Miércoles fragmentado: Thomas el oscuro, Maurice Blanchot

“Dans toutes les âmes qui l’environnaient comme autant de clairières et qu’elle pouvait approcher aussi intimement que sa propre âme, il y avait, seule carté qui permît de les percevoir, une conscience silenciseuse, fermée et désolée, et c’est la solitude qui créait autour d’elle le doux champ des relations humaines où, entre d’infinis rapports pleins d’hamonie et de tendresse, elle voyait venir à sa rencontre son chagrin mortel.”

“En todas las almas que la rodeaban, como si fuesen claros a los que ella podía aproximarse tan íntimamente como a su propia alma, había una única claridad que permitía percibirlas, una conciencia silenciosa, cerrada y desolada, y era esa soledad la que creaba a su alrededor el dulce campo de las relaciones humanas donde, entre infinitas relaciones llenas de armonía y ternura, ella veía venir a su encuentro una mortal melancolía.” * 

A menudo le costaba distinguir las horas del día. Despertaba y el sol era extraño, la luz gris. Después hacía pocas cosas, sólo lo obligatorio: cogía el metro, limpiaba la casa de turno y volvía rápidamente a su pequeña habitación en la pensión donde se alojaba. Allí se dormía pronto con la puerta y la ventana bien cerradas para no pensar en el exterior. Las sábanas sucias, sin cambiar desde hacía un par de meses, tenían cierto encanto para la chica, le gustaba arroparse con ellas y olvidarse de todo. Al día siguiente emprendía la misma rutina y los fines de semana no sabía qué hacer. Muchos domingos los pasó en la cama escuchando el ruido de la casa, los cuchicheos de sus vecinos de cuarto preguntando por ella. ¿Estaría enferma? No, simplemente era rara. Los sábados, sin embargo, procuraba asearse un poco y bajar al puerto a comer un helado. A su alrededor la gente parecía feliz y ella se sentía como una paloma posada en la plaza mirando la vida pasar, esperando algo, quizá migas de pan.

A veces recordaba a su madre, la había dejado en el pueblo con sus hermanos. El día dos de cada mes la chica le enviaba casi todo lo que ganaba, junto con una nota corta diciendo siempre lo mismo en apenas un par de líneas. La madre escribía de vuelta con muchas faltas de ortografía y letras grandes y redondas, le contaba lo que pasaba en el pueblo y la vida de sus hermanos. Parecían felices, siempre le agradecieron el dinero y querían saber más de su vida en la ciudad. Ella continuaba escribiendo lo mismo y cuando pasó el primer año su madre dejó de preguntar.

Tenía dos compañeras de trabajo con quienes a veces coincidía, le invitaban a café e intentaban animarla a hacer cosas distintas y salir más. Nunca tuvieron éxito, pero ella les agradecía de corazón sus preocupados consejos. Sencillamente no era capaz de aceptar sus palabras, nunca tuvo la suficiente imaginación para creerse capaz de salir de esa cama de sábanas viejas y grises, ya algo raídas. Su mundo era la superficie horizontal donde podía recordar un tiempo triste y penoso, lo único que había conocido, lo único que había deseado y ahora añoraba. Nunca se le pasó por la cabeza viajar o intentar ser feliz, se vio obligada a aceptar aquel trabajo por la necesidad de su familia. ¿Qué podía hacer ahora con su vida, sino dejarse llevar por las olas de su cama?

*Traducción propia.

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El hombre de arena

Su sobrina había derramado un vaso de agua sobre el mantel. No era nada, apenas una humedad pequeña y redonda cerca de la fuente de codornices; no obstante, fue suficiente para revolucionar la mesa. Los padres se levantaron para estorbarse uno a otro mientras se disputaban la culpa del incidente. Los abuelos intentaban dirigir las operaciones de rescate y limpieza, hablando a la vez sin lograr ser escuchados. Sara se acercó con un paño de cocina para absorber ligeramente la mancha. Era un gesto inútil, pero no importaba. Él no hizo nada, no se unió al coro de voces ni movió un solo músculo. Ante la caída del vaso levantó la mirada y se quedó observando a la niña, muda, casi asustada por el revuelo causado sin querer. Se preguntó por qué le habían dado un vaso tan ancho si sus manos eran tan pequeñas. Ella no tenía culpa de nada.

De repente se levantó de su sitio, cruzó el salón, salió al porche y bajó los peldaños hasta la carretera, anduvo un buen rato y dejó atrás la urbanización. Se internó en el campo seco, lleno de basura. Desde el cielo debía resultar extraño aquel lugar de parcelas exactamente idénticas, llenas de césped esmeralda en medio de un gran monte casi pelado. Podía escuchar la carretera cercana. El tráfico no se detenía después de todo, pensó en si los conductores se sentirían tristes por no estar dentro de una de las casas clónicas, disfrutando de la navidad. ¿Tenía sentido sentirse triste por ello? Él preferiría no verse obligado a la pantomima anual. Era mentira. No, no era mentira. Sintió la mano de su hermana sobre el hombro, se dio cuenta que seguía sentado a la mesa, participando del juego. La crisis del vaso de agua se había solucionado. Pidió que le pasaran las codornices y continuaron entre risotadas y las mismas veladas acusaciones de siempre.

Cenaron tranquilamente, luego los niños abrieron sus regalos, gritaron y jugaron, los adultos les miraron con ojos vidriosos, como si pensaran en su niñez, pero sin hacerlo. Rara vez los hombres y mujeres maduros se abandonan a ese recuerdo, quizá porque al crecer comprenden las sombras escondidas en su inocencia, el origen de sus propias monstruosidades.

Todo iba bien, pero él se sintió de pronto débil frente a la televisión, como si sus células fuesen a perder la cohesión de un momento a otro, dejándole deshecho sobre el sofá. No se quedó a dormir. Sus padres insistieron, pero él les rechazó una y otra vez. Besó la frente de sus sobrinos, ofreciéndole un especial cariño a la niña de manos pequeñas. En la puerta Sara le dijo que no le había visto sonreír en toda la noche. Él forzó la mueca, pero fue demasiado artificial, ella movió negativamente la cabeza y le observó desde el umbral mientras se alejaba. Cogió un bus. ¿Por qué habría servicio de transporte? ¿El chofer tendría familia? ¿Se sentiría él también triste? Pasó el abono y se sentó. Veinte minutos después bajaba las escaleras del metro, y esperaba otros quince al último tren de la noche. Los ocupantes eran los mismos que cualquier sábado.

Se sentó cerca de la ventanilla. Los vagones de metro tienen ventanas para huir de la verdad del encierro, para evitar la claustrofobia de los pobres usuarios. Él era uno más, y agradecía la amabilidad de los ingenieros. Sin embargo, su rostro, sombrío en el cristal, le disgustaba. Los reflejos invitan a la introspección. ¿Quién en su sano juicio quiere conocerse a sí mismo? Cerró los ojos, concentrándose en el sonido, porque debajo del vocerío, de los golpes secos, y del chirrido de las ruedas podía escuchar un zumbido monocorde, prolongado, producido por la electricidad o por los motores. Fue capaz de centrar toda su atención en aquel sonido, dejándose hipnotizar agradablemente por él. Se alejó de los rostros felices y decepcionados, cansados y amargados, habitualmente amargados, eternamente amargados. Cada hombre, cada mujer, parecía envenenado por esa aflicción, como si vivir fuera una condena. No se daban cuenta de su elección, de su firma en la última página del contrato. La culpa siempre les parece de otros, muy oportuno. Abrió los ojos. El tren había llegado a su parada, pero volvió a quedarse quieto, mirando atentamente el cartel con el nombre en letras azules. Las puertas se cerraron, él se sumergió otra vez en el ensueño de ese zumbido constante. Se alejó de la fealdad del vagón, ocultándose entre las estrellas, como si flotase en ellas, como si a decenas de metros bajo la superficie pudiese imaginarse mejor allí arriba. Ojalá pudiera huir y escapar flotando.

Bajó en la siguiente parada. Apenas se cruzó con dos o tres personas en el camino. No fue un paseo agradable, tampoco lo contrario, fue sólo un paréntesis de tiempo, de silencio. Pensaba en el zumbido del tren, en el ruido del vaso cayendo sobre el mantel. El grueso vidrio había rebotado creando un sonido muy característico, hueco.

Llegó a su apartamento a las tres de la mañana. Dejó las llaves en el cuenco dispuesto para ello. Pero no se movió de la puerta ni encendió la luz. Pudo oír el sonido del reloj de la cocina, nada más. El edificio dormía. En la habitación de al lado su vecina estaría en posición horizontal sobre la cama, tapada con sábanas y mantas, roncando. Su casa ante él estaba llena de penumbra. Se quedó un rato así, contemplando los objetos adquiridos durante años. Después cerró los ojos, como si buscara el zumbido, le sorprendió no escuchar su propia respiración. Estuvo a punto de cuestionarse si respiraba realmente. De nuevo sintió la debilidad de horas antes. ¿De donde venía? Abrió los ojos, nada había cambiado, fue triste comprobarlo, deseaba un cambio, cualquier cambio súbito, mágico, inesperado. Se miró las manos, apenas tenía fuerza en los dedos, si apretara el puño se desharía, pero no lo comprobó, tenía miedo. Seguía escuchando reloj de la cocina. Tic tac, tic tac. Se concentró en ese sonido y respiró hondo, buscaba cierta tranquilidad, pero no la encontró. Era rehén del presente, una figura sin consistencia, a punto de descomponerse.

Aquellos hombres tristes

La primera vez que su padre le vio llorar le cruzó la cara. Desde entonces ha evitado hacerlo. Los hombres no pueden ser débiles, no pueden llorar. Le inscribieron en fútbol, era el portero. Odiaba ese deporte, pero no podía hacer otra cosa. Todos los domingos su padre y su hermano mayor se sentaban ante la televisión, gritaban y bebían cerveza hermanados por algún sentimiento que a él no le afectaba. También le obligaban a sentarse junto a ellos. Él miraba la televisión sin ganas, incapaz de saltar del sofá como un resorte igual que ellos. Cuando podía se escapaba para ayudar a su madre, ésta le miraba con tristeza y callaba. Si el equipo al que la familia apoyaba oficialmente ganaba, no había mayor problema, la felicidad de la victoria emborrachaba a su padre (el alcohol también ayudaba) Si por el contrario perdían, su actitud pasiva era reprochada, los vecinos oían los gritos de costumbre y el niño corría a encerrarse en su cuarto. Cuando llegó a la adolescencia salía de casa tras aquellos rounds con su padre. Lleno de ira, con la garganta cerrada por un grito aún dentro de él, una amenaza no pronunciada, un reproche sin formular. Encendía un cigarrillo, e invariablemente lo estrellaba contra el suelo o una pared al recordar, que en vez de ser castigado por aquel vicio a los dieciséis años, era observado con cierta aceptación. Al fin y al cabo fumar era muy masculino.

Fue a la universidad, su padre se mostró reticente, prefería tener otro hijo dedicado a la mecánica, el negocio familiar era un taller con su apellido. Según su punto de vista estudiar era un lujo, un capricho. Después de meses de discusiones, la madre convenció al padre y el hijo pudo estudiar. Aquel fue el momento del cambio. Padre e hijo se observaban en silencio, sin palabras para intercambiar, él pensaba en la debilidad de su vástago, le veía como un señorito ¿le despreciaba? El hijo odiaba al padre, cuando cruzaba la puerta de casa ya estaba en tensión. Evitaba pasar entre aquellos muros el máximo tiempo posible, se quedaba hasta tarde en la biblioteca o en casa de amigos.

Un día, en su último año de carrera, los padres llegaron antes a casa tras un fin de semana familiar. Sorprendieron al pequeño con su novia. El hermano mayor llevaba chicas habitualmente, pero el menor nunca. El cambio hizo feliz a su padre, que palmeó la espalda del hijo y lanzó bromas en su tono habitual. Estaba orgulloso. Pero el hijo le miró con asco. El hombre estaba rabioso. Su hijo, ese mocoso a su cuidado, le había lanzado aquella mirada de desprecio. Era inadmisible. Gritos de nuevo en la casa, los vecinos subían el volumen de la televisión para no escucharlos. El padre entró en la habitación como un toro desbocado, moviendo los brazos, señalando a su hijo, recriminándole, ordenando una disculpa. Pero el chico se negaba, le reprochó su falta de educación, su brutalidad. La sangre palpitaba en la cara roja del hombre, estaba descontrolado, tiró al suelo los libros de su hijo, le amenazó con echarle de casa si no le mostraba respeto. El hijo no pudo más, ya tenía la edad suficiente, el valor, se enfrentó a su padre, cara a cara, a pocos centímetros, la saliva de ambas bocas saltaba sobre el otro. El padre se sintió herido, al fin y al cabo era el indiscutible rey de la casa, le cruzó la cara igual que cuando tenía once años. Eso hizo que su hijo también pierdese el control: agarró al hombre por la camiseta sudada, olía a cerdo, y le estampó contra la pared. Vio sorpresa en los ojos de su creador, y una ira incontenible ante esa ruptura de poder. Le insultó, pero antes de desembarazarse de su hijo, éste le golpeó en el estómago y le empujó contra el armario. El padre cayó al suelo como un fardo. El chico salió de casa con un portazo, sin decir nada más. Silencio en la calle. Respiró profundamente durante un momento, jadeando como si hubiera jugado todo un partido de fútbol. Golpeó algo para descargar los restos de su rabia, y metió las manos en los bolsillos alejándose de esa calle.

A la salida de la facultad le esperaba su madre una semana después. Tenía una maleta consigo. Le besó, le abrazó, le pidió que se cuidase, y luego se fue dejándole la maleta. El chico entendió el mensaje, ya no era bienvenido en la casa familiar. No importaba, mejor, era mejor así. Vio a su hermano una noche en la calle, con sus amigos. No se saludaron, se miraron desde lejos sin acercarse siquiera. ¿Para qué?

El chico hizo su vida, terminó la carrera, buscó otra ciudad donde seguir estudiando. Los siguientes años los pasó cambiando de piso, trabajo y chica. Si le preguntaban por su familia prefería no contestar. “Hemos perdido el contacto” –decía. Era su única explicación. La madre le escribía un único e-mail todos los años por navidad. Por eso el chico se sorprendió de encontrar en Julio un nuevo mensaje. Su padre tenía cáncer, estaba ingresado, la madre le pedía que fuese a verle. Moriría pronto, era su última oportunidad de perdonarse el uno al otro. Durante una semana se sintió como un animal enjaulado, no sabía qué hacer, dudaba. Quería ir, no quería ir. Por fin se decidió, compró un billete de avión y fue al aeropuerto. Pero allí, rodeado de gente, de idas y venidas, sintió que le faltaba el aire. Se apoyó contra la pared en un rincón menos transitado. ¿Qué hacía ahí? ¿Qué sentido tenía volver? ¿Por qué? Sus latidos estaban disparados. No, no iría. El viejo hijo de puta no merecía la pena, no merecía su perdón ni quería el que le pudiera dar él. Rompió el billete y regresó a su casa. Estaba solo. Un agradable silencio le envolvió. Disponía de tres habitaciones decoradas a su gusto, se dejó abrazar por esa propiedad, ese refugio. Allí no le podían golpear, después de quitarse el abrigo pasó varios minutos sentado en el sofá. Poco a poco, conforme la luz se iba haciendo más débil en la calle, se recuperó de la ansiedad. Al sentirse otra vez bien, dueño de sí mismo, comenzó a llorar.

Caer

La pupila es una mota de vacío. Parece extraordinario que en el rostro, en esa parte de la anatomía a través de la cual se dice que asoma el alma, haya un punto oscuro, un hueco, un abismo rodeado de una irisación asombrosa. ¿Es en esa oquedad? ¿Está ahí el alma a la espera de que alguien se acerque? ¿Es su lugar? Quién sabe… Mi pupila es ordinaria, no puedo adivinarme en ella. Quizá me equivoco y el espejo sea erróneo para buscar una distinción. Es posible que sólo otro ser humano tenga el poder de atisbar más allá de lo que es un simple órgano. Sí, puede que tal circunstancia pertenezca a una ley que ordene la metafísica de lo corporal.

Pero hay peligro, abismarse siempre conlleva peligro, incluso aunque el hueco sea tan ínfimo como el de una pupila. Se corre el riesgo de caer, de perderse en la caída. Yo he caído, hubo unos ojos que contenían un encantamiento y me asomé a ellos absorto por el color de su iris. Caí. Caigo. No pude evitarlo, la atracción era excesiva para mí.

Ya no sé salir, el tiempo me ha acostumbrado al vértigo, a la oscuridad, a la ingravidez. Estoy atrapado. Los ojos ya no me miran, no me sienten en ellos; ahora buscan a otros, se posan en distintos cuerpos, descubren nuevas anatomías, se cierran ante un placer del que yo no participo, me ignoran. ¿Cómo salir? He sucumbido en una nada que no me acoge, en la que soy intrascendente, en la que nadie me verá al asomarse a esas pupilas. Hubiera preferido ser devorado, destrozado entre dentelladas de rabia o de intimidad engañosa. No tuve suerte y mi recuerdo no es siquiera alimento para el vacío. No he sido asimilado, no he pasado a formar parte de nada. Soy un mero objeto que se hunde.

Me pregunto si esta oscuridad tendrá la característica de la tinta, si ya seré de la misma tonalidad que ella. Me pregunto si me desharé algún día, si terminaré estallando en llamas incoloras, consumiéndome. Me pregunto por el fin, por el fondo de este abismo, de estas pupilas, por el golpe contra una superficie que quizá me refleje una última vez en forma de recuerdo. Dejo de preguntarme. Sigo cayendo.

Balada de un día de octubre

El caballo lleva una barda con tres abedules blancos. El jinete hace trotar a la montura sin forzarla en exceso. Está perdido en sus pensamientos, silba alguna tonadilla de cuando en cuando y se distrae girando la cabeza de un lado al otro. No conoce ese bosque, pero pretende dominarlo pronto. Por otra parte la luz le recuerda a su hogar, el bosque le recuerda a su infancia. Está relajado, no espera encontrar allí batalla, cuando reconozca el terreno se adentrará en la ciudad, buscará dónde hospedarse, encontrará aquellos con quienes tiene intención de entablar largas conversaciones y luchará sin saña cuando sea necesario.

Sin previo aviso el caballero enmudece y obliga al animal a detenerse. Un niño yace cerca de un estanque, no muy lejos de donde él se encuentra. Se fija bien en la pequeña figura: es una aparición. ¿Duerme? Tiene los cabellos dorados desparramados sobre el verde del campo. La camisa blanca está abierta y expone su pecho pálido. El rostro está limpio de toda maldad, de toda experiencia. No puede distinguir sus rasgos por la distancia pero le parece la encarnación de una flor, algo bello sobre el que hubieran exhalado una respiración fresca.

El caballero baja de su caballo. Deja a los pies la espada y el escudo, luego se quita el yelmo y los guanteletes de acero. Avanza. Sus pies aplastan las margaritas sin darse cuenta del hecho. El niño despierta con el chillido del metal y el crujido de las correas. El caballero tiene ya ensayada una sonrisa para apaciguarle, pero no hay miedo en quien le observa, no hay siquiera sorpresa. Eso le perturba, duda y termina por detenerse.
-¿Quién eres? –pregunta con curiosidad el niño.

El caballero parece maravillado, lleva las manos a su pecho, al peto con el emblema grabado y mellado, luego responde. El niño asiente muy serio:
-Aquí no crecen abedules blancos, caballero.
-¿Y tú quién eres, niño de nieve?
-Soy el príncipe de las espinas, hijo de un rey de mirada ausente. Vivo en la ciudad, sobre las arcadas y bajo las formas puras de la mañana.

El caballero está confundido. No entiende una respuesta tan críptica. Observa el bosque a su alrededor, se siente algo incómodo, pero la curiosidad le vence. El rostro iluminado del príncipe le atrae. Pregunta por el lugar, el niño no se mueve, se toma un instante antes de parpadear y responder:
-Este es reino de olivos y baladas amarillas. Al regresar del campo los bueyes hacen sonar sus esquilones de plata y las doncellitas los escuchan desde barandas de color verde esmeralda, ellas esperan a soldados que no regresarán nunca. Los gitanos, por la noche, destrozan esqueletos en busca de dientes de oro que llevarse a la boca. El rey ha abandonado toneles llenos de sal en las aceras más pobres y algunos hombres han probado el mineral quemándose para siempre sus lenguas. Aquí la gente celebra las bodas a la luz de la luna llena y los entierros son siempre anónimos. En este mismo bosque una viudita busca a su marido sin saber que está muerto cerca de las fuentes. Es reino de luna, de sombra y aire.

El jinete se ha ido acercando con el relato, pero la última frase le resulta extraña; más extraña aún que todo lo demás. Tiene el gesto fruncido, se pregunta si el príncipito no estará burlándose de él. Comprende, de pronto, que la cara que creyó ver infantil no lo es tanto, ahora puede vislumbrar el vello que aparece en el pecho descubierto. Sus labios también son demasiado serios. Le asusta algo en él que no es capaz de entender, pero la belleza es más fuerte y se acerca con otro paso y otro más.
-¿Qué haces aquí? –pregunta.
-Espero –responde al punto- ¿Y tú, caballero?
-Avanzo –explica en el que cree que es el mismo juego.

El niño asiente, por primera vez se mueve él, camina hacia el otro. Se aproxima cuidando cada pisada, sus pies están descalzos. Hace otra pregunta que no encuentra respuesta.

El hombre está a dos pasos del joven, ahora ve que es de su misma altura, sólo le gana por las grandes botas. Con la armadura también parece mucho mayor que el príncipe que creyó niño, pero hay algo de barba en su cara y unos ojos que le obligan a atragantarse con palabras que no dice. En un primer impulso acaricia sus hombros con torpeza.
-¿Qué ojos son esos, pequeño príncipe? Parecen de piedra…

El niño que no es tal baja los párpados para pensar, coge la mano del caballero y la lleva hasta su cara. El tacto del pelo no es sedoso y la piel es dura. Los labios están resecos. En un arrebato de ternura el jinete le abraza, por alguna razón le cree sufrir, lo sabe. El príncipe se deja y responde de la misma manera. Ambos se aprietan en un mutuo comprenderse, con necesidad, con hambre. Sin saber por qué se besan tiernamente durante un instante que trae el anochecer. Su sabor es de naranja amarga y huelen a rosas y azucenas.

Cuando el caballero separa su cara de él, los ojos extraños son más profundos y siente vértigo al mirarse en ellos, el rostro bello se le antoja ahora algo monstruoso. Siente una punzada de miedo, no comprende la transmutación. El príncipe tiene la frente manchada de sombra. Esta vez sonríe, y la sonrisa, aunque llena de dulzura, le espanta por hallarla antinatural. Se acongoja. Esta vez sí da un paso atrás, luego otro. El joven no dice nada, le tiende la mano en espera de que él la coja. El caballero contempla la pequeña mano desnuda, luego consulta aquellos ojos y duda dejando que el dudar tenga la máxima duración posible. No puede evitar ojear lo que ha dejado atrás: el caballo ajeno a toda la escena. No vuelve a mirar al príncipe, ordena a su cuerpo que se aleje. Paso a paso, con cierta prisa, se coloca los guanteletes y el casco, la espada y el escudo. Clava los talones en el caballo y la montura obedece, se aleja. Cuando se siente seguro el caballero mira atrás: el príncipe vuelve a parecer un niño, en ese momento lanza un clavel a los sapos del estanque y desaparece tras los árboles sin hacer ruido.

Un jardín sin estatuas

Camino en un jardín de ojos huecos que miran sin ver. No tengo prisa, paseo entre árboles, cerca de las fuentes, evitando esa materia negra que permanece insomne con cuerpos de hombre, con pies de titán, con manos de creador.

Orfeo me persigue, quizá ya ha llegado a la locura y ve en cada sombra el recuerdo de sus pecados. Me escondo cerca de los caños de agua y puedo sentarme a mirar. La felicidad es un engaño que ha vencido a costa de la trinidad elevada y del uno que gobierna tras unas puertas cerradas. Otra tríada mira el umbral de este jardín, son tres hermanos oscuros que se burlan con bocas torcidas de los dobles paseantes, de los errantes solitarios. Algunos se creen felices, otros saben no serlo, pocos se sientan a contemplar el reflejo de los mitos sobre el agua. Están ciegos por su propia mentira.

En medio de este teatro de siglos yo pienso, te pienso, pero mis pies son humanos, mi cuerpo es humano, mis manos son las de un niño. No basta con elucubraciones y temo que desaparezcas de este jardín en el que no has llegado a entrar. Ha pasado el tiempo, tu lejanía me ha llevado contigo, las nubes apagan el parque y el negro parece ya obsidiana ya carbón dispuesto al fuego. Las puertas permanecen cerradas, el uno aún está dentro, invisible al jardín, atrapado o quizá cauto y a la espera de lo que pueda pasar.

El viento me arrastra lejos de las fuentes. Orfeo ya cesó de buscar, ha vuelto y descansa triste. Me voy, dejo los árboles y camino nuevamente hasta que encuentro tu sonrisa en algún rincón, entonces mis ojos se vuelven huecos, me ataca un dolor blanco que transforma mis entrañas en bronce y caigo en otra fuente donde Ofelia canta el nombre de todos los ahogados. Escucho que ella pronuncia el mío, uniéndolo a la letra. Luego me duermo agotado, mecido por el propio deseo de no soñar.

Marta

Marta observaba aquella caja con culpabilidad. El fondo rosa le encantaba y cuando la cerró, su superficie blanca le gustó aún más, las letras de su tapa también eran del color interior. Fue a la cocina y arrugó el cartón lleno de migas y azúcar glass desechada. Era la caja de una pastelería. Luego apuró el resto de zumo que le quedaba en el vaso y lo lavó con cuidado en el fregadero.

¿Qué podía hacer? Miró por la ventana y vio la tarde decayendo, pronto se confundiría con la noche inminente. Estaba sola, como siempre. Su gata dormía sobre el sofá y Marta se había levantado triste. Desde hacía un año los fines de semana le cargaban. De lunes a viernes todo era más sencillo para ella: se levantaba, huía al trabajo y en su casa le esperaba el descanso. Pero el sábado y el domingo no sabía qué hacer con su tiempo. Sus padres vivían lejos como para ir a visitarlos a menudo y tampoco le gustaba acercarse a aquella casa donde le iban a echar la parrafada de siempre. No le quedaba otra opción que pasar las horas mirando la televisión, divagando por Internet u observando la ventana con un pedazo de tarta y un zumo de naranja.

Volvió al ordenador y buscó la cartelera del cine más cercano. Le gustó una de las que anunciaban, un estreno que no parecía ni drama ni comedia, sino algo más sesudo. Ese tipo de cine no le apasionaba de ordinario, pero se dijo que quizá hallase algo interesante esta vez. Se cambió, cogió su abrigo y se marchó andando.

Podría haber cogido el autobús pero tenía tiempo y le apetecía andar. Cruzó el parque donde ya solamente quedaban parejas procurándose calor en un banco o gente haciendo footing. Una punzada de culpabilidad le acusó recordándole que ella se había propuesto hacer ejercicio igual que todas esas personas. Sin embargo la celulitis se seguía acumulando, igual que los kilos, y ella no encontraba el momento o el ánimo para calzarse las deportivas.

Fuera del parque tomó un gran bulevar. Fue por el centro, un paseo peatonal custodiado por grandes árboles. Caminó observando a las personas. Se encontró con dos parejas cariñosas que hablaban con complicidad, otra fría que no parecían quererse realmente. Cinco solitarios regresaban del trabajo, o eso deducía. Una niña iba en bici, su abuelo detrás sin apartar la vista de ella. Dos ancianas caminaban agarradas del brazo. Por último vio a un chico sentado en un banco que miraba la calle con tristeza, con soledad. A Marta le dio pena pero no dijo nada, no se atrevió.

Llegó a un cruce de calles que limitaba una zona de otra. Allí había mucho más movimiento. Las tiendas ya estaban cerrando pero los cafés y restaurantes brillaban con sus letreros rojos; estaban cuajados de gente, grupos que tomaban el aperitivo antes de la cena, amigos reunidos después del trabajo o la universidad, parejas en medio de sus citas. El trajín era caótico, revelaba que la ciudad estaba viva y también que ella no era parte de aquella alegría.

Se entristeció. Metió las manos en los bolsillos del abrigo y buscó un camino menos transitado, amparado por una cierta soledad al desaparecer los cafés y las personas. Dio un rodeo y llegó ante la taquilla. Pidió el ticket. Quedaba media hora para poder entrar a la sala y no sabía qué hacer.

Vagó por el barrio, evitando las aglomeraciones que encogían su corazón. Se preguntó por qué ella no estaba allí, en una de esas mesas, rodeada de amigos o con su pareja. La voz funesta que todos llevamos le respondió que ella no tenía ni de lo uno ni de lo otro. Era una extranjera, un alma solitaria en una ciudad que no era la suya. Era un paria y ese era el papel que tenía que aceptar. Estuvo a punto de llorar pero se contuvo.
Volvió al cine y pudo entrar, buscó una butaca y se sentó.

Marta no entendió la película, no tenía una gran lucidez, pero sí le impresionó, le emocionó. Quizá no supiera deshilar el contenido pero se había quedado con una idea amplia que le cubría como una manta. Al salir del cine se sentía llena y vacía al mismo tiempo, triste y alegre.

La noche se mostró ante ella con toda su crudeza, la acogió con frío y sin gente. Aún era pronto, pero los cafés que antes hervían de vida ahora apenas contaban con una docena de supervivientes. Tomó el bulevar de vuelta a su casa y esta vez apenas sí se encontró con alguien. Le entró un leve temor de sentirse sola, un temor a ser atacada; se sentía indefensa y sabía que no podría hacer nada con la fuerza de su pobre cuerpo. Tardó poco en volver a casa pero se le hizo largo el camino. Entró en el apartamento y su gata maulló dándole la bienvenida, aún desde el sofá donde ahora se estiraba.

Marta cerró la puerta con cerrojo y observó el ventanal que había abandonado para ir al cine. Seguía triste. Se puso el pijama y se arropó con una manta en el sofá. El felino se subió a su regazo y ronroneó. Ella le acarició absorta, no podía apartar su vista de la ventana. Le gustó tener al gato con ella, hubiera sido mucho peor regresar a una casa vacía de toda vida, donde se sentiría abandonada, más ajena al mundo de lo que se sentía.

El mensaje de la película era sencillo: todos hemos de tomar nuestras decisiones en la vida y son ellas las que nos conforman. Abandonar la inteligencia en favor de la comodidad es lo normal, lo más conveniente, pero también es lo más terrible pues nos simplifica, nos convierte en animales evolucionados, pero no en personas. El camino de la lucidez, sin embargo, es abrupto. Marta no quería la lucidez, nunca la había querido y tampoco tenía la capacidad, pero su comodidad no había resultado como ella había pensado. Estaba muy sola y no parecía que eso fuera a cambiar pronto.

La gata maulló y Marta sintió que eran iguales ellas dos, animales acurrucados en el sofá que miraban pasar el tiempo sin ninguna intención de buscarlo.