Miércoles fragmentado: Macbeth, William Shakespeare

“Life’s but a walking shadow, a poor player
that struts and frets his hour upon the stage,
and then is heard no more. It is a tale
told by an idiot, full of sound and fury,
signifying nothing.”

“La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor
que se pavonea y se agita una hora en el escenario
y después no vuelve a saberse de él: es un cuento
contado por un idiota, lleno de ruido y de furia,
que no significa nada”

Cuando se llevó la pistola a la boca supo que estaba perdido, como si hubiera sido condenado por otro, como si su mano fuera la de otro. No disparó, le temblaba el pulso y el cañón del arma golpeaba sus dientes. Entonces sacó la pistola, gimió un poco arrepentido, se sirvió otro vaso de whisky y lo bebió de un trago saboreando el alcohol. Miró su vieja casa llena de recuerdos, ella los había roto al irse con aquel chaval. Sobre el escritorio, junto a la carta que escribió ella, él había dejado su propia nota, su adiós. Ella le abandonaba y él sabía que no podía vivir sin su presencia, pero en el papel pedía perdón por el estropicio. Ahora era libre.

Volvió a meter la pistola en la boca, apuntó el cañón hacia arriba, dejando que tocase el paladar. Esta vez no tembló, apretó el gatillo. Entonces, sobre el escritorio, ese ligero temblor provocado por el disparo hizo que la cajita de música se abriera, pasaba a menudo y ellos se habían reído muchas veces por el susto. Ahora nadie se había asustado, pero los engranajes giraban, la musiquita dulce llenaba el cuarto y el pequeño payaso bailaba una vez más, en círculos, sin llegar a ninguna parte.

 

Anamorfosis

Los sagrados objetos volvieron sus ojos, y coronada de torres la Madre en la estigia onda a los pecadores duda si sumergir.[…] Ira su rostro tiene, en vez de palabras murmullos hacen.” – Ovidio, Las Metamorfosis

De la materia que forma la cosa habrá alguna ensoñación en el hombre que la admira: el tacto de los pechos de una mujer, del sexo del hombre, del músculo tornado del joven, de las carnes débiles de la anciana. ¿Cruzará el umbral de la decisión? Si la cifra que forma su nombre aún no ha sido pronunciada, si aún no se han encontrado las metafísicas que creen el esbozo de la sombra, si la teología no se ha contemplado aún, lo que es cosa no pasará la frontera de la materia bruta. Para lo contrario está él, ese hombre que observa el mármol, el cadáver tendido, la arcilla deshecha. Él, sin saber nada, ya piensa en un cuerpo que sólo es idea.

¿Quién es ese hombre de mirada perdida? Uno y múltiple a un tiempo. La soledad le rodea, los arcanos volúmenes llenan las paredes de su cuarto. Medita, le vemos especular, le sentimos pensar en el Cratilo, en los poemas modernos, en la moral de los medios… Quizá esté sentado en una silla sin hacer nada, o puede que camine por las calles mojadas, entre la peste arremolinada en las esquinas; también cabría la posibilidad de encontrarle sumido en el rezo, con El Nombre apuntándose en sus labios, sin pronunciarlo por miedo a la blasfemia; no, no lo pronuncia pero su boca lo dibuja sin sonido. Quizá es ese el empujón necesario, el último impulso hacia la condena. Está perdido, su propio nombre no aparece porque no tiene significado, se siente indefinido y busca lo más físico que pueda existir, busca un cuerpo que él no posee, un sustituto de sí mismo.

¿Qué canto triste inspiró a ese hombre taciturno a ocuparse de la tarea? Si la inacción fuese, en verdad, la forma de la razón, si la prudencia hubiera inspirado sus pasos, no habría puesto la mente en el cuerpo y el nombre en los labios. Nunca se sabrá cuál fue la idea que le llevó a dibujar al hombre, la que le hizo pensar en la anatomía del ser-hombre. Quizá haya sido el temor a los propios cuidados, el temor a la intimidad absoluta que devuelven los espejos. El cuerpo propio ya no es cuerpo sino una cosa distinta d incomprensible.

Todo comienza. Sus largos dedos moldean la forma sin presionar con las yemas, como si temiesen dejar demasiado de sí mismos en el rastro de la materia. El creador no toca, acaricia la obra. Poco a poco surge un cuerpo, se anuncia una forma que es posible diferenciar, se cose el tendón al tendón, se une hueso al hueso, se resquebraja lo sobrante y cae junto a la escoria. ¿Qué suerte ha tenido ese despojo para no ser parte de la cosa? No hay respuesta. Si alguien mirase por una ventana vería al doctor, al forjador de hombres y le pensaría como un Prometeo nuevo, como un genio soberbio que no aprendió de la historia.

Lo creado va tomando forma: primero no es nada, no tiene conciencia alguna, ni siquiera es una idea; únicamente se trata de un montón de material amorfo y sin sentido. Pero el cincel trabaja, la aguja cose, las manos moldean y poco a poco aquí nace un vientre, allí se dibuja un brazo, el pie se cose a un tobillo huérfano. El monstruo se va creando. Comienza a existir cierta coherencia, y algo cree ver ese loco que lo forma: un calor quizá, dentro del cuerpo frío. Cree en el latido imaginario y continúa trabajando como quien trabaja en sí mismo. La forma finalmente sale del molde imaginado. Exhausto, el creador lo observa con cierto temor, con un amor infinito y con la ignorancia de lo que ha de hacer después de aquello.

Se abandona el martillo, deja la aguja y también esa quintaesencia que no es más que barro mundano. Se aleja, duerme o reza, y en sus sueños le persigue eso que tiene ante él, lo que le espera observando desde un pedestal. La estatua vigila su sueño, el cadáver de cadáveres espera en la cama, sumido en una alucinación igual que él. Despierta el creador, eleva los ojos del libro donde busca la palabra de su dios. No ha encontrado descanso, pero sí resolución.

Recuerda el numen y no se lo explica. La forma le espera paciente en su incapacidad para ser otra cosa; de pronto, los objetos serán algo más que hermanos en esencia. El rabí escribe las letras, el doctor acciona las palancas, el rey reza entre lágrimas. El conjuro se cumple como si fuera un trámite necesario, si Dios está mirando ya ha firmado la sentencia. ¿Quién habrá que sepa si su aprobación se debe a la ira o a la curiosidad sobre lo monstruoso?

Un murmullo recorre la sala, se queja la piedra, la garganta seca. El gato del rabí huye de terror y los sirvientes del rey gritan asustados. El creador observa tan espantado como admirado. Lo inerte abre los ojos y el mundo se hace, toma forma: ¿cómo verá esa cosa artificial que murmura? Sus ojos tallados se mueven, los óculos vítreos giran espantados. ¿Será capaz de tener recuerdo ese cuerpo moldeado desde la nada? ¿Tendrá conciencia de las manos cálidas, del dolor de la aguja, de la agresividad del cincel?

El pálpito que el creador creyó encontrar en lo muerto ahora se hace evidente: el calor aparece, lo monstruoso se ha hecho, al fin, hombre. Un hombre corrupto, una parodia, un algo patético que llamaría a su creador padre si supiese asociar palabras en su cabeza, si supiese entender qué es lo que ha de hacer. Pero no puede.

El creador cae de rodillas, tiritando, se lamenta en alto, grita. ¿Qué ha hecho? ¿Qué aberración le ha llevado a semejante acto contra Dios? El rabí abre la boca, articula el nombre y su creación le mira, aludido, entendiendo lo único que puede entender: el arquetipo de sí mismo. El cuerpo se acerca, un ente con la suficiente conciencia para emitir un quejido constante, pero no es un hombre. Las manos del rey se alzan quizá pidiendo piedad, quizá con miedo, pero la verdad es que terminan sobre el mármol que ahora es caliente, que cede a su contacto. Sus dedos, si antes rechazaron la materia primitiva ahora sí adoran esa piel blanca. Lo creado le mira, ¿sentirá? Sí, se enternece con el contacto. La voz de su padre ensaya una pregunta que no entiende, pero cierra los ojos ante lo nuevo del sonido. Eso que es responde sólo con el sentimiento, el mundo es algo violento.

De repente se encuentra rodeado y siente confusión. La paz, que en un instante había hecho sentir la esperanza en el rabí, desaparece; el cadáver arrancado a Dios aparta al hombre y huye. Se interna en las nieves, escapa del mundo, camina sin descanso porque su forma se lo permite, porque no conoce el agotamiento ni los límites. Allí donde va se topa con todo a su alrededor y no lo entiende, incapaz de hablar, incapaz de la coherencia. Su boca nunca fue pensada para proferir sonidos, pero algo va formándose en su interior: un sentimiento de venganza, de violencia. Todo sobre él duele porque no ha habido alguien capaz de enseñar a una forma tan primaria.

¿Qué es lo creado? Una conciencia absurda, un intento de afirmación, la cosa misma, objeto incapaz de pensarse. Casi humano, casi realidad. Ese golem es solo piedra, esa carne es solo carne. Es una anatomía arrancada con violencia de la roca viva, cortada con saña entre despojos de cementerio, elevada con la arcilla ilusoria que la ha condenado. El ser ha sido traído a la vida en un terror distinto al del vientre de la madre, artificial, soberbio. Está condenado a una existencia parcial que no ha de comprender, a percibir todo sin saber el código capaz de descifrar la realidad, la violencia del mundo que ni entiende ni le puede entender.

¿Qué esperanza ha de encontrar en un mundo sin paz, sin caricias, avocado al grito eterno que hace encoger el estómago, que destroza con su poderosa violencia? La respuesta es la de siempre, pues son todas: siempre se encontrará en el hombre la mortalidad, la maldición, la caída hasta el ahorcamiento. La luz, la lluvia, la muerte más patética, la sangre derramada sobre el otro; cualquiera de entre esas cosas será la que firme su locura. La locura de un cuerpo que ve el mundo como un hombre no puede hacerlo, como el sacerdote ignora, igual que el doctor ignora, igual que el rey ignora. ¿Qué entiende? El cuchillo sobre el cuello, la virilidad sobre la feminidad, el sexo terrible de los ahogados, la restitución del acero ante la trémula carne dorada por el sol.

La humedad sustituirá la pétrea superficie de la cosa, el cuerpo parodia de lo humano terminará demostrando lo blando que puede ser, la pasión que puede ofrecer. El canto oscuro del príncipe vengador bendecirá la huida del cadáver que camina buscando un guía del alma humana; no sabe que carece de algo similar. La tormentosa figura paterna se revelará como la causa de todo mal, de la desesperanza última. Saltará al abismo, comenzará la caza de su cuna, de su nacimiento, sus ojos lastimeros encontrarán en la muerte del creador la venganza ante la violencia. El cuerpo se hará vencedor sobre las metafísicas, las poseerá y, una vez lo haga, una vez venza sobre todo, se consumirá en el temor y en la duda. Se hará humano, con rasgos marcados, con la sombra rodeando sus ojos azules. Carecerá de piedad pues eso no será capaz de aprenderlo. Llevará siempre un clavel rojo en la solapa como recuerdo por lo vertido, por su herencia última. Cargará con la columna del pasado y conocerá el mito del hombre hasta que comprenda que en su desnudez se encuentra realmente la violencia que le confiere humanidad.

Gritar

Entre el campo de cadáveres uno se levanta y aúlla con el dedo acusador, los ojos tensos y el cuerpo dispuesto con cada fibra para el ataque más violento. La situación sólo se mantiene un instante, luego el cuerpo del muerto cae sin fuerza, más objeto que nunca. Los ojos del general señalado vuelven a enfocar con naturalidad, aún no aparta la vista de la desnudez que exhibe la muerte. Tiene grandes sombras bajo los ojos que parecen desteñir su mirada. La sorpresa se desvanece, su frente vuelve a ser recta, saca la mano del abrigo y limpia el sudor que ha aparecido. Viste con una gran casaca negra, no hay en la prenda un sólo adorno que le dignifique, sin embargo es el general y sus soldados se inclinan si él pasa cerca.

Continúa su paseo, revisa los muertos, los enemigos y los que cayeron bajo su voz. Una idea le tienta. Elevar un grito tan alto y tan claro que los pájaros vuelen asustados, que la voz misma se vuelva parda y acuda a la boca un sabor sangriento. De niño pudo hacerlo, corría por los campos, se alejaba de sus padres, del pueblo, de la casa llena de obligaciones y pobreza, se alejaba de sí mismo, de su cobardía para no enfrentarse a las cosas tal y como quería hacer. Llegaba jadeando a un punto en medio de ninguna parte. Gritaba. A veces eran palabras enteras, insultos, otras un simple sonido suspendido con el que esperaba desgarrarse la garganta. Nunca lo consiguió. Volvía a casa despacio, a veces ronco, aunque nunca llegó a sangrar. Le gustaría gritar ahora, pero le acusarían de loco, sería una vergüenza para su ejercito, e incluso podría perder su posición, su nombre. Así aparece ante él otra vez el temor. En lugar de gritar traga saliva para deshacer el nudo que se ha creado en medio de la garganta.

El frío le acosa, cala los guantes, las botas y el abrigo. El hombre sube las solapas para protegerse el cuello y sigue caminando. Recuerda otra situación, sentado en un gran salón, con su mirada oscura perdida en los ojos de alguien que le devolvía la curiosidad. Una persona que adivinaba sus pensamientos y musitaba una respuesta corta, tajante, y que el general no supo si prometía un futuro o cerraba un pasado.

La batalla ha obligado la separación, el abandono de los besos sobre el cuerpo y la cama caliente. El hombre se dice que hubiera querido gritar cuando sintió aquellos labios sobre su piel una y otra vez. No lo hizo. ¿Volvería a sentir algo así? El campo de cadáveres corea la negación, pero él se resiste a creer que tras el lugar, la sangre, la pólvora y el pus de las heridas, no haya nada.

Se da la vuelta después de un largo rodeo, regresa al campamento con las manos a la espalda. “Esto es el fin”, se dice, “no hay nada más allá”. Existen ciertos momentos en los que uno puede sentir esa seguridad. La encontró el día que abandonó el odiado pueblo, la madre sobreprotectora; también la tarde en que enterró al padre y la lluvia le recorrió la cara en un remedo de lágrimas; durante una batalla su segundo recibió una bala en la cabeza, le destrozó pocos metros a su derecha, las gotas escarlata mancharon su pechera como si fueran diminutas gemas brillantes; también despidió la cama amante sabiendo que se dirigía a una guerra en inferioridad, no creyó lo peor, pero la duda le acongojaba en lo profundo. Quiso gritar en todas y cada una de aquellas circunstancias, levantar la cara a Dios y culparle de la muerte, de la sangre, del calor perdido y de la propia debilidad. No lo hizo, siempre calló. Por esa razón sus ojos se empozan cada vez más y más.

Cuando llega al campamento, sus hombres no quieren fijarse en su cara, se dirigen a él evitando el frío de las pupilas y la oscuridad que emanan porque no ha sabido gritar. Dicen de él que se ha transformado en dragón, que tiene alas. Él se pregunta si los dragones son mudos y si es posible que al poder le acompañe el silencio y el miedo. Cuando exclaman por el general, por su vida, él quisiera desaparecer, volver a la sencillez de la cama y los besos. Quiere gritar que le dejen solo, pero calla.

El león en la noche

Avanzaba extenuado por la calle, lentamente. No sabía qué hora era, su móvil no tenía batería y nunca llevaba otro reloj. Ahora se arrepentía de no haber bebido lo suficiente para estar borracho porque necesitaba estarlo. Quería evadirse. A veces necesitaba eso, se iba a un bar y pedía copa tras copa para olvidarse; si la noche era caliente abordaba a una mujer del tipo débil: cansada como él, buscadora de esperanzas demasiado parecidas a luciérnagas. Él las miraba entusiasmado por el brillo que ellas veían en él, pero todas las partes de aquel juego sabían que era un destello fugaz aunque fingieran otra cosa, eso era parte del encanto. Le gustaba el sexo y, no sabía cómo, se había enrolado en una espiral decadente de vodka barato y maquillaje chillón.

Debería de haberse emborrachado. Podría llegar a casa, tumbarse destruido en la cama, quizá vomitar, sentirse acabado, moribundo y dormir como un animal hasta bien entrada la mañana de ese domingo que no quería empezar. Ahora tenía que volver a un apartamento encantado de evidenciar la sordidez de su vida, la suciedad acumulada, los platos sin fregar, las tareas por hacer, la soledad pegada al pringoso amarillo de las paredes. Volvería y habría un mensaje de su hermano en el teléfono, diciéndole que tiene que cambiar, que debe buscar otra manera de vivir para salir del “circulo vicioso” –así le gustaba llamarlo- en el que había caído. Estaba lo suficientemente borracho como para sentirse tan desgraciado como de costumbre y tan sobrio que sabía la verdad: que todo era culpa suya. La voz cansina de su hermano, que tanto se parecía a la del padre ajeno a todo excepto al deporte y la cerveza, le taladraría la cabeza con imágenes, de remordimientos, de culpabilidad.

Cruzó la esquina desde la que ya se podía ver el edificio donde vivía, se paró en seco para mirar la luna iluminando las nubes a su alrededor, era una bonita imagen, mejor que la que iba a descubrir tras la cerradura y no quería llegar a introducir la llave. Se sentó en un banco para respirar y sujetarse la cabeza que tanto le pesaba. Se preguntó sobre su vida, sobre el trabajo que empezó entusiasmándole y que ahora ya no soportaba, sobre sí mismo. No se engañó pensando que iba a cambiar porque el cambio, lo sabía bien, rara vez ocurría. Los bares mugrientos estaban llenos de gordos y fulanas con historias parecidas. Él no era distinto a ellos, también podía imaginarlos sentados a solas en un banco una noche de madrugada estando no lo suficientemente borrachos.

Tardó una hora en encontrarse en la cama, esta vez superó el paso por el salón de una manera rápida, inconsciente. Incluso olvidó comprobar sus mensajes y la voz de su hermano no sonaría hasta el día siguiente, hasta que llegara la luz. Compartían la sangre, la infancia, pero nada más. Ese hermano, paradigma de todos los hermanos del mundo, no entendía nada, se pensaba más sabio por haber seguido el camino “correcto” de la vida, pero no dejaba de repetir una y otra vez lo mismo, como un pájaro amaestrado. Sus consejos, que eran los que cualquiera podía darle, no eran los que necesitaba.

Había dejado las persianas subidas y desde la cama podía ver el cielo encendido de la ciudad. Dos estrellas se empecinaban en demostrar que había algo más allá de la contaminación. Se durmió así, pensando en las constelaciones.

El rey de los miserables

Fernando subió al trono con doce años. Era un niño rubio, con los ojos verdes y de aspecto frágil. Su voz era pausada ya de joven y mantuvo aquella particularidad toda su vida. No era fuerte, no le gustaba participar en los juegos de guerra y se mantenía en la retaguardia cuando la batalla le necesitaba, si bien siempre se mantenía allí, con la mirada atenta ante la matanza y el horror. Alguno de sus generales más avezados vomitó en su presencia ante las atrocidades que unos soldados se hacen a otros. Fernando no, contenía el gesto, podía perder el color, pero el rictus de su boca no cambiaba. Se obligaba a presenciarlo todo y cuando la lucha terminaba y la noche llegaba, paseaba entre los cadáveres con una linterna en la mano, iluminando los rostros llenos de miedo, horror y sangre de los que habían caído.

Cuando cumplió veinte años mandó buscarme, yo era uno de sus secretarios, una de las personas que más tiempo pasaba con él, por eso confiaba en mi juicio. Fernando me llevó a sus habitaciones donde nadie podía oírnos y me pidió algo que recordaría el resto de mi vida. La cadencia exacta de sus palabras al pronunciar su petición me despierta todavía cincuenta años después, sobre todo si es invierno, noviembre, el mes en que a partir de aquel año yo tenía que llevar a cabo su petición.

Cada tres de noviembre Fernando se iba a un palacete de la sierra donde dejaba a sus nobles cazar mientras él, las mujeres y los hombres más jóvenes se quedaban en el castillo para beber y divertirse. Por la noche todos estaban agotados de la diversión y a medianoche yo tenía orden de llevar a su cuarto a una persona que yo mismo debía elegir de entre todo el pueblo. Las indicaciones nunca variaron. El más mísero de los hombres y mujeres que yo pudiera encontrar en su reino era lavado y vestido con sedas, alimentado y llevado ante él cuando la luna ya se veía en lo más alto.

Cada año ocurría lo mismo y, cuando todo estaba listo, Fernando nos permitía quedarnos a mí y a su camarero para presenciarlo todo. El rey esperaba sentado y el mendigo se arrodillaba ante él, cerca, muy cerca. Fernando le cogía de la cara, le acariciaba las arrugas, atendiendo al tacto de aquella piel casi siempre destrozada por las inclemencias del tiempo. Luego pedía que le contara su historia y el mendigo lo hacía sin entender, entrecortándose, mintiendo a veces y otras diciendo la verdad. Pasó en alguna ocasión, que creyendo que aquello era un castigo ejemplar el mísero le abrazaba las rodillas y pedía piedad, pero Fernando, siempre muy tranquilo, volvía a levantarle y le sonreía como un padre que quiere tranquilizar a su hijo. Le limpiaba las lágrimas con los dedos, arrastrando las gotas por su piel hasta que el rastro se evaporaba o era absorbido. Luego introducía la mano por el pelo de aquellos hombres y les besaba en la frente. Nunca uno de ellos se levantó airado o le atacó, casi siempre estaban temerosos, temblando como hojas, enternecidos y confusos. Al final Fernando atraía sus rostros hacia el suyo propio y los besaba en los labios sin importar su edad, sus enfermedades o su sexo. Luego les despedía, nos ordenaba enviar al mísero a una granja enorme de las marismas donde la vida era buena y el tiempo agradable. Se le aseguraba un trabajo según su condición, una pequeña renta y una casa.

Aquella excentricidad o gesto de caridad que muy pocos conocíamos hizo que entre el camarero y yo surgiese una complicidad que nos unió de una forma íntima y difícil de definir; nuestra veneración y lealtad por el rey se enraizó en lo profundo de nuestros corazones. Fernando, que siempre fue discreto, nunca nos trató por encima de otros lacayos, pero a veces, cuando las conversaciones eran tediosas y el consejo estaba reunido debatiendo sobre largas necesidades, el rey me miraba o miraba a su camarero, acaso absorto, acariciando con las yemas la tabla de la mesa o el reposabrazos del asiento. Sé muy bien que estaba recordando otra textura, unos ojos en los que se hundía, una voz que suplantaba a la estridencia de sus consejeros y otra historia que no estaba en aquel ahora y aquel lugar.

Su melancolía se mantuvo hasta el día de su muerte, día en el que hizo llevarme a su lecho y los dos, viejos casi ciegos, nos dimos la mano para reconfortarnos mutuamente, porque él moría y yo le perdía. Cuando todos se fueron él me habló, me dio las gracias por todos aquellos años, por aquellas cuarenta y seis personas que yo había llevado ante él y me dijo, con su voz más lenta que de costumbre, que fue tras cumplir veinte años cuando pensó que aquella era la única manera para compensar el oro y la gloria.
-¿Qué mejor -me dijo- que la miseria para entender que en la vida de un hombre, el rey es un rey y que yo no soy capaz de todo? Sabía que no podría vencer la injusticia… pero podía conocerla.

La caja de marfil

Observé los colmillos de aquel elefante y los imaginé colgados sobre los muros en alguna casa o fragmentados y tallados en forma de elaboradas cajas para guardar relicarios de personas caprichosas. Aquello fue un verano en la India. Tres años después encontré una cajita de marfil en casa de una joven condesa que decía haber heredado aquella pieza de su abuela. Era pequeña, apenas cabían algunas monedas o unas piezas de joyería, ella la utilizaba como mero adorno en uno de los estantes de la librería donde yo buscaba un tomo de Swift. Nunca encontré el libro, me sorprendió tanto recordar al elefante que olvidé todo el pequeño mundo que tenía en mi cabeza.

Su dueña me dio permiso para estudiar la pieza y me detuve pasando mis dedos por la superficie de casi un siglo. No comprendí los grabados pero mi querida condesa me explicó que se basaban en un cuento de las mil y una noches. La tapa tenía un pequeño elefante que hacía las veces de asa. Me resultó irónico. Uno de los enormes animales había sido echado al suelo, muerto seguramente sólo para conseguir el marfil preciado que haría esta caja y el joyero había tenido el valor de representarlo en su misma materia. ¿Era un homenaje? ¿Quizá una forma de remordimiento por una muerte sin demasiado sentido? O quizá nadie se había parado a pensar en qué significaría tallar aquella pequeña representación del animal. Sea como fuere me quedé una noche más con la condesa sólo por aquella caja, para poder examinarla con más detenimiento.

Nunca volví a ver a la mujer, se casó y dejó de ser una persona única, admiradora de Virginia Woolf, para convertirse en otra persona más, quizá feliz, pero poco interesante para mí. No recuerdo ya la cara de ella, confieso que lo he olvidado, sé que tenía el pelo oscuro pero no hay más de ella en mí. Sin embargo la caja permanece viva, como si su recuerdo fuera el receptáculo de sí misma, en una suerte de mágico redescubrimiento.

Han pasado los años. Esta mañana gocé de unos instantes de verdadera lucidez, de comprensión. El frío inundó mis pulmones pese a que el verano ya había hecho su aparición; el sol se ocultaba de mi vista, en mi patio, rodeado de edificios sólo se podía ver el azul turquesa de una mañana fría como si fuese primavera. Las plantas no tenían rocío, pero su verdor y la oscuridad de la madera en el suelo me hizo sentir bien. Descalzo como estaba, con los pies notando el tacto de la materia, respiré, sentí y a punto estuve de llorar. Fue entonces cuando descubrí que pensaba en aquella caja y en aquel elefante que una vez vi, junto al que caminé maravillándome por sus dimensiones y su curiosidad salvaje. ¿Qué significaba todo esto? Quizá más de lo que la apariencia me mostraba. ¿Qué es una caja? Un recipiente donde guardamos algo, para protegerlo o para ocultarlo. Una caja vacía no tiene sentido a no ser que guardemos en ella algo de nosotros mismos, de ese amor que se parte un día, de las lágrimas que vertimos por alguien que se ha ido, quizá de la felicidad de unas mañanas como la de hoy.

Me levanté del patio, fui a la cocina, hice el café y bajé a por bollos a la panadería. Lo dejé todo preparado para que en el momento en que la puerta del dormitorio se abriese, quien surja de allí pueda disfrutar de la sencillez de un desayuno que alguien le ha dispuesto. ¿No es eso el amor? Lo pequeño, lo insignificante, simplemente el hecho y nada más.

Ahora, en este momento, me he servido yo mismo una taza de café y siento otra vez en el patio, la atmósfera ya ha cambiado y rememoro el instante en que salí del cuarto, desnudo, confundido aún por el sueño mientras el alba me saludaba con la brisa helada y disipaba de mí todo carácter irreal. Bebo el café amargo y dejo ir el recuerdo con dulzura mientras en el edificio los vecinos se despiertan y abren las ventanas que dan al patio; no me saludan todavía aunque sí me vean, aún no son ellos, aún necesitan construir sus personajes y sentirte seguros. Mientas aquí, yo, calentándome las manos sobre la cerámica de la taza, respiro y escucho los pájaros sobre el tejado.

También hay cajas para guardar lo invisible.

Conversación con Van Gogh

¿Qué miras Vincent? ¿Qué estás mirando? Parece que a mí y a cualquiera delante del óleo, quizá ves más allá, quizá el final. Sí, esos ojos de agua tienen que sobrepasar lo púdico de un cuerpo como el mío, de unos ojos como los míos. No, no nos miras. Tú permaneces fuera de esa maldición que atan a los retratos en la contemplación fija hacia el espectador, repitiendo eternamente el gesto sin parpadeos, permaneciendo con las pupilas encendidas cuando las salas quedan vacías y la luz se apaga.

Tú te pintaste constantemente y tus retratos podrían valer como las páginas de un diario, como complemento a las cartas que enviabas a tu hermano, Theo, ese clavo que te mantuvo en vida aún cuando tú no estabas seguro de ella.

Y sin embargo pintas esto ya muy cercano al punto de no retorno. En este fondo violeta, azul oscuro, negro, tenebroso, está la voz de tu madre que te llama; la sonrisa torcida de Theo, que te observa con pena; está el sueño de tu vida y, sobre todo, está Gauguin. Sí ¿Es a él? ¿Es a Paul a quién miras? Nunca lo sabremos, pero es posible que tu mirada le espere hasta el día en que se coloque ante el retrato y llore de verdadero arrepentimiento. Los dos sabemos que es algo que no va a pasar. Tú ya lo adivinas ahora y yo lo sé desde mi futura posición.

Todos se han ido, te has quedado solo, encerrado en la oscuridad que te ha llevado a Saint Remy, allí estás lejos de ti mismo, lo adivino en los ojos que aguardan la libertad, que la sueñan todas las noches pensándose en otra habitación que se deshace de puro miedo a perderla para siempre.

Y sin embargo este es tu último paso hacia atrás. Yo sé y quizá tú también adivinaras esto al protegerte los hombros con el calor azul de la fe, que este será tu último momento feliz, el último esfuerzo en el pulso que juegas contra ti mismo, contra la tristeza, contra la locura. Ella va a ganar, Vincent, la luz que te caldea la espalda y abrillanta el fuego de tu cara se apagará y todos tus matices serán absorbidos por el púrpura del mundo, por lo ordinario. Tus ojos ya se embarrarán en el próximo retrato que envíes a tu madre. Uno puede imaginarse perfectamente a esa mujer que recibe el paquete de su hijo y lo abre con deseo justo antes de apartase, asustada ante lo que ha ocurrido con su hijo. Pero todo eso será dentro de unos meses. Ahora, en este instante, tienes esperanza, quieres creer que la paleta de tu mano será suficiente para vivir, es la ilusión que te queda: la ambición de vivir por ser pintor y por pintar.

Te añoro, Vincent. Hubiera deseado que ganaras en el pulso vibrante con la demencia. Pero no fue así. Tenías razón ya en Saint Remy, habías perdido tu habitación entonces y nunca la volviste a encontrar. Dentro de unos pocos meses te hallarás en un campo cada vez más lúgubre, un campo de pesadillas donde los cuervos te hablarán con burlones graznidos de lo que nunca tuviste y osaste desear.

Pobre Vincent… ¿Qué me puedes decir desde esa silenciosa boca? Deja ya de buscar a Paul, él nunca volverá. Olvídate de por qué no lo hiciste antes y piensa en que lo harás al final, después de haber amado tanto, de sentirte tan vacío y recorrer ciudad tras ciudad en busca de ti mismo y de tu felicidad. Ese final vendrá en un campo de trigo que aún no conoces, con el caballete a un lado y la pintura aún fresca sobre tu paleta. ¿Pero qué último impulso te otorgará el valor final? Esa pregunta jamás tendrá respuesta, ni tampoco tú la sabes hoy, aquí, rodeado del malva. Quizá será una cruel broma de los cuervos o un ondulante movimiento el que te revele que no habrá más de ese tipo. El silbido del aire te susurrará que las espigas seguirán meciéndose en el aire cuando tú ya no estés. Y eso, igual que a Virginia, te bastará para resbalar en el borde y caer y seguir cayendo. Te darás cuenta de lo solo que estás, de que lo has perdido todo y de que lo único seguro que te quedaba, la pintura que también manchará el revolver al tomarlo, era un sueño que nadie había juzgado con posibilidades de cumplirse. ¿Entonces te aplastará tú propio cielo empastado? He de decirte que ese color de aquí lo encontrarás también allí, pero para entonces ya no te quedará la determinación que hoy tienen tus mejillas. Puede que finalmente cuando cierres los ojos y aprietes el gatillo te sientas liberado por el dolor. Caerá tu espalda al suelo, Vincent, pero no habrás muerto. Volverás a la cama, dolorido pero creyendo en la vida, dispuesto a pintarte igual que ahora. Ese será tu último pensamiento sano antes de que llegue el médico y Theo y la fiebre y el sudor frío que anuncie el final. Morirás pálido contra el rojo de tu barba y con las manchas amarillas del campo aún marcando tus dedos de pintor.

Fuiste muy valiente, Vincent, otros no lo podemos ser.