Miércoles fragmentado: Macbeth, William Shakespeare

“Life’s but a walking shadow, a poor player
that struts and frets his hour upon the stage,
and then is heard no more. It is a tale
told by an idiot, full of sound and fury,
signifying nothing.”

“La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor
que se pavonea y se agita una hora en el escenario
y después no vuelve a saberse de él: es un cuento
contado por un idiota, lleno de ruido y de furia,
que no significa nada”

Cuando se llevó la pistola a la boca supo que estaba perdido, como si hubiera sido condenado por otro, como si su mano fuera la de otro. No disparó, le temblaba el pulso y el cañón del arma golpeaba sus dientes. Entonces sacó la pistola, gimió un poco arrepentido, se sirvió otro vaso de whisky y lo bebió de un trago saboreando el alcohol. Miró su vieja casa llena de recuerdos, ella los había roto al irse con aquel chaval. Sobre el escritorio, junto a la carta que escribió ella, él había dejado su propia nota, su adiós. Ella le abandonaba y él sabía que no podía vivir sin su presencia, pero en el papel pedía perdón por el estropicio. Ahora era libre.

Volvió a meter la pistola en la boca, apuntó el cañón hacia arriba, dejando que tocase el paladar. Esta vez no tembló, apretó el gatillo. Entonces, sobre el escritorio, ese ligero temblor provocado por el disparo hizo que la cajita de música se abriera, pasaba a menudo y ellos se habían reído muchas veces por el susto. Ahora nadie se había asustado, pero los engranajes giraban, la musiquita dulce llenaba el cuarto y el pequeño payaso bailaba una vez más, en círculos, sin llegar a ninguna parte.

 

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Desde una torre de marfil

Borges fue el arquitecto de la biblioteca. El argentino era heredero directo del gran creador de laberintos, era Dédalo mismo, reencarnado. Borges vivía en una torre de marfil, una inmensa, que tomó mayor definición a la llegada de su ceguera. La negrura trajo consigo el infinito espacio donde se sentía acogido. La lectura pasó a ser rememoración y escucha, la escritura palabra, y lo único inalterable fue su pensamiento.

Las torres de marfil siguen elevándose hoy. Si alguien pudiera verlas, mostrarían un mapa mundial lleno de finas agujas blancas, elevadas al nivel de los rascacielos. Edificios sin ventanas, llenos de posibilidades, rectos y verticales algunos, otros largos y curvos como los tallos de una planta. Y arriba, en la cúspide de la torre, a modo de una flor abierta, un mirador con un escritorio desde donde pueda verse el horizonte. Torres de marfil que nacen en pequeñas habitaciones de residencias universitarias, donde el escritor se enajena del mundo ante su papel y su ordenador. Torres de marfil cuyos pilares se asientan en la casa paterna, donde el compositor intenta ordenar las notas en el orden adecuado para fabricar una melodía, un ritmo, un sonido o también un silencio. Torres de marfil con troncos surgidos de las bibliotecas públicas, de casas ancestrales ocupadas por una soledad dolorosa, y sin embargo buscada. Escaleras de nácar ascendiendo hacia ese vacío deseado desde los parques donde uno mira la nada durante horas, desde los cafés donde la tristeza enfría la taza.

Pero también hay torres desmoronadas, con grandes pilares hundidos en la tierra, raíces de piedra retorcida y mezclada con la hiedra. Torres sin mirador, sin escritorio entre las nubes, cortadas a media altura con un tajo torpe. Son edificios más subterráneos y cerrados, como si fueran una broma de arquitecto. Borges nada supo de estas torres que no figuran en el ajedrez. Como habitantes de las ruinas hay algún poeta desconsolado, sin amor, sin amigos, perdido en su mundo lírico y lleno de ideas; también hay filósofos incapaces de dejar un libro sin tener otro en la mano; hay pintores con sus habitaciones cubiertas, capa sobre capa, de escenas mil veces soñadas; hay escultores deshechos en lágrimas, entre fragmentos de rostros pétreos, por no ser Pigmalión y no haber hallado a Galatea. Pero los escritores son los peores, criaturas sentadas ante una mesa desvencijada, abriendo sus alas descomunales en la oscuridad, igual que lo hacía Holan con su poesía; son ángeles caídos, criaturas transformadas en demonios. Clavan sus dedos en la madera mientras se acercan y se acercan al papel, hasta acariciar la superficie con la mejilla. Mantienen los ojos abiertos cuando la pluma rasga la página, pero siempre escriben aquello incomprensiblemente alejado de su mundo, de su historia. Quisieran –más de uno ya lo ha hecho, presa de la frustración– clavar la pluma, esa aguda y decepcionante punta, en sus propios ojos, en medio de la pupila o del blanco virgen que se anegaría rápidamente de tinta negra y sangre. Hundir así, a picotazos, el instrumento de la creación, hasta destruir esos órganos capaces de espiar en los espejos. Después entran en la oscuridad sin lavarse, con las córneas despellejadas y las retinas deshechas, abandonándose entre las ruinas de su torre para esperar el silencio sin capacidad de escritura. Solos en medio de nada, conscientes de su monstruosidad, de la degradación con la que llamarán en un grito a la muerte. Algunos se lanzan a las chimeneas, se dejan consumir en un dolor sin descripción, inspirador de gestos tan violentos que sus patadas y manotazos terminan por mover alguna piedra de la torre, de la ruina; esa minúscula desviación es suficiente para dejar sin equilibrio todo el edificio, derrumbándolo sobre el cadáver ennegrecido. Otros encuentran nuevamente la pluma y saben utilizarla como puñal directo al corazón o tal vez en la garganta. Los menos ven, en lo alto del edificio, una manera de jugar a ser Ícaro, hijo del arquitecto. Violencia de la desesperación, sadismo amargo.

Son lugares difíciles esas torres de marfil. Lo que para unos parece un santuario, para otros puede transformarse en su tumba. Sus salas laberínticas, llenas de libros y espejos, llenas de recuerdos y de pasarelas que a veces conectan con el mundo, son espacios donde las monstruosidades de cada uno surgen, pues son convocadas por el silencio y la reflexión. Pero hay poetas y pintores y compositores y escritores, que ganan la batalla contra los espejos y pueden asomarse a la cúspide de su torre desde habitaciones de residencia, desde casas alquiladas. Algunos son débiles y mueren o se pierden a sí mismos, otros tienen la fuerza necesaria para resistir, continuar y ver desde su mirador las constelaciones arriba y abajo el mundo del cual son parte, sobre el cual escriben o pintan o componen.

El estanque de las esfinges

“Rodeando la locura, dejando que esta se acerque a nosotros y abra su boca amarillenta. Inhalaremos el aliento espeso que exhale como si fuera el oxígeno que alimenta nuestras células. Somos perros bajo la lluvia obcecados en alcanzar nuestros propios cuartos traseros, quizá con la intención de despertarnos a mordiscos, de traer la realidad de vuelta con el dolor. No hay una manera de escapar fácilmente a la monodia de nuestro cerebro, la que corea la locura, la que se viste de razón y lleva máscaras de marfil y oro.”

Ayer sonaban los ritos fúnebres por un caballero húngaro ahogado en un estanque de Tullerias. Encontraron su cadáver hinchado gracias a los maullidos lastimeros de un gato que lo vio todo. No pudo dar el nombre del asesino, tal vez porque no lo hubo. El felino no era el único animal, pero los patos no dicen nada, siempre están hipnotizados por su paseo monótono y aburrido que les lleva de un lugar a otro. Para ellos el cuerpo flotante sólo es una molestia al nadar y ni siquiera les interesa. Hay tres estatuas de ninfas distraídas que no ven más allá de sus cuerpos desnudos, también dos esfinges vigilan las aguas, ante las cuales uno podría arrodillarse desesperado sin resultado. Ellas nunca dirán nada, sus labios guardan lo que sus ojos advierten y ha sido frente a ellos donde ha muerto el hombre. Puede que bajo su embrujo todo sea difícil de afirmar.

Encontraron las pertenencias del muerto más allá, bajo uno de los puentes que cruzan en Sena, cerca de un museo. Su identificación dio un nombre a la policía, el nombre un teléfono y la llamada una familia con lágrimas, suplicas y gritos. Nada ayudó a esclarecer la muerte. No había nota de despedida ni tampoco se podía explicar la lejanía de la cartera y de los libros. El fallecido llevaba consigo una pluma, pero el cuaderno apareció sobre una silla de hierro. Las tapas eran negras, en sus páginas tenía escritas cartas de amor tan desgarradoras que muchas hojas habían sido arrancadas y nada era coherente, las historias se mezclaban creando un caos sin sentido. También había referencias bibliográficas y por ellas supieron que el hombre era profesor de metafísica en la universidad. Llamaron a su departamento dónde informaron de que el muerto no tenía muchos amigos ni tampoco amantes. Había un perro que se llamaba Orfeo, pero no apareció por ninguna parte, no estaba en la casa. Dedujeron que el asesinado o suicidado había salido con el can para pasear, eso descartaba el suicidio, nadie se mata en el transcurso de un vagabundeo con su mascota. Preguntaron a los vigilantes del parque, pero nadie vio nada. El gato se obstinó en seguir maullando cuando retiraron el cadáver y aún permaneció allí durante meses, recordando aquel infeliz que parecía haberle impresionado. Un día cualquiera no volvió, posiblemente llegase a olvidarlo.

El agente que llevaba el caso acudió al entierro: la madre lloraba, la hermana lloraba, el padre se mantenía callado. Los pocos amigos miraban el césped pero evitaban el ataúd. Nadie dijo nada, en la iglesia el sacerdote preguntó si alguien quería pronunciar unas palabras, sólo hubo silencio como respuesta. Se hicieron los rezos y se lanzaron las flores al pequeño abismo abierto para la caja, alguien arrojó un poco de arena; luego todos se alejaron para que los ayudantes de la muerte tapasen el hueco con tierra y placas de mármol.

El caso se cerró al prescribir y no quedó claro si fue un asesinato o un suicidio. Alguien mencionó la locura, dijo que era como un monstruo de aliento nauseabundo. Quien lo dijo había leído el cuaderno, no obstante no era posible saber hasta qué punto era una ficción lo que allí había escrito el desaparecido. Tampoco se encontró un destinatario para aquellas cartas de amor destrozadas. Del perro no quedaba ni una sola foto, era un fantasma que se aparecía en el cementerio y dormía sobre una tumba a la que nadie iba a llorar.

Años más tarde el gato apareció con la prueba del crimen y nadie se dio cuenta, era una rosa.

último instante

Tic tac, tic tac, tic tac, tic tac.
Me martillea el sonido del reloj. Es ensordecedor, es terrible. Poco a poco todo se va nublando. ¿Cómo empezó? Ya no lo recuerdo… ¿qué me pasa? ¡oh! Ya sé, ya sé…
Cristina se enfadará y Marcos también, seguro que aporrean mi puerta exasperados… pobres amigos, lo siento.
Creo que debería haber sido conveniente escribir algo para este gran momento… unas últimas líneas gloriosas ¿verdad? Sí, hubiera sido lo más conveniente. No lo he hecho, se me ha caído la pluma… claro, no tengo fuerza en los dedos… ¡Qué colores! Nunca me había fijado en lo maravillosas que son las flores. ¡OH! Me atruenan los oídos ¿qué es eso? Música… es opera, casta diva… ¿quién canta? Caballé o quizás sea otra, no distinto nada. Intento levantarme, pero no.
La mesa. Sí, ahí está el vaso de whisky, vacío, las pastillas al lado, desparramadas, faltan la mayoría. ¿Cuántas tomé? Me han envenenado… Grito… sólo ha sido un gemido ronco. No, no me han envenenado, he sido yo. ¿Por qué Edgar? ¿Por qué te has suicidado?
Qué torpe soy, he tirado el florero… Necesito aire… me duermo, no quiero dormir. ¿Por qué he hecho esto? ¡Espera! Lo recuerdo. Sí, tenía razón. Me tumbaré en la alfombra, me he caído, mis brazos se abren… gimo, me duele el pecho. Ya no puedo moverme, la luz se terminó, la música tiembla sobre mi casi cadáver, pero yo no puedo escucharla. Ya casi no hay dolor… me cuesta pensar con claridad… Mañana los periódicos dirán que Edgar Barceló, el gran pintor, ha aparecido muerto, se ha suicidado en su casa porque le han abandonado… otra vez… otro amor que no funcionó… ¿cuántos son ya? Demasiados, muchas sombras que han pasado por mi vida sin querer quedarse… Soy un ogro que espanta a todo el mundo… ¡qué estúpido soy matándome! Pero ya no habrá dolor, no habrá nada, será estúpido… pero indoloro…

tic tac, tic tac, tic tac, tic tac.
¡ah! Eres tú… te reconozco…
sí… vámomos.
tic tac, tic tac, tic tac, tic tac.

Infeliz

Hubo una vez, hace no mucho tiempo, un hombre que no tenía nada. Cuando decimos que no tenía nada, quizás estemos exagerando pues este hombre, aunque no importaba, tenía un nombre. Este hombre también había conseguido ciertas cosas materiales a lo largo de su vida, tenía una casa en alquiler a bajo coste, algunos muebles que le pertenecían, un par de sillas, un sofá cómodo y una pequeña televisión. Sus pocos libros cogían polvo en una estantería vieja junto a su cama.
Pero este hombre no tenía amigos, tampoco tenía familia, nunca tuvo amor y con el paso del tiempo fue dejando de tener deseos, sueños e ilusiones.
Un día dejó su trabajo, pues el hombre tenía trabajo, volvió a casa y se metió en la cama. Al día siguiente despertó, se arropó mejor dándose la vuelta y siguió durmiendo. Pasaron un par de días y aquel hombre no hacía nada. De cuando en cuando se levantaba costosamente, hacía sus necesidades y malcomía de los restos que se encontraban en la casa. Otro día cualquiera dejó de levantarse.
Para un hombre que no tenía ilusiones, ni sueños, ni deseos, que no tenía amigos ni familia y que nunca tuvo amor, la vida dejó también de tener un sentido. Dormía de continuo, buscando en los sueños una esperanza de algo bello, de una vida que nunca tendría, de deseos que calmasen su triste corazón. A veces tenía suerte y venían a su encuentro agradables sueños que le hacían sonreír con los párpados cerrados, otras veces las pesadillas le atormentaban y gemía como un niño hasta que por fin despertaba.
Pasado mucho tiempo aquel hombre se dio cuenta que nadie había ido a su casa ni el teléfono había sonado en busca de noticias sobre su desaparición. Apenado se acurrucó entre las sábanas, dándose cuenta que no tenía amigos, ni a nadie que se preocupase por él, y por ello, junto a su falta de cualquier ambición o deseo, se echó a dormir, ya que no encontró nada mejor que hacer.
No volvió a despertar. Aquel hombre durmió y durmió entregado a un sueño donde lo tenía todo, y siguió durmiendo hasta que la muerte recogió el testigo que el sueño le tendía. Allí quedó el hombre que no tenía nada, solo, sin nada, tan sólo consigo mismo sobre una cama y algunas imágenes de su imaginación que se fueron diluyendo en el aire cuando exhaló.

Nota de un hipotético suicida

Así somos los seres humanos, suponemos mil veces lo mismo y en todas las ocasiones llegamos a un mismo punto. Es terrible.
A veces el silencio es la única compañía que nos queda a los marchitos, los miserables, aquellos de los que Víctor Hugo habló una vez. El silencio es un sinónimo mal buscado de soledad, quizá signifiquen cosas distintas pero el uno, de una manera u otra, está implícito en el otro. La soledad y el silencio, el silencio y la soledad, como dos partes de un todo triste y ceniciento.
Me gustaría poder abrir la boca y decir que estaré aquí cuando quieras regresar, cuando regreses… pero no tendría sentido despegar los pegajosos labios, mover la muerta lengua, hacer vibrar esa rota garganta, no merece la pena porque no hay a quien dirigir esas palabras.
Mis memorias están minuciosamente escritas en estas líneas, no hay mucho más que decir: nací, tuve una infancia más o menos feliz, una juventud horrorosa, casi inexistente si alguien la compara con la suya. La madurez fue un viaje por los nueve círculos de infierno, sin Virgilio de acompañante, nadie estuvo conmigo, nadie, ni siquiera la muerte. En vez de vivir he sobrevivido viendo marchitarse mis sueños, caminando sintiendo el chascar de los deseos rotos, llorando demasiado sin dejar caer mis lágrimas…
Dije que quería ser feliz, pedí serlo y acudí a ti que me prometiste que lograría mi meta pero ha pasado… ¿cuánto? Demasiado… y no, todo sigue igual, soy un miserable. A mi alrededor el mundo gira, se transforma, las personas viven, ríen, lloran, aman y odian mientras yo me quedo quieto. Detesto esta quietud, la aborrezco, me convertiría en asesino su pudiera cortar su carne con un cuchillo.
No, me he pasado mi vida intentando alcanzar esa felicidad que no he podido encontrar. Todos, por poner un número completo, me han dicho alguna vez que debía ser positivo, debía respirar, aceptar según que cosas, esperar. Esperar, siempre me han pedido que espere: ya llegará lo bueno… como si fuese un plato que el chef se ha retrasado en preparar. Pero la realidad es que nunca ha llegado ese plato, me quedé esperando, recibiendo las sonrisas amables de los otros comensales mientras saboreaban su propia comida y me alentaban a esperar un poco más: casi está ya, seguro, aún es muy pronto…
Al final se hizo tarde.

J.C.Adam

Era perfecto, el bueno de J.C.Adam era perfecto. Todo el mundo lo decía. Lo llamaban así por su madre, americana, a todos les hacía gracia llamarle Adam aunque nunca supo inglés. Ni siquiera recuerdo qué letras seguían a sus iniciales.
Adam se levantaba todos las mañanas a las 6:34, se acicalaba minuciosamente, se engominaba el pelo, se vestía con cuidado y tenía un alfiler de corbata distinto para cada día de la semana. Nunca se confundía, el del lunes siempre lo llevaba el lunes, el del sábado siempre se veía brillando en su corbata azul del sábado y así con todos. El bueno de Adam, todos sus amigos le llamaban así y las mujeres siempre decían que era perfecto.
Yo le conocí una noche en Madrid, no recuerdo el año pero él tendría los treinta y yo sólo unos pocos más. Era un buen tipo, le invité a un whisky en el Pasapoga y nos fuimos todos a casa de Julio Gómez, un republicano al que habían sacado de la cárcel poco antes. Estuvimos en el apartamento hasta tarde y a Adam se le veía incómodo. Era guapo, muy guapo, lo dijeron todas y más de una se le acercó buscando un cigarrillo y algunas palabras vacías, todo acogido por interminables caídas de pestañas. Dicen que fue Julia la que se enamoró de él aquella noche pero yo creo que fue la rubia de Paula, nunca lo supimos porque las dos dijeron que era perfecto.
Adam tenía alquilado un piso en la calle Fuencarral, que por entonces era muy distinta a como es hoy. Por allí pasaba el tranvía si no recuerdo mal, aunque mi memoria me juega malas pasadas a estas alturas. Aquella noche Adam se metió en la cama incómodo y cuando amaneció la aurora de rosáceos dedos, como F.L. solía decirnos, aquel hombre, cuya identidad dependía de un apellido que nunca sintió suyo, se despertó exactamente a las 6:34. Se lavó acariciandose con agua de colonia, se engominó el pelo hacia atrás como siempre hacía, observó su colección de alfileres y, aunque era Jueves aquel día decidió, para asombro del retrato de si mismo que le observaba desde el aparador, el alfiler del domingo.
Adam era perfecto, las mujeres siempre lo decían. Nunca he entendido que veían las mujeres de perfecto en meterse una bala en la cabeza un Jueves de Marzo. J.C. no dejó ninguna nota y cuando nos enteramos de su fatídico fallecimiento, F.L. meneó la cabeza susurrando: el bueno de Adam.
Definitivamente la bondad y la perfección son atributos extraños que no tengo ni aspiro a ellos.