará un pedazo sano del mundo y el punto al que lleguen sólo lo podemos imaginar en 1984, en Un mundo feliz o en V de Vendetta.

¿Parece un extremo, verdad? No cabe la angustia cuando seguramente todo se arregle de una manera sencilla y sin que nos molestemos en movernos del sillón. No es así, pese a que esperamos eso esta vez no lo será. Todo va a cambiar. España tiene elecciones el veinte de noviembre y se elevará entre nosotros un hombre elegido con un sistema que no se puede considerar democracia sino en ese sentido retorcido que nos han hecho tragar. Ese hombre, sea el que sea, incluso en el hipotético caso de que fuese el que no creemos que será, se ungirá con la corona y ordenará lo que tenga que ordenar; es decir, dará de comer al Leviatán. Los indignados no pueden hacer nada porque confían en el atomismo del leviatán, si lograran algo sería por un impulso incontrolado que no es posible predecir. ¿Puede darse tal impulso? Pienso que no, que los ideales que el movimiento empuña son digresiones de todo y no concretan nada. Se grita por mil razones y en todas tienen razón, pero debería ser una sola la que se pronunciase a voz en grito, martilleando repetidamente el mismo punto hasta que cediese el muro. Golpearlo todo no sirve de nada, sólo da muestra de debilidad. Sí, el movimiento significa que las células empiezan a ser conscientes, pero aún es un bebe que no tiene fuerza para grandes acciones. Puede ser acallado, pero confío en la torpeza del estado para ello, confío en que no sepan callarlo, en que lo hagan tan mal como vienen haciéndolo y aseguren así el crecimiento del movimiento. Quizá llegue el momento en que tengan, en que tengamos la fuerza suficiente para derribar algo.

La copla que se enunciaba en 1605 y en los años posteriores es significativa, no es un mero adorno. Sirve para recordar que el monstruo está ahí, que somos parte de él y que debemos revelarnos y pensar, debemos ser conscientes y no complacientes para poder ser más íntegros, más personas, más libres. La inacción nos encadena, el conocimiento, la lucidez, pensar, es lo único que puede salvarnos.

Recuerden, recuerden, el cinco de noviembre…

Amanece otro día

N.d.A: “Amanece otro día” se publicó el día 16/08/2011 en Literatura Nova. Existe la posibilidad de descargar el archivo en formato pdf en dicha página.

Amanece otro día y se suma a la correlación que conforman mis semanas, meses, años y décadas. Hace tiempo que dejé de llevar la cuenta, cada vez me resulta más extraño quitarle hojas al calendario o suspirar sobre una fecha futura habiendo dejado tantas y tantas atrás.

Amanece, sí, pero es un hecho vulgar que ocurre sin ningún tipo de problema. El sol destierra lentamente esa oscuridad falseada de las ciudades, el azul pálido se anuncia pronto y apaga las farolas como un mandato. Es el mejor momento de la noche, su declive, cuando ya podríamos decir que no es tal sino que es de día. La diferencia se muestra sutil; el mundo negro se ha diluido pero todavía no estalla el astro sobre nuestras cabezas. Ahora, en la azulada atmósfera, fresca, recién nacida, nuestros músculos se relajan de los sudores de la cálida noche y podemos respirar. El verano, por un momento, nos deja soñar con un día apacible, pero ya sabemos que no será así.

¿Luego qué? Ha amanecido y estoy despierto, he sido consciente de mí mismo tras un tiempo, me he dado cuenta de que aguzaba mi oído como un acto reflejo, buscando esos sonidos de la monotonía que dan forma a la realidad y dan coherencia a un mundo que, quizá, podamos detestar.

Se me hace imposible levantarme, la sola idea me harta, me aplasta contra las sábanas y me siento pesado, denso. El sueño ha sido apacible pero acuoso, opresivo. El calor del verano me produce un embotamiento del que no soy capaz de salir, es una prisión donde los sueños no están permitidos, donde las pesadillas nadan como esos monstruosos peces abisales. No me han dañado las bestias pero estoy turbado, la imagen de ese pez ha aparecido en mi cabeza y me obliga a darme la vuelta, a retirar a patadas la sábana que me cubre, a encogerme como un niño que juega, pero yo no juego. Estoy agotado pese a que he dormido varias horas.

Me levanto finalmente cual mártir en su último día. Quizá este sea el mío después de todo; no me importaría mucho. ¿Cómo preocuparse por la muerte cuando no apreciamos la vida? Ese problema, esa crisis de nuestro ser, me parece la más importante en esta sociedad, algo de lo que no podemos escapar. Desde hace años me siento atado al mundo y me pesa, me pesa como el plomo líquido donde nadan los abisales.

El “baile” es el mismo de todas las mañanas, no le pongo ni un ápice de atención, arrastro los pies por el pasillo, me quito la ropa interior y alivio mi vejiga. Si me he levantado ha sido más que nada por esa imperante necesidad. El espejo me mira con poco agrado, mi reflejo se palpa la barba sin afeitar, pero con un ligero esfuerzo mental recuerdo que hoy es domingo y que no es necesaria la tortura de la cuchilla y la espuma. La ducha es fría. Me visto con pulcritud, herencia de los años de ejemplo que me mostró la estatua de mi padre. La imagen de esa artificialidad, de esa magnificencia impuesta, de la inalterabilidad de su rostro, me recuerda que él era la gran efigie, el indiscutible señor de nuestro pequeño mundo. Mi madre hacía las veces de sumiso pedestal donde él se elevaba; casi se puede hacer uno a la idea de ella agachada, con su pelo rubio y el traje ceñido que usaba una de cada dos veces en la ópera, con la espalda dispuesta y mi padre encima, pisándola con los brillantes zapatos, vestido con el traje tres piezas de rayas, el reloj en el bolsillo del chaleco, el blanco pelo corto culminando su rostro pálido con las gafas de pasta negra y el gesto serio. No recuerdo haber visto sonreír a mi padre, los días que lo traigo a mi memoria delante del espejo me asusto de mí mismo y de mi propia boca, inclinada en esa contra-sonrisa que la genética repitió en mi padre y en mí. Quizá él fue consciente de lo que yo soy ahora, es posible que él viese el mundo tal y como lo veo yo. Se me ocurre pensar que existe la posibilidad de que no fuéramos tan distintos en el interior, de que todas las discusiones con él se debieran a que nuestros puntos eran similares y no divergentes.

Cuando termino de abrochar la camisa me doy cuenta de que estoy equivocado, de que en nada me parezco a él. Detesto su tiranía, no comparto los ideales conservadores ni me creo un personaje con derecho a estar por encima de los demás. No tengo familia, pero si la tuviera sé que no sería el líder indiscutible, el dios a los que los otros tuvieran que adorar, jamás sería capaz de pisar a mi mujer considerándola menor a mí, asignándole un papel y un lugar que a mí siempre me repugnó.

Mi padre está muerto, al igual que mi madre. Fue hace pocos años, él cayó primero victima de un corazón que no quiso mantener vivo por más tiempo a alguien así. Ella se dejó caer desde entonces, perdida sin el peso a sus espaldas, libre de pronto tras treinta años de matrimonio. No pudo soportar ese nuevo estado y se consumió. A mis hermanas y a mí nos ha ido bien, su muerte no nos causó una gran impresión como cabría esperar. Llevo un año sin verlas y no me siento mal por ello, sé que ellas tampoco. Nunca estuvimos unidos entre nosotros, somos planetas con nuestras propias órbitas que por casualidad fueron engendrados en el mismo sistema solar.

El desayuno es rápido: café, tostadas y una manzana.

Soy hijo de mis padres, es algo obvio, todos somos hijos de nuestros padres; afirmarlo es hilar un poco más, es estar diciendo que ellos realmente calaron en mí, que su tutela produjo, en parte, mi carácter. Mis padres lo consiguieron. El beatísimo del que intento despegarme, las “virtudes” católicas que me pesan como cadenas, pues lo son, siempre han estado ahí, están y estarán. Si creyera en Dios sería el perfecto cristiano. No creo, pero soy un ateo poco convencido, que mira los crucifijo con desdén, casi con asco, pero que al entrar en una iglesia suele estar tentado de rezar aunque sólo sea por conveniencia. Es cierto, en nada me parezco a mi padre, pero sus cuidados me forjaron en parte como él quería, en otra parte como no.

Termino el desayuno, recojo, me levanto y bajo a la calle para dar un paseo, buscando ímpetu en un domingo que ahora que nace ya amenaza con ser estéril, con morir sin dejar rastro.

En la calle ya hay varias personas, el vecino del quinto me saluda con una mano entre los sudores de su carrera matutina. Abren la floristería, su fragancia me hace detenerme ante el escaparate y observar las plantas. La dueña me sonríe mientras coloca un ramo de violetas, le devuelvo el gesto y camino, lentamente, con las manos en los bolsillos. Huyo de mis pensamientos, me concentro en la contemplación de la gente.

La prensa casi choca conmigo en un punto, el quiosquero me saluda con un gruñido y observo la prensa generalista, que no me atrevo ni a tocar, luego me fijo en las revistas. Mi inglés es lo suficientemente bueno como para observar la internacional, pero no me convence; mis ojos vagan por publicaciones de política, economía, historia, arte y curiosidades varias. “Es todo lo mismo”-me digo. Finalmente sonrío y me despido sin comprar nada, azorado ligeramente por mi contemplación gratuita.

Llego ante la panadería, aprovecho para comprar el pan y doy la vuelta, regreso a casa con prisa, casi asustado del mundo. Nada hay fuera para mí.

El apartamento me recibe con su quietud conocida, dejo el pan y suspiro en el sillón, observando el silencio que envuelve la casa. No sé qué hacer. El espacio se me antoja grande porque yo, vida minúscula, apenas ocupo un trocito de mi piso. Sentado miro las estanterías con algún libro y adornos varios. La mini-cadena permanece muda, la televisión está muerta, negra. ¿Podría encender algo? ¿Y de qué serviría? Ese es el problema, esto es lo que me inquieta, me enerva, me ahoga y me hace escupir. No sé qué hacer con el tiempo que conforma mi vida, casi parece que lo agoto por cansancio, porque no puedo hacer otra cosa. ¿Morir?

Miro la tentadora ventana. ¿Morir? No. Quizá en la muerte encontrase el alivio que espero, que ansío, la paz de ese dormir eternamente. Quizá llegue con la muerte un sueño acogedor, pero me preocupan las pesadillas. No, yo no soy Hamlet, yo no miro los espejos con inquietud, buscando en mi reflejo la imperfección que revele mi alma. No, nunca me han gustado las tragedias sádicas con lo obsceno a plena luz, palpitante y evidente.

Y de pronto, con una extrañeza tremenda, igual que si una jirafa u otra suerte de animal exótico hubiese entrado en la habitación, el teléfono suena. Es una rara ave cantora que me confunde y lo observo como si no lo conociera antes de alargar el brazo, tomarlo con la mano, descolgar y preguntar lo inevitable, lo aprehendido:
-¿Sí?

Es Teresa, amiga de toda la vida, hermana de batallas, audaz confesor de todos los pecados de mi vida y compañera de más de uno que hemos cometido juntos. Pregunta qué tal y respondo sinceramente; no se hace el silencio esperado, simplemente me invita a comer, concretamos el lugar, la hora y cuelgo el teléfono con una sonrisa que antes no estaba en mi cara. Ella me alegra lo justo para seguir un poco más, para sentir el impulso necesario que evita mi hundimiento. Si Soy es gracias a ella.

Me fascina la perfección sencilla de esa llamada de teléfono que ha evitado lo que muchas mujeres, amantes más intimas de mi sudor, se afanaron por conseguir o, en su dejadez, aquello que me levantaron, como enfermedad o salpullido. Recuerdo en un instante la sensación de ansiedad que tantas de esas conversaciones me dejaron, el disgusto palpitante, el insulto al borde de los labios tras colgar el teléfono. ¿Cómo puede cualquiera amar y dejar esa sensación en la otra persona? Es obvio, no había amor.

Me levanto pensando en lo que no hay que pensar, pienso en mi destino, en el punto y seguido de la narración. Pienso en el trabajo que mañana me esperará, fiel guardián que no se cansa; luego recorro el intrincado valle de lágrimas (por ser dramático en tal tema) que ha sido para mí el mundo de las mujeres, del amor hacia ellas. Confieso que las adoro, que son para mí seres extraordinarios, entes inigualables que no soy capaz de comprender del todo con mi mala disposición de hombre que no sabe oír ni ver. Las amé con fuerza y también me amaron, aunque ninguna por mucho tiempo. La única mujer que se ha quedado en mi vida ha sido ella, Teresa, siempre Teresa. Curiosamente nunca hemos sido nada más que amigos muy íntimos, que hermanos por elección. Sé, y me agrada tener esa seguridad, que ella estará conmigo en cualquier momento, transcurriendo cualquier trance. Hoy en día sería la única persona que de verdad sentiría mi desaparición de la escena, mi huida de este mundo. Lo sé porque no quiero ni imaginarme el mundo sin ella.

Y así llega el mediodía, pensando en nada, en mi vida, haciendo lo que todos hacemos tantas veces. El espejo me recibe con consideración esta vez, amablemente, mostrándome a mí mismo o una parte que yo reconozco de mí. ¿A qué se debe este cambio? ¿A Teresa? Quizás, quizás ahí esté la clave, el fondo; puede que finalmente haya que vivir por otros, en realidad es lo que hacemos cada día: vivir por otros, porque otros nos dan sentido. Los demás, ese Otro gigantesco, nos dota de coherencia. Las personas que he ido dejando atrás, las que conforman mi presente cercano o mi presente lejano, todas ellas han dejado poso; también la muerte. Sí, la muerte también ha dejado su huella. Ha sido, junto con el resto de circunstancias, una tutora como lo fueron mis padres, exactamente en el mismo modo y sentido.

Me han forjado con golpes extraños; millares de martillos que han chocado contra mi materia y me han otorgado este yo que el espejo me devuelve. Soy obra de muchos igual que soy artífice de los demás: de Teresa, del diablo de mi padre, de mis hermanas sin hermano, de las mujeres que he amado y me amaron… Es un pensamiento alegre, es una gota del licor que da sentido a nuestra existencia. La soledad no es una opción alegre, la soledad es la que hace contar mis días como placas de plomo que he de descolgar del muro blanco de mi habitación, la que me aplasta con su calor contra las sábanas.

Sin saber por qué, recuerdo a María, nuevo nombre en esta mañana, viejo recuerdo de unas semanas. En un relámpago se me aparece la luz de su cara ante ese espejo borroso. Me rendí con ella por miedo a arriesgarme, a ser feliz, a repetir errores mil veces cometidos, Ella, entristecida pero comprensiva, aceptó, sonrió como pudo y me regaló un último beso en los labios. Quizá pueda volver a intentarlo, quizá me atreva, aunque sea tímidamente, a amarla y dejar que me ame.

No lo sé, ha sido un pensamiento fugaz que me ha animado sin quererlo. Ahora, sin embargo, salgo a la calle, cojo el metro, estoy cerca del lugar marcado y Teresa me saluda a varios metros con su gran sonrisa, con su amor gratuito. María saldrá en la conversación, estoy seguro, Teresa me animará a coger el teléfono y marcar su número. ¿Lo haré? Me tienta mucho, cada vez más. La mañana gris de pronto se diluye, los abisales desaparecen con terror por la luz de verano y no hay acuosidad en mi mente ahora. Faltan muchas horas pero ya empiezo a entender que la cama hoy me recibirá de forma muy distinta; quiero creer que el sueño será más amable y me permitirá enfrentarme al guardián de los lunes terribles, al espejo que, dormido y ajado por el abotargamiento, me muestre el examen fatal de mi fondo, la monstruosidad de mi herencia.

Deposito mi fe en que mañana todo mejorará porque hoy está comenzando a cambiar para bien. Es imposible saberlo pero confío en mañana, siempre en mañana…

Sueños de barro

En realidad hace algunos años, por causa de una excesiva intimidad, de los juegos de azar que siempre ganaban, uno y otro o una y otra adquirieron la costumbre singular de entenderse, de mirarse por encima de las mesas y de necesitarse al mismo tiempo que no sabían cómo se echarían de menos.

Llegaban las separaciones, los besos fríos y los abrazos torpes que les dejaban a medias, que aseguraban una relación menos poderosa de la que tenían en realidad. Ninguno de los dos quería separarse y las manos intercambiaban lo ya acordado junto con cierto calor que los llenaba de tristeza.

-Búscame. –Decían sus ojos. Pero su boca musitaba otras muchas palabras, pronunciaba un adiós abrupto que era definitivo, hablaba de un futuro frío como el metal abandonado bajo la lluvia y de la poca pasión de autómatas, de gente racional que no quiere sentir, que no se atreve a nada más por puro miedo. Se prestaban su tiempo mutuamente porque no podían regalarlo.

Nunca caminaron sus pasos hacia alguna gran ilusión, más bien los guiaban una estrella errante a la que ambos miraban con ojos violentos mientras él se reía e iba envejeciendo sin gracia, dejando en su cara una sonrisa, rastro penoso del pasado satisfecho.

-Todo es mentira- susurraba ella en su oído, sintiéndose fuerte si él era débil o como una niña cuando él tomaba la iniciativa. Algunas noches terminaba con el resentimiento humillante que padece el sometido; a duras penas podía seguir en su camino nocturno, abrazándose torpemente a quien tocaba abrazar.

Aquellos ambientes decadentes, llenos de humo de cigarros perfumados, de fragancias baratas, de luces de colores encendidas en lámparas pequeñas, les vieron pasar infinidad de veces dados de la mano. Los pendientes de cristal tintineaban por los pasillos llenos de susurros y risas disimuladas. Ella era siempre la estrella protagonista.

Cuando estaba sola paseaba en su habitación con lentitud, arrastrando los pies desnudos por el suelo de madera, dando pequeños pasos mientras practicaba su alemán o leía en voz alta alguna novela que siempre estaba por terminar. Aquel tiempo muerto siempre era corto, pronto se presentaba la hora de los zánganos y la casa de poblaba de distintos cortejos.

Poco a poco se quemaron las horas y sólo quedaron los ascensores de luz amarilla parpadeando en esas madrugadas frías abiertas a una somnolienta mañana. Mientras, uno de ellos, huérfano en la noche, caía fingiendo una pasión con sus labios pintados, con sus tacones rotos, sus pestañas de mujer y sus ojos claros que lo miraban todo en pinceladas de amor barato.

Él se ausentaba cada vez más tiempo; sus regresos llenos de promesas sólo dejaban paso a sueños de barro, mojados por la eterna tristeza. Ella fue bajando peldaño a peldaño hasta ese infierno de alcohol y de flores de mar.

Esperó el milagro, pero la realidad es que no cambió nada. Él se mantenía inquieto pero serio, jugando a ser joven, aunque cada vez veía más lejos sus veinte años. No importaba ¿Cómo arrepentirse cuando no hay alternativa? ¿Cómo arrepentirse si aún guardaba la esperanza, la idea de que todo cambiaría por sí mismo?

Hasta que llegó el tiempo, hasta que se dieron cuenta de sus arrugas, entendieron ya que la juventud no era suya y que se debían, el uno al otro, manías y demasiados vicios.
La inevitable crisis fue firmada con una nota garabateada, llena de desdén fingido, de convencida separación. Ella lloró todavía con el peinado intacto, con sus manos secas y las uñas pintadas de rojo intenso. Desde aquella noche no se volvieron a ver. Las cosas, sencillamente, nunca pudieron ser como antes.

Él no miró hacia atrás, como si se hubiera introducido en un túnel muy largo, buscando un destino del que no regresaría, un futuro donde el tiempo perdido quedaría inmaculado, suspendido en la oscuridad insondable.

Con la vejez llegó ese latir de pájaros revelando que su tiempo ya había pasado. Se despertaban constantemente en el amanecer de otro día infeliz, donde llegaban los verdaderos arrepentimientos de una vida caduca que se dirigía ya hacia la tumba. A veces evocaban el recuerdo material que guardaban y lo espiaban a escondidas, más avergonzados de su memoria que de el descubrimiento de lo prohibido.

¿Qué daño recordaba esa sonrisa, congelada en la foto gastada que nunca abandonaron, que nunca pudieron pagar con sentimientos más honorables, mientras fingían que su innoble vida no había gozado de aquel momento, el más brillante de su pasado tembloroso, de su juventud triste?

No encontraron la respuesta.

La problemática de “escritor”

No, esta vez no caeremos en esos vicios (que algo tienen de masturbatorios, para qué engañarnos) de los que escribimos y nos dedicamos a hablar de la dificultad de la profesión. Pero todo se andará, al fin y al cabo en internet el espacio no es un problema. Esta vez las balas corren en otra dirección y es que no es lo mismo Stephenie Meyer que Pierre Michon.

En el mundo en general y en España en concreto, por ser un caldo concentrado de bastantes vicios y últimamente de pocas virtudes, el panorama editorial se ciñe a un tipo de género (tomándolo por lo general) dedicado a las novelas de entretenimiento. Hace algo más de un mes leía en El País un artículo de Belén Altuna donde señalaba una cifra muy significativa: en nuestro país tenemos una media de publicación de 52 libros al día. Multipliquen y les dará la bonita cifra de casi 19.000 libros al año. No podemos irnos a las estadísticas de población lectora porque nos encontraremos una miríada de datos dispares a cada cual más triste o increíble (alternandose) Para aquel que le interese más, recomiendo el post del Bibliófilo enmascarado donde resume el informe de 2010 de la federación de Gremios de editores de España sobre estas y otras cuestiones de las que también se hablarán aquí.

En el post mencionado también se citan los libros más vendidos y leídos del año pasado y ahí vemos encumbrando la gran lista de los cinco a la ya mencionada Meyer, a Stieg Larsson, Ken Follet o Maria Dueñas con su Tiempo entre costuras (libro más vendido del año pasado)

Ahora con los datos citados paremos a reflexionar un momento: decíamos que en España y sólo en España se publican 52 títulos al día, al mismo tiempo decímos que existen grandes nombres que copan las cotas de mercado con sus “tochos”, libros que pueden estar muy bien (antes de entrar en más harina) pero que todo el mundo sabe que precisamente cultos cultos no son, lo cual en principio tampoco parece que suscite ningún problema porque el primer motivo de lectura suele ser el ocio. Sin embargo, en el mismo artículo de El País, Antonio Gómez Rufo, presidente de la asociación de escritores concluía con que “no hay tanto lector para tanto libro”. Es evidente que hay que discrepar, al menos este que suscribe lo hace, somos cuarenta y siete millones de habitantes en este país, se publican (redondeando) 20.000 títulos al año, la cuenta da a más de dos mil trescientas personas por libro publicado. El asunto de los best-seller con este ritmo de publicación (e insisto que es sólo en nuestro país cuando en otros el número de ediciones es mucho mayor) parece absurdo. ¿entonces, por qué existe? Bueno, por una serie de factores que vienen a resumirse en uno sólo, la publicidad. Todo producto se mueve de esta manera. Conclusión: la cifra de publicaciones es poco importante, al final siempre quedará por encima la lista de los más leídos y más vendidos.

Esto no es algo malo, la afirmación podría sorprender dada la linea de este texto, pero la entiendo como cierta. Al fin y al cabo, como decía, muchas de las veces leemos por diversión, por ocio, no queremos el porcentaje de publicaciones aburrido que trata de manuales, ensayos y demás morralla que pueda no interesarnos, queremos literatura y la literatura no es necesario que sea “culta”. Ese, ese exactamente, es el dogma insano, ese y ningún otro. Que Stephenie Meyer sea la más vendida dentro de la sección de infantil y juvenil es un fenómeno sorprendente (por no usar palabras ofensivas) ¿por qué? Porque sí existe una literatura culta y no es peor, no es una literatura pedante si no que es una buena literatura, al contrario que esos textos escritos por y para una sociedad mal educada que no tiene ni las capacidades ni el conocimiento de dejar a un lado a Harry Potter o Crepusculo y enfrentarse a Conan Doyle, Alexandre Duma o Julio Verne, siendo estos tres escritores de la misma categoría que J.K.Rowling o la señorita Meyer, libros escritos sin grandes pretensiones, únicamente con el objetivo de entretener.

Sin embargo no queda ahí la cosa, podría pensarse que es un fenómeno que se circunscribe al sector juvenil y punto, pero no. La prensa más vendida en este país es la que habla de deportes, seguida por la prensa rosa. Los libros que la sección adulta compra para su entretenimiento son Ken Follet, Dan Brown o Carlos Ruiz Zafón, autores que podrán escribir bien y desarrollar unas historias buenas, interesantes, que sepan coordinar en un hilo adictivo y para todos los públicos. Sin embargo estos escritores, como otros, se preocupan poco por su profesión y se limitan a producir textos en una misma linea, textos gratuitos que no quieren decir nada por sí mismos, que están huecos; son historias, libros capitalistas en el sentido de la filosofía de oferta y demanda; simplemente ante una sociedad iletrada se ofrecen unos libros sencillos en los que se da todo bien migado y donde, tanto para escribirlos como para leerlos, no es necesario tener una educación amplia en ningún campo. Esa literatura no es arte.

La problemática de “escritor”, que no “del” escritor, se refiere a la palabra, al “ser” escritor, al calificar a alguien como escritor. Ocurre lo mismo con los compositores, Satie decía de sí mismo que no era músico. Las nuevas ramas, las “vanguardias” han hecho retorcer el arte culto y ese sector “vulgar” “común” del que se alimenta la mayoría que, siendo realistas, no tiene las herramientas para entender algo más elevado, ha recogido el testigo del arte haciéndose con las palabras que antes ocupaban los otros.

Es decir, el verdadero problema es de terminología; el escritor, el músico, el artista, ahora se dedica a escribir para el “pueblo”, (enmarañándose en querencias políticas de todo tipo y afiliación) un pueblo al que también se minusvalora. Las personas podrán no tener ciertas facultades, pero tampoco era mejor hace cincuenta o cien años, el problema es que, si bien la oferta no se ha rebajado, sí que lo ha hecho la producción de obras menores que, por influencia educacional y social, se ha convertido en lo más leído.

Queda la solución evidente e impracticable: la escisión. Dividir la palabra escritor, crear nuevos términos para seleccionar los “buenos” escritores, aquellos con formación, con una escritura seria y afanes artísticos y alejarlos del resto. Separar a una Stephenie Meyer cuyo mérito es (disculpen la dura calificación pero semánticamente es la idónea) ser mediocre y haber tenido la suerte de vivir en un mundo con una gran cantidad de mediocres, (que no tienen [del todo] culpa de serlo, son víctimas de su sociedad) de un autor como George R.R. Martin que en este momento también se encuentra en boca de muchos por su serie Canción de fuego y hielo. Sin ser Martin un escritor artístico sí mantiene cierto nivel. Al igual que en “el sector adulto” tampoco es lo mismo Ken Follet o Dan Brown (aunque también hay que reconocerles ciertos conocimientos y cierta pericia estilística) que Ian McEwan o Pierre Michon, autores que buscan algo más allá de darle un bocadillo de letras al lector.

En resumen, el problema es irresoluble. Escindir la palabra no serviría de nada, además de no poder darse semejante fenómeno. Pero todo esto no significa que haya que ignorarlo, está ahí, palpitando y sería benigno de no ser porque los autores más cultivados están saliendo perdiendo con mucho, están siendo arrastrados al rincón de los marginados. Como consecuencia la sociedad cada vez es más inculta, la decadencia del arte y del conocimiento es alarmante y sería muy bueno fomentar una lectura más profunda, no tan gratuita ni donde no se habla de nada, donde no se incita a pensar. Es bien cierto que el primer motivo de leer literatura es el ocio, pero lo aberrante es terminar un libro y no haber aprendido nada nuevo.