Insomnio

Cada noche, al reposar la cabeza sobre la almohada, llega la corte, en tropel, una verbena agitando sus blasones y banderolas de colores. Aparecen antes de darme una oportunidad para cerrar los párpados, arrasan con mi somnolencia y me dejan la fatiga, el dolor en el brazo izquierdo tras una jornada de hacer siempre los mismos movimientos, las piernas cansadas. No sé por qué me canso. Cada vez ando menos, corro menos, hago menos ejercicio. Me cristalizo.

Mañana el reloj no tendrá piedad, el espejo no tendrá piedad, yo no tendré piedad.

¿Quién me vendió este cuento? ¿Quién me hizo creer en “esto”? Tonterías, deseamos la mentira, deseo la mentira, la verdad es aburrida, insulsa, la verdad duele y es agria, difícil de tragar. Sacrificio, es necesario más sacrificio, un mayor sacrificio para conseguir aquello que se desea. ¡Más madera! Arden poco estas compuertas al infierno, la maquinaria apenas vibra todavía. ¡Más madera! ¡Más madera! Hasta que no quede nada, hasta que el armazón de esta casa y este cuerpo acaben limpios de cualquier adorno, de cualquier cosa que no sea esencial para el avance.

La pastilla para dormir me provoca una nausea y vuelve acuosos mis pensamientos, difíciles de transitar. Los sueños y pesadillas se han replegado, me esperan al otro lado. Respiro. Imito la respiración de alguien dormido y procuro no moverme, procuro mantener los ojos cerrados. Quiero dormir, quiero la falsa paz de unas horas de inconsciencia. ¿A quién quiero engañar? El espacio que ocupo en esta habitación es ridículo. Termino enredado en el sonido de las manecillas del reloj y me pierdo.

moore_albert_joseph_dreamers-2

Dreamers, Albert Moore

Anuncios

La lluvia amarilla

  • lluviamarillaAutor: Julio Llamazares
  • Editorial: Booket

¿Qué haríamos si fuéramos la última persona del planeta? No, La lluvia amarilla no es un texto post-apocalíptico, pero tiene ciertas semejanzas, la pregunta puede ser digna de hacerse y la lectura de La lluvia amarilla da una respuesta, quizá la más sincera y sencilla.

Andrés se ha quedado sólo en Ainielle, un pueblo perdido en medio de los pirineos, aislado cuando caen las nieves en invierno. Poco a poco la gente se ha ido, ahora él asiste a los últimos años de su vida tras la muerte de Sara, su esposa. No tiene más compañía que la perra y junto a ella asiste a la paulatina destrucción del pueblo, reconquistado por la naturaleza. En consonancia con el deterioro, Andrés también es testigo de su propio final, ya es un anciano y sus últimos días también serán los últimos días de Ainielle, luego el pueblo dejará de existir en los mapas, quedará sólo un recuerdo, un montón de ruinas para los excursionistas.

Julio Llamazares escribe sobre la muerte y el abandono, sobre la soledad, pero ante todo La lluvia amarilla habla de la memoria. El único ejercicio que Andrés puede hacer durante los años que van transcurriendo es recordar. Su memoria viaja a todos los acontecimientos de su vida, lo hace desde la cama donde va a morir, un aviso inicial que no resta de interés a la narración. Recuerda todo lo ocurrido en Ainielle como si le contase su historia a un espectador fantasmal. Su narración es el testimonio de un mundo rural casi desaparecido, una sociedad donde la cooperación entre sus distintos individuos regía el modo de vida.

La novela de Llamazares es un texto narrado en primera persona, coloca al lector en la misma habitación donde muere Andrés para que éste le cuente su historia, las palabras del anciano van llenando la estancia de imágenes y colores. Es, sin duda, una novela crepuscular, pero esa caída de sol tiene una tonalidad magnífica gracias al lenguaje empleado. Llamazares ha sido capaz de crear un texto sencillo en el estilo, pero muy complejo en su estructura temporal (con abundantes asociaciones de eventos) que sin embargo articula con maestría, creando un relato capaz de evitar la linealidad, un defecto donde podría haber caído fácilmente debido al tipo de historia elegida. Se trata de un libro envolvente, todo un paisaje literario desplegado para contar la historia de una vida y de un pueblo, demostrando así cómo el lugar condiciona el desarrollo de las personas. La sensibilidad que Llamazares demuestra se traslada fácilmente al lector, quien podrá emocionarse con la belleza de las palabras.

«La herrumbre del cerrojo, al rechinar bajo el empuje de una mano, bastará para romper el equilibrio de la noche y sus profundas bolsas de silencio. Como asustado de sí mismo, el que se atreva a hacerlo regresará sobre sus pasos y el grupo entero se quedará paralizado, inmóvil, en silencio, escuchando la angustiosa sucesión del eco por el pueblo. Por un instante, pensarán que aquellos golpes nunca más van a volver a detenerse. Por un instante, llegarán a temer que Ainielle entero se despierte de su sueño –después de tanto tiempo- y los fantasmas de sus antiguos habitantes aparezcan de repente a la puerta de sus casas nuevamente. Pero pasarán los segundos, lentos, interminables, y ni siquiera en esa casa, en la que tal aparición sería esperada, ocurrirá absolutamente nada extraño. El silencio y la noche volverán otra vez a adueñarse del pueblo y el resplandor de las linternas se estrellará contra la puerta nuevamente sin encontrar el brillo acorralado de mis ojos frente a ellas»

Un desnudo

Hace demasiado tiempo que nadie besa sus labios resecos. Tampoco recuerda cuándo se vio desnudo por última vez. Lo hace diariamente durante unos segundos, al entrar en la ducha o desde ella, tras el vapor y el agua, de reojo, porque el ángulo no le permite otra opción. Pero no se ha mirado desde hace años, no realmente. Por eso hoy cierra el grifo, se seca con la toalla, se aplica desodorante, perfume, mancha su pelo con cera, y luego vuelve a la habitación desnudo, enciende las luces y se mira en el gran espejo del armario.

Uno puede recordar cuerpos extraños a la perfección muchos años después de haberlos abandonado, puede incluso girarse en plena calle instintivamente, confundido por el olor de un desconocido, con suerte se producirá un estallido en la memoria, un relámpago uniendo ese aroma con su antiguo dueño. Noches de cabezas inclinadas sobre otros cuellos dejan una impronta indeleble, igual a aquellos cuerpos sudorosos resbalando contra el propio, moldeándolo como si fuera cera caliente. Pero la anatomía de uno mismo es diferente, la ignoramos por su obviedad, porque no nos merece atención.

Ahora se mira: aún no está contento con el pelo, lo peina en un gesto automático, pasando los dedos por el centro, la palma por ambos lados. Se toca la cara, la nariz, que parece descender un poco más cada año, quizá crezca por sus mentiras; las ojeras son síntoma del trabajo, horas y horas en la oficina, frente al ordenador, garabateando listas y esquemas para desecharlos rápidamente, dirigiendo, gestionando, viviendo de, por y para la empresa. Pero uno deviene sus propias acciones, y el trabajo también forma al hombre. Así los iris van perdiendo color, los párpados su fuerza, las ojeras se hinchan, se forman bolsas bajo los ojos, y el rostro agotado grita en busca de una libertad inexpresada. No hay demasiadas arrugas, pero las líneas de expresión están ahí, acentuadas, ensombreciendo el resto. El cuello bien, en su lugar. Demasiado pelo en el pecho, nunca le gustó. Sigue delgado, al parecer sirven de algo las tardes en el gimnasio. Se acaricia la entrepierna, recoge su sexo con la palma, como si fuera un fruto colgando del árbol, no hay respuesta muscular, no está excitado. ¿Algo que objetar? No, nada. Las piernas bien, los pies como siempre, sin importancia. Se vuelve de espaldas, el culo también está en su sitio, milagrosamente. Tiene una figura media. ¿Es aceptable? Sí, claro, pero podría ser mejor.

Se sienta en la cama mirando su reflejo, su barriga adquiere una nueva forma en esa posición. No habla, todo permanece en silencio, sin contar el murmullo del tráfico. Lleva los dedos a los labios: sí, resecos. Debería usar el cacao, pero para qué. Se pregunta eso desde hace días ¿Por qué imponer un arreglo a algo que terminará regenerándose sólo? Si alguien se acercara él, si hubiera otros ojos, otra boca buscando la suya… pero no la hay.

¿Qué planes tenía antes de la ducha? Ninguno. Por eso ha perdido el tiempo mirándose. Ensaya un futuro: la barriga terminará por ceder en unos cinco o diez años, perderá algo de pelo inevitablemente, las venas de sus manos se marcarán, la piel dejará de ser tersa, se descontrolará todo en él, la química comenzará a prepararle para la putrefacción venidera, semejante a una manzana madurando hasta su decadencia. Decide borrar esa idea de su mente, busca unos pantalones, una camiseta. Se levanta, cocina, come. Podría salir. ¿Dónde? ¿Con quién? Cualquier ciudad se vuelve conocida al pasar un tiempo, y a veces uno no quiere rodearse de lo habitual, por si la arquitectura pudiera reconocerle, murmurar de calle en calle sus vergüenzas. Quizá el camarero del café des arts le lance una mirada cómplice, diciéndole sin decir: aquí estoy yo, monsieur, le reconozco. Es terrible. La casa parece mejor.

Ve una película, se lava los dientes, se vuelve a desvestir y se masturba sin deseo, por convención, porque así dormirá mejor. El insomnio le ataca durante una hora, después la preocupación sin nombre se deshace, y duerme tranquilo. Abre los ojos unos segundos antes que la alarma del despertador. Se levanta torpe, como cualquiera, se ducha aún dormido, mientras la cafetera ruge. Vuelve al cuarto en albornoz, elige la ropa interior, el traje y la camisa. Una vez subido sobre sus zapatos, con todos los botones y cordones rigurosamente abrochado o atados, se mira ante el espejo y puede reconocerse.

La mejor parte

La niebla aparece en el horizonte al amanecer, igual que la polvareda levantada por un ejercito. Las nubes se acercan como los heraldos del día, de la sombra que traerán más tarde. La mujer no tiene nada que decir en este espectáculo. Vuelve los ojos y todo lo vivido se fija en su mirada.

Sube sin prisa las imponentes escaleras que llevan al primer piso de su casa. Se accede desde allí al interior. Pasea por el porche lleno de columnas, observa el jardín. Hay una gran fuente en la que siempre quiso bañarse. Tiene treinta años, nació en esa misma casa, pero aún no lo ha hecho. Estuvo cerca el día que se subió la falda y metió los pies en el agua.

El interior no tiene ya muebles, entre las paredes con columnas y adornos tallados no hay nada. Todavía cuelgan lámparas de araña, es todo. Hace unos minutos ha recorrido por última vez los salones, las habitaciones y los pasillos. Sus tacones resonaban y le recordaron a los pasos de su madre cuando ella era pequeña.

Evoca su vida entre los floreros de cristal y las faldas negras de las criadas, los libros intocables de la biblioteca y las visitas de altos dignatarios, siempre sonrientes al verla tan pequeña en una casa tan grande. Recuerda la soledad de su padre, su obsesión por los enigmas, sus tardes al piano entre lágrimas. Recuerda el día que se fue, el cadáver escondido en la caja negra. Aquella madera la tiene bien grabada en su memoria, el tacto encerado, el sencillo tallado de flores esquemáticas, como cuentas encajadas en la superficie. Lloró mucho, igual que su madre, el resto de personajes eran fantasmas vestidos de luto que les observaban sin comprender nada.

Aparece Antonio, saca su pitillera y le ofrece un cigarrillo. Ella acepta, no le mira, no intercambian palabra. Fuman los dos mirando el jardín. Al final él toca el brazo de ella en una caricia fría. Esa es la despedida, baja las escaleras que su hermana ha subido antes. Desaparece en busca del coche.

El silencio reina en el jardín, ella expulsa el humo y estrella el cigarrillo contra el suelo. Ya no debe respeto a las piedras. Observa las ventanas y sigue a Antonio, pero no va hacia el coche, cruza el jardín y se queda ante el final, al borde mismo del abismo, frente al mar.

Está apoyada en la barandilla y se sorprende cautivada por el horizonte. No tiene a donde ir, no le espera nadie. Se para a pensar que podría lanzarse, si la marea arrastrase su cuerpo nunca sabrían qué fue de ella. Antonio pensaría que huyó, se lo diría a la policía, todos la tomarían como una rica excéntrica, harta de su modo de vida. Lo está.

Ha nevado mucho ese año, los setos parecen marchitos, cansados por el peso de la nieve, helados hasta en su raíz. La casa, apagada, desde aquella distancia parece un viejo recuerdo, una fotografía en blanco y negro. El tilo, cuyas ramas adornaba su hermano y su padre el día antes de nochebuena, ha cedido como un viejo ante la pesada carga de los años. El jardinero murió hace unos meses, era el último actor del pasado y fue su muerte la que animó a Antonio a poner en venta la casa. Ella no dijo nada.

Camina con pesar de vuelta a la entrada igual que si caminase entre tumbas. Se fija en el césped que no ha sobrevivido bien al abandono y las heladas. Se pregunta si algún día podrá llorar esa casa que hoy abandona definitivamente, si sus ojos que parecen de cristal echarán la vista atrás con lo vivido en su pupila quieta. ¿Se arrepentirá? ¿Llegará a creer que esa era la mejor parte de ellos mismos?

Las piedras se hielan, las estrellas desaparecen completamente, desterradas por el color. La bruma hace su entrada, se apodera del mundo despacio, de la casa. La mujer ya se ha ido, todo es silencio. Igual de despacio la bruma desaparece. Llegan las nubes y arrojan su sombra sobre la casa, proyectando extrañas figuras hacia el suelo vacío de las habitaciones.

Monumento al módulo habitacional

La casa aún conserva pintura amarillenta en sus paredes. El interior ha vencido su peso sobre el suelo y el tiempo ablandó los montones de escombros, descomponiendo lo posible, pudriendo y oxidando otra parte y transformando, en tanto que podía, lo que no tenía posibilidad de tocar. Las cuatro paredes, no obstante, permanecen guardando esos despojos como si fuera una caja cerrada que gustase de dejar entrar la lluvia. De los huecos abiertos, donde antes hubo ventanas o puertas, ahora un vómito de hiedra y maleza se desparrama hacia fuera. Acaso es un juego de la naturaleza o una invitación para escalar arriba, hasta el segundo piso, donde el tabique da paso a la caída, a la caja abierta, a una sorpresa fácilmente supuesta.

Imaginar esa casa desprovista de su abandono parece imposible, pero años atrás una aburrida familia sucedió a otras por herencia o traspaso en el hábito de la casa. Atrás quedaron mujeres ancianas, que se peinaron las canas ante un espejo silencioso, para acudir al tañer de las campanas con la mejor imagen de sí mismas. Entre esas paredes hubo más muros, hubo escaleras, hubo azulejos alicatando una cocina, quizá dos baños, hubo camas y mesas, pero ahora todo se ha desecho, se ha transformado en un olvido sobre el que solo pueden cernir cierta luz viejos documentos apilados en algún desván del ayuntamiento, papeles que hablarán de contratos, de herencias y que permanecerán conservando su pequeña importancia impresa hasta que un incendio acabe con sus palabras, hasta que un constructor ávido ambicione ese terreno que no es muy ventajoso.

El edificio permanece mudo, con su carácter de ruina-monumento al módulo habitacional, despojo para antropólogos si llega el caso de que la vida occidental se extinga por algún azar. Es cierto que pensar sobre su pasado parece una pérdida de tiempo, pero pensar en su futuro es sencillo de otro modo, porque la extinción es inevitable, porque al hombre le encanta destruir y a la naturaleza le encanta repoblar lo que perdió un día. La casa promete que llegará el momento en que los rascacielos vomiten hiedra desde el piso ciento veintidós; esos grandes gigantes de acero y vidrio se transformarán en una cascada verde y arruinada, sobre la cual asomarán las copas de los árboles. Luego todo se vendrá abajo con una gran polvareda y, como parte de un ciclo conocido, nacerá trigo entre los ordenadores.

Nocturno Nº1

Pasaron las horas y él las vio todas en el reloj de pared que había colgado en su habitación. De cuando en cuando, por un impulso incomprensible, miraba su propio reloj de bolsillo, quizá con la duda sobre si el tiempo transcurría tan realmente como lo hacía sobre el reloj de pared. Nunca encontró la menor discordia entre ambos aparatos.
Esperaba, lo hacía apenas sentado en la cama, con el traje puesto, ya sin chaqueta, pero todavía con el chaleco tirante sobre su espalda y los botones de la camisa bien abrochados. Tenía los ojos rojos, como les ocurre a las personas que se pasan demasiado tiempo desvelados, sin apenas cerrarlos, dejando que el aire se los seque. La superficie vítrea de aquellos globos se volvía, minuto a minuto, cada vez más espesa, como si una niebla los cubriese, o como si se estuviera volviendo ciego a lo largo de la noche.
No durmió, llegó el alba y nadie acudió a su encuentro, él se mantuvo allí, callado, en silencio. Hubo un momento en que dejó de mirar su reloj de bolsillo, poco después tampoco se fijaba ya en el de pared. El tiempo quedó relegado a lo más subjetivo y sus ojos impenetrables dejaron de tener esperanza, aunque se mantuvieron bien alerta, espiando la luz que se dejaba deslizar por la ventana.
Con la mañana, con el día, llegaron los ruidos vecinos, pero ninguno familiar. Suspiró por primera vez en toda la noche y luego se acostó, cerrando los ojos, vestido de calle, con los zapatos todavía puestos. La expectación que había sentido, la ira en que se convirtió, la tristeza que terminó por destilar su mente; ahora todo se había conjuntado para crear un coctel que le oprimía, que le ahogaba. Se sintió solo, desalentadoramente solo, incomprendido, despreciado. Lo peor era que le dolía, no el hecho de que quien esperaba no hubiera llegado, si no que le había prometido que sí lo haría, lo había hecho con una sonrisa clara, de esas que nos hacen fijarnos en la belleza del gesto.
De repente, como accionado por algún malvado resorte, la quietud que su cuerpo había ostentado toda la noche se rompió. Se levantó, nerviosamente, quitándose al tiempo el chaleco, arrancándolo con tal violencia que algunos botones se rompieron. Luego se quitó la camisa como si esta fuera una prenda para dementes, los zapatos los tiró contra el suelo, los calcetines desaparecieron bajo la cama y los pantalones dejaron de cubrir las piernas. Se quitó, por último, la única prenda que le cubría y quedó así totalmente desnudo, expuesto y a la vez limpio de cualquier efecto exterior que el mundo pudiera tener sobre él.
Se sintió libre y corrió hacia el baño donde se lavó la cara con agua fría. Quería sentir y sintió, luego volvió a la cama tranquilamente, respirando profundamente. Se metió entre las sábanas y cerró los ojos.