Insomnio

Cada noche, al reposar la cabeza sobre la almohada, llega la corte, en tropel, una verbena agitando sus blasones y banderolas de colores. Aparecen antes de darme una oportunidad para cerrar los párpados, arrasan con mi somnolencia y me dejan la fatiga, el dolor en el brazo izquierdo tras una jornada de hacer siempre los mismos movimientos, las piernas cansadas. No sé por qué me canso. Cada vez ando menos, corro menos, hago menos ejercicio. Me cristalizo.

Mañana el reloj no tendrá piedad, el espejo no tendrá piedad, yo no tendré piedad.

¿Quién me vendió este cuento? ¿Quién me hizo creer en “esto”? Tonterías, deseamos la mentira, deseo la mentira, la verdad es aburrida, insulsa, la verdad duele y es agria, difícil de tragar. Sacrificio, es necesario más sacrificio, un mayor sacrificio para conseguir aquello que se desea. ¡Más madera! Arden poco estas compuertas al infierno, la maquinaria apenas vibra todavía. ¡Más madera! ¡Más madera! Hasta que no quede nada, hasta que el armazón de esta casa y este cuerpo acaben limpios de cualquier adorno, de cualquier cosa que no sea esencial para el avance.

La pastilla para dormir me provoca una nausea y vuelve acuosos mis pensamientos, difíciles de transitar. Los sueños y pesadillas se han replegado, me esperan al otro lado. Respiro. Imito la respiración de alguien dormido y procuro no moverme, procuro mantener los ojos cerrados. Quiero dormir, quiero la falsa paz de unas horas de inconsciencia. ¿A quién quiero engañar? El espacio que ocupo en esta habitación es ridículo. Termino enredado en el sonido de las manecillas del reloj y me pierdo.

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Dreamers, Albert Moore

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Del pathos

El pathos se encuentra en lo más oscuro de la historia del hombre. Es, quizá, la más primigenia, la más visceral; son las raíces de la vida que se nutre del miedo. Semejante savia, cuando asciende desde los más profundo, se esparce en los peores momentos, inoculando las venas de esa sustancia extraña.

El Pathos es el hades del alma, aquel lugar triste, húmedo, maligno, sádico, que está lleno de crueldad. El pathos es una caverna donde se oculta todo el dolor que padecemos en nuestra vida, hace las veces de tanque para almacenar ese líquido amargo y también de cadenas que nos sujetan y exponen al Águila maltratadora encargada de devorar nuestros ojos si nos revelamos o sólo picotear el hígado si nos mantenemos sumisos.

Hoy mismo hace tan solo unas horas el pathos se ha liberado atándome las muñecas, convirtiéndose en Dios y mundo. Hoy, día de bochorno y tormenta inminente, hoy temo y gimoteo, desesperado, dolorido por la noticia de un abandono, de una marcha que no tiene paliativo… Con gusto buscaría un lugar tranquilo donde esconderme de mi mismo, pero ese lugar no existe y olvidar es un lujo reservado sólo para los dementes. No, hoy toca padecer el dolor donde sol, oscuridad o ambientes sombríos y apenas iluminados me molestan, me hieren en la retina y en los pensamientos. Yazgo tirado como una alimaña sobre el enlosado, sin confianza en mí mismo, con la savia envenenándome de pathos todo el cuerpo, paralizándome… aquí me encuentro con todas mis querencias rotas y la afirmación tremenda de que no hay salvación, de que todo se terminó pese al intenso sentimiento que nos unía. Pero no equivoqué, pues parece que aquello sólo existía por mi parte, aunque no de la suya. He sido un necio, un ciego que esperaba lo imposible, esperanzado en el día en que alguien llegase y pudiese hacer el esfuerzo de ver más allá de las primeras capas de mi ser y que aceptase todo lo que se oculta bajo la piel y los huesos. No ha sido así, en su descubrir ese “otro” que hoy ha huido se topó con el pathos como un paseante se encuentra un abismo en medio del campo.

El pathos es ese sentimiento cuajado de gusanos que nos infunde los más terribles deseos y las más terroríficas pesadillas. Nos impulsa en las violaciones, en los asesinatos y es, al mismo tiempo, el que luego nos hará padecer el remordimiento, el miedo, la angustia y el dolor. Él es la fuente de todas las lágrimas y, si se pudiera extirpar como un órgano maldito o un cancer horrible, se haría en el mismo momento en que nacemos. Quizá entonces fuese posible crear hombres buenos. Hombres que, aún en la creación de sus filosofías o en el feliz padecimiento de sus deseos, fuesen capaces de esa felicidad que no se entiende y de comprender, al mismo tiempo, un mundo que estaría creado para todo lo bueno, iluminado por brillante luz blanca, amparada por afilados bisturís. Todo eso es una utopía, la realidad es que hemos de vivir bajo el dominio del pathos como esclavos ante su amo. No habrá jamás modo alguno de escapar de su influjo pues se trata de nuestra misma naturaleza, de parte de nosotros mismos.

Condenado

¿Infeliz, necio, monstruo, demonio, leviatán? ¿Qué eres? No lo sé, juro que lo ignoro, juro que no puedo hacer nada contra ti. Eres peor que todas las plagas de Egipto, no hay nada comparado contigo, por eso tu forma se me escapa. No te veo, no distingo nada más allá del humo negro en el que te escondes. Si pudiera, si supiera levantar la mano, aferrar un arma cualquier y lanzarme contra ti con rabia, con furia… si pudiera no seguirías aquí. Pero persistes porque soy incapaz de moverme.

Has surgido de mi pecho, de mi garganta, de mi boca, te alimentas de mis entrañas y buscas el bocado más apetitoso: mi corazón. Sí, porque el corazón siempre es esa tripa hinchada que asociamos con el amor, con lo bello, con lo bueno y que se nos rompe cuando las cosas no van bien. ¿Quieres apoderarte de él? Adelante, Ifrit, genio sin lámpara, Djinn oscuro que te relames pensando en esa dentellada que estás a punto de lanzar. Mi exigua sangre regará mis entrañas y permaneceré atado a esta roca como Prometeo, pero nadie se acordará de mí como lo hacen de él, porque yo no soy nada. ¿Por qué? ¿por qué a mi? Tú eres el lado oscuro que se oculta en todas las caras, en todos los rincones, detrás de las pupilas encendidas de todos los habitantes del mundo. Pero ha sido a mí a quien has escogido como esclavo, como pez para tu acuario.

No, no lucho, contra ti no hay pelea posible, ya llevo demasiado tiempo tintineando estas cadenas, luchando contra su férrea sujeción, intentando burlar tu terrible mirada. Estoy cansado, cansado, a partir de ahora seguiré la condena que me sugieres, el castigo por mis pecados capitales. Sí, seré el hombre gris que me pides. Se acabó, no puedo más, mis éxitos son tan pocos y mis fracasos son tan numerosos que no soy capaz de seguir. Yo no soy Moisés, a mí no me tendrás toda la vida en el desierto condenándome a morir antes de llegar a la tierra prometida. No, yo no difundiré tu palabra, ni la mía, ni la de nadie, porque no soy nada ni nadie. Ni siquiera aquellos que dicen quererme me ayudan, aunque saben que estoy aquí. Supongo que también hay otro como tú en cada uno de ellos. Pero yo he perdido contra ti y se acabó.

¿Qué murmuras? ¡Ah! Ya lo entiendo. Te complace mi debilidad, mi horrible cicatriz, mi resolución a decidirme vencido. Sea, has ganado, he perdido. ¿No atacas? Lo veo bien, esperarás todavía, me martirizarás como un lobo que ataca una y otra vez que muerde, hinca sus fauces en la carne y se retrasa, complaciéndose al ver a su victima retorcerse de dolor mientras se lame los colmillos saboreando la sangre, el premio. Sí, este mundo está hecho para esas personas a las que los espíritus como tú logran dominar, que consiguen entrelazarse con ellos, diluirse con su alma y ser uno solo.

¿Sabes lo qué es la luz de mercurio? Mercurio o Hermes era el mensajero de los dioses, la deidad patrona del ingenio, de los poetas y los escritores. Imagínate ahora al Hermes veloz con una antorcha en lo alto que brilla con luz plateada, mercurial como su nombre romano, guiando a los caminantes por el camino, sirviendo de inspiración a los artistas para indicarles dónde deben de ir. ¿Te lo imaginas? Bien, esa es la luz de mercurio, esa fue la que Prometeo arrebató a los dioses, por eso le odiaron tanto, por eso. Yo lo sé porque me imaginación lo ha elaborado para mí. También puedo contemplar el umbral de lo imposible, allí donde algunos queremos llegar, nuestra meta final, iluminada por la antorcha de Mercurio. Pero ese fuego ya no arde, está extinto. Yo apenas puedo ver ya, apenas merece la pena. Mercurio me ha abandonado, el umbral es imposible de alcanzar tal y como se prometía. Decaigo, me derrumbo y ya está, se terminó.

¡Ataca ya! ¡Maldita sea tu sangre, que es la mía! ¡Termina conmigo, diablo! No puedo más, no lo soporto, quiero la bendita paz de la oscuridad, quiero alejarme de esta guerra eterna, terminar con este duelo horrible entre la luz y la sombra. ¡Oscuridad, te reclamo! Te conmino a llevarte mi alma allá donde puedas hacer con ella lo que quieras, lo que sientas conveniente. Soy un necio, un absoluto patán, un inútil, un caminante sin zapatos, un escritor sin pluma, un ave sin alas, un insignificante hombre que no entiende apenas nada. ¡Llévame ya, titán! ¡Arráncame este corazón! Será la primera vez de muchas, sé que volverás, al igual que vuelve todavía hoy el águila de Zeus para arrancarle el hígado a Prometeo. Yo te ofrezco mi corazón, la pieza más jugosa. Trágatela, redúcela a cenizas y vuelve mañana, te estaré esperando para volver a entregarte esta válvula que tanto significa. ¿Ya te aburres? ¡Hazlo! ¡Acaba con esto! ¡Acepto la condena!

Se terminó…

Pesadilla

Quietud.

Nada, nada, sólo oscuridad, inconsciencia bendita que ojalá durara hasta que se abran los ojos, sin recuerdo de ingratas costumbres nocturnas.

Pero no, algo surge. Desde algún rincón de la mente se arrastra una sierpe de plata, viscosa, que asoma su lengua agitándose en el aire. El surco que deja se ilumina y desaparece para transformarse en una lluvia bermeja. La luz se vuelve ámbar, los relámpagos son mudos y alguien camina por una calle desierta, muerta, completamente yerma. La ciudad es desconocida, pero podría ser cualquiera de las que has habitado a lo largo de tu vida, fuese un día o un siglo, no importa, no importa… Aquel hombre sigue caminando tranquilamente bajo esa extraña lluvia, imbuido en la luz de ensueño.

Hay un monte altísimo, que sobrepasa las nubes y que al mismo tiempo está tan cerca del mar que escuchas las olas estallar, embravecidas, escupiendo su espuma corrosiva hacia ti. Aquel espectáculo es magnifico y te levantas, aterrorizado, para ver como la inconmensurabilidad del océano se embravece, golpea el mundo, ruge y te engulle.

Aquel hombre sigue caminando.

¿Dónde estás? Por un momento te ves desorientado, pero rápidamente recuerdas tu cama, tus sabanas y te ves, sólo, absolutamente sólo, presa de un frío glacial y de un calor que levanta ampollas sobre tu cuerpo. Pero estás dormido, te retuerces en el sueño, eres consciente de tu tortura como si ya estuvieras muerto y observaras tu cadáver desde un punto externo. Sin embargo comprendes que la muerte es el fin y si te estás viendo a ti mismo sólo puede significar que es el sueño. Tu cuerpo, ajeno a ti, golpea las sabanas, busca zafarse de su abrazo pero le inunda y pasan las horas. Los días llegan como años y sigues sólo en esa cama incómoda que te rasga la espalda, que se ríe de tu propia mendacidad.

Los pasos del hombre son mudos, es un mundo mudo.

Silencio.

Todo prosigue, el hombre camina. La luz sigue siendo del mismo tono amarillento y comienzas a sentirte como una mosca atrapada en ámbar, condenado a vivir muerto y soñar eternamente.

La serpiente reaparece, como augur o cónsul de lo que ha de venir. Te encuentras en un cuarto pequeño, de paredes sudorosas y oxidadas. Miedo, tienes miedo, la oscuridad sólo te revela monstruosas formas que no entiendes y que equiparas a todo. Arañas por doquier, gusanos, ratas, colmenas de enjambres, un cuervo solitario, muerto y que sin embargo grazna de cuando en cuando, colgado tétricamente de una tela de seda arácnida. Luchas, huyes, corres por una oscuridad que no te da tiempo a dibujar, te agotas, esputas sangre.

Luz.

Luz ambarina y respiras, y miras alrededor con ojos vidriosos, sudas, es una ciudad y estás sólo, alguien toca tu espalda.

Silencio.

Es él, hombre caminante bajo lagrimas rojas, con gabardina y sombrero de ala ancha que ahora se está quitando, y ves entre las solapas una calavera de ojos encendidos, descarnada, que te sonríe sin poder hacerlo realmente, porque eres tú, monstruo reflejo de tu alma, surgido de la profundidad de ti.

Y todo se desdibuja, la lluvia al fin lo derrite todo y el color diluido termina en una copa y tú bebes el veneno, condenando a tu cuerpo a que lo recorran cuerdas de metal con púas que laceren tu garganta. Poco a poco la podredumbre te invade desde tu corazón.

La sierpe de plata se retira sinuosamente, borrando su recorrido, buscando aquel rincón de ti donde duerme. Esperará a otra noche para surgir y saludarte, pintando con su huella tu camino. Lo último que crees ver es su aplastada cabeza, sus pequeños y brillantes ojos y su lengua danzante que se ahoga en la negrura.

Silencio.

Quietud.

El precio de la eternidad

La eternidad tiene un precio, y es ella en si misma. Pocos vampiros antiguos hay y esto es porque la inmortalidad significa una belleza perenne, una sed insaciable, la imposibilidad de disfrutar de la luz solar y por último, el peor mal que se puede acarrear, todo el tiempo del mundo.
Henry Burton sabía aquello, aún cuando no tenía más de quinientos años; pero lo cierto era que aunque al principio todo era diversión y su cuerpo se entregaba al vicio y a los excesos con gran deleite, poco a poco todo eso le terminó por aburrir; lo que otrora fue emocionante ahora no era más que un insufrible trago de normalidad, la monotonía le invadió como una enfermedad, los deseos se apagaron… Cuando uno se encuentra en tal estado busca nuevas tareas en las que matar el tiempo pero todo es inútil, con el paso de los siglos la mayoría de los vampiros o se sumen en el sueño perpetuo del letargo para nunca más despertar o eligen la opción más común, el suicidio. A Henry le parecía que aceptar la inmortalidad para terminar recurriendo a la inmolación era un hecho cuanto menos irónico.
Sin embargo, en su caso particular, aún en sus quinientos años no se cansó nunca del mundo, para él siempre había algo que descubrir: nuevas sensaciones, nuevos lugares, rostros nunca antes vistos, aromas y sabores inimaginables, tantos libros por leer… tantas historias que conocer…
Pero a él le asesinaron, quizá sería mejor decir que lo ajusticiaron o realmente puede que no sea más correcto uno que otro termino, todo depende de quien cuente la historia y cuánto sepa sobre ella. La cuestión, no obstante, es otra, pues en aquel momento, después de muerto, se encontraba en el peor infierno de todos, la eternidad.
Henry Burton vagaba por un desierto de arena negra, sin sol ni luna ni estrellas, sin nubes, solamente tenía aquel perpetuo cielo anaranjado por horizonte. Aquel infierno era el lugar mas vil e infame que podía haber imaginado, desesperante hasta el grado de dejarle a las puertas de la locura. Según le había comunicado anteriormente su propio asesino, también aquel infierno venía implícito en el contrato de la inmortalidad; él la aceptó y por ese hecho estaría padeciéndola durante tanto como existiese el averno, decir para toda la eternidad le parecía quedarse muy corto, era aún más, imposible o casi de concebir, era la infinitud.

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