Miércoles fragmentado: Thomas el oscuro, Maurice Blanchot

“Dans toutes les âmes qui l’environnaient comme autant de clairières et qu’elle pouvait approcher aussi intimement que sa propre âme, il y avait, seule carté qui permît de les percevoir, une conscience silenciseuse, fermée et désolée, et c’est la solitude qui créait autour d’elle le doux champ des relations humaines où, entre d’infinis rapports pleins d’hamonie et de tendresse, elle voyait venir à sa rencontre son chagrin mortel.”

“En todas las almas que la rodeaban, como si fuesen claros a los que ella podía aproximarse tan íntimamente como a su propia alma, había una única claridad que permitía percibirlas, una conciencia silenciosa, cerrada y desolada, y era esa soledad la que creaba a su alrededor el dulce campo de las relaciones humanas donde, entre infinitas relaciones llenas de armonía y ternura, ella veía venir a su encuentro una mortal melancolía.” * 

A menudo le costaba distinguir las horas del día. Despertaba y el sol era extraño, la luz gris. Después hacía pocas cosas, sólo lo obligatorio: cogía el metro, limpiaba la casa de turno y volvía rápidamente a su pequeña habitación en la pensión donde se alojaba. Allí se dormía pronto con la puerta y la ventana bien cerradas para no pensar en el exterior. Las sábanas sucias, sin cambiar desde hacía un par de meses, tenían cierto encanto para la chica, le gustaba arroparse con ellas y olvidarse de todo. Al día siguiente emprendía la misma rutina y los fines de semana no sabía qué hacer. Muchos domingos los pasó en la cama escuchando el ruido de la casa, los cuchicheos de sus vecinos de cuarto preguntando por ella. ¿Estaría enferma? No, simplemente era rara. Los sábados, sin embargo, procuraba asearse un poco y bajar al puerto a comer un helado. A su alrededor la gente parecía feliz y ella se sentía como una paloma posada en la plaza mirando la vida pasar, esperando algo, quizá migas de pan.

A veces recordaba a su madre, la había dejado en el pueblo con sus hermanos. El día dos de cada mes la chica le enviaba casi todo lo que ganaba, junto con una nota corta diciendo siempre lo mismo en apenas un par de líneas. La madre escribía de vuelta con muchas faltas de ortografía y letras grandes y redondas, le contaba lo que pasaba en el pueblo y la vida de sus hermanos. Parecían felices, siempre le agradecieron el dinero y querían saber más de su vida en la ciudad. Ella continuaba escribiendo lo mismo y cuando pasó el primer año su madre dejó de preguntar.

Tenía dos compañeras de trabajo con quienes a veces coincidía, le invitaban a café e intentaban animarla a hacer cosas distintas y salir más. Nunca tuvieron éxito, pero ella les agradecía de corazón sus preocupados consejos. Sencillamente no era capaz de aceptar sus palabras, nunca tuvo la suficiente imaginación para creerse capaz de salir de esa cama de sábanas viejas y grises, ya algo raídas. Su mundo era la superficie horizontal donde podía recordar un tiempo triste y penoso, lo único que había conocido, lo único que había deseado y ahora añoraba. Nunca se le pasó por la cabeza viajar o intentar ser feliz, se vio obligada a aceptar aquel trabajo por la necesidad de su familia. ¿Qué podía hacer ahora con su vida, sino dejarse llevar por las olas de su cama?

*Traducción propia.

Cuento de navidad

Relato publicado originalmente en el suplemento navideño del semanario Bierzo 7. Diciembre de 2014. También publicado en su versión digital aquí.

A, y para Aquilina

Cuelga el teléfono y se queda mirando la puerta principal, el cerrojo. No espera a nadie, tampoco llaman, pero Leonora aún se mantiene allí un minuto. No se mueve debido al contraste entre los veinte minutos al teléfono y el silencio de la casa. Esa ausencia lo inunda todo. Vuelve a la cocina porque sus dedos entumecidos le recuerdan el frío, con las prisas no se había puesto las zapatillas.

Cierra la puerta y se sienta en el sofá con las piernas recogidas, la televisión está apagada. No piensa en encenderla, no tiene ganas del alboroto de voces, vuelve a sentir la tristeza de todos los días golpeando con más fuerza contra su pecho, su garganta y sus ojos. Desde allí mira el calendario de la pared. Tiene una semana para prepararlo todo. Después de un rato se levanta para buscar uno de esos cuadernos que esperan en los cajones durante años. Leonora se queda mirando la página cuadriculada con un bolígrafo en la mano, reflexiona un minuto y escribe “Belén”. El resto de la lista va saliendo poco a poco, añade “cordero” automáticamente, porque es lo típico en León, siempre ha sido así, al menos siempre que hubo dinero. Luego escribe los ingredientes necesarios para la sopa de marisco del día de Navidad… los dulces los traerán sus hijos. Termina la lista y se queda mirando las palabras con más pena aún que antes. Rescata un pañuelo de su manga y se seca los lacrimales antes de dejar caer una sola lágrima.

Ilustración de Jorge Fernández Ruiz

Ilustración de Jorge Fernández Ruiz

Se repone al cabo de unos minutos, se limpia las manos en el mandil, echa un ojo a la cocina y sale al patio. Hace mucho frío y al parecer también ha llovido. Llena un cubo de carbón y vuelve a la cocina deprisa, tapándose la garganta con la mano libre. El año pasado enfermó precisamente en uno de esos viajes cortos. Entre la gripe y la tristeza creyó que no sobreviviría, pero pasó el invierno y salió de la cama casi a regañadientes.

Dentro deja el cubo en la encimera y abre la tapa con un atizador para no quemarse. Es una de esas antiguas cocinas de hierro fundido, grande como una cama, y que sirve de calefacción además de para cocinar. Leonora la llena con el carbón, agitando las brasas con cuidado de no ahogarlas. Calcula la cantidad suficiente para pasar la noche. Si tiene frío pondrá el radiador eléctrico de la habitación. Siempre se dice eso, pero nunca lo enciende. Lo compró Agustín hace dos inviernos, ella le dijo que no lo usarían, era una tontería, pero él insistió. De nuevo el recuerdo le angustia y no sabe qué hacer o cómo. Se pone a lavar el cazo, los cubiertos y lo demás, pero lo hace torpemente y al final un plato se le resbala entre los dedos y lo descascarilla justo en el borde. Por suerte tarda poco; después de secarse las manos se limpia el resto de las silenciosas lágrimas y mira la pantalla apagada preguntándose nuevamente si debería encenderla. No, no tiene cuerpo. Apaga las luces y cruza el pasillo otra vez.

Su cuarto es pequeño como un camarote, eso dice su nieto, pero a ella le gusta, se siente cómoda en él y nunca ha querido cambiar a otro. Ahora hay demasiados vacíos con olor a cerrado y su suelo de madera está levantándose por el abandono. El suyo todavía está ocupado y la casa respeta esa fidelidad protegiéndolo de los achaques que sufren las viejas casas de pueblo. No tarda en quedarse dormida.

El sueño le inquieta, al final se siente despertar en una cama que no es la suya, pero sí lo fue una vez, cuando era una niña y dormía con su hermana. En efecto, se encuentra a sí misma en el cuerpo de una niña de pelo ondulado y mirada seria, pero una niña al fin y al cabo. Se incorpora en la cama intentando no despertar a su hermanita. Padre murió ya hace unos años y ella se encarga de muchas cosas, la primera de despertar a madre y coger agua del pozo. No llega a levantarse porque ante ella hay un hombre, está de espaldas a la ventana y no puede distinguirle debido a la luz que entra por ella, cegándola.
-¿Quién eres? –pregunta la niña.

El hombre señala el exterior sin decir nada, luego, en un parpadeo, desaparece. Ella salta de la cama sin asombrarse por la huida instantánea del personaje, se asoma a la ventana. Nada interesante; lejos, por la calle de barro, pasa un chico cargando un saco grande con esfuerzo. Leonora está algo decepcionada. Luego, con la transición inexacta de los sueños, se encuentra saltando de felicidad con una fruta en las manos, con su brillante piel llena de olor, así de agradecida es la pobreza.

Años después le presentan a ese chico que una mañana de Navidad paso cerca de su casa con un saco. Ella se muestra recelosa, algo tímida, los recuerdos están mezclados con las expectativas, pero en el sueño también está con ellos la misma figura de su ventana, el hombre sin rostro seña al chico. Leonora no comprende, corre hacia él, pero cuando está a punto de ver su cara se vuelve irreal, una fantasía. En Navidad el chico le roba un primer beso torpe, casto, asustado; tras un brevísimo instante de unión se separa de ella con expectación, casi esperando un grito o una bofetada, pero Leonora sólo está sorprendida. Sonríe tímidamente, le acaricia la cara y se va al campo, lejos, a una colina imposible que jamás existió. En esa esfera onírica se sienta en medio de diciembre sobre la nieve sin pasar frío y piensa junto a la reaparecida figura del hombre sin identidad… ya le ha aceptado a su lado como el niño acepta su sombra. Leonora piensa con el corazón de mujer enternecido por primera vez en su vida, piensa en el chico, en su sonrisa, en su torpeza, en el beso minúsculo. Comprende que no besará a ningún otro hombre. Largo noviazgo, dejan pasar los años y se casan también en diciembre. Justo un año después nace su hija con las primeras nieves. El frío marca sus vidas, un frío acogedor en el sueño, aunque en el mundo real fueron muchas las penalidades. Su marido madura ante sus ojos, pierde la delgadez de la juventud, se vuelve un hombre corpulento, bien formado, fuerte, su pelo encanece y termina con un bigote bajo un par de gafas de nácar.

El mundo cambia a una velocidad de vértigo, todo se confunde para Leonora, sus hijos, los colores, el tiempo, las diferentes personas de su vida, algunas mueren, otras nacen, pero allí sigue Agustín, transformándose una y otra vez de joven a adulto, de adulto a anciano y vuelta a comenzar. Él es el eje de su vida, hasta que el remolino de color y sonido se rompe y vuelve a ser una mujer con el rostro serio frente a un ataúd cerrado, incapaz de creer en el contenido de la caja, con la mente blanca llena de ruido.

Cuando sus hijos se fueron días después del entierro, Leonora subió a la montaña con su aspecto resuelto de siempre. Se sentó en un claro, rodeada por silencio y allí lloró, se culpó, le maldijo a él, incluso insultó a Dios hasta perder los nervios agotando sus fuerzas. Echada sobre la hierba erizada de la montaña dormitó durante unos minutos para calmarse. Al abrir los ojos allí estaba la figura de su sueño, recordándole que sólo revivía aquel instante, que el tiempo había pasado y debía continuar. «¿Por qué?» Quería preguntar Leonora, «¿Por qué continuar cuando no quiero hacerlo?» Entonces la figura movió su brazo otra vez, trasladando el mundo con su gesto. Estaban en el cementerio y su dedo indicaba la tumba de su marido. No, señalaba el nicho vecino, entonces ella entendió.

Al día siguiente a Leonora le cuesta salir de la cama. El sueño le da miedo, pero lo peor es la perspectiva del día, los preparativos para Navidad. El año pasado no notó el shock, todavía tenía la muerte de Agustín demasiado reciente y pasó las fiestas dejándose llevar por sus hijos, algo anestesiada por el dolor. Pero ahora es distinto, el esfuerzo de hacerlo uno mismo, de preparar la fiesta como si nada hubiera cambiado pese a que todo lo ha hecho… es demasiado. Tras una hora consigue levantarse con los ojos hinchados. Encuentra la casa helada, los problemas de ese tipo de calefacción. Se pone la bata y coge el cubo de carbón dispuesta, como siempre, a seguir hasta el último día de su vida. ¿En realidad tiene otra opción?

Sus días son silenciosos, visita a sus hermanas de cuando en cuando y cada tarde va a la iglesia para rezar el rosario y tomar la comunión. Vida de pueblo, sin excentricidades, sin alegrías. Ahora se pregunta si era tan distinta su vida con Agustín, y comprende que su compañía, su mera existencia le daba sentido a todo. No era algo racional sino puro sentimiento. Podían discutir o no verse en todo el día, pero Leonora sabía que él estaría esperándola en cualquier momento, que respondería si le llamaba. Era una certeza, quizá la única que nunca se había parado a cuestionar. La muerte reveló el espacio que ocupaba Agustín en su vida al arrancarlo, y el hueco se le hacía insoportable. Todas las navidades él encabezaba la mesa familiar, la anterior sus hijos se preocuparon por trasladar el escenario, pero este año la mesa seguiría allí, las sillas y todos los miembros de la familia. ¿Quién se sentaría en su sitio? Algo tan normal, tan carente de importancia real tenía un peso casi bíblico para Leonora. Se imaginaba la silla desocupada y era peor, porque haría el vacío más evidente, estarían cenando con un fantasma. ¿Cómo ocupar un espacio imposible de olvidar?

Decide mantenerse empleada en varias tareas para no pensar. En uno de los armarios más altos está la caja con los adornos de Navidad, tiene que subirse a una silla para alcanzarla y luego tarda una hora en colocar los adornos, el pequeño árbol de Navidad, el Belén de figuras desiguales con decenas de años cada una… Cuando ha terminado se aparta y observa el resultado, la tristeza sigue empujando su corazón con cada latido, pero ni siquiera hay recuerdos asociados, forma parte del impulso de sí misma, es un sentimiento que lleva vivo cada mañana y duerme con ella, lo crea al respirar como si el propio fluir de la sangre lo produjese en una reacción química.

No le cuesta realizar todo lo esperable para esos preparativos, no tiene dificultad en realizar las compras, sabe dónde ir, lleva años siendo fiel a los mismos comerciantes; por otro lado, tampoco hay demasiado donde elegir, aunque el pueblo no es de los más pequeños precisamente. Al final va a la panadería, ahora la regenta el hijo del dueño original, un “chico” de treinta años con mucha energía y muy alegre. Al entrar le saluda por su nombre:
-Señora Leonora, -dice casi gritando.- ¡Ya la echaba de menos!

La mujer sonríe. El padre del panadero murió hace unos años y a ella cada día le sorprende más el parecido entre ambos, también aquel hombre destilaba esa misma alegría aparentemente inagotable, como si tuvieran un torrente manando del pecho, envidia esa capacidad para la sonrisa, ella nunca fue así.

No hay nadie más en el establecimiento, y lo cierto es que no invita a pasar tiempo allí: el suelo y las paredes hasta media altura están alicatadas con granito azul, barato y resistente; detrás de un mostrador de aluminio hay otro mueble con espacio para el pan, y una caja registradora amarillenta; la luz cae de un par de florescentes como leche cortada, y el único elemento nuevo es un calentador de aire eléctrico, enchufado junto a una de las paredes. Pero a Leonora le gusta ese sitio, la mayoría de sus vecinas compran el pan en otras panaderías más nuevas y acogedoras, o siguen siendo fieles a ésta, pero simplemente recogen el pan y salen corriendo. Ella no, Leonora se siente dentro de una de esas cajas antiguas cuyo interior estaba forrado por un papel que simulaba, precisamente, algún tipo de granito. Es casi una capilla, un lugar frío, vacío, casi ajeno al mundo, de no ser por las barras de pan.

Leonora sonríe al panadero y le hace el pedido para Navidad: hogazas y rosquillas para el desayuno, a los niños les encantan. Luego es él quien pregunta si necesita utilizar el horno para el cordero. Ella asiente, la cocina de carbón tiene uno demasiado pequeño para asar tanta carne. Concretan la hora y se despiden tras las preguntas de rigor sobre la familia.

De vuelta a casa, su cabeza sigue en la panadería, en ese local atemporal, casi eterno, Leonora recuerda el año en el cual abrieron la tienda, ella era una joven madre y el pueblo muy distinto, más alegre, pese a la vieja dictadura, también había más jóvenes, más luz. La escasez ya estaba más atenuada entonces y el miedo era menor. Franco moriría poco después, pero en esos últimos años el pueblo hervía en un ansia por vivir más, llegar más lejos, y ser mejor. Ahora todo le parece gris, todo decae. Quizá es por la crisis, los pueblos parecen moribundos abandonados a su suerte, nadie piensa en ellos. Leonora no comprende; sus hijos viven en ciudades, en León, en Ponferrada, pero tampoco ve allí un futuro prometedor, no encuentra ese color de las décadas pasadas. Quizás sea porque ya es demasiado vieja, porque su futuro es corto y Agustín no está.

El día veinticuatro se levanta más pronto de lo normal. Llena la caldera, limpia el polvo, pone sábanas limpias a todas las camas, friega los suelos, coloca la mesa y prepara la comida. Le lleva el cordero al panadero en dos grandes ollas de barro. A mediodía llega su hijo menor junto a su mujer, comen juntos y él mira a su madre con suspicacia, con miedo por saberla más triste de lo que se deja aparentar. A media tarde la mayor, junto a su familia llama a la puerta, las dos niñas corren a besarla y parlotean a su alrededor. Cuando oscurece aparece la hija mediana, su marido y su hijo, los tres más callados, como si la noche les hubiera apagado. Pero el niño rápidamente se divierte con sus primas y los padres con los adultos. El ambiente no tarda en ser el de una Navidad cualquiera: todos se muestran alegres, discutiendo entre sí por mil cosas, los niños chillando, el hijo de Leonora cortando jamón, su nuera preparando la cesta de turrón etcétera. La matriarca está muy ocupada dirigiendo todas las operaciones, atendiendo las ollas, y respondiendo las preguntas de sus hijos. Casi se olvida de su tristeza mientras gestiona el banquete, pero la hora se acerca, empiezan a terminar los preparativos y en algunos momentos, cuando está quieta, se encuentra a sí misma observando a esas personas tan queridas, y sin embargo insuficientes para calmar el dolor dentro de su corazón. Por supuesto no se deja vencer por la pena, envía a sus yernos a por el cordero y van sirviendo la mesa. Los niños están expectantes con los regalos. La muerte del abuelo arrastró la fantasía, pero aún así esperan tener lo que pidieron.

Todo marcha bien, nada ha cambiado en apariencia. Comen demasiado, disfrutan de los platos que Leonora finaliza en la cocina, levantándose de cuando en cuando junto a algún otro familiar. Finalmente es su hija mayor quien toma el asiento de Agustín, Leonora no dice nada, acepta el hecho como la mejor solución posible. Apenas tocan los postres y son sus hijos quienes insisten en fregar los platos, por lo que la abuela tiene un rato para descansar. Casi es peor, no sabe qué hacer sin algo entre las manos. Habla con sus nietos, más cariñosos esa noche que nunca, pero les mira con temor, les acaricia sin fuerza, cerca del temblor. ¿Existe la posibilidad de que ellos también desaparezcan? La idea le nubla el juicio y al final termina por fregar las tazas de café para olvidarse de todo.

Los regalos son la mejor parte, los niños se muestran encantadores, son felices, sencillamente felices, están entregados a la ilusión de lo nuevo y a Leonora le encanta ver sus expresiones. A ella le regalan unos pendientes de oro, los agradece de corazón y le gustan, pero prefiere ver a sus nietos jugar. De alguna manera ellos son el futuro de Agustín, lo que quedará de él cuando ella también muera y sus hijos sean viejos. Es una bonita idea, se los imagina mayores, recordando a sus abuelos, quizá reunidos para celebrar la Navidad en esa misma casa.

Tras una pequeña expectación, su nieta pequeña se acerca con expresión traviesa a la abuela. Le pone ante los ojos un dibujo sin ceremonia ninguna. Leonora lo mira, responde lo típico; sin embargo, la niña no se contenta con eso. Se pone a su lado y le va explicando la escena: ha dibujado a toda la familia «para que no estés triste, abuelita» y allí, junto a una señora con el pelo cano que la representa a ella, está el abuelo dándole la mano. El brazo libre lo tiene extendido hacia el cielo estrellado «por que está en el cielo», explica con sencillez la niña. Y Leonora, ahora sí temblando, abraza a la pequeña, le besa las mejillas calientes y le da las gracias. Luego esquiva a sus hijos y se encierra un momento en su cuarto para recuperar el aliento, para no llorar a lágrima viva delante de todos, pero esta vez no sabe si de pena o alegría, porque comprende el amor enorme que siente por sus nietos y se siente feliz por su existencia, simplemente por tenerlos allí, por poder hablar con ellos y saber que la recuerdan y la quieren. Agustín no volverá y Leonora seguirá recordándole y entristeciéndose por su ausencia, pero no olvida que también están ellos allí y da gracias por esas fiestas, por estar juntos aunque todo falle o haya tristeza o dolor.

En medio del frío y la oscuridad del invierno las familias se reúnen sean o no creyentes, igual que lo han hecho desde hace milenios; aunque no lo sepan todos celebran lo mismo, la superación de la parte más cruda de la estación, el tiempo nuevo, pues los días se hacen más largos poco a poco. Por eso están juntos, por eso Leonora se siente mejor, su nieta le ha recordado esa verdad. Todo cambia, es el gran drama de nuestras vidas; vivimos en lo incierto, y para soportarlo, para seguir adelante, lo mejor es tener a alguien al lado caminando con nosotros. Leonora sale del cuarto con la cara limpia y besa a sus tres nietos antes de servir el champaña, al fin y al cabo, hay que celebrar la Navidad…

El hombre de arena

Su sobrina había derramado un vaso de agua sobre el mantel. No era nada, apenas una humedad pequeña y redonda cerca de la fuente de codornices; no obstante, fue suficiente para revolucionar la mesa. Los padres se levantaron para estorbarse uno a otro mientras se disputaban la culpa del incidente. Los abuelos intentaban dirigir las operaciones de rescate y limpieza, hablando a la vez sin lograr ser escuchados. Sara se acercó con un paño de cocina para absorber ligeramente la mancha. Era un gesto inútil, pero no importaba. Él no hizo nada, no se unió al coro de voces ni movió un solo músculo. Ante la caída del vaso levantó la mirada y se quedó observando a la niña, muda, casi asustada por el revuelo causado sin querer. Se preguntó por qué le habían dado un vaso tan ancho si sus manos eran tan pequeñas. Ella no tenía culpa de nada.

De repente se levantó de su sitio, cruzó el salón, salió al porche y bajó los peldaños hasta la carretera, anduvo un buen rato y dejó atrás la urbanización. Se internó en el campo seco, lleno de basura. Desde el cielo debía resultar extraño aquel lugar de parcelas exactamente idénticas, llenas de césped esmeralda en medio de un gran monte casi pelado. Podía escuchar la carretera cercana. El tráfico no se detenía después de todo, pensó en si los conductores se sentirían tristes por no estar dentro de una de las casas clónicas, disfrutando de la navidad. ¿Tenía sentido sentirse triste por ello? Él preferiría no verse obligado a la pantomima anual. Era mentira. No, no era mentira. Sintió la mano de su hermana sobre el hombro, se dio cuenta que seguía sentado a la mesa, participando del juego. La crisis del vaso de agua se había solucionado. Pidió que le pasaran las codornices y continuaron entre risotadas y las mismas veladas acusaciones de siempre.

Cenaron tranquilamente, luego los niños abrieron sus regalos, gritaron y jugaron, los adultos les miraron con ojos vidriosos, como si pensaran en su niñez, pero sin hacerlo. Rara vez los hombres y mujeres maduros se abandonan a ese recuerdo, quizá porque al crecer comprenden las sombras escondidas en su inocencia, el origen de sus propias monstruosidades.

Todo iba bien, pero él se sintió de pronto débil frente a la televisión, como si sus células fuesen a perder la cohesión de un momento a otro, dejándole deshecho sobre el sofá. No se quedó a dormir. Sus padres insistieron, pero él les rechazó una y otra vez. Besó la frente de sus sobrinos, ofreciéndole un especial cariño a la niña de manos pequeñas. En la puerta Sara le dijo que no le había visto sonreír en toda la noche. Él forzó la mueca, pero fue demasiado artificial, ella movió negativamente la cabeza y le observó desde el umbral mientras se alejaba. Cogió un bus. ¿Por qué habría servicio de transporte? ¿El chofer tendría familia? ¿Se sentiría él también triste? Pasó el abono y se sentó. Veinte minutos después bajaba las escaleras del metro, y esperaba otros quince al último tren de la noche. Los ocupantes eran los mismos que cualquier sábado.

Se sentó cerca de la ventanilla. Los vagones de metro tienen ventanas para huir de la verdad del encierro, para evitar la claustrofobia de los pobres usuarios. Él era uno más, y agradecía la amabilidad de los ingenieros. Sin embargo, su rostro, sombrío en el cristal, le disgustaba. Los reflejos invitan a la introspección. ¿Quién en su sano juicio quiere conocerse a sí mismo? Cerró los ojos, concentrándose en el sonido, porque debajo del vocerío, de los golpes secos, y del chirrido de las ruedas podía escuchar un zumbido monocorde, prolongado, producido por la electricidad o por los motores. Fue capaz de centrar toda su atención en aquel sonido, dejándose hipnotizar agradablemente por él. Se alejó de los rostros felices y decepcionados, cansados y amargados, habitualmente amargados, eternamente amargados. Cada hombre, cada mujer, parecía envenenado por esa aflicción, como si vivir fuera una condena. No se daban cuenta de su elección, de su firma en la última página del contrato. La culpa siempre les parece de otros, muy oportuno. Abrió los ojos. El tren había llegado a su parada, pero volvió a quedarse quieto, mirando atentamente el cartel con el nombre en letras azules. Las puertas se cerraron, él se sumergió otra vez en el ensueño de ese zumbido constante. Se alejó de la fealdad del vagón, ocultándose entre las estrellas, como si flotase en ellas, como si a decenas de metros bajo la superficie pudiese imaginarse mejor allí arriba. Ojalá pudiera huir y escapar flotando.

Bajó en la siguiente parada. Apenas se cruzó con dos o tres personas en el camino. No fue un paseo agradable, tampoco lo contrario, fue sólo un paréntesis de tiempo, de silencio. Pensaba en el zumbido del tren, en el ruido del vaso cayendo sobre el mantel. El grueso vidrio había rebotado creando un sonido muy característico, hueco.

Llegó a su apartamento a las tres de la mañana. Dejó las llaves en el cuenco dispuesto para ello. Pero no se movió de la puerta ni encendió la luz. Pudo oír el sonido del reloj de la cocina, nada más. El edificio dormía. En la habitación de al lado su vecina estaría en posición horizontal sobre la cama, tapada con sábanas y mantas, roncando. Su casa ante él estaba llena de penumbra. Se quedó un rato así, contemplando los objetos adquiridos durante años. Después cerró los ojos, como si buscara el zumbido, le sorprendió no escuchar su propia respiración. Estuvo a punto de cuestionarse si respiraba realmente. De nuevo sintió la debilidad de horas antes. ¿De donde venía? Abrió los ojos, nada había cambiado, fue triste comprobarlo, deseaba un cambio, cualquier cambio súbito, mágico, inesperado. Se miró las manos, apenas tenía fuerza en los dedos, si apretara el puño se desharía, pero no lo comprobó, tenía miedo. Seguía escuchando reloj de la cocina. Tic tac, tic tac. Se concentró en ese sonido y respiró hondo, buscaba cierta tranquilidad, pero no la encontró. Era rehén del presente, una figura sin consistencia, a punto de descomponerse.

Aquellos hombres tristes

La primera vez que su padre le vio llorar le cruzó la cara. Desde entonces ha evitado hacerlo. Los hombres no pueden ser débiles, no pueden llorar. Le inscribieron en fútbol, era el portero. Odiaba ese deporte, pero no podía hacer otra cosa. Todos los domingos su padre y su hermano mayor se sentaban ante la televisión, gritaban y bebían cerveza hermanados por algún sentimiento que a él no le afectaba. También le obligaban a sentarse junto a ellos. Él miraba la televisión sin ganas, incapaz de saltar del sofá como un resorte igual que ellos. Cuando podía se escapaba para ayudar a su madre, ésta le miraba con tristeza y callaba. Si el equipo al que la familia apoyaba oficialmente ganaba, no había mayor problema, la felicidad de la victoria emborrachaba a su padre (el alcohol también ayudaba) Si por el contrario perdían, su actitud pasiva era reprochada, los vecinos oían los gritos de costumbre y el niño corría a encerrarse en su cuarto. Cuando llegó a la adolescencia salía de casa tras aquellos rounds con su padre. Lleno de ira, con la garganta cerrada por un grito aún dentro de él, una amenaza no pronunciada, un reproche sin formular. Encendía un cigarrillo, e invariablemente lo estrellaba contra el suelo o una pared al recordar, que en vez de ser castigado por aquel vicio a los dieciséis años, era observado con cierta aceptación. Al fin y al cabo fumar era muy masculino.

Fue a la universidad, su padre se mostró reticente, prefería tener otro hijo dedicado a la mecánica, el negocio familiar era un taller con su apellido. Según su punto de vista estudiar era un lujo, un capricho. Después de meses de discusiones, la madre convenció al padre y el hijo pudo estudiar. Aquel fue el momento del cambio. Padre e hijo se observaban en silencio, sin palabras para intercambiar, él pensaba en la debilidad de su vástago, le veía como un señorito ¿le despreciaba? El hijo odiaba al padre, cuando cruzaba la puerta de casa ya estaba en tensión. Evitaba pasar entre aquellos muros el máximo tiempo posible, se quedaba hasta tarde en la biblioteca o en casa de amigos.

Un día, en su último año de carrera, los padres llegaron antes a casa tras un fin de semana familiar. Sorprendieron al pequeño con su novia. El hermano mayor llevaba chicas habitualmente, pero el menor nunca. El cambio hizo feliz a su padre, que palmeó la espalda del hijo y lanzó bromas en su tono habitual. Estaba orgulloso. Pero el hijo le miró con asco. El hombre estaba rabioso. Su hijo, ese mocoso a su cuidado, le había lanzado aquella mirada de desprecio. Era inadmisible. Gritos de nuevo en la casa, los vecinos subían el volumen de la televisión para no escucharlos. El padre entró en la habitación como un toro desbocado, moviendo los brazos, señalando a su hijo, recriminándole, ordenando una disculpa. Pero el chico se negaba, le reprochó su falta de educación, su brutalidad. La sangre palpitaba en la cara roja del hombre, estaba descontrolado, tiró al suelo los libros de su hijo, le amenazó con echarle de casa si no le mostraba respeto. El hijo no pudo más, ya tenía la edad suficiente, el valor, se enfrentó a su padre, cara a cara, a pocos centímetros, la saliva de ambas bocas saltaba sobre el otro. El padre se sintió herido, al fin y al cabo era el indiscutible rey de la casa, le cruzó la cara igual que cuando tenía once años. Eso hizo que su hijo también pierdese el control: agarró al hombre por la camiseta sudada, olía a cerdo, y le estampó contra la pared. Vio sorpresa en los ojos de su creador, y una ira incontenible ante esa ruptura de poder. Le insultó, pero antes de desembarazarse de su hijo, éste le golpeó en el estómago y le empujó contra el armario. El padre cayó al suelo como un fardo. El chico salió de casa con un portazo, sin decir nada más. Silencio en la calle. Respiró profundamente durante un momento, jadeando como si hubiera jugado todo un partido de fútbol. Golpeó algo para descargar los restos de su rabia, y metió las manos en los bolsillos alejándose de esa calle.

A la salida de la facultad le esperaba su madre una semana después. Tenía una maleta consigo. Le besó, le abrazó, le pidió que se cuidase, y luego se fue dejándole la maleta. El chico entendió el mensaje, ya no era bienvenido en la casa familiar. No importaba, mejor, era mejor así. Vio a su hermano una noche en la calle, con sus amigos. No se saludaron, se miraron desde lejos sin acercarse siquiera. ¿Para qué?

El chico hizo su vida, terminó la carrera, buscó otra ciudad donde seguir estudiando. Los siguientes años los pasó cambiando de piso, trabajo y chica. Si le preguntaban por su familia prefería no contestar. “Hemos perdido el contacto” –decía. Era su única explicación. La madre le escribía un único e-mail todos los años por navidad. Por eso el chico se sorprendió de encontrar en Julio un nuevo mensaje. Su padre tenía cáncer, estaba ingresado, la madre le pedía que fuese a verle. Moriría pronto, era su última oportunidad de perdonarse el uno al otro. Durante una semana se sintió como un animal enjaulado, no sabía qué hacer, dudaba. Quería ir, no quería ir. Por fin se decidió, compró un billete de avión y fue al aeropuerto. Pero allí, rodeado de gente, de idas y venidas, sintió que le faltaba el aire. Se apoyó contra la pared en un rincón menos transitado. ¿Qué hacía ahí? ¿Qué sentido tenía volver? ¿Por qué? Sus latidos estaban disparados. No, no iría. El viejo hijo de puta no merecía la pena, no merecía su perdón ni quería el que le pudiera dar él. Rompió el billete y regresó a su casa. Estaba solo. Un agradable silencio le envolvió. Disponía de tres habitaciones decoradas a su gusto, se dejó abrazar por esa propiedad, ese refugio. Allí no le podían golpear, después de quitarse el abrigo pasó varios minutos sentado en el sofá. Poco a poco, conforme la luz se iba haciendo más débil en la calle, se recuperó de la ansiedad. Al sentirse otra vez bien, dueño de sí mismo, comenzó a llorar.

Caer

La pupila es una mota de vacío. Parece extraordinario que en el rostro, en esa parte de la anatomía a través de la cual se dice que asoma el alma, haya un punto oscuro, un hueco, un abismo rodeado de una irisación asombrosa. ¿Es en esa oquedad? ¿Está ahí el alma a la espera de que alguien se acerque? ¿Es su lugar? Quién sabe… Mi pupila es ordinaria, no puedo adivinarme en ella. Quizá me equivoco y el espejo sea erróneo para buscar una distinción. Es posible que sólo otro ser humano tenga el poder de atisbar más allá de lo que es un simple órgano. Sí, puede que tal circunstancia pertenezca a una ley que ordene la metafísica de lo corporal.

Pero hay peligro, abismarse siempre conlleva peligro, incluso aunque el hueco sea tan ínfimo como el de una pupila. Se corre el riesgo de caer, de perderse en la caída. Yo he caído, hubo unos ojos que contenían un encantamiento y me asomé a ellos absorto por el color de su iris. Caí. Caigo. No pude evitarlo, la atracción era excesiva para mí.

Ya no sé salir, el tiempo me ha acostumbrado al vértigo, a la oscuridad, a la ingravidez. Estoy atrapado. Los ojos ya no me miran, no me sienten en ellos; ahora buscan a otros, se posan en distintos cuerpos, descubren nuevas anatomías, se cierran ante un placer del que yo no participo, me ignoran. ¿Cómo salir? He sucumbido en una nada que no me acoge, en la que soy intrascendente, en la que nadie me verá al asomarse a esas pupilas. Hubiera preferido ser devorado, destrozado entre dentelladas de rabia o de intimidad engañosa. No tuve suerte y mi recuerdo no es siquiera alimento para el vacío. No he sido asimilado, no he pasado a formar parte de nada. Soy un mero objeto que se hunde.

Me pregunto si esta oscuridad tendrá la característica de la tinta, si ya seré de la misma tonalidad que ella. Me pregunto si me desharé algún día, si terminaré estallando en llamas incoloras, consumiéndome. Me pregunto por el fin, por el fondo de este abismo, de estas pupilas, por el golpe contra una superficie que quizá me refleje una última vez en forma de recuerdo. Dejo de preguntarme. Sigo cayendo.

Balada de un día de octubre

El caballo lleva una barda con tres abedules blancos. El jinete hace trotar a la montura sin forzarla en exceso. Está perdido en sus pensamientos, silba alguna tonadilla de cuando en cuando y se distrae girando la cabeza de un lado al otro. No conoce ese bosque, pero pretende dominarlo pronto. Por otra parte la luz le recuerda a su hogar, el bosque le recuerda a su infancia. Está relajado, no espera encontrar allí batalla, cuando reconozca el terreno se adentrará en la ciudad, buscará dónde hospedarse, encontrará aquellos con quienes tiene intención de entablar largas conversaciones y luchará sin saña cuando sea necesario.

Sin previo aviso el caballero enmudece y obliga al animal a detenerse. Un niño yace cerca de un estanque, no muy lejos de donde él se encuentra. Se fija bien en la pequeña figura: es una aparición. ¿Duerme? Tiene los cabellos dorados desparramados sobre el verde del campo. La camisa blanca está abierta y expone su pecho pálido. El rostro está limpio de toda maldad, de toda experiencia. No puede distinguir sus rasgos por la distancia pero le parece la encarnación de una flor, algo bello sobre el que hubieran exhalado una respiración fresca.

El caballero baja de su caballo. Deja a los pies la espada y el escudo, luego se quita el yelmo y los guanteletes de acero. Avanza. Sus pies aplastan las margaritas sin darse cuenta del hecho. El niño despierta con el chillido del metal y el crujido de las correas. El caballero tiene ya ensayada una sonrisa para apaciguarle, pero no hay miedo en quien le observa, no hay siquiera sorpresa. Eso le perturba, duda y termina por detenerse.
-¿Quién eres? –pregunta con curiosidad el niño.

El caballero parece maravillado, lleva las manos a su pecho, al peto con el emblema grabado y mellado, luego responde. El niño asiente muy serio:
-Aquí no crecen abedules blancos, caballero.
-¿Y tú quién eres, niño de nieve?
-Soy el príncipe de las espinas, hijo de un rey de mirada ausente. Vivo en la ciudad, sobre las arcadas y bajo las formas puras de la mañana.

El caballero está confundido. No entiende una respuesta tan críptica. Observa el bosque a su alrededor, se siente algo incómodo, pero la curiosidad le vence. El rostro iluminado del príncipe le atrae. Pregunta por el lugar, el niño no se mueve, se toma un instante antes de parpadear y responder:
-Este es reino de olivos y baladas amarillas. Al regresar del campo los bueyes hacen sonar sus esquilones de plata y las doncellitas los escuchan desde barandas de color verde esmeralda, ellas esperan a soldados que no regresarán nunca. Los gitanos, por la noche, destrozan esqueletos en busca de dientes de oro que llevarse a la boca. El rey ha abandonado toneles llenos de sal en las aceras más pobres y algunos hombres han probado el mineral quemándose para siempre sus lenguas. Aquí la gente celebra las bodas a la luz de la luna llena y los entierros son siempre anónimos. En este mismo bosque una viudita busca a su marido sin saber que está muerto cerca de las fuentes. Es reino de luna, de sombra y aire.

El jinete se ha ido acercando con el relato, pero la última frase le resulta extraña; más extraña aún que todo lo demás. Tiene el gesto fruncido, se pregunta si el príncipito no estará burlándose de él. Comprende, de pronto, que la cara que creyó ver infantil no lo es tanto, ahora puede vislumbrar el vello que aparece en el pecho descubierto. Sus labios también son demasiado serios. Le asusta algo en él que no es capaz de entender, pero la belleza es más fuerte y se acerca con otro paso y otro más.
-¿Qué haces aquí? –pregunta.
-Espero –responde al punto- ¿Y tú, caballero?
-Avanzo –explica en el que cree que es el mismo juego.

El niño asiente, por primera vez se mueve él, camina hacia el otro. Se aproxima cuidando cada pisada, sus pies están descalzos. Hace otra pregunta que no encuentra respuesta.

El hombre está a dos pasos del joven, ahora ve que es de su misma altura, sólo le gana por las grandes botas. Con la armadura también parece mucho mayor que el príncipe que creyó niño, pero hay algo de barba en su cara y unos ojos que le obligan a atragantarse con palabras que no dice. En un primer impulso acaricia sus hombros con torpeza.
-¿Qué ojos son esos, pequeño príncipe? Parecen de piedra…

El niño que no es tal baja los párpados para pensar, coge la mano del caballero y la lleva hasta su cara. El tacto del pelo no es sedoso y la piel es dura. Los labios están resecos. En un arrebato de ternura el jinete le abraza, por alguna razón le cree sufrir, lo sabe. El príncipe se deja y responde de la misma manera. Ambos se aprietan en un mutuo comprenderse, con necesidad, con hambre. Sin saber por qué se besan tiernamente durante un instante que trae el anochecer. Su sabor es de naranja amarga y huelen a rosas y azucenas.

Cuando el caballero separa su cara de él, los ojos extraños son más profundos y siente vértigo al mirarse en ellos, el rostro bello se le antoja ahora algo monstruoso. Siente una punzada de miedo, no comprende la transmutación. El príncipe tiene la frente manchada de sombra. Esta vez sonríe, y la sonrisa, aunque llena de dulzura, le espanta por hallarla antinatural. Se acongoja. Esta vez sí da un paso atrás, luego otro. El joven no dice nada, le tiende la mano en espera de que él la coja. El caballero contempla la pequeña mano desnuda, luego consulta aquellos ojos y duda dejando que el dudar tenga la máxima duración posible. No puede evitar ojear lo que ha dejado atrás: el caballo ajeno a toda la escena. No vuelve a mirar al príncipe, ordena a su cuerpo que se aleje. Paso a paso, con cierta prisa, se coloca los guanteletes y el casco, la espada y el escudo. Clava los talones en el caballo y la montura obedece, se aleja. Cuando se siente seguro el caballero mira atrás: el príncipe vuelve a parecer un niño, en ese momento lanza un clavel a los sapos del estanque y desaparece tras los árboles sin hacer ruido.

Un jardín sin estatuas

Camino en un jardín de ojos huecos que miran sin ver. No tengo prisa, paseo entre árboles, cerca de las fuentes, evitando esa materia negra que permanece insomne con cuerpos de hombre, con pies de titán, con manos de creador.

Orfeo me persigue, quizá ya ha llegado a la locura y ve en cada sombra el recuerdo de sus pecados. Me escondo cerca de los caños de agua y puedo sentarme a mirar. La felicidad es un engaño que ha vencido a costa de la trinidad elevada y del uno que gobierna tras unas puertas cerradas. Otra tríada mira el umbral de este jardín, son tres hermanos oscuros que se burlan con bocas torcidas de los dobles paseantes, de los errantes solitarios. Algunos se creen felices, otros saben no serlo, pocos se sientan a contemplar el reflejo de los mitos sobre el agua. Están ciegos por su propia mentira.

En medio de este teatro de siglos yo pienso, te pienso, pero mis pies son humanos, mi cuerpo es humano, mis manos son las de un niño. No basta con elucubraciones y temo que desaparezcas de este jardín en el que no has llegado a entrar. Ha pasado el tiempo, tu lejanía me ha llevado contigo, las nubes apagan el parque y el negro parece ya obsidiana ya carbón dispuesto al fuego. Las puertas permanecen cerradas, el uno aún está dentro, invisible al jardín, atrapado o quizá cauto y a la espera de lo que pueda pasar.

El viento me arrastra lejos de las fuentes. Orfeo ya cesó de buscar, ha vuelto y descansa triste. Me voy, dejo los árboles y camino nuevamente hasta que encuentro tu sonrisa en algún rincón, entonces mis ojos se vuelven huecos, me ataca un dolor blanco que transforma mis entrañas en bronce y caigo en otra fuente donde Ofelia canta el nombre de todos los ahogados. Escucho que ella pronuncia el mío, uniéndolo a la letra. Luego me duermo agotado, mecido por el propio deseo de no soñar.