Hemos perdido el mar

Ahogados por la primera frase de una conversación cualquiera, con los ojos como alfileres, los tuyos clavados en los míos, los míos hundidos en los tuyos. El dolor de tentar la frontera de esa mirada y luego la necesidad del parpadeo, ese cuchillo que te deja en mí con estrellitas de sangre brillando en la oscuridad.

Esta ciudad supura calor para vengarse de nuestro veneno. Huyes y yo también busco una ruta de escape, una lengua agobiante para salir de estas calles, para ganar la costa, el infinito del mar con sus promesas. Los peces de metal se arrastran en un río de brea y humo. Alguien habla a mi lado, pero no eres tú.

Llegamos. Unos extraños suben nuestras maletas en el ascensor de un edificio desconocido a cambio de algunas monedas. Desparramamos el contenido sobre la cama y luego nos preparamos otra vez: toallas, sombrilla, revistas de verano, crema solar, refrescos y algo para picar, quizá también vienen los niños colgando de nuestras manos.

El aire arrastra una sal rancia, reconocible. La arena está caliente, nos abrasa los dedos de los pies, pero ya estamos aquí. Plantamos las toallas, clavamos la sombrilla, repartimos la crema, las revistas y los refrescos, luego callamos. No es una ley, pero todos guardan silencio en la playa.

Más allá está el mar, un mar ausente, de color fangoso, que desciende abruptamente hacia el abismo y nos regala el hedor de peces muertos, de algas en descomposición; un mar que es desierto, desaparecido, sumido por alguna alcantarilla que Poseidón abrió el día de su suicidio.

Hay niños jugando en el linde del abismo, junto a ellos se parapetan algunos hombres con catalejo y ambición de descubridores, excitados con cada esqueleto de barco antiguo o con las grandes naves modernas, varadas e intactas en el fondo.

Esperamos la noche. A nuestras espaldas se enciende la ciudad y el horizonte se vuelve más y más negro. En algún momento alguien lanza un grito anunciando lo extraño. Hay murmullos y otra voz desconocida ordena silencio. Y sí, sí.

Sí.

Escucho el rumor de las olas rompiendo cerca de mis pies, no me atrevo a comprobarlo, nadie se atreve a comprobarlo. La luna se ha escondido y no existen otras luces para irisar la cresta de olas fantasma. Levanto la cara. El cielo parece una enorme extensión de densa tela oscura, capaz de ahogar nuestras lágrimas, nuestros suspiros. Entre las pálidas constelaciones hay estrellitas de sangre dibujando tu nombre.

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Fotografía de Jorge Fernandez Ruiz a.k.a. GonzoBrain

Las flores no lloran

Hemos acabado con el verano, lo hemos destrozado entre jarrones de porcelana blanca y marcos de madera. Arrancamos todas sus piezas, la corteza satinada, su eje, sus patas. La tormenta lo ha desgarrado. Queda un despojo húmedo, quedan las ausencias, las iniciales de nombres no pronunciados en voz alta durante los meses de calor.

El plural mayestático sirve para camuflar el deseo. En realidad, tiemblo por las horas que no han llegado ni llegarán nunca contigo. Los amores de otoño están perfumados con hojas muertas, están destinados a la melancolía, perduran tras los años junto a esqueletos de ratón y cáscaras de mariposa. Sigo hundido hasta las rodillas en los restos del naufragio, mientras crepitan las horas de esta noche extraña. Las flores no lloran y los pájaros ya no vuelan despacio.

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Fotografía de Miriam L. Valiente

Tren al interior

Lo había pospuesto desde hacía algún tiempo. Tenía sus excusas, claro: los exámenes, el curro de becaria, las clases de inglés, la visita de una amiga que conoció en el erasmus… El verano avanzaba y su abuelo seguía esperando, así que ese fin de semana se decidió tras mirar durante cinco minutos seguidos el teléfono, esperando una llamada.

De pronto el cuerpo de Clara habría cobrado una energía desconocida, se levantó presa de una urgencia inexplicable y comenzó a trastear en la cocina, lavando los platos y recogiendo el desastre de una semana descuidada. Luego volvió al cuarto, el teléfono seguía en su lugar, descaradamente mudo. Enfada abrió una maleta pequeña y metió algo de ropa, un par de libros y tantos botes como recogió de un rápido saqueo a su baño. Luego se fue a Sants, compró el billete y se tomó un café allí mismo esperando el tren, no sabía qué hacer con el tiempo sobrante. La bebida era horrible, así que mareaba el líquido con la cucharilla mientras se fijaba en los otros clientes, viajeros como ella casi todos, con prisas, mirando el reloj cada pocos segundos. Luego miró más allá del local, había un mendigo, siempre hay uno en las estaciones, éste deambulaba no muy lejos de sus pertenencias. A Clara le habría gustado invitarle a algo que le reconfortara. Desde luego no un café, pero cualquier cosa. Comprobó el mostrador del bar, no pudo evitar fijarse en la camisa de color desvaído del camarero y se preguntó por qué son tan malos y mugrientos ese tipo de bares.

La megafonía distorsionó el destino de su tren, pero Clara comprendió, se acabó el café con un desagradable trago y salió guardando la calderilla en su mano cerrada. Al llegar al mendigo éste no sonrió, ni expuso su palma hacia la limosna, simplemente se quedó mirándola con cierto disgusto. Así que ella se puso nerviosa, soltó un “buenos días” absurdo y salió escopetada hacia el anden, fingiendo que tenía más prisa de la real.

Tuvo las mejillas encendidas todavía un rato. Si Nicolás estuviera allí se habría reído de su torpeza, habría hecho algo para hacerla reír también a ella. Pero él no estaba. Buscó su asiento y esperó. Eran cuatro horas de viaje. Sólo había una pareja de ancianos con ella en al vagón, como si ir hacia el interior del país fuese hacerlo contrasentido.

Tras una hora perdida en sus pensamientos se encontró a sí misma observando el asiento contiguo y vacío, igual que en su casa había mirado el teléfono. Deseó que Nicolás estuviera allí, devolviéndole una sonrisa. No, ni siquiera eso sería necesario, bastaría con tenerle a su lado para poder notar su calor o verle bostezar tan ostentosamente como siempre. Clara volvió a sentir su garganta cerrada, su corazón indignado. Bajó la cabeza e intentó concentrarse en la revista. Dos páginas después no había entendido nada. Pensaba en él. ¿Dónde estaría? En la cama, aburrido, pasando el tiempo con el ordenador; con sus amigos en la playa, bebiendo algo y jugando a las cartas; en la cama, pero junto al cuerpo desnudo de otra… Eso explicaría su silencio: aburrimiento, sexo, quizá incluso amor, o al menos el inicio de algo. ¿Por qué no podía evitar pensar en todo eso?

En el amor hay cierto grado de obsesión, de deseo enfermo por disponer del tiempo del otro. Es la fascinación del descubrimiento, el temor de no ser correspondido o de serlo pero ir perdiendo poco a poco el interés de ese otro.

En realidad ni las clases de inglés ni el trabajo ni los exámenes finales eran la causa del aplazamiento de su viaje. La única razón era Nicolás, esperaba su llamada, su mensaje en facebook. Esperaba una explicación al silencio, unas palabras mágicas para entender por qué le había prometido todo cuando no pretendía darle nada. Así se habían pasado las semanas, finalmente aceptó la respuesta fácil que tanto se había esforzado por ignorar. Él había perdido el interés, ni más ni menos. Y si no dijo nada, si dejó morir el contacto fue, o bien porque no quería hacerle un daño inútil, o porque no le importaba lo más mínimo. Clara decidió finalmente hacer aquel viaje porque ya no tenía esperanza. Un amor de verano, nada más.

En Barcelona Nicolás investigaba con su lengua una boca ajena, sin ninguna preocupación más allá de quitarse pronto toda la ropa.

Entrada Nº7: La ciudad inabarcable II

Enlace a la primera parte de La ciudad inabarcable

El Sena no se ha desbordado, tal vez el próximo año. Septiembre es el fin de la tregua en París. El verano no ha vaciado las calles: la luz dorada prometía demasiado, y los cuerpos, quizá sin cabeza, se exhibieron a las orillas del río porque el instinto les llevaba a buscar el agua. No se blandieron espadas ni orgullos. Posiblemente alguien gritó de placer, pero no me llegó el eco. Tampoco hubo revolución, nadie la esperaba, ni siquiera yo.

Los colegios ya están atestados, no se recuerda la playa ni los bosques ni el mar. La universidad espera digna, ansiosa de excelencia y mediocridad, se alimenta de ambas. En este teatro de marionetas todos los hilos se tensan y comienzan asumieron el rol cotidiano. Prudentemente aceptamos el fin de la paz, pues ya intuíamos que fue un espejismo (el calor ayudó a darnos esa impresión.) Vuelta a la guerra. La ciudad aún no ha sido tomada, recogemos las armas y avanzamos hacia la batalla porque es nuestro destino. A veces este día a día me decepciona. El asedio a Troya duró diez años y así parece desarrollarse el mundo: en periodos de tiempo largos, densos, pero empaquetados en espacios estaciónales iguales a los cantos de un libro. Un verano o un otoño se arrastra perezosamente, sin límites. Septiembre es la verdadera puerta a un nuevo año, marca el ciclo de trabajo en occidente. Por eso ahora no podemos dejar de idear nuestro futuro, también lo hicimos en Junio, son momentos de inicio. Pero al final, cuando la etapa se cierra, la conclusión es la misma siempre; aunque vivimos mil pequeños momentos, nuestros deseos se quedan sin cumplir.

No obstante sí hubo reunión de solitarios en el Louvre, pero éramos muy pocos mezclados entre la fauna habitual, se nos podía distinguir por los ojos vidriosos, por las miradas cautelosas o llenas de envidia, y por tener las manos ocupadas. Siempre se ha de blandir una excusa cuando se exhibe en público la soledad, por eso todos llevamos un libro, un cuaderno, un ordenador… ¿Es miedo o pudor? Miedo y pudor, padre e hijo, sentimientos de la misma familia. Vi a un pintor buscar un rato tranquilo, a alguien tecleando en el ordenador, los asiáticos sacaban fotografías, los caucásicos se miraban los pies sentados en distintos bancos. También pude ver un beso, pero yo no lo saboreé.

¿Qué fue de aquellos abrazos donde se buscaba comprender la ciudad inabarcable? Posiblemente han sido sustituidos por otros, o no, la duda siempre estará ahí. ¿Somos capaces de enamorarnos una vez más, o sólo existe ese primer amor, esa obsesión concentrada, esa inaugural explosión química? Vamos a intentar ser positivos, creamos en el dios Tiempo, en su infinita sabiduría. Dejemos a esos conjuntos estacionales, densos y a la vez breves, encargarse de la atracción, del deseo roto, del dolor y el luto y el recuerdo. Sí, después llegará otro cuerpo que podremos amar o anhelar, y entonces la pregunta será, si tras tantos dolores y lutos, aún tendremos el interés suficiente para repetir este juego. Al final rechazamos los abrazos porque siempre son decepcionantes, porque Paris no se deja abarcar, y conjura contra quienes creen poder resistir al ser protegidos por otro.

Ha pasado un año, es hora de leer más poemas, de recitar distintos versos a quien quiera escucharlos. También las palabras ayudan en esta guerra, no importa si las susurramos a un oído, o si gritamos en soledad entre los árboles. Todos queremos sobrevivir a la batalla, este ajetreo mundano se resume en una cuestión de supervivencia. Cyrano, apiádate de nosotros.

Del cielo blanco lechoso de verano cae una lluvia.
Siento como si mis cinco sentidos estuviesen acoplados
a otro ser
que se mueve tan empecinadamente
como los corredores vestidos de colores claros en un estadio
sobre el que chorrea la oscuridad.
T. Tranströmer

Hermes Castilla

Conocí a Hermes una tarde calurosa en que había bajado al río. Su nombre se lo había adjudicado uno de esos padres cuyos ojos se vuelven de cristal al mirar a sus hijos. Él esperaba grandes cosas de su vástago y un Manolo o un Pedro, como quería su madre, no parecían nombres adecuados para grandes logros. Hermes, sin embargo, a su padre le había parecido perfecto para acompañar a ese apellido familiar que él no había conseguido encumbrar pero que su hijo sí lo haría.

Hermes Castilla, sufrió en el colegio las burlas de los Manolos y los Pedros por su nombre tanto como por su físico delgado, sin apenas fuerza. Tardó en crecer, aunque lo hizo bien y, como si su nombre le hubiera curado de la brutalidad de sus congéneres rurales, él se mantuvo bastante culto para lo acostumbrado entre aquellas gentes, más aplicado y más inteligente que otros, aunque sí le acompañó el peor defecto: la pereza, la cual su padre se obstinaba en dominar como un hierro torcido es dominado por el herrero. Los martillazos del progenitor no dieron resultado, sólo hicieron del adolescente una persona más retraída y con un cariño hacia su padre puramente debido a la sangre.

Hermes no era muy alto, tenía el rostro limpio, sin ningún tipo de marcas, con la piel de ese color ligeramente moreno que tan bien le quedan a las personas de mar, también era barbilampiño; su boca no era grande peros sus labios estaban bien definidos y parecían ser lo más suave que nadie hubiera probado, cuando sonreía era con cierta timidez y formaba una curva propia por la que muchas ya habrían suspirado; la nariz era pequeña y agradable, los pómulos ni muy marcados ni rellenos, la frente no era excesivamente grande y bajo ella, trazadas dos bonitas cejas, Hermes miraba al mundo con ojos ligeramente hundidos en una sombra, lo cual hacía destacar más la luz en que estaban prendidas sus pupilas, de un verde claro que casi llegaba al amarillo. Era desgarbado, caminaba con la cabeza algo baja, buscando esos simples detalles que a él tanto le gustaban.

Le conocí, como decía, en el río, él, con los botones de la camisa más desabrochados que lo contrario, se inclinaba sobre el agua fría donde los peces de cuando en cuando pasaban. Se asustó al verme ya que le sorprendí. Luego, echas las presentaciones, hablamos del lugar de donde vivía, del pueblo en el que estábamos, que era el mío y en el que se encontraba esperando que su abuelo materno muriese. A Hermes aquel ambiente oscuro de la casa donde había crecido su madre, cubierta la fachada de endrederas hostiles, le acongojaba tanto como los gemidos sordos de ese moribundo que se deleitaba en el placer de su hedor. No, a ese joven que era todo vida no le gustaba la muerte y tampoco se veía unido a un pronto cadaver que no había conocido en vida.

El abuelo murió a mediados de Agosto pero la familia se quedó casi hasta septiembre. Hermes y yo compartimos todo un verano. La mayor parte del tiempo lo pasábamos tirados en el cesped de mi casa, bajo un inmenso sauce, atentidos por mi tía, una mujer robusta que nos procuraba zumos fríos, bocadillos y algún que otro dulce; a veces en aquellas tardes leía en voz alta y él se tumbaba a mi lado y escuchaba sin preguntar nunca de tan absorto como se encontraba en la hsitoria. Leimos algo de Dumas, no recuerdo qué libro pero quizá fuera el famoso Montecristo. Otros días nos bañábamos en el río hasta que terminabamos tiritando de frío y nos echábamos al sol desnudos para calentarnos como lagartos.

Fue un verano perezoso que se pasó muy rápidamente, nos convertimos en grandes amigos en unos mess en que ninguno de los dos tenía a nadie más. El día del entierro le acompañé y, aunque no le había unido a aquel feretro ningún lazo, esa predisposición de la sangre le hacía sentirse, si no triste, al menos turbado. Fui el único que se dio cuenta de aquello y en mi papel de amigo apreté su mano en un gesto que se encontró con su propio apretón. No quiso soltarme la mano hasta el último Amén y sólo entonces lo hizo, agradeciéndome con una de esas sonrisas suyas que pagaban el mundo. Aquel día supimos que el tiempo que nos quedase juntos sería una cuenta atras y lo vivimos con felicidad: hicimos reir a mi tía con ocurrencias locas acerca de las gentes del pueblo, cabalgamos en las yeguas de Don Luis, dimos fin al destino de Edmond Dantés y el día antes de despedirnos para siempre hubo un beso fugaz que no supimos de donde surgió, pero que nos mantuvo unidos varios minutos.

Va de verano

Verano.
La etapa estival es el tiempo perfecto para que todos, abandonando nuestras ocupaciones habituales, podamos entregarnos el ocio. El placer de no hacer nada, de poder quedarse en la cama hasta tarde y de descansar es algo que nos parece muy apetitoso tras los largos meses de trabajo o de estudio. Salir de la monotonía, he ahí el verdadero objetivo de las vacaciones de verano, y digo verdadero ya que en inicio si nos preguntan podríamos decir rápidamente que el quid es el descanso. Sin embargo no, viajar a la playa, de turismo rural o con fines de adquirir conocimiento o para acudir a esos festivales que proliferan ahora, es sólo un ejemplo del estrés al que nos sometemos bajo la excusa de descansar. Es mentira pues, pero lo creemos así, sencillamente buscamos salir de ese día a día, como ya antes decíamos, cosa que está muy bien. El perfecto ejemplo de descanso sería viajar, sí, a un lugar agradable, acudir a un hotel donde nos lo den todo hecho y no tener que hacer nada que no queramos hacer, que no nos apetezca. Algunos harán esto, no digo que no, pero la mayoría no cumplirá esos requisitos y se complicará la vida buscando un descanso intenso y encontrando uno parcial, aunque bien disimulado.
Tras esta consideración puramente privada acerca del verano, me volveré un poco egocentrico, por considerar que comentar mis pobres avatares quizá interese un minimo a quien lea este blog de cuando en cuando. El caso es que estando ya en el ecuador del verano, me veo en mi ciudad natal, en donde pasaré posiblemente todo el mes y donde espero recibir la visita de algunos amigos. Julio, por el contrario, transcurrió con un servidor entre Madrid y Huelva. Mi tiempo lo he dedicado y lo dedico al descanso (lo intento) a la escritura y, por supuesto, a la lectura.
De mis proyectos, “s”, que anunciaba ya hace muchos meses en la pestaña correspondiente, ha sido terminado. El resultado es un ensayo novelado como me he obligado a considerar ya que todo gira alrededor de un mismo tema: la locura. La idea se defiende desde varios puntos de vista hasta llegar a la tesis final. Sin embargo el modo de hacerlo, lejos de ser de la manera que estamos acostumbrados en un ensayo, es en forma de novela. Un pequeño juego que me he permitido por experimentar a ver qué ocurría, sin embargo no es algo ni mucho menos nuevo.
Terminado “S”, cuyo título definitivo ha cambiado, perdónenme no incluirlo (comprendan la prudencia exagerada y sin sentido de un autor tan novel como este vuestro humilde servidor) me he dedicado a esa novela que nunca he llegado a terminar y que ya lleva demasiados años en elvientre tenebroso de la imaginación. Si todo va bien antes de verano estará terminado el borrador definitivo, listo para la corrección de esos errores ortográficos que siempre se escapan o de los últimos detalles estilísticos.
Sobre el futuro siempre está demás hablar, pero ya me atrevo a considerar otros trabajos en los que me embarcaré cuando esté terminada la mencionada novela. Veremos qué termina siendo…
Y en cuanto a mis lecturas veraniegas: “Memorias de George el amargado” de Mirbeau, fue el primero que he tenido el placer de leer. Se trata de un libro no muy extenso que, sin embargo, es una joya narrativa; utiliza una ficción de memorias para contar la historia de una vida corriente desde una perspectiva muy interesante. “El conde de Montecristo” del merecidamente famoso Alexandre Dumas fue la segunda obra que han pasado por mis manos este verano, junto con los sonetos de Shakespeare y una relectura de varios poemarios de Lorca. En estos momentos me encuentro leyendo “Vacio perfecto” de Stanislaw Lem y “la divina comedia” de Dante, el tomo de el infierno en particular. Quedan para después una novela de fantasía, del polaco Andrzej Sapkowski: “la sangre de los elfos”, tercer libro de la saga de Geralt de Rivia, muy recomendable para los amantes de este género a menudo despreciado. También he dejado para el final dos obras de filosofía muy interesantes, por un lado el “tractatus logico-philosophicus” de Ludwig Wittgenstein, y por otro “la fabrica del bien” de Antonio Valdecantos, un libro brillante sobre lo intrincado de la moral y el eterno debate entre el bien y el mal. (Por cierto, podéis visitar su sitio web, que encontrareis en la lista de enlaces de este mismo blog, recomendable para acercarse un poco a la obra de este filósofo)
Para vuestro humilde servidor será pues un verano tranquilo, dedicado casi por completo a la literatura, arte siempre tan amable para cualquiera que se quiera abandonar un poco a él.

Sin más me despido, ofreciendo mis disculpas por el periodo de ausencia, prometiendo seguir publicando aquí, aunque más espaciadamente hasta inicio del curso académico, y deseandoos un buen verano en el que logréis descansar, leer un buen libro y huir con éxito de la perversa monotonía.