Perder

Existe una ciudad, escondida entre las lomas que crecen en la estepa amarilla, bajo un cielo de color puro donde las nubes se arrastran y dejan huellas nebulosas. La ciudad está en ruinas, cubierta de maleza y árboles que abren muros y techos en busca de la luz. Los adoquines son resbaladizos, se han convertido en una superficie levantada por las raíces de los árboles y carente de sentido. El camino se confunde con los restos de la iglesia desmoronada. Todavía allí resiste la imagen de una virgen, rota, con la cara salpicada de un rojo inexplicable, expuesta a la lluvia y al sol, sin corona y con ratas recorriendo los restos del altar, colándose entre sus pies desnudos. La imagen observa la calle arruinada, desde la cual un único espectador le devuelve la mirada, fascinado por su permanencia entre los débiles muros. No hay arquitecturas verticales en esta ciudad vencida a la naturaleza.

El lugar es necesario, lo habita un hombre, una sombra. Una voz que entabla conversaciones con lo perdido en las salas pintadas por personas que ya no existen, buscando el eco de sus palabras como respuesta que ocupe el lugar dejado por aquel que falta.

Tiene la costumbre de dormir en las calles de la ciudad; se tumba para observar las ramas de los árboles que prenden un paisaje celeste cada vez distinto. Piensa en esos olmos vigilantes de la calle, alternados con farolas apagadas, derrumbadas como si ellas mismas fuesen árboles vencidos ante el tiempo.

Se pregunta qué produce una obsesión. Podría ser la evolución natural de los deseos, pero si estos se desarrollasen no se enquistarían de tal manera; tampoco si lo anhelado se olvidase, pues así se diluiría en el tiempo sin dejar rastro. La represión produce esa ofuscación, alojada en lo profundo para hacer nacer una planta trepadora, difícil de eliminar.

Las obsesiones se propagan por el cuerpo, lo envenenan para darle un cariz distinto a su sangre. Se inocula de forma tan natural que termina por conquistar al desdichado pese a la voluntad de lo contrario, pese a conocer en todo momento la dirección a la que se quiere llegar. No importa lo mucho que se quiera evitar, al final el hombre gira la cabeza, la eleva hacia una ventana conocida. Busca en ella la luz que revele que al otro lado hay alguien, una persona distinta a cualquier otra, el objetivo de su obsesión; agua, oxígeno y luz de la planta que germinó desde su deseo refrenado. No existe antídoto, la racionalidad sirve de poco. No importa que la ventana ahora enmarque una parcela de azul y nubes, él seguirá mirando, ocupado en observar el pasado una y otra vez.

Su obsesión le impide abandonar esa ciudad. Se abre paso entre los restos de momentos que una vez tuvieron lugar, recuerda con calidez lo que ahora le produce frío. Se divierte contando las pulgadas que gana una grieta cada día, hace cálculos para saber cuánto tiempo se necesita para que todo se convierta en polvo. Las estructuras se vendrán abajo, terminarán por aplastar la virgen manchada, entronizada en la miseria.

Pero un vagabundo se debe a los lugares conocidos donde sabe encontrar un refugio. Quiere volver al pasado, repetir las escenas que le hicieron feliz, continuar el camino prometido. Todos los días son un fantasma que se anuncia expirando desde sus sueños cuando despierta, acompañándole con el viento que se cuela por las ruinas y le sorprende con quejidos futuros ya imposibles. Como si el mañana ya hubiera ocurrido en esa ciudad a la que se agarra, desmoronada por la inconsistencia de los deseos y cuyas ruinas permanecen porque no han sido contadas, por la obsesión de un hombre que fue feliz hasta que perdió a alguien.

Lucía

Estaba quieta. Tranquila, con una taza de café en la mano, sentada en una de esas terrazas donde las carteras abultadas de la ciudad se reúnen para relajarse de sus siempre interesantes vidas. Ella estaba sola y no aguardaba a nadie, aunque muchas de aquellas personas esperasen que llegase una amiga, un familiar o, en el mejor de los casos, un hombre que se sentase a su lado. Lucia –así se llamaba- sabía perfectamente que las miradas disimuladas que le lanzaban mujeres y hombres se debían a ese interés que suscitan las personas solitarias en lugares donde todo el mundo se junta en ruidosos grupos.

Aquel día llevaba un vestido azul claro y miraba la gente pasar. Era verano, un día de esos radiantes en que el calor nos aplasta contra el pavimento. Pero allí, a la sombra de los alisos que poblaban la plaza cercana, uno se encontraba cómodo y el bochorno era soportable ya que llegaba un vientecillo fresco desde el río más allá de los árboles.

Aunque de ordinario solía merodear por aquel lugar un viejecillo con un violín ajado, aquella tarde no había rastro del hombre ni de su instrumento. No había música y Lucía lo agradecía tanto como agradecía los días en que sí aparecía el anciano con sus canciones desafinadas. El silencio se mezclaba con el sonido de las hojas al castañear con el paso del viento y también con las voces, no exageradamente altas, de todas aquellas personas bien vestidas que conversaban sobre la familia, el dinero, la política y el deporte. Ella disfrutaba de su soledad, disfrutaba de aquella compañía murmuratoria de las gentes “de bien”, que elucubraban sobre su extraña aparición en la pequeña ciudad, sobre su soledad, sobre su amabilidad. Era, sin embargo, un pueblo en su fondo y sus cuchicheos siempre desembocaban en alguna truculenta historia o en un mal pensamiento incoherente y sin sentido. Se dijo que era la querida de varios hombres importantes, luego se la rebajó a criminal huida y unas beatas incluso dijeron que era la hija ilegítima del alcalde, pues habían coincidido juntos en un restaurante el sábado anterior. Sobra decir que Lucia no amaba a nadie en aquel entonces ni tenía cuentas pendientes con la justicia ni tampoco conocía de nada al alcalde.

Uno de los muchos panaderos de la ciudad era el único que sabía quien era Lucia, aunque la respuesta al enigma era de lo más inocente ya que se trataba de su sobrina, a la que hacía años que no veía y que había decidido tomar unas pequeñas vacaciones en aquella ciudad de donde era originaria toda la familia. Aún con todo, la joven había preferido hospedarse en un hostal –cercano precisamente a la plaza de los alisos- antes que en la casa de su tío. No era un insulto hacia su familiar, simplemente Lucía era muy independiente y prefería una habitación ajena a un ritmo de vida al que adaptarse. Se lo podía permitir, por lo que todo estaba bien.

De ella poco más podríamos decir. Tenía veinticuatro años, trabajaba de gerente en un hotel de Barcelona y vivía allí con su hermana mayor. Sus padres tenían una librería en Alicante e iba a visitarles una vez al mes. Como ya habíamos dicho no tenía pareja, pero sí se encontraba en aquel lugar por un asunto de amor. Lucia había estado saliendo con un chico durante dos años, hasta que un día este desapareció sin dar ninguna explicación. “Ya no es como antes”, había dicho, y no le volvió a ver. Ella a pesar de llorar un par de días y sentirse desconsolada, llegó a comprender que él tenía razón. La relación no era como al principio, se habían cansado, vivían su “amor” con monotonía, iban al cine, se acostaban, comían fuera de cuando en cuando y hacían todo lo que se consideraba que una pareja de su edad debía de hacer. Pero de aquel ardor del principio, de la fascinación del uno por el otro, de la intensa entrega a la que se habían sometido los dos, de todo aquello no quedaba nada, tan sólo las brasas del fuego.

Había pasado un mes y llegó el verano. En inicio se había planteado pasarlo entre Barcelona y Alicante pero se dio cuenta de que debía de salir de su monotonía, marcharse a un lugar donde poder pensar, estar sola, encontrarse a sí misma por así decirlo. Entonces se acordó de su tío, que regentaba una panadería en una ciudad del norte y decidió ir allí, en parte por conocer la casa y la ciudad donde habían nacido sus padres, sus abuelos y también sus bisabuelos, en parte porque era el lugar perfecto para descansar. Los recuerdos que guardaba del lugar de las visitas antes de los diez años eran muy agradables para ella.

De aquel viaje, de aquella estancia y descanso, Lucía había entendido varias cosas. La primera era que debía de quererse a sí misma lo suficiente como para darse cuenta, igual que lo había hecho su expareja un mes antes, de cuándo las cosas dejan de ser lo que realmente quiere. Parece algo sencillo, pero es muy fácil dejarse arrastrar por la inercia y su comodidad. La segunda era la ratificación de la ilusión de su vida, algo que había sido una mera fantasía hasta aquel momento, pero que deseaba con todo su corazón. Ella quería abrir su propio hotel, algo pequeño, modesto, en algún lugar de la costa catalana, en un caserón donde se viese el mar desde la ventana, con las paredes encaladas y las contraventanas pintadas de azul real. Ese era su sueño y estaba convencida de pujar por conseguirlo, aunque sabía que era muy joven. Su plan, entonces, era esperar hasta los treinta años, ahorrar lo posible y buscar esa casa que cumpliese todos los requisitos de su imaginación. El amor, como muchas otras cosas de la vida, sería algo complementario; de aparecer un hombre no dejaría que este impusiera su voluntad sobre la de ella. Tenía un sueño y estaba decidida a realizarlo, aquello era para ella la felicidad.

Lucia, en su silla bajo la sombra de los alisos, sonreía tontamente mientras se dejaba inundar por las imágenes de ese futuro tan prometedor. En su juventud, como todas las personas a esa edad, no sabía todavía que las corrientes de la vida suelen llevarnos por caminos que no deseamos ni hemos decidido. Si lograse conseguir su objetivo sería únicamente por un esfuerzo y una fijación tremendas que le traerían mucho dolor y muchas penas. Quizá la lucha le merezca la pena, pero eso es algo que siempre dependerá de qué día se le pregunte y de si el azar y el destino son amables con ella.

Meditaciones

Dios salve a la ignorancia, apatía que nos gobierna.

A mi aun hoy me pesan ciertas ideas del pasado y otros tantos hechos que fueron y que, sin arrepentirme, me atormentan de cuando en cuando. Pero todo ello es un pasado cercano, que quizá no diste de este mal punto que llamo presente más de unas horas. Aún con todo, me tumbo a menudo y miro el techo blanco surcado por las arrugas de luz y sombra y de esta manera pienso y me devano en cosas que no han sido o que ya han terminado. Soñar despierto es una de esas liberaciones que todos tenemos oportunidad de utilizar para escapar un poco a este mundo de certidumbres grises que cuartean nuestro ánimo. Ver la vida, mirarla a la cara, no es precisamente fácil, es como observar a la Gorgona y buscar en sus ojos la belleza; es temerario, es difícil y peligroso pues uno no sabrá si terminará herido en lo profundo, convertido en piedra o si se salvará temblando de arriba abajo. Soñar despierto, entonces, parece algo necesario y es bello, sin duda, pero también guarda su peligro. La creación de futuribles y de hipótesis nos puede llevar a caer en la tristeza de su difícil cumplimiento, ya que imaginar e ilusionarse suele traer consigo cierto aire utópico que quema las posibilidades de que algo llegue a cumplirse realmente. Por otra parte cavilar en el pasado es un ejercicio yermo que no nos llevará a nada y, de la misma manera, nos podría provocar cierta congoja al ser imposible cambiar algo de ello.

Tumbado, casi por eliminación, me obligo a veces a pensar en cosas más naturales, sobre todo en aquellas que excitan mi entrepierna y son simples, estas cuestiones muchas veces me provocan un cosquilleo en el cerebro que me adormila y me calma esa duda agazapada en lo profundo que siempre está preparada para saltar sobre mí. Otras veces, dispuesto horizontalmente y concentrado en desvelar los poros de la superficie sobre mi cabeza, se me liberan las tripas y una sensación de premura me recorre la columna hasta mi cabeza, pero no hago caso, la sensación no es especialmente agradable, pero sí que tiene algo de natural que me apacigua un poco y me permite respirar y sentir que, después de todo, soy humano. La mecanización, pese a que este mundo lo intente, no ha llegado todavía a los instintos bajos. Sé que después de esta sensación vendrá otra que se formará en el centro de mi torso, en su interior, en eso que yo estoy seguro de llamar estómago, será algo así como un sentimiento de vacío que espera ser llenado. Más tarde, pasadas varias horas, llegará el turno a una impresión de pesadez que penderá de mi cabeza como tal espada de Damocles. Yo cortaré el famoso hilo y me acostaré, me acurrucaré poniendo mis rodillas lo más cercano a mi cuerpo y buscaré consuelo en la oscuridad y en la bendita inconsciencia del dormir. Sin soñar, porque el sueño podría crear esa tristeza del pasado inmutable y del futuro indecible. Yo buscaré no soñar en la noche, contento de haber cedido a mis instintos naturales y de mantenerme firme en la estupidez ante la duda y el pensamiento. Porque nada hay más terrible que saber, sentir y tener la seguridad de que a nada sirve, a nada lleva y a nada nos condena.

Neurosis

Tenía un ojo más grande que otro. Un ojo que se ampliaba, se abría a lágrima viva y cuya pupila se dilataba hasta ocupar todo el hueco. El mundo se dislocaba, se difuminaba, reventaba en un millar de plumas espinadas y terminaba convertido en ese pájaro infernal que abre las alas y se traga todo, se traga el mundo y se revuelve sobre sí mismo hasta colisionar y formar un anillo de chispas que crea la nada. De ello surge un monstruo, un titán que asoma su corona y aplasta la serenidad de la misma existencia caótica. Así todo concluye.

La sombra de yergue, absoluta, enorme, corpórea, como si realmente fuese ella misma un dios ancestral. Sí, esa sombra se alza y mira a un lado y luego a otro, hasta quedar sus ojos clavados en los míos, mis ojos distintos, con ese ósculo más grande en cuya cuenca baila cual fuego fatuo.

Y decae todo, en un remolino de agua y flores que se precipita como un tornado desde mi boca, expandiéndose hacia las nubes, tragándolo todo. Allí está la ciudad en donde habito, con sus edificios desgajándose ante la fuerza de mi huracán, arrasándose sus fachadas poco a poco, a manotazos, tal que un niño no lo habría hecho con más rabia. Desaparece el asfalto, la cobertura de ladrillo, el cemento también, y quedan las personas: desnudas, implorando perdón de rodillas y con las manos unidas en muda súplica. Pero mi alma es oscura y jamás admitiré el perdón a los débiles.

Algo falla, lo siento, me giro. Es inaudito, ahí está él. Aparecido entre las llamas, un fantasma que viste andrajos y me señala con mano huesuda. No ha pronunciado palabra y ya siento su juicio sobre mi espalda, estoy perdido, no hay salvación ante su dedo ejecutor. Huyo, sin sentido, corriendo por la devastación que yo mismo he perpetrado aún sin intención de hacerlo verdaderamente. En mitad de mi carrera llega la crisis. Me afecta como un relámpago que golpease en mi cabeza y me derriba. Caigo al suelo, exhausto, jadeando por el esfuerzo de la huida, asesinado por ese puñal que algún Zeus arrojó contra mí.

En un póstumo esfuerzo me coloco boca arriba, vencido, completamente vencido en medio de ningún lugar. Con mi ojo que se empequeñece por momentos mientras deja de ver las estrellas del cielo, las lunas, las constelaciones…

Pársifal aparece, baja de una escalera plateada hacia mí. Está tranquilo, cada uno de sus movimientos está diciendo que no hay prisa, que está bien y tenemos todo el tiempo del mundo para nosotros. Ahí está, coronado, con la lanza en su mano. Le veo, con los ojos despiertos, acercándose a mí, tendiéndome la mano que ignoro y vuelvo a ignorar. Grito, quiero que todo termine. Pársifal me arroja la lanza y no falla, me hiere profundamente, hasta llegar a mi alma, que se desgaja.

-Observa el mundo arder –susurro con mi ultimo aliento.

El caballero se unge con las manos y el arma cae al suelo, yo ya no puedo cogerla, no puedo, porque mis ojos se comienzan a cerrar. Donde brota mi sangre comienza la deflagración y todo arde en una locura desmedida que empieza a devorar la nada, que engulle a Pársifal, derritiendo su delicado rostro, asándolo en su armadura negra y convirtiendo en cenizas su cabello blanco y sus ojos perfectos. Él aúlla y yo, si pudiera, sonreiría. La realidad se cuartea, se viene abajo y las imágenes se colapsan en unicidades de color distintas y paralelas. La luz se difumina, la sombra vuelve al lugar relegado que le corresponde, mi cara pintada aparece en primer plano, con los ojos perfectos, el gesto aún vivo y mis pupilas que comienzan a adquirir el tamaño acostumbrado.

Veo el mundo a mi alrededor y suspiro.

Marismas

Color, luz y color. Bashir, tumbado en la arena, con los ojos abiertos y el mar en los oídos. Un temblor cruza el cielo de escasas nubes, forzando a que los velos dorados se desprendan como tela que escurre por un cuerpo desnudo. Bashir distingue amarillos dulces, violetas maravillosos y azules pálidos, invisibles y resplandecientes. Los astros, como luminarias de cristal encendido tienen el grosor de una hoja de papel.
-No era yo -musita Bashir.

El cielo ya no es cielo más, se confunde y deja de ser algo tan concreto. Ahora es color, luz y color. Todo es tan efímero, tan fantástico como las mil y una noches, pero cruzado con el esplendor de los caballos andaluces que corren por la cercana estepa, levantando en el aire olor de prado fresco y hierba mañanera.

Allí está él, bajo ese cielo punteado, ignorando un mundo enorme, contemplando el horizonte ocre, donde vuela el fénix mitológico, donde se baña el largo cisne y un pez casi místico. Algo surge de uno de los lados sin definir, batiendo sus alas lentamente, con cansancio, apenas perceptiblemente, alargando entre uno y otro gesto el espacio de grandes millas, así cruza la mariposa, como si no fuese necesario el movimiento, como si lo hiciera por puro capricho. En su vuelo majestuoso Bashir la admira, va dejando un rastro de color que se mezcla con el azul impoluto, con el ocre, con los dorados y los rojos, también con los violetas. El paso de las alas de la mariposa lo cambia todo y los colores se revuelven en una paleta confusa, creando una extraña brisa por donde pasa que riza los colores con largos tirabuzones blancos.

Y Bashir suspira, amando aquella belleza. Bashir cierra los ojos por un momento y se deja llevar por todo eso que ve y que siente. Aferra la arena caliente con sus manos y, sin pretenderlo, se duerme.

Despierta ya de noche, cuando el negro absoluto ha difuminado el rastro de mariposas o de otras aves, cuando ya tan solo quedan allí arriba los astros de cristal, encendidos pálidamente.

La luna le mira, grande y blanca, lamiendo con su larga lengua plateada las crestas de las olas de fría agua que se retuerce antes de esparcirse sobre las orillas. La tentación que siente Bashir es grande y se deja vencer por ella, se desnuda, se quita incluso la última prenda y camina hundiendo sus pies en la arena fría de la noche. Se sumerge, poco a poco, hasta que cae enteramente en ese helado caldo embrional. Por un momento Bashir se sienta más vivo que nunca y se deja mecer por ese frío embriagador. El agua le lleva de un lado a otro, le maneja como quiere, con afecto, con rudeza, empujándole a veces hacia la playa y otras hacia su interior. “Parece que no se decide a llevarme o no con ella” piensa Bashir. Y la mar, mientras le lame la luna, decide dejarle salir, huir, vivir.

Bashir se aleja, sin buscar su ropa, evitando al mundo como tal, buscando las sensaciones. Camina y llega a las marismas, atravesando puentes de luces rápidas, admirando esa calma eterna de agua estigmatizada y un verdor impropio que se confunde con el ocre de la tierra y el azul de las aguas. A Bashir le engaña su mente porque no existen esos colores en la noche, tan sólo los recuerda de su paso anterior porque la noche todo lo domina a su tonalidad preferida.

Bashir se tiende en algún punto, agotado del mundo, agotado de la música de sus oídos, del mar, de la arena, del cielo; vencido por las mariposas que le rondan en la noche. Mariposas nocturnas que velarán su cuerpo hasta que amanezca el sol y despunten los colores, pero no para Bashir, Bashir duerme y dormirá, pero nadie sabe si en algún momento volverá a despertar.

Despertar

Tengo la cabeza embotada debido a la pastilla que he tomado para dormir. Últimamente duermo muy mal, terriblemente mal. Cuando consigo conciliar el sueño devienen tempestades de imágenes, de sonidos, de gritos, historias complejas donde se mezcla lo real de mi vida con ese subconsciente con el que batallo a todas horas. Él es Poseidón y yo un marinero naufrago, pero ni siquiera puedo compararme con uno de esos de literatura, no soy ni un Crusoe ni mucho menos un Odiseo. Poseidón juega conmigo destruyendo la balsa en la que navego y despierto entre sudores fríos, gimiendo, aferrándome a la sábanas que me rozan demasiado, que están muy sueltas y son como olas que me engullen. Vuelvo a dormirme y vuelvo a despertar, así toda la noche, hasta que amanece el día y me levanto como un resorte, agradecido de que las pesadillas hayan amainado. Sin embargo, tras el espejo hay un ser con más oscuridad en torno a sus pupilas, con un gesto mas agotado, unos ojos más tristes, decrépito, mal descansado. Soy yo.

Por eso he tomado la resolución de la farmacología. No es algo que me agrade, pero al menos hace dormir a Poseidón y me sumerge en un sueño sin tormentas ni aventuras, sin imágenes ni sirenas.

Ahora, cuando llega la mañana, no abro los ojos. Me cuesta mucho levantar los párpados. Mi cerebro tiene que reactivar una por una todas sus funciones, como si hubiera estado hibernando largo tiempo. Me lleva un rato hacer todo eso, pero al cabo de unos buenos veinte minutos soy consciente de mí mismo, de mis ojos, de mi posición incómoda, de la manta que se escapa y de la tremenda erección que a esas horas parece un poco inoportuna. Me doy la vuelta, colocándome boca abajo, sintiendo esa dureza persistente de mi anatomía. Remoloneo unos minutos más, hasta que consigo ser consciente de la hora del reloj. Entonces puedo abrir los ojos, estirarme como un gato revolviendo las sábanas, tocando mi entrepierna para ubicar con comodidad eso de lo que no pretendo ocuparme en este momento.

Me levanto, me siento en la cama. Enfundo los pies en las zapatillas y busco furtivamente el espejo antes de subir la persiana y de correr las cortinas. El sol entra a raudales y mascullo algo que se podría entender, con esfuerzo, por “odio los lunes”.

Salgo de la habitación a ese mundo extraño que son los pisos compartidos, donde uno nunca sabe a quién se va a cruzar. Hoy toca un chico que no conozco, le saludo sin pensar en la erección que aún persiste en mis pantalones. Su buenos días suena un tanto burlón; debe pensar que soy marica y que aquello lo ha producido su presencia, pero a esas horas me da un poco igual lo que piense el Sr. Extraño. Es el novio de Laura, al menos eso constato al ver que entra a su habitación. Creo que se llamaba Alex, ella me había hablado de él.

Entro al baño, enciendo la luz y me encierro. Me gustaría vaciar la vejiga, pero aún no puedo por dificultades evidentes. Ya no pienso en Laura ni el supuesto Alex ni en Juan, mi otro compañero de piso. Ahora sólo hay un espejo que me mira con sueño, recuperándose todavía de los efectos de las drogas para dormir bien. Me miro sin ningún objetivo, críticamente. Debería afeitarme, lo haré luego.

Pasa un momento y allí persisto. De pronto, como si el procesador comenzara a funcionar de golpe, mi memoria me recuerda lo que he de hacer en ese día, lo repasa lentamente, pero sin pausa. Sigo con los ojos en el espejo, aunque no me veo estrictamente hablando, estoy imaginándome en futuros que he previsto: comiendo, llegando a la universidad, quedando con María y otras tantas cosas que he de hacer porque me lo he autoimpuesto, porque lo he pronosticado para este Lunes que nace.

Luego pienso algo más profundo, sin tener la intención termino meditando sobre mi sueño. Ahora soy consciente de que me he despertado realmente, de que he estado durmiendo y que, tal y como las patillas prometían, he pernoctado del tirón, sin sueños. Pero eso de no soñar, de no abandonarme a mis universos oníricos, donde las pesadillas conviven con los sueños, me resulta un algo triste porque no hay nada que me complazca tanto como mis imaginaciones. Estoy matando mi creatividad y eso, por un momento, me parece horrible. Asoma Odiseo en mi alma, en mi espejo. Ese rostro descansado reclama de pronto ojeras más negras y gesto más marcado. Una voz oscura surge de mi interior para indicarme que así no soy yo mismo. Por un segundo me creo que es la inspiración, pues muchas veces surge sin avisar en los momentos más inoportunos, igual que las erecciones.

En ese momento me doy cuenta de que ya soy libre de descargar mi vejiga, así que lo hago, con prisa, deseoso de terminar y correr a mi cuarto a coger la libreta y apuntar algo que se me ha ocurrido.

Por fin he despertado.

El conformista

De no ser por su linaje jamás habría llegado hasta allí. Aunque linaje es una palabra escabrosa, monárquica y mal utilizada. Algo sucio que casi puede usarse como un insulto que refiera su actitud conservadora. Las palabras son peligrosas, sobre todo en política, y nunca están faltas de su sentido semántico. Toda una bomba fácil de usar que la mayoría ignora y no se para a pensar.

Por eso Eduardo Gutierrez Lancia sonreía siempre que su empresa ganaba unos millones. Ya no por el gusto económico, por las facilidades que aquel dinero le permitiría o por el prestigio de sus ganancias, que también, sino por aquello de poder hablar y hablar diciendo todo lo que quisiera con una impunidad bastante amplia, pero sobre todo con una malicia permitida y un conocimiento de causa complejo.

Eduardo no podría haber llegado allí de no ser por su familia, por su padre más bien. Y es que los millonarios de hoy en día siguen siendo iguales a los de siglos anteriores, es decir, hijos de otros millonarios, pero ahora la única diferencia radica en que, además de amasar montones de dinero, de vestir ropa cara y rodearse de belleza, deben de hacer otra cosa. Ser grandes abogados, médicos, políticos o presidentes de sus compañías, pero presidentes de verdad, de los que se pasan horas tras el escritorio haciendo cualquier cosa productiva. Ya no pueden dedicarse al ocio perpetuo, eso sería visto como una excentricidad y Eduardo Gutierrez Lancia era conservador, no lo olvidemos.

Su padre, Federico Eduardo Gutierrez Nervón, fue hijo de un banquero y había creado su primera empresa con treinta años, quizá algo mayor ya para ser un joven talento, pero fue muy beneficioso para la España de entonces. Aquella empresa era siderúrgica, pero la vendió rápidamente. Luego vio el filón de las telecomunicaciones y ahí se quedó. A la jubilación de Federico su hijo Eduardo le siguió con una alegría nada disimulada. Al fin y al cabo su padre le había educado para que le sucediera. Algo así como un rey prepara a su heredero para que ocupe el trono a su muerte. En el mundo de las grandes empresas es igual, sólo que la jubilación (tardía, eso sí) sustituye a la desagradable muerte. Cuando Federico abdicó, pues, Eduardo entró en la empresa sin producir grandes cambio, manteniendo la línea que su padre le había enseñado y que le seguía sugiriendo en las cenas familiares (todos los domingos). Eduardo se casó con la hija de un político y su suegro le insistió durante unos meses hasta que por fin se hizo socio del partido político conservador de su país. Realmente no le interesaba demasiado ese mundo, pero era por no hacerle el feo a su suegro. Cuando Federico murió su hijo se vio por fin libre de dirigir la empresa a su antojo. Los cambios fueron importantes y comenzaron a percibirse irregularidades que nadie entendía. La fundación de la empresa tenía un presupuesto exagerado, por ejemplo, y los artistas que exponían en ella no eran excesivamente conocidos. Los proyectos de investigación se congelaron, los contratos con el gobierno se cancelaron (bueno, no todos). Y toda la familia, tanto la sanguínea como la política, se echó encima de él exigiéndole que rectificara, que paliara esa crisis que la empresa sufría o finalmente lo perdería todo: dinero, prestigio y la empresa.

Eduardo se atosigó y decidió volver a la línea de su padre. El retorno fue muy costoso, perdieron millones, las acciones bajaron exageradamente y los invasores estaban muy descontentos. Pero llegó un momento en que la cosa mejoró y con el paso del tiempo todo volvió a su cauce. Y funcionaba como siempre, maravillosamente, “como un reloj”, repitiendo la frase favorita de su difunto padre.

Hoy Eduardo miraba por la ventana de su oficina, pero no miraba nada en concreto. Su mujer le había reprendido el día anterior por hacer lo mismo en casa. “Haz algo útil” le dijo. Se entristeció. La empresa funcionaba bien, tenía cincuenta y dos años y le quedaban al menos quince para jubilarse bien, para pasar el testigo de forma aceptable. Su hijo Manuel esperaba hacerlo, aunque todavía no había acabado la carrera, pero contaba con que su padre en esos quince años esperados le hiciera un hueco hasta llegar a una silla del consejo directivo.

Eduardo suspiraba y miraba por la ventana. Por primera vez se preguntó si era feliz, buscó en lo profundo de sí mismo y la respuesta no concordó con lo que debía de ser.
Se imagino por un momento fugándose con su amante, aunque no la amaba realmente; fugándose solo entonces, abandonando su familia, su empresa, su maldita sociedad que le imponía todo aquello que no quería hacer, a su suegro del que estaba harto, a su partido político. Si, la idea era tentadora, huiría y vería mundo, correría por los campos de arroz de china, se bañaría en las aguas del pacifico sin prisas, recorrería el amazonas, visitaría el Cairo, viviría en algún pueblo perdido de la campiña francesa, con modestia, pasando el día entero pescando con mosca. Sí, sería una vida feliz y tranquila.

Suspiró de nuevo, pero el teléfono interrumpió sus pensamientos. Descolgó, una voz habló tras el aparato.

-Hazle pasar -Respondió. Al fin y al cabo era demasiado cobarde para cambiar su vida.