El libro

«Mil caballitos persas se dormían
en la plaza con luna de tu frente,
mientras que yo enlazaba cuatro noches
tu cintura, enemiga de la nieve.»[1]

 

Ya han apagado las luces, y los perros están guardados con las herramientas de labrar. Cuando baja la luna salgo al balcón porque el calor se calma, porque en las calles corren ecos de risa y murmullos bajos de canción de cuna. Huele a jazmín y a hierba regada. Cuando baja la luna se perfila la tinta de estas páginas marcadas con un cordoncito rojo, y yo leo. Leo. Pronuncio el nombre de todos mis muertos, y la luna les trae conmigo uno a uno y les busca asiento a mi lado.

Escuchamos juntos el gemido lento de las ventanas abiertas, de donde se asoman las cortinas manchadas de intimidad. Si alguna brisa mueve las ramas nosotros cerramos los ojos, y soñamos con el rumor de un océano lejano de olas negras. Un barco blanco se pierde en los pliegues de seda, la mar lo envuelve sin despertar ningún grito.

Sigo leyendo. Leo. Leo sobre cúpulas rotas como una cáscara de huevo abandonada en la llanura, con sus ventanas sin cristales, con sus muros de barro bajo un sol ansioso por devorar el silencio. Las cigüeñas han huido. Los hombres tienen las cuencas vacías, donde una vez estuvieron los ojos hoy han hecho su nido el azor y las arañas. Aquí el corazón es un tambor resonando en el espacio vacío, y las venas llevan el rumor de un río oscuro.

La noche avanza. Los muertos ya han vuelto a sus camas, arropados bajo una sábana de polvo y barro. Las flores nacen de la herida de sus calaveras, y esparcen su perfume desde las cunetas. La luna cuelga en lo alto de la iglesia. No hay gemidos lentos ni risas ni rezos ni melodías de canción de cuna para mis muertos.

De abajo me llega la respiración de un millar de cuerpos cálidos, porque la plaza se ha llenado de caballos, con sus cascos les sacan brillo a las piedras y se sacuden el calor mansamente, sin apenas ruido. Huelen a camino y a hombre como el jinete huele a caballo y camino. Me esperan y yo voy con ellos. En la fuente me mojo el cuerpo y me inundo la cara, luego me dejo ir por las calles seguido del sonido quedo de las castañuelas. Se acaba el pueblo, salimos al campo, amarillo cuando hay un sol amarillo, ahora sin color como pelo de luna. Los caballos se asustan de sus pasos enmudecidos, corren, galopan y revuelven esta quietud estéril hasta desaparecer a la sombra de un árbol solitario, viejo olmo de todos mis sueños, inclinado en la orilla de una laguna llena de juncos, ese árbol tiene el nervio quemado por un rayo de plata que rasgó la noche cuando yo era un niño.

Tengo miedo. Tengo miedo porque la nariz se me llena de incienso y los oídos del murmullo de hojas muertas. Tengo miedo porque la espada brilla sobre mi cara y me marca las mejillas con arañazos de cristal. Tengo miedo del percutor y su trueno, de la pólvora que me llega con el incienso y de la bala que despierta una flor carmesí. Tengo miedo del aire que no me llega y del tiempo que ha de pasar, de las sabanas arrugadas y de los espejos. Pero el miedo sí me permite avanzar por el campo que la luna hechiza, reconozco en la hierba crines de caballo blanco, y los arbustos son huesos retorcidos llenos de botones dulces.

Camino y me pierdo. Me pierdo con todo mi cuerpo, con mis pies y mi cabeza, con mis pulmones y mi pelo, con mi lengua, con mis manos. De estas manos ha comido un príncipe de piel de trigo y perfume de tierra. Sus ojos eran dos alfileres de plata y hería mirarlos. Yo le esperé en mi casa, pero llegó turbio, comió, bebió un poco de agua, limpió sus labios en los míos, y se lo llevó la noche en su caballo. Después bajó la luna.

Sigo leyendo. Leo. No. Ya no leo. He cerrado el libro.

No.

No.

Despierto.


[1] Federico García Lorca, Gacela del amor imprevisto (fragmento)

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La voluntad insalvable

“no te salves ahora / ni nunca / no te salves” – M. Benedetti

Un hombre sueña: su hermana pequeña corre por una pradera con un conjunto blanco, la madre de ambos grita porque ya imagina las manchas verdes en su vestido, él arrastra una gran canasta de mimbre. Parece posible, pero nunca ha pasado.

Cae en una nebulosa gigantesca durante eones y no se consume. Hay formas estallando en la oscuridad, son afiladas, cambiantes, está en el fondo de un caleidoscopio Siente tristeza. ¿Por qué? Hay una herida abierta en el universo, una brecha. No cae hacia ella, pero se encuentra a un paso de precipitase si lo diera, si quisiera suicidarse. Sí, guarda conciencia de la muerte aun sumido en ese campo de ilusiones.

El abismo es inmenso, infinito, un acantilado cortado a pico en medio de ninguna parte, ambos lados son parecidos, la hierba crece sana, hay árboles frondosos, mariposas, pájaros, otros animalillos, ciudades, continentes, personas. En ambos lados de la brecha se han ido juntando millones, muchos de ellos sólo miran el otro lado con curiosidad o pereza, luego se vuelven sin más atención, pensando en sus muchos quehaceres.

Él también está ahí, observa a una persona que le devuelve la mirada. En los límites hacia la caída han clavado algunas ramas e instrumentos como si fuera el inicio de un pequeño puente. Otros les imitan, a lo largo de miles de kilómetros varias personas han conseguido terminar el puente, su número es trágicamente pequeño.

Pasa el tiempo, no importa cuánto. En su imaginación se intentan colar otras imágenes, otros sueños. Los caballos corren desbocados destrozando un lienzo rosa. Viaja hasta una ciudad gris llena de chimeneas, hollín y abandono, tiene frío en las manos y en los pies, se ha refugiado en el último piso de una fábrica en ruinas. Va a morir. Bucea en las aguas opacas de un océano lleno de peces brillantes, busca un barco hundido y maneja un arpón. Su madre en la mecedora donde pasó los últimos días de su vida viendo la telenovela. Su hermana otra vez. Un momento… nunca ha tenido una hermana. No importa, los sueños no tienen el mismo sentido de lo lógico y lo real. De hecho, su madre está viva. Le arrastra la gravedad de esa herida universal. Shakespeare grita «una vez más en la brecha, queridos amigos» y ríe a carcajadas como Papá Noel.

Retoma el sueño donde lo dejó, o casi. El puente ha crecido, ambas partes lo han hecho, es un puente fabricado con restos, parece una planta extendiendo sus ramas ávidas de alimento hacia el otro lado. No obstante, no puede evitar notar que su parte del puente ha crecido más que la de su contrario. Al principio no importa, sigue alejándose en busca de ramas, cuerdas, y pequeños objetos. Utiliza su chaqueta para dejar el “tablón” bien prieto. Da un paso más, se encarama a su maltrecha construcción para añadirlo. No se atreve a mirar abajo, pero busca el otro lado. Su contrario no le mira, tampoco trabaja, está quieto y presta su atención a varias personas cercanas, a quienes se alejan y le invitan a tomar un café en una lejana ciudad. Ese otro duda, no sabe si decir que sí, y el hombre encaramado en su parte del puente siente algo quebrándose dentro, clavándose en sus pulmones. De pronto respirar se hace difícil, así que baja del puente y se sienta en la hierba a esperar que su contrario vuelva y quiera reanudar la obra. Mira a su alrededor, también le invitan a alejarse del abismo, pero él les muestra su pecho ensangrentado, lleno de cristales, y dice que no le interesa salvarse.

Llega la noche, es curioso porque hasta ahora nunca había diferenciado la noche y el día. El otro no vuelve, tarda demasiado, ha perdido el interés en la construcción, en alcanzar a quien quería llegar hasta su orilla. Demasiadas dificultades. ¿Por qué perder más tiempo? ¿Por qué arriesgarse a la caída?

Ya no hay nadie en la brecha, nunca han existido, únicamente la parte de su puente se mantiene elevada como una patética hoja seca, a punto de perder esa casi inexistente fuerza que la conserva aún en su lugar. Él no puede más, cierra los ojos, su respiración se hace pesada, se hunde en el aire rojo de sus pulmones. Moisés abre las aguas. ¿Por qué no? Entonces pierde el equilibrio pese a estar ya tumbado, la tierra se inclina y cae al abismo rodeado por tablas, ramas, ladrillos, hilo de seda, y otros objetos.

Entonces, como en muchos sueños terribles, la sensación de ahogo traspasa la fantasía onírica y el cuerpo se estremece nervioso, en un movimiento exagerado se incorpora con el grito en la boca. Respira, mira a su alrededor, la habitación no ha cambiado, el reloj sigue con su monótono ruido. Cae rendido sobre la almohada, entonces descubre el sudor frío de su piel y se pregunta si ha gritado realmente. Piensa con dificultad, sus reflexiones avanzan raptando en una sustancia fangosa. Sí, ha gritado.

Esta vez baja de la cama ligeramente mareado, avanza tocando la pared, el marco de la puerta, el pasillo. Las baldosas de la cocina le devuelven a la realidad. Abre el grifo, deja el agua correr y llena un vaso. Bebe de un trago todo el contenido, luego se queda mirando su reflejo en el espejo. Los detalles del sueño ya se han borrado, sí recuerda el abismo, el puente inacabado, la persona al otro lado. Sabe quién es porque lleva dando vueltas a su nombre casi un año. Demasiado tiempo de incógnitas, de no saber, de un tira-y-afloja agotador. Mañana hará una llamada, un ultimátum. No pueden seguir así, sin estar juntos ni separados, es insano. Sí, comprende el sueño, y precisamente por eso no quiere dormir y verse trasladado a ese no saber cuándo volverá el otro o si querrá recomenzar la construcción del puente. Enciende la televisión y pasa los canales

Vencido, perdido, soñado

Nada dirás, nada verás porque vagas en medio de un desierto igual, desierto de materia electa, porque puedes elegir, puedes pensar qué prefieres en tu pequeño mundo-infierno. Pero al final prefieres la arena porque la metáfora es rápida, porque son granos ínfimos creando una masa informe, yerma como tu vientre. No, nada puede crecer en ti. Eres una fuente seca que no ve, que camina, se agota, se deja tragar por las dunas una y otra vez. Al final te acosan esas grandes aves negras y azules con el pico como fauces y las garras como de acero y tú caes, agotado, vencido como sólo los muertos son vencidos, vendida tu libertad al otro, subyugado a la voluntad contraria que ahora te parece mejor que la propia. Aceptas porque has perdido, porque la batalla te ha dejado hueco, obsoleto. Firmarías cualquier cosa que el diablo te presentase. Y tú, porque eres débil cuando él es fuerte, firmas que sí, que eres suyo o más aún, firmas que eres él y cuando estás terminando te crees perfectamente aquello que has escrito.

Pero no llega la paz. Apenas el mundo vuelve a ser, tú te encuentras relegado a las losas de un sótano y se alzan a tu alrededor las formas monstruosas de un coro con capuchas rojas. Son jueces todos ellos y uno lleva la balanza igual que otro porta la espada. Son armas como el libro en el que un tercero escribe. Hay un último te mira con ojos brillantes bajo la sangre de su tela. Te mira y tú gritas que no, porque ellos los envía él y lo sabes. Te acorralan, te señalan, se vuelven enormes sobre ti y gritas como si estuvieras en una pesadilla, porque estás en ella. Te encuentras contra las puertas de la justicia y por más que pides permiso, nunca te dejan pasar.

Empieza a pesarte la incoherencia, despiertas de un sueño pesado que no recuerdas haber comenzado, estás empapado y lloras un poco. Gimoteando por lo patético, por lo real de ese momento en el que entiendes que todo ha sido un sueño ¿Pero lo ha sido?

De repente te arrancas la ropa y la lanzas al suelo, te quedas desnudo en medio de la habitación, rodeado por cerámica limpia hasta en su molécula más pequeña y te revuelves el pelo, coges aire y te miras al espejo. Entonces rescatas un trozo de papel perfectamente doblado y lees lo allí escrito con voz grave, autoritaria, como si realmente fueras un brujo proclamando su hechizo:

“Nosotros somos los salvajes, los hijos de la ira. Somos los hombres que han comido de las manzanas de oro y se han acostado con las yeguas vírgenes en los campos donde Áres practicó con su lanza.

Nosotros vagamos bajo la mirada de un padre divino, a nosotros nos acoge la madre celosa y no somos sus hijos. ¿Cuándo llegará el momento? ¿Dónde estarás tú cuando prenda la yesca y arda el campo y las páginas, cuando la espada caiga abrasada y la balanza se incline mientras se derrite el bronce con el que está fabricada? No estarás, porque antes vagaremos entre los enormes huesos de una civilización perdida, entre el olvido de nosotros mismos sobre calles de cristal. Terminaremos paseando sumidos en la creencia bajo el mismo cielo hasta que saldemos la cuenta que todos hemos de saldar.”

Realidad sonámbula

Me levanté sin tener realmente ganas de hacerlo, pero debía, me sentía empujado por ese agotamiento febril que no puede ser vencido por nada y que me aseguraba que, por mucho que estuviera acostado, nada iba a cambiar ni mejoraría mi estado. No dormiría, ya no.

Había tenido un sueño extraño que ahora sólo recordaba a medias; en mi imaginación se disponía una extensión enorme de color azul oscuro, bien podría haber estado cubierta de hierba o ser agua. La temperatura era muy baja y alguien, esa sombra indescriptible que protagoniza nuestros sueños, se acercaba a mí, me miraba largamente y hablaba de algo ignoto completamente olvidado por mí. Luego esa sombra me besaba y tal y como me besaba se convertía en una boca enorme que me devoraba con dolor. Fue ese el momento en que me desperté, sobresaltado en mitad de la oscuridad. Observé la habitación y, a mi lado, durmiendo plácidamente, estaba esa otra persona que comparte mi cama y, que en ese momento de extraña confusión, me pareció como un objeto, algo ajeno a mí, irreconocible. Le mire de arriba abajo, cubrí toda su anatomía inerte y podría haber sido un cadáver abandonado o un títere dejado de forma abrupta sobre la cama. Esa imagen me impresionó, fui consciente de que era mi mente la que construía esa quimera, la que me guiaba por los callejones borrachos de la debilidad nocturna, de la fiebre del alcohol ingerido en la cena, de la pesadilla despiadada que me había acosado hasta derrotarme, hasta devolverme al mundo real de la misma manera en que Alicia hubiera sido exiliada tras cortarle la cabeza, arrojada contra el dorso del espejo que haría pedazos.

Preferí no mirar a mi lado de nuevo, volver la vista a la ventana, de donde surgía la amarillenta y algo lejana luz de la noche. Me acurruqué en la cama y quise dormir pero no pude, balanceándome en el insomnio que me llevó por fin a esa meta del erguirse, vencido en la parodia de levantarse de una caída sin derrumbe, siendo el desvanecerse el hecho de elevarse.

Deambulé en ese anacronismo, horas después de despertar, sin atreverme a verificar o desmentir el objeto que aún dormía en la cama. Abandoné la habitación buscando la libertad de poder ser yo mismo, aunque más torpe que de costumbre, sin la urgencia del silencio ante el miedo de despertar al otro. Me dejé caer en algún asiento y así vi pasar la quietud de las horas, las perezosas briznas de luz artificial que poco a poco se fueron apagando y convirtiendo en esa palidez homogénea del amanecer. Entonces me levanté, sin saber de qué manera había gastado el tiempo blanco que mi pesadilla me había brindado. Pude aprovecharlo en la nada, pude haber imaginado o discurrido sobre los hechos que acababa de vivir, pienso que ni siquiera en lo primero me detuve sino que yací ahí, igual que una cáscara vacía, objeto abandonado de su propia consciencia.

Recobrar la propia movilidad es, por lo general, algo fácil, tan habitual que es imposible darse cuenta del hecho, sin embargo, para mi en aquel momento no era de esta manera. Yo, yo que había servido de estatua levemente móvil a la noche, espectadora única de aquel posado, tenía que revivir, hacer funcionar a un cerebro que era todo oquedad y abrir mis articulaciones de cerradas que se encontraban por el frío y ese sentimiento de solidez. Finalmente conseguí levantarme, en realidad el proceso duraría unos segundos pero no importa el tiempo que contabiliza la esfera del reloj sino ese propio que convierte lo que es absurdamente cuantificable en algo relativo como el mundo mismo. Mi motor, esta vez, fue un sonido obsceno, surgido de mi estómago, algo tan vulgar que era imperioso de contestar.

La cocina me acogió fría como un anónimo, puse la cafetera, hice las tostadas y lo serví todo en el salón, buscando una estancia más acogedora, menos cerámica e inflexible. Sentado en la mesa, mirando por la ventana el día que nacía escuché la voz del otro, del que había confundido con un objeto en mi enloquecido momento. Sentí un escalofrío con aquel saludo tan coloquial, tan común, que me lanzaba esa persona cotidiana, conocida y que no sospechaba nada de la criminalidad con la que había huido de la habitación, del sueño y de la cama, nada podía saber de que le había disminuido a la categoría de cosa, de mero objeto; le había destruido. Ese escalofrío fue sustituto del miedo de criminal atrapado, pero a mí nadie me había esposado, yo sólo sufrí y digo sufrí, un beso en mi nuca que me recordó a aquel que había sufrido en el sueño, sólo que este era muy distinto, a este no le siguió una dentellada terrible sino un rostro sonriente, adormilado, que me devolvió de pronto la humanidad y el mundo.

De pronto supe que estaba despierto.

“Arte contemporáneo”

Dedicarle tiempo al arte, como a todo, requiere cierta paciencia y predisposición hacia ello. Lo difícil, muchas veces, es salir del museo, centro de arte o fundación con esa agradable sensación de que el tiempo empleado a merecido gratamente la pena. Para aquellos que amamos con pasión el arte no es tan grave, ya que se trata de algo así como de ir al cine y que la película resulte ser mala, pero para el perfil del visitante ocasional la cosa se complica. Sobre todo si lo que estamos visitando es “arte moderno”.

A las puertas del “Festival de Otoño en Primavera” que recoge teatro, música y danza de corte más “contemporáneo” o “vanguardista” (y es hay que usar con muchas comillas estas palabras con el peligro de ofender a alguien) pensar en el ese arte mal llamado “moderno” suscita cierta controversia. La definición es muy peliaguda por sí misma. ¿Qué es el arte moderno? ¿No lo hemos superado ya? ¿No estamos en el post-modernismo? ¿Realmente estamos seguros de no ir a resaca del modernismo y estar en algo así como la sobre-modernidad, y por tanto en un nivel intermedio antes del próximo paso? Todas estas preguntas están ahora en el ambiente. Este que suscribe incluso se las ha propuesto de manera tan insistente que ha optado por tomar un camino que puede llevar a cualquier cosa: escribir un ensayo, o intentarlo al menos. A nivel personal se busca una respuesta que satisfaga. Sin embargo, en este momento para salir del enredo vamos a llamarlo “arte contemporáneo”, que parece el término que menos salpullidos va a levantar.

El arte contemporáneo, pues, se caracteriza por ser un arte difícil, cuya nomenclatura levanta problemas por doquier, cuya explicación y argumentación raya lo interminable y que provoca enfrentamientos por todos lados. Hay que entender el arte contemporáneo, y se escucha mucho esa frase lapidaria del que le gusta al que no: “es que no lo entiendes”. De poco sirve la sentencia, aunque bien es cierto que muchas veces, un gran número de veces, de hecho, ese al que no le gusta suele caer en el dogma de lo pérfido del arte contemporáneo y de su poco valor. Es un arte difícil, eso es cierto, y muchas veces uno ha de pararse un momento a profundizar la obra, a meditarla, quizá a pensarla o quizá a sentirla. La mayoría del público no se para a ese punto y por eso se está volviendo una corriente elitista, o parece oler a eso.

Desde Marzo y hasta finales de este mes en el CaixaForum de Madrid se ha dado la primera parte de la exposición “El efecto del cine”, que llevaba por nombre “Realismo”. La segunda parte será inaugurada en Barcelona, en Mayo y será: “Sueño”. A falta de ver la segunda parte, de la primera he de decir que me ha impresionado mucho. Se trata de una selección de material cinematográfico donde se da una muestra de la manipulación técnica que la cinematografía tiene como poder a ejercer si quiere. Particularmente a un servidor le ha fascinado la instalación del francés Isaac Julien, llamada Fantôme créole, donde se exponen en cuatro pantallas distintas escenas y perspectivas de diferentes realidades, pero con un fondo común. La película habla de lo dispar de las naturalezas del hombre, del mundo en el que vive, de la civilización, de la expresión, de los antagonismos y también de algo profundo que todo ello comparte. La imagen, la cuidada luz y el espectacular juego de música y sonido hacen de tal instalación una de las mejores que he visto, junto con el resto de la exposición. Mi enhorabuena al comisario, merecerá la pena visitar Barcelona para ver la segunda parte.

En el CAB, Centro de Arte Caja de Burgos, uno de los museos abanderados del arte contemporáneo en Castilla y León (junto con el MUSAC), existe ahora una exposición temporal de Carlos Garaicoa llamada “Noticias recientes” que reflexiona sobre la arquitectura y su monumentalización, sobre la construcción y la perspectiva del mundo, así sobre ciertas impresiones que suscitan. Saca de lo real su patrón para reflexionar y “garabatear” sobre ello. Es una buena exposición y merece la pena acudir a ver la impresionante arquitectura del edificio.

Muy a la zaga de esa controversia con la que empezábamos esta publicación se encuentra la exposición del CAB. Carlos Garaicoa nos está hablando en su exposición de la decadencia del modernismo y de sus intentos, de lo utópico de ciertas ideas y de las mismas ideas adheridas a esas arquitecturas que hoy día aún se ven o que ya han desparecido dejando unos recuerdos tan finos como hilos enhebrados en alfileres. La superación de tales estructuras y la resaca que venimos teniendo acerca de ellas aún hoy es una buena muestra de lo que pasa a nivel general. ¿Qué ocurre con el arte contemporáneo? Que no es moderno, porque ya ha pasado esa época, pero aún no sabemos bien qué es y los propios artistas (en el arte que sea) no saben bien dónde nos encontramos. Desde mi punto de vista la resaca del modernismo es de esas épicas que tardan mucho tiempo en pasar, que te tienen confuso, postrado en cama y con un sabor amargo en la boca. Ese mismo sabor que muchas veces te deja una exposición con muchas ínfulas o una obra de teatro extravagante por gratuidad. Sobre el arte contemporáneo aún hay mucho que decir, aún hay mucho que pensar y ya es hora de darse cuenta de ello y empezar.